Radiestesia

Cómo reconocer una pseudoterapia, en M80 Radio

Juan Luis CanoMaría Gómez y yo hablamos el lunes sobre cómo reconocer una pseudoterapia, en la decimocuarta entrega de la temporada de mi colaboración semanal en ¡Arriba España!, en M80 Radio. Si quiere, puede escuchar el programa completo.

Si una terapia es milenaria, energética, natural o cuántica, es un timo

Proliferan en nuestro entorno las terapias alternativas, que se llaman así porque, simplemente, nunca han podido demostrar que sean más efectivas que el placebo. Si algún día una terapia alternativa demuestra que funciona, pasará a ser medicina. Por eso, cuando hablamos de medicina, alternativa es la primera palabra que indica que algo no es digno de confianza. Si una terapia es alternativa, es que nunca ha curado a nadie más allá del cura, cura, sana, culito de rana. Ésa es la primera idea que nos tiene que quedar clara. La segunda es que, aunque no se adjetive como alternativa, si una terapia entra dentro de cualquiera de los siguiente apartados, también es un timo.

1. Milenaria, tradicional y oriental

Un hombre se somete a acupuntura en un hospital universitario de Pekín. Foto: Reuters.La esperanza media de vida al nacer es hoy en España de 83 años -3 más en el caso de las mujeres-, sólo por detrás de Japón. En 1901 se situaba en menos de 35 años y en 1930 superaba los 49, mucho más que dos de los países con los que se vinculan habitualmente las terapias tradicionales y orientales, India y China, donde era entonces de 29 y 32 años, respectivamente. Treinta años después, en China era de 42 años, en India de 43 y en España de 69, sin acupuntura, reiki, medicina ayurvédica ni nada parecido.

Con la medicina científica -más la potabilización y el saneamiento de aguas y el control de los alimentos- nos ha ido muy bien en España, como al resto de los países de nuestro entorno y del denominado Occidente, que abarca hasta Australia y Japón. Los países de origen de las llamadas terapias milenarias, tradicionales y orientales empezaron a ganar en esperanza de vida con la llegada de la medicina científica. Cuando disfrutaban exclusivamente de sus terapias tradicionales, que tanto nos seducen en Occidente, se morían bastante antes que nosotros. Como dice el médico Vicente Baos, miembro del Círculo Escéptico, “los chinos no quieren saber nada de las tonterías de antes y aquí se las compramos acríticamente”.

Por cierto, milenario también es someter a la mujer al hombre, tradicional es que los padres decidan con quién deben emparejarse sus hijas y oriental, el sistema de castas indio. ¿Nos traemos también todo eso a la España del siglo XXI?

2. Natural

Lo mismo que la agricultura no es natural, no hay ninguna terapia natural porque no lo hay que poner una inyección, operar a corazón abierto o radiar un tumor, pero tampoco lo hay en pinchar con agujas, elaborar preparados homeopáticos o flores de Bach ni otras cosas por el estilo. Que algo sea natural significa para mucha gente que ese algo es bueno, aunque el mercurio, el arsénico y la estricnina sean también naturales… y la muerte sea lo más natural del mundo. Los partidarios de las denominadas medicinas alternativas se refieren a ellas también como naturales por una mera cuestión de mercadotecnia: saben que eso hará a mucha gente más propensa a confiar en su bondad, que sólo es tal para el bolsillo de quienes las practican.

Los creyentes en lo natural son los mismos que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor y que, según nos hemos ido alejando de la naturaleza, hemos ido deshumanizándonos y enfermando. La Historia, y la vida de los humanos que en la actualidad subsisten como en épocas remotas, demuestra que gozamos de mayor calidad de vida cuanto más nos apartamos de la naturaleza, que no es la madrecita buena de la que hablan algunos. Por cierto, que nadie inteprete esto como un voto a favor de que se arrase el planeta hasta convertirlo en una especie de Trántor o Coruscant. Hay que conservar el medio y la biodiversidad, y también conviene que dejemos de multiplicarnos como hasta ahora por el bien del planeta, que es el nuestro.

