Kenneth Arnold

Muere a los 93 años Bill Bequette, el periodista que inventó los platillos volantes

Bill Bequette, el periodista que inventó los platillos volantes, murió el 24 de abril en su casa de Kennewick (Washington) a los 93 años, según ha informado la prensa local. Bequette trabajaba en el diario East Oregonian, de Pendleton (Oregon), cuando, el 24 de junio de 1947, Kenneth Arnold protagonizó el avistamiento con el que nació el mito de los platillos volantes y fue el autor del teletipo que difundió la noticia por todo Estados Unidos.

Arnold iba su avioneta de Chehalis a Yakima cuando, a las 15 horas, vio, en las inmediaciones del monte Rainier, nueve objetos extraños que volaban a gran velocidad. Cuando aterrizó en Pendleton, intentó alertar de lo que había visto al FBI, dado que temía que se tratara de algún tipo de ingenio militar soviético, pero la oficina local estaba cerrada, así que acabó en la redacción del East Oregonian. Allí contó lo que había visto a dos periodistas, Nolan Skiff y Bill Bequette. El primero escribió una información apresuradamente, y el segundo la editó y encajó en la portada del periódico del día siguiente.

Los platillos no eran tales

Kenneth Arnold posa junto a su avioneta poco después de haber visto nueve ovnis cerca del monte Rainier. Foto: AP.El segundo párrafo del texto de la primera página del East Oregonian del 25 de junio de 1947 comenzaba diciendo: “Él [Arnold] dijo haber visto a las 15 horas de ayer nueve aeronaves con forma de platillo que volaban en formación, muy brillantes -como si fueran de níquel- y volando a inmensa velocidad”. Nada más acabar con la información Bequette preparó otra versión para la agencia AP, que empezaba: “Nueve objetos brillantes con forma de platillo volando «a increíble velocidad» a 10.000 pies de altura han sido vistos hoy por Kenneth Arnold, de Boise (Idaho), piloto que ha dicho que no puede aventurarse a decir qué eran”. El problema es que los objetos no tenían forma de platillo.

Arnold había dicho a Bequette y Skiff que los objetos que había visto volaban a gran velocidad “erráticos, como un platillo si lo lanzas sobre el agua”, y el primero había asumido que tenían forma de platillo, tal como se die en la información del East Oregonian y el teletipo de AP. Pero los platillos no eran tales; tenían en realidad forma de bumerán. Sin embargo, la confusión entre la forma del vuelo y la de los objetos hizo fortuna y los cielos del mundo se llenaron de platillos volantes.

La expresión platillo volante no aparece tal cual en las dos primeras informaciones redactadas por Bequette, pero eso no significa que él no sea, en última instancia, el creador del término. Es el periodista del East Oregonian quien atribuye a los objetos vistos por Arnold la forma que no tienen y usa la palabra platillo para describirlos. Algo que tiene forma de platillo y vuela es un platillo volante, como acabaron llamándose poco después. El periodismo puso la primera piedra del mito ufológico con el bautizo erróneo de los extraños objetos que habían alarmado a un hombre de negocios de Boise.

Un año después, Bequette entró a trabajar en la redacción del Tri-City Herald, diario de Kennewick en el que hasta 1985 formó a jóvenes redactores, escribió editoriales y, entre otras cosas, consiguió que, como los hombres, las mujeres periodistas recibieran un sueldo según sus méritos.

Los falsos ovnis de ‘Más Allá’ y los ‘Recuerdos de Lemuria’ de Richard Shaver, en Punto Radio Bilbao

Almudena Cacho y yo hablamos el 2 de junio en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, de los falsos ovnis de Carabanchel que se tragó Más Allá y los Recuerdos de Lemuria de Richard Shaver, en la trigésima primera entrega del curso 2009-2010 del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al pensamiento crítico.

