Reliquias

‘Antiquity’ desenmascará al sindonólogo Dmitri Kouznetsov

“Es excepcional en el fraude científico encontrar un reincidente. Una vez puesto en evidencia, el autor normalmente cae en el olvido. El caso de un microbiólogo ruso de bajo nivel, que trabaja en la Estación para la Sanidad y Epidemiología de Moscú, revela una extraordinaria versatilidad: ha sido capaz de estar en el candelero en no menos de tres ocasiones, dos después de haber sido descubierto en flagrante delicto“. Pocas veces he leído un inicio tan demoledor como el del artículo ‘The amazing Dr. Kouznetsov’ (el asombroso doctor Kouznetsov) que William Meacham, del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad de Hong Kong y sindonólogo, dedica a Dmitri Kouznetsov en el número de septiembre de la revista Antiquity. El resto del texto -cuatro páginas y notas- se corresponde con el comienzo y pone al protagonista en donde tiene que estar. ¿Pero quién es Dmitri Kouznetsov?

Kouznetsov es un héroe de la sindonología, la pseudociencia cuyo objeto de estudio es la sábana santa. Es el autor que dio esperanza a la comunidad sindonológica tras el análisis del carbono 14 -que determinó que el sudario de Turín es medieval- en una serie de artículos publicados en revista científicas. En sus textos -un total de nueve, aunque en realidad son sólo tres clonados-, aseguraba que los incendios sufridos por la reliquia en su historia alteraron su composición y falsearon los resultados del análisis, y mostraba como prueba los de un experimento hecho por él y su equipo.

La periodista esotérica Carmen Porter.“El doctor Dimitri Kouznetsov, premio Lenin de Ciencias y director del Instituto EA Sedov de Moscú, realizó un experimento: envió a los laboratorios de Tucson -uno de los que analizó la síndone- un trozo de tela del siglo I procedente de Gedi, Israel, para que mendiante el carbono 14 le dieran su edad. Los resultados del laboratorio decían que, efectivamente, se trataba de un lienzo comprendido entre el 100 aC y el 100 dC. Dimitri [nótese la confianza del autor con nuestro protagonista] guardó otro pedazo de la misma tela en un cofre de plata y reprodujo un incendio como el que sufrió la sábana en 1532, posteriormente se lo remitió al mismo laboratorio, que lo dató la primera vez y los resultados concluyeron que se trataba de un lienzo del siglo XIV. Es decir, que tras el experimento había rejuvenecido trece siglo”, explica Carmen Porter en su libro La sábana santa. ¿Fotografía de Jesucristo? (2003), en el que presenta a Kouznetsov como un científico que ha “echado por tierra” la prueba del radiocarbono.

Lo mismo piensa el sindonólogo español Julio Marvizón, quien dice en la edición de 2005 de su libro La sábana santa. ¿Milagrosa falsificación. “Últimamente, el científico ruso Dimitri A. Kouznetsov, profesor de los Laboratorios de Métodos de Investigación, en Moscú, y premio Lenin, se ha valido de un argucia para demostrar que la datación del lienzo de Turín no ha sido correcta y no ha tenido en cuenta la historia de la síndone”, escribe. Tras contar en qué consistió el experimento, concluye que “esta argucia de Kouznetsov no prueba la autenticidad de la síndone, pero es otra comprobación más a favor de que la datación del carbono 14 no es representativa ni puede invalidad las más de trescientas pruebas a favor de la autenticidad de la síndone”.

Un, dos, tres… engaña otra vez

Lamentablemente para Porter y Marvizón, su admirado experto ruso no es lo que parece, tal como puede comprobarse en el artículo de Antiquity y en uno publicado por Massimo Polidoro en The Skeptical Inquirer en 2002. Meachan revela que el primer fraude científico del luego sindonólogo lo perpetró en 1989 en un artículo publicado en el International Journal of Neuroscience, aparentemente muy técnico y en el que ¡presentaba pruebas contra la evolución!, porque Kouznetsov es un creacionista convencido. El artículo coló en la revista, pero cinco años después, Dan Larhammar, de la Universidad de Uppsala, publicó una carta revisión en la que demostró que en algunas citas nuestro hérore se había inventado los nombres de las revistas, en otras los de los autores y en otras los título de los artículos.

