Fundamentalismo

Humanismo secular para una sociedad libre

Timothy Garton Ash, historiador y columnista de The Guardian, publica hoy un interesante artículo de opinión en El País sobre cuáles deberían ser los principios básicos de la convivencia en una sociedad civilizada con ciudadanos de diferentes orígenes y religiones. Vivimos tiempos de zozobra en los que algunos políticos ceden en los derechos fundamentales a la presión de los intolerantes con una facilidad preocupante, tal como hicieron José Luis Rodríguez Zapatero y el primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan, en la carta que firmaron en The International Herald Tribune censurando la publicación las caricaturas de Mahoma por el diario danés Jyllands-Posten. “La publicación de estas caricaturas puede ser perfectamente legal, pero no es indiferente y, por tanto, debería ser rechazada desde un punto de vista moral y político”, escribieron ambos mandatarios. El presidente del Gobierno español no fue el único que cedió al chantaje de los violentos islamistas y sacrificó ante ellos la libertad de expresión; hubo otros dirigentes que también lo hicieron. Ante esa irresponsabilidad institucional disfrazada de tolerancia que se apodera de algunos dirigentes políticos cuando media la religión, hay que reivindicar los valores del humanismo secular, como hace Garton Ash.

“Uno de esos principios fundamentales [de una sociedad libre] es la libertad de expresión, que se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de los extremistas y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano por parte de diversas instituciones públicas y privadas. La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho. En especial, debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales. Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo”, escribe en su artículo ‘Creyentes y no creyentes’. (Me gusta más el título del original: ‘What does a free society require of believers and non-believers alike?’.) A ver si toman nota los buenistas y dejan de echar a los críticos de las religiones ante los caballos de los fundamentalistas. Los credos, como cualquier otra ideología, y sus líderes, como cualquier otro, pueden y deben ser blanco de críticas. Es un derecho irrenunciable, digan los fanáticos lo que digan.

Garton Ash aboga por cosas con las que estoy de acuerdo -ya que son principios del humanismo secular-, como la igualdad entre hombres y mujeres -que tanta alergia da a las jerarquías religiosas-, y una libertad religiosa total, enmarcado todo ello en una sociedad laica que no prime ningún credo. Es algo que, desgraciadamente, no se da en España. Aquí, los sucesivos Gobiernos no sólo han dejado el sistema educativo en manos de la Iglesia católica, sino que además han convertido al Estado en recaudador del diezmo a través de la declaración de la renta. Un Ejecutivo realmente progresista debería liberar la escuela de la carga religiosa y garantizar que el adoctrinamiento sea para quien lo desee, pero nunca sufragado por todos. Un Ejecutivo realmente progresista debería olvidarse de incluir más casillas en la declaración de la renta, según nuevos credos quieran acceder a su trozo del pastel, borrar la de la Iglesia católica y que ésta recaude fondos directamente de sus feligreses.

“Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás”, dice Garton Ash. Coincido con él. Me produce repugnancia la caricatura del liberalismo que vende en España la derecha cavernaria -también hay izquierda cavernaria; si no, miren al tirano cubano y sus seguidores-, la misma que ha intentado llevar a los tribunales a unos científicos por experimentar con células madre o que equipara ese tipo de investigación con el asesinato masivo de judíos por los nazis, como hizo el incalificable Miguel Ángel Rodríguez hace unos días en Televisión Española. Frente a fundamentalistas de cualquier signo y credo, apuesto, como el historiador británico, por los principios de convivencia del humanismo laico. Lamentablemente, no parece que haya nacido todavía en España el político capaz de afrontar el reto de convertirnos en un país moderno, así que mucho me temo que seguiremos sumando asignaturas religiosas en la escuela pública y casillas confesionales en la declaración de la renta.

