Extraterrestres

Jiménez del Oso espera desde 1979 entrar en contacto con los ummitas

“Con un poco de suerte, confío dentro de poco entablar contacto personal con seres de Ummo, planeta que gravita en torno a la estrella Iumma, situada a 14,6 años-luz de la Tierra, codificada por nosotros como la estrella Wolf 424”. A finales de 1979, Fernando Jiménez del Oso, por aquel entonces director del programa de televisión Más Allá, confesaba su más íntimo deseo a un reportero de la revista Garbo mientras rodaba en Alcoy un episodio de la serie de TVE dedicado a un contactado. El actual director de Enigmas consideraba “muy digno de crédito” a un joven de 16 años que, según él, estaba en “contacto físico y telepático con seres de la constelación de Andrómeda, Anthar Serac, Adoniesis, Woodok, Link y otros, e inclusive conoce cómo son sus naves por dentro”. El psiquiatra, quien quería seguir los pasos del contactado, lo ha tenido más difícil para conocer en persona a los ummitas, extraterrestres que sólo han existido en la mente de José Luis Jordán Peña.

Fernando Jiménez del Oso en la revista 'Garbo' en 1979.Jiménez del Oso tiene a gala ser “muy cauto” en sus declaraciones y se ha ganado entre la opinión pública una inmerecida fama de riguroso investigador. Por desgracia para él, en determinadas ocasiones no puede evitar soltarse la melena y mostrarse cómo lo que es. En enero de 2000, por ejemplo, aseguró en una entrevista publicada por La Vanguardia que durante años había compartido piso en Madrid con un fantasma. Y es que a este psiquiatra le han pasado cosas de lo más extrañas. Convencido de la existencia de los platillos volantes como naves extraterrestres y de que “existen bases submarinas de ovnis cerca de las islas Canarias”, reconocía en 1980 que había visto en Madrid dos objetos volantes no identificados, “que se movían a una velocidad de 5.600 kilómetros por hora”.

Firme defensor de la convivencia de civilizaciones tecnológicas con los dinosaurios, a raíz de las críticas hechas por ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico -en aquella época, Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP)- cuando fue invitado en 1988 por la Universidad del País Vasco a dar una conferencia en Bilbao, Jiménez del Oso admitía en El Correo que la ciencia nunca ha sido lo suyo. Interrogado sobre el hecho de que los parapsicólogos eviten el método científico, decía: “¿Que no he utilizado una metodología científica? Y a mí qué narices me importa”.

Círculos de misterio

Imagen del típico extraterrestre junto a un mensaje codificado, en un círculo de los cultivos de 2002.2001 fue el año del contacto. El primer mensaje alienígena se hizo cereal el 21 de agosto. Ocurrió en el Reino Unido, cerca de la estación meteorológica de Chibolton. En un sembrado colindante con el observatorio, aparecieron un rostro y una especie de réplica de la señal que en 1974 se emitió desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) hacia M13, un cúmulo de estrellas situado a 25.000 años luz. “Creo que es una respuesta al mensaje de Arecibo”, dijo Palden Jenkins, un estudioso de los círculos. Era el broche de oro de una temporada que había empezado con bastante retraso sobre el calendario habitual.

“Los extraterrestres parecen estar al tanto de las leyes británicas, porque ningún ovni ni ningún orbitrón de plasma se ha dejado caer por la campiña inglesa durante el brote de fiebre aftosa”, ironizaba Michael Wright el 17 de junio de 2001, en The Sunday Times. Una vez levantada la prohibición de acceso a carreteras y caminos rurales impuesta para evitar la difusión del mal, los pictogramas florecieron. A mediados de agosto, Tim Carson, un granjero de Wiltshire, descubrió una figura en su propiedad y tuvo claro, desde el primer momento, que no era cosa de marcianos. “Recibí una llamada en la que me preguntaron si los caminos estaban ya abiertos al público. Dije que sí y aquella noche apareció un círculo de los sembrados”, declaró a la BBC.

