Isla de Pascua

¿Sobrevivirá ET al cambio climático?

Paisaje alienígena con reminiscencias pascuenses. Ilustración: Michael Osadciw / Universidad de Rochester.

Si existe ET, puede que también esté enfrentándose en su mundo al cambio climático, porque cualquier civilización llegará a un punto en el que consuma a tal ritmo los recursos de su planeta que ponga en peligro su supervivencia. Es lo que afirman el astrofísico Adam Frank, de la Universidad de Rochester, y sus colaboradores en el último número de la revista Astrobiology, donde elevan el principal reto de la Humanidad al rango de desafío para todas las civilizaciones inteligentes.

“La astrobiología es el estudio de la vida y sus posibilidades en el contexto planetario” y “eso incluye la exocivilizaciones o lo que habitualmente llamamos extraterrestres”, explica Frank. Él y sus colegas parten de la premisa de que no es la primera vez en la historia cósmica que un planeta vive la transición a lo que en la Tierra hemos bautizado como antropoceno, la era en la que el impacto de una civilización tecnológica afecta a los ecosistemas a escala global.

“Las leyes de la física exigen que cualquier población joven que construya una civilización con un consumo intensivo de energía como la nuestra tenga efectos sobre su planeta. Ver el cambio climático en este contexto cósmico puede darnos una mejor idea de lo que nos está sucediendo y cómo enfrentarnos a ello”, dice el astrofísico. Una idea generalizada es que es posible el desarrollo sostenible. ¿Cómo lo sabemos?, ¿hay en el Universo planetas con civilizaciones sostenibles o toda civilización dura unos siglos hasta que provoca un cambio climático que acaba con ella?, se preguntan los autores.

Frank y sus colaboradores han desarrollado un modelo matemático simple para ver si es posible que un planeta y su civilización evolucionen conjuntamente de un modo armónico. Para hacerlo se han basado en parte en el caso de la isla de Pascua, donde los primeros humanos desembarcaron hacia 1200, llegaron a ser casi 10.000 y desarrollaron una gran cultura cuyo signo más evidente son los moáis. Sin embargo, cuando en 1722 llegó a la isla, el almirante holandés Jacob Roggeween se encontró con un paisaje desolado y una población hambrienta que ni siquiera tenía madera para calentarse. Los pascuenses habían agotado todos los recursos de su pequeña isla y colapsado.

El resultado de la simulación matemática han sido cuatro posibles escenarios: extinción, en el que la población y un parámetro como la temperatura crece muy rápidamenet, y solo sobrevive el 30% de la población; sostenibilidad, en el que población y temperatura crecen, pero se llega al equilibrio al pasar de usar recursos de alto impacto, como el petróleo, a otros de bajo impacto, como la energía solar; colapso sin cambio de recursos, en el que la población colapsa y puede que hasta la especie desaparezca; y colapso con cambio de recursos, en el que, aunque se da la transición a las energías verdes, la respuesta llega tarde y la población colapsa.

“El último escenario es el más aterrador. Incluso si haces lo correcto, si esperas demasiado, tu población podría colpasar”, advierte Frank. El modelo es muy simple y el estudio, el primero de muchos; pero el aviso es claro: si provocas un cambio climático y no reaccionas a tiempo, el planeta cambiará por su cuenta y puede que desaparezcas. Quizá por eso no hemos dado con ET. “Estos modelos demuestran que no podemos solo pensar en una población evolucionando sola. Tenemos que pensar en planetas y civilizaciones coevolucionando”, concluye Frank.

Así les pusieron los sombreros a los moáis

Un moái con su 'pukao', en el 'ahu' Tongaraki. Foto: Sean Hixon. ¿Cómo le pondría un sombrero de 13 toneladas a una estatua de 9 metros de altura? Con una grúa, claro. ¿Pero cómo lo hicieron los habitantes de la isla de Pascua hace siglos? Es un enigma que ha intrigado durante décadas a los arqueólogos, nada amigos, lógicamente, de las extravagancias de Erich von Däniken y compañía con platillos volantes y magia de por medio. Ahora, Sean Hixon, antropólogo de la Universidad Estatal de Pensilvania, y sus colaboradores proponen en el Journal of Archaeological Science un sistema sencillo que demuestra, una vez más, el ingenio de los rapanuis.

