Arthur Conan Doyle

Un cuadro de la batalla de Gallípoli pintado bajo la ‘influencia de los espíritus’ y que fue de Conan Doyle

'La retaguardia (El espíritu de la ANZAC)', de Will Longstaff.

La casa Bonhams va a sacar a subasta hoy en Sydney un óleo de gran tamaño pintado por el artista australiano William Francis Longstaff (1879-1953) bajo la influencia de los espíritus. En la obra, titulada La retaguardia (El espíritu de la ANZAC), se ve una línea de fantasmas de soldados en una playa de Gallípoli al alba mientras los barcos de transporte y los buques de guerra se alejan entre la bruma. Arthur Conan Doyle compró el cuadro al artista en 1928 y, tras su muerte en 1930, se perdió la pista de la obra, que reapareció en abril como parte de una colección del promotor inmobiliario australiano Warren Anderson, hoy en venta.

La llamada colección Owston está compuesta por más de 1.400 obras de arte, muebles y animales disecados reunidos por el magnate a lo largo de más de 40 años, y está valorada entre 4,5 y 6 millones de euros. No ha trascendido cómo acabó en manos del millonario el cuadro de Longstaff, cuyo precio de adquisición podría situarse entre los 14.000 y 28.000 euros. De 270 centímetros de ancho por 136 de alto, forma parte de una serie de seis pinturas que el artista realizó en la época más brillante de su carrera, tras asistir el 24 de julio de 1927 a la inauguración, en la ciudad belga de Ypres, de la Puerta de Menin, monumento en homenaje a los soldados de Reino Unido y de sus colonias caídos en la zona en la Primera Guerra Mundial.

Will Longstaff, cuando era teniente de la ANZAC.Longstaff, que había combatido en la guerra de los bóers en Sudáfrica, resultó herido en 1915 en la batalla de Gallípoli, donde murieron más de 50.000 soldados de Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda. Impresionado por la inauguración de la Puerta de Menin, cuando volvía a casa esa noche tuvo una visión en la que fantasmas de soldados se levantaban en los trigales a la luz de la Luna y, a su regreso a Londres, pintó el cuadro La Puerta de Menin a medianoche (Los fantasmas de la Puerta de Menin) en una sola sesión de trabajo. Se cree que también pudo inspirarle su encuentro, durante la caminata, con una mujer que había trabajado en una cantina inglesa en la guerra y que le dijo que podía sentir a su alrededor los espíritus de los soldados muertos que había conocido.

Pintó en total seis cuadros sobre la Gran Guerra influido por los espíritus. Protagonizado por los soldados de las Fuerzas Armadas de Australia y Nueva Zelanda (ANZAC), La retaguardia fue adquirido por Conan Doyle cuando él y Longstaff eran vecinos en Sussex en los años 20. “Es una de las pinturas más notables que he visto. El artista trabajó en ella durante once horas con la furia de la inspiración. El genio ha estado siempre al borde de la influencia psíquica”, declaró el escritor a The Argus en mayo de 1928. Conan Doyle profesaba el espiritismo, credo en auge entonces, y no dudaba en achacar al Más Allá el origen de la escena: “El señor Longstaff dice que sintió una «extraordinaria necesidad» de pintar el cuadro, que se formó con la velocidad del rayo en su cerebro”.

A pesar de sus obras fantasmales, protagonizadas por espíritus de soldados, de lo que dicn los críticos y de lo declarado por el creador de Sherlock Holmes, quien también creía en las hadas, Diana Brooks, hija del artista, ha indicado a Bohams que su padre solía decir que los únicos espíritus que influían en él salían de una botella.

Las hadas de Arthur Conan Doyle

Las hadas abandonaron nuestros bosques hace décadas. Pero antes, entre 1917 y 1920, dos adolescentes se fotografiaron con varias de ellas en una zona boscosa del norte de Inglaterra. Las imágenes cautivaron a Arthur Conan Doyle, quien dedicó al fenómeno su obra El misterio de las hadas (1921). “Es posible que los hechos que vamos a contar en este libro saquen a la luz la estafa más fabulosa jamás hecha al público, pero tal vez el futuro, por el contrario, muestre que estos hechos constituyen un hito de la historia de la Humanidad”, indicaba al comienzo del ensayo el padre de Sherlock Holmes.

Doyle creía que las instantáneas correspondían a un fenómeno real, ya que, “antes incluso del descubrimiento de las fotografías de hadas, se habían recogido gran número de testimonios irrefutables sobre la vida de estas pequeñas criaturas”. Espiritista confeso, investigó el caso junto al teósofo Edward Gardner. Para el novelista, era cuestión de tiempo que la existencia de los seres del bosque, como la de los espíritus, fuera admitida por la ciencia. “Habrá cada vez más cámaras fotográficas. Aparecerán otros casos bien autentificados. Estos pequeños seres que parecen vivir a nuestro lado, que no se distinguen de nosotros más que por una ligera diferencia de vibración, nos resultarán familiares”, auguraba.

