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Espiritismo

La güija, un inofensivo juego de mesa

Imagen de un salón parisino en 1853, con personas jugando a las mesas parlantes, publicada por la revista francesa 'L'Illustration'.

La tabla o cartón con letras y números por la cual, desde hace generaciones, adolescentes de todo el mundo intentan -y algunos lo consiguen- hacer correr una vaso con el poder de la mente nació como un juguete en el siglo XIX. La güija fue el último eslabón evolutivo de los tableros parlantes de los albores del espiritismo, gracias a los cuales podían recibirse mensajes complejos de los espíritus sin el desgaste físico que suponían en muchas ocasiones las mesas tambaleantes o giratorias.

Poco después de que David Fox se pusiera, en 1851 en Hydesville, a recitar el alfabeto y pedir al espíritu que contactaba con sus hermanas Maggie y Kate que diera golpes al sonar la letra correcta, surgió el fenómeno de las mesas parlantes. Un grupo de personas se sentaba alrededor de una mesa, preferiblemente de tres patas, con las manos apoyadas en ella y se concentraba para que ésta se tambaleara y diera golpes con sus patas o girara en un sentido determinado, después de establecer un código de comunicación con el supuesto espíritu. Los participantes tenían que esperar a veces mucho tiempo hasta que el mueble empezaba a girar, pero el espectáculo podía acabar con los reunidos corriendo alrededor de la mesa hasta que ésta iba tan rápido que perdían el contacto físico y se paraba.

Para mensajes más complejos que un sí o no, se recurría al orden de las letras en el alfabeto. “El objeto móvil daba una cantidad de golpes que correspondía al número de orden de cada letra. Se llegaba así a formar palabras y frases que respondían a las preguntas que se habían formulado”, explica Allan Kardec, pseudónimo del pedagogo y espiritista francés Hippolyte Léon Denizard Rivail, en El libro de los espíritus (1857). A mediados de 1853, las mesas parlantes causaban sensación en Estados Unidos y Europa Occidental, incluida España.

Según Kardec, fueron los propios espíritus los que animaron a sus seguidores a “adaptar un lápiz a una cesta u otro objeto” para superar el “lento e incómodo” sistema de las mesas tambaleantes o giratorias. “Dicho consejo fue transmitido simultáneamente en Estados Unidos, en Francia y en otros países. Éstos son los términos en que lo recibió en París, el 10 de junio de 1853, uno de los más fervientes adeptos de la doctrina, que hacía ya varios años -desde 1849- se ocupaba de la evocación de los espíritus: «Ve al cuarto de al lado y toma la cestita; átale un lápiz; colócala sobre el papel; pon los dedos en el borde». Unos instantes más tarde, la cesta se puso en movimiento y el lápiz escribió de modo muy legible esta frase: «Esto que os he dicho, os prohibo expresamente que se lo digáis a nadie; la primera vez que escriba, lo haré mejor»”.

De la escritura automática al tablero alfabético

La primera 'güija' de Kennard Novelty Company.Los espiritistas no guardaron el secreto, modificaron el dispositivo para su comodidad -sustituyendo la cesta por una tablilla a la que habitualmente se referirán como planchette, lo que podría apuntar al origen francés de la técnica o ser simple esnobismo- y empezaron a recibir largos discursos desde el Más Allá. Con forma de corazón, el dispositivo típico era una tablilla con dos ruedas bajo cada una de las aurículas y un agujero en la punta para meter un lápiz como tercer punto de apoyo. El médium posaba la mano sobre la tablilla, ésta empezaba a moverse por la mesa, y el lápiz a escribir, por voluntad de los espíritus. Si el uso de las mesas tambaleantes resultaba tedioso, el resultado de la escritura automática mediante tablilla era muchas veces difícil de leer, así que algunos espiritistas optaron por sujetar el lápiz directamente con la mano y otros empezaron a utilizarr la tablilla como indicador sobre un tablero con las letras del alfabeto, los diez números y expresiones como , no y adiós. Había nacido la güija.

