Cine

Una demanda por plagio puede poner en peligro el estreno en el Reino Unido de ‘El código Da Vinci’

Audrey Tatu y Tom Hanks, en una escena de 'El código Da Vinci'.Que El código Da Vinci es un éxito editorial que no tiene casi nada de original y que Dan Brown tomó prestadas de otros autores las principales revelaciones de su novela, es algo de sobra conocido. Porque el escritor estadounidense no ha sido el primero en especular sobre la posibilidad de que Jesús sobreviviera a la crucifixión, se casara con María Magdalena, y el matrimonio se estableciera en lo que hoy es Francia para iniciar una dinastía que ha llegado hasta nuestros días y cuya existencia explica la de los templarios, una orden secreta denominada el Priorato de Sión y el misterio de Rennes-le-Château. Estos ingredientes fueron ya el eje de El enigma sagrado (Holy blood, holy grail), obra pseudohistórica publicada en 1982 por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln.

Quien primero me habló de esa fuente de la que Brown se habría hartado de beber fue el historiador y periodista Julio Arrieta, que, a finales de 2004, consideraba la novela superventas una mezcla de La revelación de los templarios (1997), de Lynn Picknett y Clive Prince, y El enigma sagrado. Posteriormente, el también historiador José Luis Calvo dedicó un amplio trabajo a demostrar cuáles habían sido, a su vez, las fuentes bibliográficas utilizadas por los autores de El enigma sagrado, y escribió una pormenorizada crítica de El código Da Vinci, en la que deja claro que Brown sacó bastantes de su disparatadas ideas de La revelación de los templarios.

Pues bien, tanto beber de fuentes ajenas sin citarlas y arrogándose la autoría de los hallazgos debió de hartar a dos de los autores de El enigma sagrado, Baigent y Leigh, quienes denunciaron a Brown en el Reino Unido por plagio y ahora podrían impedir a los británicos disfrutar del taquillazo cinematográfico del año, informaba ayer The Times. Porque, cuando Brown -cuya fortuna se calcula en 290 millones de euros- comparezca ante la Justicia en Londres la próxima semana, estará en juego no sólo una millonaria indemnización a los autores de El enigma sagrado, sino también el estreno en el Reino Unido de la película El código Da Vinci, protagonizada por Tom Hanks y presupuestada en 104 millones de euros.

La cinta va a estrenarse el 19 de mayo en todo el mundo, pero los jueces británicos podrían posponer su proyección en el país e incluso prohibirla si consideran que Brown ha violado las leyes de derechos de autor. Además, si dan la razón a los demandantes, éstos podrían recibir una indemnización de 14,5 millones de euros, según el rotativo londinense. Y es que el plagio es una cosa muy seria. Por ahí fuera, claro. Porque en España es algo muy rentable. Aquí a los plagiarios les dan programas estelares de televisión y no les pasa nada, aunque sus editores reconozcan que han copiado a otros.

Los errores de las galaxias

Escena de 'Star wars. La venganza de los sith'.

Solo estaba y solo se quedó tras la fugaz visita de los tripulantes del Halcón Milenario. El pasado, presente y futuro del gusano espacial en cuyo interior se mete la nave de Han Solo, cuando en El imperio contraataca sus tripulantes huyen de las huestes de Darth Vader y se esconden en lo que parece una cueva de un asteroide, resulta inexplicable. ¿Qué hace el monstruo en el pedrusco?, ¿cómo llegó allí?, ¿de qué se alimenta?, ¿cómo puede vivir en el vacío? Son preguntas para las que no hay respuesta, porque la bestia es un recurso utilizado por George Lucas para obligar a sus héroes a abandonar un refugio que, en principio, parecía seguro y volver a la acción. Nada más. Como la ilógica gravedad terrestre que reina en el interior del gusano.