La isla de Pascua o Rapa Nui es un pequeño triángulo de tierra de 163 kilómetros cuadrados en mitad del Pacífico Sur, a 3.700 kilómetros al oeste de Chile y a 1.900 al este del archipiélago de las Pitcairn. Fue colonizada hacia el año 1200 por polinesios que tallaron en piedra volcánica las más de 900 estatuas o moáis por las que la isla es famosa. Aunque su altura media ronda los 4 metros, la más grande en pie -Paro, en el ahu o plataforma Te Pito Kura- mide 9,8 metros y pesa 74 toneladas. Y más de 50 están tocadas con un sombrero o pukao de escoria roja que puede pesar hasta 13 toneladas.

Durante décadas se creyó que los rapanuis habían trasladado los moáis desde la cantera del volcán Rano Raraku de la que procede la roca hasta sus emplazamientos definitivos en trineos de madera. Sin embargo, en 2012 los antropólogos Carl Lipo y Terry Hunt, de las universidades de Binghamton y Arizona, demostraron que los pudieron llevar como nosotros movemos en casa la nevera, basculando, empujando y avanzando poco a poco. Sólo hacían falta cuerdas y fuerza humana para que las estatuas caminaran, como dice la mitología pascuense para explicar la maniobra. “Se movieron de una manera elegante y notablemente efectiva que usababa procesos simples basados en la física”, dice Lipo, quien, como Hunt, ha participado en el nuevo estudio.

La técnica de 'parbuckling'. Gráfico: Sean Hixon.Los pukao proceden de una cantera del volcán Puna Pau, tienen forma cilíndrica y unos 2 metros de diámetro. Aunque algunos investigadores han defendido que figura y sombrero se ponían en pie unidos, los restos de estatuas abandonadas apuntan a que no fue así. “La mejor explicación para el transporte del pukao desde la cantera es llevarlo rodando hasta la ubicación del moái. Una vez ahí, el pukao asciende rodando por una larga rampa hasta la parte superior de la estatua en pie utilizando la técnica del parbuckling”, afirma Lipo.

El parbuckling se usa para enderezar barcos volcados, como el Costa Concordia. En el caso de Pascua, consistiría en fijar el centro de una larga cuerda en lo alto de la rampa de piedra y tierra, pasar los dos extremos por debajo del cilindro y poner a tirar a los trabajadores de ellos. Así, con solo quince personas podría subirse el pukao más grande hasta lo alto del moái. Luego bastaría con acabar de tallar el sombrero, fijarlo a la estatua y desmontar la rampa.

El ADN resuelve el enigma de los rapanuis

Moáis en una de las laderas de la isla de Pascua. Foto: Terry Hunt.

A 3.700 kilómetros al oeste de Chile y a 1.900 al este del archipiélago de las Pitcairn, la isla de Pascua es uno de los lugares más aislados del mundo. Un triángulo volcánico de solo 163 kilómetros cuadrados -Barcelona tiene una superficie de 102- en el que se levantan 887 grandes estatuas –los moáis– que son desde hace décadas objeto de especulaciones disparatadas por parte de quienes ven extraterrestres por todos lados. Pero en esa pequeña isla del Pacífico sur ha habido auténticos enigmas. Uno es si los pascuenses o rapanuis -Rapa Nui era como llamaban a la isla- tuvieron algún tipo de contacto con los nativos sudamericanos antes de la llegada de los europeos. Un estudio genético cuyos resultados se publican en la revista Current Biology contradice lo que se creía y descarta el intercambio genético entre ambas poblaciones antes de 1722. Si hubo contactos anteriores entre Sudamérica y Pascua, no dejaron rastro en el ADN de los rapanuis.

Los primeros pobladores de Pascua llegaron desde Polinesia hacia 1200. Hasta ahora, algunos investigadores pensaban que sudamericanos y pascuenses podían haber contactado y haberse mezclado antes del desembarco en la isla del holandés Jacob Roggeween, a pesar de la barrera natural que supondría el Pacífico. En 1947, el explorador noruego Thor Heyerdahl demostró con la Kon-Tiki, una balsa de madera construida al modo de los indígenas sudamericanos, que algo así era posible. La Kon-Tiki cubrió en 101 días con seis tripulantes los 7.000 kilómetros que separan Callao (Perú) del atolón Raroia, en el archipiélago de las Tuamotu. Los nativos precolombinos podían haber hecho lo mismo, y así se explicarían algunas similitudes entre las arquitecturas y esculturas pascuense y peruana. Una consecuencia evidente era el posible intercambio genético entre ambas poblaciones.

