Charles Berlitz

Desapariciones misteriosas de aviones y barcos, en Hala Bedi Irratia

Koldo Alzola y yo hablamos el jueves en Suelta la Olla, en Hala Bedi Irratia, de desapariciones misteriosas de aviones y barcos, en la novena entrega del curso 2013-2014 de Gámez Over, intervenciones que también emiten Eguzki-Pamplona, Uhinak (Ayala), Txapa (Bergara), Eztanda (Sakana), Arraio (Zarautz), Zintzilik (Orereta), Itxungi (Arrasate), Kkinzona (Urretxu-Zumarraga) y Txindurri Irratia (Lautada).

El experimento de Filadelfia

Ilustración: Iker Ayestarán.Los militares buscan desde hace décadas el camuflaje perfecto, que haga aviones y barcos indetectables para el enemigo. Un experimento en esa línea se hizo en unos astilleros militares de Estados Unidos a finales de octubre de 1943 con fatales consecuencias para algunos de los tripulantes del USS Eldridge, destructor que se quería hacer invisible al radar y que acabó viajando en el espacio y el tiempo, según cuentan Charles Berlitz y William Moore en El misterio de Filadelfia: proyecto invisibilidad (1979).

La prueba fue un secreto hasta que en 1956 un hombre, que se identificó indistintamente como Carlos Allende y Carl M. Allen, informó acerca de ella por correspondencia al ufólogo Morris K. Jessup, que acababa de publicar The case for the ufo (El caso de los ovnis, 1955), libro en el que apuntaba a la antigravedad o el electromagnetismo como posibles sistemas de propulsión de los platillos volantes. Allende contó a Jessup que en 1943 la Marina había intentado utilizar el electromagnetismo para camuflar el USS Eldridge frente al radar, con desastrosos resultados.

El destructor se desvaneció del puerto de Filadelfia, apareció en el de Norfolk -a 350 kilómetros en línea recta-, se volvió a esfumar y reapareció en Filadelfia. Todo en cuestión de minutos. Tanto viaje casi instantáneo volvió majaretas a muchos marineros -“la mitad de los oficiales y de la tripulación del barco están ahora locos de remate”, explicaba el informante en su primera carta-, otros ardieron en llamas, algunos se rematerializaron medio empotrados en el casco… Allende decía haber asistido a parte de los hechos desde el SS Andrew Furuseth, atracado también en Filadelfia. Jessup empezó a intercambiar correspondencia con el hombre, pero dejó la investigación poco después al sospechar que todo era un fraude.

Un perturbado mental

Veintitrés años más tarde, Berlitz y Moore confeccionaron con los mismos mimbres un “increíble relato de un proyecto científico realmente fascinante y estremecedor” que Hollywood llevó en 1984 a la pantalla grande como una película “basada en hechos reales”. No ahondaron en la investigación, porque, si hubieran rascado un poco, habrían averiguado quién era en realidad el tal Allende o Allen. Se trataba de Carl Allen, un perturbado mental de New Kensington (Pensilvania) que inventó la historia como consecuencia de su enfermedad, reveló Robert Goerman en 1980 en la revista Fate.

Si hubieran consultado los archivos de la Marina, Berlitz y Moore habrían descubierto que, a finales de octubre 1943, el destructor estaba en Nueva York. Y, si hubieran preguntado a los supervivientes de la tripulación, como hizo un periodista de The Philadelphia Inquirer en marzo de 1999 durante un encuentro de veteranos en Atlantic City, habrían sabido que todo lo contado por Allen era mentira –“son castillos en el aire”– y que el USS Eldridge nunca atracó en Filadelfia desde su botadura hasta que fue retirado del servicio en 1951. Como había apuntado Goerman en 1980 en Fate, el libro de Berlitz y Moore tenía que haberse titulado El fraude de Filadelfia: proyecto credulidad.

Desaparecidos sin rastro

Los aviones del 'Vuelo 19' vuelven a volar sobre el Atlántico en la serie 'The triangle'.Millones de personas corren cada año el peligro de desaparecer para siempre. Vuelan o navegan por una región del planeta que fue identificada hace décadas como un agujero espacio-temporal que engulle hombres, barcos y aviones. Fue el 16 de septiembre de 1950 cuando un despacho de la agencia AP firmado por E.W. Jones llamó por primera vez la atención sobre unas misteriosas desapariciones acaecidas entre Florida y las Bermudas. Dos años después, en la revista esotérica Fate, George X. Sand situó los hechos dentro de un triángulo con vértices en “Florida, Bermudas y Puerto Rico”. Y el periodista Vincent H. Gaddis bautizó la zona como “el triángulo mortal de las Bermudas” en 1964 en la revista Argosy.

