Jenny McCarthy

Qué podemos hacer para frenar a los antivacunas

Los riesgos de la antivacunación están ahí: un niño de 6 años murió el sábado por difteria en España, donde no se había registrado ningún caso de la enfermedad desde 1987, simplemente porque sus padres no habían querido vacunarle. El pequeño falleció después de pasar veinticinco días en la UCI del hospital Vall d’Hebron; ocho personas -siete de ellos menores- resultaron contagiados, aunque ninguno desarrolló la enfermedad porque estaban vacunados; y hay que suponer que el cerco alrededor del patógeno supuso un importante desembolso para las arcas públicas.

Andrew Wakefield, con su esposa Carmel, llegando a la sede del Consejo general Médico, en Londres en enero de 2010. Foto: AFP.Lo peor es, sin duda, la muerte del pequeño. Fue consecuencia directa de la estupidez de quienes tenían que haberle protegido. Nunca habría ocurrido si sus padres hubieran actuado sensatamente. No lo hicieron. Les engañaron los antivacunas, alguno de los cuales ahora culpa a la sanidad catalana de imprudencia. “Siempre serán posibles brotes de difteria, aunque la vacunación sea masiva como ocurrió en Rusia la década de los 90. Por eso la imprudencia del Ministerio de Sanidad y de la Conselleria de Salut de la Generalitat de Catalunya de no tener en stock ni una sola dosis de antitoxina de la difteria probablemente haya provocado la muerte del niño de Olot”, escribía el lunes el ecoterrorista, vendedor de productos milagro contra el cáncer y el sida, y antivacunas Josep Pàmies. Miente. El brote de difteria registrado en los años 90 en varios países de la antigua órbita soviética se debió a que la inestabilidad política había hecho que se dejara de vacunar a la población contra la enfermedad. Fue la caída en los índices de vacunación por lo que hubo cientos de muertos entonces. Y las autoridades sanitarias españolas no han cometido ninguna imprudencia en el caso del niño de Olot, que nunca se hubiera contagiado de haber estado vacunado.

“Lamentable muerte del niño de Olot con difteria. Algo horrible que supongo que no esperábamos”, escribió en su página de Facebook el sábado el también antivacunas Miguel Jara, de cuyo libro Vacunas, las justas siguen haciendo publicidad algunas televisiones. ¿Cómo que no lo esperábamos? ¿En qué mundo vive Jara? “Alrededor de una de cada diez personas que contraen difteria morirá como consecuencia de la enfermedad. En los niños menores de 5 años, hasta uno de cada cinco que contraen difteria morirá a causa de la enfermedad”, explican en su web los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos. Pàmies, por su parte, aconseja a “todas las personas que se consideren en riesgo de contagio (que) tomen cloruro de magnesio y evidentemente en esta enfermedad valorar los pros y los contras de revacunarse y hacerlo en consciencia, sabiendo a lo que nos arriesgamos en caso de vacunarse”. ¿A qué nos arriesgamos?

Los efectos secundarios graves de la vacuna contra la difteria, el tétanos y la tos ferina pueden ser “convulsión, espasmos o crisis de ausencia (alrededor de uno de cada 14.000 niños); llanto continuo durante tres horas o más (hasta alrededor de uno de cada 1.000 niños); y fiebre alta, 40º C o más (alrededor de uno de cada 16,000 niños)”, informa el Departamento de Salud de EE UU. La reacción alérgica grave se da en menos de un caso por cada millón de inmunizados. Es decir, en cualquier circunstancia, las complicaciones graves por vacunación son mucho menos frecuentes que los fallecimientos por difteria, que pueden llegar a un niño de cada cinco infectados. Todavía estamos esperando, por cierto, alguna reacción a la muerte del pequeño de Olot por parte de la llamada Liga para la Libertad de Vacunación, un grupo antivacunas que, cuando se conoció el caso, tuvo la desfachatez de decir que “la difteria no es una enfermedad infecciosa inicialmente severa” y animar a las familias a no vacunar a sus hijos.

¿Qué cabe hacer ante este panorama?

