Henri Broch

La sabiduría de los brujos

Gabriel Naranjo difícilmente olvidará el milagro que Mark Plummer, un gigantón australiano, hizo ante sus ojos en mayo de 1987. A los postres de una cena en una cafetería de San Sebastián, Plummer pidió a uno de los comensales que sujetara una cuchara por los extremos con las manos mientras él frotaba con dos dedos el cuello del cubierto e intentaba reblandecerlo mentalmente. Segundos después, la cuchara se doblaba como si fuera de mantequilla. Naranjo, un vecino de Berriz preocupado por el avance de la charlatanería, aprendió aquella noche el truco que practica en cualquier cita gastronómica a la menor oportunidad, para terror de los camareros.

“Si aprende a engañar a los demás, estará mejor preparado para descubrir la palabrería de los vendedores de ilusiones que intentan persuadirle de sus conocimientos fuera de lo común, tanto en el ámbito de la salud como en el de la vida sentimental o la política”, dicen Georges Charpak y Henri Broch en Conviértase en brujo, conviértase en sabio (Ediciones B), obra que llegó en febrero a las librerías españolas. Naranjo está convencido de que quien sabe torcer cucharas y llaves con ‘el poder de la mente’ no sólo deja de tragarse los cuentos de Uri Geller y compañía, sino que además, siempre que presencia un milagro, se pregunta irremediablemente dónde está el truco.

Explotar la ignorancia

Charpak, premio Nobel de Física de 1992, y Broch, profesor de esa disciplina en la Universidad de Niza-Sophia Antipolis, han escrito un divertido y profundo alegato contra la superchería, del que en Francia se han vendido más de 300.000 ejemplares. “Sólo deseamos comentar algunas experiencias de brujería banal practicadas alegremente en familia y mostrar de este modo cómo engañan algunos brujos modernos al pobre mundo”, argumentan. Persiguen en realidad un fin más elevado, ya que creen que lo que está en riesgo es la esencia de la democracia, como advirtió Carl Sagan en El mundo y sus demonios.

Los autores de Conviértase en brujo, conviértase en sabio sienten el mismo “gran respeto” por la salud del planeta que por los auténticos prestidigitadores, los que no venden su destreza como un misterioso poder, sino como una habilidad. Y el mismo desprecio por los embaucadores del misterio que por quienes desde grupos de presión sacrifican la verdad en el altar del alarmismo. Parten de que “una sociedad verdaderamente democrática presupone necesariamente ciudadanos plenamente aptos para la reflexión” y que, por ello, resulta grave que el espíritu crítico se encuentre “ahogado por la credulidad”. No les inquieta que la gente se preocupe por la nocividad de fuentes de energía o de ciertos inventos -“nos parece lógico, y en el fondo tranquilizador”-, sino “ver cómo dirigentes más o menos bienintencionados explotan su ignorancia y sus miedos para conducirlos a tomar decisiones quizá catastróficas para el planeta”.

Un ejemplo de esa explotación de la ignorancia “como un potente incentivo político” ha sido, para los físicos franceses, el caso del uranio empobrecido usado en bombas en la guerra del Golfo y en Kosovo. Se han gastado millones de euros en analizar los efectos nocivos de un material cuya radiactividad es “inferior a la que se respira a cuatro patas sobre la hierba con la nariz pegada a las flores del campo, a causa de un gas radiactivo natural, el radón, que acompaña la desintegración natural del uranio presente en toda la corteza terrestre y en muchas casas”. No citan episodios similares que vienen automáticamente a la mente del lector, como la satanización de los microondas, los móviles y las antenas de telefonía.

Asombrar a los amigos

Georges Charpak y Henri Broch explican varias de las artimañanas de los doblacucharas, telépatas, profetas, videntes y astrólogos que han invadido el universo audiovisual, en algunos casos en incumplimiento de la directiva europea de televisión sin fronteras (Directiva 89/552/CEE). La norma considera “ilícitas la publicidad y la televenta que inciten a la violencia o a comportamientos antisociales, que apelen al miedo o a la superstición”.

Transmitir información telepáticamente, atravesarse la lengua con una aguja y que ni le duela ni quede marca, caminar descalzo sobre brasas y elaborar horóscopos son algunos de los trucos que aprenden cada año los 350 estudiantes de ciencias que se apuntan a los cursos de pensamiento crítico que imparte Broch en el Henri Broch. Los físicos se los enseñan al lector para asombrar a sus amistades, y algo más. “Es necesario haber participado uno mismo en ciertas escenificaciones para ver hasta dónde puede llegar la credulidad humana”.

