Quiropráctica

La acupuntura arruina la vida de una yudoca olímpica canadiense

La judoka olímpica canadiense Kim Ribble-OrrLa yudoca olímpica canadiense Kim Ribble-Orr se recuperaba en 2006 de un accidente de automóvil y preparaba el salto a las artes marciales mixtas, además del ingreso en la Policía, cuando fue a la consulta de su masajista, Scott Spurrell, porque padecía fuertes dolores de cabeza. Ni corto ni perezoso, el terapeuta, que había hecho un curso de medicina china durante varios fines de semana, le dijo que podía mitigar el dolor insertando una aguja de 5 centímetros en un músculo situado entre la clavícula y las costillas. Lo hizo y todo cambió para la deportista. “Ha arruinado mi vida”, declaraba hace unos días a National Post.

Ribble-Orr empezó a sentirse mal nada más abandonar la clínica. Volvió temiendo haber sufrido un neumotórax -la entrada de aire en el espacio entre los pulmones-, pero el terapeuta le dijo que era un espasmo muscular y la despachó a casa, añadiendo que, si los síntomas empeoraban, fuera al hospital. Al día siguiente, entraba en Urgencias con un colapso pulmonar y tuvo que permanecer ingresada quince días. Ahora, uno de sus pulmones funciona a sólo el 55%, y se agota subiendo unos cuantos escalones. Por supuesto, ha tenido que despedirse del deporte y de sus pretensiones de entrar en la Policía, además de que una enorme cicatriz le cruza el costado izquierdo hasta media espalda. El acupuntor que le perforó la pleura ha sido condenado por un tribunal de Ontario a sólo un año de suspensión profesional. ¡Qué barato sale destrozar la vida a alguien cuando eres un médico alternativo!

No es el de Ribble-Orr el primer caso de neumotórax ocasionado por un acupuntor. Ya en 2000, un estudio constató en Japón que un 9% de los neumotórax registrados en ese país tienen su origen en esta pseudomedicina, cuyos efectos secundarios más comunes son el síncope, el neumotórax, la hemorragia subaracnoidea, el taponamiento cardiaco e infecciones. Los riesgos de la acupuntura son conocidos y peligrosos, mientras que no hay constancia de que tenga beneficios más allá del placebo. Y lo mismo pasa con las otras mal llamadas terapias alternativas

En 1997, el actor Kevin Sorbo, entonces muy popular por interpretar a Hércules en una serie de televisión, sufrió un aneurisma y tres trombos por las manipulaciones vertebrales de su quiropráctico de cabecera. Steve Jobs,  cofundador de Apple, retrasó en 2003 nueve meses una cirugía que podía haberle salvado la vida y confió durante ese tiempo la curación del cáncer de páncreas a métodos alternativos, de tal modo que cuando decidió operarse ya era demasiado tarde. La australiana Penelope Dingle murió de cáncer en 2005 después de confiar para la lucha contra la enfermedad en la homeopatía, en vez de en la cirugía y la quimioterapia, lo que desembocó en su fallecimiento en medio de un sufrimiento atroz. El actor Peter Sellers tenía ya un largo historial de problemas cardiacos cuando su médico le recomendó someterse a un bypass urgentemente. Se negó y se puso en manos de un practicante de la cirugía psíquica, un estafador sin escrúpulos que simuló curarle con una intervención sin sangre, anestesia ni incisión alguna. Murió a los 54 años, en julio de 1980, tras sufrir un ataque al corazón.

Éstos son sólo unos ejemplos de lo peligroso que es confiar en el curaderismo. El único beneficio de la mal llamada medicina alternativa es el económico para quien la practica, porque no está demostrado que ninguna de esas prácticas cure nada y sí, por el contrario, sus peligros. Es cierto que la medicina de verdad también tiene sus riesgos, pero éstos son mínimos en comparación con sus beneficios. Si vas al acupuntor, al homeópata, al iridólogo, al quiropráctico o a cualquier otro curandero, como poco pagarás por nada, aunque también puedes acabar como Kim Ribble-Orr, Kevin Sorbo, Steve Jobs, Penelope Dingle o Peter Sellers. Recuérdenlo: la medicina científica no lo cura todo, pero la alternativa no cura nada.

