Hipersensibilidad electromagnética

Quimiofobia y antenofobia, en el telemaratón solidario de TVE sobre las enfermedades raras

El telemaratón solidario Todos somos raros, todos somos únicos, que emitió La Primera el 2 de marzo, recaudó casi 1,2 millones de euros para la investigación de enfermedades que afectan a muy pocas personas, patologías que, por eso, se califican de raras. Es algo encomiable que una televisión pública haga visibles a los invisibles. Sin embargo, el programa presentado por Isabel Gemio echó un borrón al incluir entre esas enfermedades dos que no existen: la hipersensibilidad electromagnética, o alergia a las ondas de radiofrecuencia, y la sensibilidad química múltiple (SQM), o alergia a los productos químicos de síntesis. Me alertó de ello un amigo escéptico, indignado al ver equiparadas esas muestras de tecnofobia con patologías reales, como la que él sufre.

Hay enfermedades raras en cuyo tratamiento el coste “se dispara y prácticamente todo lo que tiene una familia se destina a intentar arreglar esa situación. Hablamos de la sensibilidad electromagnética o química múltiple”, comenzó diciendo Alfredo Menéndez, conductor de Las Mañanas de RNE, identificando como una lo que son, en principio, dos dolencias. Y, antes de seguir, planteó a la audiencia tres inquietantes preguntas: “¿Se imaginan vivir sin hablar por teléfono móvil? ¿Se imaginan tener que vivir sin ver la televisión? ¿Se imaginan no poder abrazar a un familiar porque ha usado un jabón o un detergente en su ropa?”.

Tras esa introducción, el periodista entrevistó por teléfono a dos afectadas por ambas patologías, Marisa Sánchez y Angélica Gato. Contaron el calvario que viven, que les ha separado de sus seres queridos. La primera explicó que ver a su hijo, que trabaja en una peluquería, es “muy difícil” porque, para que “se limpie totalmente de químicos”, tiene que lavarse durante una semana entera con bicarbonato. “El mundo no está preparado para estas enfermedades”, lamentó la segunda. Y el presentador añadió que, por si eso fuera poco, los médicos consideran a estos enfermos locos, les acusan “de estar fingiendo unos síntomas que a ellos les abrasan en el día a día”.

“Vamos a estar todos afectados”

La cumbre de los 8 minutos de disparate tecnófobo la coronó Ángel Martín, hijo de Ángela Jaén, que se suicidó en su casa de Pinto (Madrid) el 28 de noviembre de 2012, a los 65 años, porque no podía aguantar más el sufrimiento que, según ella, le causaban las ondas de radiofrecuencia. Presentó a su madre como la mujer “más feliz del mundo” hasta que, “debido a una antena de telefonía móvil, cogió el síndrome de hipersensiblidad y se desbarató su vida”. Dijo que, huyendo de las ondas, sus padres se mudaron de casa nueve veces en año y medio, y que los médicos se reían de la mujer. “Nadie sabe lo que significa huir del aire. Pero no son gente especial. En este tema, estamos todos incluidos… Vamos a estar todos afectados”.

La Wi-Fi, los teléfonos móviles y “los químicos” están “desestabilizando el sistema nervioso inmunitario (sic) de la gente. A esta gente le llaman los canarios de la mina. Están avisando de lo que ya nos viene a todos”, según Martín. Parecía un mensajero del Apocalipsis de película de serie B. “Esta gente se está cociendo en sus casas por la Wi-FI del vecino, por una antena, por el [teléfono] inalámbrico. Una vez que se ha desarrollado esta patología, no pueden vivir y tienen que huir”. Antes, el hombre había recurrido falazmente al principio de precaución, que viene a decir que, si no estás seguro de la inocuidad algo, lo mejor es ser prudente. Parece lógico.

El principio de precaución puede invocarse “cuando la información científica es insuficiente, poco concluyente o incierta, y cuando hay indicios de que los posibles efectos sobre el medioambiente y la salud humana, animal o vegetal pueden ser potencialmente peligrosos e incompatibles con el nivel de protección elegido”, según una comunicación de la Comisión Europea de febrero de 2000. Después de décadas de investigación, sin embargo, no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia ni de que las sustancias químicas de síntesis -así, todas- provoquen un síndrome como la denominada SQM. Así que no ha lugar a reclamar el principio de precaución.

