Caso Roswell

Ex trabajadores del Área 51 desmontan las teorías ‘conspiranoicas’ de los ufólogos

Imagen de satélite del Área 51, en Nevada, tomada en 2003.Cinco antiguos trabajadores del Área 51 han hecho trizas en Los Angeles Times el montaje levantado durante las últimas décadas por ufólogos de medio mundo en torno a las actividades secretas de Estados Unidos en esa base de Nevada, donde algunos sostienen que fueron a parar los restos de un ovni estrellado en Roswell y se conservan cuerpos de sus tripulantes. Se trata de un comandante del complejo, un radarista, un piloto de pruebas de la CIA, un ingeniero de proyectos especiales y un encargado del suministro de combustible que han accedido ahora a hablar con la periodista Annie Jacobsen de sus actividades en las instalaciones del lago Groom porque la CIA ha empezado a levantar el secreto sobre algunos programas desarrollados cuando trabajaban allí.

“La agencia localizaba a los mejores expertos en cada campo y los reunía para los proyectos del Área 51”, explica el ingeniero Thornton Barnes. Recuerdan los protagonistas que sí practicaron la ingeniería inversa, pero no de naves extraterrestres -como sostienen algunos ufólogos-, sino de ingenios militares soviéticos. Y aseguran que la Fuerza Aérea puso en marcha en 1952 el Proyecto Libro Azul, un programa de investigación sistemática de avistamientos de ovnis, por el revuelo que en Nevada y sus alrededores estaban provocando las visiones de los aviones secretos con base en el Área 51. Esta afirmación choca con el hecho de que, según constaba hasta ahora, las instalaciones no entraron en servicio hasta mediados de los años 50, por lo que o se trata de una confusión o hubo algún tipo de actividad en la base antes de lo que se creía hasta ahora. Posteriormente, sólo una de las aeronaves, el A-12 Oxcart -precursor del SR-71-, hizo 2.850 vuelos de prueba desde el complejo en los años 60. “¡Son muchos avistamentos de ovnis!”, ironiza Hugh Slater, comandante de las instalaciones en aquella época.

Ya en 1997, un informe titulado El papel de la CIA en el estudio de los ovnis 1947-1990, obra del historiador Gerald K. Haines, desveló que en los años 50 y 60 “cerca de la mitad” de los avistamientos de ovnis en EE UU correspondieron a vuelos de aviones espía. La CIA prefería que el público creyera en visitantes extraterrestres a destapar la existencia de sus más sofisticadas herramientas y, durante décadas, los conspiranoicos han colaborado en ese encubrimiento al intentar convencer a la opinión pública de que en las instalaciones de Nevada, cuya existencia Washington no admitió hasta 2000, se guardaban los restos de naves de otros mundos.

Bill Richardson, el secretario de ufología de Obama

Bill Richardson. Foto: AFP.Bill Richardson, flamante nuevo secretario de Comercio de Barack Obama, es la esperanza blanca de los aficionados a los platillos volantes. Desde que fue elegido gobernador de Nuevo México en 2002, ha propiciado la explotación turística del incidente de Roswell, el presunto accidente de una nave extraterrestre en el desierto en 1947. Mantiene una postura ambigua ante los ovnis: sostiene públicamente que no cree en ellos, pero al mismo tiempo que el Gobierno estadounidense no ha dicho toda la verdad sobre el caso Roswell. Cuando se postuló como posible candidato a la Presidencia, anunció que, si llegaba al Despacho Oval, desclasificaría toda la información secreta sobre Roswell. No ha sido elegido presidente, pero sí es uno de los miembros del Gobierno, a pesar de lo cual no va a avanzar en la línea de transparencia roswelliana anunciada, por una sencilla razón, porque el caso está cerrado desde hace más de diez años.