Tal como la conocemos hoy, la güija apareció en la segunda mitad del siglo XIX. ¿Exactamente cuándo? Nadie ha llegado a precisarlo. En octubre de 1871, el médico y zoólogo inglés William Benjamin Carpenter cuenta, en Quarterly Review, el caso de dos mujeres de su confianza que se comunicaban con los espíritus mediante el “original método” de unir a la tablilla un puntero, “de tal modo que indicara las letras y números sobre una cartulina”. “Una de ellas era una firme creyente en la realidad de su comunicación con el mundo de los espíritus, y su planchette estaba en continuo movimiento bajo sus manos, indicando letras y números en la cartulina como si se tratara de un telégrafo sobre el que actúa la comunicación galvánica”, dice al recordar una sesión a la que asistió con otros dos amigos médicos.

Carpenter estaba convencido de que ése y otros hechos aparentemente paranormales tenían explicación psicológica y no requerían de ningún tipo de fenómeno sobrenatural. Así que le dijo a la mujer que creía que era su cerebro, a través de sus músculos, el que movía la tablilla. Y le sugirió una manera fácil de comprobarlo: la vendaba los ojos, hacían preguntas a los espíritus y, si realmente la guiaban, la planchette respondería coherentemente, aunque la médium estuviera cegada. “Si son sus propias manos las que mueven la tablilla, ésta no dará respuestas lógicas excepto bajo la guía de su vista”, le advirtió. La mujer rechazó someterse al experimento.

Ésa es la realidad de la güija: los espíritus aciertan cuando los participantes ven el tablero y alguno de ellos conoce la respuesta a las preguntas. Es sólo un juego que, cuando todos los reunidos alrededor de la mesa son honrados, funciona por el efecto ideomotor, que hace que nuestras creencias y expectativas se reflejen en movimientos musculares inconscientes y, cuando hay algún pícaro entre los participantes, por la voluntad de éste.

Marca registrada

Primera página de la patente de la güija, de 1891.La güija fue al principio algo artesanal que la gente confeccionaba pintando letras y números en un tablero de cartón o madera, pero pronto hubo un gremio que vio en ella un negocio: el juguetero. El 28 de mayo de 1890, Elijah Bond presenta en Baltimore (Maryland, Estados Unidos) una solicitud de patente como juguete de la “ouija o tablero de la fortuna egipcio”. El fin del juego, explica el autoproclamado inventor del artilugio, es que “dos o más personas puedan divertirse haciendo preguntas de cualquier tipo para que las conteste el dispositivo utilizado, operado por el toque de la mano, de manera que las respuestas se obtengan a través de las letras de un tablero”. Le adjudicaron la patente número 446.054 el 10 de febrero del año siguiente en beneficio de Charles W. Kennard y William H.A. Maupin, dos de los socios de la juguetera Kennard Novelty Company, firma de Baltimore que siete días antes había registrado la marca ouija.

La compañía empieza a vender su “maravilloso tablero parlante” de madera a 1,5 dólares, presentándolo en la caja como algo “misterioso y entretenido”, “divertido, científico e instructivo”. Es un gran negocio. Abren fábricas en Baltimore, Nueva York, Chicago y Londres, y en 1892 Bond y Kennard abandonan la empresa por discrepancias con el resto de los accionistas. Uno de ellos, William Fuld queda al frente de la rebautizada Ouija Novelty Company. Los socios mayoritarios licencian en 1898 la comercialización de la güija, los tableros parlantes se multiplican y los beneficios aumentan. Fuld intenta reescribir la historia para pasar a ella como el inventor del juguete -el 27 de febrero de 1927, The New York Times titula su obituario: “El inventor del tablero de la ouija muere al caer de un tejado”- y acaba haciéndose con los derechos de la patente y la marca, que sus herederos venden en 1966 a la juguetera Parker Brothers, hoy parte de Hasbro.

A pesar de la insistencia con que los divulgadores de lo paranormal hablan de los peligros de la güija, de la que dicen algunos que “permitiría abrir de par en par las puertas hacia dimensiones cercanas e imperceptibles a la nuestra”, éstos son tan reales como los de los juegos de rol. Desde el nacimiento del juguete, se conocen casos de personas demasiado susceptibles o desequilibradas a las que los mensajes de la güija han perturbado, pero son minoría. La mayoría lo tomó durante décadas como un inocente divertimento hasta que William Peter Blatty hizo que una sesión de güija fuera el detonante de la posesión de la joven Regan MacNeil, la endemoniada más famosa.

