Astronautas en la antigüedad

‘Prometheus’, en Punto Radio Bizkaia

Patxi Herranz y yo hablamos el martes en Bizkaia y Punto, en Punto Radio Bizkaia, de Prometheus, la película de Ridley Scott, en la cuadragésima sexta entrega del curso 2011-2012 de Magonia, mi espacio semanal dedicado al pensamiento crítico en la emisora de Vocento.

‘Prometheus’ o el fiasco de los dioses astronautas

Los exploradores de la ‘Prometheus’, en el mundo alienígena destino de su viaje.

Deseaba que Prometheus fuera a la creencia en los dioses astronautas lo que Encuentros en la tercera fase (1977) al fenómeno ovni. No lo es. Ridley Scott no ha hecho la película definitiva sobre la idea de que nos crearon extraterrestres cuyas huellas se encuentran en algunos monumentos de la Antigüedad, textos sagrados y leyendas. Prometheus es un disparate de principio a fin. Los sinsentidos e insultos a la inteligencia del espectador se suceden hasta el extremo de que parece que nadie sobrio leyó el guion antes de empezar a rodar.

Por citar sólo algunos ejemplos -si no ha visto la película y no quiere que se la revienten, salte al párrafo siguiente-, las pinturas rupestres de la isla de Skye con el mapa estelar datan, según la científica Elizabeth Shaw (Noomi Rapace), de hace 38.000 años, cuando entonces las Islas Británicas eran inhabitables al estar cubiertas por varios kilómetros de hielo; la ejecutiva de la compañía que financia la expedición, Meredith Vickers (Charlize Theron), dice, cuando ya han llegado a su destino, que se encuentran a 800 millones de kilómetros de la Tierra, lo que implicaría que ¡no han salido del Sistema Solar!; como el aire es respirable en la estructura alienígena, los expedicionarios se quitan los cascos abriendo paso alegremente a cualquier patógeno; el geólogo y cartógrafo Fifield (Sean Harris) se pierde por pasillos de la pirámide con su compañero el biólogo Millburn (Rafe Spall), quien no siente el menor interés por examinar una cabeza intacta de un extraterrestre, pero luego tonteará con un bicho serpentiforme como quien juega con un cachorrillo… Y así podíamos seguir casi hasta el infinito.

La visión de Prometheus hace añorar la maestría y simplicidad de Alien, el octavo pasajero (1979) -de la que este filme pretende ser precuela– y hasta engrandece Stargate (1994), la mediocre cinta de Roland Emmerich que dio origen a la franquicia televisiva del mismo nombre y en la que los dioses del Antiguo Egipto son parásitos alienígenas. Ya en la pequeña pantalla, y aunque hay referencias a extraterrestres en el pasado en numerosas seriesBattlestar Galactica (Galáctica, estrella de combate), Babylon 5 Star trek son las que apuntan más claramente al origen alienígena de la Humanidad. Pero seguimos esperando una película redonda sobre el tema después del multimillonario fiasco perpetrado por Ridley Scott, al que los aficionados hubiéramos agradecido que recortara fondos de los efectos especiales para destinarlos a contratar un buen guionista en vez de a Damon Lindelof, cocreador de esa vacía pomposidad llamada Perdidos.

Tras los pasos de Von Däniken

“La NASA y el Vaticano coinciden en que es casi matemáticamente imposible que podamos estar donde estamos hoy sin que haya habido una pequeña ayuda en el camino… Es lo que estamos contemplando (en la película), algunas de las ideas de Erich von Däniken sobre cómo surgieron los humanos”, declaró en diciembre el cineasta británico a The Hollywood Reporter. Demostraba así estar tan confundido respecto a nuestros orígenes como Spielberg sobre el fenómeno ovni cuando dirigió Encuentros en la tercera fase. Ignoro de dónde sacó Scott la estúpida y falsa idea de una NASA creacionista; pero no me preocupó en su momento porque confiaba en que las fantasías de los dioses astronautas, de la llamada astroarqueología o paleoastronáutica, dieran mucho juego en manos del creador de Blade runner (1982) como dio la conspiranoia al Chris Carter de Expediente X. No ha sido así.

En Prometheus, la historia es esa cosa molesta que tiene que existir para unir secuencias de efectos especiales y, además, al final no se resuelve ninguna incógnita, dejando la puerta abierta a millonarias secuelas en las que aparecerán más monstruos alienígenas y sinsentidos. Por dónde puede ir el futuro, se apunta en el dossier de prensa de la película, al recordar lo que hizo Lindelof con Perdidos:

“Durante doce semanas de absoluta locura, Lindelof y el coautor J.J. Abrams consiguieron realizar un episodio piloto extraordinariamente enigmático, absurdamente incoherente y enormemente caro para ABC, en torno a los supervivientes de un accidente de avión en el Pacífico Sur. A pesar de todo ello, Perdidos ganó un Globo de Oro y un Emmy a la mejor serie dramática en su primera temporada. Lindelof concluyó Perdidos tras seis temporadas y todavía no comprende del todo lo que aquello significó.”