La gran densidad de rocas en el campo de asteroides -¿cómo sobrevive el gusano a los impactos?- es otra libertad que previamente se ha tomado el cineasta. Como si se tratara de una persecución por una autopista en el sentido contrario de la marcha, el Halcón Milenario y los cazas que siguen sus pasos se las ven y se las desean para esquivar los planetoides que les vienen encima. Oportuno -los malos, como es normal y deseable, llevan las de perder y son blanco de algunos pedruscos-, pero inexacto: en un campo de asteroides, éstos se encuentran separados por grandes distancias y lo que hay, sobre todo, es nada.

Batallas espectaculares

El vacío es al campo de asteroides lo que el silencio a las batallas espaciales. Sin embargo, a pesar de que en el vacío no hay ondas sonoras y de que, por tanto, sería imposible oír algo, los espectadores de la saga de las galaxias escuchan los zumbidos de las naves en vuelo, los disparos de los láser y las estruendosas explosiones. Resulta igualmente llamativo, e incorrecto, que se vean los rayos láser atravesar el espacio o salir de las pistolas en las luchas cuerpo a cuerpo. Claro que ¿quién aguantaría una escena de combate interplanetario sin rayos ni explosiones? Posiblemente, ni el más recalcitrante de los fans.

Las batallas espaciales son llamativas no sólo por el despliegue de luz y sonido, sino también porque parecen un remedo de las aéreas de la Segunda Guerra Mundial. Las naves evolucionan como aviones de guerra y no como ingenios que surcan el espacio interplanetario. Así, en La guerra de las galaxias, los cazas de la Alianza Rebelde llegan al extremo de desplegar sus inútiles alas antes de emprender el ataque final a la Estrella de la Muerte. Como si eso les fuera a servir para algo si la Fuerza no les acompaña.

El Universo de Lucas se completa con espectaculares vistas que, en La amenaza fantasma, permiten disfrutar del planeta Naboo en todo su esplendor, asediado por las naves de la Federación de Comercio y con un tapiz de estrellas al fondo. Busquen esto último en una fotografía tomada en la Luna o desde la Estación Espacial Internacional y comprobarán que no hay ninguna estrella. La razón -en contra de lo que defienden los conspiranoicos que niegan la realidad de los alunizajes- es muy simple: el tenue brillo de las estrellas no llega a impresionar la película a no ser que se aumente el tiempo de exposición considerablemente. Entonces, la Tierra quedará sobreexpuesta. El astrónomo Phil Plait recoge el testimonio de Ron Parise, un astronauta que asegura que, al mirar por la ventana del transbordador con la Tierra debajo, la luz de ésta oculta al ojo humano la de la mayoría de las estrellas y sólo se ven unas pocas, las más brillantes.

Un Universo muy humano

Un error incomprensible en el mundo digital en el que se mueve Lucas en la nueva trilogía afecta al planeta natal de Luke Skywalker. En La guerra de las galaxias, vimos una doble puesta de sol en Tatooine, pero las sombras eran una y siguieron siendo una en La amenaza fantasma, cuando tenían que ser tantas como soles. Además, el Universo resulta muy pobre en variedad de formas de vida inteligente: predominan los seres antropomorfos, con variaciones de estatura, tono de piel, pelaje y órganos sensoriales, y habituados a la misma gravedad que los humanos. Y, cuando un alienígena es claramente no humanoide, tampoco eso le libra de las debilidades humanas. El lascivo interés de Jabba el Hutt por la princesa Leia, en El retorno del jedi, es equiparable al de un humano por una babosa. Pero el malo es el malo.

Salvar las distancias interestelares como si nada gracias al inexistente hiperespacio o que todas las naves cuenten con gravedad artificial son otras licencias que se permite Lucas en aras del divertimento. Porque eso es al final lo que importa. “He disfrutado mucho con La guerra de las galaxias“, reconocía Arthur C. Clarke en el prólogo de su novela Cánticos de la lejana Tierra (1986). Y lo mismo decía Isaac Asimov en su libro Sobre la ciencia ficción (1981). Ambos divulgadores científicos se sentaban a disfrutar cuando se apagaba la luz, estallaba la música y les empezaban a contar lo que pasó “hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…”. Es lo mejor y lo más divertido: suspendan su sentido crítico y disfruten de la fábula que ahora acaba.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Se estrella una nave extraterrestre en Australia