Educación y medidas coercitivas

El impacto de las vacunas en la salud de Estados Unidos. Gráfico: 'Journal of the American Medical Association'.No les voy a ocultar lo que ya saben: soy partidario de la obligatoriedad de todas aquellas vacunas incuidas en el calendario de inmunizaciones. La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que las vacunas evitan cada año en el mundo “entre 2 y 3 millones de defunciones por difteria, tétanos, tos ferina y sarampión”. Allí donde se han introducido masivamente la inmunización contra la difteria, el sarampión, la tos ferina, la rubeola, y otras enfermedades, las muertes por esas dolencias han desaparecido. Si en las sociedades avanzadas no hay casos de esos males, no es porque los patógenos hayan decidido retirarse, sino porque, al estar la mayoría de la población vacunada, se produce lo que se conoce como inmunidad de rebaño: el virus o bacteria no puede expandirse y contagiar a aquéllos que, por razones médicas, no puedan vacunarse o tengan sus defensas bajas. Esa inmunidad de rebaño, basada en la solidaridad colectiva, puede perderse por la actitud egoísta e insolidaria de los antivacunas, que hacen crecer el porcentaje de personas no protegidas y minarían la inmunidad de grupo. Es lo que sucedió en diciembre en Disneylandia, donde los bajos índices de vacunación dispararon un brote de sarampión en el que se registraron más de cien casos.

Nuestros políticos son partidarios de invocar principios como la solidaridad para hacer que los antivacunas entren en razón. Lamentablemente, mientras haya grupos que fomenten la antivacunación -en algunos casos, por intereses económicos; para vender sus productos milagro-, habrá padres engañados que pongan en peligro a sus hijos. De rebote, como digo en mi libro El peligro de creer, esos padres irresponsables, además de con la de sus hijos, juegan a la ruleta rusa con la salud de “los lactantes, de aquellos pequeños que no pueden ser inmunizados por circunstancias particulares, de quienes nacieron antes de las campañas de vacunación masivas y no pasaron la enfermedad, y de quienes han perdido o tienen debilitadas las defensas ante los agentes infecciosos, como los receptores de trasplantes de médula ósea, los diabéticos y los infectados por el VIH”. Si me obligan a ponerme el cinturón de seguridad en el coche -y ahí sólo pongo en peligro mi vida-, ¿por qué me permiten no vacunarme por capricho?

California acaba de aprobar una ley que prohíbe la escolarización de los niños que no estén vacunados. No podrán acceder a la enseñanza pública ni privada, a no ser que medien razones médicas para su no inmunización. Se acaba así con la exención de no vacunar por creencias religiosas o personales. Es una medida legítima para luchar contra un peligroso hábito que, si se extiende, puede se un peligro para todos. Jim Carrey, un actor tan histriónico como irracional, es culpable en parte del éxito del movimiento antivacunas en EE UU. En los programas de televisión de Oprah Winfrey, la Mariló Montero yanqui, difundió durante años junto con Jenny McCarthy, conejita Playboy y entonces su novia, la idea de que las vacunas provocan autismo.

Tuit del antivacunas Jim Carrey contra la decisión de los legisladores de California.En Australia, el Gobierno ha decidido que quienes no inmunicen a sus hijos no tendrán derecho a beneficios fiscales que se aplican hasta que los menores cumplen cinco años. En España, podrían aplicarse tranquilamente esas dos medidas. Además, los colegios de médicos deberían sancionar a los profesionales que fomenten la antivacunación. Y, por último, dado que la biología permite en la actualidad identificar al individuo origen de un brote, también podría legislarse para que, si se trata de un niño que no ha sido vacunado por voluntad de sus padres, éstos hagan frente a todos los gastos ocasionados por su decisión y no se detraiga ese dinero del de todos. ¿Van a hacer nuestros políticos algo en la línea de California y Australia o esperarán a que mueran más niños por enfermedades evitables? ¿Van a ser contundentes las sociedades científicas españolas y, como ha hecho la Asociación Médica Estadounidense, abogar por la vacunación obligatoria? La pelota está en los tejados de nuestros dirigentes y de la profesión médica.

Por su parte, los medios deberían dejar de promocionar a colectivos antivacunas como la Liga para la Libertad de Vacunación e individuos como Miguel Jara y Josep Pàmies. No hay dos bandos en el debate sobre la efectividad de las vacunas porque ese debate no existe en la comunidad científica. Esta el bando de la ciencia y el de los que maltratan a niños no vacunándoles al exponerles a graves enfermedades prevenibles. Hace falta más y, sobre todo, mejor información médica y científica para que la gente de la calle adquiera anticuerpos contra los charlatanes de la antivacunación. Las vacunas han erradicado enfermedades mortales como la viruela y están a punto de acabar con otras como la poliomielitis. Sus beneficios se cuentan por millones de vidas salvadas cada año y muchas más personas que no quedarán mutiladas o, por ejemplo, atadas a pulmones de acero de por vida. Sus riesgos son mínimos. Sn embargo, si no te vacunan tus padres, puedes acabar como el pequeño de Olot. En un ataúd.

