Hipersensibilidad electromagnética

La ‘hipersensibilidad electromagnética’ es tan real como la licantropía y las posesiones demoniacas

El Juzgado de lo Social número 24 de Madrid ha concedido la incapacidad permanente y absoluta a una mujer de 42 años, Minerva Palomar, por sufrir el síndrome de fatiga crónica y de hipersensibilidad electromagnética y ambiental. Y los periodistas nos hemos lanzado a decir cosas como que la hipersensibilidad electromagnética afecta a uno de cada mil españoles y que es “una patología aún no reconocida plenamente y cuyos enfermos suelen sufrir, además, la incomprensión o escepticismo de muchos médicos que desconocen su existencia”. No sé de qué estudios sale esa tasa de incidencia, que implica que casi 50.000 personas sufre el mal en España, pero sí sé que la enfermedad es tan real como la licantropía y las posesiones demoniacas, por citar sólo dos ejemplos.

La hipersensibilidad electromagnética es un supuesto mal que hace que algunas personas padezcan una gran variedad de síntomas debidos, según ellas, a la exposición a las ondas de telefonía y de instalaciones inalámbricas, las líneas de alta tensión… La primera vez que oí hablar de ella fue en mayo de 2007, a raíz de un reportaje de la BBC –Wi-Fi: a warning signal (Wi-Fi: una señal de alarma)- que alimentaba la histeria antiantenas y en el cual se defendía su existencia y que la causaban las emisiones de radiofrecuencia artificiales que nos rodean. Desde entonces, las cosas no han cambiado. Un reducidísimo grupo de médicos y los habituales vendedores de productos milagro repiten machaconamente, en cuanto tienen oportunidad, que estamos ante una epidemia silenciosa y que las ondas electromagnéticas de los móviles, el microondas y la tele provocan a mucha gente insomnio, vómitos, eczemas, mareos y un largo etcétera de síntomas incapacitantes. Los estudios científicos niegan sistemáticamente que eso sea así.

Un metaanálisis titulado “Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies” (Hipersensibilidad electromagnética: una revisión sistemática de los estudios de provocación), realizado por James Rubin, Jayati Das-Munshi y Simon Wessely, investigadores del Instituto de Psiquiatría de la Universidad del Rey, de Londres, y publicado en 2005 en Psychosomatic Medicine, revista de la Sociedad Americana de Medicina Psicosomática, examinó 31 estudios hechos a 725 afectados de hipersensibilidad electromagnética y descubrió que 24 de los estudios no dieron con ninguna prueba de la existencia de la patología y que, de los 7 aparentemente favorables a su existencia, los resultados de 3 se debían a errores estadísticos, los de otros 2 eran mutuamente incompatibles y los de 2 no habían podido ser replicados por sus autores, algo básico en ciencia. Así que los autores concluyeron que esa presunta enfermedad “no está relacionada con la presencia de campos electromagnéticos”, aunque quienes dicen padecerla sufran efectos muy reales cuyas causas tendrían un origen psicosomático. En los últimos seis años, nada ha cambiado.

Hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS), la misma cuyos expertos clasificaron en mayo los móviles como posiblemente cancerígenos sin dar ninguna prueba, mantiene, en un documento de junio pasado, que la hipersensibilidad electromagnética no tiene su origen en las ondas de radiocomunicación:

“En varios estudios se han investigado los efectos de los campos de radiofrecuencia en la actividad eléctrica cerebral, la función cognitiva, el sueño, el ritmo cardíaco y la presión arterial en voluntarios. Hasta la fecha, esos estudios parecen indicar que no hay pruebas fehacientes de que la exposición a campos de radiofrecuencia de nivel inferior a los que provocan el calentamiento de los tejidos tenga efectos perjudiciales para la salud. Además, tampoco se ha conseguido probar que exista una relación causal entre la exposición a campos electromagnéticos y ciertos síntomas notificados por los propios pacientes, fenómeno conocido como hipersensibilidad electromagnética.”

