Astronautas en la antigüedad

La bancarrota de los dioses

EN LA RUINA. Erich von Däniken, en la zona del parque donde está la réplica de Stonehenge. Foto: AP.Los dioses se han olvidado de Erich von Däniken (Zofingen, 1935). El ex hostelero suizo se hizo millonario con la idea de que los dioses y los seres fantásticos de los libros sagrados y las leyendas de la Antigüedad fueron visitantes de otros mundos. Desde la publicación de Recuerdos del futuro en 1968, ha vendido más de 60 millones de libros, pero ahora los marcianos parecen haberle dado la espalda: su último proyecto, un parque temático que explota el filón alienígena, necesita urgentemente 2,5 millones de euros para mantenerse a flote.

Däniken se convirtió en los años 70 en el principal profeta de una Prehistoria e Historia Antigua alternativas donde todo avance y gran obra humana se debían a la intervención de extraterrestres a los que nuestros antepasados tomaron por dioses. Aparecían en el Antiguo Testamento en forma de ángeles, destruían Sodoma y Gomorra con bombas nucleares, ayudaban a los egipcios a levantar las pirámides, los indios peruanos construían las pistas de Nazca para que aterrizaran sus naves, los supervivientes de un naufragio espacial enseñaban a los habitantes de la isla de Pascua a esculpir sus famosas estatuas…

Escribir en la cárcel

La idea no era nueva. La habían formulado ya Louis Pauwels y Jacques Bergier, en El retorno de los brujos (1960), y, sobre todo, Robert Charroux, en varias obras anteriores a 1968 de las que Daniken copió ejemplos de misterios inexplicables. Al final, todos vendieron más libros y se beneficiaron del éxito de Recuerdos del futuro, cuya continuación escribió el suizo en la cárcel, donde pasó una temporada -fue condenado a tres años y medio- por malversación de fondos, falsificación de documentos y evasión de impuestos.

De vuelta a la calle, siguió escribiendo y vendiendo libros como rosquillas durante los años 70 y buena parte de los 80. Y, a finales del siglo pasado, se embarcó en su proyecto más ambicioso: crear en Interlaken, en el corazón turístico de los Alpes suizos, un parque temático de 100.000 metros cuadrados dedicado a los dioses astronautas. Consiguió de inversores privados los 53 millones de euros necesarios para construirlo, además del patrocinio de firmas como Coca-Cola, Sony y Fujitsu-Siemens. Cuando abrió sus puertas en mayo de 2003, el Parque del Misterio esperaba 500.000 visitantes anuales; cuatro meses después, había recibido más de 200.000 y se especulaba con una posible ampliación. Las acciones llegaron a cotizar en 2004 a casi 13 euros, pero, ahora, con los visitantes bajo mínimos, están a sólo 1,6.

Dänikenlandia es una Las Vegas paranormal, con réplicas de la pirámide de Keops y del Castillo de Chichen Itzá, entre otros monumentos, y unos omnipresentes extraterrestres que ayudaron en el pasado al hombre -preferentemente, al no europeo- a desarrollarse. “Es un Chernóbil cultural”, ha dicho Antoine Wasserfallen, de la Academia Suiza de Ciencias Técnicas, en referencia a las ideas de su compatriota, desmontadas piedra a piedra por los historiadores y que se basan en tergiversaciones y falsificaciones.

La compañía que explota el parque ha pedido a la Justicia protección frente a sus acreedores hasta que los accionistas se pronuncien en mayo sobre una posible reestructuración. Mientras tanto, el autor de El oro de los dioses (1972) puede mirar al cielo con la esperanza de que los dioses hagan como en sus libros y desciendan con una solución a sus problemas.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

El rápido final de Pascua

Cinco de los siete 'moais' del Ahu Akivi, construido en la isla de Pascua entre 1440 y 1600. Foto: Terry L. Hunt.El hombre desembarcó en la isla de Pascua hacia 1200 -mucho más tarde de lo que se creía- e, inmediatamente después, empezó a levantar estatuas y a diezmar los recursos naturales de la pequeña isla volcánica, de unos 160 kilómetros cuadrados y situada en mitad del Pacífico Sur. La nueva fecha para la conquista del enclave por los polinesios se ha obtenido a partir de dataciones mediante el carbono 14, retrasa en casi 800 años la llegada del ser humano a Pascua y apunta a una rapidísima degradación del ecosistema por la actividad indígena.

