Antonio Ribera

Cuando Louis Pauwels, Antonio Ribera y Juan José Benítez eran ‘científicos de lo desconocido’

Anuncio a toda página del ciclo de charlas 'El mundo de lo fantástico', celebrado en Barcelona en 1976.40 años de dictadura franquista acababan de terminar cuando, a comienzos de 1976, Barcelona acogió el ciclo de charlas El mundo de lo fantástico. Entre sus protagonistas, destacaban dos grandes figuras del movimiento -Louis Pauwels, coautor de El retorno de los brujos, y Antonio Ribera, considerado el padre de la ufología española-, pero también estaban un joven Juan José Benítez, que acababa de publicar dos libros a cual más delirante –Existió otra Humanidad y Ovnis: SOS a la Humanidad– y el parapsicólogo Francisco A. Rovatti, un habitual de la escena paranormal catalana.

El ciclo esotérico era una iniciativa del diario La Vanguardia, que lo anunciaba de un modo que hoy nos resultaría chocante. “Científicos de lo desconocido” decía en referencia a los participantes. Arqueólogos, parapsicólogos, médiums, ovnis, científicos, periodistas, realizadores cinematográficos, pintores, hipnotizadores, en exclusiva para los adheridos al Club de Vanguardia en esta iniciativa única”, se leía sobre las fotos de los ponentes, los ojos de cada uno tapados por su nombre y el asunto del que iba a hablar. No había ni un arqueólogo ni un científico y, si había un director de cine, era porque Rainer Erler había filmado un falso documental sobre una conspiración ufológica, La delegación (1970).

En la segunda mitad de los años 70, los platillos volantes salían en las primeras páginas de los periódicos, la parapsicología tenía una pátina de ciencia en ciernes y todo lo esotérico parecía rompedor y digno de atención en un país todavía en blanco y negro. Fue la época dorada de la ufología en nuestro país, la de la colección Otros Mundos de Plaza & Janés -que publicó los clásicos del llamado realismo fantástico-, la del programa Más allá de Fernando Jiménez del Oso en TVE, la del espacio Medianoche de Antonio José Alés -inventor de las alertas ovni– en la Cadena SER, la de las revistas Karma.7 y Mundo Desconocido, la del Centro de Estudios Interplanetarios de Barcelona y su revista Stendek, la de los primeros congresos internacionales… Una España enigmática muy parecida a la que se ve en Platillos volantes (2003), la interesante película de Óscar Aibar sobre José Félix Rodríguez Montero y Juan Turu Vallés, dos personajes trágicos de la ufología nacional.

Los científicos de lo desconocido no han avanzado nada en su conocimiento -quizá fuera más oportuno decir que han ahondado en su ignorancia- desde 1976. Sigue sin haber pruebas de que nos visiten extraterrestres o lo hicieran en la Antigüedad y de que haya gente con poderes paranormales, por no hablar de la utilidad predictiva del tarot, la sanación espiritual y la convivencia del ser humano con los dinosaurios. Las afirmaciones de los Pauwels, Ribera, Benítez, Von Däniken y compañía forman parte del mundo de los sueños y, hoy en día, fuera de los círculos esotéricos, nadie considera que lo dicen tenga algo que ver con la ciencia. Ni de lejos.

El terrorífico origen ufológico de ‘ET’, en Punto Radio Bizkaia

Patxi Herranz y yo hablamos el martes en Bizkaia y Punto, en Punto Radio Bizkaia, del terrorífico origen ufológico de ET, en la undécima entrega del curso 2012-2013 de Magonia, mi espacio semanal dedicado al pensamiento crítico en la emisora de Vocento.

El terrorífico origen ufológico de ‘ET’

Cuando a finales de los años 70 Columbia presionaba a Steven Spielberg para que hiciera una secuela de Encuentros en la tercera fase (1977), él tenía en mente un filme sobre un ataque alienígena en la América rural. Quería titularlo Watch the skies! (¡Vigilad los cielos!), por la sentencia de cierre de El enigma de otro mundo (1951), pero renunció a ello al ya estar la frase registrada.