Los artistas del cereal

El condado de Wiltshire -en el que se levantan los monumentos megalíticos de Stonehenge y Avebury- es la Disneylandia de la cerealogía, que debe su nombre a Ceres, la diosa romana de la agricultura. Allí comenzó todo a mediados de la década de 1970 y allí se encontró la otra formación que, junto a las de Chibolton, causó sensación el año pasado: una espiral de seis brazos, compuesta por 409 círculos y que ocupaba 45.000 metros cuadrados de un trigal de Milk Hill. John Lundberg, un diseñador gráfico londinense de 33 años, calcula que el complejo pictograma pudo exigir de sus creadores unas tres horas de intenso trabajo nocturno. Lo dice con conocimiento de causa: forma parte de uno de los grupos que, desde hace años, reivindican la paternidad de los círculos.

Frente a los ufólogos que atribuyen los dibujos a platillos volantes, los meteorólogos excéntricos que hablan de nuevos fenómenos atmosféricos y los místicos de la Nueva Era que argumentan que es la propia Tierra la que quiere así llamar la atención sobre la degradación medioambiental, Lundberg y sus colegas dicen que se trata de obras de arte. Efímero, porque la siega destruye los pictogramas; pero arte, al fin y al cabo. Su equipo responde al nombre de Circlemakers (fabricantes de círculos). Son tres, empezaron a actuar en Wiltshire hace más de diez años y, desde 1995, disponen de una web en la que informan de sus proyectos y mantienen al día un censo de este tipo de creaciones.

“Cuando, en 1991, Doug Bower y Dave Chorley confesaron que habían estado haciendo círculos durante quince años, el interés popular cayó en picado. Entonces -recuerda Lundberg-, nos propusimos elevarlo otra vez haciendo formaciones tan grandes y complejas que la gente volviera a preguntarse: ‘¿Es posible que estas cosas sean obra humana?'”. El trío hace entre veinticinco y treinta dibujos cada temporada, entre abril y septiembre. No son los únicos. Hay, en el Reino Unido, otros tres o cuatro grupos igual de activos, además de muchos que realizan una o dos obras al año.

Desde que el diario The Wiltshire Times se hizo eco del primer pictograma hace veintidós años, la complejidad de las formaciones ha ido en aumento. Las primeras llevaban a Bower y Chorley pocos minutos. Eran fáciles de hacer: uno de ellos se plantaba sobre el terreno, a modo de poste, con una cuerda o cinta de agrimensor a cuyo otro extremo estaba su cómplice. Este último caminaba entonces alrededor de su compañero, cual brazo móvil de un compás humano, dibujando un círculo de plantas tumbadas. Aplastaba el cereal con los pies, apoyándolos en un tablón que sujetaba con las manos, gracias a sendas cuerdas. Los dibujos de ahora son bastante más complicados, pero la técnica es la misma.

Bromistas impenitentes

Los dos vecinos de Southampton se lo pasaron en grande durante tres lustros. Diseñaban figuras cada vez más llamativas no sólo para superarse en su arte, sino también para entusiasmar o crear dolores de cabeza a los cereálogos, una peculiar tribu que recorría la campiña a la caza de dibujos. Bower llegó a acompañar a los expertos en sus visitas a los pictogramas y tomar nota de sus teorías para hacerlas realidad o ponerlas en entredicho. Así, cuando un cereálogo achacaba que las plantas aparecieran tumbadas siempre en un mismo sentido a la acción de tornados o vórtices de plasma, la pareja creaba una figura con el cereal aplastado en sentido contrario o con círculos satélites.

Dentro de la comunidad cerealógica destacaron pronto tres personajes por su capacidad de rentabilizar el fenómeno: los ingenieros Colin Andrews y Pat Delgado, y el meteorólogo Terence Meaden. Las continuas bromas de Bower y Chorley les volvieron locos. Al final, en septiembre de 1991, todo se fue abajo. Unos periodistas del diario Today enseñaron a Delgado una figura y éste se deshizo en elogios. “¡Es fantástico!”, dijo, antes de añadir que no podía ser obra humana. Cuando los reporteros le presentaron a los dos artistas, dos sesentones, la tierra se abrió bajo los pies del cereálogo. “La gran broma ha terminado. Dos espabilados nos han engañado”, concluyó. Pero la broma no había hecho nada más que comenzar.