3. Energética

El autor, en plena sesión de reiki. Foto: Aitor Gutiérrez.Energía es otra palabra mágica de los charlatanes desde hace décadas. Si hiciéramos caso a los parapsicólogos y los llamados médicos alternativos, hay innumerables formas de energía esperando a que los físicos las descubran. Porque, ojo, las energías de las que estamos hablando son indetectables con la tecnología actual, dicen quienes, sin embargo, aseguran sentirlas. Los practicantes de las denominadas terapias energéticas (reiki, quiropráctica, acupuntura, radiestesia, feng shui…) sostienen que curan enfermedades redirigiendo esa energía mediante pases de manos o con artilugios como agujas.

En 1996, una niña de 9 años, Emily Rosa, demostró que los practicantes del toque terapéutico -la variante estadounidense del reiki- no detectan nada. Lo hizo con un sencillo experimento en el que cada sanador y ella se sentaban a una mesa, enfrentados y separados por el cartón a modo de biombo. Dos agujeros en la base de éste, permitían que las manos del terapeuta pasaran al otro lado, apoyadas sobre la mesa y con las palmas hacia arriba; pero el cartón impedía que viera nada. La niña echaba entonces una moneda al aire para decidir sobre qué mano del sujeto pondría una de las suyas, preguntaba al sanador cuál de sus manos percibía un campo energético humano y lo apuntaba todo en el cuaderno. Los terapeutas acertaron en 123 (44%) de 280 intentos. Los resultados del trabajo se publicaron en la prestigiosa revista de la Asociación Médica Americana.

Los experimentos que durante siglos se han hecho con los radiestesistas -también llamados zahorís, rabdomentes y, últimamente, geobiólogos- han dado los mismos resultados que el de Emily Rosa. Así que, ya sabe, si alguien le dice que practica una terapia energética, es un timador.

4. Cuántica

Como la mecánica cuántica es prácticamente incomprensible para alguien que no sea físico, se ha convertido en el último refugio de los charlatanes. Es a las pseudoterapias lo que los universos paralelos a la ufología. Hubo un tiempo en que los ufólogos situaron el origen de los tripulantes de los platillos volantes en el Sistema Solar. Según el ser humano fue explorándolo, los extraterrestres se fueron alejando y ahora ya se situán en otras realidades o universos paralelos: así salvan los ufólogos el escollo de que ni nuestros telescopios ni nuestros sistemas de vigilancia hayan detectado nunca una nave alienígena acercándose a la Tierra.

Tradicionalmente, los homeópatas han dicho que sus preparados, en los que no hay ninguna molécula de principio activo, funcionan gracias a la memoria del agua, pero, de un tiempo a esta parte, dado el descrédito de esa ridícula idea -¿cómo le borran la meoria al agua antes de usarla?, ¿cómo sabe el agua lo que tieen que recordar y lo que no?-, se han refugiado en la mecánica cuántica. “No tenemos la última respuesta de cómo funciona la homeopatía; pero sí sabemos cómo no: a través de los mecanismos clásicos de molécula-receptor. Los que decís que la homeopatía no es científica os apoyáis en conceptos y argumentos del siglo XIX. Hoy, la ciencia que explica cómo funciona el Universo es la física cuántica”, me dijo en 2011 el médico y homeópata Guillermo Basauri durante un encuentro privado auspiciado por Boiron. Yo le pregunté: “¿Me estás diciendo que los mecanismos de la homeopatía se encuentran en la física cuántica?”. “¡Claro!”, respondió.

En marzo del año pasado, le comenté esa conversación al físico español Juan Ignacio Cirac y me dijo, asombrado: “Creo que mi cara lo dice todo, ¿no? No soy ningún experto (en homeopatía), pero las explicaciones que he visto que dan de la homeopatía a través de la física cuántica no tienen, desde luego, nada que ver con la física cuántica que los físicos cuánticos hacemos”. Lo mismo puede decirse del resto de las pseudoterapias y de los productos milagro que llevan el adjetivo cuántico, que se ha convertido -fuera de la física- en otro detector de charlatanes.