La quiropráctica contra Kevin Sorbo: la prueba más dura de Hércules

Kevin Sorbo cuenta en 'Neurology Now' cómo la quiropráctica le causó tres trombos.Kevin Sorbo interpretó entre 1995 y 1999 en la televisión al protagonista de Hércules, una serie vagamente basada en el mítico héroe clásico. Lo que sólo sus íntimos sabían hasta hace poco es que, en la cima de la popularidad, sufrió un aneurisma y tres trombos que los médicos achacaron a las manipulaciones vertebrales de su quiropráctico de cabecera. El actor “tuvo la fortuna de recuperarse, pero otros no han tenido tanta suerte. Y lo peor es que se arriesgaron a sufrir esas consecuencias por someterse a una terapia que, por mucho que les guste a nuestros políticos, en realidad no sirve para nada. Aunque, eso sí, es muy natural, muy alternativa y muy cachipiruli“, ironiza en su blog el abogado Fernando L. Frías, miembro del Círculo Escéptico y quien me alertó hace unos días de la historia.

Sorbo protagoniza la portada del último número de Neurology Now, una revista de la Academia Estadounidense de Neurología, y cuenta su lucha contra la enfermedad en un libro autobiográfico titulado True strength: my journey from Hercules to mere mortal and how nearly dying saved my life (La auténtica fuerza: mi viaje de Hércules a simple mortal y cómo estar a punto de morir me salvó la vida). Resulta que, en el verano de 1997, cuando tenía 38 años, el actor -un tipo cachas y sano- empezó a sentir dolor intermitente, hormigueo y frío en su brazo y mano izquierdos. Consultó a los médicos y le dijeron que no parecía nada serio. Él creyó que las molestias se debían a una reciente lesión. Pero un día sintió un dolor punzante que le bajaba por el brazo e inmediatamente pidió hora a su quiropráctico. Los quiroprácticos sostienen que la mayoría de las enfermedades se deben a subluxaciones de la columna vertebral que presionan los nervios y dicen que pueden sanar o aliviar a los enfermos corrigiendo mediante bruscas manipulaciones esas subluxaciones, de cuya existencia, por cierto, no hay ninguna prueba.

“Después de examinarme, dijo que tenía mucha tensión en mi cuello y hombro. Luego, hizo crujir mi cuello, algo que nunca había hecho, y dijo que creía que la manipulación ayudaría a aliviar parte de la tensión”, recuerda Sorbo en Neurology Now. Sin embargo, cuando volvía a casa al volante de su coche, empezó a sufrir de visión borrosa, vértigo y zumbidos en los oídos. Y, al día siguiente, cuando se levantó, tenía dificultades para hablar y andar. Su pareja, la actriz Sam Jenkins, le llevó al hospital, y le diagnosticaron un aneurisma. Tras varias pruebas, los médicos concluyeron que Sorbo había sufrido tres trombos. La edad, el estado físico y los antecedentes familiares llevaron a la mayoría de sus médicos a concluir que el paso por la consulta del terapeuta alternativo, combinado con el aneurisma, había disparado los trombos. “De hecho, el suyo era el típico cuadro que presentan los pacientes con daños arteriales provocados por la manipulación quiropráctica“, apunta Frías.

Sorbo se acabó recuperando, aunque pasó “dos años de infierno” antes de volverse a sentir él mismo y ha perdido visión, sufre dolores en el brazo y migrañas. “La manipulación quiropráctica del cuello conlleva el riesgo de desgarro de la arteria vertebral que conduce al cerebro, causando un ictus o un ataque isquémico transitorio. Aunque el riesgo es bajo, a veces ocurre, y los médicos y los pacientes deben ser conscientes de la terapia de manipulación espinal como un factor de riesgo, raro pero posible, para el accidente cerebrovascular”, explica Howard Kirshner, del Centro Vanderbilt Kennedy (Estados Unidos). Tengan presente todo esto cuando políticos irresponsables quieran dar luz verde a ésta o cualquier otra medicina alternativa bajo el pretexto de que mucha gente la usa. Por fortuna, a Leire Pajín, la ministra Power Balance, no le ha dado tiempo a incluir la quiropráctica en la lista de terapias reconocidas y reguladas por el Sistema Nacional de Salud; pero quién sabe quién puede llegar al Ministerio de Sanidad en un futuro próximo.