La historia de El exorcista está tan basada en hechos reales como una aventura de Indiana Jones. Y lo mismo pasa con la película Ouija, que ahora llega a los cines españoles para sembrar el terror en las salas . Es cierto que los hechos en los que basó su relato Blatty comenzaron después de una sesión de güija, pero también lo es que el muchacho que los protagonizó no hizo ninguna de las cosas que hace en la película Linda Blair -ni hablar lenguas desocnocidas para él, ni levitar, ni girar la cabeza, ni nada- y, según el escritor estadounidense Mark Opsasnick -que le conoció-, sufría “de algo que la moderna psiquiatría podía haber diagnosticado correctamente”.

Arthur Conan Doyle y el espiritismo, en Radio 5

América Valenzuela y yo hablamos el domingo de los misterios de Arthur Conan Doyle y el espirtismo, en la segunda entrega de Una crónica desde Magonia, mi colaboración mensual en Ciencia al cubo, en Radio 5. Si quieren escuchar el programa entero, pueden hacerlo aquí.

Arthur Conan Doyle y sus espíritus contra Harry Houdini

'Sherlock Holmes contra Houdini'.Uno de los episodios más fascinantes de la historia del espiritismo es el de la amistad de Arthur Conan Doyle y Harry Houdini. El primero fue un creyente desde su juventud, si bien no alardeó abiertamente de su fe hasta después de la Primera Guerra Mundial, momento a partir del cual fue el principal apóstol del espiritismo. El segundo, que en sus inicios incluyó la mediumnidad en sus espectáculos, pasó a la denuncia activa de la comunicación con los muertos después del fallecimiento de su adorada madre, pérdida que le hizo ver a los fradulentos intermediarios con el Más Allá como unos individuos de extrema crueldad que se aprovechan del dolor ajeno.

El novelista y el mago se admiraban mutuamente a pesar de sus posturas irreconciliables sobre la comunicación con los muertos. Se conocieron en persona en abril de 1920 y, durante unos años, mantuvieron una intensa relación, plasmada en correspondencia privada y, también, en cartas y declaraciones que se cruzaban en la prensa de la época con el espiritismo como telón de fondo. Ninguno consiguió convencer al otro de que estaba confundido: Doyle recibía demasiado consuelo del Más Allá como para cuestionar su realidad; Houdini sabía demasiado de trucos como para que los médiums se la dieran con queso.

El libro Sherlock Holmes contra Houdini explora esa peculiar relación a partir de tres textos del novelista, procedentes de su obras La Nueva Revelación (1918) y El mensaje vital (1919), y el capítulo que el ilusionista dedicó a su amigo en A magician among the spirits (Un mago entre los espíritus, 1924). La recopilación no defrauda, como es lógico teniendo en cuenta a los protagonistas y la historia, y la edición está muy cuidada. Sólo echo en falta una entre las muchas imágenes que acompañan al texto: la foto de las dos familias en la playa de Atlantic City, el 17 de julio de 1922, horas antes de que la segunda esposa del novelista, la médium Jean Leckie, intentara poner en contacto al mago con su madre muerta. Una sesión espiritista que acabó con la amistad entre dos genios.

Doyle, Arthur Conan; y Houdini, Harry [2014]: Sherlock Holmes contra Houdini. Arthur Conan Doyle, Houdini y el mundo de los espíritus. Prologado por Charles Taylor. Traducción de Raquel Duato y Eduardo Fonseca. La Felguera Editores (Col. “Zodiaco Negro”). Madrid. 235 páginas.

Debate con el parapsicólogo Santiago Vázquez, en Radio 4G

El parapsicólogo Santiago Vázquez y yo hablamos el 9 de julio sobre pseudociencia y pensamiento mágico en Rojo y Negro, en Radio 4G, moderados por Alejandra Alloza. Disculpen la calidad de mi conexión, pero me encontraba en un autobús de vuelta a Bilbao desde Burgos después el curso Ciencia, pseudociencia y pensamiento mágico en tiempos de incertidumbre y, además, me habían dicho que me iban hacer una entrevista, no que iba a participar en un debate con un parapsicólogo.