El Colegio de Geólogos del País Vasco acoge una charla sobre las bondades del zahorismo y el feng shui

El Colegio de Geólogos del País Vasco y la asociación profesional GeoBI organizaron el 22 de enero en Bilbao una conferencia titulada Geobiología, la influencia sutil del subsuelo y otros elementos en la salud. La impartió Koldo Núñez Betelu, doctor en geología por la Universidad de Calgary, exprofesor de la Universidad del País Vasco y actual director de la Escuela de Ingeniería del Instituto de la Máquina Herramienta de Elgoibar, y fue un canto a las bondades de la magia del zahorismo y el feng shui. Me enteré anteayer a través del geógrafo Santiago Rodríguez Ruiz y, como él, no salía de mi asombro. Tampoco los organizadores se esperaban que el acto fuera lo que fue.

Anuncio de la conferencia 'Geobiología, la influencia sutil del subsuelo y otros elementos en la salud', de Koldo Núñez Betelu.“Nos llevamos una sorpresa desagradable al oír la conferencia. Creíamos que el ponente iba a hablar de geología, pero se fue por temás más abstractos”, me han indicado en el colegio profesional, que ha recibido llamadas de asociados quejándose por el contenido de la charla. Y es que temas más abstractos es un modo diplomático de referirse a las chifladuras que promueve el ponente y a las que la institución profesional no da credibilidad. “¡Para nada!”. No dudo de que Núñez Betelu sea un buen geólogo, pero también es un propagandista de la anticiencia. Porque su geobiología no es ninguna ciencia, sino el viejo zahorismo o radiestesia rebautizado para venderse mejor. Sólo hace falta ver cómo se presenta en su blog:

“Mi trabajo terapéutico para conocer el nivel de salud de los lugares y de las personas combina las herramientas de la geobiología y el feng shui, por una parte, y aquéllas relacionadas con el análisis psicológico, ya que los lugares que habitamos y modelamos, según nuestros deseos, son el reflejo exterior de nuestro propio interior, a la vez que se impregnan de nuestras, energías, emociones y vivencias retroalimentando nuestras vidas. Tomando conciencia de todo ello, podemos ponernos en camino de una vida más sana tanto a nivel físico como psicoemocional.

Mi formación incluye estudios de geobiología y feng shui, así como el primer nivel de formación en terapia simbólica y constelaciones familiares y la formación en psicotarot, estos últimos realizados con José Miguel Dóniz.”

Los geobiólogos aseguran detectar geopatías, supuestas alteraciones energéticas de un lugar que pueden ocasionar problemas de salud cuya existencia es tan real como la de Pato donald. Y el  feng shui es una especie de acupuntura arquitectónica basada en que todas las cosas y personas tienen una energía vital, y que en las casas hay que organizar las estancias y los muebles según unas energías positivas y negativas que sólo detectan los expertos en ese arte. Núñez Betelu dice ser “terapeuta, geobiólogo, psicogeobiólogo, asesor de feng shui, coach, constelador y gestáltico“. Sumen a eso el psicotarot y que uno de sus maestros es Dóniz, discipulo del artista curandero Alejandro Jodorowsky, y pueden situarlo, sin reparos, en la misma onda que un Paco Rabanne, un Rappel o un Carlos Jesús. Da igual los títulos académicos que tenga. Un geólogo que practica el zahorismo y el feng shui es como un astrónomo que hace cartas astrales.

‘La buena onda': sale a la venta una biblia para los antiantenas, antiWi-Fi y antitorres de alta tensión

“Del mismo modo que acudimos al médico para hacernos chequeos periódicos y cuidar nuestra salud, deberíamos tomar conciencia de cómo puede afectarnos dormir sobre una corriente de agua. En La buena onda, Pere León nos da las claves para crear espacios saludables y disfrutar de una vida sana y feliz”. Estas dos frases encabezan el dossier de prensa que Grijalbo acaba de remitir de un libro que saldrá a la venta en unos días y que tiene todos los boletos para convertirse en la biblia de los antiantenas, antiWi-Fi y antitorres de alta tensión, y expandir aún más el pánico electromagnético.

