Isla de Pascua

Un vándalo finlandés arranca la oreja a un moái en Pascua

El moái mutilado por el turista finlandés. Foto: 'El Mercurio'.

Marko Kulju, un finlandés de 26 años, ha sido detenido en la isla de Pascua por arrancarle parte de la oreja a un moái de la playa de Anakena, informa el diario chileno El Mercurio. Quería llevarse un recuerdo y, para ello, mutiló la escultura. “Señaló que la estatua le parecía majestuosa, y que por eso quería llevarse un recuerdo a su país. El trozo habría sido arrancado sólo con las manos, y ya fue recuperado en las cercanías de la playa”, ha declarado al periódico Christian González, subprefecto de Investigaciones. Con suerte, el vándalo pasará una temporada a la sombra y tendrá que pagar de multa hasta 12.200 euros. Sinceramente, la sanción me parece ridícula. Los ataques contra el patrimonio de la Humanidad debían ser castigados con tal dureza que a la gente ni siquiera se le pasara por la cabeza dejar su huella en los monumentos que visita. El turista nórdico de Pascua es un ejemplar de lo más inculto y embrutecido de nuestra sociedad. Es de los que van de museos como si fueran de centros comerciales y de los que nos castigan en las salas de cine con un amplia gama de ruidos mientras devoran todo tipo de porquerías. La evolución se detuvo en sus estirpes hace tiempo.

El rápido final de Pascua

Cinco de los siete 'moais' del Ahu Akivi, construido en la isla de Pascua entre 1440 y 1600. Foto: Terry L. Hunt.El hombre desembarcó en la isla de Pascua hacia 1200 -mucho más tarde de lo que se creía- e, inmediatamente después, empezó a levantar estatuas y a diezmar los recursos naturales de la pequeña isla volcánica, de unos 160 kilómetros cuadrados y situada en mitad del Pacífico Sur. La nueva fecha para la conquista del enclave por los polinesios se ha obtenido a partir de dataciones mediante el carbono 14, retrasa en casi 800 años la llegada del ser humano a Pascua y apunta a una rapidísima degradación del ecosistema por la actividad indígena.

Cuando el almirante holandés Jacob Roggeween descubrió la isla el 5 de abril de 1722, día de la Pascua de Resurrección, se encontró con un paisaje desolado, salpicado por grandes estatuas de piedra -los llamados moáis– y con una población sumida en el hambre y la penuria, que ni siquiera tenía madera con la que calentarse. Desde entonces, el caso de Pascua -conocida por los indígenas como Te Pito O Te Henua (El ombligo del mundo)- se considera el ejemplo paradigmático de cómo una cultura brillante puede sucumbir al destruir el frágil ecosistema del que depende. El estudio de los antropólogos Terry L. Hunt y Carl Lipo que hoy publica Science demuestra que el ascenso y declive de la cultura pascuense fue mucho más rápido de lo que se pensaba.

Actividad febril

La llegada del hombre a Pascua se había fechado, tradicionalmente, entre 400 y 1000, y el tallado de las estatuas a partir de 1200, con el comienzo de la extinción de las palmeras un siglo después. Los resultados de la nueva datación, hecha a partir de muestras de carbón vegetal del yacimiento más antiguo de la isla -el de Anakena-, implican que la armonía entre los recién llegados y el medio ambiente pascuense apenas existió. “No hubo un periodo de Jardín del Edén que durara entre 400 y 800 años. En vez de eso, el impacto de los colonizadores fue inmediato”, argumenta Hunt, de la Universidad de Hawai.

Los recién llegados empezaron poco después del desembarco a tallar estatuas de toba volcánica con picos de piedra, de los que se han encontrado miles en las laderas del volcán Rano Raraku. Desde allí, trasladaban los moais -de un altura media de 4 metros y un peso medio de 13 toneladas- hasta sus emplazamientos definitivos sobre trineos de madera de los que tiraban con cuerdas. Una vez en el ahu (altar), izaban cada estatua gracias a un sistema de palancas, cuerdas y piedras. El explorador noruego Thor Heyerdahl levantó de este modo en los años 50 un moái de 30 toneladas con sólo doce hombres, un hecho que ocultan los autores pseudocientíficos que invocan la intervención de extraterrestres y poderes mágicos.

