Búsqueda de extraterrestres

Nikola Tesla y los marcianos

Nikola Tesla, a los 36 años. Foto: Napoleon Sarony.“De todas las pruebas de estrechez de miras y locura, no conozco ninguna mayor que la estúpida creencia de que este pequeño planeta es el único donde hay vida y que todos los cuerpos celestes son objetos abrasadores o pedazos de hielo. Seguramente, algunos planetas no están habitados, pero otros sí, y en éstos tiene que existir vida bajo todas las condiciones y fases de desarrollo”, escribía Nikola Tesla (1856-1943) en The New York Times en 1909. El inventor serbio reconocía que no había, de momento, pruebas concluyentes de que Marte estuviera habitado, pero no lo descataba, ni mucho menos. Y abogaba por las señales de radio como la mejor vía para comunicarse con los extraterrestres.

Tesla ya había creído en 1899 haber captado señales procedentes de Marte en su laboratorio de Colorado Springs. Lo cuenta Miguel A. Delgado en el prólogo a la edición española de Yo y la energía (2011), la autobiografía del genio. Escribió en una carta a la Cruz Roja de Nueva York en la Navidad de 1900:

“He observado fenómenos eléctricos que parecen inexplicables. Por muy débiles e inciertos que sean, me han convencido de que dentro de poco todos los seres humanos de este mundo volverán sus ojos, como uno solo, hacia el firmamento, con sentimientos de amor y reverencia, emocionados por una alegre noticia: «¡Hermanos! Tenemos un mensaje de otro mundo, desconocido y remoto. Dice: uno… dos… tres…».”

Delgado recuerda que Tesla “hizo el anuncio acompañado de la solemnidad que el hecho requería, estableciendo toda una teoría de cuál sería la mejor manera de establecer contacto con otras civilizaciones”. En el artículo de The New York Times de 1909, y en otro publicado en The New York Herald el 12 de octubre de 1919 que se recoge en el libro Firmado: Nikola Tesla (2012), muestra su entusiasmo por los conocimientos que puedan transmitirnos los extraterrestres, aunque teme que, para cuando alcancemos el nivel de desarrollo necesario, sea demasiado tarde en el caso de los marcianos.

Un mundo agonizante

Artículo de Nikola Tesla en 'The New York Times', en 1909.A principios del siglo pasado, la visión más común de Marte era la de un mundo agonizante cuyos habitantes habían construido una red de canales para llevar agua desde los casquetes polares hasta latitudes ecuatoriales. La inmensa obra de ingeniería se consideraba una prueba de la avanzadísima civilización que poblaba el planeta rojo. Así, en 1911, The New York Times informaba a toda página de cómo las últimas observaciones de Percival Lowell revelaban que los marcianos habían construido “dos inmensos canales en dos años”, un “tiempo increíblemente corto”.

Ocho años después, Tesla consideraba posible que hubiera seres inteligentes en Marte, sobre todo porque “sus cambios periódicos, que han sido estudiados exhaustivamente por el difunto Percival Lowell, son un fuerte argumento a favor de la suposición de que está poblado por una raza inmensamente superior a la nuestra en cuanto al dominio de las fuerzas de la naturaleza”. Su miedo era que los marcianos se extinguieran antes de que entráramos en contacto y no pudieran hacernos partícipes de “los secretos que deben haber descubierto en su lucha contra los elementos despiadados”. No dudaba en calificar de “tragedia” que un día descubriéramos que nuestros vecinos habían intentado comunicarse con nosotros y no habían podido hacerlo por nuestro atraso tecnológico.

¿Cuál era el origen de de la misteriosa señal de radio captada por Tesla en 1899, cuando creía que nadie en la Tierra podía ser el emisor? Paradójica e involuntariamente, el que en detrimento del serbio fue considerado durante décadas el inventor de la radio, el italiano Guglielmo Marconi. “Estaba realizando, al otro lado del océano, pruebas de transmisión a distancia de varios kilómetros, e incluso de barcos a tierra, como paso previo a su inminente transmisión transoceánica. Si la instalación de Tesla tenía tan gran alcance y sensibilidad, no resulta descabellado suponer que, en realidad, la señal rítmica que captó en Colorado era la que su gran rival utilizaba para testar sus propios instrumentos en Gran Bretaña”, apunta Delgado, en Yo y la energía, citando como fuente al Marc J. Seifer, biógrafo del científico serbio. Tesla nunca lo supo y hasta llegó a reclamar el premio Guzman para quien primero entablase comunicación con extraterrestres, convocado en 1900 por la Academia Francesa de Ciencias, dotado con 100.000 francos y que excluía expresamente a los marcianos porque contactar con ellos se consideraba algo demasiado fácil.