La nave extraterrestre de 'Superman returns'.Las fotos las han tomado desde un helicóptero cerca de la ciudad de Breeza -a unos 300 kilómetros al noroeste de Sydney-, saltándose las medidas de seguridad puestas por quienes querían guardar el secreto, y ayer llegaron a los medios de comunicación de todo el mundo. En dos de las imágenes, se ve una gran zanja abierta en el terreno, a un extremo de la cual descansa, semienterrado, un misterioso objeto. Es una nave alienígena, procede de Krypton y en su interior ha llegado a nuestro planeta un niño llamado Kal-El. El extraterrestre más famoso volverá a la gran pantalla el 30 de junio de 2006 en Superman returns, una película dirigida por Bryan Singer. Dudo mucho de que vaya a superar el listón del Superman (1978) de Richard Donner, pero, por de pronto, nos ha dejado una imagen propia de la ufología más disparatada, la que lleva décadas hablando de platillos volantes estrellados sin mostrarnos un simple tornillo. Hay más pruebas de la existencia de Superman que de la de los visitantes de ovnilandia.

Vade retro, Satanás

Walter H. Halloran, en 1972.El último sacerdote vivo implicado en los hechos en los que se basó William Peter Blatty para su novela El exorcista murió el 1 de marzo de 2005 en Wisconsin, Estados Unidos. Se llamaba Walter H. Halloran, tenía 83 años y era jesuita. En 1949, cuando estaba en el seminario, auxilió al padre William Bowdern en lo que años después, gracias al cine, se convirtió en el más famoso combate de un hombre con el Maligno.

El exorcista es un fenómeno cultural contemporáneo”, sostiene el escritor estadounidense Mark Opsasnick, que a finales de los años 90 se sumergió en la historia para desentrañar lo que había de realidad en ella. La novela llegó a las librerías en 1971 y fue un éxito de ventas. Dos años después, William Friedkin trasladó el duelo entre los padres Merrin y Karras y Satanás a la pantalla grande. La truculencia de varias escenas -la cabeza de la joven poseída girando locamente, su rostro plagado de llagas, los vómitos…- echó a algunos espectadores de las salas de proyección, donde hubo más de un ataque de histeria. Lo más sobrecogedor, no obstante, era que la historia de la pequeña Regan estaba basada en hechos reales.

El comienzo

Blatty aseguraba que El exorcista se había inspirado en una noticia que había leído en 1949, cuando estudiaba Literatura Inglesa en la Universidad de Georgetown. La había publicado The Washington Post y estaba protagonizada por un adolescente de 14 años de un barrio humilde de Mount Rainier (Maryland), al que unos sacerdotes católicos habían liberado de Satanás. Uno de los religiosos había llevado un diario de los hechos, al que el novelista tuvo acceso.

Escena de la película 'El exorcista'.El poseído -identificado como Roland Doe (Rolando Nadie) para respetar su intimidad- fue objeto de un exorcismo oficiado por el padre Albert Hughes en el Hospital Universitario de Georgetown. Pero este primer ritual no dio el resultado deseado. Cuando el cura recitaba plegarias para expulsar al Diablo, el joven le hirió en un brazo con un muelle del colchón. El sacerdote sufrió una crisis nerviosa y, poco después, murió. El exorcismo definitivo corrió a cargo del padre Bowdern y se celebró en el Hospital de los Hermanos Alexianos, en San Luis. Los sacerdotes Raymond Bishop, autor del diario, y Walter H. Halloran asistieron al exorcista mientras el adolescente, muy violento, gritaba, maldecía y blasfemaba.

Entre octubre de 1997 y octubre de 1998, Mark Opsasnick se propuso averiguar si la historia real difería de la popular en aspectos claves, además del sexo y la edad del protagonista: el chico de 14 años que en El exorcista era una chica de 12. Pasó “cientos de horas charlando con los vecinos más viejos de Mount Rainier”, y llegó a hablar con Halloran y con el menor, aunque no reveló su identidad. Los resultados de la investigación vieron la luz en Strange Magazine, una revista estadounidense, y una versión resumida se publicó en la británica Fortean Times.