La febril actividad de los pascuenses -ahora hay en la isla casi 900 estatuas, de las que sólo un tercio está en su lugar definitivo- provocó la tala masiva de árboles y palmeras para usar su madera como combustible y en la fabricación de trineos y canoas, y se sumó al aniquilamiento de muchas especies de pájaros. Para cuando los europeos pusieron pie en la isla, de la brillante cultura de los moais y los bosques de Pascua, ya no quedaba nada.


El ombligo del mundo

La isla de Pascua “es el sitio habitado más solitario del mundo. La tierra firme más próxima que pueden ver sus habitantes está en el firmamento y consiste en la Luna y los planetas”, escribió Thor Heyerdahl en su libro Aku-Aku: el secreto de la isla de Pascua (1957). Las estatuas de este enclave chileno son Patrimonio de la Humanidad desde 1995. La Unesco ha destinado 11 millones de euros para frenar el deterioro que sufren los moáis por la lluvia, el viento y las malas restauraciones.

Los gigantes de Pascua se deshacen

Los moáis se deshacen. Las famosas estatuas de la isla de Pascua están sufriendo los efectos del viento, la lluvia, los turistas y las malas restauraciones. Se enfrentan a un futuro más que incierto. Grandes grietas se abren con rapidez en las cabezas de piedra, que podrían desaparecer en pocos años. Por eso, la Unesco ha concedido a una firma alemana, Denkmalpflege Maar, un contrato de 11 millones de euros para que recubra los moáis con productos químicos que frenen su deterioro.

Dos turistas pasan por delante de un 'ahu' en la isla de Pascua. Foto: Reuters.Las estatuas de Pascua -isla chilena situada en mitad del Pacífico Sur- se esculpieron entre hace 400 y 1.000 años, y fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1995. Talladas en piedra volcánica en una cantera del Rano Raraku -uno de los volcanes de la isla-, son una demostración palpable del ingenio de los antiguos habitantes de un lugar del cual el explorador noruego Thor Heyerdahl escribió, en su libro Aku-Aku: el secreto de la isla de Pascua (1957), que es “el sitio habitado más solitario del mundo. La tierra firme más próxima que pueden ver sus habitantes está en el firmamento y consiste en la Luna y los planetas”.

Desde que Heyerdahl estuvo en Pascua, han visitado la isla miles de turistas, muchos atraídos por las mistificaciones de autores para quienes los antiguos pascuenses no disponían de la tecnología necesaria para tallar, transportar y levantar unas figuras que pueden pesar hasta 82 toneladas. Son los mismos que afirman que prácticamente cualquier monumento levantado en la antigüedad fuera de Europa fue erigido con ayuda alienígena. Así, el famoso Erich von Däniken mantiene que los moáis se esculpieron con avanzada maquinaria extraterrestre.

Una “gran tarea”

La toba volcánica no es, sin embargo, tan dura como la pintan. Los pascuenses la trabajaron con picos de piedra, encontrados a miles en la cantera del Rano Raraku. Heyerdahl, quien vio a lugareños tallar así parte de una estatua, calculó que una docena de trabajadores podía completar una figura en un año. La fragilidad de los moáis es tal que hoy muchos están agrietados, expuestos. La empresa fundada por el alemán Stefan Maar va a desarrollar un barniz que impida que la humedad penetre en sus entrañas y los parta. “Algo hay que hacer”, ha declarado Maar, quien se enfrenta a una “gran tarea” que pondrá en práctica en 2005.

De los 887 moáis que han sobrevivido hasta nuestros días, menos de un tercio se encuentra en su emplazamiento definitivo: sobre un altar, ahu, o clavado en tierra. El tamaño medio de las estatuas -que comprenden tronco y cabeza- es de 4 metros y el peso, de 13 toneladas. El método de transporte y erección se conoce desde hace siglos y se ha probado sobre el terreno varias veces. Los pascuenses trasladaron las estatuas en trineos de madera, de los que tiraban con cuerdas, y las levantaron mediante un sistema de palancas, piedras y sogas.