Cuando el almirante holandés Jacob Roggeween descubrió la isla el 5 de abril de 1722, día de la Pascua de Resurrección, se encontró con un paisaje desolado, salpicado por grandes estatuas de piedra -los llamados moáis– y con una población sumida en el hambre y la penuria, que ni siquiera tenía madera con la que calentarse. Desde entonces, el caso de Pascua -conocida por los indígenas como Te Pito O Te Henua (El ombligo del mundo)- se considera el ejemplo paradigmático de cómo una cultura brillante puede sucumbir al destruir el frágil ecosistema del que depende. El estudio de los antropólogos Terry L. Hunt y Carl Lipo que hoy publica Science demuestra que el ascenso y declive de la cultura pascuense fue mucho más rápido de lo que se pensaba.

Actividad febril

La llegada del hombre a Pascua se había fechado, tradicionalmente, entre 400 y 1000, y el tallado de las estatuas a partir de 1200, con el comienzo de la extinción de las palmeras un siglo después. Los resultados de la nueva datación, hecha a partir de muestras de carbón vegetal del yacimiento más antiguo de la isla -el de Anakena-, implican que la armonía entre los recién llegados y el medio ambiente pascuense apenas existió. “No hubo un periodo de Jardín del Edén que durara entre 400 y 800 años. En vez de eso, el impacto de los colonizadores fue inmediato”, argumenta Hunt, de la Universidad de Hawai.

Los recién llegados empezaron poco después del desembarco a tallar estatuas de toba volcánica con picos de piedra, de los que se han encontrado miles en las laderas del volcán Rano Raraku. Desde allí, trasladaban los moais -de un altura media de 4 metros y un peso medio de 13 toneladas- hasta sus emplazamientos definitivos sobre trineos de madera de los que tiraban con cuerdas. Una vez en el ahu (altar), izaban cada estatua gracias a un sistema de palancas, cuerdas y piedras. El explorador noruego Thor Heyerdahl levantó de este modo en los años 50 un moái de 30 toneladas con sólo doce hombres, un hecho que ocultan los autores pseudocientíficos que invocan la intervención de extraterrestres y poderes mágicos.

La febril actividad de los pascuenses -ahora hay en la isla casi 900 estatuas, de las que sólo un tercio está en su lugar definitivo- provocó la tala masiva de árboles y palmeras para usar su madera como combustible y en la fabricación de trineos y canoas, y se sumó al aniquilamiento de muchas especies de pájaros. Para cuando los europeos pusieron pie en la isla, de la brillante cultura de los moais y los bosques de Pascua, ya no quedaba nada.


El ombligo del mundo

La isla de Pascua “es el sitio habitado más solitario del mundo. La tierra firme más próxima que pueden ver sus habitantes está en el firmamento y consiste en la Luna y los planetas”, escribió Thor Heyerdahl en su libro Aku-Aku: el secreto de la isla de Pascua (1957). Las estatuas de este enclave chileno son Patrimonio de la Humanidad desde 1995. La Unesco ha destinado 11 millones de euros para frenar el deterioro que sufren los moáis por la lluvia, el viento y las malas restauraciones.