Bower y Chorley se habían dado cuenta años antes de que había otros artistas del cereal. We are not alone (No estamos solos), escribieron en letras de doce metros en un sembrado en 1986, en reconocimiento a sus colegas. A partir de ese momento, firmaron sus trabajos con dos des mayúsculas. “Incluso eso se atribuyó a un misterioso propósito extraterrestre”, recuerda el fallecido astrofísico Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios (1996). Fueron los herederos intelectuales de los artistas de Southampton los que revitalizaron el fenómeno con increíbles dibujos, como el de un gris -un alienígena típico de Expediente X– con un disco que apareció el pasado 15 de agosto en Hampshire. Para los cereálogos, el disco contiene un mensaje de otro mundo.

“Lo que me fascina son los mitos y el folclore que han surgido alrededor de los círculos”, afirma John Lundberg, quien no se considera un bromista, sino un artista. Los sucesores de Bower y Chorley utilizan ordenadores para sus diseños, pero los trasladan al campo con los mismos útiles que sus maestros: cinta de agrimensor, tablones, cuerdas, brújulas, linternas… En el verano de 2002, siguiendo la estela de Señales, la última película de M. Night Shyamalan, miles de turistas invadieron los campos de Wiltshire y Hampshire para admirar sus obras de arte. El taquillazo de Hollywood llenó los bolsillos de los agricultores -cobran por entrar a sus propiedades-, las agencias de viajes y los cereálogos que tan mal lo pasaron hace diez años. El negocio de los círculos volvió a ser redondo.


Un arte y un negocio típicamente británicos

Son tan ingleses como los estrafalarios sombreros de Isabel II y el té de las cinco. De hecho, nacieron en una noche de verano de 1975 ó 1976 después de que cayeran varias pintas en un pub, el Percy Hobbs de Winchester. Doug Bower y Dave Chorley paseaban por un camino hablando de ovnis cuando el primero, que había vivido en Australia, recordó que en 1966 se había atribuido un círculo de hierba aplastada descubierto cerca de Queensland al aterrizaje de un platillo volante. “¿Qué crees que ocurriría si hiciéramos un círculo por aquí?”, preguntó a su compañero señalando un trigal. Así comenzó todo.

Al principio, la pareja empleó para aplastar el cereal la barra metálica con la que Bower atrancaba la puerta trasera de su tienda de marcos. Con el tiempo, se fabricaron las herramientas que aún siguen utilizando los hacedores de círculos del siglo XXI. Y tuvieron que dar explicaciones a Ilene, la esposa de Bower. En 1984, la mujer se encaró a su marido. Creía que tenía una aventura. Sólo así podían explicarse sus repetidas salidas nocturnas. El hombre le dijo a qué dedicaba las escapadas, pero ella no le creyó hasta que acompañó a él y a su cómplice en una de sus expediciones.

Los autores, perplejos

Bower y Chorley nunca pudieron imaginar que los cereálogos iban a detectar en sus obras y en las de otros colegas rastros de radiactividad o alteraciones en la composición química de las plantas. Jim Schnabel, ex artista del cereal y periodista, recuerda en su libro Round in circles (1993) cómo los expertos convertían “mágicamente” sus errores en “logros que ningún ser humano podía duplicar”. Por obra y gracia del misteriólogo de turno, un pictograma hecho con unas pintas de más acababa siendo radiactivo, rememora Schnabel. Mike J., otro ex fabricante de figuras, descubrió en 1991 que una formación que había creado un año antes “había sido fotografiada, investigada, sondeada por zahoríes, analizada y reproducida en libros y camisetas”. Era auténtica y fue “imposible” para él convencer a los cereálogos de lo contrario.