Pseudomedicinas

Jimmy Wales, cofundador de la ‘Wikipedia’, llama “charlatanes lunáticos” a los médicos alternativos

Jimmy Wales. Foto: Manuel Archain.Jimmy Wales, cofundador de laWikipedia, no está por la labor de que la enciclopedia libre alimente la creencia en terapias cuya efectividad no ha sido demostrada científicamente. Ante una petición en la plataforma Change.org de grupos que consideran que “gran parte de la información [de la Wikipedia] relacionada con los enfoques holísticos de curación es parcial, engañosa, anticuada o simplemente mala” debido a la censura de los “autodenominados escépticos“, Wales ha replicado que lo que valen son las pruebas y las publicaciones en revistas científicas, y ha calificado de “charlatanes lunáticos” a los practicantes de las mal llamadas medicinas alternativas.

La petición de la Asociación para la Psicología Energética Comprensiva, que ha sido firmada por unas 8.000 personas, dice:

Jimmy Wales, fundador de la Wikipedia: cree y aplique nuevas políticas que permitan una verdadera discusión científica sobre los enfoques holísticos de curación

La Wikipedia es ampliamente utilizada y de confianza. Por desgracia, gran parte de la información relacionada con los enfoques holísticos de curación es parcial, engañosa, anticuada o simplemente mala. Durante cinco años, los repetidos esfuerzos para corregir esa desinformación han sido bloqueados, y la organización Wikipedia no ha tomado cartas en el asunto. Como resultado de esto, las personas interesadas en los beneficios de la medicina energética, la psicología energética y enfoques específicos como las técnicas de liberación emocional, la terapia del campo del pensamiento y la técnica de acupresión Tapas van a sus páginas, confían en lo que leen y no hacen nada por recibir ayuda a partir de estos enfoques que la investigación, de hecho, ha demostrado que son muy beneficiosos para muchos. Esto tiene consecuencias graves, pues la gente sigue sufriendo problemas físicos y emocionales que bien podrían aliviarse con estos enfoques.

Larry Sanger, cofundador de Wikipedia, dejó la organización debido a dudas sobre su integridad. Declaró: “En algunos campos y en algunos temas, hay grupos que ocupan artículos e insisten en hacer que reflejen sus propios puntos de vista. No hay un mecanismo creíble para aprobar versiones de artículos”.

Éste es exactamente el caso de las páginas de Wikipedia de la psicología energética, la medicina energética, la acupuntura y otras formas de medicina complementaria y alternativa (CAM ), que actualmente están escoradas hacia un punto de vista negativo y anticientífico de estos enfoques a pesar de los numerosos estudios rigurosos que en los últimos años han demostrando su eficacia. Estas páginas las controlan unos autoproclamados escépticos que actúan como censores de facto de la Wikipedia. Visten sus objeciones con el lenguaje de la visión más estrecha posible de la ciencia para reprimir la discusión abierta sobre la innovación en la asistencia sanitaria. Como vigilantes del statu quo, se niegan a debatir con los investigadores y médicos de vanguardia y con cualquier persona con un punto de vista diferente. Revisores imparciales deberían ser los responsables de controlar estas importantes áreas.

La respuesta de Wales, colgada el domingo pasado, dice:

No, tenéis que estar bromeando. Cada persona que ha firmado esta petición tiene que volver a revisar sus premisas y pensar más sobre lo que significa ser honesto, los hechos y la verdad.

La política de la Wikipedia sobre este tipo de cosas es clara y correcta. Si usted consigue publicar su trabajo en revistas científicas respetables -es decir, si puede presentar pruebas a través de experimentos científicos repetibnles-, entonces la Wikipedia lo cubrirá adecuadamente.

Lo que no haremos es pretender que la obra de charlatanes lunáticos es equiparable al “verdadero discurso científico”. No lo es.

No hay escépticos malvados que boicoteen debates sobre asuntos científicos de vanguardia en la Wikipedia en inglés -la Wikipedia en español es altavoz de todo tipo de supercherías-; lo que faltan son pruebas que apoyen lo que sostienen los defensores de las denominadas medicinas alternativas. En contra de los que sostienen los impulsores de esta petición, prácticas como la homeopatía, la acupuntura y la quiropráctica -por citar sólo tres- ponen en riesgo la vida de mucha gente, bebés incluidos.