Jugando en el bosque

Frances, con las pequeñas hadas.Elsie Wright y Frances Griffiths tenían 16 y 10 años, respectivamente, cuando se encontraron con las hadas en el bosque de Cottingley, cerca de casa de los padres de la primera. Frances acababa de llegar a Reino Unido desde Sudáfrica, donde se había criado, y le estaba costando adaptarse a la vida en las islas. Por fortuna, tenía a su prima Elsie, con quien en julio de 1917 pasaba horas jugando en el arroyo próximo a la residencia familiar. Un día, después de decir a sus madres que les gustaba ir al bosque porque allí se encontraban con las hadas, ante la incredulidad de las mujeres, Elsie cogió prestada la cámara de fotos de su padre, Arthur Wright, para demostrar que era verdad. Cuando las niñas regresaron, en el cuarto oscuro apareció la imagen de Frances con cuatro pequeñas hadas aladas bailando en primer plano sobre la maleza.

Arthur Wright, ingeniero eléctrico y fotógrafo aficionado, no se dejó llevar por el entusiasmo de las pequeñas y achacó la presencia de las hadas a la habilidad artística de su hija. Creía que todo era una broma, que las hadas las había dibujado ella y luego habían puesto las siluetas recortadas delante de su prima. No le faltaban razones para sospechar. Elsie llevaba años dibujando hadas -le apasionaban-, iba desde los 13 a la Escuela de Bellas Artes de Bradford y trabajaba en un laboratorio fotográfico haciendo montajes para las familias de los soldados caídos en las trincheras europeas. Las madres de las niñas no lo tenían tan claro. Y lo tuvieron mucho menos cuando en septiembre las niñas consiguieron la segunda imagen de un ser del bosque.

Los protagonistas, en esta ocasión, eran la mayor de las primas, sentada en la hierba, y un duende. “Elsie jugaba con el gnomo y lo invitaba a que subiese sobre sus rodillas. El gnomo saltaba en el preciso momento en que Frances, que tenía la cámara fotográfica, apretó el disparador. Se describe al gnomo con leotardos, jersey marrón tirando a rojo y gorro rojo puntiagudo. Las alas, suaves y cubiertas de plumón, de color neutro, se parecen más a las de los coleópteros que a las de las hadas. Cuando no hay ruido, se oye de cuando en cuando la música de la flauta de Pan que tiene en su mano izquierda, poco más que un tintineo”, explica Doyle. A partir de ese momento, Wright no volvió a dejar la cámara a las chicas.

Seres de libro

Elsie, con el gnomo juguetón.La historia de las hadas de Cottingley habría acabado ahí de no ser porque Polly Wright, la madre de Elsie, era aficionada al ocultismo. En 1919, en una conferencia de la Sociedad Teosófica, organización esotérica fundada por Helena Blavatsky, Polly Wright comentó al conferenciante que había visto fotos de hadas reales. La noticia llegó al líder teósofo Edward Gardner y de éste a Doyle en mayo de 1920. El escritor estaba preparando entonces un artículo sobre las hadas para el número de Navidad de The Strand Magazine. Cuando la revista salió a la venta, las hadas del bosque de Cottingley se convirtieron en una atracción periodística.

Tras consultar a varios especialistas, Doyle y Gardner concluyeron que las fotos eran auténticas. Querían ver confirmadas sus creencias en seres extrarodinarios. Por eso, restaron importancia a los testimonios de quienes sospechaban que las imágenes eran trucajes. Así, en el prefacio de El misterio de las hadas, el novelista advertía: “A los escépticos les pido que no se dejen engañar por el sofisma consistente en decir que, puesto que un profesional del fraude que sea diestro en el arte de la falsificación puede reproducir un objeto semejante al original, también éste, por consiguiente, se ha conseguido de manera fraudulenta”.

Doyle prefería creer que dos adolescentes habían fotografiado hadas a seguir las pistas que apuntaban a una de las niñas como autora del engaño, que tuvo una segunda parte con tres fotos más obtenidas en 1920. Porque fue Elsie quien dio vida a los seres del bosque de Cottingely. La composición formada por las cuatro hadas que bailan frente a Frances es una copia de una ilustración de un libro infantil de 1915: dibujó las hadas, les puso unas alas, recortó las siluetas y las sujetó delante de su prima con alfileres de sombrero. A los 80 años, Elsie confesó a la revista The Unexplained que las cinco fotos eran montajes; Frances puntualizó que sólo lo eran las cuatro primeras. Como había adelantado el 5 de enero de 1921 el diario australiano The Truth, y antes Arthur Wright, “para explicar estas fotografías de hadas lo que se requiere no es un conocimiento de los fenómenos ocultos, sino de los niños”. Gardner y Doyle demostraron que carecían de ese conocimiento; aunque andaban sobrados de fe.