Los restos hallados en Tunguska pueden ser de una nave espacial

Una gigantesca explosión arrasó el 30 de junio de 1908 unos 2.200 kilómetros cuadrados de la taiga siberiana, el equivalente aproximado a la provincia española de Guipúzcoa. Sucedió cerca del río Podkamennaya Tunguska, en Siberia, y no hubo muertos. En 1927, el geólogo ruso Leonid A. Kulik localizó el epicentro del evento de Tunguska gracias a que millones de árboles habían quedado tendidos de forma radial. En el punto del presunto impacto no había ningún cráter y los troncos permanecían en pie, por lo que se supone que lo que fuera explotó en el aire. Desde hace décadas, los científicos se dividen entre quienes creen que se trató de un meteorito y quienes achacan la devastación a un fragmento de un cometa, en concreto del Encke. Los amantes de los falsos misterios suelen preferir, sin embargo, otra explicación: la de que una nave extraterrestre se estampó en la taiga hace casi un siglo. Ahora, unos científicos rusos dicen haber encontrado restos de ese ingenio alienígena. Según el diario Pravda, miembros de la Fundación Fenómeno Espacial de Tunguska, dirigida por Yuri Lavbin, han hallado en la región una muestra de tecnología extraterrestre que ha sido trasladada a la ciudad de Krasnoyarsk para su estudio. Esperen sentados, porque sospecho que con esta prueba pasará lo mismo que con el examen de ADN de los pelos del yeti, las fotografías aéreas de la Atlántida y las demostraciones científicas de los poderes de Uri Geller: se la llevará el viento.

La historia de la nave espacial accidentada en Siberia es más antigua que la de Roswell; más antigua que el mito de los platillos volantes. El primero que habla de ella es Alexandr Kazantsev en 1946. Así lo reconoce la mayoría de los autores que después han abrazado la idea del ovni estrellado. “La hipótesis de Kazantsev me parece la más probable de todas las que se han emitido, comprendiendo la mía”, dice en Los extraterrestres en la Historia (1970) Jacques Bergier, quien también propone que pudo tratarse de una explosión nuclear debida a experimentos hechos por “los desterrados políticos en Siberia”. “Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica”, afirma Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). “Una de las hipótesis más convincentes -dadas las especiales circunstancias del suceso-, compartida por un gran número de investigadores y lanzada en 1949 por Alexandr Kazantsev, es que la explosión de 1909 fue efecto de la explosión de una astronave extraterrestre”, concluye Andres Faber-Kaiser en ¿Sacerdotes o cosmonautas? (1974). “Las grandes preguntas siguen sin respuesta: ¿se trataba de una nave tripulada? ¿Fue un accidente o un experimento? ¿Y por qué en esa región del planeta?”, se pregunta Juan José Benítez en Mis enigmas favoritos (1993). Todos se olvidan de un detalle: Kazantsev era escritor de ciencia ficción y no presentó la teoría en ninguna revista científica, sino que la ideó para dos cuentos.

Portada de la edición española de los dos cuentos de Alexander Kazantsev.Los relatos -“Un visitante del espacio” y “El marciano”- se publicaron en español en Argentina en 1978, reunidos en un libro titulado Alguien vino del futuro, prologado por Antonio Las Heras. La nave de la ficción está tripulada por marcianos que, ante la escasez de agua en el planeta rojo, intentan conseguirla en otros mundos. “Al principio, en el momento más apropiado, volaron a Venus, y luego, el 20 de mayo de 1908, vinieron de Venus a la Tierra. Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteoro o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir la velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado, según lo demuestran los precisos cálculos actuales”, dice uno de los protagonistas del primero de los relatos. En el segundo, un marciano ha sobrevivido, parece un humano más -“Los seres de la Tierra eran como él, se asemejaban a ese habitante del lejano Marte, lo cual indicaba que la suprema racionalidad de la evolución es estrecha y selecciona para los seres inteligentes una misma forma en todos los lugares del Universo”- y el diario de su estancia en la Tierra ha llegado a uno de los personajes. No encontrarán estos detalles en las obras de los Bergier y compañía, que se olvidan -si es que alguno ha leído los cuentos originales- del origen real de los visitantes de Kazantsev.