Lars Fehren-Schmitz, de la Universidad de California, se propuso averiguar si en los rapanuis primitivos había genes sudamericanos. Para hacerlo, él y sus colaboradores analizaron los restos de cinco pascuenses que vivieron antes de 1722 (3) y después (2), y que forman parte de la colección del Museo Kon-Tiki de Oslo. “No hemos encontrado rastro de flujo genético entre los habitantes de la isla de Pascua y Sudamérica. Nos ha sorprendido mucho no encontrar nada. Hay muchas pistas que apuntaban que parecía plausible, por lo que estábamos convencidos de que encontraríamos pruebas directas de un contacto preeuropeo con Sudamérica, pero no existen”, admite el científico, que no descarta que pudiera haber algún intercambio cultural que no dejara huella en el ADN.

“Nuestros datos sugieren que la aportación genética de los nativos americanos en los pascuenses contemporáneos no existía en la isla antes del contacto con los europeos y se debería a hechos históricos más recientes”. ¿Cuáles? ¿De qué parte de América proceden los genes de ese continente de los habitantes actuales de Pascua? Esas preguntas no tienen respuesta, de momento. Pero la esclavitud, las deportaciones en masa, el contacto con los balleneros u otros hechos ocurridos después de 1722 estarían en el origen de la americanidad de los rapanuis contemporáneos.

 

Una sociedad colapsada por un desastre ecológico

Cuando el almirante holandés Jacob Roggeween descubrió la isla el 5 de abril de 1722, día de la Pascua de Resurrección, se encontró con que estaba arrasada desde el punto de vista medioambiental y habitada por entre 1.500 y 3.000 hambrientos que no tenían ni madera para calentarse. Eran los supervivientes de la sociedad de los constructores de moáis. Todo había pasado muy rápido. Los primeros humanos llegaron a Pascua desde la Polinesia hacia 1200 e inmediatamente se pusieron a tallar las enormes esculturas de piedra volcánica que salpican la isla, de un tamaño medio de 4,5 metros, aunque algunas superan los 10. Los rapanuis, que pudieron ser hasta 17.500 hacia 1500, acabaron rápidamente con todos los árboles y palmeras -para calentarse, transportar las estatuas y fabricar barcas- sobreexplotaron los suelos agrícolas, causaron la extinción de numerosas aves… y su sociedad colapsó a consecuencia del desastre ecológico.

Los gigantes de Pascua

Es un pequeño triángulo de tierra en medio de una inmensidad azul. La isla de Pascua está considerada uno de los lugares más remotos de nuestro planeta: se encuentra en mitad del Pacífico, a 3.700 kilómetros -cinco horas en avión- al oeste de Chile y a 1.900 al este del archipiélago de las Pitcairn. A pesar de ese aislamiento y de sus reducidas dimensiones -tiene 163 kilómetros cuadrados, una cuarta parte que la ciudad de Madrid-, es famosa en todo el mundo gracias a los moáis, las casi 900 estatuas que la salpican desde el volcán en cuya ladera fueron talladas hasta los altares costeros desde los cuales miran al mar.

De origen volcánico, la isla debe su nombre a que fue descubierta por el holandés Jakob Roggeveen el 5 de abril de 1722, domingo de Pascua de Resurreción. Los tres barcos de la expedición habían partido de Chile y tardado diecisiete días en llegar a Pascua, donde se encontraron con un grupo humano de la Edad de Piedra. ¿Cómo habían llegado hasta allí con unas simples canoas? Y lo más llamativo: ¿cómo habían levantado las estatuas? “En un principio las imágenes de piedra nos llenaron de asombro porque no podíamos comprender cómo estas gentes, que carecían de madera fuerte y pesada para construir cualquier tipo de maquinaria, así como de sogas resistentes, habían conseguido, no obstante, erigir unas imágenes semejantes, que al menos tenían 10 metros de alto y eran proporcionalmente gruesas”, escribió el navegante en su diario.

Por arte de magia

Monumental. Cinco de los siete moáis del Ahu Akivi, construido en la isla de Pascua entre 1440 y 1600. Foto: Terry L. Hunt.El tamaño medio de los moáis es de 4 metros y el peso, de 13 toneladas, aunque hay figuras de hasta 82 toneladas. “De ninguna manera se puede admitir que tan enormes trozos de lava hayan sido despejados con primitivas y diminutas hachas de piedra”, plantea Erich von Däniken en su libro El mensaje de los dioses (1973). Para el autor suizo, “cosmonautas de otro mundo visitaron a los nativos y les suministraron herramientas perfeccionadas, que podían manejar los sacerdotes o hechiceros”. Cuando los visitantes se marcharon, explica Von Däniken, sus herramientas acabaron estropeándose y de ahí las figuras a medio esculpir que invaden la ladera del volcán Rano Raraku, la cantera de donde salieron los moáis.