El rostro de la sábana santa.Tras este primer escándalo, lejos de esfumarse, Kouznetsov reapareció en 1994 con el trabajo sindonológico citado, que fue publicado en Analytical Chemistry, entre otras revistas. Como indica el historiador José Luis Calvo en El Triunfo de Clío, “el laboratorio de Arizona aseguró que Kouznetsov mentía y que jamás habían datado tales muestras, y emplazó al científico ruso a que presentara públicamente tales dataciones. Nunca más se supo de tal asunto”. Porter y Marvizón no hacen, sin embargo, ni una referencia a esa réplica y el silencio del sindonólogo, al que tratan poco menos que de nuevo Galileo. Falso Galileo habría que decir después de lo que averiguó el escéptico italiano Gian Marco Rinaldi. Muy resumidamente, descubrió que, como en el caso creacionista, Kouznetsov se había inventado fuentes y otros datos, y -lo más importante- que nunca hizo el experimento de datación publicitado por los sindonólogos de medio mundo. El investigador italiano dio a conocer su trabajo en 2002; Polidoro lo divulgó en el mundo de habla inglesa en 2004, y ahora Antiquity se hace eco de los fraudes del presunto premio Lenin.

La última se la coló Kouznetsov en 2000 a la revista Studies in Conservation. Se trataba de un artículo sobre el estado de conservación de telas antiguas, en el que sostenía haber examinado muestras de algunas piezas muy importantes de la historia irlandesa. Pues bien, Rinaldi descubrió que, otra vez, el autor se ha inventado sus credenciales, fuentes y nombres de personas, e inventado piezas arqueológicas textiles. Visto el historial de Kouznetsov, lo más grave es que nadie se diera cuenta entre los revisores de la revista del riesgo de fraude y que, como lamenta Meacham, no se pusieran en marcha mecanismos de comprobación básicos. Es la pregunta que subyace en el fondo del artículo de Antiquity: ¿no tendrían las revistas científicas que hacer comprobaciones básicas sobre el material que les llega antes siquiera de dárselo a los expertos para revisión?

“La crítica más autorizada contra esta prueba [el carbono 14] la proporcionó Dimitri Kouznetsov, director del laboratorio de investigación de polímeros Sedov, de Moscú”, escribía J.C. Roma en febrero de 1997 en el suplemento religioso Alfa y Omega. Y, ahora, ¿qué? Pues la sindonología se tendrá que buscar un nueva mentira como en el pasado hizo con las excelsas trolas de que la NASA ha estudiado la reliquia y de que Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento del sistema de fechación del carbono 14, no estaba de acuerdo con cómo se había hecho la prueba a la sábana, disgusto que debió de revelar el laureado desde el Más Allá, porque en 1989 llevaba muerto casi una década.

‘¡Vaya Timo!’: tres libros escépticos y dos decepciones

El mito de los ovnis está en coma y al borde de la muerte desde hace lustros. Los extraterrestres ya han hecho todo lo que podían hacer: desde sobrevolar ciudades y asustar a campesinos solitarios hasta participar en complots y experimentar con humanos. No queda sitio para la sorpresa. Por eso, totalmente agotado, hace tiempo que el mito no tiene apenas hueco en las estanterías de librerías y grandes almacenes. De ahí que cuando el escéptico catalán Juan Soler me regaló hace unas semanas los tres primeros libros de una nueva colección de la Editorial Laetoli, dejara para el final Los ovnis ¡vaya timo!, obra de Ricardo Campo. Me interesaba a priori más los otros dos: lo que Ernesto Carmena contara en El creacionismo ¡vaya timo! y Félix Ares, en La sábana santa ¡vaya timo! La lectura de los tres ensayos inaugurales de la colección ¡Vaya timo! ha puesto en evidencia lo erróneo de mi apriorística opinión: por diferentes razones, tanto la obra de Carmena como la de Ares resultan fallidas, y es la de Campo la única que realmente responde a lo anunciado por el editor.

'El creacionismo ¡vaya timo!', de Ernesto Carmena.El creacionismo ¡vaya timo! es decepcionante no por su contenido, sino por su forma. Es una lástima que el biólogo Ernesto Carmena haya desperdiciado la oportunidad de poner al alcance de mucha gente una crítica razonada del creacionismo. Porque este libro es un alegato en el que los buenos argumentos -que los hay, y muy buenos- quedan sepultados bajo el insulto y el desprecio continuado que muestra el autor hacia sus destinatarios. No entiendo que una obra lleve el subtítulo de Carta a un crédulo y esté salpicada de insultos a ese crédulo. El discurso de Carmena remonta el vuelo, y tiene momentos brillantes, cuando deja de lado el lenguaje tabernario o de discusión característico de los grupos de noticias de Internet, pero se desploma durante gran parte del ensayo porque el autor escribe desde la superioridad y califica a los creyentes creacionistas, entre otras lindezas, de “palurdos”, “zoquetes”, “merluzos”, “zoquetes ignorantes”, “cenutrios”, “IDiots” y “listillos”.

