El timo del feng shui

Escribo estas líneas de espaldas a la puerta de la redacción digital de El Correo y estoy tan tranquilo, aunque leo en la edición de papel un reportaje en el que, según dos expertos belgas en feng shui, “si damos la espalda a una puerta, inconscientemente estaremos inquietos, porque no podemos ver quién entra y eso, al final, acaba repercutiendo en nuestra salud”. Los sabios se llaman Micheline Siemsen y Ami Naides, y son indudablemente unos tipos listos: viven de aconsejar a la gente cómo tiene que organizar sus casas según los principios de una superchería milenaria. Porque eso es el feng shui, un cuento chino -en los dos sentidos de la expresión- equiparable a la acupuntura, el horóscopo, las fajas magnéticas de la teletienda y otras rentables engañifas. Pero vayamos por partes.

¿Qué es eso del feng shui? Se trata de una especie de acupuntura arquitectónica basada en que todas las cosas y personas tienen una energía vital y que en las casas hay que organizar las estancias y los muebles según unas energías positivas y negativas chiripitifláuticas que sólo detectan los expertos en feng shui. Por eso, sobrecoge enterarse de que una arquitecta como Beatriz San Torkuato cree que, a la hora de levantar un edificio, hay que saber si tenemos debajo una corriente de agua o una falla porque “generan energía negativa” que puede afectar, según ella, a nuestra salud. Y ustedes se preguntarán, ingenuos: ¿cómo se mide esa energía?, ¿qué aparato determina si es positiva o negativa?, ¿cómo se establece la relación entre esa energía indetectable y la salud de los habitantes de una casa? y, lo más importante, ¿cómo pueden dejar que construya casas alguien que cree en energías mágicas que pueden afectarlas?

Si el feng shui funciona, es porque hay personas que se dejan engañar por una jerga sinsentido y afirmaciones tontas del estilo de que, según la arquitecta citada, “es bueno que en la habitación de una pareja haya adornos por duplicado, como dos cajitas, dos jarrones…”. ¿Por qué? Ya sé que la pregunta es incómoda, pero es que hay que hacerla. “Notaba que la energía se empezaba a enrarecer y llegaba a casa agotada de trabajar”, dice que sentía Nuria González, dueña de un local de estética en Galdakao, antes de decorarlo según los dictados del feng shui. Y yo me pregunto: ¿desde cuándo la energía se enrarece? ¡Vaya, otra pregunta incómoda! Claro que todo se lo solucionó Aitor López, su geobiólogo de cabecera, quien, a pesar de lo que pueda parecer, ni es geólogo ni biólogo ni tiene ninguna formación científica, sino que es radiestesista, zahorí.

Dice López que la camilla del centro de estética estaba “colocada en un cruce de líneas Hartmann, lo que hace de esta zona muy debilitante”. Lo de las líneas Hartmann queda muy bonito, suena a científico y todo; pero lo es tanto como una carta astral de Aramís Fuster. Porque nadie que no sea zahorí cree en esas líneas de emisiones energéticas, descubiertas a mediados del siglo pasado por el radiestesista alemán Ernst Hartmann, que conformarían una especie de red mundial por la que -San Torkuato, explica- “la Tierra saca la electricidad” y de cuya existencia no hay ninguna prueba científica. Si ahora la masajista de Galdakao dice sentirse mejor y cansarse menos, es por lo mismo por lo que a los niños se les pasa el malestar después de darse un golpe si les hacen mimos. Pura sugestión. Y si el feng shui es un buen negocio, es porque hay gente ingenua, que cree cualquier cosa -hasta en las fajas magnéticas-, se deja llevar y se fía más de los charlatanes que de los científicos. Pregúntenle a cualquier geólogo por las zahorísticas líneas Hartmann y ya verán lo que les dice. Yo, mientras tanto, sigo escribiendo de espaldas a la puerta.