Arthur Conan Doyle: el campeón del espiritismo

Información de 'The New York Times' sobre la presentación por Doyle de una película protagonizada por dinosaurios ante la Asociación de Magos de Estados Unidos.“Los dinosaurios retozan en el cine para Doyle. El espiritista desconcierta a magos de fama mundial con imágenes de bestias prehistóricas”, rezaba un titular de The New York Times del sábado 3 de junio de 1922. El padre de Sherlock Holmes había asombrado la noche anterior a los asistentes al encuentro anual de la Sociedad de Magos de Estados Unidos, presidida por Harry Houdini, con una película de “monstruos de hace millones de años” jugando, apareándose y matándose. Sean esas imágenes una broma del famoso autor y campeón del espiritismo a los magos o auténticas como sus fotos de hadas es algo que no se reveló”, apuntaba el diario.

El espiritismo nació en 1848 en Hydesville (Nueva York, EE UU) cuando dos niñas de 11 y 14 años, Kate y Maggie Fox, empezaron a recibir mensajes del Más Allá en forma de golpes, que en realidad hacían con una manzana atada a un cordón y con los nudillos de los dedos de los pies para tomar el pelo a su madre. Se hicieron famosas y pronto tuvieron competencia. A mediados de la década de 1850, había en EE UU unos 40.000 médiums, intermediarios entre este mundo y el de los muertos que celebraban sesiones en gabinetes a oscuras donde las mesas se movían, se materializaba ectoplasma y los espíritus consolaban a los vivos. En 1860, en una sociedad con una altísima mortalidad infantil, superaban el millón y medio los estadounidenses fieles del nuevo credo, que ya se había extendido por Europa.

De familia católica y médico, Arthur Conan Doyle (1859-1930) se adhirió a la naciente religión cuando todavía no era un escritor de éxito. Había leído sendas obras del juez y legislador estadounidense John Edmonds y del naturalista inglés Alfred Russel Wallace, ambos devotos espiritistas, y le habían convencido. “Después de sopesar la evidencia, no podía dudar más de la existencia de los fenómenos [mediúmnicos] de lo que podía dudar de la de leones en África, a pesar de que he estado en ese continente y nunca he tenido oportunidad de ver uno”, escribía en una carta a la revista espiritista Light el 2 de julio de 1887.

Una médium por esposa

Doyle ha asistido días antes a una sesión espiritista y dice estar “absolutamente seguro de que la inteligencia puede existir al margen del cuerpo”. En noviembre de ese mismo año, llega a las librerías Estudio en escarlata, la primera novela de Sherlock Holmes, el detective racional por excelencia. El escritor participa en incontables sesiones mediúmnicas e investiga fenómenos extraños como miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica (SPR), la primera organización parapsicológica del mundo. Pero mantiene sus creencias en un discreto segundo plano durante más de treinta años, hasta que una sucesión de muertes le lleva a sacarlas a la luz. En 1918, fallece su hijo Kingsley, al que sigue en 1919 su hermano Inner y, poco después, dos cuñados y dos sobrinos. El espiritismo vive un boom a consecuencia de la Primera Guerra Mundial y sus más de 16 millones de muertos, y Doyle se convierte en su principal apóstol.

Casado en segundas nupcias con la médium Jean Leckie en 1907, un año después del fallecimiento de su primera esposa por tuberculosis, el ya famoso escritor expone su credo en dos opúsculos: La Nueva Revelación (1918) y El mensaje vital (1919). Confiesa que en su juventud había sido “un ferviente deísta”, convencido de que la muerte es el final de todo. “Tal era mi estado de espíritu cuando los fenómenos espiritistas atrajeron mi atención. Siempre había considerado este tema perfectamente absurdo; había leído sobre el desenmascaramiento de los médiums falsarios y me preguntaba cómo podía prestar fe un hombre sensato a semejantes cosas”, dice en La Nueva Revelación. Él, que “consideraba el espiritismo como una vulgar ilusión de los ignorantes”, cambia de opinión tras comprobar que “hombres cuyos nombres constituían un galardón en las ciencias” -como Wallace, el químico William Crookes y el astrónomo Camille Flammarion- creen en la vida después de la muerte.

Arthur Conan Doyle con un espíritu, hacia 1922.Otros sabios, como el naturalista Charles Darwin y el neurocientífico español Santiago Ramón y Cajal, no comparten ese entusiasmo. “Pena da pensar que, en los absurdos de la moderna brujería, hayan caído hombres de ciencia como Crookes y Richet, y filósofos como Krause y William James. Yo confieso, un poco avergonzado, mi irreductible escepticismo”, dice el Nobel aragonés en Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias (1920).