Quimiofobia y antenofobia, en el telemaratón solidario de TVE sobre las enfermedades raras

El telemaratón solidario Todos somos raros, todos somos únicos, que emitió La Primera el 2 de marzo, recaudó casi 1,2 millones de euros para la investigación de enfermedades que afectan a muy pocas personas, patologías que, por eso, se califican de raras. Es algo encomiable que una televisión pública haga visibles a los invisibles. Sin embargo, el programa presentado por Isabel Gemio echó un borrón al incluir entre esas enfermedades dos que no existen: la hipersensibilidad electromagnética, o alergia a las ondas de radiofrecuencia, y la sensibilidad química múltiple (SQM), o alergia a los productos químicos de síntesis. Me alertó de ello un amigo escéptico, indignado al ver equiparadas esas muestras de tecnofobia con patologías reales, como la que él sufre.

Hay enfermedades raras en cuyo tratamiento el coste “se dispara y prácticamente todo lo que tiene una familia se destina a intentar arreglar esa situación. Hablamos de la sensibilidad electromagnética o química múltiple”, comenzó diciendo Alfredo Menéndez, conductor de Las Mañanas de RNE, identificando como una lo que son, en principio, dos dolencias. Y, antes de seguir, planteó a la audiencia tres inquietantes preguntas: “¿Se imaginan vivir sin hablar por teléfono móvil? ¿Se imaginan tener que vivir sin ver la televisión? ¿Se imaginan no poder abrazar a un familiar porque ha usado un jabón o un detergente en su ropa?”.

Tras esa introducción, el periodista entrevistó por teléfono a dos afectadas por ambas patologías, Marisa Sánchez y Angélica Gato. Contaron el calvario que viven, que les ha separado de sus seres queridos. La primera explicó que ver a su hijo, que trabaja en una peluquería, es “muy difícil” porque, para que “se limpie totalmente de químicos”, tiene que lavarse durante una semana entera con bicarbonato. “El mundo no está preparado para estas enfermedades”, lamentó la segunda. Y el presentador añadió que, por si eso fuera poco, los médicos consideran a estos enfermos locos, les acusan “de estar fingiendo unos síntomas que a ellos les abrasan en el día a día”.

“Vamos a estar todos afectados”

La cumbre de los 8 minutos de disparate tecnófobo la coronó Ángel Martín, hijo de Ángela Jaén, que se suicidó en su casa de Pinto (Madrid) el 28 de noviembre de 2012, a los 65 años, porque no podía aguantar más el sufrimiento que, según ella, le causaban las ondas de radiofrecuencia. Presentó a su madre como la mujer “más feliz del mundo” hasta que, “debido a una antena de telefonía móvil, cogió el síndrome de hipersensibilidad y se desbarató su vida”. Dijo que, huyendo de las ondas, sus padres se mudaron de casa nueve veces en año y medio, y que los médicos se reían de la mujer. “Nadie sabe lo que significa huir del aire. Pero no son gente especial. En este tema, estamos todos incluidos… Vamos a estar todos afectados”.

La Wi-Fi, los teléfonos móviles y “los químicos” están “desestabilizando el sistema nervioso inmunitario (sic) de la gente. A esta gente le llaman los canarios de la mina. Están avisando de lo que ya nos viene a todos”, según Martín. Parecía un mensajero del Apocalipsis de película de serie B. “Esta gente se está cociendo en sus casas por la Wi-FI del vecino, por una antena, por el [teléfono] inalámbrico. Una vez que se ha desarrollado esta patología, no pueden vivir y tienen que huir”. Antes, el hombre había recurrido falazmente al principio de precaución, que viene a decir que, si no estás seguro de la inocuidad algo, lo mejor es ser prudente. Parece lógico.

El principio de precaución puede invocarse “cuando la información científica es insuficiente, poco concluyente o incierta, y cuando hay indicios de que los posibles efectos sobre el medioambiente y la salud humana, animal o vegetal pueden ser potencialmente peligrosos e incompatibles con el nivel de protección elegido”, según una comunicación de la Comisión Europea de febrero de 2000. Después de décadas de investigación, sin embargo, no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia ni de que las sustancias químicas de síntesis -así, todas- provoquen un síndrome como la denominada SQM. Así que no ha lugar a reclamar el principio de precaución.