Numerosos son los casos en los que electrosensibles, como también se denominan estas personas, se sienten a morir ante una antena de telefonía instalada en un edificio que en realidad no está conectada a la red, pero ellos creen que sí. Como escribía hace cuatro años Pepe Cervera, “las enfermedades se pueden inventar, y una vez inventadas siempre hay quien acaba por sugestionarse hasta enfermar y quien se beneficia de curarlas”. La hipersensibilidad electromagnética existe únicamente en la medida en que hay gente que cree que la sufre, como pasa con las posesiones demoniacas, y se aprovechan de ella pseudocientíficos y vendedores de inútiles protectores frente a las ondas que hacen su agosto gracias, también, al periodismo irresponsable y alarmista que, ante una afirmación extraordinaria, cae rendido en brazos del charlatán de turno que le da titulares increíbles y nunca consulta con científicos de verdad porque la historia se puede ir abajo. Y, si no, que se lo pregunten a los responsables de los informativos de La Sexta que hoy han convertido en espectáculo a Minerva Palomar, una pobre mujer que vive en un infierno creado por su creencia en algo que no existe, como Satanás.

Por qué no tengo miedo a que el móvil me provoque un cáncer, aunque la OMS diga que existe el riesgo

Un hombre habla por teléfono durante el Congreso Mundial de Móviles, celebrado en Barcelona en febrero de 2008. Foto: AFP.

Resulta comprensible que a mucha gente le preocupe que el uso del teléfono móvil pueda causarle un cáncer después de la nota de prensa emitida ayer por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), un organismo dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero a mí no me preocupa. Creo que los científicos que han suscrito ese documento lo han hecho al margen de las pruebas, aunque tampoco me preocuparía si tuvieran razón en lo que afirman. Antes de poner el grito en el cielo y decir que estoy pagado por las compañías telefónicas -entre los ingresos de éstas, la CIA y los fabricantes de transgénicos, no sé que hago que no me he jubilado todavía-, dejen que explique por qué titulares periodísticos como “Usar el móvil podría ser mortal”, “Los teléfonos móviles pueden provocar cáncer” y “La OMS reconoce una posible relación entre los móviles y algunos tipos de cáncer” me parecen un disparate.

Cuando a media tarde de ayer la IARC colgó de Internet su nota de prensa -titulada “La IARC clasifica los campos electromagnéticos generados por radiofrecuencias como posiblemente cancerígenos para humanos”-, lo primero que hice fue imprimir el documento y leerlo. Fuimos muchos los que lo hicimos en cuanto la noticia saltó en Twitter y también muchos los que, tras leer las dos páginas de la nota y las otras dos sobre terminología, concluimos que da la impresión de que los expertos de la OMS se han columpiado. En síntesis, lo que dicen los 31 científicos de 14 países reunidos en Lyon desde el 24 de mayo hasta ayer es que el uso del móvil “podría suponer algún riesgo” de contraer glioma (tumor maligno cerebral) y neuroma acústico (tumor benigno del oído), y que las pruebas son “lo suficientemente sólidas” como para incluir el uso de teléfonos celulares en el grupo 2B de la clasificación de carcinógenos de la OMS. Ahora, después de poner un titular del estilo de “El móvil puede matarte”, leamos la letra pequeña. El texto dice en el párrafo de resultados:

“Las pruebas fueron revisadas críticamente y en general evaluadas como limitadas entre los usuarios de teléfonos celulares para el glioma y el neuroma acústico, e inadecuadas para llegar a conclusiones para otros tipos de cánceres. La pruebas de las exposiciones ocupacionales y ambientales antes mencionadas se consideraron igualmente inadecuadas. El Grupo de Trabajo no cuantificó el riesgo; sin embargo, un estudio del uso pasado de teléfono celular (hasta el año 2004), mostró un 40% más de riesgo para los gliomas entre los grandes usuarios de la categoría más alta (promedio reportado: 30 minutos diarios durante un período de 10 años).”

Las cursivas no son mías, sino del documento original. A pie de página, se explican dos términos clave (las negritas tampoco son mías):

Pruebas limitadas de carcinogenicidad: se ha observado una asociación positiva entre la exposición al agente y el cáncer, para la cual el Grupo de Trabajo considera creíble una interpretación causal, aunque no puede descartar con seguridad razonable el azar, el sesgo o la confusión.

Pruebas inadecuadas de carcinogenicidad: los estudios disponibles son de insuficiente calidad, consistencia o potencia estadística como para permitir llegar a una conclusión respecto a la presencia o ausencia de una asociación causal entre la exposición y el cáncer, o no hay datos disponibles sobre el cáncer en los seres humanos.”