Tampoco busquen a ningún científico ruso de prestigio llamado Yuri Lavbin. Este individuo, que ha visitado varias veces el epicentro del fenómeno de Tunguska y está obsesionado con los ovnis, tiene en Krasnoyarsk un pequeño museo donde expone piezas que supuestamente avalan su teoría -que en Siberia se estrelló una nave de otro mundo- y afirma que Chris Carter se basó en sus ideas para los episodios de Expediente X relacionados con la explosión de 1908. “Vamos a intentar encontrar pruebas de que lo que chocó con la Tierra no fue un meteorito, sino una nave espacial extraterrestre”, declaró Lavbin a la prensa el 23 de julio, antes de emprender su última expedición. Ahora dice que los alienígenas nos salvaron haciendo explotar “un meteorito enorme que se dirigía hacia nosotros a gran velocidad”. ¿Y las pruebas?

Geert Sassen, un historiador holandés especialista en la exploración espacial, indicaba ayer por correo electrónico a un grupo de colegas que los expedicionarios “pueden haber encontrado piezas del quinto vuelo de prueba del Vostok“, que despegó del cosmódromo de Baikonur el 22 de diciembre de 1960 y se estrelló poco después por un fallo en la tercera fase. Y citaba al especialista en historia de la astronáutica Asif Siddiqi, quien -en el libro Challenge to Apollo: the Soviet Union and the space race, 1945-1974– explica que “la carga aterrizó a unos 3.500 kilómetros del lugar del lanzamiento en una de las regiones más remotas e inaccesibles de Siberia, en la región del río Podkamennaya Tunguska, cerca del punto de impacto del famoso meteorito de Tunguska”. Sassen recordaba, además, que la región se encuentra en la trayectoria de la mayoría de las naves que despegan de Baikonur, por lo que se puede esperar “que esté plagada de fragmentos de cohetes”. Así que es posible que, si se trata de algún tipo de artefacto, lo que Lavbin haya recuperado sea parte de una nave espacial, pero humana.

Las figuras y las líneas de Nazca, en peligro

El mono del desierto de Nazca. Foto: SAN.Sé de un pseudoarqueólogo español que, aprovechando una visita a la Gran Pirámide, grabó su nombre en un rincón de una galería para dejar constancia de que había estado allí. Sinceramente, esa actitud vandálica no me sorprende en alguien obsesionado por arrebatar al ingenio humano grandes obras del pasado y atribuírselas a extraterrestres o civilizaciones desconocidas. Me he acordado de él hoy al ver lo que está pasando con las figuras y las líneas de Nazca que, según ha revelado el Servicio Aerofotográfico Nacional (SAN) de Perú, han sufrido “graves daños” en los últimos treinta años.

Fotografías aéreas tomadas en junio demuestran que los turistas y los automovilistas han dejado huella en estas marcas hechas en la pampa entre 200 antes de Cristo y 600, que fueron declaradas Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1994 y que han sido explotadas hasta la extenuación por los fabricantes de misterios, que llegaron a venderlas como pista de aterrizaje de los platillos volantes. Las figuras más afectadas son “la del mono, la del colibrí y la del trapecio”, ha indicado el comandante Jorge Suárez, del SAN. A principios de los años 70 del siglo pasado, se vio que la carretera panamericana había cortado la cola del lagarto; ahora, las huellas de neumáticos ya han destrozado la cola del mono y la figura del pez. “Es triste comprobar que, al hacer una comparación entre las fotos tomadas en 1973 y las que se tomaron el mes pasado se observen daños tan graves”, ha lamentado Suárez. Jesús Cabel Moscoso, director del Instituto Nacional de Cultura (INC) en Ica, ha declarado a la agencia AP que la protección de los geoglifos exige la participación de la Policía, las autoridades y entidades civiles. ¿Tomarán el Gobierno peruano y la Unesco cartas en el asunto para proteger un tesoro de todos?

