Santo Grial

La Policía registra un ‘pub’ inglés a la caza del Santo Grial y encuentra una ensaladera

Doce agentes de policía y un perro irrumpieron hace un par de días en un pub de Lea (Herefordshire, Reino Unido) a la busca del Santo Grial. Habían recibido el chivatazo de que allí estaba la llamada copa de Nanteos, desaparecida desde hace un mes y que, según sus propietarios, utilizó Jesús en la Última Cena. Sin embargo, después de una hora de registro, lo más parecido que la Policía de West Mercia encontró en el local fue una ensaladera de madera. “Si alguien hubiera robado algo tan valisoso como el Santo Grial, no creo que lo enseñara en mi pub“, ha dicho a los medios Di Franklyn, dueña del Crown Inn.

La copa de Nanteos que algunos consideran el Santo Grial. Foto: Mansión Nanteos.Fue José de Arimatea, según la leyenda, quien trasladó la copa hasta las Islas Británicas. Después, se hicieron cargo de ella los monjes de la abadía de Strata Florida, en Gales. Y, después de que Enrique VIII disolvió la abadía en 1540, llegó a manos de la familia Powell, dueña de la cercana mansión Nanteos de la que recibe el nombre. La pieza, muy deteriorada, mide ahora 10 por 8,5 centímetros, “se mantiene unida gracias a grapas y cabe cómodamente en la palma de la mano”. Me han enseñado una foto de la copa desaparecida. Si hubiera estado aquí, la habríamos tirado al fuego porque no está entera”, ha advertido la dueña del pub.

La copa de Nanteos se exhibió por primera vez en 1876 en un encuentro de la Sociedad Arqueológica Cambriana en Lampeter (Gales). En 2004, el comisionado para los monumentos de Gales la examinó, para el documental The search for the Holy Grail: the true story, y concluyó que es de madera de olmo -y no de olivo, como se creía- y tiene sólo 500 años de antigüedad. Aún así, todavía había gente que cree que, al igual que pasa en Indiana Jones y la última cruzada, quien bebe agua de ella sana de la enfermedad. De hecho, hay registros que apuntan a que, durante décadas, sus dueños la prestaron a enfermos para que recuperaran la salud.

La mansión Nanteos es hoy un hotel de lujo vinculado a la pieza únicamente por la historia. De hecho, cuando desapareció, la copa estaba en la casa de Fiona Mirylees, en West Under Penyard. De 69 años, la mujer la había recibido como herencia paterna. Delicada de salud, ingresó en un hospital el 7 de julio y el 14 de julio denunció la desaparición de la reliquia. “No quiero decir que estamos buscando el santo Grial, pero la Policía está investigando el robo. El objeto robado es conocido como la copa de Nanteos. Si buscan en Google, verán que hay gente que cree que es el Santo Grial”, explicaba aquel día un portavoz de la Policía de West Mercia.

Quien primero habló del Grial como tal fue Chretién de Troyes en el poema de Perceval, del siglo XII, donde no queda claro qué tipo de recipiente es. Posiblemente poco después, el cuerno de la abundancia se transmutó en el cáliz de la Última Cena y el recipiente en el que José de Arimatea habría recogido la sangre de Jesús de la herida abierta por el lanzazo del soldado romano. Así habría empezado la leyenda, cuyo penúltimo episodio escribieron hace unos meses dos historiadores españoles. Margarita Torres y José Miguel Ortega del Río defienden, en su libro Los reyes del Grial, que el cáliz de doña Urraca, que está en la basílica de San Isidoro de León, incluye la copa de la que los primeros cristianos creían que bebió Jesús de Nazaret en la Última Cena. Hay pasajes de la obra en los cuales los autores usan un lenguaje tan ambiguo que parece que mantienen que en León está el bíblico Santo Grial.

El Santo Grial leonés: cuando la fe acapara titulares, la Historia salta por la ventana

Dos historiadores firman un libro en el que sostienen que el durante siglos venerado como cáliz de la Última Cena está en la basílica de San Isidoro de León. Casualidades de la vida, la investigación la han pagado la Junta de Castilla y León y la Fundación MonteLeón, así que todo queda en casa. Y los medios locales y confesionales están embriagados. A la habitual ausencia de espíritu crítico ante afirmaciones extraordinarias, se suma en este caso el plus de fervor que acompaña a casi toda noticia religiosa. Y así hemos leído en los últimos días titulares memorables como “El Grial mete a León en la leyenda”, “La reina doña Urraca de Zamora donó el Santo Grial a una iglesia de León”, “Historiadores aseguran haber encontrado el Santo Grial, la copa utilizada por Jesús en la Santa Cena”, “León escondía desde hace casi mil años el primer cáliz que se creyó que era de Cristo”  -un texto alejado del sensacionalismo beato, aún dando por bueno el estudio; la clave es el uso del verbo creer– y hasta “Franco bebió del Santo Grial en León”. Y Indiana Jones jugándose el tipo entre nazis… Pero vayamos con los hechos.