A pesar de lo anterior, donde se dice que no hay pruebas concluyentes de causa-efecto y que los trabajos son de insuficiente calidad científica, Jonathan Samet, de la Universidad del Sur de California y presidente del Grupo de Trabajo, concluye que “la evidencia, que se sigue acumulando, es lo suficientemente sólida como para llegar a una conclusión y la clasificación 2B. Esta conclusión significa que podría haber algún riesgo y, por lo tanto, tenemos que vigilar de cerca el vínculo entre los teléfonos móviles y el riesgo de cáncer”. El director de la IARC, Christopher Wild, añade en la nota de prensa que, “dadas las consecuencias potenciales para la salud pública”, hay que seguir haciendo estudios y, entre tanto, tomar medidas para reducir la exposición a las ondas usando los dispositivos de manos libres y los mensajes de texto, por ejemplo. Además, se indica que los expertos habían examinado cientos de artículos, incluidos cuatro pendientes de publicación en revistas científicas que, al parecer, vinculan los móviles con el cáncer, y que el informe completo de la IARC verá la luz en el número de julio de The Lancet Oncology.

Pruebas cuestionables

Visto esto, ¿qué se puede decir? Que la calidad de las pruebas aportadas por los autores del informe de la OMS es más que cuestionable, tal como ellos mismos admiten, y que, por consiguiente, llegar a la conclusión que llegan se antoja precipitado, cuando no anticientífico. Todos las pruebas acumuladas hasta ahora en la literatura científica apuntan en el sentido contrario al de la nota de prensa de la IARC y resultan consistentes con la física y la biología. Otro punto clave del informe es que no explica cuál sería el mecanismo biológico por el cual el uso del móvil provocaría cáncer ni por qué, a pesar de que llevamos varias décadas expuestos a sus radiaciones, no ha habido un boom de tumores cerebrales en Occidente. Mi irreverente pregunta -la hice ayer en Twitter- es: ¿cuál es es el mecanismo -no mágico, claro- por el cual las emisiones de los móviles pueden provocar cáncer? Y digo no mágico porque, según lo que sabemos de física y biología, no hay mecanismo conocido por el que las ondas de telefonía -bastante menos energéticas que la luz visible- puedan causar mutaciones en el ADN.

Por todo esto, no me preocupa la inclusión de los móviles en el grupo de carcinogenicidad 2B de la OMS y a usted tampoco debería de preocuparle, aunque crea que lo anterior lo he escrito en un rapto de locura o sirviendo a intereses bastardos. En ese mismo grupo 2B, están el café y el humo de los tubos de escape de los automóviles, elementos con los que convivimos desde hace bastante más tiempo que con los móviles. Además, la conclusión del estudio Interphone, realizado por la OMS y en el cual se controló durante 10 años a más de 10.000 personas -usuarios de móvil; no usuarios; supervivientes de un tumor cerebral que los utilizaban y que no-, es que “no existe ningún incremento de cáncer cerebral entre los usuarios de móvil”.

Tenía abocetadas estas líneas cuando me he llevado la alegría de ver que algunos colegas ya han plasmado ideas similares en los medios tradicionales y de cómo, en vez de caer rendidos ante el informe de los expertos reunidos en Lyon, según la agencia Efe, el secretario general de Sanidad, José Martínez, advertía hoy de que el estudio no determina que haya una “relación clara” de que el uso de móviles pueda causar cáncer; la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) calificaba el trabajo de “revisión de estudios anteriores, sin la robustez científica deseable”; el presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), Emilio Alba, indicaba que no está demostrada “una relación causal clara” en el cáncer y el uso del móvil; y el presidente de la Fundación Instituto Valenciano de Oncología (IVO), Antonio Llombart, destacaba que en los últimos años en España no se ha detectado un aumento de los tumores en el sistema nervioso central.

De todos modos, tengan cuidado con el móvil: no hablen con él mientras conducen; eso sí puede ser peligroso. Y, cuando se tomen un café, recuerden que, si es cierto lo que afirman los expertos de la IARC -que lo dudo-, están exponiéndose a algo tan cancerígeno como las radiaciones de un móvil.