Timothy Garton Ash, historiador y columnista de The Guardian, publica hoy un interesante artículo de opinión en El País sobre cuáles deberían ser los principios básicos de la convivencia en una sociedad civilizada con ciudadanos de diferentes orígenes y religiones. Vivimos tiempos de zozobra en los que algunos políticos ceden en los derechos fundamentales a la presión de los intolerantes con una facilidad preocupante, tal como hicieron José Luis Rodríguez Zapatero y el primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan, en la carta que firmaron en The International Herald Tribune censurando la publicación las caricaturas de Mahoma por el diario danés Jyllands-Posten. “La publicación de estas caricaturas puede ser perfectamente legal, pero no es indiferente y, por tanto, debería ser rechazada desde un punto de vista moral y político”, escribieron ambos mandatarios. El presidente del Gobierno español no fue el único que cedió al chantaje de los violentos islamistas y sacrificó ante ellos la libertad de expresión; hubo otros dirigentes que también lo hicieron. Ante esa irresponsabilidad institucional disfrazada de tolerancia que se apodera de algunos dirigentes políticos cuando media la religión, hay que reivindicar los valores del humanismo secular, como hace Garton Ash.

“Uno de esos principios fundamentales [de una sociedad libre] es la libertad de expresión, que se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de los extremistas y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano por parte de diversas instituciones públicas y privadas. La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho. En especial, debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales. Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo”, escribe en su artículo ‘Creyentes y no creyentes’. (Me gusta más el título del original: ‘What does a free society require of believers and non-believers alike?’.) A ver si toman nota los buenistas y dejan de echar a los críticos de las religiones ante los caballos de los fundamentalistas. Los credos, como cualquier otra ideología, y sus líderes, como cualquier otro, pueden y deben ser blanco de críticas. Es un derecho irrenunciable, digan los fanáticos lo que digan.

Garton Ash aboga por cosas con las que estoy de acuerdo -ya que son principios del humanismo secular-, como la igualdad entre hombres y mujeres -que tanta alergia da a las jerarquías religiosas-, y una libertad religiosa total, enmarcado todo ello en una sociedad laica que no prime ningún credo. Es algo que, desgraciadamente, no se da en España. Aquí, los sucesivos Gobiernos no sólo han dejado el sistema educativo en manos de la Iglesia católica, sino que además han convertido al Estado en recaudador del diezmo a través de la declaración de la renta. Un Ejecutivo realmente progresista debería liberar la escuela de la carga religiosa y garantizar que el adoctrinamiento sea para quien lo desee, pero nunca sufragado por todos. Un Ejecutivo realmente progresista debería olvidarse de incluir más casillas en la declaración de la renta, según nuevos credos quieran acceder a su trozo del pastel, borrar la de la Iglesia católica y que ésta recaude fondos directamente de sus feligreses.

“Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás”, dice Garton Ash. Coincido con él. Me produce repugnancia la caricatura del liberalismo que vende en España la derecha cavernaria -también hay izquierda cavernaria; si no, miren al tirano cubano y sus seguidores-, la misma que ha intentado llevar a los tribunales a unos científicos por experimentar con células madre o que equipara ese tipo de investigación con el asesinato masivo de judíos por los nazis, como hizo el incalificable Miguel Ángel Rodríguez hace unos días en Televisión Española. Frente a fundamentalistas de cualquier signo y credo, apuesto, como el historiador británico, por los principios de convivencia del humanismo laico. Lamentablemente, no parece que haya nacido todavía en España el político capaz de afrontar el reto de convertirnos en un país moderno, así que mucho me temo que seguiremos sumando asignaturas religiosas en la escuela pública y casillas confesionales en la declaración de la renta.

Juan Manuel de Prada rechaza la teoría de la evolución

Juan Manuel de Prada dice, en su última columna del XLSemanal, que siempre le ha “llamado la atención la rotundidad con que se suele negar la intervención del misterio cuando se trata de explicar el origen del hombre; pero lo cierto es que, si existe un momento en la historia del universo en que parece más que probable la intervención del misterio, es precisamente el momento en que el hombre irrumpe en el mundo”. Si, a usted, que alguien hable de “la intervención del misterio” en la evolución humana -además de sonarle a un guión de baratillo escrito por Iker Jiménez y sus chicos-, le huele a que intenta darnos Dios por selección natural, ¡felicidades, ha acertado! El escritor fundamenta su ataque a la teoría de la evolución en El hombre eterno, un ensayo de Gilbert K. Chesterton, autor que mudó en su tiempo del agnosticismo al cristianismo militante. Una elección lógica en un Prada que en los últimos años ha demostrado ser más papista que el Papa. El novelista baracaldés recuerda que, para entender a nuestros antepasados, Chesterton nos invitaba a entrar en una cueva prehistórica. Y entonces empieza el desvarío, el sinsentido ignorante sobre lo que son el arte prehistórico, la evolución humana y la teoría de la evolución.