Ramón y Cajal asiste a exhibiciones mediúmnicas y le sorprende lo que ve: “Lo admirable en aquellas sesiones no eran los sujetos, sino la increíble ingenuidad de los asistentes, que tomaban cual manifestaciones sobrenaturales ciertos fenómenos nerviosos (autosugestión sobre todo) de los médiums, o la mera coincidencia de hechos, o los efectos del hábito mental, o, en fin, los fáciles y conocidos ardides del cumberlandismo, tan exhibido después en los teatros”, sentencia en Historia de mi labor científica (1905).

Doyle participa en sesiones de mesas parlantes, un fenómeno que hizo furor en EE UU y Europa Occidental en la segunda mitad del siglo XIX. Consistía en que un grupo de personas se sentaba alrededor de una mesa con las manos apoyadas en ella y se concentraba para que se tambaleara o girara en un sentido determinado, después de establecer un código de comunicación con el supuesto espíritu. En la década de 1890, por ese medio, un espíritu femenino cuenta al novelista y a dos mujeres que le acompañan que Marte está habitado por una especie mucho más avanzada que la nuestra y que los canales son artificiales. En aquella época, los canales marcianos eran tan reales para mucha gente como el de Suez, abierto en 1869, y el de Panamá, que se había empezado a construir en 1880. Hoy sabemos que nunca existieron más que en la mente de quienes los querían ver.

El escritor y el mago

“Sir Arthur cree de verdad. En su gran mente, no hay ninguna duda”, admite su amigo Harry Houdini (1874-1926) en su libro A magician among the spirits (Un mago entre los espíritus, 1924). El novelista atribuye algunas proezas del mago húngaro-estadounidense a que tiene poderes paranormales, algo que Houdini niega. “Sería difícil determinar cuándo fue la primera vez que sir Arthur Conan Doyle y yo hablamos sobre espiritismo, pero, desde esa primera charla hasta ahora, nunca hemos estado de acuerdo”. A pesar de sus discrepancias, se admiran mutuamente, aunque eso no impide que se enfrenten en la Prensa a través de cartas al director en las cuales Doyle defiende su fe y su amigo americano la ataca. Para el escritor, el espiritismo es una religión compatible con todas las demás, pero con mayores pruebas a favor de su realidad; para el maestro de la ilusión, un engaño.

Houdini fue el mago más famoso de su tiempo. Al principio de su carrera, como parte de su repertorio, actuó como médium. “En aquel tiempo, apreciaba el hecho de que sorprendía a mis clientes y, aunque era consciente de que les engañaba, no veía ni entendía la gravedad de trivializar tal sentimiento sagrado [el duelo] y el resultado funesto que inevitablemente seguía. Para mí, era una broma”. Al morir su madre el 17 de julio de 1913 mientras él estaba de gira por Europa, fue tal el dolor que le invadió que se sintió culpable de haber simulado en sus inicios hablar con los muertos: “Me di cuenta de que rayaba lo criminal”. Hasta entonces, no había visto en ninguna sesión espiritista nada que desafiara a la razón; pero creía en la existencia de un ser superior y de otra vida después de la muerte, e idolatraba a su madre. Y fue de médium en médium intentando conectar con ella. En vano. sólo descubrió los trucos con los que engañan a la gente y cómo ésta se engaña a sí misma.

Arthur Conan Doyle y Harry Houdini con sus respectivas esposas y los hijos del escritor, en la playa de Atlantic City el 17 de julio de 1922.

Doyle y Houdini se conocieron en abril de 1920, cuando el ilusionista actuaba en Brighton (Reino Unido). Dos años después, durante la gira americana que le llevó a intervenir ante los miembros Sociedad de Magos de Estados Unidos, el escritor y su esposa invitaron al matrimonio Houdini a visitarles en Atlantic City. El 17 de julio de 1922, tras pasar las dos familias el día en la playa, Jean Leckie, el novelista y el mago se sentaron alrededor de una mesa en la habitación de los Doyle del hotel Ambassador. Ella iba a invocar a un espíritu.