Publican en español los ‘recuerdos de Lemuria’ de Richard Shaver, preludio del nacimiento del mito ovni

'Recuerdos de Lemuria', de Richard Shaver.La Biblioteca del Laberinto acaba de publicar, por primera vez en español, los relatos de Lemuria escritos por Richard Shaver en los años 40. El volumen, titulado Recuerdos de Lemuria, es, según sus editores españoles, “un compendio de la mejor opereta espacial y del Amazing Stories de la delirante era Palmer: batallas espaciales, imperios galácticos, abracadabrantes teorías psicofísicas, robots biológicos degenerados, mataderos subterráneos de carne inmortal, maquinaria sexual y platillos volantes abandonados en insondables cavernas que se ramifican bajo la superficie terrestre…”. Una locura que el periodista esotérico John A. Keel consideraba que estaba en el germen de los primeros avistamientos de platillos volantes, que tuvieron lugar en Estados Unidos en el verano de 1947.

La revista de ciencia ficción Amazing Stories publicó en marzo de 1945 una historia titulada “I remember Lemuria” (Recuerdo Lemuria), firmada por Richard Shaver, un soldador De Pensilvania. El autor explicaba que estaba en comunicación con unos robots que vivían en el subsuelo y que le habían contado una historia increíble a través de voces que había empezado a escuchar entre el ruido de su máquina de soldar en la cadena de montaje de la fábrica en que trabajaba. Según sus comunicantes, los continentes de la Atlántida, Lemuria y Mu habían sido colonizados hace miles de años por unos extraterrestres que excavaron una vasta red de túneles antes de tener que abandonar la Tierra por las perjudiciales radiaciones solares. Los alienígenas dejaron en las cavernas a sus criaturas mecánicas, dos tipos de robots muy diferentes: los teros, que hacían desde entonces lo posible por ayudar a la Humanidad y eran los que hablaban con Shaver, y los deros, unos sádicos degenerados que nos espían, proyectan pensamientos tormentosos y voces en nuestras mentes, secuestran gente para comérsela o torturarla, y causan todo tipo de catástrofes. Shaver aseguraba que había visitado los túneles subterráneos guiado por una chica ciega llamada Nydia.

Tras la publicación de la historia, cientos de personas escribieron al director de la revista, Raymond A. Palmer, diciendo que ellos también habían vivido experiencias similares. De recibir 40 ó 50 cartas de lectores al mes, Amazing pasó a recibir alrededor de 2.500 y su tirada llegó a alcanzar los 50.000 ejemplares. Según cuenta Ronald D. Story en The encyclopedia of ufos (1980), las historias posteriores que publicó la revista para saciar la curiosidad de sus lectores fueron escritas por Palmer, aunque las firmaba el soldador. El director de Amazing dedicó el número de junio de 1947 entero a lo que ya denominaba el misterio Shaver, dando un salto cualitativo en la clasificación de las historias, que en un principio había calificado de ficción: ahora decía que eran producto de la memoria racial del autor.

Aparecen los platillos volantes

Años después, en el número de noviembre de 1960 de la revista Flying Saucers. The Magazine of Space Conquest, Palmer afirmaba que “los platillos volantes son parte del misterio Shaver“. Y en 1977, poco antes de su muerte, le confesó a James Oberg que Shaver había estado en realidad internado en un hospital psiquiátrico en la época en que decía haber visitado el mundo subterráneo, que habría visitado astralmente. Si bien es cierto que los relatos del mundo subterráneo provocaron un alza en la tirada de Amazing, no lo es menos que no fueron del gusto de muchos aficionados a la ciencia ficción, que empezaron a conocer la serie como el fraude Shaver o, como recuerda Isaac Asimov en Sobre la ciencia ficción (1981), “puras tonterías”.

Kenneth Arnold posa junto a su avioneta poco después de haber visto nueve ovnis cerca del monte Rainier. Foto: AP.Desde que “I remember Lemuria” apareció en Amazing, Palmer escribió algunos editoriales elucubrando sobre las posibles visitas de naves extraterrestres. Poco después de que los platillos volantes saltarán a las primeras páginas de los periódicos en junio de 1947, los editores de Amazing, que se habían sentido incómodos con todo el asunto de Shaver, despidieron a Palmer. Éste creó junto con Curtis Fuller la revista Fate y contactó inmediatamente con Kenneth Arnold, que había visto los primeros ovnis sobre el monte Rainier el 24 de junio de 1947, porque consideraba que su observación era el material ideal para el lanzamiento de la nueva revista, dedicada a lo paranormal.