El éxito de los brujos se cimenta en hacernos ver lo que quieren que veamos. Gabriel Naranjo, cofundador de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, convence a sus compañeros de mesa de que la cuchara que va a torcer está intacta, como cuando salió de fábrica. Sólo lo parece. Mientras su interlocutor sujeta la pieza por los extremos, él la agarra por el cuello con el índice y el pulgar. Tira hacia arriba y hacia abajo con fuerza -no la suficiente para romperla-, y la cuchara se dobla y acaba por partirse. ¿Milagro? No, en realidad estaba casi rota desde el principio.


“Hay muchos magos que se pasan a El Lado Oscuro”

Son dos caras de la misma moneda. “Hay muchos magos que se pasan a El Lado Oscuro y usan los secretos del ilusionismo para engañar y no para crear ilusión”, dice Jorge Blass. Capaz de hacer aparecer de la nada una bola de bolos, el joven ilusionista madrileño reconoce que no han faltado quienes le han preguntado en alguna ocasión si tiene poderes sobrenaturales. No sólo carece de ellos, sino que además es escéptico respecto a su existencia. “No creo en lo paranormal”.

Tampoco José Luis Ballesteros cree en la telepatía, la adivinación, la telequinesis, ni cosas parecidas. “Ni como ilusionista ni como persona”. Retirado de la magia desde 1988, se dedicó durante un tiempo a la caza de magos disfrazados de psíquicos, como asesor de la Sociedad Española de Parapsicología, cuyo presidente, Ramos Perera, desenmascaró a Uri Geller en 1975 en un libro hoy imposible de encontrar. “Geller no tiene poderes; es un ilusionista -afirma Ballesteros-. Cada uno tiene derecho a montarse la vida como quiera siempre que no perjudique a terceros, como hacen los curanderos”.

“Puedo repetir todos los efectos de Uri Geller”, afirma Blass, antes de recordar que quien lo hizo hace casi treinta años fue su colega. Ballesteros viajó por toda España con Perera, haciendo demostraciones de sus poderes. Incluso apareció dos veces en Más Allá, el programa de televisión de Fernando Jiménez del Oso, donde dejó claro que un ilusionista puede pasar por un dotado en cuanto quiere y no hay un colega cerca. “A un ilusionista es muy difícil que se la den”, apunta Blass. La historia de lo paranormal está llena de dotados cuyos poderes se esfuman en cuanto entra en la sala un mago.

Adivinar el ‘gordo’

Ballesteros es, como Anthony Blake, mentalista. Practica la rama del ilusionismo que consiste en simular poderes paranormales. Es capaz de adivinar el nombre de alguien del público, el titular de mañana del periódico, el número agraciado con el gordo… En 1982, hizo lo mismo que Blake hace dos meses, pero con el resultado del mundial de fútbol de España. Con notario, sobre sellado -“yo estaba a distancia cuando se abrió”- y caja fuerte de por medio, su ‘vaticinio’ se cumplió. “Se puede hacer de muchas maneras”, confiesa. “Es un juego de ilusionismo clásico”, dice Blass.

El joven no duda de que todo lo que hacen los torcedores de cubiertos y demás brujos “son juegos de magia, aunque algunos los presenten como hazañas mentales”. “Un ilusionista es una persona que realiza efectos aparentemente sobrenaturales a través de medios naturales que no son del conocimiento del común de los mortales”, explica Ballesteros.


Embaucadores domésticos

Era un desconocido en España hasta que en 1975 dobló cucharas y arregló relojes en Televisión Española junto a José María Íñigo. Nada parecido a lo que ocurrió en Estados Unidos, donde los poderes paranormales de Uri Geller se desvanecieron en The Tonight show de Johnny Carson. El presentador, ilusionista aficionado, controló tan estrechamente al dotado que éste no pudo hacer ningún truco.

Porque Geller tiene sus bestias negras: los magos. Son capaces de duplicar todos y cada uno de sus poderes. Lo demostró el ilusionista y cazador de charlatanes James Randi en 1973 en la sede de la revista Time, cuyo redactor científico, Leon Jaroff, escribió después que estaba claro que, para hacer los prodigios de Geller, “sólo eran necesarias unas manos rápidas y psicología”. Dotes que antes habían llevado al psíquico a actuar como mago en Israel.

Hay varios métodos para doblar cucharas milagrosamente. Algunos magos las preparan antes de salir a escena. Cabe pensar que es lo que hace Uri Geller, quien se negó a torcerlas ante las cámaras de la televisión vasca el 12 de noviembre de 1987 -también esta vez invitado por Íñigo- porque se había dejado su juego de cubiertos en el hotel. Un buen ilusionista habría improvisado con una cuchara cualquiera, aunque, si hubiera contado con una cuchara hecha de un metal con memoria, no habría tenido que correr ningún riesgo.