Juan Manuel de Prada. Foto: Efe.“Lo que encontramos en dichas cavernas -unas pinturas rupestres realizadas no sólo por la mano del hombre, sino por la mano de un verdadero artista- rebate esas hipótesis evolucionistas que lo enmarañan y complican todo para que no podamos comprender la verdad, la sencilla y escueta verdad. Aunque hubiésemos sido adoctrinados en las más ortodoxas teorías evolutivas, llegaríamos a la conclusión de que esas mismas pinturas nunca las habría podido concebir ni realizar un animal”, sostiene. Estas dos frases son tergiversadoras de principio a fin. Afirmar que la existencia de las pinturas prehistóricas “rebate” el escenario de la evolución humana es no tener ni idea de lo que se habla. Las primeras pinturas rupestres son de anteayer, de hace sólo unos 40.000 años, y obra de nosotros mismos, aunque entonces no tuviérmos ni ordenadores ni santuarios marianos a los que peregrinar. Pero el arte -una obra específicamente humana- es mucho más antiguo. Las primeras muestras que se conocen datan de hace unos 100.000 años y son unas conchas de molusco perforadas halladas en Israel y Argelia. También son obra de nuestra especie, porque el Homo sapiens apareció hace unos 200.000 años. Antes, hubo otros Homo que empezaron a fabricar herramientas hace 2 millones de años y, antes de éstos, otros homínidos más primitivos cuanto más atrás vamos en el tiempo. Nuestros orígenes se sitúan en África hace entre 6 y 7 millones de años, cuando nuestro linaje -el de los homínidos- y el del chimpancé se separaron. Así que la aparición del arte es un paso más; importante, pero un paso más en una larga historia.

La siguiente argumentación de De Prada es tan burda que da vergüenza ajena. Dice que las hipótesis evolucionistas “lo enmarañan y complican todo para que no podamos comprender la verdad, la sencilla y escueta verdad”. ¿Dónde lo enmarañan?. ¿cómo?, ¿cuál es esa verdad “sencilla y escueta”? La teoría de la evolución da, contrariamente a lo que mantiene el novelista, una magnífica explicación a la biodiversidad y a la historia de la vida en la Tierra, incluida la de nuestra especie. Claro que si la verdad de Prada es un remedo de soplo divino, apaga y vámonos. No hay más que hablar. Bueno, sí: ¿quién creó a ese dios que insufló la inteligencia a los homínidos?, ¿cuándo nació?, ¿dónde?, ¿qué había antes?, ¿fue creado por otro dios?, ¿por qué dejo pasar más de 10.000 millones años desde el nacimiento del Universo hasta la aparición de la vida en la Tierra?, ¿por qué permitió que se extinguieran creaciones suyas como el inteligente hombre de Neandertal y otros?, ¿por qué nos hizo tan frágiles y vulnerables a las enfermedades?, ¿por qué mira para otro lado cuando tantos niños nacen con deformidades o enfermedades incapacitantes?, ¿dónde está?…

No sé lo que se considera el escritor, pero yo sé que soy un animal. Y también sé que estoy emparentado, en mayor o menor grado, con el resto de los animales porque llevo en mi ADN escrita mi historia evolutiva. Así que, cuando dice que “esas mismas pinturas (las rupestres) nunca las habría podido concebir ni realizar un animal”, De Prada está confundiendo conceptos: no las pudo hacer otro animal; pero sí las hizo un animal, el humano. En su artículo ‘La firma del hombre’, el escritor intenta una y otra vez confundir al lector y venderle su creacionismo camuflado: ¿por qué no se atreve a hablar de una divinidad creadora abiertamente?, ¿acaso con eso de “misterio” no se refiere al dios cristiano?