“Con la homeopatía, los farmacéuticos nos están timando”, dice el médico y divulgador Edzard Ernst

Edzard Ernst puso en marcha en 1993 la cátedra de Medicina Complementaria de la Universidad de Exeter y se convirtió en el primer catedrático de esa disciplina en el mundo. Es autor, junto con el periodista Simon Singh, de Trick or treatment? Alternative medicine on trial (¿Truco o tratamiento? Juicio a la medicina alternativa), un alegato contra las pseudoterapias. Esta tarde dará una conferencia en San Sebastián, invitado por la Fundación Elhuyar, que ha publicado el libro en euskera.

– Desde un punto de vista científico, ¿la homeopatía, la acupuntura y la quiropráctica son medicinas?

– La homeopatía no es medicina; no es plausible y no funciona. Con la acupuntura, es un poco más complicado, ya que parece que funciona en algunos casos, aunque no en la mayoría. Y las pruebas apuntan a que la quiropráctica es tan buena o mala a la hora de aliviar el dolor de espalda como un tratamiento médico, pero no sirve para otras cosas.

– ¿La quiropráctica es más efectiva que un masaje para combatir el dolor de espalda?

– No.

– ¿La acupuntura alivia el dolor más que el placebo?

– En algún caso, parece sí. Nosotros hemos diseñado una aguja placebo que no penetra en la piel, aunque simula que lo hace. Por lo que hemos visto, en el caso del dolor de rodilla, la acupuntura real funciona mejor que la acupuntura placebo.

“No podía funcionar y funcionaba”

Edzard Ernst, ayer en el palacio de Miramar, en San Sebastián. Foto: Fundación Elhuyar.– Usted practicó la homeopatía y ahora es uno de sus mayores críticos.

– Cuando acabé la carrera en Alemania, mi primer trabajo fue en un hospital homeopático. Estuve seis meses y aprendí cómo trabajan los homeópatas. Una vez que acabé el doctorado, empecé a pensar como un científico y, entonces, mi fascinación por la homeopatía aumentó.

– ¿Cómo así?

– Había visto que los pacientes mejoraban con la homeopatía a pesar de que, como científico, sabía que aquello no podía funcionar. Los dos principios básicos de la homeopatía dicen que lo similar cura lo similar y que, cuanto más diluida está una sustancia, más potente es. No tienen sentido.

– ¿Y qué hizo?

– Empecé a aplicar el método científico a la homeopatía, esperando que alguien diera con la respuesta porque ganaría no uno, sino dos premios Nobel -el de Química y el de Física-, tendrían que reescribirse los libros de texto… Pero la explicación nunca llegó.

– Aunque la homeopatía sigue funcionando a mucha gente.

– Funciona porque sus practicantes son muy empáticos, dedican tiempo a los pacientes, les intentan entender… Es como una minipsicoterapia.

– ¿Cómo puede haber médicos que crean en ella?

– Va a tu consulta un paciente y te cuenta que sufre dolores de cabeza desde hace años. Le das un remedio homeopático y, cuando regresa, te dice que no ha vuelto a tenerlos. Eso no te lleva a pensar que lo imposible es posible, pero has visto que la homeopatía funciona.

– Todo médico sabe que el placebo funciona y también que, cuanto más diluido está un preparado, menos potente es.

– Sí. Los médicos saben todo eso, pero son una especie muy poco crítica. Carecen de pensamiento crítico y no sólo en lo que se refiere a la homeopatía. Un buen clínico tiene, ante todo, que convencer al paciente. Si le da un fármaco, aplica el pensamiento crítico y le dice que no siempre funciona, que puede haber tal o cual problema, le está privando del posible efecto placebo.

Placebo y algo más

– Porque los medicamentos de verdad también se aprovechan del placebo, ¿no?

– Los homeópatas suelen argumentar que, si el placebo funciona, lo que ellos hacen tampoco está tan mal. No es verdad. Cuando te doy un remedio real, además del placebo, funciona el medicamento. Si sólo te doy placebo, te privo del poder curativo de la medicina.

