Espiritismo

Arthur Conan Doyle y el espiritismo, en Hala Bedi Irratia

Javi Urkiza y yo hablamos el jueves pasado en Suelta la Olla, en Hala Bedi Irratia, de Arthur Conan Doyle y el espiritismo, en la úndécima y última entrega del curso 2013-2014 de Gámez Over, intervenciones que también emiten Eguzki-Pamplona, Uhinak (Ayala), Txapa (Bergara), Eztanda (Sakana), Arraio (Zarautz), Zintzilik (Orereta), Itxungi (Arrasate), Kkinzona (Urretxu-Zumarraga) y Txindurri Irratia (Lautada).

Juan José Benítez, tras los pasos de Anne Germain

'Estoy bien', de Juan José Benítez.Del autor que sostiene que el hombre convivió con los dinosaurios, que la sábana santa prueba la resurrección de Jesús de Nazaret, que seres de Orión levantaron las pirámides de Egipto, que existía comercio entre Europa y América antes de 1492, que los astronautas del Apollo 11 encontraron ruinas extraterrestres en la Luna y que Jesús se sentó en el Coliseo romano años antes de que el edificio existiera, llega a las librerías Estoy bien, su versión del clásico de la literatura paranormal Vida después de la vida (1976).

El ufólogo y sindonólogo Juan José Bénitez se pone en este libro en la piel del parapsicólogo Raymond Moody para vender la idea de que hay pruebas de que “la vida continúa tras la muerte y al otro lado hay luz”. Casi nada. En su larga trayectoria, el autor navarro -que vive semirretirado en una casa con forma de platillo volante a pie de playa en Zahara de los Atunes- ha recogido innumerables testimonios de encuentros con extraterrestres con el resultado que todos conocemos, así que no es muy arriegado aventurar que sus “160 casos documentados de la vida después de la muerte” se desharán a las luces de la razón como un cubito de hielo al Sol.

Bastaría una prueba para convencernos a los escépticos de la realidad de cualquiera de las excentricidades que ha propuesto Benítez desde que escribió Existió otra Humanidad (1975), libro en el que daba por buenas las fraudulentas piedras de Ica, para él, el legado de una civilización de hombrecillos cabezones, narigudos, que vestían con taparrabos y se cubrían con tocados de plumas, hacían trasplantes hasta de cerebro, volaban en pájaros mecánicos, viajaban a otros mundos, habían declarado la guerra a los dinosaurios, construyeron las pirámides de Egipto y acabaron huyendo a las Pléyades. ¿Pruebas? Menos que de la existencia de los Reyes Magos. Sólo unas piedras talladas por los lugareños para satisfacer a un pobre médico que creía haber descubierto vestigios de una Humanidad antediluviana.

“En ese nuevo mundo hay vida física”

Estoy bien es más de lo mismo. Testimonios; simples testimonios. Como los encuentros con hadas, brujas y alienígenas. Según la editorial, todo empezó en 1968 cuando Benítez conoció al periodista, fotógrafo y cámara de televisión Miguel Paris (1922-2004), quien -copio del dossier de prensa de Planeta- “durante la Segunda Guerra Mundial había formado parte de la División Azul y servido en Novgorod, Rusia, en donde observó a un soldado español caminando por la nieve. Lo vio y habló con él con total naturalidad… más de dos meses después de que hubiera fallecido en el campo de batalla. El testigo no sabía que su compañero, militar y amigo Francisco Bacaicoa de Marcos había caído en el campo de batalla, hasta que posteriormente sus compañeros se lo contaron antes su propia incredulidad… ¡Había visto a una persona que llevaba tiempo muerta! Imposible, pero cierto. Lo más inquietante es que aquel aparecido ayudó a Miguel París a salvar su vida en mitad de la ventisca siberiana y de las bombas rusas, ya que le indicó el camino a seguir para reunirse con sus compañeros y ser atendido de las heridas que sufrió en un ataque enemigo. «Tira por aquí», le indicó. «Yo continúo», remató, y después, aquel viejo amigo que conocía de anteriores batallas, prosiguió su camino en mitad de la nieve”.

Ése es el mimbre a partir del cual Benítez teje su último libro, apoyado por documentos que carecen de cualquier valor probatorio. Así, en el caso de Miguel Paris y su amigo muerto, el autor presenta “expedientes, certificados e información para demostrar que, cuando su compañero había visto a aquel soldado, el aparecido había fallecido tiempo”. Como si eso demostrara algo. El quid de la cuestión es que los testimonios, sin más, no demuestran nada: sólo que quien nos cuenta una historia cree haberla vivido, presuponiendo la honradez del testigo. La clave está en la leyenda de la portada: “Si tan sólo uno de estos testimonios fuera cierto, el Más Allá sería real”. Pero es que no lo es ninguno, en el sentido de prueba de nada. No hace falta que los testigos engañen. Ellos pueden creer su historia, pero eso no significa que haya pasado en el mundo real. Paris pudo tener un sueño o una alucinación en una situación límite, por ejemplo. Y lo mismo cualquiera de los otros testigos que presenta el ufólogo. Un buen periodista tendría en cuenta eso antes de echar las campanas al vuelo; un misteriodista -como los llama Mauricio-José Schwarz- ve una aparición mariana en una pareidolia o un visitante de otra dimensión en una visión hipnagógica.