Martín también recordó que la resolución 1815 del Consejo de Europa, de 27 de mayo de 2011, admite que hay electrosensibles. Ese acuerdo establece que, “si bien los campos eléctricos y electromagnéticos de determinadas bandas de frecuencias tienen efectos plenamente beneficiosos que se utilizan en medicina, otras frecuencias no ionizantes, ya sea de frecuencia extremadamente baja, líneas eléctricas o de ciertas ondas de alta frecuencia utilizadas en los ámbitos del radar, las telecomunicaciones y la telefonía móvil, parecen tener efectos biológicos no térmicos potencialmente más o menos nocivos para las plantas, los insectos y los animales, así como para el cuerpo humano incluso cuando la exposición es a niveles que están por debajo de los valores de los umbrales oficiales”. Nadie le rebatió diciendo que esa resolución es una decisión política que parte de un supuesto falso, porque no hay ninguna prueba de efectos nocivos de las ondas de radiofrecuencia ni de que existan personas con una sensibilidad especial, y, por consiguiente, ese texto del Consejo de Europa tiene la misma validez que si los miembros de esa organización internacional hubieran acordado que la Tierra es plana.

Personas que sufren

Reportaje sobre afectadas de 'hipersensibilidad electromagnética' publicado por 'El Mundo'.Pero, entonces, ¿qué les pasa a quienes padecen esos males inexistentes? ¿Están locos? ¿Fingen? No, están enfermos, sufren mucho y son víctimas de desaprensivos. Que esas enfermedades no existan como tales, que no haya una causa orgánica, no implica que quienes creen padecerlas estén engañando a nadie. La hipersensibilidad electromagnética y la SQM existen, pero únicamente en la medida en que hay personas que creen sufrirlas y se aprovechan de ellas pseudocientíficos y vendedores de artilugios y terapias inútiles que hacen su agosto gracias al periodismo irresponsable y alarmista que, ante una afirmación extraordinaria, nunca consulta con científicos de verdad porque la historia se puede ir abajo. Permítanme que repita lo que ya he escrito otras veces respecto a este asunto.

Un metaanálisis titulado “Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies” (Hipersensibilidad electromagnética: una revisión sistemática de los estudios de provocación), realizado por James Rubin, Jayati Das-Munshi y Simon Wessely, investigadores del Instituto de Psiquiatría de la Universidad del Rey, de Londres, y publicado en 2005 en Psychosomatic Medicine, examinó 31 estudios hechos a 725 afectados de hipersensibilidad electromagnética y descubrió que 24 de los estudios no dieron con ninguna prueba de la existencia de la patología y que, de los 7 aparentemente favorables a su existencia, los resultados de 3 se debían a errores estadísticos, los de otros 2 eran mutuamente incompatibles y los de 2 no habían podido ser replicados por sus autores, algo básico en ciencia. Así que los autores concluyeron que esa presunta enfermedad “no está relacionada con la presencia de campos electromagnéticos”, aunque quienes dicen padecerla sufran efectos muy reales cuyas causas tendrían un origen psicosomático. Desde entonces, nada ha cambiado. Hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS) mantiene, en un documento de junio de 2011, que la hipersensibilidad electromagnética no se debe a las ondas de radiocomunicación

Los estudios científicamente controlados han revelado, por otra parte, que quienes creen padecer SQM presentan los mismos síntomas ante sustancias químicas sintetizadas en el laboratorio que ante placebos. Así, tras revisar 37 estudios, los mismos Das-Munshi, Rubin y Wessely concluyeron en 2006 que los pacientes reaccionan ante las sustancias químicas “cuando pueden discernir las diferencias entre las sustancias activas y simuladas, lo que sugiere que el mecanismo de acción no es específico de la propia química y podría estar relacionado con las expectativas y creencias previas”. El origen de la enfermedad también estaría en la mente. “El fenómeno de la sensibilidad química múltiple es una manifestación peculiar de nuestra tecnofóbica y quimiofóbica sociedad. La han rechazado como enfermedad orgánica la Academia Estadounidense de Alergia e Inmunología, la Asociación Médica Estadounidense, la Asociación Médica de California, el Colegio Estadounidense de Médicos y la Sociedad Internacional de Toxicología y Farmacología”, escribió el químico, toxicólogo y farmacólogo Ronald E. Gots en la revista Clinical Toxicology en 1995. Tampoco la OMS la reconoce como una enfermedad. Para Gots, quien ha examinado las historias clínicas de decenas de afectados, la SQM es “una etiqueta para las personas que no se sienten bien por una variedad de razones y que comparten la creencia de que la culpable de su mal es la sensibilidad química”. Y añade: “Existe [la enfermedad] porque el paciente lo cree y un médico valida esa creencia”.

