Astronautas en la antigüedad

Las líneas de Nazca, un aeropuerto prehistórico

Una gran obra puede estar a la vista y que, sin embargo, nadie la vea. Es lo que pasó con las pistas de Nazca durante siglos. Pedro de Cieza de León vio en el siglo XVI “señales en algunas partes del desierto que circunda Nazca”, pero la ciencia no las descubrió hasta que el hombre empezó a volar. Aunque se ven parcialmente desde las colinas próximas, los primeros en distinguirlas fueron pilotos militares y civiles peruanos, y arqueólogos como Toribio Mejía Xesspe, quien ya las investigó en 1927. Luego llegaron el historiador estadounidense Paul Kosok, quien se encontró en 1939 con un enigma que le entusiasmó hasta su muerte en 1959, y su discípula la matemática alemana Maria Reiche (1903-1998), que dedicó 60 años al estudio de los geoglifos.

Pistas de Nazca. Foto: Efe.Las líneas y figuras de Nazca ocupan más de 500 kilómetros cuadrados del desierto peruano, a unos 350 kilómetros al sureste de Lima. Casi sólo las conocían los historiadores hasta que el escritor suizo Erich von Däniken llamó en 1968 la atención sobre ellas en Recuerdos del futuro, libro del cual vendió millones de ejemplares. Las consideraba una de las pruebas de que el hombre había recibido en la Antigüedad la visita de extraterrestres que habían influido en la Historia. En esa visión del mundo y del pasado, Nazca era un complejo para el aterrizaje de las naves de unos visitantes que el ser humano había después convertido en dioses.

Guiados desde el aire

“Si uno vuela sobre la llanura de Nazca, divisará unas líneas gigantescas de trazo geométrico; algunas corren paralelamente, otras se entrecruzan o dibujan grandes figuras trapezoidales. La arqueología dice que son carreteras incas. Absurda lógica. ¿Para qué hubieran necesitado los incas carreteras paralelas y entrecruzadas cuyo trazado comienza y termina inopinadamente en una planicie?”, se preguntaba Von Däniken antes de concluir que el conjunto “sugiere la idea de un aeródromo”. Contemplaba la posibilidad de que se hubieran dibujado mediante el traslado a un “gigantesco plano” de modelos a escala; pero también apuntaba a que podían haber sido trazadas “siguiendo instrucciones transmitidas desde una aeronave”. Había nacido el aeropuerto prehistórico de Nazca.

La figura del colibrí. Foto: Efe.La idea fue pronto refutada. Y es que no cuadraba con unos visitantes prodigiosos que sus naves necesitaran de largas pistas, algo propio de los vulgares aviones terrestres. Como recuerda el historiador William Stiebing en su obra Astronautas en la Antigüedad, Von Däniken alude “a los aparatos de despegue vertical” en su interpretación de la visión del profeta Ezequiel como de la de una nave de otro mundo, pero se olvida de ese tipo de vehículos en Nazca (¿será que la tecnología alienígena sufrió entre tanto una involución?). Además, tampoco las pistas podían garantizar aterrizajes seguros, porque se hicieron retirando a un lado las piedras superficiales abrasadas por el sol durante millones de años y dejando al aire el suelo de debajo, más claro. Las rocas sobrantes están amontonadas todavía cerca de las líneas que forman las pistas y figuras.

Tras demostrarse lo descabellado de su idea, Von Däniken –de profesión, hostelero– reculó, pero sólo parcialmente. Dijo que nunca había sostenido que Nazca fuera un aeródromo y pasó a defender que se trataba de una obra indígena concebida con el objeto de propiciar la vuelta de los dioses extraterrestres. Así se explicaba que las pistas -hechas, según él, a imitación de las rodadas dejadas por las naves alienígenas– compartieran espacio con figuras como el mono, el colibrí, la araña, la ballena, el cóndor y el resto de animales inmortalizados en la llanura. Porque parece bastante difícil presentar como una pista de aterrizaje la espiral de la cola de un mono, por mucho que el simio mida 135 metros, o el zigzagueante cuello de un gigantesco pájaro de 300 metros.