El movimiento antivacunación contemporáneo tiene su origen en una investigación fraudulenta el médico británico Andrew Wakefield publicada en 1998 en la revista The Lancet. Tras examinar a doce niños autistas, él y sus colaboradores aseguraron que había una conexión entre la administración de la triple vírica –que protege contra el sarampión, la rubeola y la parotiditis (paperas)– y ese trastorno. Aunque la comunidad científica recibió el hallazgo con escepticismo por lo pequeño de la muestra, el estudio tuvo un gran impacto mediático en el Reino Unido. Muchos padres empezaron a tener miedo de que la triple vírica convirtiera a sus hijos en autistas y, en los diez años siguientes, el índice de vacunación país cayó del 92% al 85%, y los casos de sarampión se dispararon. En febrero de 2010 The Lancet retiró el artículo de sus archivos. Oficialmente, es como si nunca hubiera existido. En mayo de ese mismo año, el Consejo General Médico del Reino Unido prohibió a Wakefield ejercer en el país por su actitud deshonesta e irresponsable en ese estudio. Y, en enero de 2011, después de siete años de investigación, el periodista Brian Deer desveló en The British Medical Journal que Wakefield había planeado una serie de negocios para obtener millones de dólares aprovechándose del miedo hacia las vacunas que su fraudulenta investigación iba a infundir al público. Nada de esto importa a Carrey, abanderado de la causa de Wakefield en EE UU. El muy ignorante ha tuiteado hace unas horas: “El gobernador de California dice a envenenar más a los niños con mercurio y aluminio en las vacunas obligatorias. Este fascismo corporativo tiene que parar“.

El inventor de la conexión entre triple vírica y autismo planeó ganar millones gracias al miedo a las vacunas

Andrew Wakefield, con su esposa Carmel, llegando a la sede del Consejo general Médico, en Londres en enero de 2010. Foto: AFP.

Andrew Wakefield, el inventor de la falsa conexión entre la vacuna triple vírica -contra el sarampión, la rubéola y las paperas- y el autismo, planificó una serie de negocios para obtener millones aprovechándose del miedo hacia las vacunas que su fraudulenta investigación iba a infundir entre el público, según revela el periodista Brian Deer en el número de esta semana del British Medical Journal. El cirujano británico y sus socios calculaban, por ejemplo, que iban a ganar hasta 33 millones de euros anuales en Estados Unidos y Reino Unido sólo con la comercialización de pruebas para la detección de la enterocolitis autística, enfermedad cuya existencia no ha sido probada y que fue descrita por él y sus colaboradores en el mismo artículo de The Lancet en el que conectaban la triple vírica (SPR) con el autismo.

Wakefield y otros investigadores publicaron en 1998, en la revista The Lancet, un artículo en el cual, tras examinar sólo doce casos infantiles, aseguraban que existía una conexión entre la administración de la SPR y el autismo. El trabajo tuvo un gran impacto en Reino Unido. En los diez años siguientes, el índice de vacunación bajó del 92% al 85%, y los casos de sarampión pasaron de 58 a 1.348. En 2004, diez de los coautores de la investigación retiraron su firma del artículo que había desatado la tormenta, y The Lancet publicó una rectificación poniendo en duda las conclusiones; la prestigiosa revista retiró en febrero del año pasado el polémico artículo de sus archivos; y el Consejo General Médico (GMC) de Reino Unido prohibió en mayo a Wakefield ejercer en el país por su actitud deshonesta e irresponsable en el trabajo citado. Ningún otro equipo de investigadores ha confirmado nunca la relación entre la SPR y el autismo por la cual Wakefield es famoso.

Basándose en una investigación de siete años del periodista Brian Deer, The British Medical Journal (BMJ) dictaminó la semana pasada que la conexión entre la triple vírica y el autismo había sido fruto de un “sofisticado fraude”, algo que ya había denunciado The Times hace un año. “El pánico a la SPR no se basó en mala ciencia, sino en un fraude deliberado”, y las “pruebas claras de la falsificación de datos deben ahora cerrar la puerta definitivamente al dañino pánico sobre los efectos de esta vacuna”, decía hace unos días Fiona Godlee, directora del BMJ, quien compara el fraude de Wakefield con el del hombre de Piltdown.