Llamarle a alguien palurdo y merluzo no es la mejor manera de atraerlo hacia el bando de uno. Lo más triste es que Carmena sabe que ese discurso abiertamente hostil y despectivo no lleva a ninguna parte. Así, cuando habla de Duane Gish, un creacionista acostumbrado a los debates públicos, el autor dice: “Gish es un vendedor nato. El tipo sube al estrado seguro de sí mismo, sonríe, habla relajadamente y hace simpáticos chistes a costa de su rival (sólo los justos: la humillación resulta contraproducente)”. Entonces, ¿por qué recurre él a la humillación como estrategia? Ese grave error hiere a mi juicio de muerte la obra y, a ojos de algunos lectores, convertirá a los creacionistas en unos tipos simpáticos víctimas de un escéptico faltón. Estos nuevos libros escépticos tienen como público objetivo “ese crédulo que llevamos dentro”, según Javier Armentia, director de la colección ¡Vaya Timo! La duda que me queda tras leer el trabajo de Carmena es si el autor ha entendido que lo que se pretende con la colección es que ese crédulo dé el salto a razonar y no el salto al cuello del autor que corresponda.

Una obra desfasada

'La sábana santa ¡vaya timo!', de Félix Ares.Tampoco el libro de Félix Ares, ex director del museo de la ciencia de San Sebastián, responde a mis expectativas. Como en el caso anterior, me había hecho a la idea de que iba a encontrarme con una obra sobre el sudario de Turín imprescindible en la biblioteca de alguien interesado por el tema. No es así. Casi todo en La sábana santa ¡vaya timo! es viejo, sabido. Lo que, por ejemplo, se cuenta respecto al análisis del carbono 14 y los polénes de Max Frei ya lo explicaron hace tiempo muy bien Lynn Picknett y Clive Prince en El enigma de la sábana santa (1994). Eso no sería un factor en contra del libro, si no fuera porque pasa por alto inexplicablemente algunos de los más recientes hallazgos en torno al sudario de Turín y la fiebre novelesca que rodea a la reliquia, que ha dado lugar a grandes éxitos de ventas como La hermandad de la sábana santa (2004), de Julia Navarro. No busquen en la obra de Ares explicaciones al descubrimiento en la tela de una segunda cara por parte de Giulio Fanti y Roberto Maggiolo, ni a la afirmación de Ray Rogers de que las muestras analizadas por el radiocarbono no eran representativas de la reliquia –desmontada por Joe Nickell-; ni siquiera a la idea de que Leonardo fabricó el sudario de Turín.

La mayor parte de La sábana santa ¡vaya timo! fue redactada hace más de un decenio y hay fragmentos que se remontan a la segunda mitad de los años 80, cuando Ares, Jesús Martínez y quien esto escribe perpetramos un manuscrito, titulado El fraude lo paranormal, al que el tiempo ha hecho justicia sumiéndolo en el olvido. Aquel libro contenía información interesante, pero, entre otros defectos, la redacción y el enfoque dejaban bastante que desear. En 1995, Ares firmó con el pseudónimo de Dr. Fabián Respighi una obra corta titulada La sábana santa para torpes, escrita por un torpe, deudora en gran parte de la anterior y que distribuyó gratis. Lo que ha publicado ahora Laetoli es poco más que una revisión de ambos textos, con capítulos enteros copiados de ellos. Y eso es un lastre para La sábana santa ¡vaya timo! porque ninguno de los dos trabajos anteriores tenía la suficiente entidad como para convertirse en libro y hace tiempo se habían quedado anticuados. Ares podía haber aprovechado la información útil contenida en El fraude lo paranormal y La sábana santa para torpes… para emprender la redacción de una obra desde el folio en blanco -libre de ataduras- y prestar una mayor atención a las noticias ocurridas en los últimos años. No lo ha hecho y, de ahí, mi decepción. Echo en falta todo eso, fotografías de la reliquia que faciliten la lectura y la comprensión de lo que el autor explica y también una referencia en las recomendaciones bibliográficas: la de Inquest on the shroud of Turin (1983), de Joe Nickell, el mejor libro sobre este enigma.