Más claro, agua. “Extraordinariamente enigmático, absurdamente incoherente y enormemente caro” es una definición que encaja con lo que es Prometheus y, visto lo ocurrido con Perdidos, su continuación no garantiza que vaya a explicarse algo. Al contrario.

Los exploradores de la ‘Prometheus’, en el mundo alienígena destino de su viaje.

Publican en español los ‘recuerdos de Lemuria’ de Richard Shaver, preludio del nacimiento del mito ovni

'Recuerdos de Lemuria', de Richard Shaver.La Biblioteca del Laberinto acaba de publicar, por primera vez en español, los relatos de Lemuria escritos por Richard Shaver en los años 40. El volumen, titulado Recuerdos de Lemuria, es, según sus editores españoles, “un compendio de la mejor opereta espacial y del Amazing Stories de la delirante era Palmer: batallas espaciales, imperios galácticos, abracadabrantes teorías psicofísicas, robots biológicos degenerados, mataderos subterráneos de carne inmortal, maquinaria sexual y platillos volantes abandonados en insondables cavernas que se ramifican bajo la superficie terrestre…”. Una locura que el periodista esotérico John A. Keel consideraba que estaba en el germen de los primeros avistamientos de platillos volantes, que tuvieron lugar en Estados Unidos en el verano de 1947.

La revista de ciencia ficción Amazing Stories publicó en marzo de 1945 una historia titulada “I remember Lemuria” (Recuerdo Lemuria), firmada por Richard Shaver, un soldador de Pensilvania. El autor explicaba que estaba en comunicación con unos robots que vivían en el subsuelo y que le habían contado una historia increíble a través de voces que había empezado a escuchar entre el ruido de su máquina de soldar en la cadena de montaje de la fábrica en que trabajaba. Según sus comunicantes, el continente de la Atlántida había sido colonizado hace miles de años por unos extraterrestres que excavaron una vasta red de túneles antes de tener que abandonar la Tierra por las perjudiciales radiaciones solares. Los alienígenas dejaron en las cavernas a sus criaturas, dos tipos de robots muy diferentes: los teros, que hacían desde entonces lo posible por ayudar a la Humanidad y eran los que hablaban con Shaver, y los deros, unos sádicos degenerados que nos espían, proyectan pensamientos tormentosos y voces en nuestras mentes, secuestran gente para comérsela o torturarla, y causan todo tipo de catástrofes. Shaver aseguraba que había visitado los túneles subterráneos guiado por una chica ciega llamada Nydia.

Tras la publicación de la historia, cientos de personas escribieron al director de la revista, Raymond A. Palmer, diciendo que ellos también habían vivido experiencias similares. De recibir 40 ó 50 cartas de lectores al mes, Amazing pasó a recibir alrededor de 2.500 y su tirada llegó a alcanzar los 50.000 ejemplares. Según cuenta Ronald D. Story en The encyclopedia of ufos (1980), las historias posteriores que publicó la revista para saciar la curiosidad de sus lectores fueron escritas por Palmer, aunque las firmaba el soldador. El director de Amazing dedicó el número de junio de 1947 entero a lo que ya denominaba el misterio Shaver, dando un salto cualitativo en la clasificación de las historias, que en un principio había calificado de ficción: ahora decía que eran producto de la memoria racial del autor.

Aparecen los platillos volantes

Años después, en el número de noviembre de 1960 de la revista Flying Saucers. The Magazine of Space Conquest, Palmer afirmaba que “los platillos volantes son parte del misterio Shaver“. Y en 1977, poco antes de su muerte, le confesó a James Oberg que Shaver había estado en realidad internado en un hospital psiquiátrico en la época en que decía haber visitado el mundo subterráneo, que habría visitado astralmente. Si bien es cierto que los relatos del mundo subterráneo provocaron un alza en la tirada de Amazing, no lo es menos que no fueron del gusto de muchos aficionados a la ciencia ficción, que empezaron a conocer la serie como el fraude Shaver o, como recuerda Isaac Asimov en Sobre la ciencia ficción (1981), “puras tonterías”.

