Colapso de colmenas

Madri+d se traga que el colapso de las colmenas se debe a la ‘contaminación electromagnética’

madri+d-abejas“Las energías electromagnéticas que cubren amplias áreas de nuestras ciudades y territorios son uno de los factores por los que se están extinguiendo las abejas”, dice una información de Efe publicada en el portal Madri+d, “organismo dependiente de la Comunidad de Madrid encargado de ofrecer servicios de innovación tecnológica, investigación y desarrollo”. Se titula “Una nueva teoría para el declive de las abejas” y se asegura en el subtítulo que “la contaminación electromagnética, según un estudio, está afectando a estos insectos”.

No se pongan a buscar el estudio citado. No existe. La información se basa exclusivamente en afirmaciones de un colectivo antiantenas español, la llamada Plataforma Estatal contra la Contaminación Electromagnética (Peccem), que supuestamente reúne a asociaciones vecinales. Esta entidad suele hacer causa común en su lucha contra las ondas del mal con un entramado de organizaciones pseudocientíficas que viven de fomentar el pánico electromagnético para vender servicios de aseoría legal, tratamientos médicos y todo tipo de cachivaches inútiles a hipocondriacos.

La información de Efe –la original y la replicada por Madri+d- es una muestra de lo que nunca tendría que ser el periodismo. ¿Dónde se ha publicado el estudio que vincula las ondas de radiofrecuencia con el síndrome del colapso de las colmenas (CCD, por sus siglas en inglés)? ¿Qué credenciales científicas tiene Rubén García González, coordinador de la Peccem, que lo convierten en una fuente fiable? En ninguna revista científica y ninguna, respectivamente. García González dice, por ejemplo, que en el ser humano “está más que constatado que hay una activación a largo plazo con carácter crónico del sistema inmunitario por las influencias electromagnéticas”. Si se refiere a las ondas de radiofrecuencia, es mentira. No hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía ni de wifi provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Ése es el consenso científico, que se basa no en acuerdos subjetivos, como el político, sino en la evidencia teórica y experimental acumulada.

Móviles y abejas

Tampoco hay ninguna prueba de que los teléfonos móviles estén matando a las abejas. En un estudio publicado hace cuatro años en la revista Apidologie, Daniel Favre, del Instituto Federal Suizo de Tecnología, metió dos teléfonos móviles en sendas colmenas y comprobó que, cuando estaban conectado entre sí  -uno le mandaba al otro la señal de un canal informativo de radio-, las obreras se excitaban hasta el punto de producir con sus alas el zumbido de alarma que puede llevarlas a abandonar masivamente la colonia. Cuando el experimento duraba 30 minutos, la colmena recuperaba el nivel normal de ruido 2 o 3 minutos después de haberse apagado los móviles; pero, cuando la comunicación telefónica se prolongaba más allá de 20 horas, las abejas necesitaban más de 12 horas para tranquilizarse. ¿Consecuencia de las radiaciones electromagnéticas?

No, más bien del calor y del ruido provocados por el móvil metido en cada colmena. Eso no impidió, no obstante, que algunos medios compusieran titulares del estilo de “Su teléfono móvil podría estar matando abejas”, “Un estudio sugiere que los móviles matan a las abejas” y “Las emisiones de los teléfonos celulares están realmente matando a las abejas, según un estudio”. Ahora, Madri+d hace lo mismo: esa pábulo a las afirmaciones sin sentido de un portavoz de la Peccem que dice, sin ninguna evidencia que lo respalde, que “las infraestructuras de las telecomunicaciones introducen unos campos electromagnéticos artificiales con una potencia infinitamente superior y que son cambiantes con el tiempo, lo que desorienta a las abejas, entre otros insectos, que no encuentran de esa forma la manera de volver a sus colonias”. Añade nuestro protagonista que, si estos animales desaparecen, “la situación puede ser catastrófica tanto a nivel de ecosistema como a nivel de los alimentos para los seres humanos y podría traer hambrunas mucho más intensas y más extendidas en el mundo”. Y el periodista lo remata haciendo una lista de “los informes que se han elaborado desde distintos organismos internacionales advirtiendo del peligro que supone la pérdida de este pequeño insecto que es la abeja”, como si eso respaldara en algo las tesis del imaginativo García González.

El síndrome del colapso de las colmenas es un problema que científicos de todo el mundo estudian dese hace años, pero no hay ninguna prueba de que su causa sean las emisiones de radiofrecuencia. Ninguna. Así que quien sostiene lo contrario es tan digno de crédito como quien dice que el VIH no causa el sida.