El cáliz de doña Urraca o Santo Grial de León. Foto: AFP.Margarita Torres, profesora de historia medieval de la Universidad de León, y el historiador del arte José Miguel Ortega del Río defienden, en su libro Los reyes del Grial, que el llamado cáliz de doña Urraca incluye la copa de la que los primeros cristianos creían que bebió Jesús de Nazaret en la última cena con sus apóstoles antes de ser apresado y crucificado. Dicen que la reliquia es el cuenco superior de ágata de la copa. Según dos pergaminos consultados por los autores en la biblioteca cairota de la Universidad de Al-Azhar, la pieza estaba formada en un principio por un cuenco de ágata de época grecorromana y permaneció durante siglos en la iglesia del Santo Sepulcro. Tras el saqueo de ésta, acabó en manos del califa de Egipto, que se la regaló en el siglo XI al emir de la taifa de Denia como agradecimiento por haberle auxiliado con víveres durante una hambruna. Poco más tarde, el emir se la envió como muestra de buena voluntad a Fernando I de León (1016-1065), y con el paso del tiempo la pieza llegó a su hija Urraca (1033-1101). Ésta recubrió el cuenco con oro y piedras preciosas, dando lugar a un cáliz que está en la basílica de San Isidoro de León desde hace casi mil años.

Los autores de Los reyes del Grial, que saldrá a la venta el lunes, aseguran que pueden demostrar “científicamente” que “la copa que la comunidad cristiana de Jerusalén en el siglo XI consideraba que era el cáliz de Cristo se encuentra ubicada en la basílica de San Isidoro de León”. Habrá que leer el libro para ver si lo hacen, pero que esa pieza fuera la que los cristianos de Jerusalén o los autores de los pergaminos consultados consideraban el cáliz de Cristo no implica que lo fuera realmente. También hoy podemos afirmar que la sábana santa de Turín es la tela que se exponía en Lirey (Francia) en el siglo XIV, aunque sabemos que no pudo cubrir el cuerpo de Jesús de Nazaret, tal como demostró el análisis del radiocarbono en 1989. Si los autores de Los reyes del Grial van más allá y sostienen que estamos ante la copa usada por Jesús en la Última Cena, como ha recogido la Prensa en algunos titulares, estaríamos ante un ejemplo de  pseudohistoria.

Estos días se ha recordado que fue el arqueólogo Antonio Beltrán el primero que encontró “sorprendentes analogías arqueológicas” entre el Santo Grial y el cáliz de doña Urraca, y también “el primero que las utilizó en favor de la autenticidad del Cáliz de la Cena”. Pero es que Beltrán también dictaminó en su día que la pieza superior del Santo Cáliz de Valencia -otro candidato a Grial- databa del cambio de era y “bien pudo estar en la mesa de la Santa Cena y ser la que Jesucristo utilizó”. En julio de 2006, Benedicto XVI veneró la copa de Valencia y la utilizó para oficiar misa. Torres y Ortega del Río reconocen que sólo en Europa hay unos 200 griales. El de León es uno más.

La mayoría de los historiadores considera el Santo Grial una leyenda de origen celta, vinculada a los míticos recipientes que proporcionaban alimentos en abundancia y asimilada por el cristianismo en la Edad Media. Quien primero habló del Grial como tal fue Chretién de Troyes en el poema de Perceval, del siglo XII, donde no queda claro qué tipo de recipiente es. Posiblemente poco después, el cuerno de la abundancia se transmutó en el cáliz de la Última Cena y el recipiente en el que José de Arimatea habría recogido la sangre de Jesús de la herida abierta por el lanzazo del soldado romano. Así habría empezado la leyenda que vincula la copa a Jesús de Nazaret y dio lugar a la multiplicación de griales en una Edad Media en la que la fabricación de reliquias fue una muy rentable industria y llegó a haber decenas de, por ejemplo, santos prepucios. El Santo Grial de León es tan auténtico como la pluma de arcángel -no está claro si de san Miguel o san Gabriel- guardada en el monasterio valenciano de Liria.

