Espiritismo

“La idea de la Creación es una excusa para no hacer ciencia”, dice Peter Bowler

Expresivo. Peter Bowler, en un momento de la entrevista. Foto: Maite Bartolomé.

Peter Bowler ha dedicado gran parte de su vida profesional a la historia de la teoría de la evolución. Ayer, pronunció en Bilbao la conferencia inaugural de un ciclo sobre sus codescubridores, Charles Darwin y Alfred Russell Wallace. Organizado por la Fundación BBVA, el CIC bioGUNE, el British Council y la Unidad de Biofísica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad del País Vasco (UPV), conmemora la presentación de su teoría en la Sociedad Linneana de Londres hace 150 años.

–¿Es la intromisión de lo sobrenatural en la evolución humana la principal discrepancia entre Darwin y Wallace?

–Diez años después de la publicación de El origen de las especies en 1859, Darwin escribió El origen del hombre para explicar la evolución del mono al ser humano. Por aquel entonces, Wallace ya hablaba de lo sobrenatural. Para él, las facultades humanas tenían que ser fruto de algo más que la selección natural. Suele decirse que Wallace y Darwin propusieron una misma teoría, aunque hay diferencias sustanciales entre ellos.

–También puntos en común.

–El principal, la biogeografía. Los dos exploraron el mundo y se preguntaron por la distribución de las especies. ¿Por qué están donde están? En las Galápagos, Darwin se dio cuenta de que había especies diferentes de un animal en diferentes islas. Defender que Dios había ido plantando una especie diferente en cada isla era de un reduccionismo absurdo y, en cierta forma, un insulto al Creador. Concluyeron que la diferenciación se debía a animales que habían emigrado de un territorio a otro y luego habían quedado aislados por barreras naturales.

–Y se habían multiplicado y adaptado al entorno.

–Sí. La selección natural establece que sobreviven los mejor adaptados al medio. Explica por qué algunos individuos sobreviven y otros no. Wallace creía que la selección natural actuaba sobre grupos y subespecies, mientras que Darwin hablaba de la competencia entre individuos y presentaba como prueba la cría selectiva de animales por el hombre. Wallace nunca aceptó la analogía entre la selección natural y la cría de animales.

–Él creía que la evolución servía para otros animales, pero no para el hombre. ¿No es algo parecido a lo que sostienen los promotores del diseño inteligente, para quienes sólo la existencia de Dios puede explicar la complejidad humana?

–Wallace consideraba indispensable lo sobrenatural para explicar algunas facultades humanas. Creía que habilidades como las matemáticas, la música… eran inexplicables desde la selección natural. En ese sentido, sí existe un paralelismo con lo que sostienen los partidarios del ‘diseño inteligente’. Darwin era un materialista que abogaba por la explicación de todo por causas naturales, mientras que Wallace recurría a lo sobrenatural…

–Para explicar lo inexplicado.

–El trabajo de los científicos es buscar explicaciones naturalistas a lo que no sabemos. Cuando hay algo que no entiendes, puedes creer que nunca lo entenderás o que no lo entiendes ahora, pero posiblemente sí en el futuro. Para quien opta por la primera opción, seguir buscando una explicación no tiene sentido. Pero un científico nunca dirá: “¡Dejemos de buscar!”. El gran problema de Wallace y de los modernos creacionistas es que ponen un límite, una frontera, a la ciencia y rechazan la posibilidad de dar respuesta naturalista a algunas preguntas.

–Buscan a Dios en lo que la ciencia aún desconoce.

–Sí, en algo que no entendamos ahora. Es el Dios de los huecos del conocimiento. Muchos teólogos intentan hoy conciliar ciencia y religión, y huyen del Dios de los huecos. Vienen a decir que Dios está en los orígenes, detrás de las Leyes de la Naturaleza, no de cada uno de los pequeños detalles.

Peter Bowler, en un momento de la entrevista. Foto: Maite Bartolomé.–Parece que todavía no hemos digerido que Darwin, siguiendo los pasos de Copérnico, expulsara al hombre del centro del Universo.

–No. A mucha gente le cuesta aceptar que no somos algo especial, que no somos el objetivo de la evolución. No es fácil hacerlo. Incluso aquéllos que no son religiosos en el sentido convencional se resisten a creer que no somos especiales. Muchas personas aceptan la teoría de la evolución, pero sólo si nosotros somos el fin último. Sin embargo, para Darwin no somos el objetivo, sino que estamos en una de las ramas del árbol de la evolución. Darwin era un materialista. No era ateo. Era agnóstico, término que acuñó su amigo Thomas Henry Huxley. Wallace era teísta.

–Y creía en el espiritismo.

–Algunos científicos importantes creían entonces que la ciencia tenía que tomarse en serio al espiritismo e incluirlo entre los fenómenos a estudiar, pero la mayoría no estaba, ni está hoy en día, de acuerdo. Sabemos que el 99,99% de los fenómenos llamados paranormales se deben a engaños, a trucos. Tenemos razones para ser muy, muy escépticos. Además, si el fraude es la norma, el científico es el peor preparado para investigar lo paranormal.