¿Dónde están las pruebas de que las ondas nos enferman? Notas a un reportaje de ‘XL Semanal’

XL Semanal, la revista dominical que se distribuye con El Correo y otros diarios, dedica este fin de semana un amplio reportaje a los efectos de las radiaciones de teléfonos móviles y electrodomésticos sobre la salud. Son cinco páginas cuya lectura puede llevar a la equivocada idea de que la respuesta a la pregunta planteada en el título, “¿Nos están enfermando las ondas?”, es un o, en el caso más prudente, un quizás. No es así, no hay ninguna prueba que apoye esa idea, ni de que haya que tomar unas medidas preventivas como las que se recomiendan en el reportaje, algunas de ellas de risa como no podía ser menos en material procedente de la Fundación para la Salud Geoambiental (FSG), montada para fomentar el pánico electromagnético y favorecer la venta de productos supuestamente protectores de las radiaciones de los electrodomésticos.

El autor, Francisco Javier Alonso, indica al principio que, “hasta la fecha, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), no se han confirmado efectos adversos (de las ondas no ionizantes) para la salud, pero tampoco se han descartado por completo”. Es verdad tanto lo primero como lo segundo. Después de décadas de estudios, no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer. Pero también, después de décadas de estudios, lo que no hará ningún científico será descartar nada “por completo” porque la ciencia no lo sabe todo, aunque sabe cada vez más. Los científicos sí pueden, y lo hacen, pronunciarse sobre este presunto peligro basándose en los conocimientos actuales de las disciplinas implicadas, en lo que sabemos de los campos electromagnéticos y la biología.

“El riesgo de las antenas para la salud es cero o lo más parecido a cero. Son tan peligrosas como escuchar la radio. No hay ningún estudio publicado en una revista científica en el que se haya demostrado algún efecto nocivo. Si lo hubiera, sería de premio Nobel. Significaría que toda la física del siglo XX está confundida y, entonces, ¿cómo se explica que el hombre haya llegado a la Luna y los aviones sigan volando y no se caigan?”, me suele decir cuando hablamos del asunto Féix Goñi, director de la Unidad de Biofísica de la Universidad el País Vasco (UPV) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). “¿Dónde están, después de tres generaciones de móviles, todos los casos de cáncer de los que hablan quienes se oponen a ellas? Las ondas de telefonía no causan enfermedades, más allá de las psicosomáticas. Esto no es cuestión de fe ni de opinión. Es así y punto. Igual que dos más dos suman cuatro”, sentenciaba hace tres años el físico Joseba Zubia, también de la UPV.

No vale hablar de legislaciones restrictivas -como la austriaca, que recomienda que los niños no usen móviles- porque todo el mundo sabe que los políticos en este tipo de asuntos legislan lo que creen que les va a beneficiar más en las urnas, no lo que recomienda el conocimiento científico. Basta con observar la política del Gobierno español respecto a los transgénicos y la energía nuclear, por citar sólo dos ejemplos en los que el Ejecutivo central ha ignorado sistemáticamente a los científicos y tecnólogos, pero ha escuchado atentamente a quienes arman más ruido.

Conspiración a gran escala

El reportaje del XL Semanal alimenta la idea de que, aunque por ahora no haya pruebas, puede que en un futuro sí. Es bastante más probable que no, claro; pero esta segunda posibilidad es menos llamativa desde un punto de vista periodístico y no da para hacer un par de cuadros alarmistas como los que acompañan al texto. En uno de ellos, se presentan como “síntomas que podrían tener algo que ver con las ondas” que uno tenga sueño inquieto, pesadillas, se sienta mejor o peor desde que ha cambiado de casa, duerma mejor de vacaciones, tenga dolores de cabeza frecuentes, sufra alguna patología que no mejora con los tratamientos, se le marchiten las plantas en alguna zona de la casa… Y, entre las “medidas para curarse en salud”, mi preferida es no tener los electrodomésticos “en la pared contigua a la cabecera de la cama. Aun estando apagados, emiten radiaciones que traspasan la pared”. Ya, y aunque tengas la cabeza al otro extremo del dormitorio, te llegarán las ondas. Tampoco está mal la bobada de no colocar en la mesilla aparatos eléctricos y evitar los muelles en los colchones. Eso sí, no dicen nada de las emisiones de radio y la televisión, que nos bañan desde hace décadas con ondas estemos donde estemos.