Benítez confunde Prehistoria con Historia y niega la escritura al Egipto de los faraones

Vista de la Gran Pirámide. Foto: Alex lbh.“Nadie en su sano juicio, y con un mínimo de información, puede aceptar que esta maravilla arquitectónica fuera obra de unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura”, dice Juan José Benítez, delante de la pirámide de Keops, en la undécima entrega de Planeta encantado. El ufólogo afirma, en Escribamos de nuevo la Historia, que los egipcios no pudieron levantar la única maravilla de la Antigüedad que ha llegado hasta nuestros días porque, “hace 4.600 años, el valle del Nilo despertaba al periodo Neolítico”. Los habitantes de la región, explica, “se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica”. Analfabetos y primitivos. Así eran los egipcios de mediados del tercer milenio antes de Cristo (aC), según Benítez.

Se vuelve a confundir el autor de Caballo de Troya, como cuando sentó a Jesús en el Coliseo romano. En el episodio titulado Mensaje enterrado, Benítez dio un traspié de 50 años; ahora, la metedura de pata es de 3.000 años. El Egipto que describe no se corresponde con el del reinado de Keops (2551-2528 aC), sino con el de mediados del sexto milenio aC, cuando se fecha el comienzo del Neolítico en la región. Hace 4.600 años, Egipto era ya un Estado, unificado bajo un rey-dios -el faraón-, con una compleja organización política y social, y que utilizaba la escritura desde 500 años antes, como poco. Más le hubiera valido al imaginativo autor destinar una mínima parte de los 8 millones de euros que ha costado Planeta encantado a consultar enciclopedias o libros de texto. Así, habría aprendido que los más antiguos ejemplos de escritura jeroglífica que conocemos se remontan a 3100 aC y, por tanto, es falso que los contructores de la Gran Pirámide fueran “unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura”. Así, habría aprendido que, para entonces, ya se habían hecho en Egipto grandes obras de canalización y riego, y se había redactado el primer tratado de cirugía, entre otras cosas.

Benítez no cuenta en esta entrega de la serie nada que sitúe la Gran Pirámide -“una construcción incomprensible, un desafío a la razón, una obra que provoca vértigo”- en su contexto histórico y social. Se desprende de su relato que apareció en la meseta de Gizeh de buenas a primeras, sin precedentes, como algo aislado. La tumba de Keops es la pirámide más monumental, pero hay muchas antes. Se trata de la obra funeraria cumbre de un proceso que empieza con el enterramiento bajo un montón de tierra, arena o piedras; prosigue con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; asciende hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra de la Pirámide Escalonada de Saqqarah; se empieza a convertir en auténtica pirámide en la inclinada de Esnefru, cuyo ángulo se corrigió sobre la marcha para evitar el derrumbe; y culmina con la de Keops, la más grande jamás construida. El ufólogo no explica nada de esto, de tal manera que da la impresión de que, de repente, un loco se propuso levantar un edificio de dimensiones colosales en Egipto ¡en plena Edad de Piedra!, no olvidemos el detalle. Pasa por alto la existencia la Pirámide Escalonada de Djoser (2630-2611 aC), un edificio impresionante construido cien años antes que la tumba de Keops, y de otras posteriores porque implican una evolución de métodos y estilos constructivos incómoda para su tesis.