“Yo no iba a dirigir ET. La película se iba a llamar Night skies (Cielos nocturnos) y estaba basada en una historia de la mitología ovni -el caso de Kelly-Hopkinsville– en la que una familia informó de que unos pequeños seres grises habían atacado su granja, montando vacas en el corral y tratando de entrar en la casa”, explicaba el cineasta hace un año en la revista Entertainment Weekly.

Es el suceso más aterrador de los clásicos de la ufología. Ocurrió el 21 de agosto de 1955 en la granja Sutton, entre las poblaciones de Kelly y Hopkinsville, en Kentucky. Once personas -ocho adultos y tres niños- sufrieron el asedio de unas criaturas flotantes, sin cuello, de ojos saltones, grandes orejas puntiagudas y largos brazos. Eran como los gremlins malos de la película de Joe Dante de 1984; pero de un metro de altura. Y no eran grises -como recuerda Spielberg-, sino verdes, ni la emprendieron con el ganado.

Tres horas de asedio

Boceto de la apariencia de los intrusos hecho por Gary F. Hodson, de la 101ª División Aerotransportada, con base en Fuerte Campbell.Hacia las 19 horas de aquel día, Billy Ray Taylor, de 21 años, salió a beber agua de un pozo -el rancho no tenía agua corriente- y vio cruzar el cielo una luz que tomó por un platillo volante. Una hora después, empezaron a oírse ruidos en el exterior, los perros comenzaron a ladrar, y Taylor y Elmer Sutton, de 25 años, salieron armados a investigar. Vieron un hombrecillo entre los árboles, la emprendieron a tiros con él cuando se dirigía hacia ellos flotando y regresaron a la casa.

Todos los hombres cogieron entonces sus rifles y escopetas. Una criatura se asomó fugazmente a una ventana, y uno disparó, errando el tiro. El ataque se prolongó tres horas, durante las que los visitantes parecían correr por el techo y rascar la madera como queriendo entrar en la casa, y los campesinos disparaban a todo lo que se movía. A las 23 horas, escaparon en coches hasta la comisaría de Hopkinsville y, poco después, el rancho se llenó de policías que no encontraron prueba alguna ni del aterrizaje de una nave ni de la presencia de ningún intruso.

“En esa parte del país, la gente de la extracción social y económica de los testigos «dispara primero y pregunta después»”, señalaba el astrónomo y ufólogo Joseph Allen Hynek en su libro The ufo experience (La experiencia ovni, 1972). Para este exasesor de los proyectos Signo, Imán, Rencor y Libro Azul -los estudios sobre ovnis de la Fuerza Aérea de Estados Unidos-, el caso de Kelly-Hopkinsville era “claramente absurdo, hasta el extremo de ofender al sentido común”.

Misterio y explicaciones

Hynek era escéptico respecto a la conexión ufológica del suceso. Apuntaba que sólo uno de los testigos había visto el supuesto objeto volante no identificado y creía que la apariencia de los seres podía entroncar con “antiguas leyendas”, si bien no se atrevía a descartar que los ovnis y sus tripulantes estuvieran en el origen de la historia. El caso tampoco mereció especial atención para los responsables militares del Proyecto Libro Azul. Aunque en la ficha oficial puede leerse No identificado, eso se debe a que nunca se llego a investigar.

La ficha del caso de Kelly-Hopkinsville en los archivos del Proyecto Libro Azul.“Junto al archivador de Datos insuficientes había otro marcado como CP. Eso significaba chifladuras. A ese archivo iban a parar todos los informes de personas que habían hablado con los tripulantes de los platillos volantes, que habían inspeccionado platillos volantes que habían aterrizado en Estados Unidos, que habían viajado en platillos volantes o que eran miembros de la tripulación de platillos volantes. Según los estándares del Proyecto Libro Azul, ésos no eran buenos informes de ovnis”, escribe Edward J. Ruppelt, que dirigió el proyecto entre marzo de 1952 y febrero de 1953, en The report on unidentified flying objects (El informe sobre los objetos volantes no identificados, 1956). Además, el texto de una conferencia sobre el programa militar de investigación ovni, dada en fecha desconocida en la Escuela de la Inteligencia Técnica Aérea (ATI), incluye el caso de “los hombrecillos verdes de Hopkinsville” en una lista de sucesos sospechosos de ser fraudes, como puede comprobarse en los archivos del Proyecto Libro Azul.