El negocio del miedo

Jenny McCarthy y Jim Carrey, en Cannes cuando todavía eran pareja. Foto: AP.Deer destapa esta semana en el BMJ una compleja trama de intereses económicos detrás del montaje, que involucra no sólo Wakefield, sino también al Hospital Real Gratuito de Londres en el cual trabajaba. Los gestores del centro, revela el periodista, empezaron a hablar con el cirujano de posibles negocios a montar basados en el miedo a la triple vírica cuando todavía no habían acabado sus investigaciones, y las conversaciones se relanzaron nada más publicarse el artículo de The Lancet que desató el pánico. Uno de los negocios, creado a nombre de la esposa de Wakefield, pretendía desarrollar vacunas con las que reemplazar la SPR, un kit de diagnóstico de la enterocolitis autística y otros productos que “sólo podían tener alguna probabilidad de éxito si se minaba la confianza del público en la triple vírica”. Además, desde febrero de 1996, Wakefield estaba en contacto con Richard Barr, un abogado del movimiento antivacunas que quería demandar a las farmacéuticas y buscaba pruebas científicas en su apoyo, y que financió secretamente buena parte de los trabajos del médico.

La investigación de Deer saca a la luz, asimismo, cómo Wakefield no tuvo nunca intención de replicar los sorprendentes -y falsos- resultados de la investigación publicada en The Lancet a partir de sólo doce niños autistas. Cuenta el periodista cómo, a principios de la pasada década, el médico rechazó financiación para repetir las pruebas con 150 pacientes con la justificación de que su libertad académica podía verse comprometida, algo que, al parecer, no pensaba que ocurría con los centenares de miles de libras que había recibido del abogado Richard Barr.

Wakefield ha sido durante más de una década el líder intelectual del movimiento antivacunas mundial, impulsado en Estados Unidos por Jenny McCarthy, conejita Playboy y actriz, y su exnovio Jim Carrey, celebridades que encabezaron la lucha contra la SPR en ese país. Con la experiencia médica que le da haberse desnudado ante medio mundo, McCarthy empezó a decir en 2007 que su hijo era autista a causa de la triple vírica, aunque en 2008 anunció que el pequeño se había curado de esa enfermedad, que, en realidad, nunca había sufrido. El eco en televisión de la insensateces de estas dos estrellas del mundo del espectáculo minó la confianza de muchos padres estadounidenses en las vacunas y ha supuesto un incremento en los casos de rubéola, sarampión y paperas registrados en el país.

Ahora queda lo más difícil: restituir la confianza del público británico y estadounidense en la triple vírica, socavada por Wakefield y quienes le han apoyado desde los medios de comunicación, culpables por difundir falsedades sin contrastarlas, por puro sensacionalismo, como ocurre también en los casos de la telefonía móvil y los transgénicos. Por fortuna, todavía queda sitio para el periodismo de verdad, personificado en Brian Deer, autor de una investigación de indudable valor social, larga y, hay que suponer, cara.

Una ‘conejita’ contra las vacunas

Ilustración: Iker Ayestarán.Jenny McCarthy lanzó en junio de 2007 una campaña contra la vacuna frente al sarampión, las paperas y la rubéola. Muy popular en Estados Unidos por haber posado desnuda para la revista Playboy, anunció que su hijo Evan, nacido en 2002, era autista y que la vacuna triple vírica le había causado la enfermedad. La neumática rubia es desde entonces la cara bonita del frente antivacunación, un movimiento que ha conseguido que cada año se registren en EE UU más casos de esas tres enfermedades y que algunos padres renuncien a inmunizar a sus hijos por miedo.

El autismo es un trastorno incurable que afecta al desarrollo cerebral normal de las habilidades sociales y de comunicación. Quien primero lo relacionó con la triple vírica fue el cirujano británico Andrew Wakefield en un artículo publicado con otros autores en 1998 en la revista médica The Lancet. Tras examinar doce casos de niños autistas, concluyó que existía un vínculo entre la administración de la vacuna y la aparición del mal. El trabajo tuvo un gran impacto en Reino Unido. En los diez años siguientes, el índice de vacunación bajó del 92% al 85%, y los casos de sarampión pasaron de 58 a 1.348.