Viaje a Ovnilandia

'Los ovnis ¡vaya timo!', de Ricardo Carmpo.El mejor de los tres primeros títulos de la colección ¡Vaya Timo! es el que menos me esperaba, el dedicado al mito de los platillos volantes. Mi desconfianza no era hacia el autor, de cuyo carácter concienzudo a la hora de redactar y examinar un original puedo dar fe, sino hacia la posibilidad de leer algo que aportara alguna novedad respecto al fenómeno ovni. Campo ha conseguido lo segundo. Ha escrito un texto intelectualmente sólido que no se entretiene innecesariamente en el recorrido habitual por la casuística, sino que rasca en los pilares del mito y le enseña al lector que son de barro. Filósofo interesado en los platillos volantes desde hace casi veinte años, ha concebido su trabajo como una carta a su hijo después de haber detectado, entre sus lecturas, “revistas sobre asuntos extraños, misteriosos, enigmáticos“. Es una misiva escrita desde la tranquilidad y con una capacidad pedagógica enviadiable, en la que el autor hace una magnífica disección de todos los actores que intervienen en el hecho ufológico.

Un buen amigo me ha dicho que echa en falta en el libro de Campo la casuística clásica. Es cierto. Si usted busca el típico libro que comience con la observación de Kenneth Arnold en junio de 1947 y acabe con los ovnis de México de hace un año, no es ésta la obra que quiere. En Los ovnis ¡vaya timo!, los casos son los ejemplos utilizados por el autor para ilustrar usos, abusos, costumbres y vicios de Ovnilandia. No es la única obra que puede escribirse sobre el mito -el propio Campo tiene otra: Luces en los cielos-, pero ofrece las claves para entender una creencia que ha sido para algunos un gran negocio: habla del secreto oficial, de las alertas ovni, de la falacia del residuo, de la lógica que manejan los ufólogos de feria, de sus trampas… Y, cuando la acaba de leer, uno concluye que realmente ha merecido la pena hacerlo.

Los libros de ¡Vaya Timo! son baratos -cuestan 10 euros cada uno-, con buena encuadernación y diseño, y portadas atractivas. Si leen el dedicado a los ovnis, les aseguro que no les defraudará. Sobre el centrado en el creacionismo, la abundancia de insultos resulta molesta y me lleva a compartir el juicio formulado en El blog de evolutionibus: “Éste era un libro necesario en español en nuestras librerías, pero no creo que sea el que todos esperábamos”. Y el de la sábana santa es un ensayo viejo que se deja demasiadas cosas en el tintero, además de que en el apartado histórico es conveniente tener en cuenta las puntualizaciones del historiador José Luis Calvo. Mi recomendación personal es que los lean y lleguen a sus propias conclusiones, que es lo que siempre hay que intentar hacer. Además, si compran estos títulos estarán contribuyendo económicamente al sostenimiento del movimiento escéptico, porque la colección está editada por Laetoli en colaboración con ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, entidad a la que en las portadas y dentro de estos libros se le ha caído el ARP del nombre. ¡Y eso sí que es un misterio! ¿O no?


Los libros

Carmena, Ernesto [2006]: El creacionismo ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. “¡Vaya Timo!”, Nº 1). Pamplona. 152 páginas.

Campo, Ricardo [2006]: Los ovnis ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. “¡Vaya Timo!”, Nº 2). Pamplona. 135 páginas.

Ares, Félix [2006]: La sábana santa ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. “¡Vaya Timo!”, Nº 3). Pamplona. 135 páginas.

Leonardo y la sábana santa: una historia de moda

Autorretrato de Leonardo da Vinci.Galileo Galilei (1564-1642) es “el santo patrón (¡pobre hombre!) de todos los chiflados autocompasivos”, dejó escrito Isaac Asimov en 1977 en su corolario. El padre de la astronomía es un fetiche para los vendedores de misterios, quienes argumentan que, como ellos, Galileo también fue un incomprendido por decir aquello de que la Tierra gira alrededor del Sol. Lo que siempre se les olvida a ufólogos, parapsicólogos e historiadores alternativos es que el sabio de Pisa no fue condenado por parte de la ciencia, sino de la religión; que las inquisiciones son promovidas por quienes creen, no por quienes no creen.

Los tiempos cambian y los comodines de los mercaderes de lo oculto también. De un tiempo a esta parte, y sobre todo tras el sorprendente -¡porque la novela es mala de narices!- éxito de El código Da Vinci, le ha tocado el turno a Leonardo da Vinci (1452-1519), el genio del Renacimiento al que debemos obras de arte como La Última Cena y La Gioconda, estudios de anatomía y un gran número de inventos que sólo lo fueron sobre el papel. Los charlatanes de este comienzo de siglo siguen proclamándose galileos, pero es Leonardo el personaje que ahora reina en las portadas de las revistas esotéricas y de los ensayos y novelas dedicados a explotar conspiraciones que nunca existieron, como la del Priorato de Sión y la descendencia secreta de Jesús y María Magdalena.