Mucho menos exigente era Antonio Ribera, el padre de la ufología española. En su libro Encuentros con humanoides (1982), ve “un retrato exacto del humanoide de Kelly-Hopkinsville” en una representación del Diablo en un capitel del templo románico de Santa María de l’Estany y concluye que al artista medieval “posiblemente le sirvió de modelo un auténtico humanoide”. Ahí queda eso. Lo que sí es cierto es que, con el caso ovni de Kelly-Hopkinsville, el estereotipo del hombrecillo verde, propio hasta entonces de los cuentos de hadas y la ciencia ficción, se incorpora al mito ovni.

Recientemente, el ufólogo francés Renaud Leclet y el escéptico estadounidense Joe Nickell han apuntado que los monstruos de Kelly-Hopkinsville -nadie vio más de dos a la vez- pudieron ser una pareja de gran búho cornudo (Bubo virginianus). De hábitos nocturnos, esta ave puede alcanzar los 64 centímetros de altura, es muy agresiva cuando se siente amenazada, tiene dos penachos de plumas que parecen cuernos, grandes ojos amarillos… y habita en Kentucky. ¿Y el ovni? Nickell indica que, en aquella época, se vieron muchos bólidos en la región y que eso fue posiblemente el platillo volante de Billy Ray Taylor.

Adiós a ‘Night Skies’

ET, el extraterrestre cerado por Carlo Rambaldi.Spielberg tenía ya un borrador del guión de Night skies cuando rodaba En busca del arca perdida en Túnez en el verano de 1980. Sin embargo, entre peleas, persecuciones y explosiones, decidió volver “a la tranquilidad o, al menos, la espiritualidad de Encuentros“. Y abocetó con la guionista Melissa Mathison -entonces, novia de Harrison Ford- lo que acabaría siendo ET, un cuento de hadas en el que los malos son los adultos.

Es muy posible que el cineasta supiera del caso de Kelly-Hopkinsville leyendo The ufo experience mientras preparaba Encuentros. Hynek fue asesor de esa película, que debe su título a la clasificación de los avistamientos de platillos volantes que hace en ese libro. El astrónomo habla de observaciones lejanas y cercanas, y divide las últimas en encuentros cercanos del primer tipo -el objeto no interactúa ni con el testigo ni con el entorno-, del segundo tipo -deja pruebas en forma de huellas, quemaduras…- y del tercer tipo -se hacen visibles los tripulantes-, que son los que dan título a la gran película de Spielberg sobre el tema ovni.

‘ET’, en la Casa Blanca

La conexión ufológica de ET culmina el 27 de junio de 1982, poco después de su proyección privada en la Casa Blanca, a la que asistió una treintena larga de personas, incluidos Ronald y Nancy Reagan, y el propio director. Se cuenta que la historia del explorador alienígena abandonado en la Tierra por sus compañeros conmovió al presidente y su esposa hasta el límite de que ésta lloraba durante las escenas finales. Pero lo más sorprendente fue la inquietante revelación que hizo el presidente al cineasta ante el resto de los invitados.

“Quiero agradecerle que haya traído ET a la Casa Blanca. Hemos disfrutado con su película. Hay gente en esta sala que sabe que todo lo que ha visto en esa pantalla es absolutamente cierto”. Esta última frase, que, con ligeras variaciones, se encuentra en multitud de webs, sería el reconocimiento implícito de que EE UU oculta al mundo que estamos siendo vistados por extraterrestres.