Kenneth Arnold posa junto a su avioneta poco después de haber visto nueve ovnis cerca del monte Rainier. Foto: AP.Desde que “I remember Lemuria” apareció en Amazing, Palmer escribió algunos editoriales elucubrando sobre las posibles visitas de naves extraterrestres. Poco después de que los platillos volantes saltarán a las primeras páginas de los periódicos en junio de 1947, los editores de Amazing, que se habían sentido incómodos con todo el asunto de Shaver, despidieron a Palmer. Éste creó junto con Curtis Fuller la revista Fate y contactó inmediatamente con Kenneth Arnold, que había visto los primeros ovnis sobre el monte Rainier el 24 de junio de 1947, porque consideraba que su observación era el material ideal para el lanzamiento de la nueva revista, dedicada a lo paranormal.

En la primavera de 1948, Arnold publicó en el primer número de Fate su artículo “I did see the flying disks” (Yo vi los discos volantes), en el que defendía la autenticidad de su observación. La versión de los hechos era mucho más colorista que la original; no en vano Arnold había contado con el asesoramiento de Palmer a la hora de escribirla. Afirmaba que desde un primer momento los objetos le habían suscitado “un sentimiento extraño”, que tenían forma de luna creciente y no de platillo, y que uno de los discos era más oscuro que el resto. Este artículo y otros dos que Arnold publicó en números sucesivos son fiel reflejo de la colaboración existente entre Palmer y él, colaboración que hizo que ambos personajes se vieran involucrados en un fraude con trágicas consecuencias.

El caso de isla Maury

Palmer recibió en julio de 1947 una carta en la que un tal Harold A. Dahl, que se presentaba como guardacostas. Dahl decía que él, otros dos guardacostas y su hijo, se encontraban 31 de junio de 1947 en su patrullera en las inmediaciones de la isla Maury (Washington) cuando, de repente, aparecieron en el cielo seis discos volantes que se situaron a unos 150 metros por encima de la embarcación. Los objetos, de unos 30 metros de diámetro, tenían un orificio central de aproximadamente 9 metros. Cinco de los discos rodearon al sexto, que parecía averiado. Dahl sacó una serie de fotografías de los extraños objetos y, de repente, uno chocó con el averiado y, a causa de la colisión, unos fragmentos de apariencia metálica se desprendieron del segundo.

Aunque la patrullera puso rumbo hacia la isla Maury, y los tripulantes desembarcaron y se refugiaron en un acantilado, no pudieron evitar que durante el trayecto algunos trozos del platillo alcanzaran la embarcación, dañándola, hiriendo al hijo de Dahl y matando al perro de a bordo. Cuando volvieron al barco, tras haber recogido algunos fragmentos metálicos, intentaron informar por la radio de lo que había pasado a las autoridades, pero ésta sufría interferencias de origen desconocido. Entonces, los discos abandonaron el lugar a gran velocidad. Una vez en Tacoma, Dahl informó a su superior, Fred L. Crisman, que no le creyó hasta que tuvo en sus manos uno de los pedazos del ovni. Al día siguiente, explicaba Dahl, recibió la visita de un extraño que le advirtió de que lo mejor que podía hacer era olvidarlo todo y pudo comprobar que en las fotografías salían los seis misteriosos objetos, pero que la película parecía haber sido dañada por algún tipo de radiación.

Palmer estudió la posibilidad de comprar la historia para Fate y, para asegurarse, envió a Arnold a investigar el caso. El hombre se presentó en Tacoma con un adelanto de 200 dólares. Dahl y Crisman se mostraron esquivos, y su historia llena de contradicciones. Aunque en un principio Arnold consideró la posibilidad de que todo fuera un fraude, posteriormente achacó la inconsistencia del relato al miedo de los testigos a los hostiles discos volantes. Así las cosas, llamó por teléfono al teniente Frank Brown, de la Base de la Fuerza Aérea de Hamilton (California) y que le había interrogado por su avistamiento, requiriendo su presencia en el lugar para investigar los hechos.

El fraude, al descubierto

El número de 'Amazing Stories' de junio de 1947.El teniente Brown y el capitán William Davidson viajaron a Tacoma, se encontraron con Arnold en su habitación del hotel y éste les dijo que, a pesar de haber cobrado un adelanto de 200 dólares por la exclusiva, había llegado a la conclusión de que, dada la gravedad de los hechos, tenía que informar a los militares. Dieron comienzo entonces en una habitación del hotel una serie de entrevistas entre los testigos y los militares de las que, gracias a anónimas filtraciones, la prensa local se hizo eco.