Portada del número 212 de 'ForteanTimes'.Para muestra, el último número de la revista británica Fortean Times, publicación que debe su nombre a Charles Fort (1874-1932). Periodista estadounidense, Fort dedicó treinta años a recopilar noticias de hechos extraños -desde lluvias de ranas hasta apariciones fantasmales- que reunió en 40.000 fichas guardadas en cajas de zapatos. Fortean Times se presenta este mes en su portada con una recreación de La Última Cena presidida por un Jesús al que acompañan a la mesa Pablo Picasso, Charles de Gaulle, Rudolf Hess, Orson Welles, Pierre Plantard de Saint-Clair -el inventor del Priorato de Sión- y un Leonardo que estrangula -y no me extraña- a Dan Brown. Además de defender a estas alturas la historicidad del Priorato de Sión, el reportaje de portada, obra de Lynn Picknett y Clive Prince, reivindica una de esas historias con la que el moderno esoterismo ha vinculado al genio de Vinci y que, de ser cierta, supondría un duro revés para la Iglesia católica y buena parte de la comunidad creyente.

Las fuentes de una ‘teoría’

Picknett y Prince son dos escritores de libros esotéricos que están haciendo su agosto gracias al éxito de El Código da Vinci y que han protagonizado un cameo en la película homónima. De uno de sus libros –La revelación de los templarios (1997)-, Brown bebió hasta reventar, y eso les ha devuelto a la actualidad y ha hecho que se reediten sus obras. Una de las que aún no ha reaparecido en las librerías españolas es El enigma de la sábana santa. La revelación de una verdad escandalosa (1994), que acaba de reeditarse en el Reino Unido bajo el más comercial título de Turin Shroud: how Leonardo da Vinci fooled History. Como ya habrán adivinado, en este libro, los autores vinculan a Leonardo con la falsa reliquia más famosa de la cristiandad: sostienen no sólo que la fabricó, sino también que él es el retratado. Cómo surgió esta tesis -con perdón-, tiene su miga.

Los autores de El enigma de la sábana santa asumieron, a principios de los años 90, que todo lo contado en El enigma sagrado (1982) es cierto. Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln decían en su libro, un bestseller esotérico de la época que ha sido la principal fuente de Brown, que Leonardo fue uno de los grandes maestres del Priorato de Sión, guardianes del secreto de la estirpe de Jesús y María Magdalena. Picknett y Prince se apoyaron sobre esos cimientos para levantar su edificio argumental, que cobró vuelo gracias a un comunicante misterioso, un tal Giovanni que seguramente nunca ha existido y que en una serie de cartas les habría informado de la participación del genio en el montaje del sudario de Turín.

'El enigma sagrado', de Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, es la obra que está detrás de la 'fiebre da Vinci'.Pero la auténtica revelación no fue la de Giovanni, sino que se produjo de una manera mucho más acorde con los tiempos actuales, en los que una modelo o un futbolista pueden ser líderes de opinión y un país paralizarse por la agonía y muerte de una folclórica. Picknett se sorprendió en una tienda de Londres al darse de bruces con una postal con un retrato de Leonardo que al final no era tal, sino una reproducción del rostro del hombre de la sábana santa. ¡Y se hizo la luz! La escritora corrió a ver a su socio, quien inmediatamente comprendió la trascendencia del hallazgo. Ambos fueron conscientes de que precisaban de una confirmación independiente y autorizada. “Necesitábamos alguna corroboración por parte de alguna persona desconectada por completo y sin ninguna preocupación por el mundo del sudario”, dicen en el libro.

La fortuna quiso que, por aquella época, Picknett colaborara en una revista femenina. No, no sean mal pensados: no fue a la redacción a preguntar a las periodistas quién era el hombre de la postal. Lo que hizo fue mucho más inteligente. ¿Que por qué digo que fue más inteligente? Porque muy posiblemente ninguna redactora -ni redactor, que en la ineptitud tampoco somos distintos un sexo de otro- de una revista femenina hubiera identificado a principios de los años 90 a Leonardo da Vinci en uno de sus autorretratos. Picknett cogió la postal del hombre de la sábana y un retrato de Leonardo, y se metió ¡en el vestuario de las modelos que preparaban una sesión fotográfica! “La respuesta fue instantánea y gratificante en extremo”, recuerda en El enigma de la sábana santa. De las quince interrogadas, trece respondieron que las dos imágenes correspondían al mismo hombre, una pasaba del tema y otra reconocía al personaje de la sábana porque era católica.