El libro

El misterio de las hadas (1922): Nada mejor que leer el original de Arthur Conan Doyle para comprobar hasta dónde llegaba la credulidad del escritor.

Cajal y el espiritismo

Santiago Ramón y Cajal.“Continúa la moda inexplicable de la teosofía y del espiritismo. Pena da pensar que, en los absurdos de la moderna brujería, hayan caído hombres de ciencia como Crookes y Richet, y filósofos como Krause y W. James. Yo confieso, un poco avergonzado, mi irreductible escepticismo. Y me fundo, aparte ciertas razones serias (comprobación de las supercherías de los médiums e imposibilidad de demostrar la identidad de los aparecidos), en los siguientes frívolos motivos: en ninguna de las invocaciones de ultratumba publicadas en libros y revistas espiritistas he encontrado una suegra duende turbando la felicidad de su yerno, ni un espectro de poeta chirle infernando, con bromas pesadas, la vida de sus críticos”, dejó escrito Santiago Ramón y Cajal en su libro Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias (1920).

Cuenta Antonio Calvo Roy, en Cajal. Triunfar a toda costa (1999), que el neurocientífico investigó los fenómenos hoy llamados paranormales con los mismos resultados que Harry Houdini. “Bastaba que yo asistiera a una sesión de adivinación, de sugestión mental, de doble vista, comunicación con los espíritus, posesión demoniaca, etc., para que, a la luz de la más sencilla crítica, se disiparan cual humo todas las propiedades maravillosas de los médiums o de las histéricas zahoríes. Lo admirable de aquellas sesiones no eran los sujetos, sino la increíble ingenuidad de los asistentes“, escribió en Historia de mi labor científica (1905). Es lo que pasa cuando uno se acerca al mundo del misterio a examinar las pruebas.

El científico aragonés, de cuyo Nobel se cumple este año el centenario, fue un adelantado a la hora de tratar de comprobar qué había de cierto y de falso en la comunicación con el Más Allá, y también al abordar desde el humor las creencias paranormales, con su lamento sobre la inexplicable inocuidad del espíritu de la suegra. Años después, Houdini se convirtió en el azote de los espiritistas. Tras la muerte de la madre del ilusionista, Jean Leckie, médium y segunda esposa de Arthur Conan Doyle -el padre de Sherlock Holmes y amigo de Houdini-, pretendió entrar en contacto con ella. El supuesto espíritu de la madre del mago se comunicó a través de Doyle en inglés, cuando siempre hablaba con su hijo en yiddish, no recordó que el día de la sesión era el de su cumpleaños y olvidó mencionar a su también difunto marido. Para Houdini, aquello demostró que la mediumnidad de Jean Leckie era una patraña.

A partir de ese momento, el famoso escapista se dedicó a la denuncia de los engañabobos que se lucraban poniendo a los ingenuos en contacto con sus familiares muertos. Escribió un libro, A magician among the spirits (1924), en el que cuenta sus experiencias con los médiums y otro, Miracle mongers and their methods (1920), en el que desvela los trucos de otros charlatanes. El broche final de su labor escéptica se lo llevó a la tumba. Acordó en secreto con su esposa, Bess, un código mediante el que se comunicaría con ella después de muerto, si es que tal cosa era posible. La viuda del mago asistió a numerosas sesiones de espiritismo durante diez años; en ninguna se manifestó el auténtico Houdini. El ilusionista fue el precursor de una corriente de pensamiento que tiene ahora su máximo exponente como organización en el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) -integrado por destacados intelecuales y varios premios Nobel- y como individuo en James Randi, el mago que desenmascaró a Uri Geller.

Elsie -una de las niñas protagonistas del fraude de Cottingley- y el gnomo, en septiembre de 1917. Arthur Conan Doyle, que era un crédulo irredento, representa el reverso de la moneda. Creía que Houdini tenía poderes paranormales y que los utilizaba en sus espectáculos, y firmó un libro, El misterio de las hadas (1922), en el que dio por auténticas las fotos de las hadas de Cottingley, hechas por dos niñas con imágenes recortadas de revistas, según confesó una de ellas en 1982. La obra es tan disparatada que una reciente edición española lleva una faja con la siguiente leyenda: “Un libro sorprendente, y por momentos francamente tronchante, por el autor de Sherlock Holmes”.

En España, lamentablemente, ningún científico ni pensador de prestigio ha cogido hasta ahora con decisión el testigo de de Santiago Ramón y Cajal en la lucha contra la superstición. Los hay, como Eudald Carbonell, codirector de las excavaciones de Atapuerca, que no dudan en criticar duramente la pseudociencia próxima a su especialidad -en el caso del investigador catalán, el creacionismo en todas sus variantes-; pero aún no existe en nuestro país un científico de renombre que plante cara a los vendedores de misterios en general, al estilo de Carl Sagan, Richard Dawkins y otros destacados miembros del CSICOP.