Por si todo lo anterior fuera poco, se fomenta también la idea de que los científicos están comprados, tomando como fuente a Miguel Jara, colaborador habitual de la revista Discovery DSalud, el Más Allá de la medicina, y creyente en la conspiración de los chemtrails, entre otras locuras. Jara sostiene, y XL Semanal se hace eco de ello, que hay un gran número de “científicos y médicos de gran nivel presionados por los lobbies de las tecnología inalámbricas y/o contaminantes acallados para que la ciudadanía no sepa de los posibles perjucios de sus servicios”. Otra vez, sólo se me ocurre una pregunta: ¿dónde están las pruebas?, ¿dónde están las pruebas de todo lo que se dice en el reportaje?, ¿dónde están las pruebas de que las radiaciones de los electrodomésticos provoquen pesadillas y que las plantas se marchiten?, ¿dónse están las pruebas de los efectos nocivos de las ondas de telefonía después de más de 25.000 artículos científicos?, ¿cuántas investigaciones más hay que hacer?, ¿cuándo vamos a poder decir basta?, ¿nunca?

El mal periodismo lleva a TVE a llenar de ondas de histeria los informativos y ‘España directo’

Víctor Vicuña, del Círculo Escéptico, me alertó la semana pasada de que la Defensora del Espectador de TVE, Elena Sánchez, iba a dedicar, parte de su espacio semanal, al trato dado en el Telediario de La Primera a los riesgos para la salud de las ondas electromagnéticas el 11 de diciembre. Hace dos meses, usando como principal fuente una fundación relacionada con un negocio de venta de supuestos protectores contra las emisiones de los electrodomésticos, los Servicios Informativos de la cadena pública contaron que las ondas electromagnéticas de teléfonos móviles, inalámbricos y routers causan fibromialgia y depresión. Una información sensacionalista y alarmista sin base científica alguna, que llevó a Víctor a escribir a la Defensora del Espectador. El sábado, Esteve Crespo, responsable de los telediarios del fin de semana, confirmó en su conversación con Elena Sánchez lo que ya sospechábamos algunos: el despropósito tuvo su origen en que en la redacción de los informativos de TVE no saben ni cómo funciona la ciencia ni lo que es la información científica. Crespo no lo dice así, claro; pero es lo que se deduce de sus palabras.

El editor de los informativos de fin de semana dice (transcripción literal): “Llegamos hasta esta información a través de un informe de la Fundación para la Salud Geoambiental (FSG) de Madrid, en el cual se incide sobre los aspectos de prevención para la salud provenientes de radiaciones electromagnéticas y los buenos usos que puede haber con los electrodomésticos o estos aparatos que los pueden generar. Nosotros lo contrastamos con diversas fuentes documentales, incluso con el Instituto Tecnológico de Lleida o la Agencia Europea del Medio Ambiente, que tiene informes que trabajan en esa misma línea de aumentar o de prevenir, en este caso, la seguridad por los campos electromagnéticos”.

Con la primera fuente se demuestra que la información carece de fundamento, porque, si los redactores de TVE no se hubieran deslumbrado por la palabra fundación, habrían descubierto que tras la FSG sólo hay un negocio de venta de servicios y productos basado en la extensión del pánico a las ondas electromagnéticas y que el presidente de la FSG es el zahorí -él dice geobiólogo por eso de venderse mejor- Fernando Pérez, vicepresidente de Geosanix, firma que vende alfombras, cortinas y mosquiteras para frenar las radiaciones malignas. Eso ya tenía que haber disparado todas las alarmas, pero no fue así y, en la tele pública, no sólo dieron por bueno el informe de FSG, sino que, además, pretenden ahora convencernos de que contrastaron la información. ¿En serio? Permítanme que lo dude. Lo que buscaron, como ha escrito Antonio Martínez Ron, no es alguien que separara el grano de la paja, sino alguien que confirmara lo que ellos querían contar. Es una vieja treta del mal periodismo, como advierte Martínez Ron, quien ha publicado su magnífica reflexión esta mañana cuando yo estaba empezando a escribir estas líneas.