Martín también recordó que la resolución 1815 del Consejo de Europa, de 27 de mayo de 2011, admite que hay electrosensibles. Ese acuerdo establece que, “si bien los campos eléctricos y electromagnéticos de determinadas bandas de frecuencias tienen efectos plenamente beneficiosos que se utilizan en medicina, otras frecuencias no ionizantes, ya sea de frecuencia extremadamente baja, líneas eléctricas o de ciertas ondas de alta frecuencia utilizadas en los ámbitos del radar, las telecomunicaciones y la telefonía móvil, parecen tener efectos biológicos no térmicos potencialmente más o menos nocivos para las plantas, los insectos y los animales, así como para el cuerpo humano incluso cuando la exposición es a niveles que están por debajo de los valores de los umbrales oficiales”. Nadie le rebatió diciendo que esa resolución es una decisión política que parte de un supuesto falso, porque no hay ninguna prueba de efectos nocivos de las ondas de radiofrecuencia ni de que existan personas con una sensibilidad especial, y, por consiguiente, ese texto del Consejo de Europa tiene la misma validez que si los miembros de esa organización internacional hubieran acordado que la Tierra es plana.

Personas que sufren

Reportaje sobre afectadas de 'hipersensibilidad electromagnética' publicado por 'El Mundo'.Pero, entonces, ¿qué les pasa a quienes padecen esos males inexistentes? ¿Están locos? ¿Fingen? No, están enfermos, sufren mucho y son víctimas de desaprensivos. Que esas enfermedades no existan como tales, que no haya una causa orgánica, no implica que quienes creen padecerlas estén engañando a nadie. La hipersensibilidad electromagnética y la SQM existen, pero únicamente en la medida en que hay personas que creen sufrirlas y se aprovechan de ellas pseudocientíficos y vendedores de artilugios y terapias inútiles que hacen su agosto gracias al periodismo irresponsable y alarmista que, ante una afirmación extraordinaria, nunca consulta con científicos de verdad porque la historia se puede ir abajo. Permítanme que repita lo que ya he escrito otras veces respecto a este asunto.

Un metaanálisis titulado “Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies” (Hipersensibilidad electromagnética: una revisión sistemática de los estudios de provocación), realizado por James Rubin, Jayati Das-Munshi y Simon Wessely, investigadores del Instituto de Psiquiatría de la Universidad del Rey, de Londres, y publicado en 2005 en Psychosomatic Medicine, examinó 31 estudios hechos a 725 afectados de hipersensibilidad electromagnética y descubrió que 24 de los estudios no dieron con ninguna prueba de la existencia de la patología y que, de los 7 aparentemente favorables a su existencia, los resultados de 3 se debían a errores estadísticos, los de otros 2 eran mutuamente incompatibles y los de 2 no habían podido ser replicados por sus autores, algo básico en ciencia. Así que los autores concluyeron que esa presunta enfermedad “no está relacionada con la presencia de campos electromagnéticos”, aunque quienes dicen padecerla sufran efectos muy reales cuyas causas tendrían un origen psicosomático. Desde entonces, nada ha cambiado. Hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS) mantiene, en un documento de junio de 2011, que la hipersensibilidad electromagnética no se debe a las ondas de radiocomunicación.

Los estudios científicamente controlados han revelado, por otra parte, que quienes creen padecer SQM presentan los mismos síntomas ante sustancias químicas sintetizadas en el laboratorio que ante placebos. Así, tras revisar 37 estudios, los mismos Das-Munshi, Rubin y Wessely concluyeron en 2006 que los pacientes reaccionan ante las sustancias químicas “cuando pueden discernir las diferencias entre las sustancias activas y simuladas, lo que sugiere que el mecanismo de acción no es específico de la propia química y podría estar relacionado con las expectativas y creencias previas”. El origen de la enfermedad también estaría en la mente. “El fenómeno de la sensibilidad química múltiple es una manifestación peculiar de nuestra tecnófoba y quimiófoba sociedad. La han rechazado como enfermedad orgánica la Academia Estadounidense de Alergia e Inmunología, la Asociación Médica Estadounidense, la Asociación Médica de California, el Colegio Estadounidense de Médicos y la Sociedad Internacional de Toxicología y Farmacología”, escribió el químico, toxicólogo y farmacólogo Ronald E. Gots en la revista Clinical Toxicology en 1995. Tampoco la OMS la reconoce como una enfermedad. Para Gots, quien ha examinado las historias clínicas de decenas de afectados, la SQM es “una etiqueta para las personas que no se sienten bien por una variedad de razones y que comparten la creencia de que la culpable de su mal es la sensibilidad química”. Y añade: “Existe [la enfermedad] porque el paciente lo cree y un médico valida esa creencia”.