Picknett y Prince ya tenían la prueba definitiva: ¡el dictamen de un grupo de modelos confirmaba que el hombre de la sábana santa es en realidad Leonardo da Vinci! Coincidirán con ellos y conmigo en que, si algún gremio sabe de trapos, es el de las modelos. A partir de ese momento, intentaron explicar cómo y por qué fabricó Leonardo la reliquia. Y demostraron, a su manera, que el artista pudo hacerla recurriendo a algo que hoy nos es muy familiar y en lo que es un maestro Mauricio-José Schwarz, coordinador de esta mesa redonda. Sí; me refiero a la fotografía. Leonardo, argumentan, describió algo muy parecido a la cámara oscura en uno de sus escritos reunidos en el Codex Atlanticus y pudo identificar y aprender a usar las sustancias químicas sensibles a la luz necesarias para fijar imágenes en un soporte. Pudo o no pudo.

Los motivos del genio

El rostro de la sábana santa.¿Y por qué hizo la sábana? “Puede haber una razón sencilla: Giovanni dijo que Leonardo había sido encargado por el propio papa para que preparase otro santo sudario mejor, con el que atraer a las multitudes. También dijo, sin embargo, que no fue Leonardo el primer elegido para ello y que otros, como Miguel Ángel (1575-1564), habían declinado el encargo. No sabemos si esa historia es o no cierta; pero por aquel tiempo las historias de corrupción de la Iglesia eran un lugar común”, argumentan los autores. Falazmente, porque la existencia de corrupción en el Vaticano no confirma en sí misma la historia del santo sudario. De todo esto, concluyen que Leonardo hizo la sábana y que, encima, al autorretratarse consiguió que millones de personas -incluido el papa Juan Pablo II- acabaran venerando su imagen como la de un dios durante siglos. Picknett y Prince presentan en su libro una réplica de la sábana santa hecha a partir de material de la época de Leonardo y mediante la impresión fotográfica, pero eso no demuestra nada. También podían haber construido un planeador de madera, hacerlo volar y decir que Leonado consiguió tal logro, cuando los primeros que lo hicieron fueron los hermanos Wilbur y Orville Wright hace poco más de cien años.

El descubrimiento de Picknett y Prince se basa en pruebas circunstanciales, tal como ellos mismos admiten en el último número de Fortean Times, donde, sin embargo, se mantienen en sus trece. Siguen sosteniendo que Leonardo fabricó la sábana santa y, para ello, presentan una nueva prueba: se trata de la comparación del rostro del hombre de la sábana con el del Salvator Mundi, un Jesús pintado por el artista en 1513. Casan perfectamente, sostienen. Y añaden que eso, unido a que el Jesús de Leonardo también encaja con otro pintado en 1935 por Ariel Aggemian inspirándose en el rostro de la sábana, confirma que el genio del Renacimiento está detrás del sudario de Turín. Ustedes seguro que sospechan ya otra cosa, que es posible que Leonardo -como Aggemian- se inspirara en la falsa reliquia, ya famosa en su época, a la hora de pintar un retrato de Jesús. Nuestros agudos investigadores dan carpetazo a esa posibilidad diciendo que, si Leonardo hubiera visitado la sábana, habría constancia de ello. ¿Desde cuándo la ausencia de prueba es prueba de ausencia?

Comparación entre el rostro de la sábana y el 'Salvator Mundi' de Leonardo.El análisis del carbono 14 dejó claro, hace dieciocho años, que la sábana de Turín data en del siglo XIV, así que no pudo envolver el cuerpo de Jesús. Las pruebas hechas en tres laboratorios de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza dataron “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”. Ese resultado se publicó en la revista Nature, en febrero de 1989 y hasta hoy nadie ha demostrado que sea erróneo. Pero eso da igual a los sindonólogos y a los vendedores de misterios. Los primeros han llegado a inventarse declaraciones de un premio Nobel para desacreditar las pruebas de 1988; las afirmaciones de los segundos se cuentan por mentiras. Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología (CES) en 1989, dijo entonces que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”.

Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que realizaron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada. El problema, ay, es que Libby había muerto nueve años antes, cuando nadie contemplaba la posibilidad de que la Iglesia permitiera ese tipo de prueba destructiva. A no ser, claro, que los miembros del CES supieran de la opinión del científico en una sesión de espiritismo.