Durante la estancia de Heyerdahl en la isla en los años 50, doce hombres izaron con esos útiles un moái de 30 toneladas en dieciocho días. Hoy, no hay árboles en Pascua. Pero existían cuando fue descubierta por el holandés Jacob Roggeveen en 1722 y los científicos saben, gracias a análisis de polen, que hubo grandes bosques en épocas anteriores. Los moáis, como las pirámides de Egipto y las pistas de Nazca, son una muestra del ingenio humano.

Las estatuas de la isla de Pascua se trasladaron hasta sus altares volando

El segundo episodio de Planeta encantado, la serie de Juan José Benítez que emite Televisión Española (TVE), incluye una de las escenas más ridículas vistas en un documental: los moais -así se llaman las estatuas de la isla de Pascua– levantan vuelo cual supermanes sin capa para colocarse en sus ahus, como se denominan los altares sobre los que reposan. Quien quiera disfrutar del momento tendrá que esperar hasta el final de La isla del fin del mundo, documental en el que nada tiene que ver el aburrido y mentiroso discurso de Benítez con lo que contó Thor Heyerdahl en Aku-Aku (1957), libro cuya excelente traducción fue obra del ufólogo Antonio Ribera y que tiene una preciosa descripción del lugar en su primera página: “La isla de Pascua es el sitio habitado más solitario del mundo. La tierra firme más próxima que pueden ver sus habitantes está en el firmamento y consiste en la Luna y los planetas”.

Benítez no va a la remota isla del Pacífico a la caza de vestigios de extraterrestres en la Antigüedad. “Los moais encierran aún algunos misterios, pero en mi opinión nada tienen que ver con seres extraterrestres”, sentencia en un arrebato de sensatez. Que nadie se asuste; es sólo un espejismo. El novelista es uno de esos expertos que rechazan un disparate para decir inmediatamente después otro más gordo, como el ufólogo sevillano Ignacio Darnaude Rojas-Marcos, quien no habla de los ovnis como simples naves extraterrestres, sino que mantiene que la mayoría surge “en nuestro provinciano entorno espacio-temporal desde intangibles niveles de vibración alternativos”. Vamos, que los marcianos verdes son nuestros vecinos de universos paralelos.

El gran problema -“el verdadero e irritable enigma” de Pascua, en opinión de Benítez- es cómo se transportaron los moais desde la cantera del volcán Rano Raraku hasta sus emplazamientos definitivos. Las “peregrinas soluciones” de Heyerdahl y otros no convencen al periodista, para quien la teoría del arrastre sobre troncos choca con dos grandes inconvenientes: la necesidad de “cientos o miles de hombres” y la inexistencia en la isla de madera idónea para llevar a cabo la tarea. Sin embargo, como recuerda el arqueólogo Kenneth L. Feder en su libro Fraudes, mitos y misterios (1990), cuando Heyerdahl se puso manos a la obra, “seis hombres sacaron de una cantera una estatua de cinco metros de largo en sólo cinco días. Un grupo conformado por varios isleños erigió un antiguo moai en un periodo muy corto, utilizando cuerdas y palancas. Las estatuas fueron movidas a lo largo de los viejos caminos utilizando trineos de madera y sogas”. Respecto al origen de la madera, se sabe que el toromiro era muy abundante en la isla en la época en la que se levantaron las estatuas, cuando en Pascua crecían también otras especies vegetales ahora inexistentes.

El novelista recurre a mentiras para vender su ficción: que los moais flotaron desde la cantera hasta los ahus gracias al maná, el poder sobrenatural del rey y los sacerdotes. Benítez afirma que ésa es la explicación que le han dado los ancianos pascuenses y se lamenta de que no cuente para los científicos. Lógico, no cuenta porque la ciencia tiene desde hace décadas una explicación que no precisa ni de poderes misteriosos ni de extraterrestres, ni de nada por el estilo. Es lo mismo que sucede cuando alguien sostiene que Dios creó el mundo en siete días, que modeló al hombre en barro y a la mujer a partir de una costilla de aquél, que hubo un Paraíso terrenal, que todos los seres vivos se salvaron de un Diluvio universal a bordo de un arca y otras historias que sólo se diferencian de la del maná de los reyes y sacerdotes pascuenses en que son nuestros mitos. Poner a los moais a volar sobre Pascua es tan ridículo como explicar el origen del hombre recurriendo a un anciano de barba blanca que trabaja la arcilla.