–Es mejor el ilusionista, ¿no?

–Sí. Porque los científicos no acostumbran a engañar mientras que los ilusionistas se ganan así la vida.

–¿Cómo tienen que enfrentarse los científicos al creacionismo?

–Deben tener mucho cuidado. A menudo responden mal, como si fuera un desafío. Tienen que aprender a defender sus argumentos, explicar cuáles son los problemas, que la idea de la Creación es una excusa para no hacer ciencia, para no buscar respuestas a preguntas.


EL PERSONAJE

Peter Bowler es profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de la Reina, en Belfast. Es miembro de la Academia Británica, la Real Academia Irlandesa y la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). Ha publicado un gran número de libros sobre historia de la biología y su obra Evolution: the history of an idea (1984) es clave para entender el origen y desarrollo de la teoría de la evolución por selección natural.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Descolocado en el Más Acá

Hace más de dos años, dediqué un comentario al médium John Edward y su Cruzando al Más Allá, programa que entonces emitía People+Arts en Digital +. Edward dice que se comunica con los muertos y hace de esa capacidad espectáculo televisivo. Es todo, obviamente, un engaño. Tras explicar aquí qué técnicas emplea este discípulo de las hermanas Fox para hacer creer a la gente que habla con los espíritus, fui tajante en mi juicio: “John Edward es un tipo cachas bajo cuyo aspecto bonachón se oculta un desaprensivo, un sinvergüenza que juega con uno de los sentimientos más nobles del ser humano: el cariño por sus muertos. Ver Cruzando el Más Allá exige, por eso, tener un estómago a prueba de bomba. Lo bueno es que desmontarlo con el mando a distancia puede abrir a mucha gente los ojos sobre los manejos de los estafadores del futuro y del Más Allá, usen bola de cristal, cartas de tarot, ouija o cualquier otro artilugio de feria”.

Desde que publiqué la anotación, no he dejado de recibir mensajes de personas angustiadas por la pérdida de seres queridos, que creen que Edward podría ayudarles a comunicarse con sus parientes muertos. Son gente que sufre y necesita consuelo, y a la que los traficantes de misterios han vendido la idea de que hay individuos capaces de dialogar con los espíritus. Es mentira. Cualquiera puede comprobar en el vídeo aquí colgado que Edward no acierta nada, pregunta, pregunta y pregunta hasta que alguien se da por aludido, bombardea con nombres y fechas hasta que parece que algo casa con algo, sonsaca información a sus víctimas ante la cámara sin que éstas se den cuenta… Es un engaño despiadado. Tan cruel como el de quienes prometen curar el cáncer, el sida o cualquier otro mal hoy por hoy invencible. Por eso, me dejan mal cuerpo los mensajes de correo de estas personas, angustiadas y falsamente esperanzadas por el espiritismo, que me piden que les ponga en contacto con Edward. Hay quienes sostienen que dedicar tiempo y esfuerzo a poner en evidencia a sujetos como este médium es indigno de un escéptico, que no merece la pena molestarse por algo tan obviamente fraudulento como los contactos con el Más Allá, que es una chorrada. Yo discrepo.

Un vidente echa las cartas en el Salón del Esoterismo de San Sebastián. Foto: Efe.Creo que se trata de un asunto de higiene pública, como lo es denunciar la feria del engaño que, agosto tras agosto desde hace ya catorce, acoge San Sebastián. Responde al nombre de Salón del Esoterismo y, aunque hincarle el diente sería bien fácil para cualquier periodista que quisiera hacerlo y de paso ofrecer información veraz a su público, lo que me encuentro estos días en muchos medios de comunicación vascos es propaganda: que si una bruja canaliza una energía que le sirve para hacer predicciones, que si un vidente tiene sueños premonitorios, que si otro vende amuletos que protegen contra todo… A ver, compañeros, ¿dónde están las pruebas de todas esas afirmaciones extraordinarias?, ¿por qué cuando entrevistáis a caraduras esotéricos, aparentemente, os lo creéis todo?, ¿por qué no pedís a las organizaciones de consumidores y a la propia Administración que deje de hacer la vista gorda ante el fraudulento comercio de las habilidades paranormales y los amuletos? Individuos como los reunidos estos días en el palacio de Miramar cobran a sus clientes por adivinarles el futuro y diagnosticarles enfermedades por el aura, ¿no es eso un engaño al consumidor?

Me dejan descolocado los ingenuos que depositan su fe en médiums, videntes y embaucadores como John Edward, pero entiendo que la desesperación puede llevarle a uno a dar la espalda a la razón, aunque espero que, si me veo en el trance, la cabeza no me abandone. Sin embargo, lo que me descoloca aún más y no entiendo es que haya periodistas que aparquen el escepticismo inherente al ejercicio la profesión ante el primer caradura que dice ver el futuro, curar con las manos, grabar voces de fantasmas, tener contactos con extraterrestres o cualquier otra estupidez. Entiéndanme, hablo de periodistas serios, no de los autodenominados del misterio: ésos son tan dignos de crédito como los brujos. O menos.