Picknett y Prince admiten que no hay ninguna prueba histórica de la existencia de la sábana santa antes de 1350, cuando aparece en la localidad francesa de Lirey, y que el veredicto del carbono 14 deja claro que la reliquia fue fabricada en la Edad Media. Que Leonardo no naciera hasta 1452 es un problema menor para su tesis porque los tres laboratorios implicados en el análisis del radiocarbono apuntaron que, con un 99,9% de fiabilidad, la sábana fue confeccionada entre 1000 y 1500. Esa ampliación del paraguas temporal cubre la hipótesis Leonardo, aunque de forma insuficiente, ya que se trata sólo de una posibilidad, apunta a un posible cambiazo de la tela no documentado y a un complot vaticano del que tampoco hay ninguna prueba. Así pues, ¿qué tenemos para defender la idea de que Leonardo es el artífice del sudario de Turín? Un montón de pruebas circunstanciales; nada.

La tontería cátara

No quiero acabar sin dedicar atención a otro reciente gran éxito editorial basado en la tergiversación de la figura de Leonardo: La cena secreta, obra del ufólogo -ahora metido a novelista- Javier Sierra. No les voy a reventar la novela. Allá ustedes si quieren leerla. Les voy a demostrar sólo cómo Sierra es tan fiable cuando habla de Leonardo como cuando defiende que en Roswell se estrelló un platillo volante en 1947, cuando da crédito a una fraudulenta autopsia a un extraterrestre y cuando sostiene que el transistor es un invento basado en tecnología alienígena.

'La Última Cena', de Leonardo da Vinci.

Afirma el novelista que nuestro protagonista fue el último cátaro. Los cátaros creían el universo estaba compuesto por dos mundos en conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material obra del Diablo, y no creían en Jesús como la divinidad encarnada. “Los cátaros, por ejemplo, pensaban que Jesús era un hombre, no un Dios y aquí aparece como hombre -dice Sierra refiriéndose a La Última Cena-; los cátaros no comían carne y en el cuadro no aparece el típico cordero; ellos no tenían sacramentos y por eso no aparece el Cáliz; a Leonardo en tres cuartas partes de su vida nunca se le conoció pareja y los cátaros rechazaban las relaciones sexuales; los cátaros, al igual que Da Vinci, siempre vestían de blanco; los cátaros rechazaban la cruz como símbolo del cristianismo y el artista nunca pintó una cruz, una cosa muy rara en la época. Hay muchas pistas de que Leonardo perteneció a esta herejía y de que la obra que pintó en la sede de los dominicos en Milán fue la burla pictórica más gigantesca de todos los tiempos”.

Vayamos por partes. Cuando Sierra dice que, en La Última Cena, Jesús aparece como hombre y no como Dios da como principal argumento la carencia de halo, elemento que está ausente en muchas obras de Leonardo. ¡A ver si va a tener razón y va a ser el de Vinci un hereje…! “¿Es sorprendente que en el cuadro no existan los típicos halos de santidad? Pues, si es así, hay un montón de misterios en el mundo de la pintura porque, por ejemplo, en La Última Cena de Lovaina, obra de Bouts -anterior en algunos años a la pintura de Leonardo-, ya no aparecen. Sencillamente, en este momento se asiste a un intento de aproximar las representaciones de escenas religiosas al espectador y Leonardo se suma a esta corriente”, explica José Luis Calvo. El historiador palentino indica en un interesantísimo texto que hay halos en la segunda versión de La Virgen de las rocas porque en este cuadro intervino otra mano; pero que, para encontrarlos en Leonardo, “tendríamos que retrotraernos a las obras juveniles”.

El famoso San Juan Bautista, de Leonardo, con rasgos andróginos y el cayado en forma de cruz.No es éste el único detalle que pasa por alto Sierra, quien rivaliza en rigor con Dan Brown. Que no aparezca carne en La Última Cena es algo circunstancial; pero que no se vean restos del sacramento de la eucaristía no. No hay cáliz, no hay Santo Grial, porque el cuadro pretende captar no el momento de la instauración de la eucaristía, sino el del Evangelio de Juan en el que Jesús anuncia a los apóstoles que uno de ellos le va a traicionar. En ese evangelio, no hay ninguna referencia a la eucaristía, a diferencia de los otros tres canónicos. Que a Leonardo no se le conociera pareja y vistiera de blanco significa bien poco, y es mentira que nunca en su vida pintó una cruz. Sin ir más lejos, en una de sus últimas obras, el San Juan Bautista, el profeta lleva una cruz.