No crea y no enfermará

Si usted no cree en la hipersensilidad electromagnética y en la SQM -una especie de alergias mentales al mundo artificial que nos permite vivir más y mejor que nuestros antepasados-, no las sufrirá. Y, si conoce a alguien convencido de padecer alguna de ellas, antes de que caiga en manos de charlatanes que refuercen su infundada creencia para sacarle el dinero, anímele a que consulte a expertos en salud mental. No pasa nada malo por acudir a psiquiatras o psicólogos y, por el contrario, las consecuencias de confiar en supuestos especialistas en electrosensibilidad y SQM pueden resultar devastadoras para el enfermo y su entorno.

“Me disgustó ver equiparada la sensibilidad electromagnética y la SQM a otros trastornos reales y graves, completamente demostrables, que también fueron mostrados en el programa. Dedicaron un tiempo y un espacio que podía haber ocupado cualquier otra de las 7.000 enfermedades minoritarias registradas”, me comentaba el amigo escéptico que me alertó de la inclusión de estas falsas patologías en Todos somos raros, todos somos únicos. Tiene toda la razón del mundo. El fragmento en cuestión es una apología de la quimiofobia y la antenofobia. Es inexplicable que un medio de comunicación público dé pábulo a la superstición y a la tecnobofia, y apueste por el alarmismo sensacionalista, como ocurrió en ese segmento del telemaratón solidario de TVE.

Sensibilidad química múltiple: una etiqueta alarmista para una enfermedad que no existe

Hay personas que dicen que las sustancias químicas sintéticas les ponen enfermas. No las tóxicas, sino cualquier sustancia a nivel muy por debajo del considerado seguro. Sufren tanto que llegan a tener que aislarse del plástico, de los colorantes, de las fibras sintéticas… Del mundo artificial. Padecen, según algunos médicos, un mal consecuencia de la vida moderna: la sensibilidad química múltiple (SQM). La identificó en los años 50 el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph, quien en 1965 fundó lo que hoy es la Academia Estadounidense de Medicina Ambiental. De vez en cuando, la dramática historia de uno de estos enfermos salta a los medios, como un aviso del futuro que nos espera. ¿O no?

Reportaje de 'El Mundo', sobre Elvira Roda, afectada de sensibilidad química múltiple.El diario El Mundo contaba ayer el calvario de Elvira Roda, de 38 años y que hace diez “cayó aquejada de sensibilidad química múltiple (SQM) mientras trabajaba como diseñadora en el Instituto de Tecnología Cerámica de Castellón, coincidiendo con una desratización que se hizo con los empleados dentro”. La joven estuvo internada varios meses en un centro de salud ambiental de Dallas (EE UU) y, en 2008, Francisco Hernando, El Pocero, la trasladó a España en su avión privado, “higienizado para la ocasión”. Vive ahora en un búnker, minimizando el contacto con todo aquello que pueda provocarle una crisis, episodios que se caracterizan, en su caso, por “fotofobia, taquicardias, sequedad glandular, fibromialgia, espasmos pulmonares, estragos en los sistemas inmunológico y digestivo”. Y gasta 4.000 euros mensuales en una medicación “sin conservantes ni colorantes” que le traen de Andorra. Un auténtico drama; aunque la enfermedad no exista como tal. Porque la SQM no ha sido claramente definida, no se ha propuesto ningún mecanismo creíble que la provoque, ni ha habido un solo caso demostrado científicamente. Lo único que hay es un variado conjunto de síntomas que paciente y supuestos expertos identifican como causados por el mal.

“Muchas personas con diagnóstico de SQM sufren mucho y son muy difíciles de tratar. Las investigaciones bien diseñadas sugieren que la mayoría de ellos tienen un desorden psicosomático por el que desarrollan múltiples síntomas en respuesta al estrés. Si esto es cierto -y creo que lo es- los pacientes de la ecología clínica corren el riesgo de diagnósticos erróneos, malos tratamientos, explotación financiera y retrasos de la atención médica y psiquiátrica. Además, las compañías de seguros, los empleadores, otros contribuyentes y, en definitiva, todos los ciudadanos se ven asediados por dudosas afirmaciones de invalidez y daños. Para proteger al público, las juntas estatales de licencias [médicas] deberían analizar las actividades de los ecólogos clínicos y decidir si la calidad general de su cuidado es suficiente para que se mantengan en la práctica médica”, resume Stephen Barrett, experto en pseudomedicinas y pseudoterapias. No es una opinión aislada, sino la mayoritaria en la comunidad científica. Y es que, sesenta años después de haber sido supuestamente identificada por Randolph como una nueva enfermedad, hay las mismas pruebas que entonces de la realidad de la SQM: ninguna.