Dibujos en peligro

La coincidencia de los motivos de la cerámica nazca con las figuras dibujadas en la llanura ha llevado a lo arqueólogos a concluir que las líneas fueron hechas entre 200 antes de Cristo (aC) y 600. Los nazcas pudieron usar cuerdas para no desviarse en el trazo de las cerca de 1.000 rectas –algunas de varios kilómetros de largo– y dibujaron las cerca de 800 figuras animales mediante la traslación de modelos realizados a escala a grandes cuadrículas hechas con estacas y cordeles. Luego, el excepcional clima de la región –donde prácticamente no llueve– premió el ingenio de aquellos humanos preservando su obra. Hoy en día, sigue casi sin llover en Nazca, pero los dibujos, que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en 1994, pueden acabar desapareciendo.

Un camión circula por la autopista panamericana en un punto en el que corta uno de los geoglifos. Foto: AP.“Lo que se ha conservado por tantos siglos ahora está en peligro de borrarse. Las pampas son cruzadas por camiones que muelen la tierra compacta hasta convertirla en fino polvo que se levanta en altas columnas blancas producidas por los ventarrones, destruyéndose así el fondo sobre el que los dibujos pueden distinguirse”, lamentaba en su día Reiche. La autopista panamericana cortó en los años 70 la cola del lagarto y, en los últimos treinta años, las rodadas de todoterrenos han destrozado también la del mono y la figura del pez. El hombre está destruyendo información que puede ser clave para explicar este misterio; porque, aunque sin extraterrestres, el enigma de Nazca existe.

Nadie sabe con qué fin se crearon las líneas. Se han propuesto muchas teorías, desde la de Mejía Xesspe de que estaríamos ante caminos rituales hasta la de Kosok y Reiche de que podía tratarse de un gigantesco calendario, pasando por la del telar de Henri Stierlin. Ninguna ha sido probada. Curiosamente, a pesar de lo que afirma Von Däniken, los arqueólogos descartaron desde el principio que se tratara de carreteras y que fueran incas nunca lo han contemplado, porque los incas todavía no existían cuando fueron hechas. Es posible que los nazcas sólo quisieran que su obra se viera desde el cielo porque consideraban las alturas el lugar donde está la morada de los dioses, idea que han compartido muchos humanos.


El libro

Nazca. La solución de un enigma arqueológico (1983): Henri Stierlin plantea que las rectas funcionaban como telares y las figuras tenían un carácter protector. Aunque la hipótesis no ha sido demostrada, la obra es una aproximación seria al enigma de Nazca.

Publicado originamente en el diario El Correo.

El Indiana más paranormal

Irina Spalko intenta leer la mente de Indiana Jones.

La última aventura de Indiana Jones arranca donde acabó la búsqueda del Arca perdida, en un almacén lleno de cajas. Estamos en 1957 en Nevada, en la base secreta conocida como Área 51. Según la subcultura ufológica, Estados Unidos esconde en esas instalaciones los restos de los alienígenas que en julio de 1947 se estrellaron con su nave en Roswell, Nuevo México. Hacerse con uno de los cuerpos es el objetivo de la agente soviética Irina Spalko, quien a las puertas del hangar -en cuyo interior está pintado un revelador 51, por si hubiera dudas- intenta leer la mente al héroe, que se ríe de sus facultades sobrenaturales.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, que se estrena hoy, trasplanta al universo del arqueólogo del látigo la fantasía en la que viven quienes creen en las visitas extraterrestres y los poderes paranormales. No sólo el Arca de la Alianza -que volvemos a ver fugazmente dentro una caja medio rota en el Área 51- es un arma de destrucción masiva, sino que, además, seres de otros mundos enseñaron a nuestros antepasados desde la agricultura hasta la construcción de pirámides, la telepatía existe y en Roswell cayó un platillo volante.

Cráneos de cristal

Indiana Jones, en el hangar del Área 51.La acción gira alrededor de un cráneo de cuarzo. Queda claro desde las primeras escenas que no es el descubierto en Belice en 1924 por el aventurero británico F.A. Mitchell-Hedges. Esa calavera se presenta en la literatura esotérica como un objeto mágico de origen maya, aunque en realidad fue tallada en Alemania en el siglo XIX. Aun así, inspiró a George Lucas y Jeff Nathanson a la hora de idear una trama a la altura de Indiana Jones y, por eso, Mitchell-Hedges es citado varias veces por el arqueólogo preferido de medio mundo, quien reconoce que su famosa reliquia le obsesionaba ya en la universidad.