El periodista nos da los números de la Gran Pirámide -siempre apabullantes- y concluye que no pudo construirse durante el reinado de Keops, porque ello habría requerido colocar en su sitio 357 bloques de piedra cada doce horas, uno “cada dos minutos”. “La célebre teoría de las rampas no termina de convencer a quienes hemos tenido el privilegio de pisar la meseta de Gizeh”, dice Benítez, quien no da nombres de esos supuestos expertos que comulgan con sus ideas. Egiptólogos como Mark Lehner, que ha pisado Gizeh muchas veces desde que en 1972 llegó al país de los faraones contagiado por las ideas del vidente Edgar Cayce, discrepan del ufólogo. En su recomendable libro Todo sobre las pirámides (1997), Lehner calcula que los trabajadores -no, esclavos- tuvieron que poner en la Gran PIrámide “la pasmosa cantidad de 230 metros cúbicos de piedra al día, un ritmo de un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas”. Recuerda que Herodoto escribió que el edificio se hizo en 20 años con la participación de 100.000 hombres, pero indica que “es posible -y más creíble- que se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando turnos de tres meses, más que al número total en Gizeh en un momento dado”. El historiador, uno de los más grandes expertos en el Egipto antiguo, cree que el personal permanente podía rondar los 25.000 individuos. “Aunque esto signifique un gran asentamiento, también refuerza la idea de que las pirámides son monumentos humanos, totalmente posibles para los egipcios de la IV Dinastia”, asegura. Todo lo contrario de lo que Benítez mantiene.

El escenario pintado por el novelista incluye, además de un ambiente prehistórico de cosecha propia, a los dioses y semidioses de la lista de soberanos egipcios del Papiro de Turín -por cuya realidad histórica aboga-; la fechación de la Esfinge por el geólogo Robert Schoch hace 10.500 años basándose en que la erosión de la roca sólo la ha podido producir agua de lluvia; la interpretación de un grabado en un huevo de avestruz de hace 7.000 años como una representación de las pirámides de Gizeh y el Nilo; y la idea del ingeniero Robert Bauval de que las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos son un reflejo terrestre de las estrellas del cinturón de Orión tal como estaban hace 12.500 años y, por tanto, datan de entonces. La hipótesis de Schoch ha sido refutada por prácticamente todos los expertos que han examinado sus datos; el intérprete del grabado en el huevo de avestruz es Manuel José Delgado, una aficionado a la egiptología cuyo “mayor interés reside en demostrar que los antiguos egipcios no pudieron construir algunos monumentos de su país por la tecnología aplicada, por los conocimientos anacrónicos que encierran y por el significado de un saber capaz de manejar energías, de tan sutil naturaleza, que sólo los que son capaces de traspasar sus limitaciones pueden descubrir esos centros de poder reservados a los grandes iniciados”; y Bauval es un autor desacreditado, una especie de Erich von Däniken de la egiptología que pone y quita monumentos en el mapa a la caza de constelaciones.

Juan José Benítez yerra en la situación histórica -hablar de Neolítico en la época de Keops es como datar la conquista de la Luna en tiempos de Julio César-, ignora el desarrollo cultural, político y social que llevó desde los túmulos hasta la Gran Pirámide y echa mano sólo de expertos a su medida porque lo que persigue es lo de siempre: vendernos a extraterrestres como autores de lo que es una obra humana. “Ha llegado el momento de ser valiente -dice al final de Escribamos de nuevo la Historia-. Para mí, hace 9.000 ó 10.000 años, quizá más, alguien no humano descendió en el gran jardín, en el Sahara azul, y puso en marcha una gran cultura, una civilización intuida en una lengua, una religión y unas costumbres comunes. Esos seres, esos dioses de cabeza redonda pintados en Tassili, podían proceder de Orión. Y ellos, o sus descendientes, levantaron estas magníficas e imposibles construcciones”, sentencia Benítez. Con el altavoz de Televisión Española (TVE), atribuye una vez más a seres de otros mundos los logros de una civilización no europea. En 2002, la BBC produjo Así se hizo la Gran Pirámide, un magnífico documental que en España emitió Canal Plus en el que se explica cómo los antiguos egipcios construyeron el edificio. Por desgracia, TVE no es la BBC y, al emitir Planeta encantado, respalda la Historia inventada de Benítez, que no desafía a la “arqueología ortodoxa” -como sostiene el ufólogo-, sino a la verdad, el sentido común y las pruebas acumuladas durante siglos, además de insultar a nuestros antepasados.