La mejor terapia, no creer

Los estudios científicamente controlados han revelado que quienes creen padecer SQM sufren los mismos síntomas ante sustancias químicas sintetizadas en el laboratorio que ante placebos. Así, tras revisar 37 estudios, J. Das-Munshi, G.J. Rubin y S. Wessely, del Instituto de Psiquiatría de Londres, concluyeron en 2006 que los pacientes reaccionan ante las sustancias químicas “cuando pueden discernir las diferencias entre las sustancias activas y simuladas, lo que sugiere que el mecanismo de acción no es específico de la propia química y podría estar relacionado con las expectativas y creencias previas”. El origen de la enfermedad estaría en la mente de los enfermos, como pasa en el caso de la llamada hipersensibilidad electromagnética, otro inexistente mal de la sociedad moderna cuyo tratamiento ya han convertido en negocio algunos.

“El fenómeno de la sensibilidad química múltiple es una manifestación peculiar de nuestra tecnofóbica y quimiofóbica sociedad. La han rechazado como enfermedad orgánica la Academia Estadounidense de Alergia e Inmunología, la Asociación Médica Estadounidense, la Asociación Médica de California, el Colegio Estadounidense de Médicos y la Sociedad Internacional de Toxicología y Farmacología”, escribió el químico, toxicólogo y farmacólogo Ronald E. Gots en la revista Clinical Toxicology en 1995. Tampoco la Organización Mundial de la Salud la reconoce como una enfermedad. Para Gots, quien ha examinado las historias clínicas de decenas de afectados, la SQM es “una etiqueta para las personas que no se sienten bien por una variedad de razones y que comparten la creencia de que la culpable de su mal es la sensibilidad química”. Y añade: “Existe [la enfermedad] porque el paciente lo cree y un médico valida esa creencia”. Si usted no cree en la SQM, que es una especie de alergia al mundo artificial que nos permite vivir más y mejor que nuestros antepasados, no la sufrirá.

Los que refuerzan la creencia en esta no-enfermedad suelen ser ecólogos clínicos y médicos ambientalistas, especilidades ambas tan reconocidas como la de reikiólogo, y también periodistas atraídos por las erróneamente denominadas historias de interés humano, que se han convertido en el cajón de sastre para todo tipo de tecnofobias. Si usted quiere formarse su propia opinión sobre la SQM, puede empezar por la Wikipedia, pero evite la versión española, donde la información sobre muchas supercherías y charlatanes roza el compadreo, y consulte la versión inglesa, mucho más completa y rigurosa.

‘Diario Médico’ alerta de que la homeopatía es placebo y pide al Gobierno que no confunda a la población

“La homeopatía, un placebo demasiado caro”, titula hoy Diario Médico un editorial en el cual advierte de que esta pseudomedicina no ha demostrado nunca efectividad alguna y pide que eso quede claro en la información de sus productos. La definición de medicamento “es un esquema bastante amplio, pero en el que hoy por hoy no cabe la homeopatía. Basta con darse una vuelta por las bases de datos científicas para comprobar la inexistencia de estudios que la avalen, salvo los promovidos por los propios fabricantes y publicados en revistas alternativas de dudoso rigor”, sentencia el texto.

Inicio del editorial que 'Diario Médico' ha dedicado a la hoemopatía.El editorial destaca que esta práctica ha sobrevivido “entre la defensa apasionada de unos pocos médicos y farmacéuticos, y sus pacientes, y el escepticismo de la mayoría de los profesionales sanitarios”. Es de agradecer que Diario Médico recalque que el apoyo a esta pseudoterapia entre los profesionales de la salud es minoritario, algo que debería tener presente todo periodista. Y la sitúa, acertadamente, entre las terapias fideístas, “en las que sólo importa la capacidad de autosugestión para conseguir una aparente curación o alivio”.

Diario Médico considera “poco afortunadas y bastante confusas” las declaraciones de Belén Crespo, farmacéutica y directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), a El Mundo y El País, y pide al Gobierno central que la ordenación del mercado homeopático se haga “con mucho cuidado para no confundir aún más a la población. Sus certificados [se refiere a los de los remedios de esta industria] deberían indicar con claridad efectos e indicaciones de estos productos, si es que tienen alguno, y alertar de que, por ejemplo, no pueden sustituir a las vacunas. En supuestos como éste algo inocuo puede resultar peligroso”. En esa línea, les recuerdo que el Círculo Escéptico va a presentar alegaciones al proyecto de orden ministerial de regularización de los productos homeopáticos para exigir que en la norma prime la protección al consumidor frente a los intereses de la industria del sector.