En la primavera de 1948, Arnold publicó en el primer número de Fate su artículo “I did see the flying disks” (Yo vi los discos volantes), en el que defendía la autenticidad de su observación. La versión de los hechos era mucho más colorista que la original; no en vano Arnold había contado con el asesoramiento de Palmer a la hora de escribirla. Afirmaba que desde un primer momento los objetos le habían suscitado “un sentimiento extraño”, que tenían forma de luna creciente y no de platillo, y que uno de los discos era más oscuro que el resto. Este artículo y otros dos que Arnold publicó en números sucesivos son fiel reflejo de la colaboración existente entre Palmer y él, colaboración que hizo que ambos personajes se vieran involucrados en un fraude con trágicas consecuencias.

El caso de isla Maury

Palmer recibió en julio de 1947 una carta en la que un tal Harold A. Dahl, que se presentaba como guardacostas. Dahl decía que él, otros dos guardacostas y su hijo, se encontraban 31 de junio de 1947 en su patrullera en las inmediaciones de la isla Maury (Washington) cuando, de repente, aparecieron en el cielo seis discos volantes que se situaron a unos 150 metros por encima de la embarcación. Los objetos, de unos 30 metros de diámetro, tenían un orificio central de aproximadamente 9 metros. Cinco de los discos rodearon al sexto, que parecía averiado. Dahl sacó una serie de fotografías de los extraños objetos y, de repente, uno chocó con el averiado y, a causa de la colisión, unos fragmentos de apariencia metálica se desprendieron del segundo.

Aunque la patrullera puso rumbo hacia la isla Maury, y los tripulantes desembarcaron y se refugiaron en un acantilado, no pudieron evitar que durante el trayecto algunos trozos del platillo alcanzaran la embarcación, dañándola, hiriendo al hijo de Dahl y matando al perro de a bordo. Cuando volvieron al barco, tras haber recogido algunos fragmentos metálicos, intentaron informar por la radio de lo que había pasado a las autoridades, pero ésta sufría interferencias de origen desconocido. Entonces, los discos abandonaron el lugar a gran velocidad. Una vez en Tacoma, Dahl informó a su superior, Fred L. Crisman, que no le creyó hasta que tuvo en sus manos uno de los pedazos del ovni. Al día siguiente, explicaba Dahl, recibió la visita de un extraño que le advirtió de que lo mejor que podía hacer era olvidarlo todo y pudo comprobar que en las fotografías salían los seis misteriosos objetos, pero que la película parecía haber sido dañada por algún tipo de radiación.

Palmer estudió la posibilidad de comprar la historia para Fate y, para asegurarse, envió a Arnold a investigar el caso. El hombre se presentó en Tacoma con un adelanto de 200 dólares. Dahl y Crisman se mostraron esquivos, y su historia llena de contradicciones. Aunque en un principio Arnold consideró la posibilidad de que todo fuera un fraude, posteriormente achacó la inconsistencia del relato al miedo de los testigos a los hostiles discos volantes. Así las cosas, llamó por teléfono al teniente Frank Brown, de la Base de la Fuerza Aérea de Hamilton (California) y que le había interrogado por su avistamiento, requiriendo su presencia en el lugar para investigar los hechos.

El fraude, al descubierto

El número de 'Amazing Stories' de junio de 1947.El teniente Brown y el capitán William Davidson viajaron a Tacoma, se encontraron con Arnold en su habitación del hotel y éste les dijo que, a pesar de haber cobrado un adelanto de 200 dólares por la exclusiva, había llegado a la conclusión de que, dada la gravedad de los hechos, tenía que informar a los militares. Dieron comienzo entonces en una habitación del hotel una serie de entrevistas entre los testigos y los militares de las que, gracias a anónimas filtraciones, la prensa local se hizo eco.

