José Luis Rodríguez Zapatero

Zapatero y Rajoy ante el Papa: del respeto a la humillación

Zapatero y Rajoy ante el Papa: del respeto a la humillación.

La recepción al Papa a su llegada a España por parte del presidente del Gobierno y el líder de la oposición ha dejado dos reveladores imágenes, las de los saludos de ambos políticos a Benedicto XVI. José Luis Rodríguez Zapatero, tan sumiso en otras cosas al dictado vaticano, ha saludado al jefe de la Iglesia católica con respeto; Mariano Rajoy se ha humillado ante él. También José Bono lo ha hecho. Tanto Rajoy como Bono confunden sus creencias personales con su faceta pública. No han recibido a Benedicto XVI como individuos, sino como representante del principal partido de la oposición y como presidente del Congreso, respectivamente. Su sumisión pública a una autoridad religiosa es una ofensa para muchos españoles, como lo era para muchos vascos la humillación ante Dios del lehendakari en la jura de Gernika felizmente desterrada por Patxi López. El poder civil nunca debe someterse a un líder religioso en una democracia porque quien lo hace, como Rajoy y Bono, está automáticamente convirtiendo su credo en una suerte de religión oficial.

La caligrafía del presidente del Gobierno y el gratuito ‘El Jaque Mate’, en Punto Radio Bilbao

Javier San Martín y yo hablamos el 27 de mayo en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, sobre el análisis grafológico de la escritura del presidente del Gobierno y de un periódico gratuito conspiranoico, en la vigesimonovena entrega del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al pensamiento crítico.

Un análisis grafológico de la escritura de Rodríguez Zapatero saca a relucir la ignorancia de César Vidal

Portada de `Epoca' dedicada a la caligrafía de Rodríguez Zapatero.La caligrafía del presidente del Gobierno sirve de excusa al prolífico César Vidal, en el último número de Época, para decir que José Luis Rodríguez Zapatero es un “acomplejado”, un “torpe para relacionar ideas”, un “autoritario”, un “materialista descarnado”, un “receloso -e incluso envidioso- de la gente de talla”… Cinco páginas de insultos y descalificaciones gratuitas a la que el director de la revista, Carlos Dávila, intenta otorgar una inmerecida credibilidad presentando a Vidal como “el segundo autor español que más vende” y su reportaje como “una interpretación grafológica de la personalidad del presidente”.

El estudio grafológico de Vidal revela, en realidad, la ignorancia supina de quien lo ha hecho y de quien lo ha publicado. Que un autor venda muchos libros no implica que lo que escriba y diga sea cierto, como muy bien saben los lectores de los traficantes de misterios paranormales. El escritor y locutor de la cadena radiofónica de los obispos es un creacionista declarado, un individuo convencido de que el Diluvio Universal, el Éxodo y otros episodios ficticios del Antiguo Testamento son hechos históricos. Su saber grafológico tiene el mismo fundamento real que la historia bíblica de Adán y Eva, porque la interpretación de la personalidad por la caligrafía es una patraña equiparable a la astrología. Y que Vidal sea “un experto grafólogo” -desconocía esta faceta- es lo mismo que decir que es un experto lector de las arrugas del culoo de los posos del café.

Los grafólogos aseguran que pueden deducir la personalidad de alguien a partir de los rasgos de su escritura, pero lo cierto es que no lo hacen. Los estudios controlados han demostrado que, si no cuentan con más información que la letra impresa, los grafólogos no aciertan sobre el autor de un texto más que los legos. Es decir, lo obvio. La grafología es una pseudociencia que, lamentablemente, se utiliza en ocasiones para la selección personal y que suele salir en los periódicos en épocas electorales a través de la comparación de los rasgos de las firmas de los contendientes, como sucedió en mayo de 2008 durante la carrera hacia la Casa Blanca.

Carta de Rodríguez Zapatero al poeta Antonio Gamoneda.El análisis de la letra del presidente que publica Época resulta insultante para cualquiera con dos dedos de frente porque el fundamento es una superchería equiparable a la lectura de las líneas de la mano. Tiene, además, el texto de Vidal fragmentos dignos de incluirse en una antología del disparate. Mi preferido es cuando dice respecto al “notable autoritarismo que se refleja, por ejemplo, en algunas de las tes” del jefe del Ejecutivo: “Se suele denominar a esta te específica la “te del brazo en alto”, porque de manera muy peculiar recuerda el saludo fascista y, a la vez, es un signo de autoritarismo”. ¡Ahí queda eso!