Cuando el miedo se exportó a EE UU, 5.500 padres de autistas exigieron al Gobierno en junio de 2007 indemnizaciones por entender que la enfermedad esta causada por la triple vírica. Muchos denunciantes se consideran víctimas de una vasta conspiración urdida por el Ejecutivo y las farmacéuticas. La creencia de que las vacunas causan autismo se debe, en parte, a que los familiares suelen detectar los primeros síntomas del mal a la misma edad en que los niños reciben la triple vírica. “No obstante, que ambos eventos ocurran alrededor del mismo tiempo no significa que el uno provoque el otro”, sentencian los Institutos Nacionales de la Salud de EE UU.

Falsificación de datos

Diez de los coautores de la investigación dirigida por Wakefield retiraron en 2004 su firma del artículo que había desatado la tormenta, y The Lancet publicó una rectificación poniendo en duda las conclusiones. Todos los estudios posteriores han descartado la conexión entre la triple vírica y el autismo, y, además, una investigación del periodista Brian Deer reveló en febrero pasado que Wakefield había falsificado los datos del alarmante trabajo original. Pero nada de esto importa al movimiento antivacunación.

McCarthy y su novio, el actor Jim Carrey, persisten en su cruzada a pesar de que en abril de 2008 ella anunció que su hijo Evan había superado el autismo. Los médicos que han examinado al pequeño dicen que no, que en su momento fue diagnosticado erróneamente. Mientras tanto, sigue creciendo en EE UU el número de víctimas del sarampión, las paperas y la rubéola: desde que la conejita emprendió su campaña, se han registrado 204 muertes y 47.454 casos no letales, según una web que lleva el recuento. Cabe suponer que algunos padres no han vacunado a sus hijos por hacer caso a una modelo que en 2006, antes de empezar a decir que el suyo era autista, contaba por los platós de televisión que era un niño de cristal, un nuevo salto en la evolución humana dotado de poderes como la telepatía y la capacidad de recordar vidas pasadas.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

La víctimas de la campaña antivacunación de Jenny McCarthy superan ya las 19.000 personas en EE UU

Jenny McCarthy y Jim Carrey, en Cannes cuando todavía eran pareja. Foto: AP.El contador de víctimas de Jenny McCarthy, conejita Playboy y actriz, no deja de crecer. La novia de Jim Carrey empezó su campaña contra la triple vírica -vacuna que protege frente al sarampión, las paperas y la rubéola- el 3 de junio de 2007 y, desde entonces hasta el 2 de mayo pasado, esas tres patologías evitables han causado en Estados Unidos 163 muertes y 19.049 casos no mortales, según datos del Centro para el Control de Enfermedades. McCarthy tuvo en 2002 a su hijo Evan, a quien en 2006 presentó como un niño de cristal, un nuevo tipo de humano dotado de poderes telepáticos, capacidad de recordar vidas pasadas y mundos extraterrestres, según los seguidores de la Nueva Era. Disparatada, pero inocua para el resto de la población, la opinión de la playmate sobre su hijo cambió en junio de 2007, cuando anunció que era en realidad autista a consecuencia de la vacuna triple vírica. A partir de ese momento, la conejita ha aparecido en los medios y escrito libros aconsejando a los padres que no vacunen a los hijos, lo que se ha traducido en un aumento de los casos de esas enfermedades que refleja el contador de víctimas de Jenny McCarthy.

La relación entre la triple vírica y el autismo tiene su origen en un artículo publicado en 1998 en la prestigiosa revista The Lancet por el cirujano británico Andrew Wakefield, quien, tras estudiar sólo doce casos, concluyó que la vacuna contra al sarampión, las paperas y la rubéola era la culpable. En Reino Unido, el índice de vacunación bajó inmediatamente del 92% al 85%, y los casos de sarampión han pasado de 58 en 1998 a 1.348 el año pasado. Desde la publicación del trabajo de Wakefield, numerosos estudios han descartado cualquier vínculo entre las vacunas y el autismo, y, en 2004, diez de los coautores del trabajo retiraron sus nombre del mismo y los editores de The Lancet publicaron una rectificación. Además, una investigación a cargo del periodista Brian Deer, de The Times, revelaba en febrero que Wakefield falsificó los datos de la investigación original. El hombre que descubrió la falsa relación entre el autismo y la triple vírica está siendo investigado por el Colegio de Médicos británico por violación de la ética profesional, según indica Steven Novella en el último número de The Skeptical Inquirer. Mientras tanto, Jenny McCarthy, quien dijo en abril 2008 que su hijo se había recuperado del autismo -¡a ver qué es lo próximo!-, sigue con su irresponsable campaña antivacunación, echándose víctimas evitables a la espalda.