Casi nadie se acuerda, sin embargo, de Jones, Sand y Gaddis en relación con el misterio del triángulo de las Bermudas. La región y su enigma se asocian al fallecido lingüista Charles Berlitz, nieto del fundador de las academias de idiomas que llevan su apellido. Y es que publicó dos libros, El triángulo de las Bermudas (1974) y Sin rastro (1977), de los que vendió millones de ejemplares. Berlitz proponía dos explicaciones para lo sucedido en una región en la cual, decía en 1974, “más de cien barcos y aviones han desaparecido en medio de una atmósfera transparente”: que los ovnis estén secuestrando gente o que todo se deba a una “antigua, e incluso actual, actividad atlante en la zona”.

Vuelo sin regreso

Aunque el misterio se remontaría, según los autores que han escrito sobre él, a las “extrañas luces danzantes sobre el horizonte” que vieron Colón y sus hombres la víspera del día del Descubrimiento, el libro seminal de Berlitz se centra en sucesos mucho más próximos en el tiempo y, supuestamente, mejor documentados. A fin de cuentas, las luces de Colón bien pudieron ser las de hogueras de los indios tainos. Frente a eso, él presenta casos como el del Freya, un buque alemán que el 4 de octubre de 1902 fue encontrado en la región a la deriva poco después de salir “desde Manzanillo, Cuba, hacia varios puertos de Chile”; y el de un avión Globemaster que se esfumó en marzo de 1950 “en el borde norte del triángulo”.

La desaparición, en octubre de 1931 cerca de Bahamas, del carguero noruego Stavenger y sus 43 tripulantes es una de las más impactantes. Pero la más conocida es la del Vuelo 19, que se saldó con la pérdida de seis aviones y veintisiete hombres el 5 de diciembre de 1945. Cinco torpederos TBM Avenger, y sus catorce tripulantes, se esfumaron aquel día -de condiciones meteorológicas ideales, dice Berlitz- mientras participaban en un vuelo de adiestramiento en orientación sin instrumental ni puntos de referencia. Cuando se perdió el contacto con ellos, un hidroavión Martin Mariner con trece hombres despegó en su búsqueda. También desapareció. Nadie ha encontrado hasta hoy restos del Vuelo 19, cuyos aviones son hallados intactos en el desierto de Sonora al inicio de Encuentros en la tercera fase (1977) y cuyos tripulantes salen, al final de la película, de una gigantesca nave nodriza extraterrestre.

Se han achacado estas desapariciones y otras muchas a diferentes causas, la más popular de las cuales es el secuestro por parte de seres de otros mundos, gracias en parte a Steven Spielberg. Pero Berlitz apostaba por la explicación atlante: creía que es posible que en la región haya “grandes complejos de energía, antiguas máquinas o fuentes energéticas de una civilización anterior, que yacen en el fondo del océano” y que “incluso ahora podrían ser ocasionalmente accionadas por aviones que, al sobrevolarlas, crean torbellinos magnéticos y provocan perturbaciones magnéticas y electrónicas”.

Falsedades en cadena

'El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado', de Lawrence David Kusche.Poco después de la publicación de El triángulo de las Bermudas, Lawrence David Kusche, bibliotecario de la Universidad de Arizona y piloto, comprobó cuánto había de cierto en los sucesos narrados por Berlitz. Descubrió, así, que el Freya no había partido hacia Chile desde el puerto cubano de Manzanillo, sino desde uno del mismo nombre situado en la costa pacífica de México. Según los archivos de la aseguradora Lloyd’s, había sido encontrado a la deriva en el Pacífico -a más de 2.500 kilómetros del vértice occidental de la región maldita- el 4 de octubre después de sufrir los efectos de un maremoto.