La creación de Adán, vista por Miguel ángel en la Capilla Sixtina.“Tampoco me sirve -sostiene- esa hipótesis que afirma que el hombre llegó a dibujar al final de un proceso evolutivo: las pinturas rupestres no fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres. Los animales no dibujan mejor a medida que se produce su evolución: el rudo chimpancé prehistórico no pintaba de forma más rudimentaria que el refinado chimpancé contemporáneo. El hombre no puede ser considerado sino como una criatura absolutamente independiente y singular respecto a las demás criaturas”. Bonito intento de engañar al personal para llevarle al huerto. Las pinturas rupestres fueron hechas por hombres -es cierto-, pero hubo muchas generaciones de hombres con anterioridad que no pintaron en las paredes de las cuevas. Y los hubo antes que no tuvieron arte. Hoy, un número creciente de paleontólogos cree que el comportamiento humano moderno -que se caracteriza por el pensamiento abstracto y el simbolismo, la talla de huesos por razones religiosas, las herramientas del tipo de arpones…- emergió gradualmente en nuestra especie durante decenas de miles de años. No, Altamira no la empezó un mono y la acabó un hombre. La acabó el mismo primate que la empezó a pintar, un hombre descendiente de otros homínidos que habían vivido en África hace millones de años y que nos costaría identificar como algo más que chimpancés bípedos. Somos diferentes a las demás criaturas, pero no somos el fin de un camino. Si hoy cayera un asteroide de gran tamaño -¿por qué fue la divinidad tan cruel de crear a los dinosaurios y luego exterminarlos en masa?-, con el tiempo la vida resurgiría y la historia del hombre no habría sido nada más que un pequeño intermedio en la de la Tierra.

De Prada es antievolucionista y lo deja claro, sobre todo, al final del artículo. “Sostener que una criatura se convierte repentinamente en creador mediante un puro proceso de agregaciones y síntesis químicas se me antoja reduccionista. Lo cierto es que la inteligencia humana no existía; y que comenzó a existir. No sabemos en qué momento o en qué infinidad de años. Algo misterioso sucedió, y tiene toda la apariencia de una acción que trasciende los límites del tiempo, quizá también los límites de nuestra comprensión. Explicarlo como un mero continuo no me parece, sinceramente, una hipótesis satisfactoria”, afirma. ¿Decir que un ser superior tocó con su omnipotente dedo a un homínido para insuflarle la inteligencia es un hipótesis satisfactoria? No, ni siquiera es una hipótesis; es un cuento como el de Caperucita Roja. No hay pruebas de algo así -una especie de código secreto escondido en el ADN y que podamos traducir por un made in God– y sí de que, durante miles de millones de años, la vida ha evolucionado en la Tierra condicionada por mutaciones aleatorias y la selección natural. Prada cierra los ojos a las toneladas de pruebas que paleontólogos y biólogos han acumulado en los últimos 150 años y presenta como alternativa su creencia; es decir, nada. ¿Querrá convertirse en el intelectual de cabecera del movimiento creacionista español?

Creyentes en todo; escépticos de nada

Dice Fernando Savater, en un artículo sobre el encuentro de religiones del Fórum de las Culturas publicado ayer en El Correo, que, “aunque sean humanamente respetuosos, los creyentes de una fe ven a los que creen en otras como los ateos vemos a todos ellos: como gente equivocada. Y el error ajeno, por muy tolerante que sea uno, despierta a la larga más impaciencia y conmiseración que auténtica simpatía”. El filósofo se sorprende, por eso, del “buen rollito reinante entre los cientos de representantes de creencias manifiestamente dispares” que se han citado en la capital catalana y sospecha que “entre los asistentes a esa ensalada de creencias y sortilegios ha predominado fundamentalmente el buenismo, o sea, el afán postmoderno de sentirse bueno por razones más estéticas que morales”. Ciertamente, resulta muy difícil de tragar tanta fraternidad entre quienes han intentado e intentan a toda costa que sus dioses predominen sobre los de los demás -incluso que se impongan a los que vivimos sin dios tan ricamente-, y han predicado y practicado durante siglos la santa intolerancia hacia todo el que se aparta de sus dogmas.