El Rey presidirá un congreso sobre el Grial

El Grial valenciano.El mismo día en que he leído en la prensa que la Reina está en contra del matrimonio homosexual -un derecho civil básico- y el aborto, y de que es partidaria de que se enseñe en las escuelas la religión -sobra decir que la católica, apostólica y romana- porque “los niños necesitan una explicación del origen del mundo y de la vida”, me entero gracias al periodista Sergio Eguia de que el Rey ha aceptado la presidencia de honor de un congreso sobre el Grial que se celebrará en Valencia del 7 al 9 de noviembre. El encuentro está promovido del Arzobispado de Valencia, el Cabildo Metropolitano Santa Iglesia Catedral de Valencia, la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir, la Real Hermandad del Santo Cáliz, la Cofradía del Santo Cáliz y el Centro Español de Sindonología, organizaciones imparciales donde las haya cuando se trata de cuestionar afirmaciones extraordinarias vinculadas a la religión.

Lo que más me ha llamado la atención es, no obstante, la participación de un tal Michael Hesemann que la organización presenta como un “antropólogo e historiador” que sostiene que el Grial valenciano es el origen de las leyendas artúricas y del que yo sabía hasta ahora sólo por sus desvaríos ufológicos. Porque Hesemann es un autor de bestsellers paranormales y, entre otras cosas, en los años 90 defendió a capa y espada la autenticidad de la película de la autopsia de Roswell de Ray Santilli, la muñecopsia que sólo se tragó quien quiso hacer negocio con ella. Ignoro en qué medida el resto de los participantes en el congreso valenciano son serios o merecen tanto crédito como Hesemann, pero la presencia de este último ya es suficiente para considerar el encuentro poco serio. De lo que no me cabe ninguna duda es de que los participantes -si no todos, la mayoría- defenderán la autenticidad de la falsa reliquia valenciana. Inexplicablemente, el Jefe del Estado da marchamo de seriedad con su presidencia honoraria a un encuentro en el que van a primar la pseudohistoria y la superstición sobre la historia.

Fantástica arqueología

Indiana Jones, con su látigo.Arrebató a los nazis el Arca de la Alianza, bebió agua del Santo Grial y en su última aventura parece que andan los extraterrestres de por medio. Henry Walton Jones Jr. (Princeton, 1 de julio de 1899) no es un arqueólogo al uso. El estudio del pasado es para él lo mismo que el periodismo para Superman, un pretexto para vivir al límite y hacernos disfrutar con una sucesión de persecuciones, mamporros y sorpresas mientras intenta dar con algún objeto extraordinario.

“Indiana Jones es el riesgo, la aventura y el conocimiento; por ese orden”, indica Eudald Carbonell, arqueólogo de la Universidad Rovira i Virgili cuya escala de principios “es la inversa”. El codirector de las excavaciones de Atapuerca recuerda cómo el protagonista queda definido en las primeras escenas de En busca del Arca perdida: después de salir de un templo peruano con un ídolo de oro, a la carrera delante de una inmensa bola de piedra, le vemos en clase en la Universidad de Marshall. “Es el sabio que viaja, que se mueve”.

No todos los académicos son tan generosos con el héroe. “La arqueología de la trilogía de Indy es pseudoarqueología”, afirma Bettina Arnold, antropóloga de la Universidad de Wisconsin, en su ensayo Pseudoarchaeology and nationalism. Destaca que la docencia apenas absorbe tiempo al doctor Jones: su actividad principal es saquear antigüedades a diestro y siniestro al margen de la legislación internacional y siempre entre puñetazos, disparos, latigazos y duelos. Es arqueológicamente incorrecto, pero funciona desde un punto de vista cinematográfico.

Cazador de reliquias

El día a día en un yacimiento consiste en rascar pacientemente el suelo con un cuchillo a la busca de piezas que, antes de trasladar al laboratorio, hay que situar milimétricamente en un plano y catalogar. Sobre el terreno, un trozo de cerámica o una concha perforada pueden causar entre los especialistas un revuelo inexplicable para el lego. “Una pieza humilde que nunca se expondrá en un museo puede darnos la solución a un problema histórico. Buscamos respuestas, no tesoros”, explica el asiriólogo Juan Luis Montero Fenollós, profesor de la Universidad de La Coruña.

Escena de 'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal'.El trabajo de campo es el más conocido de los arqueólogos, pero es mucho más el que se hace antes entre libros, piezas y documentos, y después, cuando hay que ir más allá de la pieza propiamente dicha. Montero Fenollós anda desde hace cuatro años en Siria tras los restos de la ciudad de Dur-Yahdum-Lim. “Sabemos por textos cuneiformes que existía hacia 1800 antes de Cristo y que fue destruida por Hammurabi alrededor de 1700 aC”. Los arqueólogos siguen el rastro del asentamiento desde hace 70 años y, ahora, Montero Fenollós cree haber dado con su posible emplazamiento en el valle del Éufrates. El área a excavar tiene 10 hectáreas y sólo podrá confirmar que los restos corresponden a Dur-Yahdum-Lim si topa con un texto alusivo. Puede que pasen años o que la respuesta no llegue nunca.