Ningún avión Globemaster desapareció tampoco cuando y donde sostiene Berlitz; ni lo hizo ningún barco noruego llamado Stavenger. Y así sucesivamente. La pérdida del Vuelo 19 se debió, por su parte, a una sucesión de errores de los jóvenes pilotos -todos, menos uno, novatos- en un día no idílico, sino de “fuertes vientos y con el mar muy alborotado”. Desorientados, los aparatos cayeron al agua cuando se les acabó el combustible y los aviadores murieron por el choque o ahogados. Del hidroavión Martin Mariner -un modelo conocido como tanque de gasolina volante– se perdió todo rastro al mismo tiempo que la tripulación del buque cisterna SS Gaines Mills veía en el cielo una explosión. Luego, se encontraron manchas de aceite en el mar.

La aseguradora Lloyd’s diagnostica que en la zona “las desapariciones se deben normalmente a condiciones meteorológicas adversas”. “La leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo”, concluye Kusche en su libro El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado (1975), en el cual demonta el enigma caso por caso. El explorador submarino Jacques Cousteau coincidía con él: “El tan comentado triángulo de las Bermudas no es tal punto de desapariciones misteriosas, sino un simple montaje publicitario que radica en el interés de ciertas empresas editoriales por vender libros. Un camelo”.


El libro

El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado (1975): La demostración de que todas las demás obras publicadas sobre el tema están basadas en mentiras, rumores y tergiversaciones.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

En busca de la Atlántida

Hipotética recreación de la Atlántida. Autora: Leire Fernández.

Todo el mundo sabe dónde está la Atlántida: en el fondo del mar. Allí la mandó Zeus, después de que sus habitantes se corrompieran e intentaran someter por las armas al resto del mundo. Porque, aunque popularmente la atlante suele ser presentada como una civilización idílica, no es precisamente eso lo que de ella nos ha transmitido Platón en sus diálogos Timeo y Critias. Estos dos textos del filósofo ateniense, que vivió entre los siglos V y IV antes de Cristo (aC), son las referencias más antiguas al continente desaparecido, en las que se han basado todos los que después han hablado de la civilización atlante.

Cuenta Platón que hace unos 11.000 años existía más allá de las Columnas de Hércules -el Estrecho de Gibraltar- una isla más grande que el norte de África y Asia Menor juntas. Era el hogar de una avanzada civilización y debía su nombre a Atlas, rey de la isla y primogénito del dios Poseidón y la humana Cleto. Tierra de promisión, era un paraíso en el que abundaban las materias primas, y las fachadas de los edificios estaban cubiertas de metales preciosos. Los atlantes navegaban por todos los mares y fueron pacíficos hasta que se corrompieron, intentaron conquistar el mundo y acabaron chocando con los atenienses, quienes, solos, les derrotaron y liberaron a la Humanidad. Zeus hundió entonces la isla Atlántida en el mar como castigo a la impiedad de sus habitantes.

En mitad del océano

La Atlántida obsesiona a mucha gente casi 2.500 años después de Platón. Se calcula que se han publicado más de 25.000 libros sobre el continente perdido, en el cual algunos sitúan el origen de los indios norteamericanos, los vascos… La interpretación clásica del texto platónico localiza la isla en el Atlántico. Es por lo que apostó en 1882 en su libro Atlantis: the antediluvian world (Atlántida, el mundo antediluviano) el congresista estadounidense Ignatius Donnelly quien sentó las bases de la moderna atlantología. Mucho antes que Erich von Däniken y Charles Berlitz, leyó literalmente al filósofo griego, dijo que el desaparecido continente había estado en mitad del Atlántico y dejó escrito que fue allí donde el ser humano se civilizó.

Donnelly hizo escuela y, a pesar de que se han propuesto decenas de posibles ubicaciones de la Atlántida -desde la Antártida hasta Groenlandia, pasando por los Andes y Canarias-, situarla entre Europa y América es lo más habitual. La existencia de pirámides a ambas orillas del océano se explicaría, así, porque los supervivientes de la ira de Zeus habrían llegado hasta Egipto y Mesoamérica, y transmitido a los indígenas la sabiduría para levantar esos edificios. A primera vista, parece posible que el océano se haya tragado una isla del tamaño que dice Platón; pero hay un inconveniente insalvable: hasta un niño sabe que, por mucho que lo intentemos, en un rompecabezas de 100 piezas, la 101 no entrará jamás. Y eso es lo que pasa con la Atlántida, que no cabe en la Tierra.