La reflexión de Savater me ha recordado como, hace no tantos años, los apóstoles de la ufología renegaban de la parapsicología, los de la parapsicología no creían en la astrología, los practicantes de la astrología no se tragaban lo de las visitas de marcianos en la Antigüedad y los partidarios de éstas no profesaban la fe en los ovnis. Ésa era la tónica general entre los expertos de lo oculto: mi creencia es la buena; las otras no. El rechazo de las supersticiones ajenas era una forma de dar solidez a la propia, de dejar claro que uno no era un crédulo de tomo y lomo y que, si pensaba lo que pensaba, era porque lo había meditado y existían pruebas que cimentaban sus conclusiones. Ahora, al igual que católicos, budistas, islámicos y demás hermanados en Barcelona -¿hubo representantes de la fe jedi?-, los engañabobos de lo paranormal no hacen distingos: apoyan con el mismo entusiasmo y fervor la existencia de la piramidología, los platillos volantes, las conspiraciones, el vudú, la desapariciones misteriosas, las casas encantadas, los continentes perdidos, los monstruos, los extraterrestres en las pinturas prehistóricas, los dotados de poderes psíquicos… Como los clérigos de todos los colores, ninguno denuncia la falsedad de lo que dice el otro, no vaya a ser que el otro le saque a su vez los colores. Y, frente a ellos, sólo estamos los escépticos; como únicamente estamos los ateos frente a las religiones.

El escritor Juan Manuel de Prada dedicaba ayer su página de El Semanal a un ejemplo del maridaje entre las supersticiones paranormales y religiosas, personificada en la visión que tuvo en la televisión de “un programa que abordaba la figura de Jesucristo desde una perspectiva esotérica. El presentador, con aspecto de hombre Camel (así llama mi esposa a los tíos machotes, curtidos por el sol de la aventura, que visten como si la vida fuera un perpetuo safari), comenzaba exponiendo su interés en despojar a Jesucristo de toda esa hojarasca de tergiversaciones y manipulaciones que han emborronado su figura. Enseguida supe que me hallaba ante una pieza antológica de ese esoterismo pachanguero que tanto me estimula: el tono campanudo del presentador, la aportación de datos presuntamente históricos servían como coartada para el posterior desparrame”. El artículo, titulado “21 de agosto, Navidad”, disecciona el episodio de la serie Planeta encantado en el que Juan José Benítez sienta a Jesús en el Coliseo romano antes de que el edificio existiera.

La Televisión Española (TVE) del PP estrenó los documentales de Benítez en octubre de 2003 y la del PSOE los ha repuesto este verano. Estamos ante una muestra más del hermanamiento de la izquierda y la derecha en la superstición y la estupidez. Y no olvidemos, como indica Prada, que Planeta encantado ha sido emitido por una televisión que pagamos todos los españoles. Tenemos sobrados motivos para avergonzarnos.

11-M: todos los terroristas son iguales

Lazo negro.Da igual que sean terroristas islámicos o nacionalistas. Da igual que los alimente el integrismo religioso o el político. Da igual que sean de Al Qaeda o de ETA. Da igual. Son los mismos asesinos con diferente disfraz, pero con idéntica munición: la irracionalidad del iluminado, la sinrazón del elegido. Ayer ocurrió en Madrid; hace dos años y medio, en Nueva York y Washington; hace diecisiete, en un hipermercado de Barcelona. Están entre nosotros y parecen seres humanos normales; pero no lo son. Son la escoria entre la escoria. Fanáticos religiosos y políticos cuya existencia siembra de dolor y muerte el mundo entero. Monstruos producto de ideologías perversas, de sistemas educativos, de familias y de sociedades enfermas. Alimañas con las cuales no puede haber ningún diálogo y a las que sólo cabe perseguir para encerrarlas en jaulas. Asesinos que cuentan en algunos casos con simpatizantes entre nosotros, con cómplices de voz y voto tan culpables de sus crímenes como ellos.