Brown y Davidson averiguaron que Dahl y Crisman no eran guardacostas, que su embarcación estaba en perfecto estado y no había sido objeto de importantes reparaciones, que no había rastro de las pretendidas fotografías y que los fragmentos del platillo eran en realidad escoria procedente de una fundición local y podían encontrarse a toneladas en la isla Maury. Todo el suceso había sido un fraude. A pesar de que Arnold insistió en que, en el viaje de regreso, los militares se llevaran algunos fragmentos del disco a analizar, éstos creyeron que no había razón alguna para hacerlo. Los dos investigadores de la Fuerza Aérea se trasladaron a la Base de la Fuerza Aérea de McChord (Washington) y el 1 de agosto despegaron de vuelta a casa en el B-25 en el que habían llegado desde California. El avión se estrelló cerca de Kelso (Washington). Aunque el piloto y un pasajero saltaron en paracaídas, Brown y Davidson murieron en el accidente. La prensa especuló sobre la posibilidad de que el siniestro se debiera a un sabotaje, y el avión transportase material secreto.

En el transcurso de la investigación subsiguiente, Dahl y Crisman admitieron que toda la historia había sido un montaje para sacarle dinero a un editor de Chicago -Palmer-, que pensaban que los pretendidos fragmentos del disco elevarían el precio de la historia y que habían sido ellos quienes habían telefoneado a la prensa informando de las entrevistas mantenidas con los militares. Después se supo que Crisman era aficionado a la ciencia ficción, conocía Amazing Stories y, en su tiempo, había tomado por ciertos los relatos de Shaver y escrito a Palmer advirtiéndole sobre lo peligroso que podía ser imprimir tales textos. “Toda la historia de isla Maury fue un fraude. El primero, y posiblemente el segundo mejor, y el más sucio de los fraudes de la historia de la ufología”, escribió Edward J. Ruppelt en The report of unidentified flying objects (El informe de los objetos volantes no identificados. 1956).

Las locuras de Shaver, que ahora se editan en español, acabaron siendo una chifladura más de las muchas promovidas por Palmer para vender revistas, pero los platillos volantes se convirtieron con el tiempo en un mito de alcance planetario.

El verano de los platillos volantes

Kenneth Arnold posa junto a su avioneta poco después de haber visto nueve ovnis cerca del monte Rainier. Foto: AP.Todo se debió a un error periodístico. Lo cometió Bill Bequette, redactor del periódico East Oregonian, hace sesenta años. El 24 de junio de 1947, Kenneth Arnold (1915-1984), un vendedor de equipos de extinción de incendios de Boise (Idaho), le contó que, cuando horas antes viajaba en su avioneta sobre las montañas Cascade, había visto un grupo de nueve extraños objetos que “volaban erráticos, como un platillo si lo lanzas sobre el agua”, cerca del monte Rainier. El periodista escribió una información en la que explicaba que los objetos tenían “forma de platillo”. La noticia -incluida la confusión entre la forma del vuelo y la de los objetos- fue rebotada por las agencias United Press y Associated Press, y los cielos se llenaron de platillos volantes.

Los objetos tenían, en realidad, forma de bumerán y Arnold creyó al principio que eran una clase desconocida de avión a propulsión a chorro. “Estoy convencido de que se trataba de algún tipo de avión, aunque en muchos aspectos no se ajustaban a los tipos convencionales que conocía”, escribió días después en su informe a las Fuerzas Aéreas. Por eso, su primera intención había sido informar de la observación al FBI, pero, al encontrar la oficina de Pendleton cerrada, acabó en la redacción del diario local. Las sospechas y cautelas iniciales de Arnold pronto cedieron ante el entusiasmo de un joven editor ávido de misterios.

Raymond A. Palmer (1910-1977) dirigía desde junio de 1938 la revista de ciencia ficción Amazing Stories. “Tan pronto como se hizo cargo de la dirección dedicó una enorme cantidad de energía a cambiar el rumbo de la revista. Hizo bajar la calidad de las historias y aumentar la circulación”, recuerda Isaac Asimov en su libro Sobre la ciencia ficción (1981). En junio de 1947, Palmer dedicó la portada de Amazing a una delirante historia según la cual el subsuelo terrestre estaba habitado por robots abandonados por extraterrestres hace milenios. Cuando aparecieron los platillos volantes, contactó con Arnold inmediatamente porque vio en su historia el material ideal para el lanzamiento de Fate, una revista dedicada a lo paranormal que quería sacar al mercado.