Frente a eso, Indiana Jones resuelve enigmas milenarios en segundos y recupera artefactos portentosos. Persigue el Arca de la Alianza, el cofre que habría guardado las Tablas de la Ley entregadas por Yahvé a Moisés, y el Santo Grial. Ningún arqueólogo de carne y hueso busca esas piezas, porque hay tantas pruebas de su existencia como de la del martillo de Thor, la espada Excalibur del rey Arturo y la caja de Pandora que ansía Lara Croft en Tomb raider: la cuna de la vida. Sin embargo, la existencia de esas reliquias en el universo de Indy favorece la creación de tramas trepidantes y la presencia de unos malos temibles y unánimemente despreciados.

Escena de 'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal'.“¡Nazis! ¡Odio a esos tipos!”, admite el héroe en la aventura que compartió con su padre. Se enfrentó por primera vez a ellos en 1936, durante la búsqueda del Arca de la Alianza. Heinrich Himmler, comandante en jefe de las temibles SS, creó en el mundo real en 1935 una institución para, además de experimentar con humanos, desenterrar la superioridad histórica de la raza aria y darla a conocer. Se llamaba la Ahnenerbe y se dice que intentó dar con el Santo Grial y otras reliquias bíblicas, aunque hay historiadores que consideran esto último una ficción. Entre los aficionados españoles al esoterismo, corre la leyenda de que Himmler visitó Montserrat en busca de la copa de la Última Cena, pero es algo que no dan por cierto ni los monjes del monasterio catalán. Como tampoco ningún estudioso cree que el cajón de los Diez Mandamientos fuera una arma terrorífica, como comprueban, para su desgracia, los odiados enemigos de Indiana Jones.

“Soñador universal”

Fue el antisemita francés Robert Charroux quien, en su libro Cien mil años de historia desconocida (1963), habló del Arca de la Alianza como “un condensador eléctrico”, citando una obra de 1948 en la cual Maurice Denis-Papin decía que se trataba de “una especie de cofre eléctrico capaz de producir poderosas descargas, del orden de los 500 a 700 voltios”. Sin embargo, suele atribuirse el descubrimiento a Erich von Däniken, el hostelero suizo metido a perseguidor de extraterrestres que saltó a la fama con el libro Recuerdos del futuro (1968), en el cual se apropia de muchos de los postulados de Charroux y otros visionarios anteriores para llenar el pasado de extraterrestres. El pasado de los salvajes no europeos, claro.

Escena de 'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal'.Indiana Jones es un arqueólogo académico en un mundo de ficción en el que los delirios de Charroux, Däniken y su larga lista de imitadores se entremezclan con la realidad. Pero eso no impide a expertos de carne y hueso simpatizar con el personaje. “Es el arqueólogo más famoso del mundo, aunque nunca haya existido”, dice Montero Fenollós. Como millones de espectadores, considera las aventuras de Indy “muy seductoras. Te atrapan del primer al último minuto”. “Representa a un tipo de soñador universal. Persigue quimeras”, puntualiza Carbonell, para quien estas películas “pueden haber influido en algunas personas para que se inclinen por la arqueología, pero la gente que luego continúa tiene algo más”. Nadie sabe cuántos arqueólogos se han criado a los sones de la marcha de John Williams.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

‘La Última Cena’, reinventada por Canal de Historia

Me encanta Canal de Historia. Lo reconozco. Y, por eso, me molesta especialmente que produzcan de vez en cuando engendros como el minidocumental que pueden ver aquí. Supuestamente, examina lo que sostiene Dan Brown respecto a La Última Cena de Leonardo; en realidad, repite lo mismo que dicen desde hace años el autor de El código Da Vinci y Javier Sierra, su émulo español. El resultado es un insulto a la inteligencia, en el que se vuelve con la matraca de que en la mesa no hay copa -no hay cáliz, no hay Santo Grial, porque el cuadro pretende captar no el momento de la instauración de la eucaristía, sino el del Evangelio de Juan en el que Jesús anuncia a los apóstoles que uno de ellos le va a traicionar-, de que el apostol Juan es en realidad María Magdalena -¿dónde está entonces Juan, el favorito de Jesús?-, de que la mano de Pedro amenaza a la presunta amante de Jesús… ¡Pero si hasta confunden a Juan Bautista con Juan el apóstol! Es una pena que un canal en líneas generales interesante -da sus patinazos pseudocientíficos, pero la balanza se inclina más hacia el lado de la razón- se preste al negocio del misterio inventado. Ay, si Leonardo escuchara las bobadas que algunos dicen en su nombre…

'La Última Cena', de Leonardo da Vinci.