Tras el enésimo ataque fascista contra un demócrata en el País Vasco, escribí lo siguiente como parte del editorial de la revista El Escéptico (Número 9, Verano de 2000): “Quienes asesinan, quienes les respaldan con sus votos y quienes atacan a bienes y personas por disentir son la plasmación humana del fracaso del sistema educativo a la hora de formar ciudadanos capaces de pensar crítica y racionalmente. Podrá decirse que los que llevan a la práctica esas perversas acciones son cuatro, pero los votantes de la formación política que considera “héroes”, “compañeros” y “patriotas” a los criminales son un sector significativo de la sociedad vasca. Y, entre ellos, hay numerosos jóvenes que han pasado recientemente por la escuela, el instituto y hasta la universidad, y han caído, sin embargo, en las garras del fanatismo. ¿Qué ética se está inculcando a las nuevas generaciones para que haya tantos jóvenes que consideren normal responder a los argumentos del otro con el tiro en la nuca, el coche bomba o el vandalismo?”. La clave del principio del fin de los terroristas está en la escuela, en la educación en el pensamiento crítico, en el escepticismo ante los mitos. “La gente libre no necesita mitos”, le contaba el historiador Fernando García de Cortázar al periodista Iñaki Esteban en las páginas de El Correo hace tres meses.

Los terroristas no quieren que seamos libres, nos quieren hacer esclavos de sus mitos, algunos de los cuales son alimentados por políticos sin escrúpulos que no se manchan las manos de sangre, pero disparan las palabras. Dentro de dos días, tenemos los españoles la oportunidad de demostrar a los asesinos de los trenes de Madrid -sean quienes sean- que no vamos a olvidar a las víctimas del 11-M, como no hemos olvidado a las del 11-S ni a las de Hipercor ni al más humilde guardia civil ejecutado por la sinrazón. Que ni un voto vaya a parar a quienes tienen alguna tolerancia con el terrorismo, sea cual sea su origen. Se lo debemos a los cerca de 200 muertos de Madrid, a los más de 2.700 de las Torres Gemelas y a los más de 800 de ETA.

Clones y fotocopias

Vivimos rodeados de clones. Yo tengo a dos entre mis amigos: se llaman Carlos y Pablo. Son gemelos genéticamente idénticos; es decir, clones naturales. En algún momento antes del decimoquinto día posterior a su concepción, el embrión que portaba en el útero su madre se dividió en dos grupos de células que, con el tiempo, derivaron en Carlos y Pablo. Como ellos, hay muchos caminando por las calles de todas las ciudades del mundo y no sé de nadie que cuestione que cada uno es una persona diferente. Sin embargo, desde que en 1996 nació la famosa oveja Dolly, la posibilidad de recurrir a la clonación humana es percibida por muchos como una monstruosidad. Y es que las imágenes de multitudes de hitleres brazo en alto, de bebés nacidos para serles extraídos los órganos con el objeto de trasplantarlos a los originales, de la clonación como una especie de resurrección sólo al alcance de los más ricos… resultan ciertamente inquietantes. Tanto como falsas.

Al igual que Carlos y Pablo, los clones artificiales, de existir, se parecerían entre sí físicamente; pero serían individuos diferentes. Ya fueran uno o cien. Pensar que un clon humano no es más que una especie de fotocopia del original es reducir la personalidad a los genes. Es afirmar que todo está escrito en ellos, que el ambiente no tiene nada que ver en nuestro desarrollo personal y que los hermanos gemelos son un único individuo. La genética condiciona en gran medida nuestro futuro biológico; pero no lo es todo. Craig Venter, director de Celera Genomics, reconoció, en la presentación pública del borrador de nuestro genoma el 12 de febrero de 2001, que “el entorno es tan importante como nuestro código genético” en la aparición de las enfermedades. Si hablamos de la personalidad, el tan se queda corto.