El Ejército de EE UU, a la escucha de los extraterrestres

John Sadler, operador de Cuerpo de Señales del Ejército de EE UU, a la escucha de posibles mensajes marcianos.El artículo de Tesla en The New York Herald estuvo motivado por el anuncio del astrónomo David Todd de que iba a lanzar un globo hasta los 15.000 metros para intentar comunicarse con los marcianos. El científico serbio no creía posible que se consiguiera nada porque “lo que se gana en altura se contrarresta mil veces por la imposibilidad de utilizar aparatos de emisión y recepción potentes y complejos”.

Cinco años después, Todd, que había dirigido el departamento de Astronomía de la Universidad de Amherst, pidió a Washington que el Ejército y la Marina guardaran silencio radiofónico durante algunos momentos del 23 y el 24 de agosto de 1924, cuando la Tierra y Marte estaban muy cercanos, para evitar interferencias con posible señales procedentes del planeta rojo. El Departamento de Guerra estadounidense no suspendió sus emisiones de radio, pero sí colaboró en la escucha. Los operadores de radio militares estuvieron aquellos días atentos a cualquier señal extraterrestre, pero la primera operacion masiva de escucha de alienígenas fue un fracaso.

Los canales y la posible existencia de seres inteligentes en Marte se desvanecieron en los años 60 con las primeras sondas robot que visitaron el planeta. Sin embargo, la idea de Tesla de intentar comunicarse por radio con seres de otros mundos está en la base de la búsqueda científica de inteligencias alienígenas, que recibió su impulso definitivo cuando los físicos Giuseppe Cocconi y Philip Morrison propusieron intentar captar mensajes de radio de otros mundos en un artículo publicado en la revista Nature el 19 septiembre de 1959. “La probabilidad de éxito es difícil de calcular; pero, si no buscamos, es de cero”, concluían. Nikola Tesla había tenido la misma idea sesenta años antes.

El telescopio Allen vuelve a buscar señales de radio de extraterrestres

Hibernación. Es la palabra que eligió en abril Tom Pierson, director del Instituto SETI, para describir el estado en el que entraba el telescopio Allen (ATA), el más importante del mundo dedicado a la búsqueda de inteligencias extraterrestres. El mantenimiento de la instalación, un conjunto de 42 antenas parabólicas situado a 450 kilómetros al norte de San Francisco, cuesta 2,5 millones de dólares anuales y no había dinero para que siguiera funcionando después de los últimos recortes de fondos federales y estatales. Pierson confiaba en que la medida fuera temporal y en 2013 las antenas de este radiotelescopio volvieran a intentar escuchar a ET. Por fortuna, no ha habido que esperar tanto.

“¡Gracias a todos los que nos han ayudado a alcanzar el objetivo de volver a conectar el ATA! Estén atentos a las actualizaciones. Estamos descubriendo más planetas como la Tierra cada día, por lo que ahora es más importante que nunca buscar vida extraterrestre. Una contribución suya, hoy, financiará los rastreos del telescopio en busca de signos de inteligencia más allá de nuestro Sistema Solar”, puede leerse en la página abierta para donaciones por el Instituto SETI.

La reconexión del ATA ha sido posible gracias a los 200.000 dólares donados en las últimas semanas por más de 2.200 personas, incluidos Jodie Foster, protagonista de la película Contact, y el autor de ciencia ficción Larry Niven. “Soy una SETIStar porque, al igual que Ellie Arroway (el personaje que interpretaba en el filme), creo que el ATA debe seguir funcionando y tenemos que volver a rastrear los nuevos mundos descubiertos en busca de  signos de inteligencia extraterrestre.  En Contact, el libro y la película de Carl Sagan, uns señal de radio procedente de un lejano sistema estelar termina con aislamiento cósmico de la Humanidad y cambia nuestro mundo. El telescopio Allen podría convertir la ciencia ficción en realidad científica, pero sólo si busca en los cielos. Apoyo el esfuerzo de sacarlo de la hibernación”, afirma la actriz.

