La guerra del mono

Muchos maestros estadounidenses eluden la enseñanza de la teoría de la evolución en la escuela. Sobre todo, en el sur, en el llamado Cinturón de la Biblia. “Entiendo por qué lo hacen: tienen miedo a ser perseguidos, a perder el empleo o a no ascender, temen ser blanco de ataques de los padres o sufrir presiones de otros maestros. Enseñar la evolución en algunas zonas de Estados Unidos exige valentía y hay que elogiar a aquéllos que lo hacen”, dice Michael Shermer, director de la Skeptic Magazine y columnista de Scientific American.

La teoría de la evolución enfrenta desde hace siglo y medio con la ciencia a quienes interpretan la Biblia al pie de la letra. Cuando Charles Darwin (1809-1882) publicó El origen de las especies en 1859, echó del Paraíso a Adán y Eva. Acabó con el hombre como un ser creado a imagen y semejanza de Dios, y lo convirtió en un producto más de la selección natural. La idea, pilar de la biología moderna, chocó contra la visión bíblica de nuestros orígenes y se abrió en Occidente un debate entre ciencia y religión que en EE UU no se ha cerrado.

El biólogo Richard Dawkins, de la Universidad de Oxford, cree que la razón es que “la separación constitucional entre Iglesia y Estado ha derivado en EE UU en un mercado de la religión con hábiles vendedores que compiten por el cliente como en el campo de los detergentes”, con técnicas agresivas innecesarias en los países europeos, “donde normalmente hay una religión dominante, oficial”. El autor de El gen egoísta indica, además, que “la religión es considerada en Europa algo aburrido, relegado a un segundo plano”, mientras que en EE UU es “constantemente invocada por los políticos”.

Desde California, Shermer coincide en que “los estadounidenses son mucho más religiosos que los europeos y aquéllos que perciben la evolución como una amenaza para la religión tiene mucho más peso político que el resto”. Además, añade, la separación entre Iglesia y Estado y la inexistencia de ayudas gubernamentales han forzado a los diferentes credos a “convertirse en expertos en mercadotecnia”, porque “compiten por una clientela y recursos limitados”.

El episodio más famoso de esta guerra es el juicio del mono, en el que John Scopes fue juzgado en Tennessee en 1925 por enseñar la teoría de la evolución y condenado a una multa de 100 dólares. En los años 80 del siglo pasado, los fundamentalistas consiguieron que varios Estados legislaran para que la creación bíblica se enseñara en la escuela pública como alternativa a la evolución. Sin embargo, el Tribunal Supremo de EE UU concluyó en 1987 que esas leyes eran anticonstitucionales, ya que suponían que el Estado impulsara una creencia. Desde finales de los años 90, los creacionistas se han concentrado en sacar a Darwin de la escuela y, ahora, centran sus esfuerzos en que entre en clase como alternativa el llamado diseño inteligente, que sostiene que la complejidad humana exige que haya en su origen un arquitecto.

Un día para Darwin

“La Iglesia católica nunca ha sido una entusiasta de la lectura literal de la Biblia. El literalismo es una tradición protestante”, puntualiza Dawkins a la hora de explicar por qué el antievolucionismo es tan fuerte al otro lado del Atlántico y no en países tradicionalmente católicos como España. Para él, los maestros que en EE UU no enseñan la evolución por miedo “son unos cobardes y unos traidores de la enseñanza, de la ciencia y de la verdad”. “La evolución ocurrió”, sentencia Shermer. “No hay ninguna duda sobre su veracidad. Es un hecho”, dice Dawkins.

Charles Darwin nació el 12 de febrero de 1809 y, el mismo día cincuenta años después, publicó su obra clave, El origen de las especies. En ella, estableció las bases de la teoría de la evolución por selección natural, que los biólogos del siglo XXI ven en nuestro genoma. Desde 1995, un grupo creciente de pensadores celebra el Día de Darwin el 12 de febrero. Pretenden promocionar la educación científica y el conocimiento de la obra del naturalista inglés.

“El Día de Darwin es una excusa no sólo para celebrar la grandeza del hombre, sino también la fuerza y el impacto de su idea. La teoría de la evolución es una de la media docena de ideas más importantes en la historia de la Humanidad y debería ser objeto de celebración”, apunta Shermer. Dawkins va más lejos: “La de Darwin es, sin duda, una de las mentes más grandes que han existido. Es de justicia conmemorar su nacimiento, mucho más que los natalicios de políticos, de generales e, incluso, de Jesús”.

Publicado originalmente en el diario El Correo.