No crea y no enfermará

Si usted no cree en la hipersensilidad electromagnética y en la SQM -una especie de alergias mentales al mundo artificial que nos permite vivir más y mejor que nuestros antepasados-, no las sufrirá. Y, si conoce a alguien convencido de padecer alguna de ellas, antes de que caiga en manos de charlatanes que refuercen su infundada creencia para sacarle el dinero, anímele a que consulte a expertos en salud mental. No pasa nada malo por acudir a psiquiatras o psicólogos y, por el contrario, las consecuencias de confiar en supuestos especialistas en electrosensibilidad y SQM pueden resultar devastadoras para el enfermo y su entorno.

“Me disgustó ver equiparada la sensibilidad electromagnética y la SQM a otros trastornos reales y graves, completamente demostrables, que también fueron mostrados en el programa. Dedicaron un tiempo y un espacio que podía haber ocupado cualquier otra de las 7.000 enfermedades minoritarias registradas”, me comentaba el amigo escéptico que me alertó de la inclusión de estas falsas patologías en Todos somos raros, todos somos únicos. Tiene toda la razón del mundo. El fragmento en cuestión es una apología de la quimiofobia y la antenofobia. Es inexplicable que un medio de comunicación público dé pábulo a la superstición y a la tecnobofia, y apueste por el alarmismo sensacionalista, como ocurrió en ese segmento del telemaratón solidario de TVE.

Los socialistas consiguen que todos los partidos del Parlamento vasco se sumen a la histeria antiantenas

El Parlamento vasco se ha puesto, por fin, unánimemente de acuerdo en algo. Por desgracia, es en alimentar la histeria antiantenas. El PSE ha conseguido hoy en la Cámara de Vitoria “el respaldo unánime a su propuesta para legislar sobre las ondas electromagnéticas e implicar a diferentes departamentos del Gobierno para que los ciudadanos estén informados sobre la incidencia de estas radiaciones”. Dicen los socialistas, en una nota de prensa, que su portavoz de Medio Ambiente, Natalia Rojo, ha llevado la iniciativa a la Cámara recogiendo la petición de los padres de los alumnos de la ikastola Ibaiondo de Vitoria y de los vecinos del barrio bilbaíno de Solokoetxe, preocupados por la posible incidencia en la salud de las antenas de telefonía, de la que -reconoce el PSE- “no hay evidencias científicas, pero sobre la que la política puede actuar”. Paradojas de la caza del voto a toda costa.

Han firmado la enmienda transaccional a la proposición no de ley relativa a la contaminación electromagnética el PSE, el PNV, el PP y EH Bildu, y la ha apoyado UPyD. Reclaman al Gobierno vasco que exija al central que regule la instalación de antenas de telefonía, en coordinación con las comunidades autónomas, teniendo en cuenta “las recomendaciones recogidas por la resolución 1815 del Consejo de Europa” y, si no, que elabore un proyecto de ley propio.

La resolución 1815 del Consejo de Europa, de 27 de mayo de 2011, advierte de que, “si bien los campos eléctricos y electromagnéticos de determinadas bandas de frecuencias tienen efectos plenamente beneficiosos que se utilizan en medicina, otras frecuencias no ionizantes, ya sea de frecuencia extremadamente baja, líneas eléctricas o de ciertas ondas de alta frecuencia utilizadas en los ámbitos del radar, las telecomunicaciones y la telefonía móvil, parecen tener efectos biológicos no térmicos potencialmente más o menos nocivos para las plantas, los insectos y los animales, así como para el cuerpo humano incluso cuando la exposición es a niveles que están por debajo de los valores de los umbrales oficiales”. Aunque no hay ninguna prueba de que las emisiones de radiofrecuencia causen mal alguno -a no ser que nos refiramos a los mensajes que transmiten ciertas cadenas de radio y televisión-, los miembros del Consejo de Europa partían hace tres años de ese falso supuesto para reclamar medidas de protección de la población basándose en el principio de precaución.

Es lo mismo que hacen ahora los partidos vascos bajo la guía del PSE: aunque “no hay evidencias científicas” -hasta ellos lo admiten- de que las antenas de telefonía ni la Wi-Fi supongan peligro alguno, piden que se tomen medidas para proteger “al máximo la salud de la ciudadanía, especialmente en lo referido a los colectivos sociales más sensibles y vulnerables”. No importa que tampoco haya ninguna prueba científica de que existan colectivos “más sensibles y vulnerables” a las ondas de radiofrecuencia o, por decirlo de otro modo, que haya pruebas de que los hay en la misma medida que hay colectivos “más sensibles y vulnerables” a las posesiones demoniacas o los secuestros por extraterrestres.