50 años de búsqueda

El telescopio Allen. Foto: Colby Gutierrez-Kraybill.El telescopio Allen se llama así en honor a Paul Allen, cofundador de Microsoft, quien ha donado más de 25 millones de dólares al proyecto. Entró en funcionamiento en 2005 y está gestionado por el Instituto SETI y la Universidad de California. Se dedica a la exploración astronómica clásica, pero también a la búsqueda de emisiones de radio inteligentes. Y es esta segunda área la que más afectada por su letargo, ya que es la principal -aunque no la única- fuente de datos para SETI. El rastreo del cielo a la caza de emisiones de radio de otras civilizaciones empezó en 1960 y nunca ha sido una empresa popular entre la clase política, aunque sí entre la ciudadanía. No sólo la estadounidense. Más de 3 millones de internautas de todo el mundo participan en la actualidad en el proyecto SETI@home, cediendo gratuitamente tiempo muerto de sus ordenadores personales para el análisis de datos procedentes del radiotelescopio de Arecibo a la búsqueda de señales alienígenas.

El observatorio espacial Kepler ha identificado recientemente 1.235 candidatos a mundos extrasolares -que giran alrededor de otra estrella-, algunos de los cuales podrían ser similares a la Tierra. “Aquí estamos, justo en el momento en el que los planetas habitables pueden ser algo tan común como los moteles baratos, y suspendemos la actividad del instrumento que puede investigar si hay vida. Es como si te dijeran dónde está la isla del tesoro y luego no te dieran una pala”, lamentaba en abril  Seth Shostak, astrónomo del Instituto SETI, en la prensa estadounidense. Para él, desenchufar el telescopio Allen era como si “la Niña, la Pinta y Santa María se hubieran puesto en el dique seco”.

Echan a un empleado de Educación de Arizona por usar ordenadores públicos para buscar alienígenas

Brad Niesluchowski, responsable informático del distrito escolar de Higley Unified, en Gilbert (Arizona), ha sido despedido por haber utilizado más de 5.000 ordenadores públicos para buscar civilizaciones extraterrestres mediante el programa SETI@home, diseñado para detectar patrones inteligentes en la señales captadas por el radiotelescopio de Arecibo, Puerto Rico. La suiperintendente del distrito, Denise Birdwell, ha cuantificado el coste de la iniciativa que el funcionario puso en marcha en 2000 entre 1,2 y 1,6 millones de dólares.

Según cuenta Nilay Patel en Engadget, las autoridades escolares ven con buenos ojos el uso de la informática distribuida, que consiste en dividir una gran cantidad de información en pequeños paquetes de datos para que los analicen computadoras domésticas conectadas a Internet, si se refiere a la investigación del cáncer, pero no para la búsqueda de civilizaciones alienígenas. Además, los responsables de la investigación han comprobado que el acusado descuidó la seguridad de los ordenadores públicos frente a ataques externos, y la Policía ha encontrado durante un registro en su casa 18 equipos sustraídos al distrito, según informa The Arizona Republic.

¿Hay alguien ahí?

El Campo Ultraprofundo, las galaxias más lejanas fotografiadas por el 'Hubble'. Foto: NASA-ESA.

El Universo es muy grande. Hay cientos de miles de millones de galaxias, cada una de ellas formada por cientos de miles de millones de estrellas. En un hipotético reparto de la Vía Láctea -una de esas muchas galaxias, aunque especial porque es la nuestra- entre los 6.500 millones de seres humanos, tocaríamos a más de 15 estrellas por cabeza. Hay muchos soles y, seguramente, muchos tienen planetas alrededor, algunos de ellos como la Tierra. Así pues, ¿por qué no puede haber miles, si no millones, de civilizaciones avanzadas únicamente en nuestra galaxia?

Lo mismo que nosotros estamos aquí, es posible que haya otra gente ahí fuera; aunque de momento carezcamos de pruebas. Estamos a la expectativa de que un día aparezcan en el cielo -como en la película Independence day y en la serie V, aunque esperemos que con mejores pulgas- o de captar sus señales de televisión -confiemos en que sus programadores tengan mejor gusto que los terrícolas-. Nosotros dimos ya el primer paso en esa dirección hace más de 70 años, con la transmisión televisiva de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. La inauguración de las Olimpiadas del nazismo fue la primera emisión con suficiente potencia como para traspasar la atmósfera terrestre y es, nos guste o no, nuestra tarjeta de visita ante posibles telespectadores de otros mundos, como refleja el fallecido Carl Sagan en su novela Contacto (1985).

Falsas alarmas

Las estrellas están tan alejadas unas de otras que la unidad de medida utilizada es el año luz, la distancia que recorre la luz en un año a 300.000 kilómetros por segundo: unos apabullantes 10 billones de kilómetros. La estrella más cercana al Sol es Próxima Centauri; está a sólo 4,2 años luz. De ir en esa dirección, las sondas Voyager, que viajan a unos 60.000 kilómetros por hora, tardarían 76.000 años en llegar allí. Frente a esa lentitud, las ondas de radio viajan a la velocidad de la luz. Por eso, ya en 1928 se intentaba conectar por radio con los habitantes de Marte, planeta que en aquel entonces se consideraba hogar de una avanzada civilización. La exploración espacial ha descartado, sin embargo, la existencia de vida inteligente en otros mundos del Sistema Solar, por lo que desde hace décadas la búsqueda de otras civilizaciones apunta a otras estrellas.