“«Estoy bien». Ésta es la frase más repetida a lo largo de este libro, puesto que eso es lo que transmiten los entrevistados por J.J. Benítez a propósito de lo que transmiten los fallecidos que se les aparecen. Que la muerte es un tránsito a otra vida, que volvemos a ver a nuestros seres queridos, que nos encontramos de nuevo con ellos, que el cielo es real, aunque no sea como nos han trasmitido las religiones y sus doctores”, explica el dossier de prensa. Los muertos dicen cosas como: “En ese nuevo mundo hay vida física”; “La muerte no es lo que creemos”; “En ese nuevo mundo no existe la enfermedad, ni la tristeza, ni el dolor, ni los lazos familiares, como los conocemos en la Tierra”; “En el más allá, nadie juzga a nadie. El Infierno es un invento de las religiones”; “La muerte es un dulce sueño”; “Morir es una mudanza; sólo eso”… Básicamente, el mismo tipo de mameluconadas que repiten los médiums desde que, el 30 de marzo de 1848, dos niñas hicieron una broma a su madre y nació el espiritismo moderno.

Con este libro, Juan José Benítez se convierte en nuestra Anne Germain. No esperen de sus resucitados ninguna revelación que merezca la pena; tampoco la hicieron nunca sus extraterrestres.

John Nevil Maskelyne, en el programa de radio ‘En la Búsqueda’

Yolanda García Mena, José Antonio Roldán y yo hablamos, el 27 de enero, de John Nevil Maskelyne en el programa En la Búsqueda, que emiten más de ochenta emisoras de España, Argentina,  Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Guinea Ecuatorial, Honduras, México, Perú, Reino Unido, Uruguay y Venezuela.

Famosa vidente estadounidense muere once años antes de lo que ella había predicho

Anuncio del crucero por el Caribe con Sylvia Browne al que la vidente ya no acudirá.La vida Sylvia Browne fue una sucesión de predicciones erróneas. La última vez que quedaron en evidencia sus inexistentes poderes fue ayer, cuando murió en un hospital de San José, California (Estados Unidos). Tenía 77 años y ella había predicho en 2003,  en una entrevista en televisión con Larry King,  que iba a vivir hasta los 88. De hecho, iba a ser la anfitriona de un crucero psíquico por el Caribe en marzo de 2014. “Me encanta ir de crucero con mis fans porque el tiempo que pasamos juntos es aún más íntimo y exclusivo que en mis actuaciones teatrales”, decía en la página web del viaje. Un fallo más en una larga y provechosa carrera dedicada a engañar a los más ingenuos, a veces con fatales consecuencias.

En 2004, Browne anunció en un programa de la televisión que Amanda Berry, una de las jóvenes rescatadas sanas y salvas en mayo pasado  en Ohio después de diez años de cautiverio, había muerto. “No está viva, cariño”, le soltó a Louwana Miller, madre de la entonces niña desaparecida, en The Montel Williams Show, programa de la CBS del cual la adivina era colaboradora. La abatida madre falleció en 2006 a causa de un fallo cardiaco y, según MSN News, su familia dijo entonces que la revelación de la vidente había hecho que muriera con “el corazón roto”.

La fallecida médium alardeaba de acertar “entre el 87% y el 90%” de las veces. Sin embargo, Ryan Shaffer y Agatha Jadwiszczok se tomaron en 2010 la molestia de revisar 115 casos criminales sobre los que Browne había hecho predicciones y descubrieron que no había acertado ni una. Las pruebas en contra de la afirmación de la adivina de que ayudaba a la Policía y a familiares de las víctimas resultaban tan “devastadoras” que los autores no podían entender “cómo alguien con un historial tan triste encabeza constantemente las listas de libros más vendidos”. A su éxito como escritora, Browne sumó una rentable carrera en la televisión -fue colaboradora en Larry King Live y The Montel Williams Show- y la radio, además de espectáculos teatrales similares a los de Anne Germain.

Creyente en la reencarnación y en que podía ver tanto vidas pasadas de sus clientes como el futuro, fue condenada en 1992 a un año de libertad vigilada y 200 horas de trabajo comunitario por fraude en inversiones. Anunció en su día que Brad Pitt y Jennifer Aniston tendrían un hijo, que Bill Clinton había sido calumniado en el caso Lewinsky y que Michael Jackson sería declarado culpable en un juicio por abuso sexual a un menor. Un error tras otro. Aceptó en 2001 el reto de La Fundación Educativa James Randi (JREF) que premia con un millón de dólares a quien demuestre tener poderes paranormales, pero nunca encontró tiempo para la prueba. El 16 de mayo de 2003,  Larry King le preguntó en la CNN: “¿Sabes cuándo vas a morir?”. “Sí, a los 88 años”, respondió ella. Se confundió por once años.