Todo por los votos y contra la razón

Lo que importan, señores, son los votos, como deja claro el PSE en su nota cuando dice que “Rojo ha finalizado su intervención haciendo una apelación expresa al PNV, que a pesar de su voto ha expresado numerosas críticas al acuerdo, para que cumpla en lo que le afecta «y no se limite a eludir hoy la presión social»”. Presión social, ésa es la clave. Si mañana sale mucha gente a la calle pidiendo la derogación de la ley de la gravedad, ¿qué harán los socialistas, animar al resto de los partidos a legislar contra ella? Si mañana un grupo de padres teme que seres del inframundo rapten a sus hijos en la escuela, ¿pedirá el PSE que se instalen escudos especiales en los cimientos de los centros escolares?

Recordemos: después de décadas y centenares de estudios, no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer, y los epidemiólogos tampoco han detectado un aumento de los tumores cerebrales a pesar de que el año pasado había en Estados Unidos más de 350 millones de líneas de móvil -frente a los 10 millones de 1993- y en el mundo, más de 6.500 millones, cuando en 1995 había 91 millones. ¿Qué se creen los grupos del Parlamento vasco que va descubrir el Gobierno de Vitoria si hace “un seguimiento de la evidencia epidemiológica acerca del impacto que esas instalaciones tienen en la salud de la ciudadanía, con especial atención en las poblaciones de mayor sensibilidad”? Se lo adelanto: nada. No tiren más dinero nuestro a la basura.

Estoy de acuerdo, eso sí, en que hay que hacer todo lo posible “para que la información que llega a la ciudadanía sobre las radiaciones electromagnéticas sea siempre rigurosa y equilibrada”; pero no se confundan. La información rigurosa la proporcionan los científicos -los tenemos muy buenos n la Universidad del País Vasco hartos de repetir que las ondas de telefonía no causan ningún mal- y que una información sea equilibrada no implica que deba darse el mismo crédito al chiflado que al investigador de prestigio, al zahorí antiantenas que al biofísico. ¿O es que el Parlamento vasco pediría al Departamento de Sanidad que diera el mismo crédito sobre el sida a científicos de reconocido prestigio que a quienes dicen que el VIH no causa la enfermedad?

Por cierto, señores parlamentarios vascos, si quieren echarle un ojo al episodio de Escépticos dedicado a las malvadas ondas electromagnéticas para hablar en el futuro con un mínimo conocimiento de causa, aquí lo tienen. Por si andan cortos de tiempo, les dejo un decálogo de lo que todo político debería tener claro a la hora de halar de ondas de telefonía, Wi-Fi y salud.

Sensibilidad química múltiple: una etiqueta alarmista para una enfermedad que no existe

Hay personas que dicen que las sustancias químicas sintéticas les ponen enfermas. No las tóxicas, sino cualquier sustancia a nivel muy por debajo del considerado seguro. Sufren tanto que llegan a tener que aislarse del plástico, de los colorantes, de las fibras sintéticas… Del mundo artificial. Padecen, según algunos médicos, un mal consecuencia de la vida moderna: la sensibilidad química múltiple (SQM). La identificó en los años 50 el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph, quien en 1965 fundó lo que hoy es la Academia Estadounidense de Medicina Ambiental. De vez en cuando, la dramática historia de uno de estos enfermos salta a los medios, como un aviso del futuro que nos espera. ¿O no?

Reportaje de 'El Mundo', sobre Elvira Roda, afectada de sensibilidad química múltiple.El diario El Mundo contaba ayer el calvario de Elvira Roda, de 38 años y que hace diez “cayó aquejada de sensibilidad química múltiple (SQM) mientras trabajaba como diseñadora en el Instituto de Tecnología Cerámica de Castellón, coincidiendo con una desratización que se hizo con los empleados dentro”. La joven estuvo internada varios meses en un centro de salud ambiental de Dallas (EE UU) y, en 2008, Francisco Hernando, El Pocero, la trasladó a España en su avión privado, “higienizado para la ocasión”. Vive ahora un búnker, minimizando el contacto con todo aquello que pueda provocarle una crisis, episodios que se caracterizan, en su caso, por “fotofobia, taquicardias, sequedad glandular, fibromialgia, espasmos pulmonares, estragos en los sistemas inmunológico y digestivo”. Y gasta 4.000 euros mensuales en una medicación “sin conservantes ni colorantes” que le traen de Andorra. Un auténtico drama; aunque la enfermedad no exista como tal. Porque la SQM no ha sido claramente definida, no se ha propuesto ningún mecanismo creíble que la provoque, ni ha habido un solo caso demostrado científicamente. Lo único que hay es un variado conjunto de síntomas que paciente y supuestos expertos identifican como causados por el mal.