El primer rastreo del cielo a la escucha de señales alienígenas fue el proyecto Ozma, llamado así en honor a la princesa del país de Oz. Lo puso en marcha el astrónomo estadounidense Frank Drake el 8 de abril de 1960, cuando apuntó la antena del radiotelescopio de Green Bank a Epsilon Eridani y Tau Ceti, estrellas como el Sol distantes 10,5 y 12 años luz, respectivamente. Ozma duró 200 horas y no captó ninguna señal de otro mundo. Medio siglo y cientos de miles de horas de escucha después, el silencio sigue siendo total, aunque haya habido falsas alarmas, presuntas emisiones inteligentes que luego no han sido tales.

Dos astrónomos soviéticos anunciaron en 1963 la detección de una rara señal procedente de CTA-102. Sospechaban que había sido enviada por una inteligencia alienígena. Al final, CTA-102 resultó ser un cuásar, un objeto que emite enormes cantidades de energía. Cuatro años después, científicos británicos captaron otra señal que bautizaron como LGM-1, de Little Green Men (pequeños hombres verdes). LGM-1 era un púlsar, los restos de una estrella colapsada.

Recién llegados

La más famosa de todas las emisiones recibidas es la señal Wow!. La captó el 15 de agosto de 1977 un radiotelescopio de la Universidad del Estado de Ohio. Cuando Jerry Ehman, investigador del proyecto de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI), revisaba los registros en papel de impresora de lo captado aquel día descubrió una señal anormalmente intensa, la enmarcó con el bolígrafo y escribió al margen una sola palabra: Wow! (¡vaya!). Duró sólo 72 segundos, llegó a ser 30 veces más intensa que el ruido de fondo, no parecía de origen terrestre y no ha vuelto a escucharse.

El primer saludo humano dirigido a las estrellas es el llamado mensaje de Arecibo. Contiene información sobre la química de la vida, la estructura del ADN, nuestra especie y nuestra situación en el Sistema Solar. Fue enviado en 1974 desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) hacia M13, un cúmulo de estrellas situado a 25.000 años luz en lo que se trató más de una demostración de capacidad tecnológica que de un intento de comunicación con extraterrestres. Porque el cúmulo M13 ya no estará dentro de 25.000 años en el lugar del cielo hacia donde se dirige nuestro mensaje. Nadie sabe cuándo puede producirse el primer contacto, si es que ocurre alguna vez. El Universo es inmenso; pero eso, por sí solo, no es una razón a favor de la existencia de otras civilizaciones. Puede que la vida inteligente no sea rara, pero esté condenada a la autodestrucción, amenaza que pende sobre el ser humano desde la bomba atómica de Hiroshima. O puede ser que llevemos aquí demasiado poco tiempo.

La historia humana es una mínima fracción de la del Universo, que nació hace unos 13.700 millones de años. Los primeros homínidos aparecieron en África hace sólo entre 6 y 7 millones de años. Si reducimos toda la vida del Cosmos a un año y situamos el Big Bang en el primer segundo del 1 de enero, los homínidos no habrían aparecido hasta entre las siete y las ocho de la tarde del 31 de diciembre, y en el último segundo del año habría pasado todo lo ocurrido en los últimos cuatro siglos. Hace menos de cincuenta años que empezamos a escuchar al cielo y un poco más que comenzamos a enviar señales de televisión. Quizás nuestras emisiones involuntarias, como la de los Juegos Olímpicos de 1936, hayan llegado a alguien y no se haya dado cuenta, las esté descifrando, las respuestas estén en camino o tengamos sintonizado el canal equivocado. Nadie lo sabe. Pero merece la pena seguir escuchando porque igual no estamos solos.


El libro

Misterios a la luz de la ciencia (2008): El astrofísico Agustín Sánchez Lavega explora la posibilidad de vida extraterrestre en un volumen en el que científicos y divulgadores hablan con rigor de monstruos, témporas y pensamiento mágico en general.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

El cierre del radiotelescopio de Arecibo, en Punto Radio Bilbao

El astrofísico José Félix Rojas, Almudena Cacho y yo hablamos el 14 de noviembre en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, del posible cierre del radiotelescopio de Arecibo, en la sexta entrega de la temporada 2007-2008 del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al escepticismo.