El traslado de un cementerio de animales en el hotel de ‘El resplandor’ inquieta a los médiums locales

El hotel Stanley, en febrero de 2011. Foto: Susan Gerbic.

Es una historia digna de Stephen King. Hay un cementerio de animales y un hotel; pero no a uno cualquiera, sino el Stanley, en el cual se inspiró el novelista para El resplandor (1977). 104 años después de la inauguración del establecimiento, sus dueños quieren trasladar un cementerio de mascotas ubicado en la propiedad para levantar en su lugar un pabellón para bodas y convenciones. Los videntes locales han augurado que, si se incomoda a los espíritus de los animales, puede pasar cualquier cosa.

El hotel Stanley se encuentra en Estes Park (Colorado), en el Parque Nacional de las Montañas Rocosas. Es un edificio de estilo neogeorgiano, construido en la primera década del siglo pasado por Freelan Oscar Stanley, uno de los fundadores de la Compañía de Carruajes a Motor Stanley. Los coches a vapor de la firma circularon por Estados Unidos entre 1902 y 1924, y llegaron a ser muy rápidos: uno recorrió en 1906 una milla (1,6 kilómetros) en 28,2 segundos, estableciendo un récord de velocidad para automóviles que retuvo durante tres años. Stanley visitó por primera vez Estes Park en 1903 por razones de salud. Sufría tuberculosis, y su médico le había recomendado mudarse al Oeste. El empresario se enamoró del lugar y en 1907 comenzó a construir el hotel, que abrió sus puertas  el 4 de junio de 1909.

Las historias espectrales en el inmueble son, según sus actuales dueños, anteriores a la entrada en escena de King. “En todas las habitaciones del hotel se han registrado experiencias fuera de lo común, incluyendo cosas que se mueven de un sitio a otro, así como el encendido y apagado de luces. Si usted se aloja en el cuarto piso, podría llegar a escuchar a niños de hace mucho tiempo corriendo arriba y abajo por los pasillos, riendo y riendo”, aseguran en la web del hotel, que tiene su apartado dedicado a estas -para ellos, muy rentables- historias. “El hotel Stanley tiene más éxito como destino turístico que como hotel. El personal realiza tours fantasmales diarios que atraen a la asombrosa cifra de 500 visitantes cada día”, explicaba hace tres años la escéptica Karen Stollznow. El precio de estas visitas paranormales guiadas oscila entre los 25 y los 60 dólares por persona, y duran entre noventa minutos y cinco horas.

Especial atención merece, según la leyenda, el fantasma de Elizabeth Wilson, gobernanta del establecimiento en sus inicios. En la noche del 25 de junio de 1911, cuando encendía las lámparas de acetileno que se usaban como respaldo de la electricidad, la mujer se vio involucrada en una explosión que se produjo en las inmediaciones de la actual habitación 217 y la lanzó al piso del salón MacGregor, una planta más abajo. Wilson no murió a consecuencia del accidente -se rompió las piernas-, sino años después y dicen que, desde la década de 1950, su espíritu cuida de los huéspedes de la habitación 217. Stephen King se alojó precisamente en esa habitación a finales de 1974, justo antes del cierre del hotel durante el invierno, ya que se había concebido originalmente como destino de descanso veraniego y todavía carecía de calefacción. Fue en ese cuarto, y con el hotel prácticamente vacío, donde el novelista tuvo la primera idea de lo que acabaría siendo El resplandor.

Una plaga de accidentes

Si se molesta a los espíritus de los animales, habrá una plaga de accidentes durante las obras, según Rosemary McArthur, quien dice comunicarse con mascotas muertas y se opone a que el traslado del cementerio al otro lado de un estanque se haga sin más ni más. “Van a tirar de sus dueños si sus dueños murieron y no están contentos”, ha declarado a The Coloradoan, el medio que ha levantado la historia. Ella tiene la solución: que los propietarios del hotel contraten a un médium para que supervise la reubicación de las tumbas. Sobra decir que está la primera en la cola.

El Stanley ha sido escenario en los últimos años de varios programas televisivos de cazafantasmas y, en 1997, de la miniserie El replandor; pero ni una escena de la película homónima de Stanley Kubrick se rodó en el hotel, lo que, al parecer, disgustó inicialmente a King. El cineasta prefirió rodar en los Estudios Elstree (Reino Unido) y algunas vistas generales exteriores corrresponden al Timberline Lodge de Oregon, un hotel que no tiene ningún laberinto de setos. Así que, si alguna vez se aloja en el Stanley, puede estar tranquilo: ni por sus habitaciones anduvo, hacha en mano, el Jack Torrance  de Jack Nicholson ni corre el riesgo de encontrarse con unas inquietantes gemelas al final del pasillo.

¡Ah!, el cementerio de mascotas que se va a trasladar no tiene nada que ver con el que sirvió de inspiración a King para El cementerio de animales (1983). Marsha DeFilippo, la secretaria del escritor, ha indicado a The Coloradoan que el lugar en el que se basó el novelista está en Orrington, Maine.