Hitler surgió donde surgió y en una época determinada. Como Einstein, al que también se suele citar como ejemplo de sujeto susceptible de clonación, aunque en sentido positivo. Para que de una célula clonada procedente de Einstein naciera otro Einstein, éste habría de tener idéntico desarrollo embrionario que el original -los gemelos poseen diferentes cableados neuronales, lo que ya es una dificultad insalvable- y vivir, después, todas y cada una de las experiencias del genio de Ulm, algo imposible simplemente porque estamos en el siglo XXI y el padre de la teoría de la relatividad nació en el XIX. Así pues, ahuyentemos de nuestras cabezas algunos fantasmas, y también ilusas esperanzas de vida eterna.

La clonación humana, temida por muchos, ha suscitado en algunos la pretensión de revivir a sus muertos. Así, un matrimonio estadounidense estaba hace un par de años dispuesto a pagar 200.000 dólares a una empresa radicada en Bahamas para que resucitase a su hijo, un bebé de diez meses fallecido durante una operación en principio sin importancia. Los desesperados padres, una pareja todavía en edad fértil, iban a gastarse en ese sueño imposible la indemnización que les otorgó la Justicia como víctimas de una negligencia médica. El dinero iba a acabar en las arcas de Clonaid, una compañía filial de la secta de los raëlianos, organización cuyo fundador dice estar en contacto con los extraterrestres.

Los raëlianos, que hace unos años intentaron sin éxito abrir una embajada alienígena en Israel -no les ayudó precisamente que su símbolo fuera entonces (a raíz de ese fracaso lo sometieron a un rediseño) muy parecido a la cruz gamada-, se embarcaron en febrero de 1997 en un proyecto de clonación humana cuyo momento cumbre se vivió el 26 de diciembre de 2002, cuando anunciaron el nacimiento de Eva en lo que el tiempo ha demostrado que no fue sino una operación publicitaria. La secta dispone del equipamiento adecuado, de científicos capacitados, de donantes de óvulos y de madres de alquiler dispuestas a llevar en su interior embriones ajenos. Con tal rampa de lanzamiento -los expertos no dudan de su capacidad para intentar clonar humanos-, han centrado su negocio en personas que han perdido a seres queridos, un auténtico filón en el que se aprovechan de esa idea tan popular como errónea de que la clonación reproductiva sería un medio para duplicar personas, cuando lo que se duplican en realidad son células a partir de las cuales se pueden desarrollar luego individuos.

“¿Quién, hoy en día, se escandalizaría por devolver a la vida a un bebé de diez meses que murió accidentalmente? La tecnología lo hace posible, los padres lo desean y no veo en ello ningún problema ético”, afirma Brigitte Boisselier, directora científica de Clonaid en la web de la compañía. A pocos escandalizaría devolver a la vida a personas, si se pudiera. Sin embargo, la publicidad de los raëlianos es falsa. La tecnología no puede resucitar a nadie. Ni por los 200.000 dólares que cobran los raëlianos por sus servicios, ni multiplicando esa cantidad hasta el infinito. No hay resurrección posible. La mente, la personalidad, reside en el cerebro y, cuando éste muere, aquélla deja de existir. Quienes, por ignorancia, paguen a estos sectarios por revivir a un familiar serán estafados económica y emocionalmente, y posiblemente causen indirectamente un gran daño al nuevo ser. Si nace sin ninguna de las malformaciones detectadas hasta ahora en los clones de animales de granja y domésticos, el daño que sufra no tendrá su origen en que sea o no clonado, sino en las expectativas puestas erróneamente en él por sus progenitores.

Por lo que se refiere al bebé antes citado, sería difícil que el nuevo niño defraudara las falsas expectativas de los padres: su corta edad al morir jugaría a favor de la creencia de que el clon es el original redivivo. Sin embargo, si el clon fuera de un adulto -hay varios clientes de los raëlianos en esa situación-, sufriría en sus carnes el ser considerado su hermano gemelo resucitado. Por desgracia, únicamente los hechos y el tiempo convencerían traumáticamente a esos clientes de Clonaid de su inmenso error. Sólo años después del nacimiento del nuevo ser comprenderían que también en la clonación las apariencias engañan, que el gran parecido físico entre el original y la presunta fotocopia no implica que sean la misma persona. Serían, simple y llanamente, gemelos; aunque hubieran nacido con años de diferencia.