En junio del año pasado, el crítico de cine Quint (Eric Vespel) preguntó a Spielberg por ese episodio durante una entrevista. Y el cineasta confirmó la autenticidad del comentario presidencial, aunque con un importante matiz. “¡Y (el presidente) lo dijo sin sonreír! Sin embargo, lo dijo y todo el mundo se echó a reír. La sala entera se echó a reír porque él lo hizo como una broma, aunque no sonreía mientras lo decía”. Spielberg reconoce que, como es “un poco ufólogo”, le hubiera gustado que las palabras de Reagan fueran más que un chiste, pero… “Lamento decir que creo que simplemente estaba haciendo una broma”.

Ronald y Nacy Reagan hablan con Steven Spielberg en la Casa Blanca después de la proyección de 'ET', el 27 junio de 1982. Foto. Biblioteca Reagan.

Del plagio de Troya al montaje lunar

Juan José Benítez ha aprovechado la promoción de su última novela, Caballo de Troya 7. Nahum, para salir en la revista Enigmas en defensa de lo que hizo hace casi dos años en Televisión Española (TVE): presentar un montaje de animación como si fuera una película rodada en la Luna en 1969. Las imágenes, en las que se veía a dos astronautas explorando unas ruinas extraterrestres en el satélite, se incluían en la penúltima entrega de Planeta encantado, la serie del periodista navarro que emitió TVE tanto en tiempos del PP como del PSOE.

Un astronauta explorando las ruinas alienígenas de la Luna, en el vídeo presentado por Benítez.Después de casi dos años de silencio desde que Magonia denunció el engaño, Benítez recurre a la misma tonta explicación que dieron algunos de sus delfines para justificarle: “En esas imágenes, si no recuerdo mal, se decía Imágenes inéditas. ¿Qué significa eso? Imágenes que no se han editado, que no se han publicado, que no son conocidas. Al final de documental venían los créditos, y estaba toda la gente que había participado en la grabación. Lo que a la gente le llama la atención y le preocupa es si ese documental era o no verdad”, le dice a David E. Sentinella. Y advierte ante la falta de la palabra recreación: “Y soy muy dueño de poner lo que considere oportuno, sin faltar a la verdad. Lo que han hecho algunas personas es coger el rábano por las hojas, porque el fondo de esa historia era muy distinto”.

El fondo de la historia era que los astronautas del Apollo 11 se toparon en la Luna, según el ufólogo, con ruinas extraterrestres que exploraron y luego Estados Unidos destruyó con bombas atómicas. La prueba era una película que había dado al periodista un militar estadounidense al que identifica como Mirlo rojo. “Yo puedo recrear lo que considere oportuno, pero la información que estoy aportando en ese documental es lo realmente importante, y nadie me dice absolutamente nada ¡Qué casualidad! Lo que he defendido y siempre defenderé es que mi fuente de información era buena”, argumenta Benítez. Y lo que algunos siempre hemos dicho es que todo es mentira. Así, claramente.

El módulo lunar visto a través de la muy humana ventana de las ruinas alienígenas de Benítez.Puede decir el novelista lo que quiera; pero, para que creamos sus sorprendentes afirmaciones, tendrá que presentar pruebas. Recuerden cómo sentó a Jesús en el Coliseo romano años antes de que el edificio se construyera, por citar sólo uno de los disparates incluidos en Planeta encantado. Benítez puede ser muy dueño de rotular las imágenes cómo quiera. Sin embargo, cuando algo es una recreación, se advierte para no llevar a equívoco a los espectadores. La calificación de imágenes inéditas suele reservarse para material real, no para montajes como el hecho por Dibulitoon Studio.

