Falsa memoria

Recuerdos retocados

La foto de una protesta pacifista en Roma en 2003, y la retocada con los antidisturbios y los manifestantes enmascarados. Foto: Universidad de California.

Los psicólogos saben desde hace años que nuestra memoria no funciona como la de un ordenador, sino que cada vez que recordamos algo lo recreamos. Y saben que esas reconstrucciones están expuestas a influencias externas que hacen que incorporemos a ellas personas, cosas, colores, ruidos… En casos extremos, pueden ser totalmente falsas: se ha probado experimentalmente que una de cada cuatro personas recuerda que de niño se perdió en una gran superficie, aunque nunca pasara, si la historia se la cuenta un familiar de un modo convincente.

Científicos canadienses y neozelandeses demostraron hace tres años que montajes fotográficos en los que aparecemos haciendo cosas que nunca hicimos pueden llevarnos a recordar que eso nos pasó en realidad. Ahora, tres psicólogos italianos y estadounidesnes han concluido que fotos de hechos históricos retocadas pueden alterar nuestro recuerdo de esos sucesos y nuestra actitud futura hacia otros similares. El trabajo, publicado en la revista Applied Cognitive Psychology, pone en evidencia “el poder de cualquiera para distorsionar nuestros recuerdos y da a los medios de comunicación otra razón para regular este tipo de manipulación, además de las razones éticas”, afirma Elizabeth Loftus, psicóloga de la Universidad de California y coautora del trabajo.

Gentío en Tiananmen

Loftus y los psicólogos italianos Dario Sacchi y Franca Agnoli, ambos de la Universidad de Padua, usaron en su experimento dos fotografías: la famosa de un estudiante chino solo frente a los tanques en 1989 en la plaza de Tiananmen, en Pekín; y otra de una protesta pacifista contra la guerra de Irak en Roma en 2003. A la versión retocada de la primera le añadieron cientos de personas observando el desfile de blindados desde los laterales; en la segunda, insertaron antidisturbios y manifestantes encapuchados, y taparon un cartel en el que se leía la palabra peace (paz, en inglés).

Los investigadores enseñaron a los 299 participantes -reclutados en Italia entre personas de 19 a 84 años- la foto original o la manipulada de alguno de los dos hechos y luego les preguntaron cuánta gente pensaban que había participado en el suceso, cómo habían respondido las autoridades y si había sido muy violento. A pesar de que los dos hechos resultaban familiares a los sujetos -la protesta romana había sucedido un año antes de la prueba-, aquéllos que vieron las fotos retocadas las asumieron como imágenes fidedignas de lo ocurrido. Así, los que tuvieron en sus manos la foto retocada de la manifestación de Roma recordaban que había sido violenta y había habido daños y heridos. Además, todos los que vieron los trucajes se mostraron menos dispuestos que los que no a participar en futuras protestas.

“Una de las principales conclusiones es que ver imagenes modificadas afecta no sólo al modo en que la gente recuerda sucesos pasados, sino también a sus actitudes e intenciones futuras”, destaca Agnolli. Para Loftus, el retoque fotográfico es una posible herramienta de manipulación de masas. “Es potencialmente una forma de ingeniería humana que podría aplicarse contra nuestro conocimiento y deseos, y por eso debemos estar vigilantes”.

En 2004, en la última campaña presidencial de EE UU, el candidato demócrata John Kerry fue víctima de un montaje fotográfico en el que se le veía en una protesta pacifista junto a Jane Fonda a principios de los años 70. Nunca había estado allí, pero mucha gente continuó pensando que sí mucho después de que se revelara el fraude.

Memoria de replicante

“Si les damos un pasado, creamos un apoyo para sus emociones y, consecuentemente, podemos controlarlos mejor”, explica el magnate Eldon Tyrell (Joe Turkel) a Rick Deckard (Harrison Ford) al principio de Blade runner (1982) acerca de los replicantes, los androides que el ser humano utiliza como esclavos en las colonias espaciales. “Recuerdos, usted habla de recuerdos”, responde el cazarrecompensas. El fabricante de humanos artificiales crea también recuerdos para sus creaciones, algo que desde 1982 han hecho muchos terapeutas en Estados Unidos en casos de abusos de menores, posesiones demoniacas y secuestros por parte de extraterrestres.

El pasado inventado es para los replicantes de la película de Ridley Scott -que ha vuelto a las carteleras esta semana con motivo del estreno de su versión definitiva- un asidero y, a la vez, un grillete. Para reforzar esos falsos recuerdos, Tyrell proporciona a cada uno de ellos fotografías que parecen salidas de un álbum familiar. Para Rachael (Sean Young), la androide que no sabe que lo es, son la prueba de su humanidad, como para Deckard.