El cráneo de cristal cinematográfico es otra cosa: es parte del esqueleto de un extraterrestre, como los de Roswell, y habría sido encontrado por Francisco de Orellana en la mítica ciudad de El Dorado. Según Spalko, “potencia los poderes mentales”. Claro que la agente soviética no parece muy en sus cabales. “Es la científica favorita de Stalin. Científica… si consideras ciencia la parapsicología”, cuentan a Indy. “Nos encontramos en plena guerra fría, con la amenaza de una guerra nuclear y la Amenaza Roja. A la hora de escoger a los malos para esta aventura, no quedaba duda de que debían ser los rusos”, ha explicado Steven Spielberg.

La incredulidad sobre la parapsicología es hoy en día compartida por las grandes potencias, pero hubo un tiempo en el que pensaban lo contrario en los pasillos de la Casa Blanca y el Kremlin. Desde los años 50 y durante décadas, Estados Unidos y la Unión Soviética invirtieron dinero en experimentos parapsicológicos. Soñaban, entre otras cosas, con la posibilidad de la mente de viajar hasta posiciones enemigas y ver lo que allí pasaba, lo que se denomina espionaje psíquico. La malvada Irina Spalko cree que el cráneo de cristal es el arma definitiva, una fuente de saber y de poder.

Indy sospecha que el cráneo está en la tumba de Orellana y, en su búsqueda de los restos del conquistador español, sobrevolará las figuras de Nazca, uno de los enclaves mágicos para los fanáticos de lo oculto. El doctor Jones no presenta los geoglifos del altiplano peruano como pistas de aterrizaje para naves de otros mundos, como hizo el suizo Erich von Däniken en su libro Recuerdos del futuro (1968), aunque sí apunta a un posible origen alienígena. “Sólo los dioses pueden ver las líneas de Nazca”, dice. No séra la última vez que aparezcan en escena los dioses-astronautas, los extraterrestres que según algunos influyeron en todas las grandes culturas del pasado y que resultan omnipresentes en la película del año.

Una escena de 'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal'.Spielberg y Lucas mezclan en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal elementos de la moderna conspiranoia con otros propios de la pseudohistoria y, como El Dorado, de la leyenda sin más. Y modifican el único elemento real del cóctel -el Área 51 como base secreta- para hacer casar la Historia con la ficción. Las instalaciones militares de Nevada entraron en servicio en 1950, y desde entonces han sido el lugar en el que Estados Unidos ha probado sus ingenios miltares más avanzados. Sin embargo, el cofre de los Diez Mandamientos está allí desde 1936 -cuando transcurre la acción de En busca del Arca perdida– y, once años después, van a parar a ella los restos de Roswell, del “fiasco de las Fuerzas Aéreas del 47”, como lo llama el arqueólogo antes de descubrir la verdad. Porque Indy formó parte del equipo que examinó los restos de Roswell. Pero ésa es otra historia…

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Fantástica arqueología

Indiana Jones, con su látigo.Arrebató a los nazis el Arca de la Alianza, bebió agua del Santo Grial y en su última aventura parece que andan los extraterrestres de por medio. Henry Walton Jones Jr. (Princeton, 1 de julio de 1899) no es un arqueólogo al uso. El estudio del pasado es para él lo mismo que el periodismo para Superman, un pretexto para vivir al límite y hacernos disfrutar con una sucesión de persecuciones, mamporros y sorpresas mientras intenta dar con algún objeto extraordinario.

“Indiana Jones es el riesgo, la aventura y el conocimiento; por ese orden”, indica Eudald Carbonell, arqueólogo de la Universidad Rovira i Virgili cuya escala de principios “es la inversa”. El codirector de las excavaciones de Atapuerca recuerda cómo el protagonista queda definido en las primeras escenas de En busca del Arca perdida: después de salir de un templo peruano con un ídolo de oro, a la carrera delante de una inmensa bola de piedra, le vemos en clase en la Universidad de Marshall. “Es el sabio que viaja, que se mueve”.

No todos los académicos son tan generosos con el héroe. “La arqueología de la trilogía de Indy es pseudoarqueología”, afirma Bettina Arnold, antropóloga de la Universidad de Wisconsin, en su ensayo Pseudoarchaeology and nationalism. Destaca que la docencia apenas absorbe tiempo al doctor Jones: su actividad principal es saquear antigüedades a diestro y siniestro al margen de la legislación internacional y siempre entre puñetazos, disparos, latigazos y duelos. Es arqueológicamente incorrecto, pero funciona desde un punto de vista cinematográfico.