Brown y Davidson averiguaron que Dahl y Crisman no eran guardacostas, que su embarcación estaba en perfecto estado y no había sido objeto de importantes reparaciones, que no había rastro de las pretendidas fotografías y que los fragmentos del platillo eran en realidad escoria procedente de una fundición local y podían encontrarse a toneladas en la isla Maury. Todo el suceso había sido un fraude. A pesar de que Arnold insistió en que, en el viaje de regreso, los militares se llevaran algunos fragmentos del disco a analizar, éstos creyeron que no había razón alguna para hacerlo. Los dos investigadores de la Fuerza Aérea se trasladaron a la Base de la Fuerza Aérea de McChord (Washington) y el 1 de agosto despegaron de vuelta a casa en el B-25 en el que habían llegado desde California. El avión se estrelló cerca de Kelso (Washington). Aunque el piloto y un pasajero saltaron en paracaídas, Brown y Davidson murieron en el accidente. La prensa especuló sobre la posibilidad de que el siniestro se debiera a un sabotaje, y el avión transportase material secreto.

En el transcurso de la investigación subsiguiente, Dahl y Crisman admitieron que toda la historia había sido un montaje para sacarle dinero a un editor de Chicago -Palmer-, que pensaban que los pretendidos fragmentos del disco elevarían el precio de la historia y que habían sido ellos quienes habían telefoneado a la prensa informando de las entrevistas mantenidas con los militares. Después se supo que Crisman era aficionado a la ciencia ficción, conocía Amazing Stories y, en su tiempo, había tomado por ciertos los relatos de Shaver y escrito a Palmer advirtiéndole sobre lo peligroso que podía ser imprimir tales textos. “Toda la historia de isla Maury fue un fraude. El primero, y posiblemente el segundo mejor, y el más sucio de los fraudes de la historia de la ufología”, escribió Edward J. Ruppelt en The report of unidentified flying objects (El informe de los objetos volantes no identificados. 1956).

Las locuras de Shaver, que ahora se editan en español, acabaron siendo una chifladura más de las muchas promovidas por Palmer para vender revistas, pero los platillos volantes se convirtieron con el tiempo en un mito de alcance planetario.

Un carpintero demuestra cómo pudieron moverse las grandes piedras de las pirámides y Stonehenge

Wallace T. Wallington, un carpintero jubilado de Michigan, es la viva demostración de cómo bastan el ingenio y la física para que un hombre mueva grandes bloques de piedra como los de las pirámides de Giza, Stonehenge y Pascua. “Es más técnica que tecnología”, explicaba hace seis años en Free Republic, meses después de que Discovery Channel grabara cómo él solito mueve y levanta bloques de varias toneladas. No utiliza para ello ningún tipo de grúa; únicamente medios que ya estaban al alcance de nuestros antepasados de la Edad de Piedra: madera, cuerdas y piedras.

“He descubierto que un solo hombre puede hacer la tarea [de mover grandes bloques] sin ruedas, rodillos, poleas o cualquier tipo de equipos para levantar [pesos]”, explica en su web.Todo empezó hace veintiún años cuando Wallington se enfrentó al reto de sacar de un suelo bloques de hormigón de 550 kilos cada uno sin emplear maquinaria porque ésta no llegaba hasta ellos. La alternativa era partir los bloques. “Me parecía demasiado trabajo, así que improvisé”, recuerda. Con palancas y piedras, consiguió sacarlos él solo hasta donde alcanzaba la maquinaria. Nueve años después, cuando se jubiló, decidió dedicarse a explorar cómo podían moverse las grandes piedras con las que se construyeron monumentos de la Antigüedad como la Gran Pirámide. Porque este carpintero no cree que ni marcianos ni atlantes levantaran esas edificaciones. “Si han existido esas grandes civilizaciones, ¿por qué no hemos encontrado sus teléfonos móviles y ordenadores portátiles?”, se preguntaba en 2004 en Free Republic.

Wallington explica en su web que lo primero que hizo fue descargar del camión con sus métodos las grandes piedras que había pedido para experimentar y comprobar que podía moverlas por el terreno de su casa “con muy poco esfuerzo”. Con el paso del tiempo y la práctica, comprobó que podía “mover fácilmente un bloque de 1.100 kilos unos 90 metros por hora con poco esfuerzo y un bloque de 4.500 kilos, unos 20 metros por hora”. Y levantó su primer mini-Stonehenge con tres piedras de 1.100 kilos, una de ellas colocada a modo de dintel sobre las otras dos a 2,5 metros de altura sin usar maquinaria. “He comprobado que, para mover grandes pesos, sólo se necesitan sencillas herramientas de madera y la gravedad. No se requiere nada rígido. No se necesita levantar el peso para moverlo de un lugar a otro. Las piedras son excelentes puntos de apoyo y de giro”. Y lo demuestra sobre el terreno, moviendo piedras enormes sin apenas esfuerzo; elevando, a modo de prueba, un bloque de 80 kilos hasta 3 metros de altura en sólo 6 segundos; y poniendo en vertical un pilar de 8,5 toneladas y unos 8 metros de altura él solo. Él llama a su conjunto de técnicas la tecnología olvidada.