Juan José Benítez sostiene, por su parte, que las estatuas son una obra humana hecha con útiles de piedra, como dicen los arqueólogos; pero añade que hay un enigma: cómo se transportaron hasta sus ubicaciones definitivas. “El gran fallo de cuantos han intentado explicar el traslado de los moáis de forma convencional aparece al echar mano de la madera”, argumenta el ufólogo, para quien dar por hecho que ésta fue alguna vez “un bien abundante en la isla” es un “grave error”. Y añade que el único árbol existente en Pascua, el toromiro, no podía ayudar en una tarea para la cual se necesitarían “cientos o miles de hombres”. “Era el poder más excepcional del rey, o de los sacerdotes, el que levantaba las estatuas en la cantera, desplazándolas por el aire”, asegura.

Tras una visita a Pascua en 1877, el etnólogo francés Alphonse Pinart describió todo el proceso de talla y traslado de los moáis en el Bulletin de la Société de Géographie de París, sin recurrir ni a los extraterrestres ni a superpoderes. Seis años después, el geógrafo Ricardo Beltrán y Rózpide se hacía eco del hallazgo de Pinart en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid: “Escogían siempre una roca en plano inclinado; en la misma roca tallaban la escultura, perforaban después la piedra por debajo de la estatua con tantos agujeros como fueran necesarios para separarla de la roca, y la hacían resbalar sobre la pendiente hasta el lugar en que debía erigirse, donde habían ahondado lo suficiente para enterrar la parte inferior de la estatua, quedando sólo el busto al exterior”.

Madera y cuerdas

Los hallazgos de esquirlas de piedra y útiles de obsidiana junto a las figuras a medio tallar del Rano Raraku confirman la hipótesis de Pinart. Porque los moáis no son tan duros como los pinta Von Däniken. No sólo es que la toba volcánica se puede trabajar con piedra, sino que, además, es extraordinariamente frágil. Tanto que en marzo pasado un turista finlandés arrancó una oreja a una de las estatuas ¡sólo con sus manos! ¿Y el transporte? Es cierto que hoy en día no hay madera en Pascua; pero sí la hubo en el pasado y, en contra de lo que mantiene Benítez, era apta para construir trineos sobre los que llevar las figuras a kilómetros de distancia.

El explorador noruego Thor Heyerdahl visitó Pascua en 1955 y puso a prueba las ideas de Pinart. Con una docena de hombres, levantó un moái de 25 toneladas en la playa de Anakena en dieciocho días. Utilizó para ello cuerdas, palancas y piedras, lo mismo que tuvieron a su alcance los antiguos pascuenses. Levantaban un poco la figura con las palancas y metían piedras bajo ella para sostenerla en esa posición; volvían a levantarla otro poco con las palancas y metían más piedras; y así sucesivamente hasta que alcanzaba la vertical. Heyerdahl calculó que una docena de indígenas podría tallar con sus herramientas de piedra una estatua mediana en un año. Luego, se transportaba hasta su emplazamiento sobre trineos de madera de los que decenas de hombres tiraban con cuerdas.

Porque en Pascua había madera en abundancia cuando llegaron a la isla los primeros humanos hacia 1200, según la datación de muestras del yacimiento más antiguo de la isla. Los análisis de pólenes han revelado que en aquella época crecían en la isla árboles de hasta 30 metros de altura; aunque duraron poco. Los recién llegados empezaron a esculpir estatuas y a talar masivamente árboles y palmeras para calentarse, construir canoas y transportar las figuras. La febril actividad les llevó a diezmar los recursos naturales de la pequeña isla y al declive cultural. Cuando desembarcó Roggeveen en 1722 sólo las gigantescas esculturas quedaban como prueba de la extraordinaria cultura de los talladores de moáis.


El libro

Colapso (2005): El geógrafo Jared Diamond, autor del magistral Armas, gérmenes y acero (1997), explora la historia de sociedades desaparecidas, como la maya, la vikinga de Groenlandia y la pascuense.

Sodoma y Gomorra, Stonehenge y Pascua, en Punto Radio Bilbao

Almudena Cacho y yo hablamos el 2 de abril en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, de la destrucción de Sodoma y Gomorra, las excavaciones de Stonehenge y el vandalismo en Pascua, en la vigesimocuarta entrega de la temporada 2007-2008 del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al escepticismo.