Cazador de reliquias

El día a día en un yacimiento consiste en rascar pacientemente el suelo con un cuchillo a la busca de piezas que, antes de trasladar al laboratorio, hay que situar milimétricamente en un plano y catalogar. Sobre el terreno, un trozo de cerámica o una concha perforada pueden causar entre los especialistas un revuelo inexplicable para el lego. “Una pieza humilde que nunca se expondrá en un museo puede darnos la solución a un problema histórico. Buscamos respuestas, no tesoros”, explica el asiriólogo Juan Luis Montero Fenollós, profesor de la Universidad de La Coruña.

Escena de 'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal'.El trabajo de campo es el más conocido de los arqueólogos, pero es mucho más el que se hace antes entre libros, piezas y documentos, y después, cuando hay que ir más allá de la pieza propiamente dicha. Montero Fenollós anda desde hace cuatro años en Siria tras los restos de la ciudad de Dur-Yahdum-Lim. “Sabemos por textos cuneiformes que existía hacia 1800 antes de Cristo y que fue destruida por Hammurabi alrededor de 1700 aC”. Los arqueólogos siguen el rastro del asentamiento desde hace 70 años y, ahora, Montero Fenollós cree haber dado con su posible emplazamiento en el valle del Éufrates. El área a excavar tiene 10 hectáreas y sólo podrá confirmar que los restos corresponden a Dur-Yahdum-Lim si topa con un texto alusivo. Puede que pasen años o que la respuesta no llegue nunca.

Frente a eso, Indiana Jones resuelve enigmas milenarios en segundos y recupera artefactos portentosos. Persigue el Arca de la Alianza, el cofre que habría guardado las Tablas de la Ley entregadas por Yahvé a Moisés, y el Santo Grial. Ningún arqueólogo de carne y hueso busca esas piezas, porque hay tantas pruebas de su existencia como de la del martillo de Thor, la espada Excalibur del rey Arturo y la caja de Pandora que ansía Lara Croft en Tomb raider: la cuna de la vida. Sin embargo, la existencia de esas reliquias en el universo de Indy favorece la creación de tramas trepidantes y la presencia de unos malos temibles y unánimemente despreciados.

Escena de 'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal'.“¡Nazis! ¡Odio a esos tipos!”, admite el héroe en la aventura que compartió con su padre. Se enfrentó por primera vez a ellos en 1936, durante la búsqueda del Arca de la Alianza. Heinrich Himmler, comandante en jefe de las temibles SS, creó en el mundo real en 1935 una institución para, además de experimentar con humanos, desenterrar la superioridad histórica de la raza aria y darla a conocer. Se llamaba la Ahnenerbe y se dice que intentó dar con el Santo Grial y otras reliquias bíblicas, aunque hay historiadores que consideran esto último una ficción. Entre los aficionados españoles al esoterismo, corre la leyenda de que Himmler visitó Montserrat en busca de la copa de la Última Cena, pero es algo que no dan por cierto ni los monjes del monasterio catalán. Como tampoco ningún estudioso cree que el cajón de los Diez Mandamientos fuera una arma terrorífica, como comprueban, para su desgracia, los odiados enemigos de Indiana Jones.

“Soñador universal”

Fue el antisemita francés Robert Charroux quien, en su libro Cien mil años de historia desconocida (1963), habló del Arca de la Alianza como “un condensador eléctrico”, citando una obra de 1948 en la cual Maurice Denis-Papin decía que se trataba de “una especie de cofre eléctrico capaz de producir poderosas descargas, del orden de los 500 a 700 voltios”. Sin embargo, suele atribuirse el descubrimiento a Erich von Däniken, el hostelero suizo metido a perseguidor de extraterrestres que saltó a la fama con el libro Recuerdos del futuro (1968), en el cual se apropia de muchos de los postulados de Charroux y otros visionarios anteriores para llenar el pasado de extraterrestres. El pasado de los salvajes no europeos, claro.