Primera página del 'Roswell Daily Record' del 8 de julio de 1947.

El caso de Roswell

El error periodístico de Bequette tuvo tal impacto que las visiones de objetos discoidales se multiplicaron. Dos semanas después, el 8 de julio, el diario de un pueblo perdido de Nuevo México anunció en su primera página que el Ejército había capturado un platillo volante en un rancho cercano. La información del Roswell Daily Record se basaba en una nota del Ejército que decía que los restos del ingenio habían sido llevados al Aeródromo Militar de Roswell. La base era entonces el hogar del Grupo de Bombarderos 509 de la Octava Fuerza Aérea, el primer escuadrón atómico del mundo, el que destruyó Hiroshima y Nagasaki.

Los militares dieron marcha atrás aquel mismo día. Lo recuperado, indicaron, eran piezas de un globo meteorológico. La explicación casaba con los trozos de madera de balsa y papel de aluminio encontrados por el ranchero Marc Brazel que el Ejército presentó en una rueda de prensa. El hoy famoso caso Roswell quedó así desactivado hasta que en 1980 lo resucitó Charles Berlitz, promotor del falso enigma del triángulo de las Bermudas, en El incidente, libro que escribió con William L. Moore.

Papel de aluminio y madera de balsa  del 'platillo' de Roswell.El suceso, en el que ningún ufólogo creyó en su tiempo, se convirtió en los años 80 en una mina de oro para los vendedores de misterios y Roswell, en centro de peregrinación de los creyentes en los ovnis. El Tribunal General de Cuentas de Estados Unidos reveló en 1994 que los restos del platillo de Roswell eran parte de un globo del proyecto Mogul, un programa secreto para la “detección de la onda expansiva generada por explosiones nucleares soviéticas”, pero muchos ufólogos prefirieron ignorar la explicación. Gracias a eso, Ray Santilli, un avispado productor televisivo, ganó en 1995 una fortuna con una película que vendió a cadenas de televisión de medio mundo como si fuera una filmación de la autopsia practicada en 1947 a uno de los tripulantes del platillo de Roswell. La autenticidad de la cinta fue avalada en España por el ufólogo, y ahora novelista, Javier Sierra. Hace un año, John Humphreys, artífice de los efectos especiales de películas como Charlie y la fábrica de chocolate, reconoció haber creado el alienígena de la cinta de Santilli e interpretado a uno de los cirujanos.

Muertes y desapariciones

En julio de 1947, Palmer -que daba crédito a cualquier cosa, pero no prestó la mínima atención a la historia de Roswell- recibió la llamada de dos hombres que se presentaron como guardacostas. Le dijeron que el 21 de junio, tres días antes de la observación de Arnold, habían visto en la isla Maury, en el Estado de Washington, el choque en el cielo de dos platillos volantes. Palmer envió a investigar el caso a Tacoma al propio Arnold, quien se vio desbordado y pidió ayuda al capitán William Davidson y al teniente Frank Brown, los oficiales del servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea que le habían interrogado por su avistamiento.

Davidson y Brown hablaron con los dos testigos y llegaron a la conclusión de que eran unos mentirosos. Los hombres les entregaron como prueba de su observación restos que supuestamente habían caído de uno de los platillos. El 1 de agosto, los militares despegaron con rumbo a California en un avión que se estrelló. Días después, varios periódicos recibieron llamadas anónimas en las que les informaban de que la aeronave siniestrada transportaba fragmentos de un ovni.

La investigación oficial concluyó que el accidente se debió a una avería, los trozos del platillos eran vulgares piedras -los dos hombres admitieron el engaño- y Palmer les había sido incitado a la farsa porque necesitaba noticias extraordinarias para su nueva revista. “Toda la historia de isla Maury fue un fraude. El primero, y posiblemente el segundo mejor, y el más sucio de los fraudes de la historia de la ufología”, dejó escrito Edward J. Ruppelt, director del Proyecto Libro Azul entre 1952 y 1953, y que ha pasado a la historia de la ufología como un investigador de buena fe.