Considera el grafólogo al sujeto de su infundio -lo sería también si el blanco hubiera sido Mariano Rajoy, Juan José Ibarretxe, Cayo Lara o cualquier otro político- un tonto irrecuperable, un incapaz. A juicio de Vidal, “la enorme dificultad que sufre el autor del texto (Rodríguez Zapatero) para ligar unas letras con otras” lleva a pensar que para él “supone un enorme esfuerzo -esfuerzo que no garantiza el éxito- ver la relación que pueda existir entre dos ideas distintas, por muy cercanas y próximas que le parezcan a la mayoría de las personas”. Y concluye el multititulado firmante de libros de éxito: “Sin grandes dotes intelectuales, aunque tampoco pueda decirse que sea un estúpido, el sujeto analizado no parece que pueda aspirar a compensar esa carencia con la constancia del trabajo -a decir verdad, es muy irregular en el cumplimiento de sus tareas- ni tampoco con asesores de valía que le dispensen su ayuda”.

Que una tontería así sea el tema de portada de una revista de información política da que pensar, ¿no?

Humanismo secular para una sociedad libre

Timothy Garton Ash, historiador y columnista de The Guardian, publica hoy un interesante artículo de opinión en El País sobre cuáles deberían ser los principios básicos de la convivencia en una sociedad civilizada con ciudadanos de diferentes orígenes y religiones. Vivimos tiempos de zozobra en los que algunos políticos ceden en los derechos fundamentales a la presión de los intolerantes con una facilidad preocupante, tal como hicieron José Luis Rodríguez Zapatero y el primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan, en la carta que firmaron en The International Herald Tribune censurando la publicación las caricaturas de Mahoma por el diario danés Jyllands-Posten. “La publicación de estas caricaturas puede ser perfectamente legal, pero no es indiferente y, por tanto, debería ser rechazada desde un punto de vista moral y político”, escribieron ambos mandatarios. El presidente del Gobierno español no fue el único que cedió al chantaje de los violentos islamistas y sacrificó ante ellos la libertad de expresión; hubo otros dirigentes que también lo hicieron. Ante esa irresponsabilidad institucional disfrazada de tolerancia que se apodera de algunos dirigentes políticos cuando media la religión, hay que reivindicar los valores del humanismo secular, como hace Garton Ash.

“Uno de esos principios fundamentales [de una sociedad libre] es la libertad de expresión, que se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de los extremistas y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano por parte de diversas instituciones públicas y privadas. La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho. En especial, debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales. Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo”, escribe en su artículo ‘Creyentes y no creyentes’. (Me gusta más el título del original: ‘What does a free society require of believers and non-believers alike?’.) A ver si toman nota los buenistas y dejan de echar a los críticos de las religiones ante los caballos de los fundamentalistas. Los credos, como cualquier otra ideología, y sus líderes, como cualquier otro, pueden y deben ser blanco de críticas. Es un derecho irrenunciable, digan los fanáticos lo que digan.

Garton Ash aboga por cosas con las que estoy de acuerdo -ya que son principios del humanismo secular-, como la igualdad entre hombres y mujeres -que tanta alergia da a las jerarquías religiosas-, y una libertad religiosa total, enmarcado todo ello en una sociedad laica que no prime ningún credo. Es algo que, desgraciadamente, no se da en España. Aquí, los sucesivos Gobiernos no sólo han dejado el sistema educativo en manos de la Iglesia católica, sino que además han convertido al Estado en recaudador del diezmo a través de la declaración de la renta. Un Ejecutivo realmente progresista debería liberar la escuela de la carga religiosa y garantizar que el adoctrinamiento sea para quien lo desee, pero nunca sufragado por todos. Un Ejecutivo realmente progresista debería olvidarse de incluir más casillas en la declaración de la renta, según nuevos credos quieran acceder a su trozo del pastel, borrar la de la Iglesia católica y que ésta recaude fondos directamente de sus feligreses.

“Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás”, dice Garton Ash. Coincido con él. Me produce repugnancia la caricatura del liberalismo que vende en España la derecha cavernaria -también hay izquierda cavernaria; si no, miren al tirano cubano y sus seguidores-, la misma que ha intentado llevar a los tribunales a unos científicos por experimentar con células madre o que equipara ese tipo de investigación con el asesinato masivo de judíos por los nazis, como hizo el incalificable Miguel Ángel Rodríguez hace unos días en Televisión Española. Frente a fundamentalistas de cualquier signo y credo, apuesto, como el historiador británico, por los principios de convivencia del humanismo laico. Lamentablemente, no parece que haya nacido todavía en España el político capaz de afrontar el reto de convertirnos en un país moderno, así que mucho me temo que seguiremos sumando asignaturas religiosas en la escuela pública y casillas confesionales en la declaración de la renta.

Timothy Garton Ash, historiador y columnista de The Guardian, publica hoy un interesante artículo de opinión en El País sobre cuáles deberían ser los principios básicos de la convivencia en una sociedad civilizada con ciudadanos de diferentes orígenes y religiones. Vivimos tiempos de zozobra en los que algunos políticos ceden en los derechos fundamentales a la presión de los intolerantes con una facilidad preocupante, tal como hicieron José Luis Rodríguez Zapatero y el primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan, en la carta que firmaron en The International Herald Tribune censurando la publicación las caricaturas de Mahoma por el diario danés Jyllands-Posten. “La publicación de estas caricaturas puede ser perfectamente legal, pero no es indiferente y, por tanto, debería ser rechazada desde un punto de vista moral y político”, escribieron ambos mandatarios. El presidente del Gobierno español no fue el único que cedió al chantaje de los violentos islamistas y sacrificó ante ellos la libertad de expresión; hubo otros dirigentes que también lo hicieron. Ante esa irresponsabilidad institucional disfrazada de tolerancia que se apodera de algunos dirigentes políticos cuando media la religión, hay que reivindicar los valores del humanismo secular, como hace Garton Ash.

“Uno de esos principios fundamentales [de una sociedad libre] es la libertad de expresión, que se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de los extremistas y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano por parte de diversas instituciones públicas y privadas. La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho. En especial, debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales. Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo”, escribe en su artículo ‘Creyentes y no creyentes’. (Me gusta más el título del original: ‘What does a free society require of believers and non-believers alike?’.) A ver si toman nota los buenistas y dejan de echar a los críticos de las religiones ante los caballos de los fundamentalistas. Los credos, como cualquier otra ideología, y sus líderes, como cualquier otro, pueden y deben ser blanco de críticas. Es un derecho irrenunciable, digan los fanáticos lo que digan.

Garton Ash aboga por cosas con las que estoy de acuerdo -ya que son principios del humanismo secular-, como la igualdad entre hombres y mujeres -que tanta alergia da a las jerarquías religiosas-, y una libertad religiosa total, enmarcado todo ello en una sociedad laica que no prime ningún credo. Es algo que, desgraciadamente, no se da en España. Aquí, los sucesivos Gobiernos no sólo han dejado el sistema educativo en manos de la Iglesia católica, sino que además han convertido al Estado en recaudador del diezmo a través de la declaración de la renta. Un Ejecutivo realmente progresista debería liberar la escuela de la carga religiosa y garantizar que el adoctrinamiento sea para quien lo desee, pero nunca sufragado por todos. Un Ejecutivo realmente progresista debería olvidarse de incluir más casillas en la declaración de la renta, según nuevos credos quieran acceder a su trozo del pastel, borrar la de la Iglesia católica y que ésta recaude fondos directamente de sus feligreses.

“Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás”, dice Garton Ash. Coincido con él. Me produce repugnancia la caricatura del liberalismo que vende en España la derecha cavernaria -también hay izquierda cavernaria; si no, miren al tirano cubano y sus seguidores-, la misma que ha intentado llevar a los tribunales a unos científicos por experimentar con células madre o que equipara ese tipo de investigación con el asesinato masivo de judíos por los nazis, como hizo el incalificable Miguel Ángel Rodríguez hace unos días en Televisión Española. Frente a fundamentalistas de cualquier signo y credo, apuesto, como el historiador británico, por los principios de convivencia del humanismo laico. Lamentablemente, no parece que haya nacido todavía en España el político capaz de afrontar el reto de convertirnos en un país moderno, así que mucho me temo que seguiremos sumando asignaturas religiosas en la escuela pública y casillas confesionales en la declaración de la renta.