Reliquias

Un crítico de televisión metido a sindonólogo

Fredric Brown (1906-1972) es uno de los grandes maestros del misterio y la ciencia ficción. Me acordé de él cuando Iker Jiménez engatusó el domingo en Cuatro a su audiencia con la idea de que sería posible clonar a Jesús a partir de los restos de ADN contenidos en la sábana santa y el sudario de Oviedo. Contó, para ello, con la complicidad de un médico forense y la de los siempre dispuestos miembros del Centro Español de Sindonología (CES), una organización de creyentes para la que la reliquia de Turín envolvió el cuerpo de Jesús, aunque date del siglo XIV. Brown tiene un magnífico cuento breve titulado “J.C.” -incluido en Lo mejor de Fredric Brown (1977), antología dirigida por Robert Bloch-, en el que un individuo concebido por partenogénesis-fecundación de un óvulo sin intervención de una célula masculina- empieza a actuar de forma extraña cuando llega a la veintena, convirtiendo agua en ginebra para martinis y haciendo esquí acuático sin esquís porque con fe no los necesita. El problema es que el peculiar personaje es sólo el primer humano creado por ese sistema y, cuando empieza a obrar portentos, ya hay muchos hijos de la partenogénesis por el mundo. “En la historia sólo había habido un nacimiento virginal antes de entonces -recuerda el narrador-. Ahora, cincuenta millones de niños nacidos virginalmente estaban creciendo. Al cabo de otros diez años serían cincuenta millones de… J.C.”.

El cuento de Brown es divertido, como todos los suyos, y es ficción; pero Jiménez y la tripulación de su nave del misterio -en la que hay desde plagiarios hasta quienes atribuyen a científicos cosas que nunca han dicho- quieren que nos traguemos como una realidad la posible clonación de Jesús, para lo cual insisten, sin mostrar ninguna prueba que invalide el concluyente análisis del carbono 14, en la autenticidad de la falsa reliquia de Turín. La tela Oviedo nunca ha sido objeto de un examen científico y merece tanto crédito como los varios santos prepucios de Jesús que no ascendieron con él al Cielo tras la Resurrección. Ésa es la realidad y el rigor que impera en Cuarto milenio. Lo que se hace en ese programa de Cuatro -la cadena de televisión que iba a ser diferente y para ello ha recuperado el estilo de Fernando Jiménez del Oso– es mentir y tergiversar sistemáticamente, porque ésa es la esencia del negocio esotérico.

Hoy leo en la columna diaria del crítico de televisión José Javier Esparza, colaborador de El Correo y de otros diarios, que le ha molestado la última tontería de Jiménez, pero no porque suponga una nueva muestra de desvergüenza charlatanesca, sino porque “con las cosas de comer no se juega”. Entiendo que la cosa de comer a la que se refiere es la religión, que supongo que para él debe estar libre de toda crítica, aunque para mí no sea así. Reivindica Esparza que no se frivolice con “este tipo de asuntos, sobre materias especialmente sensibles”, ya que, a su juicio, “es una forma como cualquier otra de tocar las narices del respetable”. No dice nada, sino todo lo contrario, acerca de la soberana tocada de narices que supone hacer colar como auténtica una reliquia que hasta la Iglesia admite que se manufacturó en el siglo XIV. Al contrario, Esparza sostiene que “las investigaciones más recientes rectifican las penúltimas pruebas del carbono 14 y vuelven a datar la pieza en el siglo I” y añade que él lo contó hace un mes en el programa La buena vida de Punto Radio. ¿En qué revista científica se han publicado esos sorprendentes resultados? En Nature, donde se dieron a conocer los del análisis del carbono 14, no ha sido; ni tampoco en Science ni en ninguna otra publicación de referencia.