“Muchas personas con diagnóstico de SQM sufren mucho y son muy difíciles de tratar. Las investigaciones bien diseñadas sugieren que la mayoría de ellos tienen un desorden psicosomático por el que desarrollan múltiples síntomas en respuesta al estrés. Si esto es cierto -y creo que lo es- los pacientes de la ecología clínica corren el riesgo de diagnósticos erróneos, malos tratamientos, explotación financiera y retrasos de la atención médica y psiquiátrica. Además, las compañías de seguros, los empleadores, otros contribuyentes y, en definitiva, todos los ciudadanos se ven asediados por dudosas afirmaciones de invalidez y daños. Para proteger al público, las juntas estatales de licencias [médicas] deberían analizar las actividades de los ecólogos clínicos y decidir si la calidad general de su cuidado es suficiente para que se mantengan en la práctica médica”, resume Stephen Barrett, experto en pseudomedicinas y pseudoterapias. No es una opinión aislada, sino la mayoritaria en la comunidad científica. Y es que, sesenta años después de haber sido supuestamente identificada por Randolph como una nueva enfermedad, hay las mismas pruebas que entonces de la realidad de la SQM: ninguna.

La mejor terapia, no creer

Los estudios científicamente controlados han revelado que quienes creen padecer SQM sufren los mismos síntomas ante sustancias químicas sintetizadas en el laboratorio que ante placebos. Así, tras revisar 37 estudios, J. Das-Munshi, G.J. Rubin y S. Wessely, del Instituto de Psiquiatría de Londres, concluyeron en 2006 que los pacientes reaccionan ante las sustancias químicas “cuando pueden discernir las diferencias entre las sustancias activas y simuladas, lo que sugiere que el mecanismo de acción no es específico de la propia química y podría estar relacionado con las expectativas y creencias previas”. El origen de la enfermedad estaría en la mente de los enfermos, como pasa en el caso de la llamada hipersensibilidad electromagnética, otro inexistente mal de la sociedad moderna cuyo tratamiento ya han convertido en negocio algunos.

“El fenómeno de la sensibilidad química múltiple es una manifestación peculiar de nuestra tecnofóbica y quimiofóbica sociedad. La han rechazado como enfermedad orgánica la Academia Estadounidense de Alergia e Inmunología, la Asociación Médica Estadounidense, la Asociación Médica de California, el Colegio Estadounidense de Médicos y la Sociedad Internacional de Toxicología y Farmacología”, escribió el químico, toxicólogo y farmacólogo Ronald E. Gots en la revista Clinical Toxicology en 1995. Tampoco la Organización Mundial de la Salud la reconoce como una enfermedad. Para Gots, quien ha examinado las historias clínicas de decenas de afectados, la SQM es “una etiqueta para las personas que no se sienten bien por una variedad de razones y que comparten la creencia de que la culpable de su mal es la sensibilidad química”. Y añade: “Existe [la enfermedad] porque el paciente lo cree y un médico valida esa creencia”. Si usted no cree en la SQM, que es una especie de alergia al mundo artificial que nos permite vivir más y mejor que nuestros antepasados, no la sufrirá.

Los que refuerzan la creencia en esta no-enfermedad suelen ser ecólogos clínicos y médicos ambientalistas, especilidades ambas tan reconocidas como la de reikiólogo, y también periodistas atraídos por las erróneamente denominadas historias de interés humano, que se han convertido en el cajón de sastre para todo tipo de tecnofobias. Si usted quiere formarse su propia opinión sobre la SQM, puede empezar por la Wikipedia, pero evite la versión española, donde la información sobre muchas supercherías y charlatanes roza el compadreo, y consulte la versión inglesa, mucho más completa y rigurosa.

Lo que todo periodista debería tener claro al hablar del peligro de las ondas de telefonía y de Wi-Fi

Hay en España un entramado de entidades que explotan el pánico electromagnético. Forman parte de él Geosanix, la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano y la Fundación para la Salud Geoambiental, entre otras. Obsesionadas con que las ondas de radiofrecuencia provocan terribles enfermedades, en contra de todas las pruebas científicas, comparten sede en el 6º derecha del número 36 de la madrileña calle Príncipe de Vergara. Como si fueran una hidra, juntas, pero a la vez separadas, fomentan el miedo electromagnético y hacen negocio de él: venden artilugios para frenar las ondas y ofrecen asesorías legales y medioambientales a quienes se consideran afectados por patologías como la hipersensibilidad electromagnética, tan real como las posesiones demoniacas. Lamentablemente, cuentan, a la hora de extender la histeria, con la colaboración de periodistas que ignoran cómo funciona la ciencia, que lo más cerca que han estado de un científico ha sido viendo Frankenstein y que están abiertos a dar por buena cualquier afirmación extraordinaria sin reclamar las pertinentes pruebas. Un ejemplo de ello es el reportaje titulado “¿El Wi-Fi perjudica la salud?”, que hoy publica La Vanguardia.

