Mano de Pangboche

Un memorando de EE UU pedía en 1959 a los buscadores del yeti que no le dispararan

Ernest H. Fisk, consejero de la Embajada de Estados Unidos en Katmandú (Nepal), mandó el 30 noviembre de 1959 un memorando al Departamento de Estado con las normas a seguir por aquellos aventureros que viajaran a Nepal a la caza del abominable hombre de las nieves. Titulado Reglamento para expediciones de montañismo a Nepal relacionadas con el yeti, el documento, que está depositado en los Archivos Nacionales de EE UU, dice:

“Hay en la actualidad tres reglas aplicables a expediciones que busquen al yeti en Nepal. Estas normas deben sumarse a las quince cláusulas en Expediciones de montaña y científicas en Nepal.

Las tres normas son:

1. Deberá pagarse una regalía de 5.000 rupias indias al Gobierno de Su Majestad de Nepal por permitir montar una expedición de búsqueda del yeti.

2. En caso de que el yeti sea localizado, puede ser fotografiado o capturado vivo, pero no puede ser asesinado o disparado excepto en caso de emergencia en defensa propia. Todas las fotos tomadas del animal, o la criatura si es capturada viva o muerta, deben entregarse lo antes posible al Gobierno de Nepal.

3. Las noticias o informes que arrojen luz sobre la existencia real de la criatura deben facilitarse al Gobierno de Nepal tan pronto como sea posible y no deben darse en ningún caso a la prensa o a reporteros para que los hagan públicos sin permiso del Gobierno de Nepal.”

Memorando de la Embajada de Estados Unidos en Kamantú con normas sobre la caza del yeti. Archivos Nacionales de EE UU.

Los años 50 del siglo pasado fueron la era dorada de la caza del yeti, después de que Edmund Hillary y Tenzing Norgay dijeron haber visto extrañas huellas en la nieve durante su ascensión al Everest en mayo de 1953. Las expediciones más famosas las montó el magnate estadounidense Tom Slick, quien en 1959 llegó a la conclusión de que la mejor prueba de la existencia de la criatura era una mano, presuntamente del yeti, que guardaban los monjes del monasterio de Pangboche. Ante la negativa de los clérigos a facilititarle la reliquia, su hombre de confianza, Peter Byrne, cambió el pulgar y la falange proximal del índice por huesos humanos y los trasladó hasta India, donde se enfrentó al problema de cómo sacarlos del país.

Por casualidad, James Stewart y su esposa, Gloria McLein, estaban en aquel momento en Calcuta. Como el actor era íntimo amigo del copatrocinador de la expedición de Slick, el empresario del petróleo Kirk Johnson, Byrne le pidió que ocultara los restos entre el equipaje de su mujer, con la seguridad de que en la frontera no incomodarían a una estrella de Hollywood. Acertó, y los huesos llegaron a Londres en el equipaje de la esposa de Stewart. Extraviados durante décadas en un museo londinense y tras varios exámenes no concluyentes de algunos fragmentos, un análisis de ADN hecho por científicos del Zoo de Edimburgo determinó en 2011 que los restos de la mano de Pangoche son humanos.

James Stewart y la mano del yeti

Ilustración: Iker Ayestarán.“Si mi padre estuviera vivo y le preguntaras si cree en la existencia del yeti, probablemente te diría que sí”, me explicaba hace unas semanas la antropóloga estadounidense Kelly Stewart, experta en los gorilas de montaña. Sus progenitores, el actor James Stewart y su esposa, Gloria McLean, participaron en un extraordinario episodio tras los pasos del abominable hombre de las nieves. La aventura, de película, ocurrió a finales de los años 50, en la edad dorada de las expediciones al Himalaya, cuando el Gobierno nepalí otorgaba licencias de caza a quienes quisieran capturar al homínido a un precio de 400 libras por ejemplar.

“Fue en esa época cuando los cuentos populares se apoderaron de la imaginación del público en Occidente y cuando, sospecho, el folclore empezó a degenerar en falso folclore”, apunta el primatólogo John Napier en su libro Bigfoot, the yeti and sasquatch in myth and reality (Mito y realidad del bigfoot, el yeti y el sasquatch, 1973). Fueron los años en los que montañeros y exploradores fotografiaron huellas de enormes pies en la nieve del Himalaya y creyeron que los monjes budistas guardaban reliquias de un ser para ellos escurridizo. Uno de esos aventureros fue Tom Slick, un heredero texano obsesionado con el yeti.

Slick, cuyo padre había hecho fortuna con el petróleo, organizó en 1959 una expedición a Nepal para cazar al homínido y concluyó que la prueba definitiva de su existencia podía ser una mano que guardaban los monjes del monasterio de Pangboche. Pero los lamas no querían saber nada de ceder la reliquia para un estudio científico, ante lo cual Peter Byrne, su hombre de confianza, dio el cambiazo al pulgar y la falange proximal del índice por huesos humanos. Byrne pasó los restos de Nepal a India sin problemas; pero temía que los hubiera al sacarlos de este segundo país. Ahí entró en escena el matrimonio Stewart.

Encuentro en Calcuta

El actor estaba en India de viaje con su esposa y era amigo de Kirk Johnson, empresario petrolero y copatrocinador de la expedición de Slick. Byrne se encontró con él en el Grand Hotel de Calcuta y le dio los huesos para que los llevara a Reino Unido, ya que presumía que los agentes de aduanas no iban a molestar a una estrella de Hollywood. Acertó. Los restos del yeti volaron a Londres entre la ropa interior de la mujer del actor, según cuenta en el cazador de monstruos Loren Coleman, quien rescató esta historia del olvido en los años 80 mientras preparaba una biografía de Slick.

Los análisis de los restos de la mano de Pangboche realizados en 1960 y en 1991 por dos criptozoólogos -buscadores de seres legendarios- apuntan a que son parecidos a huesos humanos, pero no son humanos. Nada concluyente. Otras reliquias del yeti han resultado ser huesos de leopardo, piel de oso… Kelly Stewart carece de pruebas de que la historia ocurriera como han contado en sendos libros Byrne y Coleman, aunque añade que su “falta de información” no implica que no sucediera. “Me imagino a mi padre haciendo algo así”, admite. Coleman asegura, por su parte, que tiene una carta del actor, fechada el 18 de junio de 1989, confirmando los hechos.