Cómic sobre el caso del avión desaparecido en Los Andes.Al día siguiente del acccidente de Davidson y Brown, un avión de pasajeros desapareció mientras volaba entre Buenos Aires y Santiago de Chile. Cuando estaba a punto de aterrizar, la torre de control del aeropuerto de la capital chilena recibió el siguiente mensaje: “ETA (tiempo estimado de llegada) Santiago 17.45 horas. Stendec”. El aparato nunca llegó a su destino. Familiares del radiotelegrafista de la nave concluyeron que el avión y sus once ocupantes habían sido secuestrados por extraterrestres. Años después, Antonio Ribera, el considerado padre de la ufología española, incluyó el suceso entre otros encuentros trágicos con los ovnis, en El gran enigma de los platillos volantes (1966). Sin embargo, los restos del avión fueron encontrados en cerro Tupungato, cerca de Mendoza, a 5.500 metros hace siete años. No habían viajado a otros mundos.

Los platillos volantes aparecieron cuando EE UU acababa de salir de una guerra, y su población y dirigentes miraban al cielo con miedo a un ataque nuclear. Los casos del verano de 1947 -visiones en el cielo, objetos estrellados, desapariciones y accidentes- sentaron las bases del mito. Poco importa hoy que prácticamente todos –la observación de Arnold ha recibido varias posibles explicaciones– se debieran a confusiones o fraudes. Siguen vivos en la literatura ufológica, junto a historias de implantes en abducidos y proyectos de hibridación entre humanos y alienígenas. Sesenta años después del error periodístico de Bill Bequette, hay las mismas pruebas que entonces de que nos visitan extraterrestres. Ninguna.

Accidente mortal por seguir un objeto no identificado

Thomas F. Mantell, capitán de la Guardia Nacional Aérea de Kentucky, murió en la tarde del 7 de enero de 1948 cuando perseguía un platillo volante cerca de la base aérea de Godman. La gente que vio el objeto desde tierra lo describió como “un helado de cucurucho con la parte superior de color rojo”. A los mandos de su caza Mustang P-51, Mantell dijo que era enorme.

¡A la caza del ovni! Recreación del caso de Thomas Mantell.“El objeto está delante y por encima de mí, moviéndose a la mitad de mi velocidad. Parece metálico o el reflejo de la luz del Sol en un objeto metálico, y es de un tamaño tremendo… Voy a seguir subiendo. Voy a intentar acercarme para verlo mejor”, explicó a la torre de control a 4.500 metros de altura. Tras llegar a los 9.000 metros, el caza entró en pérdida y cayó en picado hasta estrellarse. El comité investigador concluyó que el piloto había perdido el conocimiento por falta de oxígeno. ¿Pero qué perseguía?

Aunque ha pasado a la historia de la ufología como su primer mártir, el capitán Mantell murió a la caza de un globo del programa Skyhook de estudio de los rayos cósmicos, secreto en los años 40. Aquella semana, se habían lanzado varios de esos grandes ingenios, visibles desde 20 kilómetros, en Ohio y el viento había llevado uno hasta cerca de la base de Godman.

El misterio de los ovnis, a debate el 5 de julio en Bilbao

La Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao acogerá el 5 de julio el ciclo de charlas 60 años de platillos volantes, una iniciativa de El Correo, la Universidad del País Vasco (UPV), el Círculo Escéptico (CE), el Centro para la Investigación y el Ayuntamiento de Bilbao. Los participantes examinarán diversos aspectos del mito en cuatro charlas y una mesa redonda coordinada por Agustín Sánchez Lavega, astrofísico de la UPV.

El filósofo Ricardo Campo, de la Universidad de La Laguna y autor de Luces en el cielo y Ovnis ¡vaya timo!, hará un recorrido histórico, en La invasión que nunca llegó. El abogado Fernando L. Frías, presidente del CE, hablará sobre la investigación ovni en nuestro país, en La chapuza galáctica: ufología a la española. Eduardo Angulo, biólogo de la UPV, disertará sobre los seres de otros mundos de la ciencia ficción, en ¡Marciano, ven a casa!. Y Luis Alfonso Gámez, periodista de El Correo, explicará por qué los tripulantes de los ovnis son pequeños humanoides cabezones, en 40 años de hombrecillos grises.

Publicado originalmente en el diario El Correo.