Escena de 'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal'.Indiana Jones es un arqueólogo académico en un mundo de ficción en el que los delirios de Charroux, Däniken y su larga lista de imitadores se entremezclan con la realidad. Pero eso no impide a expertos de carne y hueso simpatizar con el personaje. “Es el arqueólogo más famoso del mundo, aunque nunca haya existido”, dice Montero Fenollós. Como millones de espectadores, considera las aventuras de Indy “muy seductoras. Te atrapan del primer al último minuto”. “Representa a un tipo de soñador universal. Persigue quimeras”, puntualiza Carbonell, para quien estas películas “pueden haber influido en algunas personas para que se inclinen por la arqueología, pero la gente que luego continúa tiene algo más”. Nadie sabe cuántos arqueólogos se han criado a los sones de la marcha de John Williams.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

¿Sobrevoló un ‘Sputnik’ la Toscana en el siglo XVI?

Fresco de Ventura Salimbeni en la iglesia de San Pedro, en Montalcino, con la Santísima Trinidad alrededor de un 'globo de la creación'  en el que algunos ven el 'Sputnik'.

Un objeto pintado por Ventura Salimbeni en la iglesia de San Pedro, en Montalcino (Italia), ha sido interpretado por algunos ufólogos como una representación de un ingenio espacial. De aspecto metálico, es conocido como el Sputnik de Montalcino, por su parecido con el primer satélite artificial -lanzado hace hoy 50 años-, y forma parte del fresco La glorificación de la Eucaristía, realizado por Salimbeni para conmemorar el Año Jubileo de 1600. En la parte alta de la obra, están la Santísima Trinidad y una esfera, sobre la que vuela el Espíritu Santo en forma de paloma, de la que salen dos antenas que tocan con sus manos Jesús y Dios Padre. A los ojos del lego, el objeto que acompaña al trío divino recuerda al Sputnik, así que algunos ufólogos proclives a encontrar naves extraterrestres hasta en las pinturas rupestres se preguntan qué fue lo que Salimbeni vio en el cielo de la Toscana hacia 1600. Retóricamente, claro, porque ellos saben que fue una nave extraterrestre. Pero ¿qué es en realidad el Sputnik de Montalcino?

Detalle del fresco de San Pedro de Montalcino, en el que se ve el supuesto 'Sputnik'.Lo mejor para entender este fragmento de la pintura es recurrir a la Historia del Arte. Es lo que hace el arquitecto italiano Diego Cuoghi en su artículo ‘Art and ufos? No, thanks, only art…’, donde explica que el misterioso objeto es, en realidad, un globo de la Creación, un elemento que simbolizaba el Universo y que es habitual en muchas pinturas de la época, con ligeras variaciones. El autor cita, entre otros ejemplos, La adoración de la Santísima Trinidad (1640), de Johan Heinrich Schonfeld, y la Fundación de la Orden de los Trinitarios (1666), de Juan Carreño de Miranda, cque pueden ver en el artículo de Cuoghi junto a otras obras similares. El autor destaca que lo más raro de la esfera de Montalcino es el objeto que se ve en la parte inferior izquierda, cerca del pie izquierdo de Jesús, que algunos han interpretado como un objetivo de una cámara. La verdad, dice, es que se trata de la Luna, como la luz brillante en la parte superior central de la esfera es el Sol, que para algo es una representación del Universo. ¿Y qué decir de las antenas? Pues que son cetros: el de Jesús, explica en el correspondiente artículo el periodista científico Mauricio-José Schwarz, está rematado con una cruz roja en símbolo de su sacrificio por la Humanidad.

Lean los trabajos de Cuoghi y de Schwarz. Encontrarán otros muchos ovnis que nunca han existido nada más que en la imaginación de los vendedores de misterios, como las nubes de El milagro de la nieve (1428), de Masolino da Panicale, que Javier Sierra convierte en naves extraterrestres; el capelo cardenalicio de Escenas de la vida monástica (1460), de Paolo Usccello, que Carmen Porter transmuta en platillo volante -“un objeto con forma de disco dotado de una pequeña cúpula central en lo alto y varios trazos a modo de estela con los que Paolo parece querer dar el efecto de una curva repentina”, escribía en 2002 en Más Allá-; y una nube luminosa y tres estrellas, típicas de la simbología religiosa de la época, de La Señora con el Niño y San Juan, atribuida a Sebastiano Mainardi o Jacopo del Sellaio, que son convertidas en otros tantos ovnis por Bruno Cardeñosa en el mismo número de Más Allá y por Juan José Benítez en su libro Mis ovnis favoritos (2001), donde, como Cardeñosa, identifica la obra como de Filippo Lippi.