La autora, Raquel Quelart, sostiene que “diversos especialistas y algunas asociaciones ciudadanas han empezado a exigir más precaución con el uso del Wi-Fi y las nuevas tecnologías”; que la puesta en marcha del programa Escuela 2.0 “motivó a algunos padres a crear la plataforma Escuela Sin Wi-Fi”; que, según los expertos, “la normativa es muy permisiva”; que ningún estudio ha encontrado relación alguna entre ondas de telefonía y cáncer, pero que deben hacerse más investigaciones; que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha incluido las emisiones de radiofrecuencia “como posible carcinógeno para los humanos (Grupo 2B)”; y acaba con una serie de recomendaciones de sus expertos para minimizar los posibles efectos de la exposición a estas radiaciones, dadas “las incógnitas” que existen al respecto.

Reportaje sobre el peligro de la Wi-Fi publicado en 'La Vanguardia'.

No es la primera vez que un gran medio español cae en las redes de los promotores del pánico electromagnético. En marzo, la revista SModa, que se distribuye los sábados con el diario El País, publicó un reportaje titulado  “¿Dormir con el móvil en la mesilla de noche? No, no, no”, con un largo subtítulo no menos inquietante: “La contaminación invisible de móviles y redes WiFi puede dejarte en vela. Numerosos estudios relacionan una prolongada exposición a radiaciones con el agotamiento de los sistemas de autorregulación de los seres vivos”. El texto se basaba en información procedente del entramado conspiranoico de la calle Príncipe de Vergara. De hecho, la única voz que se escuchaba en todo el reportaje era la del zahorí Fernando Pérez -que se suele hacer llamar geobiólogo porque queda como más serio-, presidente de Geosanix. Hoy, en La Vanguardia, la autoridad es otro zahorí, “Joan Carles, López, experto en geobiología y radiaciones del hábitat”, que tacha la normativa actual sobre las emisiones electromagnéticas de “muy permisiva.

Hay cosas que todo periodista español debería tener claras al hablar de emisiones electromagnéticas y sus efectos:

1. No hay que dar ningún crédito a una información cuya fuente sean Geosanix, la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano, la Fundación para la Salud Geoambiental o cualquier otra sociedad de su órbita. Estas entidades son organizaciones pseudocientíficas que fomentan histerias interesadamente, ya sean contra las ondas de radiofrecuenccia o contra productos químicos inocuos. Inventarse una enfermedad, convencer a la gente de que la tiene, o puede tener, y venderle un remedio inútil puede ser un magnífico negocio.

2. Escuela Sin Wi-Fi no es una plataforma independiente, y mucho menos una iniciativa de “algunos padres”, sino una creación de la Fundación Vivo Sano. El núcleo duro de Escuela Sin Wi-Fi lo componen esa entidad y sus organizaciones hermanas del número 36 de la calle Príncipe de Vergara. La plataforma alardea en su web de contar con el apoyo de grupos de zahorís y ecologistas, y entre las organizaciones que la respaldan están Plural 21 y la World Association for Cancer Research (WACR). La primera niega que el VIH cause el sida, defiende que lo mejor para curarse del cáncer es dejar que la enfermedad evolucione sin tratamiento alguno, está contra los transgénicos, y aboga por el uso del agua de mar como alimento y medicina, entre otros disparates. La WACR es una entidad anticientífica impulsada desde la revista Discovery DSalud, publicación que comparte las ideas de Plural 21 respecto al sida y el cáncer.

3. Un geobiólogo no es un científico; sino un brujo. Geobiología es la denominación mediante la cual el zahorísmo o radiestesia pretende hacerse pasar por ciencia ante los legos. Lo cierto es que sus practicantes carecen de formación y titulación científica. No son ni biólogos ni geólogos. Son zahorís que han sustituido las varillas de madera de sus antepasados por máquinas que hacen ping, como en su día los astrólogos empezaron a vender horóscopos confeccionados por ordenador. Consultar a un geobiólogo sobre los riesgos de las emisiones electromagnéticas es como pedir asesoría a un quiromántico sobre un problema de salud. Un geobiólogo es un zahorí cuyo negocio se basa en la extensión del pánico electromagnético, y todo reportaje en el que el guía sea uno de estos personajes es pura pseudociencia.