Animación de la evolución de los continentes.La corteza de nuestro planeta es un rompecabezas de piezas que flotan sobre roca fundida. Las placas que forman los continentes y los fondos oceánicos crecen por lugares como la cordillera volcánica del centro del Atlántico, lo que hace que Europa se aleje de Norteamérica entre 1,8 y 2,5 centímetros anuales; se reducen donde se encuentran y una se hunde por debajo de otra o chocan entre sí para formar cordilleras como la del Himalaya; y acumulan tensión en puntos de encuentro donde provocan terremotos, como ocurre en California con la falla de San Andrés. Los continentes que existen son los que siempre ha habido, si bien se mueven y hubo un tiempo en que eran uno solo, llamado Pangea. No hay agujeros, espacio libre en el que en un pasado remoto cupiera una isla continente.

La gloria de Atenas

Los atlantólogos pasan por alto, además, que hace 11.000 años no había en el mundo ningún imperio. Sólo existían grupos de cazadores recolectores como los pintores de la cueva de Altamira. No había nada parecido al imperio de la Atlántida ni a Atenas porque todavía no había ciudades. Por eso los historiadores leen el relato del filósofo como una ficción moralizante en la que, ensalzando a su ciudad natal, se inventa un poder que conquista el Mediterráneo hasta que topa con los atenienses. En el fondo, como ha apuntado el arqueólogo Ken Feder, de la Universidad Central del Estado de Connecticut, es la misma historia que la de La guerra de las galaxias, pues ocurrió hace mucho, mucho tiempo, en un sitio muy, muy lejano, y está protagonizada por un malvado imperio que sucumbe ante un puñado de humanos libres abandonados a su suerte.

Es posible, no obstante, que haya algo de verdad en la historia de Platón. No hay que descartar, aunque probarlo sea imposible, que el filósofo se apropiara de hechos históricos reales para elaborar el relato de la Atlántida. Así, en 373 aC, pocas décadas antes de que escribiese los dos diálogos, hubo una importante ciudad del Peloponeso que se hundió en las aguas de la noche a la mañana. Se llamaba Helike, era la capital de la Liga Aquea y desapareció en una laguna tras un terremoto, en una catástrofe que se achacó a la ira de Poseidón. Sus restos se encontraron en 2001.

La estructura anillada de la capital de la Atlántida -en la cual se alternan canales de agua y masas de tierra hasta la isla central, donde está el templo a Poseidón- recuerda la de los núcleos urbanos de la cultura de Tartessos, desarrollada entre los siglos VIII y VI aC al suroeste de la Península Ibérica, más allá de las Columnas de Hércules. ¿Y el conflicto bélico entre atlantes y atenienses? Podría tratarse de una reedición de las Guerras Médicas (498-479 aC). Ocurridas en vida del filósofo, enfrentaron al poderoso Imperio Persa con los griegos y, en batallas como la de Maratón, los atenienses frenaron a las tropas invasoras, como luego harían con el imperio atlante en la obra de Platón.


El libro

En busca de la Atlántida (1998): Richard Ellis es el autor de este magnífico libro sobre el mítico continente cuya existencia ha persistido como una creencia durante más de dos milenios sin formar parte de ningún credo religioso.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

El triángulo de las mentiras

Los aviones del 'Vuelo 19' vuelven a volar sobre el Atlántico en la serie 'The triangle'.El misterio del triángulo de las Bermudas se ha reanimado esta semana con el estreno en Canal Plus de The triangle, una teleserie ideada por Bryan Singer, el director de X Men, y Dean Devlin, coproductor de Stargate e Independence Day. The triangle es un producto bien hecho y divertido, aunque, para los aficionados a la ciencia ficción, la explicación al enigma elegida por los guionistas resulte obvia casi desde el principio.

El punto de partida de la historia concebida por Singer y Devlin es un clásico paranormal contemporáneo: que en aguas del Atlántico -en la región delimitada por Puerto Rico, Florida y Bermudas- se han esfumado cientos de barcos y aviones misteriosamente. Hay en la serie referencias a las desapariciones del Cyclops y del famoso Vuelo 19, enigmáticas sólo en la mente de Charles Berlitz y compañía, porque el bibliotecario Lawrence David Kusche hace tiempo que las explicó en sus obras El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado (1975) y The disappearance of Flight 19 (1980). En el segundo libro, demostró que fue un cúmulo de infortunios lo que llevó a la muerte, el 5 de diciembre de 1945, a la tripulación de una patrulla de aviones torpederos mientras volaba sobre el mar para adiestrarse en la orientación sin instrumental ni referencias.