La realidad

Lo primero que constató Opsasnick es que la historia había ocurrido en Maryland, pero no en Mount Rainier, sino en Garden City, en el seno de una familia luterana de origen alemán que tenía un hijo de 14 años, al que él llama Rob Doe. Los fenómenos extraños comenzaron pocos días después de que en la casa empezaran a jugar con la güija, la tabla con el alfabeto usada por los espiritistas parta contactar con el Más Allá.

El 18 de enero de 1949 se empezó a oír ruido de arañazos en el cuarto del joven, donde la cama se movía y los objetos salían disparados por los aires. El adolescente creía estar poseído. Nueve días después, moría de esclerosis múltiple a los 54 años tía Tilly, la mujer que había iniciado a la familia en el espiritismo. A partir de ese momento, la madre de Rob no tuvo muy claro si detrás de la posesión de su hijo estaba el Diablo o la pariente fallecida. Preocupados, los padres mandaron al niño a pasar una noche con un pastor evangelista, que acabó llamando a un médico que recetó fenobarbital -un sedante- a toda la familia.

A finales de febrero y principios de marzo, Rob permaneció ingresado tres días en el Hospital Universitario de Georgetown, pero allí nadie le exorcizó. El, según la leyenda, infortunado padre Hughes intentó bautizarle, aunque no tuvo éxito. Y no hubo una agresión ni el cura murió poco después: falleció en octubre de 1980 después de una larga vida en activo. El padre Bowdern y sus ayudantes entraron en escena el 9 de marzo y el exorcismo se practicó en abril. Nada en él se pareció a lo contado por Blatty.

Aparecieron estigmas sin significado en el cuerpo del poseído; pero no puede descartarse que se autolesionara. Ni el joven habló otras lenguas que el inglés, ni cambió su tono de voz, ni hizo gala de una fuerza extraordinaria, según reconoció el padre Halloran en 1997 a Opsasnick, quien está convencido de que Rob no estaba endemoniado, sino que sufría “de algo que la moderna psiquiatría podía haber diagnosticado correctamente”. “La creencia en las posesiones florece en épocas y lugares donde impera la ignorancia sobre las enfermedades mentales”, indica el investigador Joe Nickell, para quien Satanás ha ido retrocediendo según ha avanzado la psiquiatría. De hecho, el Maligno sólo posee a quienes creen en él.


El tirón del “basado en hechos reales”

William Peter Blatty fue uno de los pioneros en aprovechar la leyenda “basado en hechos reales” para atraer la atención del público. Nadie duda de que parte del éxito del El exorcista radicó en lo sobrecogedor que resultaba para el público que en lo plasmado en el libro y en lo vivido en la pantalla por Linda Blair hubiera algo de realidad. El gancho funcionó y pronto fue aprovechado por otros escritores y productores cinematográficos. Así, un año después del estreno de El exorcista, los productores de La matanza de Texas utilizaron el mismo reclamo. Falso, claro.

El código Da Vinci, de Dan Brown, es un ejemplo de novela de éxito inspirada en una realidad inventada o tergiversada. Y Juan José Benítez publicitó durante años su saga Caballo de Troya, en la que unos astronautas viajan en el tiempo hasta la época de Jesús, como basada en unos documentos secretos del Ejército de Estados Unidos. Inexistentes, por supuesto.


La película

El exorcista (EE UU, 1973).

Director: William Friedkin.

Guionista: William Peter Blatty, que adaptó su novela de 1971 del mismo título.

Protagonistas: Ellen Burstyn (Chris MacNeil), Max von Sydow (padre Merrin), Jason Miller (padre Damien Karras) y Linda Blair (Regan MacNeil).

Estreno: 26 de diciembre de 1973.

Premios: Oscar al mejor guión adaptado y al mejor sonido (estuvo nominada en diez categorías).

Publicado originalmente en el diario El Correo.