– Si los productos homeopáticos son placebo, como el cura, cura, sana… de las madres a los niños, y los venden en farmacias, no están engañando.

– Nos están timando. Mantengo una lucha constante con los farmacéuticos, a quienes acuso de actuar como meros vendedores y no como profesionales sanitarios con ética. Como vivimos en una economía de libre mercado, pueden vender lo que quieran, pero deberían advertir a la gente de que los productos homeopáticos no tienen nada y no hacen nada.

– ¿Y no deberían hacer algo las autoridades?

– Deberían. En Reino Unido, participé en una investigación parlamentaria que concluyó pidiendo al Gobierno que se deje de pagar la homeopatía con dinero público. Pero el príncipe Carlos movió los hilos y, al final, el Gobierno decidió que había que seguir ofreciendo a los pacientes la posibilidad de elegir. Poder elegir es muy importante, pero, para hacerlo, tienes que estar bien informado: la homeopatía no tiene nada y no hace nada.

– Pero no es inocua. Puede llevar a la gente a abandonar tratamientos que funcionan.

– Sí. Simon y yo contamos en el libro el trágico caso de una homeópata a la que le salió una mancha en el brazo, se la trató sólo con homeopatía y murió. Era un melanoma maligno. Si a los propios homeópatas les pasa eso…

Anime a un amigo por semana a que firme la petición para la reforma de las leyes antilibelo inglesas

Logotipo de la campaña para la reforma de las leyes antilibelo inglesas.Simon Singh se ha gastado ya una pequeña fortuna en defenderse de la demanda por difamación que presentó contra él hace dos años la Asociación Británica de Quiropráctica (BCA) por decir, en un artículo publicado en The Guardian titulado ‘Beware the spinal trap’ (Cuidado con la trampa de la columna vertebral), que la esa organización “es la cara respetable de la profesión quiropráctica y promueve alegremente tratamientos falsos”. “Mi experiencia ha sido aleccionadora. He tenido que gastar 100.000 libras -unos 115.000 euros- para defender mis escritos y he puesto mi vida en suspenso durante casi dos años. Sin embargo, la perspectiva de la reforma de nuestras leyes sobre difamación me anima”, explica en un mensaje de correo. Singh recordaba en su artículo que no existe ninguna prueba experimental de que la quiropráctica cure dolencias y, claro, eso indigno a la BCA, que decidió silenciar al periodista en los juzgados como única manera de responder a sus críticas.

La reforma de la legislación antilibelo inglesa es importante para la defensa del pensamiento crítico. Singh recuerda que las leyes vigentes han sido condenadas por la Comisión de Derechos Humanos de la ONU; “amordazan a científicos, bogueros y periodistas que quieran discutir asuntos de interés público (¡y de salud pública!)”; han creado el llamado turismo de difamación, que lleva a ricos y poderosos a demandar en Londres a periodistas y críticos sólo por informar; el coste para el acusado centuplica la media europea y suele superar el millón de libras -1,1 millones de euros-; y en la actualidad hay tres casos en marcha promovidos por defensores de prácticas médicas cuestionables.

Una de las formas de impulsar esa reforma legal es reunir 100.000 firmas. Singh cuenta ya con 17.000, muchas pero insuficientes. Lo bueno es que tampoco faltan tantas si ponemos de nuestra parte. “Mi idea es simple: si todos los que ya han firmado convencen a una persona más cada semana para firmar la petición, ¡alcanzaremos nuestra meta dentro de un mes! Una persona por semana es todo lo que necesitamos”. Anímense. Es mucho lo que nos jugamos. Corran la voz y, si firman la petición, dejen su nombre en los comentarios de esta anotación o envíenme un correo electrónico. La legislación cuestionada no sólo afecta a quienes viven en Inglaterra y ejercen su actividad crítica en medios del país, sino también a cualquiera que lo hace en Internet, que por la universalidad de la Red puede ser denunciado en Londres. De ahí que la petición de reforma legal -si no saben inglés, la tienen aquí en español– esté abierta a ciudadanos de todo el mundo.