¿Cómo encaja este duro editorial con que Diario Médico haya organizado para febrero una jornada sobre mercadotecnia farmacéutica con Boiron como ponente? Muy fácil. Una redacción no suele organizar actos. Esa tarea recae en otros departamentos de la empresa que, aunque deberían, no siempre tienen clara la línea editorial. Sospeché que algo así había ocurrido en este caso, y el editorial de hoy lo confirma. Me alegra porque Diario Médico sigue estando donde yo creía que estaba, con la ciencia y la medicina basada en la evidencia. Lean el editorial: merece la pena por claro, conciso y contundente.

El semen es la esencia del hombre y ser una bala loca sexual propicia enfermedades degenerativas

Si le sobran 15,9 euros, puede comprarse “el secreto del elixir de la eterna juventud”. Así define la periodista Raquel Quelart en La Vanguardia el libro Alimentos que curan, de Jorge Pérez-Calvo y Pilar Benítez, un médico y una economista con ideas estrafalarias. ¿Cómo cuáles? Como la que da título a la entrevista publicada el jueves en la web del diario barcelonés: “Los hombres pierden la esencia a través de la eyaculación”. Aquí la tienen en su contexto:

“-¿Cómo se puede gestionar la energía sexual?

-P.B.: Los hombres pierden la esencia a través de la eyaculación. Estas técnicas orientales enseñan a cómo no emitir el semen en la relación sexual, sino a aspirarlo, convertirlo en energía vital, hacerlo circular a través de los meridianos para que llegue a los órganos.

-J.P.C.: Pero eso es una técnica que no es fácil.

-Entonces, ¿eyacular no es bueno para el hombre?

-J.P.C.: La sexualidad es muy saludable, pero el hombre tiene que tener en cuenta que cuando emite, pierde; eyacular no es banal, tiene un peso biológico; el hombre debe saber que la emisión no es la parte principal de la relación, por lo que debe darle más importancia a todos los prolegómenos. La mujer necesita un calentamiento mucho más lento y progresivo para que entre en un estado importante de excitación y de disfrute. La mujer también pierde energía con la regla.”

Imbecilidades rancias

Si lo que sostiene Pilar Benítez de los hombres lo dijera un hombre de las mujeres, la teníamos montada. Supongan que voy y sentencio en un periódico o en la tele algo del estilo de: “Las mujeres pierden la esencia con el flujo menstrual”. No me cuesta nada imaginarme a algunos colectivos saltándome -con razón- al cuello por cosificar a la mujer como un mero depósito de óvulos. Porque esencia es, según las dos primeras acepciones del Diccionario de la RAE, “aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas”, o “lo más importante y característico de una cosa”. Decir que el semen es lo esencial del hombre equivale a decir que los óvulos son lo esencial de la mujer. Una imbecilidad como la copa de un pino que parece sacada de un manual nacionalcatólico para reprimir la sexualidad, aunque, según nuestros protagonistas, la idea proceda de Oriente.

Pérez-Calvo y Benítez añaden a esa tontería otras dos en lo que respecta al sexo: la idea de que “para cambiar tu manera de hacer el sexo tienes que cambiar tu alimentación” -¿varían tus inclinaciones si pasas de degustar ostras a disfrutar con los caracoles, por usar la imagen utilizada por Craso en Espartaco?- y la de que ser “una bala loca” sexual en la juventud se acaba pagando caro. Sorprendentemente, de la versión de la entrevista ahora colgada en la web de La Vanguardia se han eliminado las tres preguntas sobre alimentación y balas locas que iban inmediatamente después de las dos anteriores. Las transcribo de la copia que imprimí en su momento:

-¿Y cómo se modifica ese chip?

-J.P.C.: Para cambiar tu manera de hacer el sexo, tienes que cambiar tu alimentación. Un estudio de la Universidad de Arizona concluía que los gusanos utilizados en la investigación vivían sólo ocho días porque estaban siempre copulando. Desapareando a los gusanos, se demostró que podían vivir once días; luego, les hizo una vasectomía -ya no podían emitir- y los dejó aparearse: la vida de los animales se alargó hasta los catorce días.

-Sorprendente.

-¿Qué quiero decir con esto? A menudo las personas con una enfermedad degenerativa importante, aunque no siempre se cumple, han sido un poco bala loca.