Hace tiempo, ante una información sobre un asunto espinoso en el que la ciencia dice una cosa y mucha gente de la calle cree otra, un colega me pidió que le guiara, que le facilitara el contacto con científicos de primera línea que pudieran hablar del asunto con conocimiento de causa. Lo hice y el resultado final fue una pieza periodística en la que el dictamen de los científicos quedó reducido a la mínima expresión, aplastado entre testimonios de presuntos afectados y personajes como Pérez, y el lector concluía que la gente de la calle tiene razón y los científicos mienten porque participan en una conspiración global. ¿Por qué paso eso? Porque ése era el punto de partida de mi colega a la hora de abordar el asunto, no tenía ni idea de cómo funciona la ciencia y, además, no estaba dispuesto a que la realidad desmontase un entramado tan sensacional como falso. Así que minimizó el papel de los científicos y amplificó el de los alarmistas llamándoles investigadores, cuando no lo eran, y cosas por el estilo. Es lo mismo que hizo TVE con la pieza del Telediario. Algo que sabe hacer cualquier periodista.

El consenso científico

Crespo se confunde cuando dice que “no hay una coincidencia científica, hay una cierta controversia, respecto al efecto sobre la salud que pueden tener estas ondas”. ¿Sabe de qué habla?, ¿sabe cómo funciona la ciencia?, ¿sabe que no hay un solo estudio publicado en una revista con revisión por pares que apoye la idea de que la radiación de los móviles tiene efectos nocivos para la salud? Me temo que no y que cree que al consenso científico se llega del mismo modo que al político, mediante un toma y daca en una mesa de negociaciones. Pues no es así. Aunque todos los científicos del mundo consensuaran, en medio de una intoxicación etílica masiva, que la fuerza de la gravedad no existe, quien se tirara desde un lugar lo suficientemente alto seguiría matándose. El consenso científico se basa en las pruebas y, en el caso que nos ocupa, no hay ninguna prueba a favor del alarmista mensaje de la FSG y sus seguidores del que se hace eco TVE. Quienes afirman que las emisiones de los electrodomésticos son peligrosas para la salud tienen tantas pruebas de ello como quienes dicen que el VIH no causa del sida: ¿diría Crespo que hay una controversia sobre la causa del sida porque hay médicos, y hasta un premio Nobel, que niega que en el origen de la enfermedad está el VIH?

Dentro del ridículo más vergonzoso entra la afirmación del responsable de los telediarios del fin de semana de que en el reportaje “se intenta disuadir de cualquier elemento de alarma (respecto al peligro de las radiaciones de los electrodomésticos mientras dormimos) con el argumento de que simplemente apagando los aparatos o alejándolos se elimina este efecto”. Repito lo que escribí ya aquí hace dos meses: ¿es que cuando estamos despiertos esa malignas radiaciones no hacen nada?, ¿cree la autora del reportaje, y por extensión Crespo, que hay radiaciones malas si nos pillan dormidos, pero inocuas si nos bañan despiertos?, ¿puedo estar tranquilo si mañana me pilla una explosión nuclear despierto? Y la guinda ya es que recurrieran como experto al desacreditado José Luis Bardasano, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares (UAH), y lo justifiquen ahora diciendo que “es una de las personas que encontramos que se utilizaba o a la cual recurren diferentes medios para tratar esta información”. Podían haber preguntado a cualquier biofísico o físico de cualquier universidad española que habría dicho lo contrario que Bardasano, pero no lo hicieron por una razón muy simple, porque el profesor de la UAH, un habitual de las revistas pseudocientíficas, iba a apoyar su punto de vista. Como apunta Martínez Ron, Bardasano “les venía de perlas para culminar la tesis del reportaje”. “Por cierto -añade el autor de Fogonazos-, Bardasano es muy crítico con las radiaciones pero de cuando en cuando certifica alguna pulsera mágica y habla por ahí del tercer ojo“.