“Es ficción”, dirán algunos sobre The triangle. Tendrán razón; pero no está de más recordar que lo que se presenta en la serie como verdad histórica no lo es, que la leyenda del triángulo de las Bermudas es un invento y que lo que sostiene, por ejemplo, Iker Jiménez en la revista de Digital + es, simple y llanamente, mentira. Recuerda el director de Cuarto milenio en la guía mensual de la plataforma de televisión de pago que el mito alcanzó su clímax con la publicación de El triángulo de las Bermudas, obra que dice que Charles Berlitz escribió en 1975, algo prodigioso porque el libro se publicó en 1974. “Ahí comienza todo, con una recopilación de las desapariciones, hundimientos y, sobre todo, la falta de datos en torno a aviones y barcos que se habían esfumado sin dejar rastro”, dice.

Lo que no cuenta Jiménez es que, un año después de ponerse a la venta el libro de Berlitz, Kusche -entonces bibliotecario de la Universidad de Arizona- dio carpetazo al asunto. El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado es un catálogo de las trapacerías de Berlitz, que incluyen barcos inventados -como el inexistente Stavenger al que hace desaparecer en 1931-, otros cuyo naufragio situó cerca las Bermudas cuando sucedió en el Pacífico -como el Freya en 1902- o en el Atlántico Norte -como el Raifuku Maru en 1925-, navíos que en realidad fueron hundidos en acciones de guerra -como el Proteus y el Nereus en 1941-, algunos víctimas de tormentas -como el Cotopaxi en 1925 y el Sandra en 1950-…

'El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado', de Lawrence David Kusche.“La leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad”, concluyó Kusche en una obra cuya vigencia es la misma que hace más de tres decenios. Jiménez, sin embargo, no les dice nada esto a los lectores de la revista de Digital +. Sería desmontar un enigma y eso no es propio de quien vive desde hace años de explotar misterios inexistentes. Por eso, el director de Cuarto milenio sentencia que “la falta de respuesta hundió al propio tema (se refiere al enigma del triángulo de las Bermudas). Pero, sin embargo, hay que reconocer que nadie pudo poner en claro lo que sucedió realmente. Descubrirlo, tanto tiempo después, sigue siendo el gran desafío”.

En la misma onda, está su colega Bruno Cardeñosa, ufólogo reconvertido a conspiranoico después de los atentados del 11-S. Este periodista es autor de una antología del disparate paleoantropológico, titulada El código secreto (2001), en la que sostiene que “los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución” y “aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens“. Puro diseño inteligente, vamos. Cardeñosa es capaz de ver un fantasma en donde hay una figura de cartón en la película Tres hombres y un bebé (1987) y mantiene que “el enigma del triángulo de las Bermudas está vivo, diría que más vivo que nunca. Todas las explicaciones que han propuesto algunos escépticos se han demostrado como vulgares cuando no sencillamente estúpidas”. No es que desconozca el libro de Kusche, es que, sencillamente, tampoco está por la labor de matar la gallina de los huevos de oro en un negocio de lo paranormal en el que el prestigio se labra a golpe de tontería.

Descubrir lo que no pasa ni ha pasado nunca en esa zona del Atlántico es tan difícil -diga lo que digan los misteriólogos– como abrir el libro de Kusche y pararse a pensar unos minutos en que la región maldita registra un gran tráfico aéreo y marítimo. ¿De la desaparición de cuántos aviones de línea, de los cientos que vuelan sobre el triángulo de las Bermudas a diario, tiene usted, lector, un recuerdo directo? Quizá de ninguno, a pesar de la gran atención que prestan los medios a los accidentes aéreos y naufragios. Ése es el auténtico misterio, cómo mucha gente bien informada que nunca ha tenido noticia por la prensa, la radio y la televisión de algo terrible ocurrido en esa región es, sin embargo, seducida por las patrañas del charlatán de turno.

A mí me encantaría navegar por el triángulo de las Bermudas. Si pudiera, lo haría este próximo verano en un minicrucero programado por James Randi, el ilusionista que desenmascaró a Uri Geller. El mago emitirá a cada participante en el viaje turístico un certificado en el que quedará constancia de que el intrépido viajero ha atravesado el triángulo de las Bermudas y no le ha pasado nada. Es lo que hacen cada día miles de personas; lo que ocurre es que no son conscientes de ello. Recuérdelo la próxima vez que le inviten a subirse a la nave del misterio.