La información desclasificada por la Fuerza Aérea en 1994 deja claro que un globo del proyecto ultrasecreto Mogul, lanzado desde Alamogordo, fue lo que se estrelló en Roswell. Su objetivo era detectar las ondas sonoras provocadas por pruebas nucleares soviéticas y, por eso, la información permaneció clasificada durante décadas. “Nos ha decepcionado Richardson al perpetuar un mito”, decía hace cuatro años Dave Thomas, miembro del grupo Nuevo Mexicanos por la Ciencia y la Razón, ante los coqueteos ufológicos del entonces gobernador. ¿Cuánto se apuestan a que ahora Richardson también decepciona a los fanáticos de los ovnis? ¿O es que ya no se acuerdan de cómo fue secretario de energía de Clinton entre 1998 y 2001 y no consiguió hacer público ningún sobrecogedor secreto, ni siquiera que a John F. Kennedy lo mataron porque iba a revelar al mundo la existencia de una alianza de Estados Unidos, la Unión Soviética y visitantes extraterrestres?

Catástrofe en Siberia

Bosque siberiano arrasado por el impacto de Tunguska.Los extraterrestres sufrieron su primer accidente en la Tierra en un paraje deshabitado de Siberia Central el 30 de junio de 1908. Conocido como el evento de Tunguska porque ocurrió cerca del río de ese nombre, se achacó en principio al choque de un asteroide o un cometa. El ingeniero soviético Alexander Kazantsev propuso, sin embargo, en 1946 que había sido la explosión del reactor nuclear de una nave de otro mundo la que había arrasado 2.150 kilómetros cuadrados de bosque, tumbado 80 millones de árboles, provocado un terremoto de grado 5 en la escala de Richter y hecho las noches siguientes tan brillantes que podía leerse el periódico en las calles de Londres sin iluminación artificial.

“Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteorito o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado”, escribió Kazantsev hace más de sesenta años.

Ecos de Hiroshima

La atribución del desastre de Siberia a una nave alienígena en 1946, un año antes de la visión de los primeros platillos volantes, no fue casual. Como recuerda el ingeniero espacial James Oberg en su libro Ufos & outer space mysteries (1982), Kazantsev había visitado las ruinas de Hiroshima tras la bomba atómica y le había impresionado su parecido con los efectos de la explosión de Tunguska: si en la ciudad japonesa se mantuvieron en pie algunos árboles cerca del centro de la detonación, en el epicentro de la explosión siberiana, señalado por millones de troncos tumbados radialmente, habían quedado en pie algunos, pelados como postes de telégrafos.

Un astrónomo soviético, Felix Zigel, fue con el tiempo el principal defensor de la teoría de la nave interplanetaria. Y un físico, Alexei Zolotov, dirigió varias expediciones a Tunguska, tras las cuales anunció la detección de rastros anormales de radiactividad. “Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica”, escribió Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). La idea de la nave alienígena ha sido abrazada después por Jacques Bergier, Andreas Faber-Kaiser, Juan José Benítez y muchos otros. Recientemente, en su libro El enigma de Tunguska (2006), el autor esotérico argentino Antonio Las Heras ha ido más allá: lo que explotó en Siberia no fue una nave, sino una bomba lanzada por extraterrestres que han elegido la Tierra como campo de pruebas nucleares con fines científicos.

Sea por mala memoria, por hablar de oídas o por otra razón, los partidarios de la teoría de Kazantsev suelen olvidarse de que no la propuso en una revista científica, ni siquiera en un libro de divulgación. El autor soviético era escritor de ciencia ficción y la idea del Roswell siberiano es el eje argumental de su cuento ‘Un visitante del espacio’, publicado en 1946. Däniken y compañía tampoco recuerdan que la nave accidentada proviene de Marte y estalla cuando está aprovisionándose de agua en el lago Baikal para transportarla al sediento planeta rojo; ni que los canales que hace poco más de cien años creyó ver Percival Lowell -y que al final resultaron ser una ilusión óptica- son en el relato “una vasta obra de irrigación”; ni que los marcianos gozan de un “sistema social perfecto” basado en “una economía planificada a escala total del planeta”, consecuencia, sin duda, de una oportuna revolución socialista.