Félix Ares, presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico y director del museo de la ciencia de San Sebastián, lleva desde hace años una cucharilla en un bolsillo. Cuando pide un café y la mete para revolver el azúcar, el cubierto languidece hasta formar una U. Es de nitinol, una aleación de níquel y titanio, con memoria. Su forma original es la doblada y, cuando la temperatura asciende hasta un punto crítico, la cucharilla la recupera. Por eso se tuerce sola con el calor del café.

Doblar una llave es algo que puede hacerse contra algo, aunque también con una sola mano. Pruebe a hacer lo último antes de seguir leyendo. A primera vista, parece complicado y hasta imposible: la llave es muy dura. ¿Demasiado? No. Basta con tener en la mano otra llave con un agujero generoso para ponerla en el llavero. Se mete por él la parte inferior de la llave a torcer, se hace palanca y ya está.


Pare su corazón a voluntad

Atravesarse la lengua con una aguja es cosa de niños, siempre que la aguja tenga, como los cuchillos que se clavan en la cabeza los payasos, una parte con forma de U en la que meter la lengua para que parezca ensartada. Cuénteselo a sus amigos, al tiempo que les advierte de que puede controlar su corazón hasta pararlo. No le creerán. Dígales entonces que elijan a uno de ellos para comprobarlo.

Pida silencio -recuérdeles que en la demostración corre peligro su vida- y extienda el brazo izquierdo para que el elegido le controle el pulso. Tras unos segundos, su pulso desaparecerá. Un minuto después, volverá, momento en el que usted se desplomará teatralmente agotado en el sofá más próximo. ¿Increíble? No.

El prodigio únicamente exige una pelota de goma colocada en la axila y apretarla con la fuerza suficiente para que presione la arteria hasta que se interrumpan las pulsaciones. El resto del efecto es producto de la falsa identificación popular entre el pulso tomado en la muñeca y el latido cardiaco.


El libro

Conviértase en brujo, conviértase en sabio es una obra de Georges Charpak, premio Nobel de Física, y Henri Broch, de la Universidad de Niza-Sophia Antipolis. En Francia se han vendido más de 300.000 ejemplares del libro, el tercero de Broch publicado en España, después de La misteriosa pirámide de Falicón (1976) y Los fenómenos paranormales (1985).

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Dos libros muy recomendables

Entre tanta memez como se publica –Iker Jiménez ha sacado su propia colección de libros y Fernando Jiménez del Oso dirige otra también lamentable-, hay dos novedades editoriales que recomendar desde el punto de vista escéptico. La primera de ellas –Conviértase en brujo, conviértase en sabio– supone el regreso después de tres lustros del físico Henri Broch a las librerías españolas, esta vez acompañado de un premio Nobel, Georges Charpak. La obra tiene dos niveles de lectura: el superficial, que es el que sin duda atrae a mucha gente, está protagonizado por los brujos y algunos de sus trucos; el profundo incita a la reflexión sobre el futuro inmediato del ser humano, la democracia, el bienestar y los alarmismos que tanto explota esa multinacional del ecologismo que responde al nombre de Greenpeace.

¿Saben cuánta gente ha sufrido en su salud los efectos de la energía nuclear? Bueno, fuentes antinucleares hablan de 38 millones de muertos y afectados en diverso grado desde mediados del siglo pasado. ¿Saben cuánta gente ha sufrido en su salud los efectos del automóvil? Pues, en el mismo tiempo, el coche se ha llevado por delante a 35 millones de personas y ha causado lesiones -desde rasguños hasta parálisis- a otros 1.500 millones. Se calcula que el bendito automóvil, en el que algunos viajan hasta las centrales nucleares para protestar por lo peligrosas que son, mata cada año a 700.000 personas en el mundo, además de expulsar por su tubo de escape millones de toneladas de veneno. Estos datos no los dan Broch y Charpac, pero algunas interesantes reflexiones suyas me animaron a buscarlos.

La otra obra, el debut editorial en nuestro país del italiano Massimo Polidoro, no la he leído todavía. Aún así, me atrevo a recomendársela por dos razones: el autor es uno de los baluartes de la racionalidad en Italia, donde el escepticismo científico enraizó después pero con mucha más fuerza que en España, y Pedro Luis Gómez Barrondo, director de El Escéptico Digital, me ha dicho que es una joyita. El libro de Polidoro se titula Los grandes misterios de la historia y está publicado por Robinbook, editorial que apadrina casi siempre -¡bendita excepción ésta!- títulos desquiciantes y desquiciados.

Publicado originalmente en El Escéptico Digital.