Este carpintero hace todo el trabajo con palancas, dispositivos manuales de madera ideados por él y piedras. Y piensa, lógicamente, que los egipcios y otros pueblos pudieron hacer lo mismo, en contra de los prejuicios de quienes sostienen que los grandes monumentos de la Antigüedad de fuera de Europa fueron obra de extraterrestres o de habitantes de la Atlántida. Wallace T. Wallington calcula que podría construir la Gran Pirámide con menos de mil hombres en veinticinco años, a razón de 40 horas de trabajo semanales durante 50 semanas al año. Quizá sea muy optimista en sus cálculos; pero no cabe duda de que es más realista que quienes consideran que los antiguos, por el mero hecho de serlo, eran tontos. No, en la Antigüedad hubo muchos hombres de gran ingenio como ahora los hay carentes de él y que creen que nuestros antepasados no blancos necesitaron de poderes extraordinarios para sus grandes logros constructivos.

Los dogones y ‘El conde Lucanor’

Quienes defendemos que la historia del misterio de Sirio y los dogones responde a un episodio de contaminación cultural, y no al contacto con seres de otros mundos, contamos desde hace años con otro ejemplo más próximo. Supe de él gracias al periodista Iván Orio, cuando lo contó en El Correo en 2003. Seis años después, me he vuelto a topar con ‘El cuento errante’ ordenando papeles y me ha sorprendido no haber contado la historia aquí. No me ha soprenddo no haberla visto publicada en ninguna revista esotérica porque son fieles a la máxima de Juan José Benítez según la cual “los enigmas no deben ser desvelados”. Y es que, si no, de qué iban a vivir los recicladores de falsos misterios que ya lo eran cuando se publicaban en revistas como Planète y Mundo Desconocido, por citar dos publicaciones desaparecidas hace décadas.

Los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen propusieron en 1950 que la mitología de los dogones, una primitiva tribu de Mali, giraba alrededor de Sirio B, una estrella invisible sin telescopio y que no se descubrió hasta mediados del siglo XIX. En 1976, Robert K.G. Temple aventuró en su libro El misterio de Sirio que hombres-peces de este sistema habían fundado la civilización dogon y transmitido el conocimiento de la existencia de Sirio B. La idea entusiasmó a autores como Erich von Däniken y Juan José Benítez, quien dedicó a esta historia uno de los capítulos de su serie Planeta encantado. Lo cierto es que lo que los dogones saben de Sirio no va más allá de lo que se sabía en la época en que Griaule convivió con ellos, incluidas falsas ideas como que Sirio B es la estrella más pesada del Universo. Los dogones contaron en 1991 al antropólogo Walter Van Beek que todo lo que sabían de Sirio B se lo había contado Griaule, con lo que el misterio quedó definitivamente resuelto, aunque algunos autores sin escrúpulos prefieran pasar por alto este detalle. Pero los dogones no sólo han absorbido de Occidente el conocimiento de la existencia Sirio B…

Pablo Zapata, escritor navarro y profesor de Secundaria, es un apasionado de los cuentos y, durante un viaje a Mali en 2003, escuchó una fábula que un anciano dogon contaba a su nieto que le dejó “a cuadros”. Trataba de un niño rico que pedía ayuda a sus amigos también ricos para ocultar el cadáver de otro niño, pero era al final un amigo pobre el que se prestaba a ayudarle. En realidad, no existía el cadáver, no había ningún muerto, y era todo una estratagema para poner a prueba a los amigos. El experto identificó el relato como una versión de ‘Lo que sucedió a uno que probaba a sus amigos’, uno de los cuentos moralizantes de El conde Lucanor, la obra de Don Juan Manuel (1282-1348). La historia se había transmitido oralmente en Mali de generación en generación no se sabe desde cuándo. Dos años antes, Zapata había escuchado otra versión del mismo relato a un anciano en el Atlas, en Marruecos. ¿Cuándo llegó esta fábula a los dogones? Ése es el auténtico misterio, cuándo se produjo el trasvase de este cuento del mismo modo que mucho después ocurriría con los conocimientos de la invisible a simple vista Sirio B, con la salvedad de que en este segundo caso los propios indígenas admiten que saben que saben lo que saben porque se lo contó Griaule.