Como bien dice Schwarz, en el caso del Sputnik de Montalcino y de los otros platillos volantes con que los ufólogos llenan obras de arte como las citadas, “saber lo que uno está viendo hace fácil identificarlo, y sólo la ignorancia genera ovnis donde no hay nada raro, nada misterioso, nada para vender”. El problema es que, si uno para aprender recurre a alguien que conozca la Historia del Arte, como Diego Cuoghi, puede quedarse sin cuento que contar.

Los dioses astronautas de la Prehistoria

Hubo un tiempo en el que la idea de que seres extraterrestres visitaron la Tierra en la Antigüedad y ayudaron a algunas culturas -preferentemente no europeas- a realizar grandes obras dio tanto dinero como ahora El código Da Vinci y todas sus imitaciones. Fue hace casi cuarenta años cuando los dioses astronautas asaltaron las librerías con Recuerdos del futuro (1968), de Erich von Däniken, y un gran número de obras que autores como Peter Kolosimo, Andrew Tomas, Louis Charpentier y Robert Charroux publicaron para aprovechar el tirón de la obra del hostelero suizo.

'Los dioses de la pistola prehistórica', de Domingo Santos.Domingo Santos publicó la novela Los dioses de la pistola prehistórica en 1966, el mismo año en el que Däniken se puso a escribir su primera obra y tres después de la aparición del primer libro de Charroux. Supe de ella gracias a La ciencia ficción española (2002), una magnífica obra colectiva que recoge la historia del género en nuestro país y en la que Miquel Barceló escribe al capítulo dedicado a Santos, en el que dice que esta novela trata “de los típicos temas que hicieron famosos (y de oro…) a Däniken, Kolosimo y Benítez hace años”. Ni que decir tiene que desde entonces busqué esta obra por todas partes sin resultado hasta que, en octubre pasado, tras la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico, me topé con ella en una librería de Buenos Aires, de la que también salí cargado con una veintena de ejemplares de Planeta, revista dirigida por Louis Pauwels en los años 60 del siglo pasado.

Los dioses de la pistola prehistórica es una obra menor dentro de la bibliografía de Santos. “Es una de esas novelas de a duro ligeramente extendida y mejorada”, diagnostica con acierto Barceló. Resulta todo en ella demasiado previsible, aunque haya sorpresa final. El arranque es el hallazgo en un yacimiento arqueológico francés del Paleolítico Superior de una pistola protónica. Eso lleva a un grupo de científicos, de una época en la que ya existen esas armas, a viajar hacia atrás en el tiempo para determinar si el hombre prehistórico tuvo contacto con seres extraterrestres. Al final, resulta que estamos ante una paradoja temporal y que serán los expedicionarios que van a buscar el origen de la pistola quienes la dejen en el pasado. Para acabar de liarla, Santos introduce un epílogo con visitantes alienígenas que están haciendo un experimento en la Prehistoria, detectan la radiación del arma y achacan su anacrónica existencia a la llegada a la Tierra de una especie extraterrestre hostil. Sin duda, es una obra menor de la ciencia ficción, pero resulta divertida y, para un completista como yo, rellena ese hueco de la biblioteca dedicado a las obras de ficción que tratan de creencias pseudocientíficas.

Parece mentira que hayan pasado cuarenta años desde la publicación de Los dioses de la pistola prehistórica y que la idea de fondo de la que se nutre siga estando ahí. Recordemos que, hace sólo dos años, fue difundida por Televisión Española (TVE) en la serie Planeta encantado, de Juan José Benítez, y que en el fondo se trata de un postulado claramente racista que achaca a seres de otros mundos las grandes obras y avances de culturas no europeas. ¿Cuánto tiempo tardarán los dioses astronautas en volver a ponerse de moda?, ¿lo harán alguna vez?, ¿qué nueva fiebre seguirá a la de El código Da Vinci? No tengo respuesta a ninguna de esas preguntas. De todos modos, frente a la basura paranormal, sea del tema que sea, les animo a que lean narrativa, aunque se trate de una novela tan ingenua como Los dioses de la pistola prehistórica. Claro que también pueden abrir El péndulo de Foucault (1989), en el que Umberto Eco deja desnudos a los engañabobos del ocultismo.

Santos, Domingo [1966]: Los dioses de la pistola prehistórica. Editorial Ferma (Col. ‘Infinitum’, Nº 25). Barcelona. 208 páginas.