Está claro que, en lo que a la histeria electromagnética respecta, el de TVE parece un caso perdido. El mal llamado y peor hecho periodismo de denuncia de España Directo se ha hecho eco repetidamente del peligro de las antenas de telefonía y las redes inalámbricas para la salud, en la misma línea que el Telediario del 11 de diciembre. La última vez fue el viernes, cuando contaron el caso de un hombre y una mujer que “no soportan las ondas electromagnéticas que, desde hace un tiempo, invaden todos los rincones de nuestra vida. Los médicos hablan de intolerancia y aconsejan sustituir en la medida de lo posible nuestra exposición a las mismas por sus efectos nocivos, fundamentalmente a largo plazo”. Lo vio en directo Sergio José Martínez, pero TVE ha colgado en su web el vídeo erróneo. De todos modos, les dejo otra pieza emitida en el mismo programa el 21 de enero del año pasado, en la cual, a pesar de que se reconoce que no hay pruebas científicas que respalden el miedo a que las ondas de telefonía provoquen cáncer, se alimenta esa misma idea. Periodismo de denuncia puro y duro con gente de la calle sentenciando que la mayoría de los científicos miente y que hay investigadores “que dicen que antenas igual a cáncer”, y la tele pública sirviendo de altavoz al disparate. Periodismo de servicio público, el del fondo a la derecha.

David Trueba se alinea con los ‘conspiranoicos’ antiantenas y antiWi-Fi

David Trueba. Foto: Efe.Es posible que David Trueba sepa de televisión; pero lo que está claro es que no sabe nada de ciencia. Lo demuestra hoy en su columna de la sección Pantallas de El País. El escritor y cineasta hace en “Bromear con cosas serias” un alegato conspiranoico antiantenas y antiWi-Fi, fundamentado en la comparación de churras con merinas y en el desconocimiento de cómo funciona la ciencia.

Empieza diciendo algo que todo periodista sabe, que hay estudios que concluyen lo que quieren quienes los han encargado: “¿A ustedes no les da la risa cada vez que se topan con las conclusiones de algún estudio científico? Si el estudio está encargado por los bodegueros españoles sabemos que un par de copitas de vino al día son saludables. Si está encargado por los productores de Pata Negra, sabemos que el Jabugo es bueno para el colesterol. Si el estudio lo presenta la patronal del videojuego, sabemos que los juegos de ordenador disparan la inteligencia emocional y los reflejos”. Cualquier periodista sabe que éstos y otros ejemplos que cita el cineasta no son de “estudios científicos”, sino de comunicados de los departamentos comerciales de empresas que persiguen que los medios piquen y les hagan publicidad gratis. No hay detrás ninguna investigación ni encuesta con valor demoscópico; sólo publicistas que pretenden vender más cerveza, jamón, condones o lo que sea.

A partir de ahí, Trueba dice que “luego están los estudios científicos que no salen nunca. Por ejemplo, nunca tendremos ni idea de si la exposición al teléfono móvil es causa de tumores cerebrales. Nunca entenderemos por qué las redes Wi-Fi se prohíben en lugares públicos de Francia por daños a la salud, pero aquí se fomentan desde escuelas y Ayuntamientos. Y aquello de si vivir cerca de antenas de telefonía o columnas de alta tensión es peligroso sólo lo sabremos cuando ya no tenga importancia. Así que cada vez que vemos un estudio científico nos arremangamos y esperamos a ver qué nos quieren vender”. Diga lo que diga el columnista, los estudios científicos que pide existen, aunque él no los haya leído, y se han publicado en revistas con revisión por pares -no son el comunicado de la cervecera o la tabaquera de turno-, que es donde aparecen los resultados de las investigaciones científicas de verdad. Y las conclusiones son que ni el teléfono móvil causa tumores cerebrales, ni la Wi-Fi, ni las antenas de telefonía ni las columnas de alta tensión cuando se encuentran dentro de los márgenes permitidos dañan la salud.

El escritor saca todo esto a cuento porque El País nos informó ayer de los resultados de un estudio científico -de los de verdad, no de los que él califica de tales- según el cual vivir en España cerca de una central nuclear no conlleva un incremento del riesgo a sufrir cáncer. Trueba no se traga las conclusiones de ese trabajo como no se traga los de los, según él, estudios científicos de los productores de jamón y videojuegos. Compara churras con merinas, ciencia con propaganda, las conclusiones de una investigación realizada por el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) y el Instituto de Salud Carlos III con el comunicado de prensa del departamento de marketing de la cervecera de turno. Hace demagogia desde la ignorancia de cómo funciona la ciencia y utiliza para ello una privilegiada tribuna que usa irresponsablemente. Mejor que hable de televisión, que es para lo que le contrataron e igual de eso entiende.