El arquitecto de interiores y radiestesista Pere León.Pere León, autor de La buena onda, es arquitecto de interiores -decorador- y geobiólogo. Aunque lo parezca por el nombre, la geobiología de León no es ninguna ciencia, sino el viejo zahorismo o radiestesia rebautizado para venderse mejor. De hecho, él dice haberse formado en la Asociación de Estudios Geobiológicos (GEA), cuyos miembros abogan por el uso de la radiestesia -con varillas o péndulo- para “evaluar fenómenos como la calidad biótica de un lugar o la influencia de alteraciones de origen físico como las corrientes de agua, las redes telúricas, las fallas, etcétera” y “otras alteraciones menos conocidas, como las llamadas memorias de las paredes, susceptibles igualmente de afectar a la salud”. “En definitiva, a través de la radiestesia se podrá determinar qué lugares garantizan mejor el desarrollo armónico de la vida”, sentencian. El zahorismo, la radiestesia, la geobiología o como se llame en un futuro no es sino un arte adivinatoria, brujería.

El recién estrenado escritor dice que la disciplina que cultiva “estudia las relaciones entre los seres vivos y los diferentes tipos de ondas a los que estamos sometidos: las naturales (corrientes de agua, ondas magnéticas) y las artificiales (torres de alta tensión, routers-WiFi, móviles, inalámbricos, antenas de telefonía etcétera). El geobiólogo es quien detecta las geopatías, alteraciones energéticas de un lugar que pueden dar lugar a problemas de salud de las personas que trabajan o habitan en él”. Por supuesto, las geopatías son un cuento chino; pero eso es lo de menos cuando de lo que se trata es de hacer caja. Y León, claro, rentabiliza tanta mala onda a través de su estudio Habitatsalut: “Somos un equipo de arquitectos geobiólogos dedicados a crear espacios saludables. Solucionamos radiaciones perjudiciales para la salud de casas y oficinas, y ayudamos a las personas a vivir en un ambiente sano”.

'La buena onda', de Pere León.Cuenta que descubrió la geobiología cuando se mudó de casa, y él, su esposa y sus dos hijos empezaron a dormir mal. “Nos levantábamos agotados, con la sensación de no haber descansado. Después de visitar varios médicos, alguien nos recomendó un geobiólogo, que vino a estudiarnos las radiaciones. Con unas medidas correctivas muy sencillas, resolvimos el problema y volvimos a descansar”. Según la publicidad de la editorial, todo lo que tuvieron que hacer fue cambiar la orientación de las camas para que se obrara el milagro. León dice que no es alarmista y añade, acto seguido, que puede recomendarnos “algunas medidas preventivas para evitar males mayores como la lipoatrofia, la electrosensibilidad, sin olvidar una mayor predisposición al cáncer”. Ahí queda eso.

Ojalá me confunda, pero, visto el entusiasmo mediático por los promotores de la histeria antiondas, este decorador geobiólogo lleva camino de convertirse en el mesías español de esa paranoia tecnófoba, en competencia con los responsables del entramado de Geosanix. Como éstos, Habitatsalut tiene su decálogo de “consejos para convivir con las radiaciones en casa”, que incluyen medidas como no poner radiodespertadores en la mesilla, no usar materiales sintéticos en el dormitorio, caminar descalzo un rato antes de acostarse y otras tonterías. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.

El poder de los zahorís: creer en algo no implica que exista

Suponga que mañana se ponen de acuerdo la mitad más uno de los humanos en que la fuerza de la gravedad no existe. Suponga que mañana la mitad más uno de sus congéneres decide que la teoría de la evolución no es cierta y que fuimos creados en un laboratorio alienígena, o que el cáncer y el sida no existen. La gravedad tiraría igualmente de los cuerpos hacia abajo y seguiríamos sin pruebas de visitas alienígenas, seguiríamos siendo el producto de la evolución de especies anteriores y no un producto de laboratorio, y el cáncer y el sida seguirían matando millones de seres humanos. Que no creamos en algo, o que creamos en algo, no implica que no exista, o que exista. Por eso, cuando José María Íñigo defendió el domingo en Radio Nacional de España la posibilidad de que el hombre no haya pisado la Luna basándose en que hay mucha gente que así lo cree, estaba diciendo una tontería.