Los móviles no están matando a las abejas, o cómo algunos periodistas se inventan titulares apocalípticos

Los teléfonos móviles están matando a las abejas, repiten desde hace días algunos medios de comunicación basándose en un artículo publicado recientemente en la revista Apidologie. Vamos directos al abejicidio planetario; al fin del mundo tal como lo conocemos. ¿O no? Pues, una vez más, parece que no. Porque deducir del artículo de Daniel Favre, del Instituto Federal Suizo de Tecnología, que las ondas de los móviles matan a las abejas es dar un salto mortal a una piscina vacía. Quien sostiene que ésa es la conclusión del estudio lo hace porque no lo ha leído, porque no lo ha entendido o porque, simplemente, le va el rollo apocalíptico.

Favre ha examinado el efecto de móviles colocados dentro de colmenas. Para ello, ha utilizado cinco colonias en las que, entre febrero y junio de 2009, grabó en audio las variaciones en el comportamiento de los insectos en presencia de terminales inactivas, en reposo y en funcionamiento. Según el investigador, en los dos primeros casos no pasaba nada, a diferencia de cuando los dos teléfonos colocados en cada colmena llamaban uno al otro. El primero enviaba al segundo la señal de un canal informativo de radio para que la comunicación no se cortara automáticamente, y la conexión se establecía después de que sonara el tono de llamada entre 5 y 10 segundos. Con los dos teléfonos ya conectados, las abejas obreras se excitaban hasta el punto de producir con sus alas el zumbido de alarma que puede llevarlas a abandonar masivamente la colonia. Cuando el experimento duraba 30 minutos, la colmena recuperaba el nivel normal de ruido 2 o 3 minutos después de haberse apagado los móviles; pero, cuando la comunicación telefónica se prolongaba más allá de 20 horas, las abejas necesitaban más de 12 horas para tranquilizarse.

“Los resultados de este estudio piloto muestran claramente que la presencia de teléfonos móviles en la proximidad de las abejas tiene efectos dramáticos, al inducir a las obreras a emitir la señal de alarma. En condiciones naturales la alerta de las obreras anuncia el abandono de la colmena o que hay algún problema grave en ella”, escribe Favre. El investigador añade, no obstante, que no se registró ningún abandono de colmena ni siquiera cuando los móviles estuvieron funcionando hasta 20 horas ininterrumpidamente, lo que le lleva a pensar que deben de darse otras causa para que el éxodo tenga lugar. Además, hay que destacar que las terminales estaban dentro de las colmenas y que eso no ocurre en el mundo real, ¿verdad?

Amarillos como las abejas

Imagen de 'Bee Movie'.Favre no habla en ningún momento de abejas muertas: son los medios de comunicación los que se han inventado tal extremo con titulares del estilo de “Su teléfono móvil podría estar matando abejas”, “Un estudio sugiere que los móviles matan a las abejas” y “Las emisiones de los teléfonos celulares están realmente matando a las abejas, según un estudio”. No, no y no. Sólo hay que leer el artículo de Apidologie para comprobar que lo más que llega a decir es que “los campos electromagnéticos podrían contribuir a la desaparición de colonias de abejas”, que es lo que él cree, pero que no está demostrado. Un experto en la materia de la Universidad de Sussex, Norman Carreck, ha calificado en The Daily Mail la investigación de Favre de interesante, pero ha añadido que “no prueba que los teléfonos móviles sean responsables del síndrome del colapso de las colmenas (CCD, por sus siglas en inglés). Si das golpes en una colmena o la abres para examinarla, obtienes los mismos resultados. Y en Estados Unidos muchos casos de CCD han tenido lugar en áreas remotas alejadas de las señales de los teléfonos móviles”.

El CCD empezó a darse a escala global a comienzos de la pasada década y consiste en la desaparición masiva de obreras de una colmena, con la consiguiente muerte posterior de la colonia. Genera grandes pérdidas no sólo entre los apicultores, sino también entre los agricultores en general, ya que hay muchos cultivos cuya polinización corre por cuenta de las abejas. Sus causas se desconocen, aunque se ha achacado a pesticidas, pérdida de hábitats de las abejas, ácaros y enfermedades de estos insectos, así como a posibles combinaciones de esos factores. No faltan, obviamente, quienes culpan del fenómeno a las plantas modificadas genéticamente y a los teléfonos móviles, aunque no haya pruebas en ninguna de esas direcciones. De momento, puede estar tranquilo, nadie ha demostrado que su móvil mate abejas; a no ser, claro, que le caiga a alguna encima.