Ese mismo hecho impide que la tercera de las pesadillas apuntadas al principio cobre visos de verosimilitud. Imaginar fábricas de clones humanos para proporcionar órganos de repuesto a los originales, que así evitarían cualquier tipo de rechazo, es algo a lo que indirectamente apuntan en cuanto tienen oportunidad los más fervientes opositores a la clonación. Una idea disparatada porque los clones no son fotocopias sin más contenido que el original, sino que, como hemos visto, son individuos diferentes con su propio contenido, con su propia personalidad. Es decir, sujetos que ostentan los mismos derechos fundamentales que el resto de los humanos. Pero es que, además, aunque alguien sin escrúpulos decidiera crear clones humanos para extraerles uno o varios órganos en beneficio de los originales, el coste de la empresa -tendría que crearlos y mantenerlos vivos hasta décadas antes de utilizar sus órganos, si es que es preciso- sería enorme.

Frente a ello, frente a lo que, dejando a un lado implicaciones éticas, sería el equivalente a producir coches para extraerles piezas -partiendo de la base de que las de un coche clónico sólo serían aptas para un único coche original-, los científicos ven cada vez más factible cultivar órganos individualmente a partir de las conocidas como células madre. Estas células, presentes en los primeros estadios del desarrollo embrionario, son pluripotenciales, tienen capacidad para convertirse en cualquiera de las especializadas de nuestro organismo, y se ha probado ya en mamíferos que pueden generarse a partir de otras especializadas. ¿Qué quiere decir esto? Que puede que en un futuro no muy lejano, si necesitamos un trasplante de riñón, baste con tomar una célula de nuestra piel, revertirla mediante la llamada clonación terapéutica hasta que produzca células madre y, después, darle las instrucciones oportunas para que se multiplique hasta dar lugar a un riñón. Ésa es la línea en la que trabajan varios grupos científicos punteros, entre ellos, los de los padres de Dolly y los científicos surcoreanos que esta semana han anunciado en Science que han conseguido clonar una célula adulta de una mujer en un óvulo y obtener de ese embrión células madre. Un paso histórico para la medicina reparadora al que sólo se ponen reparos éticos desde visiones religiosas fundamentalistas.

La clonación humana está ahí. La caja de Pandora se abrió con el nacimiento de la primera oveja clónica y de ella saldrán en el futuro clones humanos. No hordas de hitleres ni lázaros resurrectos, sino nuevos individuos únicos e irrepetibles. Y, posiblemente, estarán aquí antes de lo que esperamos. Quizá no pase mucho tiempo antes de que la clonación sea una técnica reproductiva más para ciertos casos de esterilidad, lo que, como augura Lee M. Silver, de la Universidad de Princeton, en su libro Vuelta al Edén, supondrá un auténtico revolcón para nuestro concepto tradicional de familia. Imaginemos que mi mujer y yo decidimos tener un hijo a partir de la clonación de una de mis células. El pequeño será socialmente nuestro hijo; pero biológicamente será mi gemelo, el cuñado de mi esposa, un hijo de mis padres y un hermano más de mis hermanos. Un cambio de mentalidad que no tendrán dificultades en asumir aquéllos que recurran a esta técnica como última posibilidad para reproducirse, para tener hijos. Como no las tienen, por fortuna, miles de parejas a la hora de considerar hijos, hermanos o nietos a niños adoptados, aunque el color de su piel sea diferente y no porten sus genes. Siempre que la técnica garantice que el ser humano producto de la clonación va a desarrollarse como cualquier otro de nosotros -sin deficiencias derivadas del proceso-, el debate social sobre esta técnica ha de tener como eje el derecho a reproducirse de aquéllos que sólo puedan hacerlo por clonación y, establecido que el nacido por este método es una persona con todos los derechos, afrontarse únicamente desde una perspectiva humanista.