-O sea, ser “una bala loca” sexualmente puede acarrear problemas de salud.

-Sí, a la larga. Claro, hay personas que tienen constituciones muy fuertes y tardan más. En la juventud parece que eso nunca va a llegar.”

Es un discurso rancio, propio de una mentalidad para la cual disfrutar de algo tiene que conllevar un castigo. Por supuesto, no hay ni una prueba que avale una afirmación tan aventurada e irresponsable como que, habitualmente, “las personas con una enfermedad degenerativa importante, aunque no siempre se cumple, han sido un poco bala loca”. Y Pérez-Calvo hace trampas cuando, nada más sentenciar que variando la alimentación cambias tu vida sexual, cita un estudio con gusanos que no tiene nada que ver con el asunto y a partir del cual, si es cierto y llevándolo a la parodia, debería ponerse en marcha un programa para hacer vasectomías a toda la población masculina para alargar su esperanza de vida. ¿Y los gusanos hembras?, ¿qué pasa con los gusanos hembras?, ¿qué pasa con las mujeres?

Reportaje sobre la nutrición energética publicado en 'La Vanguardia'.

No es menos disparatado lo que los dos expertos dicen respecto a la dieta, “una sarta de chorradas”, en palabras del biólogo José Carlos Pérez Cobo, experto en fisiología humana. En opinión de este doctor en biología y divulgador científico, miembro del Círculo Escéptico, Pérez-Calvo y Benítez “no se privan de ninguno de los tópicos charlatanescos: los conocimientos perdidos, el aumento de las enfermedades, las sandeces de la energía y el mito-timo ecológico, por no hablar de lo del semen reabsorbido”. Y, claro, no falta la emoción, tan querida por los gurús de la autoayuda y que nos deja melonada como ésta de Pérez Calvo: “La emoción es la manera cómo vibran nuestros órganos internos; si tenemos órganos saludables, tendremos emociones positivas”. Ay, las vibraciones… La autora de la entrevista, que ya firmó en La Vanguardia hace tres meses un texto propagandístico de la histeria electromagnética, se limita a dejar hablar al médico y la economista para que vendan su libro, sin poner en ningún momento en tela de juicio sus estrambóticas afirmaciones.

La nutrición energética

Pérez-Calvo practica la medicina integrativa, que es como llaman ahora los defensores de las terapias alternativas a la aplicación conjunta de éstas y la medicina científica. Además, es experto en nutrición energética, una pseudodisciplina que parte de la ficción de que tenemos tres cuerpos -el físico, el emocional y el mental- y de que “cada alimento posee unas propiedades inherentes a sí mismo -en función de su color, de su forma, de su sabor, de la forma en la que crece en la naturaleza de su lugar de origen…- que pueden usarse de forma terapéutica. Este médico divide los alimentos en dos grandes grupos, yin y yang: “Todo en el Universo está sujeto a una bipolaridad. La vida y el movimiento existen porque se da esta polaridad, y lo mismo ocurre en los alimentos. Hay alimentos que inducen más a la contracción y otros a la expansión; al frío o al calor; a lo ácido o a lo alcalino; yin o yang. En general los alimentos yang son más contractivos y producen más calor y tono en el cuerpo (es el caso de las carnes y pescados, cereales o legumbres), mientras los alimentos yin son más expansivos y fríos e inducen a estados de relajación (como las frutas, algunas hortalizas y lácteos)”. Benítez es, por su parte, autora de un recetario energético, y dice en La Vanguardia:

-Y esto nos lleva hablar del yin y del yang, que también están presentes en lo que comemos.

-P.B.: Cualquier alimento produce un efecto en el cuerpo de expansión -yin- o de contracción -yang-. La dieta moderna juega con los extremos. Por ejemplo, los zumos tropicales son extremadamente yin porque proceden del Trópico, la zona de la Tierra más expansiva. Pero los que vivimos en otras latitudes no necesitamos expandir tanto los tejidos; sin embargo, comemos cosas que no son del lugar ni del momento.

-¿Cuál es la consecuencia de esto?

-P.B.: Compensamos este desequilibrio con alimentos del otro extremo, es decir, si tomamos un helado muy dulce, al cabo de un rato nos apetecerá algo salado. Esta compensación constante produce un gran estrés en el organismo.