4. No hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Ése es el consenso científico, que se basa no en acuerdos subjetivos, como el político, sino en la evidencia teórica y experimental acumulada. “Los resultados de estas investigaciones epidemiológicas (se refieren a las de los últimos veinte años) son muy consistentes y tranquilizadores, y han llevado a la OMS y al Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos a decir que no hay evidencia concluyente o consistente de que la radiación no ionizante emitida por los teléfonos celulares esté asociada con un mayor riesgo de cáncer”, sentenciaban en julio de 2011 John D. Boice y Robert E. Tarone, del Instituto Internacional de Epidemiología de Estados Unidos, en un editorial en el Journal of the National Cancer Institute, la revista de investigación contra el cáncer más importante del mundo.

5. No hay ninguna prueba de que la hipersensiblidad electromagnética exista fuera de la cabeza de los enfermos y de los intereses de quienes hacen negocio del miedo. LA OMS -que ha redactado varios esclarecedores documentos sobre campos electromagnéticos y salud pública- admitió en diciembre de 2005 que hay personas que dicen sufrir problemas de salud por su exposición a los campos electromagnéticos y que los síntomas son no específicos (enrojecimientos de la piel, sensación de quemazón, fatiga, palpitaciones, náuseas…), aunque pueden llegar a resultar discapacitantes. Pero concluyó que “no hay bases científicas para vincular la hipersensibilidad electromagnética con la exposición a los campos electromagnéticos”. Los expertos de verdad -no los geobiólogos- consideran, a partir de las pruebas, que la hipersensiblidad electromagnética es una patología de origen psicosomático.

6. No existe ningún mecanismo biológico conocido por el cual las emisiones de un móvil puedan provocar mutaciones en el ADN. “El riesgo para la salud es cero o lo más parecido a cero. Son tan peligrosas como escuchar la radio. No hay ningún estudio publicado en una revista científica en el que se haya demostrado algún efecto nocivo. Si lo hubiera, sería de premio Nobel. Significaría que toda la física del siglo XX está confundida y, entonces, ¿cómo se explica que el hombre haya llegado a la Luna y los aviones sigan volando y no se caigan?», suele preguntarse el biofísico vasco Félix Goñi, premio Euskadi de Investigación 2002. Ténganlo presente.

7. La ondas de telefonía son para la IARC tan cancerígenas como el café. Es verdad que la IARC catalogó en mayo de 2011 las radiaciones del teléfono móvil “como posiblemente cancerígenas para humanos”; pero también lo es que, en la comunidad científica, nadie se explica las razones de esa decisión cuando los propios autores del estudio reconocían que se basaban en pruebas limitadas e inadecuadas. La decisión de la IARC fue política y nunca ha habido pruebas científicas que la sustenten, como quedó demostrado cuando publicaron el corrrespondiente informe en la revista The Lancet Oncology. En nuestro país, el entonces secretario general de Sanidad, José Martínez; la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC); el presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), Emilio Alba, y el presidente de la Fundación Instituto Valenciano de Oncología (IVO), Antonio Llombart, no dieron crédito alguno a ese dictamen desde el principio. Ni lo dan ahora. En el grupo de carcinogenicidad 2B, en el que la IARC ha incluido las ondas de telefonía, también está el café.

8. Muchos científicos -físicos y biólogos- prefieren no hablar con periodistas sobre ondas de telefonía y cáncer por miedo a los antiantenas. La razón es que esos colectivos antiantenas son muy hostiles y no dudan en amenazar, incluso mediante anónimos en el buzón, a quien defiende posturas científicas frente al alarmismo. Si un periodista quiere hablar sobre este tema con algún investigador, lo mejor es que se ponga en contacto con el departamento de Prensa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Si lo desea, también puede recurrir al Círculo Escéptico, algunos de cuyos socios y colaboradores son destacados investigadores y divulgadores.

9. El entramado de entidades que explotan el pánico electromagnético cuenta con algunos científicos aislados que apoyan sus puntos de vista, como José Luis Bardasano, de la Universidad de Alcalá de Henares, y Joaquim Fernández-Solà, del hospital Clínic de Barcelona. Al igual que la presencia de un geobiólogo, la intervención de Bardasano o de Fernández-Solà en un reportaje lo despoja de toda credibilidad científica.