Otra dimensión

Los seguidores de la idea de la nave estrellada en Siberia citan todavía a Kazantsev como una autoridad de la ciencia soviética, como alguien que se adelantó a su tiempo. Sin embargo, cuando después de publicar su cuento expuso su idea ante la comunidad científica de la URSS, nadie le tomó en serio. Kazantsev se convirtió con los años en un defensor de las visitas extraterrestres en la Antigüedad: veía, por ejemplo, un astronauta en la losa de la tumba del rey maya Pakal, en Palenque (México). Y acabó renegando del origen marciano del objeto de Tunguska: “Ahora pienso que (los ovnis) vienen de otras dimensiones, incluido el que cayó en Tunguska”, declaró a la revista Más Allá en 2002, poco antes de su muerte. Añadía que “existen hasta once dimensiones y tres mundos paralelos”, y que de uno de los últimos vienen los Bigfoots y los Yetis “a buscar alimentos que allí les faltan”. ¿Las pruebas? Las mismas que en el caso de la nave espacial.

Las Heras sostiene en su libro que “la ciencia oficial rusa” ha acabado confirmando que “solamente una explosión atómica debida a presencias inteligentes extraterrestres puede servir como explicación para esta catástrofe”. La realidad, no obstante, es que el consenso científico no va por ese camino, y ni siquiera Zigel y Zolotov son investigadores que merezcan crédito alguno: el primero es el padre de la ufología soviética; el segundo ha anunciado el hallazgo de radiactividad en Tunguska tantas veces como las que ha acabado retractándose.

La explosión de Siberia es un enigma no porque hubiera alienígenas de por medio -que no los hubo-, sino porque cien años después se ignora todavía qué la provocó, si un asteroide o un cometa. Los últimos cálculos apuntan a que el culpable fue un objeto de unos 20 metros de diámetro que estalló a entre 5 y 10 kilómetros de altura. La energía liberada fue equiparable a la de 400 bombas como la de Hiroshima y la onda de choque arrasó una superficie de bosque equivalente a Guipúzcoa. Por fortuna, el objeto de Tunguska cayó en una región deshabitada. Puede que la próxima vez no sea así.


El libro

Alguien vino del futuro (1962): Los dos cuentos de ciencia ficción -‘Un visitante del espacio’ y ‘El marciano’- en los cuales se basa la creencia de que en Tunguska se estrelló en 1908 una nave de otro mundo.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

El pueblo más marciano

“Bienvenidos a Roswell. Actualmente no es famoso por nada”. Así reza el cartel gracias al que se enteran de dónde están los extraterrestres de la nave Júpiter 42 al estrellarse en julio de 1947 en el desierto de Nuevo México, en la irreverente serie de animación para adultos Tropiezos estelares. Sesenta años después, es mucha la gente que ha oído hablar de Roswell y recientemente hemos sabido que hasta Indiana Jones, el aventurero por antonomasia, participó en el examen de los restos de lo que cayó allí.

Roswell tiene hoy unos 49.000 habitantes, casi el doble que el 8 de julio de 1947. Aquel día, el diario local dio en su portada la noticia de la recuperación de un platillo volante en un rancho de la región por parte de los militares. Dos semanas antes, Kenneth Arnold, un hombre de negocios que pilotaba su avioneta, había visto sobre las montañas Cascada nueve objetos extraños que “volaban erráticos, como un platillo si lo lanzas sobre el agua”. Tenían forma de bumerán; pero el periodista que cubrió la historia confundió la forma de los objetos con la del vuelo y los bautizó como platillos volantes. La denominación hizo fortuna y pronto las observaciones de discos se multiplicaron por Estados Unidos.

30 años de silencio

Primera página del 'Roswell Daily Record' del 8 de julio de 1947.

La noticia del ovni estrellado que dio el Roswell Daily Record se basaba en un comunicado de prensa dictado por el teniente Walter Haut. “Los muchos rumores sobre platillos volantes se hicieron realidad ayer cuando la oficina de Inteligencia del Grupo de Bombarderos 509 de la Octava Fuera Aérea, Aeródromo del Ejército de Roswell (RAAF), tuvo la suerte de obtener un disco gracias a la cooperación de uno de los granjeros locales y de la oficina del sheriff del condado de Chávez”, dijo Haut. Según el periódico, el objeto había sido visto antes de estrellarse por Dan Willmot y su esposa. Él, “uno de los más respetados y fiables” vecinos de Roswell, había calculado que tenía unos 7 metros de diámetro, volaba a 500 metros de altura e iba a entre 600 y 800 kilómetros por hora. Tenía forma de dos platos unidos por su parte cóncava y desapareció detrás de una colina.