El sindonólogo José Javier Esparza no dice dónde se ha hecho artículo esa revelación, aunque a buen seguro que se tratará de una publicación tan rigurosa como ésas en las que colabora habitualmente Iker Jiménez. A eso añade el crítico, en un insuperable ejercicio de candidez, que en Cuarto milenio participó anteayer el “muy serio equipo de investigación del Centro Español de Sindonología”. Tan serio es ese grupo que en 1989 su entonces presidente, Celestino Cano, desacreditó públicamente los resultados del análisis del radiocarbono aludiendo a unas declaraciones que e inventó y atribuyó al descubridor del método del carbono 14. ¿Que por qué sabemos que fueron inventadas? Porque Willard F. Libby (1908-1980), el químico que desarrolló esa prueba y recibió por ello el Nobel, murió en 1980 y, por tanto, es imposible que nueve años después pudiera pronunciarse sobre cómo se había aplicado su test a la sábana santa. O eso o estamos ante un milagro de los que tanto gustan a los sindonólogos y que les llevan a lanzar hipótesis descabelladas en cuanto les ponen un micrófono por delante o les dejan escribir cuatro líneas.

Y es que la fe es ciega y ante ella las pruebas no valen. En el caso de la sábana santa, ya lo adelantó el microanalista forense Walter McCrone, quien analizó hace más de veinte añosel sudario de Turín como miembro del Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP) y no encontró ni una gota de sangre. “Tengo buenas y malas noticias -dijo en el congreso en el que presentó su trabajo-. Las malas son que el sudario es una pintura. Las buenas, que nadie me cree”. La reacción fue inmediata por parte del STURP: se expulsó del grupo a McCrone, el científico más prestigioso en su campo. Otros especialistas que han examinado después la reliquia han llegado a la misma conclusión: no hay ningún rastro de sangre. Al final, el STURP admitió que las manchas de sangre de la sábana están formadas por óxido de hierro, un componente de pigmentos artísticos, aunque últimamente ha vuelto a apostar por la sangre y, por lo leído, ha cautivado a un crítico de televisión, José Javier Esparza. Lástima que los científicos no se hayan dado cuenta todavía de lo errados que están y que en las redacciones de las revistas importantes sigan en la inopia. ¿Para cuándo el milagro?

La sábana santa: cuando tres laboratorios científicos desmontan el invento de los vendedores de misterios

Desacreditar a toda costa los resultados de la prueba del carbono 14 que estableció que el sudario de Turín data del siglo XIV, y, por consiguiente, no pudo envolver a Jesús sin viaje temporal de por medio, ha sido el objetivo de los sindonólogos desde que en 1988 se sometió a ese análisis un trozo de la presunta reliquia. La más burda de las jugadas corrió a cargo, en nuestro país, del Centro Español de Sindonología (CES): su presidente, Celestino Cano, dijo en 1989 que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”. Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que hicieron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada.

Recientemente, la periodista madrileña Carmen Porter ha recordado, en su libro La sábana santa. ¿Fotografía de Jesucristo? (Edaf, 2003), que “algunos medios de comunicación” aseguraron que Libby había hecho esas declaraciones antes de morir en 1980 y las ha presentado como prueba de que el del radiocarbono no fue el examen definitivo. La estrategia de Cano, de resucitar a un muerto -el laureado científico falleció en 1980-, puede resultar hasta divertida; la de Porter, de dar por buenas las afirmaciones del Nobel, pero por si acaso atribuirlas a la prensa, es una muestra, en el mejor de los casos, de ignorancia. Porque la autora reproduce las presuntas declaraciones de Libby, tan imposibles -¿cómo podía pronunciarse de algo que iba a ocurrir mucho después de su muerte?- como un lamento de Albert Einstein por el accidente del transbordador Columbia, sin advertir al lector de que todo es mentira, de que Libby nunca dijo eso y que se lo inventaron los mismos sindonólogos a los que ella recurre para respaldar la autenticidad de la sábana santa. El libro de Porter es, al margen de esta anécdota, una obra alejada del mínimo escepticismo recomendable en todo periodista y cargada de esas ansias de los misteriólogos más jóvenes por convertir un viaje en avión de línea o un rutinario trayecto en tren en una aventura que para sí quisiera Indiana Jones, aunque no haya pasado nada. (Si desean ahondar en lo que piensa esta autora de la sábana santa, lean “Una fotografía desenfocada (I)”, “Una fotografía desenfocada (II)” y “Una fotografía desenfocada (III)” y “Una fotografía desenfocada (IV)”, artículos publicados por José Luis Calvo.)