Recuerdos sin pasado

Stalin borraba a sus enemigos de las fotos para hacerlos desaparecer de la Historia. Décadas después, psicólogos canadienses y neozelandeses han demostrado que podemos recordar un hecho que nunca ocurrió si lo asociamos con una imagen indirectamente relacionada con él. Cuestionan así la técnica usada por los psicoterapeutas que recurren a fotografías para despertar en sus clientes el recuerdo de experiencias traumáticas, como el haber sufrido abusos sexuales en la infancia.

Stephen Lindsay, de la Universidad de Victoria (Canadá), y sus colaboradores probaron hace dos años que verse en una escena lleva a muchas personas a pensar que la han vivido. En un experimento en el que participaron veinte individuos, les enseñaron fotos de su niñez procedentes del álbum familiar. Entre las imágenes, incluyeron una manipulada digitalmente con el protagonista montado en un globo aerostático, algo que nunca había pasado. Al ver la foto, la mitad de los sujetos recordó la vivencia inventada.

Los investigadores han constatado ahora que instantáneas que tienen vagamente que ver con unos hechos también favorecen la creación de recuerdos de esos sucesos en un 67% de los sujetos. “Me ha dejado atónito haber obtenido un nivel tan alto de falsas memorias”, reconoce Lindsay, cuyo trabajo aparece en el último número de la revista Psychological Science. “Los resultados apoyan la idea de que los recuerdos no se almacenan en algún lugar de nuestra cabeza. Son experiencias fruto de la interacción entre cosas que realmente nos sucedieron en el pasado y nuestras creencias y expectativas actuales”.

El experimento

En el estudio, participaron 45 alumnos de primero de Psicología. Los científicos contaron a cada uno de ellos tres historias de su niñez de las que les dijeron que les habían informado los padres. Eran vivencias escolares: dos habían ocurrido realmente; la tercera era ficticia, aunque también se atribuía a los progenitores, quienes habían confirmado que su hijo no había vivido nada parecido. La escena imaginada había ocurrido en primer curso, cuando el protagonista tenía 6 años: él y un amigo habían puesto una masa verde gelatinosa de apariencia asquerosa -el Slime estadounidense en el que se basó el español Blandi Blub– en la mesa de la maestra y fueron castigados por ello. Los experimentadores dieron a la mitad de los jóvenes fotos de sus clases, sacadas del catálogo escolar, para ver si se acordaban mejor de los hechos.

Una semana después, los universitarios volvieron al laboratorio para informar de lo que habían conseguido recordar los tres sucesos, los dos reales y el inventado. Dos entrevistadores, que no sabían qué jóvenes habían recibido fotos de la época y cuáles no, leyeron las transcripciones de los testimonios de los estudiantes y juzgaron la precisión de los mismos. Mientras sólo una cuarta parte (27%) de los participantes a los que no se dieron fotos revivió la travesura inventada, el porcentaje ascendió hasta el 67% entre quienes contaron con una imagen de su clase de 1º. “Los falsos recuerdos eran muy detallados”, destaca Lindsay. Cuando los científicos informaron a los sujetos de que una de las historias era falsa, todos menos tres identificaron la ficción correctamente. Pero fueron muchos los que se sorprendieron de que algo que recordaban tan vivamente no hubiera sucedido: “Si no me hubieran dicho que no ocurrió, habría salido de aquí creyendo que pasó”.

Los autores achacan el alto índice de falsos recuerdos a la plausibilidad de la historia -incluido el que un amigo estuviera involucrado-, la confianza inspirada por los entrevistadores y el poder evocador de la foto, aunque se tratara no de una imagen de la travesura, sino de la clase de la que formaba parte entonces el sujeto. Para los experimentadores, no cabe duda de que mecanismos similares a los demostrados en su estudio se dan cuando un psicoterapeuta utiliza fotos para sacar a la luz supuestas memorias reprimidas de abusos sexuales infantiles, rituales satánicos o secuestros por extraterrestres. Los recuerdos se recrean, se reinventan. Piénselo la próxima vez que abra el álbum de fotos de su infancia.


La historia

“Recuerdo cuando Jane (se cambiaron en cada caso el nombre del protagonista y el del maestro) estaba en 1º y, como todos los chicos de entonces, tenía un repugnante Slime (equivalente estadounidense del Blandi Blub) de ésos con los que jugaban los niños. Recuerdo que un día me contó que había llevado el Slime a la escuela y lo había puesto en la mesa de la maestra antes de que llegara. Jane decía que no fue idea de ella, sino de un amigo que le dijo que tenían que hacerlo. Creo que la maestra, la señorita Smollett, se enfadó y castigo a Jane y a su amigo a sentarse media hora de cara a la pared con los brazos y piernas cruzados.”

Publicado originalmente en el diario El Correo.