La sesión empezó con una plegaria del escritor, tras la cual a la médium “las manos le temblaban y golpeaban la mesa, le vibraba la voz y pidió a los espíritus que le dieran un mensaje”. La mujer escribió un mensaje de la madre de Houdini, repleto de frases cariñosas y tranquilizadoras. “Estaba dispuesto a creer, incluso quería creer”, reconocía años después el mago. No pudo. Su madre se había comunicado con él en inglés, cuando nunca lo había hablado ni leído; había garabateado una cruz al principio del mensaje, cuando era judía; y, además, no había hecho ninguna referencia a que aquel día se cumplían nueve años de su muerte.

El incidente marca el principio del fin de la amistad de Doyle y Houdini. Para el mago, Jean Leckie no es diferente de los otros dotados de poderes paranormales que ha desenmascarado. El novelista admite que los intermediarios con el mundo espiritual hacen trampas, pero sólo a veces. “Muchos médiums -como Eusapia Palladino- han podido incurrir en fraude cuando les faltaban sus facultades, mientras que en otros momentos no puede ponerse en duda la autenticidad de su talento”, escribe. Que cazaran a un médium haciendo trampas no implica que las hiciera siempre, a ojos del inocente Doyle.

Encuentro con las hadas

Un hada hace una ofrenda a Elsie Wright en el bosque de Cottingley en 1917.El padre de Sherlock Holmes tenía poderosas razones para creer. Frente a quienes desde la teología consideraban el espiritismo algo demoniaco, replicaba: “Es difícil admitir que quienes expresan semejantes opiniones hayan tenido alguna vez una experiencia personal de los efectos consoladores y verdaderamente elevados de estas comunicaciones sobre aquellos a quienes benefician”. Consuelo es la palabra que explicaba entonces, y ahora, el éxito de los médiums.

La otra vida del escritor no era el Cielo cristiano, pero casi. “El Más Allá es un mundo dominado por la simpatía. Sólo se reúnen en él aquellos a quienes ésta une. El marido intratable y la esposa frívola no están presentes ni dominan esa inocente sociedad. Todo allí es paz y ternura. Es la larga cura de reposo después de la tensión nerviosa de la vida terrestre y antes de los nuevos acontecimientos futuros. La existencia es sencilla y familiar”. Doyle predica este credo en 1920 y 1921 en un viaje por Australia y Nueva Zelanda, en 1922 y 1923 por EE UU y Canadá, y en 1928 por África.

Cuando el escritor le dice que ha sacrificado muchas cosas por la divulgación de su fe, el escapista es tajante: «En mi opinión, no es ningún sacrificio convencer a la gente que ha sufrido recientemente una pérdida de la posibilidad y realidad de comunicarse con sus seres queridos. Para mí, los pobres seguidores que sufren y buscan con ansia un alivio a ese dolor del corazón que sigue al deceso de un ser querido son el sacrificio“.

La ingenuidad del creador de Sherlock Holmes no conoce límites. Cree en las hadas y, cuando Elsie Wright y su prima Frances Griffiths, de 16 y 10 años, respectivamente, se fotografían con varias en el bosque inglés de Cottingley, dedica al fenómeno un libro entusiasta, El misterio de las hadas (1920). “Habrá cada vez más cámaras fotográficas. Aparecerán otros casos bien autentificados. Estos pequeños seres que parecen vivir a nuestro lado, que no se distinguen de nosotros más que por una ligera diferencia de vibración, nos resultarán familiares”, escribe. En 1983, ya ancianas, las protagonistas, confiesan que los seres del bosque eran siluetas de hadas que una había copiado del Princess Mary’s gift book (1914) -libro que incluye un relato de Doyle-, que habían recortado, reforzado con cartón y sujetado a la vegetación y al suelo con agujas para el pelo.

Después de sorprender a Houdini y sus colegas en Nueva York con las primeras imágenes de la película El mundo perdido presentándolas como si fueran de origen psíquico, Doyle funda una editorial dedicada a lo esotérico, The Psychic Press, abre una librería paranormal en Londres, The psychic bookstore, y en 1927 publica su gran obra sobre la comunicación con los muertos, El espiritismo. Su historia. Sus doctrinas. Sus hechos. Houdini no la lee; muere un año antes y pasa a la historia como el más grande de los magos y la bestia negra de los espiritistas.

Publicado originalmente en el suplemento Territorios del diario El Correo.