Los militares rectificaron al día siguiente. Dijeron que lo recuperado no era un platillo volante, sino piezas de un globo meteorológico, y mostraron a la Prensa los trozos de madera de balsa y papel de aluminio encontrados por el ranchero Marc Brazel, materiales que en principio parecen poco apropiados para una nave interplanetaria. El caso del platillo volante estrellado en Roswell se hizo añicos, y los ufólogos olvidaron la historia durante décadas. Hasta que Charles Berlitz y William Moore la resucitaron en 1980 con su libro El incidente. El ufólogo Leo Stringfield había publicado una serie de artículos sobre accidentes de ovnis y autopsias a alienígenas en la Flying Saucer Review un año antes; pero es a Berlitz, autor de El triángulo de las Bermudas (1974), a quien Roswell debe su fama.

Él y Moore dieron con nuevos testigos -y con viejos que contaban cosas que habían callado durante décadas- de un suceso que ya no se limitaba al hallazgo de restos de una nave de otro mundo: resultaba que los militares habían rescatado los cuerpos de los pequeños tripulantes del platillo. Fue sólo el principio. Otros ufólogos volvieron la mirada a Roswell y salieron de debajo de las piedras vecinos que se habían visto involucrados en el incidente y conservaban recuerdos extraordinariamente vívidos. Desde 1990, no hay año sin un nuevo libro sobre el caso que incluya sorprendentes revelaciones. A estas alturas, son tantas las versiones de los hechos que no existe consenso sobre el día de autos -va desde el 14 de junio hasta el 4 de julio- y media docena de lugares compiten por ser el del tortazo.

Bombas y espías

Roswell es una Disneylandia paranormal cuyo Mickey es un extraterrestre cabezón de grandes ojos almendrados. Cuenta desde 1992 con un Centro de Investigación y Museo Internacional Ovni que ha recibido más de 2,5 millones de visitantes. Uno de sus fundadores es Glenn Dennis, joven trabajador de la funeraria local en 1947. Tras cuarenta años de silencio, en 1989 se descolgó con que en su día recibió una llamada telefónica de la base militar preguntándole cuál era el ataúd más pequeño que tenía y sobre técnicas de embalsamamiento. Dennis ha presentado las mismas pruebas de sus afirmaciones que los demás testigos resucitados por Berlitz, Moore y otros ufólogos: ninguna.

Dos 'extraterrestres' posan en una calle de Roswell. Foto: AP.Desde 1996, Roswell celebra a principios de julio un Festival Ovni en el que conviven ufólogos y turistas disfrazados de extraterrestres. Es otro mundo en el que no importa que nadie se creyera la historia de la nave espacial estrellada cuando ocurrió. Ni siquiera se la tragó Raymond Palmer, un editor de ciencia ficción que fue el primero en explotar en los años 30 el potencial mediático de las creencias paranormales. Es otro mundo en el que los militares han guardado un secreto durante casi cincuenta años; aunque no el que creen los aficionados a los platillos volantes.

Porque la de Roswell no era a finales de los años 40 una base militar cualquiera. Allí estaba estacionado el primer escuadrón atómico del mundo, el Grupo de Bombarderos 509. Y lo que cayó en las cercanías en 1947 no fue un globo meteorológico, ni tampoco una nave de otro mundo. Se trató, según la información desclasificada en 1994 por la Fuerza Aérea, del globo número 4 del proyecto ultrasecreto Mogul, lanzado el 4 de junio desde Alamogordo, a 150 kilómetros de Roswell. El objetivo del ingenio estratosférico era detectar las ondas sonoras provocadas por las esperadas pruebas nucleares soviéticas: EE UU quería saber cuándo la URSS se hacía con la bomba atómica, algo que ocurrió el 29 de agosto de 1949 con la detonación de Joe 1. Los restos recuperados por Marc Brazel en su rancho eran los de un globo espía.


El libro

Roswell. Inconvenient facts and the will to believe (2001): Karl T. Pflock estaba convencido de que hemos sido visitados por extraterrestres; pero en este libro desmonta el caso Roswell.

Publicado originalmente en el diario El Correo.