10. Los epidemiólogos tenían que haber detectado hace tiempo un  aumento de los cánceres cerebrales vinculado al incremento del uso del móvil y la Wi-Fi si las ondas de radiofrecuencia fueran tan nocivas como mantienen los promotores del pánico electromagnético. Además, debería haber numerosos artículos en la literatura científica sobre pruebas del peligro de las ondas y el mecanismo biológico por el que alterarían el ADN. Si alguien le habla del aumento de ciertas patologías y de los efectos nocivos de las ondas de telefonía y de Wi-Fi, pídale los artículos en los que se basa para sostener eso y, si es necesario, recurra a un experto en la materia para que los examine.

Cada maestrillo tiene su librillo, pero creo que este decálogo podría evitar algunos disgustos, ¿no?

‘La buena onda’: sale a la venta una biblia para los antiantenas, antiWi-Fi y antitorres de alta tensión

“Del mismo modo que acudimos al médico para hacernos chequeos periódicos y cuidar nuestra salud, deberíamos tomar conciencia de cómo puede afectarnos dormir sobre una corriente de agua. En La buena onda, Pere León nos da las claves para crear espacios saludables y disfrutar de una vida sana y feliz”. Estas dos frases encabezan el dossier de prensa que Grijalbo acaba de remitir de un libro que saldrá a la venta en unos días y que tiene todos los boletos para convertirse en la biblia de los antiantenas, antiWi-Fi y antitorres de alta tensión, y expandir aún más el pánico electromagnético.

El arquitecto y radiestesista Pere León.Pere León, autor de La buena onda, es arquitecto y geobiólogo. Aunque lo parezca por el nombre, la geobiología de León no es ninguna ciencia, sino el viejo zahorismo o radiestesia rebautizado para venderse mejor. De hecho, él dice haberse formado en la Asociación de Estudios Geobiológicos (GEA), cuyos miembros abogan por el uso de la radiestesia -con varillas o péndulo- para “evaluar fenómenos como la calidad biótica de un lugar o la influencia de alteraciones de origen físico como las corrientes de agua, las redes telúricas, las fallas, etcétera” y “otras alteraciones menos conocidas, como las llamadas memorias de las paredes, susceptibles igualmente de afectar a la salud”. “En definitiva, a través de la radiestesia se podrá determinar qué lugares garantizan mejor el desarrollo armónico de la vida”, sentencian. el zahorismo, la radiestesia, la geobiología o como se llame en un futuro no es sino un arte adivinatoria, brujería.

El recién estrenado escritor dice que la disciplina que cultiva “estudia las relaciones entre los seres vivos y los diferentes tipos de ondas a los que estamos sometidos: las naturales (corrientes de agua, ondas magnéticas) y las artificiales (torres de alta tensión, routers-WiFi, móviles, inalámbricos, antenas de telefonía etcétera). El geobiólogo es quien detecta las geopatías, alteraciones energéticas de un lugar que pueden dar lugar a problemas de salud de las personas que trabajan o habitan en él”. Por supuesto, las geopatías son un cuento chino; pero eso es lo de menos cuando de lo que se trata es de hacer caja. Y León, claro, rentabiliza tanta mala onda a través de su estudio Habitatsalut: “Somos un equipo de arquitectos geobiólogos dedicados a crear espacios saludables. Solucionamos radiaciones perjudiciales para la salud de casas y oficinas, y ayudamos a las personas a vivir en un ambiente sano”.

'La buena onda', de Pere León.Cuenta que descubrió la geobiología cuando se mudó de casa, y él, su esposa y sus dos hijos empezaron a dormir mal. “Nos levantábamos agotados, con la sensación de no haber descansado. Después de visitar varios médicos, alguien nos recomendó un geobiólogo, que vino a estudiarnos las radiaciones. Con unas medidas correctivas muy sencillas, resolvimos el problema y volvimos a descansar”. Según la publicidad de la editorial, todo lo que tuvieron que hacer fue cambiar la orientación de las camas para que se obrara el milagro. León dice que no es alarmista y añade, acto seguido, que puede recomendarnos “algunas medidas preventivas para evitar males mayores como la lipoatrofia, la electrosensibilidad, sin olvidar una mayor predisposición al cáncer”. Ahí queda eso.

Ojalá me confunda, pero, visto el entusiasmo mediático por los promotores de la histeria antiondas, este arquitecto geobiólogo lleva camino de convertirse en el mesías español de esa paranoia tecnófoba, en competencia con los responsables del entramado de Geosanix. Como éstos, Habitatsalut tiene su decálogo de “consejos para convivir con las radiaciones en casa”, que incluyen medidas como no poner radiodespertadores en la mesilla, no usar materiales sintéticos en el dormitorio, caminar descalzo un rato antes de acostarse y otras tonterías. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.