No esperaba sorpresas del episodio de Planeta encantado dedicado al sudario de Turín, y no las ha habido. Un as en la manga de Dios, la sexta entrega de la serie dirigida por Juan José Benítez que emite Televisión Española (TVE), vuelve a recordarnos que el análisis del radiocarbono es la china en el zapato de los fabricantes de enigmas cuando de la sábana santa se trata. Al igual que Celestino Cano y Carmen Porter, el autor de Caballo de Troya hace trampas a la hora de contar la historia, no ya porque se invente un pasado premedieval de la pieza -cosa que han hecho otros-, sino porque tergiversa los hechos claves más recientes. Así, presenta el test del radiocarbono no como la prueba que al final -después de los análisis de la imagen por ordenador, de los granos de polen, de las manchas de sangre…- reveló que la reliquia no es tal, sino como un análisis más al que han seguido en el tiempo otros que han superado sus resultados.

¿Cuáles son esos otros estudios que, según Benítez, contradicen lo publicado en su día en la revista Nature? Los hechos en los años 70 del siglo pasado por el Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), los mismos sobre cuya fiabilidad existen dudas desde siempre, que se hicieron al margen de toda la metodología científica, que la prueba del radiocarbono deslegitimó, que se realizaron antes que ésta -y no después, como quiere dar a entender el ufólogo- y que hemos comentado aquí somera y extensamente. Ayer, podía leerse en las páginas de Televisión del diario El País que el documental de Benítez “sostiene que los últimos experimentos sobre la autenticidad de la sábana santa cuestionan la validez de las pruebas de datación que afirman que su origen es medieval. Si el lienzo es auténtico, se abrirían posibilidades inquietantes, puesto que, en un futuro no muy lejano, la ciencia podría extraer el ADN de los restos de sangre que están depositados en él”. No merece la pena detenerse a contar cuántos disparates hay en esas dos frases. Resulta triste, no obstante, comprobar cómo, a pesar de que generaciones de niños españoles aprendieron con Barrio Sésamo que lo que ocurrió en 1978 pasó antes que lo que sucedió en 1988, algún redactor del diario madrileño no entendió esa lección y sigue la senda marcada por el novelista, quien mantiene, por ejemplo, que el trabajo de John Jackson y Eric Jumper, dos destacados miembros del STURP, fue un “nuevo mazazo al carbono 14”, aunque lo hicieron más de diez años antes de la prueba del radiocarbono.

Benítez no descubre nada nuevo en Un as en la manga de Dios. Se limita a repetir lo que ha dicho desde hace un cuarto de siglo, a hacer una morbosa descripción de las lesiones que presenta el hombre de la sában, a vincular engañosamente a la NASA con el STURP, a dar crédito a afirmaciones como las de Francis Filas -que ve monedas romanas donde nadie las encuentra- y Max Frei -que, tras autentificar los falsos diarios de Hitler, encontró polen de plantas de Oriente Próximo en el sudario-, y a prometernos, al final, la resurrección. El momento cumbre de la producción se da al inicio, cuando el novelista fecha al minuto la hora de la Resurrección -ocurrió a las 3.10 horas del 9 de abril del año 30- y asistimos a la recreación de lo que, en opinión del quinto evangelista, ocurrió en el sepulcro de Jerusalén donde se depositó el cadáver del rey de los judíos.