“Lo más terrible es que la sarta de tonterías que sueltan la dicen en un tono asertivo”, advierte Pérez Cobo. Así, para empezar, Pérez-calvo explica a la periodista que, “si has desayunado de una manera adecuada, tendrás suficiente energía y un pH lo suficientemente alcalino para que no te sientas tan estresada cuando tengas una exigencia importante en tu trabajo” y que tomar dos galletas de chocolate con un café con leche es malísimo, porque nos “acidificará la sangre, robará de tu sistema vitaminas y minerales, y te impedirá responder con lucidez y reserva; te sentirás presionada y estresada”. “El pH es uno de los factores fisiológicos más cuidadosamente regulados del organismo: pregunta a cualquier estudiante de fisiología sobre los problemas y el tiempo que han dedicado a entender su control. El valor normal del pH sanguíneo es de alrededor de 7,4 con una oscilación máxima fisiológica entre 7,3 y 7,5. Por debajo de 7,2, uno está ya muy enfermo, así como por encima de 7,6, y se puede morir. Si la ingesta o no de un determinado alimento alterara el equilibrio ácido-básico, estaríamos dados. Pero queda muy bonito esto de decir que, si desayunas poco o mucho o sólo jamón, te vuelves alcalino y tu pH variará: como no significa nada, pero el lenguaje parece serio, vende mucho”, sentencia el biólogo.

“Si consumes una riqueza de nutrientes que permita a tu cerebro funcionar bien, ante un problema se te ocurrirán cinco soluciones. Pero, si estás cansado y con un bajo nivel de ácido docosahexaenoico -DHA-, que representa el 30% del peso del cerebro, un problema banal se convierte en un verdadero trauma”, dice el médico integrativo. Otro bonito disparate. “Si el 30% del peso del cerebro fuera de DHA, evidentemente el cerebro sería una balsa de aceite en la que nadarían unas escasas neuronas… Además, aunque hay algunos estudios no replicados -destaca Pérez Cobo- de los efectos de la dieta, y concretamente del DHA, en la prevención de la enfermedad de Alzheimer, se trata de un ácido graso insaturado que somos perfectamente capaces de sintetizar. O sea, que nuevamente se puede decir lo habitual en estos casos: es bueno comer pescado -que es donde abunda el DHA-, pero como siempre”.

¿Vivimos más, pero peor?

Como apóstol de los mal llamados alimentos ecológicos -dice que “tienen más nutrientes” cuando no es así-, Pérez-Calvo es un tecnófobo que falsea la realidad: “Se ha perdido control sobre el propio cuerpo y su naturaleza, y se han asumido muchos estándares comerciales que nada tienen que ver con la realidad biológica de nuestro organismo, que nos alejan cada vez más de nuestra manera de sentir, de nuestro instinto y la intuición de lo que nos conviene y lo que no. Por eso, hay tanta patología hoy en día. La esperanza de vida ha aumentado gracias a los avances tecnológicos, pero no la calidad de vida. Antes una persona llegaba a los 90 años conservando bastante bien la cabeza; hoy en día a partir de los 60 años la gente empieza a tener problemas cognitivos, como Alzheimer, demencia senil, depresión, ansiedad… Algunas de estas enfermedades son fácilmente prevenibles con la alimentación”. Una falacia tras otra. La mayor incidencia de las enfermedades neurodegenerativas se debe a que ahora vivimos más. Antes, era menor porque menos gente llegaba a edades avanzadas. Así de claro. Decir que los avances tecnológicos no han propiciado un aumento de la calidad de vida, además de una mayor esperanza de vida, es negar la realidad. Y afirmar, como hace el médico integrativo, que esas enfermedades pueden curarse en algunos casos con la alimentación es irresponsable.

La entrevista es una sucesión de estupideces: dicen los expertos que el plátano va bien para “bajar la temperatura interna”; que “el curry, la pimienta, el ajo, la cebolla cruda, el pollo, los cárnicos, el exceso de sal, el café o el alcohol aumentan la ansiedad”, mientras que “el zumo de uva roja, de manzana, los espárragos, el membrillo, la alcachofa, tonifican la sangre del corazón y los fluidos de la zona”; que “la ansiedad se produce por un exceso de calor y sequedad en la zona precordial -corazón y pulmones-”; que “somos lo que comemos”; que “pensamos como comemos y sentimos como comemos”; y, por supuesto, lo de reabsorber el semen para “hacerlo circular a través de los meridianos para que llegue a los órganos”. Que algo así se publique en la web de un gran diario bajo la etiqueta de Sanidad da miedo. ¿Con qué nos sorprenderá la autora la próxima vez, con un alegato contra los chemtrails o los virus reptilianos?