Apoye la petición para modificar la leyes antilibelo inglesas que atentan contra la libertad de crítica

Logotipo de la campaña para la reforma de las leyes antilibelo inglesas.La legislación antidifamación inglesa se está utilizando para silenciar a quienes critican o cuestionan prácticas anticientificas. Es lo que intentan hacer los quiroprácticos de ese país con el periodista Simon Singh, quien en abril de 2008 publicó en The Guardian un artículo en el que negaba la efectividad de esa pseudomedicina basada en la manipulación de la columna vertebral. Decía, entre otras cosas, que la Asociación Británica de Quiropráctica (BCA) “promueve alegremente falsos tratamientos”, ya que ninguno de los 70 ensayos experimentales hechos corrobora que esa terapia sirva para el tratamiento de cólicos infantiles, problemas de sueño, infecciones de oído y otras patologías que aseguran sanar sus practicantes.

A los curanderos de la BCA les molestó tanto el ataque que, como no pueden demostrar que su técnica funciona, demandaron a Singh por difamación porque así, según la legislación inglesa, es él sobre quien recae la carga de la prueba. ¿Perverso? Por supuesto. Por las mismas, si mañana usted dice que la faja magnética X no funciona, será usted quien deberá demostrar que su crítica no es malintencionada, y no el fabricante quien tenga que probar que ese dispositivo es algo más que un sacacuartos. Y no vale decir que usted reside fuera de Reino Unido; si ha hecho su crítica en Internet, le pueden demandar por difamación y hacer que se tenga que gastar un dineral en abogados. Ante eso, a nadie le puede caber duda de que, sobre todo en Reino Unido, haya periodistas y científicos que eluden practicar la crítica racional por miedo a acabar en los tribunales, con el consiguiente menoscabo de los derechos de la ciudadanía a estar debidamente informada sobre asuntos de su interés.

Defensores de la libertad de expresión se unieron en diciembre, bajo el nombre de Coalición para la Reforma del Libelo, para intentar promover una iniciativa legislativa que dé un vuelco a esa injusta situación. Su objetivo es alcanzar las 100.000 firmas de apoyo al manifiesto que copio abajo para presentárselo a Jack Straw y que el Parlamento británico tome cartas en el asunto. Por favor, firmen esta petición y apuestan por el pensamiento crítico.

Las leyes antidifamación inglesas son injustas, atentan contra el interés público y son objeto de crítica internacional: urge su reforma

La libertad para críticar y cuestionar con firmeza y sin malicia es la piedra angular de la argumentación y el debate, sea en revistas especializadas, en sitios web, en diarios o en otros lugares. Nuestras leyes de difamación inhiben el debate y sofocan la libre expresión. Desalientan a los escritores de abordar temas importantes y, por tanto, nos niegan el derecho a leer acerca de ellos.

La ley favorece tanto a los reclamantes y es tan hostil hacia los escritores que Londres es conocido como la capital mundial de la difamación. Los ricos y poderosos llevar los casos a Londres con fundamentos débiles (turismo de difamación) porque saben que los denunciantes ganan en el 90% de los casos. Las leyes sobre difamación destinadas a proteger la reputación individual están siendo explotadas para suprimir comentarios razonables y críticas.

El coste de un juicio por difamación en Reino Unido supera a menudo el millón de libras (1.1.61.000 euros), 140 veces más que en la Europa continental. Los editores (periodistas, escritores, académicos, artistas y blogueros) no pueden hacer frente a esos costes exorbitantes, por lo que se ven obligados a retroceder, desdecirse y pedir disculpas por algo que creen que es verdadero, justo e importante para el público.

El informe sobre la Censura del PEN Inglés demuestra que existe la necesidad urgente de modificar la ley para proporcionar una más fuerte, más amplia y más accesible defensa del interés público. El colectivo Sentido de la Ciencia ha demostrado que la amenaza de una acción por difamación conduce a la autocensura en los escritos científicos y médicos.

Los abajo firmantes, de Inglaterra y fuera, instan a los políticos a apoyar un proyecto de ley de reformas importantes de las leyes inglesas antidifamación, en aras de la equidad, el interés público y la libertad de expresión.