Ese mismo argumento -el de hay mucha gente que…- es al que ayer recurría la autora de “Los magos del péndulo”, un reportaje publicado en El Correo, para intentar apoyar la idea de que el zahorismo funciona. “¿Pseudocientíficos? Puede ser. Pero los contratan. Eso es incontestable. Para buscar agua o para examinar la disposición de las mesas en una oficina, como han hecho los funcionarios del departamento vasco de Industria, alarmados por el incremento de casos de cáncer entre los compañeros. El zahorí que inspeccionó la zona prefiere no hablar. Se sabe que cogió el péndulo, lo paseó por la quinta planta del edificio Lakua I de Vitoria-Gasteiz, analizó los campos electromagnéticos y aconsejó cambiar la ubicación de las mesas para mejorar el bienestar de quienes en ellas se sientan. Y vale. A sus 80 años, y con muchos de experiencia y éxitos, no está para debates kafkianos, contrarrestar suspicacias o rebatir las teorías (doctores tiene la medicina) que achacan los tumores a la media de edad alta de los empleados públicos”.

También hay gente que contrata a brujos, videntes y curanderos, pero eso no demuestra que los poderes de esos personajes sean reales; sólo que hay quien cree en ellos. Hay engañabobos porque hay bobos. Así de claro. La segunda falacia consiste en poner al mismo nivel a un zahorí, que nunca ha demostrado sus poderes, que a los científicos. No todas las opiniones son respetables: la de un zahorí respecto a la influencia de los campos electromagnéticos en el desarrollo del cáncer es tan digna de tomarse en serio como la de un niño sobre el hombre del saco o el ratoncito Pérez. Y no importa que, en el segundo de los casos, el niño encuentre una moneda donde dejó el diente que se le había caído. Lo mismo pasa con los zahorís. ¿Que encuentran agua? Claro, pero no es achacable a sus poderes extraordinarios ni a sus varitas mágicas, sino a su conocimiento del terreno y a que, en muchos sitios, dar con agua sólo depende de la profundidad a la que excaves.

Una tontería peligrosa

El zahorismo -en todas sus variantes, desde la tradicional hasta la moderna geobiología, pasando por la radiestesia- es pseudociencia y, como tal, que alguien crea en ella o se gaste el dinero en ella no le otorga un plus de credibilidad. No hay redes de energía desconocida esperando que individuos con varitas las detecten. Es posible que algunos zahorís-radiestesistas-geobiólogos crean que sienten corrientes de agua o misteriosos flujos energéticos sólo a su alcance, pero eso no significa que lo hagan; sólo que lo creen. Otros seguramente no creen en nada; pero es que, mientras haya bobos, habrá engañabobos. Lo único cierto es que ningún experimento científico ha confirmado las habilidades de estos supuestos dotados o, por mirarlo desde otro punto de vista, todos han demostrado que el zahorismo es tan real como los secuestros por extraterrestres.

La radiestesia tiene tanto fundamento como la cartomancia y la existencia de las líneas Hatmann es tan cierta como la del País de Oz. El problema es que la tontería de los magos del péndulo se convierte en un peligro cuando se empieza a creer que nuestra salud puede depender de energías misteriosas, porque eso abre la puerta, como indica la reportera, a que los radiestesistas comiencen a diagnosticar enfermedades. Da miedo sólo imaginarse lo que puede ocurrir a un enfermo de cáncer que crea que la solución a su mal pasa por cambiar de lugar de residencia o de lado la cabecera de la cama, o poner un sofá aquí o allá. ¿Pseudociencia? Seguro y, a veces, más que un simple timo. Y me da igual que crea en ella mucha gente. También hay mucha gente que cree que el hombre no llegó a la Luna y no por eso tienen razón. Y ha habido, a lo largo de la historia, mucha gente que ha creído en brujas, hadas, sirenas, centauros, dragones… y todo tipo de dioses.