Cuando son reales, las pruebas de Sierra son tan circunstanciales como las de Picknett y Prince. Si éstos olvidan cuando les conviene que la sábana santa era ya famosa a mediados del siglo XIV, cien años antes del nacimiento de Leonardo, aquél pasa por alto que el último prefecto cátaro, Guillaume Bélibaste, murió a principios del siglo XIV, dos siglos y medio antes del natalicio del autor de La Última Cena. Son detalles que podrían fastidiar un negocio que precisa de montones de pruebas circunstanciales para ocultar que no hay ninguna que realmente merezca ser considerada como tal.

Leonardo fue un genio con sus luces y sus sombras, como todo ser humano. Y su personalidad y obra tuvieron tan poco que ver con lo que venden los traficantes de misterios como Nostradamus con la caída de las Torres Gemelas y con una profetizada victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Alemania.

Intervención en la mesa redonda Recuperando a Da Vinci, una perspectiva escéptica, celebrada el 12 de julio de 2006 dentro de la XIX Semana Negra de Gijón.

El Papa y el Santo Grial

Ratzinger observa el cáliz que se venera en Valencia como el Santo Grial. Foto:Efe.

Benedicto XVI vio ayer, en la catedral de Valencia, la copa que, según la tradición local, utilizó Jesús en la Última Cena. El Santo Cáliz valenciano, que está en la capital del Turia desde 1414, fue examinado en 1960 por el arqueólogo Antonio Beltrán (1916-2006). El experto concluyó que está formado por tres piezas diferentes: la copa superior, de piedra ágata cornalina, está datada entre el siglo II antes de Cristo (aC) y el I de nuestra era, y fue labrada en Egipto, Siria o Palestina; el pie es un vaso egipcio o califal del siglo X u XI, que tiene con una inscripción en árabe; y las asas, la unión, las piedras preciosas y las perlas se habrían añadido en el monasterio de San Juan de la Peña (Huesca), de donde salió la pieza en 1399 hacia Zaragoza.

Beltrán aseguró hace 46 años que la ciencia no podía pronunciarse en contra de la autenticidad de la reliquia; no dijo que tampoco podría hacerlo a favor. Que la copa superior se hiciera entre el siglo II aC y el I de nuestra era no prueba que esa pieza del Santo Cáliz sea el Santo Grial, al igual que el hallazgo de una barca de hace dos milenios en el mar de Galilea no demuestra que Jesús navegara en ella. La mayoría de los historiadores considera en la actualidad el Santo Grial una leyenda de origen celta, vinculada a los míticos recipientes que proporcionaban alimentos en abundancia y asimilada por el cristianismo en la Edad Media.

El Grial valenciano.El recipiente sagrado apareció por primera vez en el siglo XII en el poema de Perceval, de Chretién de Troyes, donde no queda claro qué es el Grial. Posiblemente poco después, el cuerno de la abundancia se transmutó en el cáliz de la Última Cena y el recipiente en el que José de Arimatea habría recogido la sangre de Jesús de la herida abierta por el lanzazo del soldado romano. Así habría empezado la actual leyenda, la que vincula la copa a Jesús de Nazaret y dio lugar a la multiplicación de griales en una Edad Media en la que la fabricación de reliquias fue una muy rentable industria.

Más allá de la cortesía, Ratzinger no prestó ayer especial atención a la falsa reliquia, que le fue presentada con todo el boato posible en la catedral de Valencia, delante de la Conferencia Episcopal en pleno. Quienes sí se entusiasmaron con el Santo Cáliz fueron los comentaristas y periodistas televisivos -tanto durante la retransmisión en directo como en los informativos-, dejando claro una vez más que el espíritu crítico permanece enjaulado cuando anda de por medio el Espíritu Santo. Hay, ciertamente, una historia de la copa desde la muerte de Jesús hasta su llegada a Valencia; pero, al igual que en el caso de otras reliquias famosas -como la sábana santa-, estamos ante un relato de ficción creado con el fin de proporcionar un pedigrí a la pieza.

Está por ver si el Papa usa hoy el Santo Cáliz en la eucaristía que cierra el V Encuentro Mundial de las Familias. “Benedicto XVI podría utilizar el Santo Grial en la misa del domingo”, anunciaba ayer El Mundo, diario para el que tampoco parece haber dudas sobre la autenticidad de la pieza. Juan Pablo II ya tomó en sus manos la falsa reliquia para la consagración en Valencia 1982; pero es que también se postró ante la sábana santa años después del análisis del carbono 14, que dictaminó que fue fabricada en el siglo XIV.