Cuando hace mes y medio volví de vacaciones, me encontré en mi mesa del periódico un ejemplar del último Caballo de Troya. Me lo había dejado Iñaki Esteban, uno de los responsables de Divergencias. Unos días antes, él había contado en esa bitácora que a Jorge Bucay, el psiquiatra argentino estrella de los libros de autoyuda, le habían cazado en plagio. Entonces, recordé que a Benítez ya le habían pillado en una parecida hace tres lustros y que ahí sigue, como siguen Ana Rosa Quintana y tantos otros. España es un país en el que, como dice Esteban, “a los plagiadores no se les pasa factura ni se les echa a los leones”. Al contrario, ascienden en el escalafón profesional y, por supuesto, es de mal gusto recordar después que se han apropiado del trabajo de otros. De mal gusto para otros; para mí, es de justicia. El caso de Benítez es llamativo porque el editor Fernando Lara reconoció en su momento que el novelista había copiado páginas enteras de un libro en varias entregas de Caballo de Troya y en La rebelión de Lucifer, y que en Planeta lo sabían; aunque quitó hierro al asunto con justificaciones tan peregrinas como las que ahora utiliza el periodista para intentar convencernos de que en Planeta encantado no trató de dar gato por liebre.

El primero de los tres reportajes de 'Interviú' sobre el plagio de 'Caballo de Troya'.El plagio de Troya protagonizó, a finales de 1987 y principios de 1988, tres entregas de la revista InterviuCaballo de Troya es un plagio” (25 de noviembre de 1987), “El autor de Caballo de Troya fusiló también dos obras editadas en España” (13 de enero de 1988) y “Fernando Lara: «Ya sabíamos que había transcrito literalmente páginas de Urantia»” (3 de febrero de 1988)- y hasta se publicó un libro al respeto: lo escribieron el ufólogo Antonio Ribera y Jesús Beorlegui, y se tituló El secreto de Urantia. (Ni caballos ni troyanos). Lo que se demostraba en los tres reportajes de Interviu, obra de Jesús Beorlegui, Jesús Francés y Francisco Mora, es que Benítez había copiado en sus novelas páginas enteras de El Libro de Urantia, así como párrafos de otras dos obras del contactado Fernando Sesma y del ufólogo Antonio Ribera. El Libro de Urantia es un tocho infumable que recoge las revelaciones presuntamente hechas por Dios en los años 40 a un grupo de estadounidenses que formaron en torno a la obra la Fundación Urantia. Los trabajos de Sesma y Ribera –Ummo, otro planeta habitado (1967) y El misterio de Ummo (1979), respectivamente- recogen los llamados informes de Ummo, que llegaron por correo a un grupo de españoles en los años 60 y 70, y cuya autoría se atribuye a unos extraterrestres, los ummitas. Los reportajes de Interviu presentaban los originales y cómo partes sustanciales de ellos habían sido copiadas literalmente en la obra del periodista navarro. “Un capítulo entero, de más de 7.000 palabras, lo copia el autor J.J. Benítez casi al pie de la letra”, escribían Beorlegui y Francés el 25 de noviembre de 1987.

“Reconozco que, evidentemente, todas estas obras están inspiradas en documentos de Urantia publicados en Estados Unidos y que, en algunos párrafos, el autor Benítez ha transcrito literalmente lo que dice ese libro”, declaró a Interviu, el 3 de febrero de 1988, Fernando Lara, hijo, entonces consejero delegado de Planeta. Admitía la copia, pero rechazaba el plagio con maestría de malabarista: “No es plagiar, si, como es el caso de Urantia, ese libro es para la fundación que lo ha publicado como la Biblia para los cristianos. Se trata del catecismo de una secta religiosa y está siendo copiado, de un modo u otro, por la mayoría de los escritores que creen en él. Es un libro, según la citada fundación, “revelado”, lo que lo convierte en materia de fe para sus creyentes”. Y añadía que en la editorial estaban al corriente de la actividad copista de Benítez: “Sabíamos que estaba copiando, pero no si lo estaba haciendo con tres párrafos o con ocho páginas seguidas”. El novelista retaba a demostrar la existencia de copia -había quedado probada en los dos reportajes previos- y decía que, aunque así fuera, tenía todo a su favor: “La naturaleza de tales textos, de origen extra-humano, me autoriza a beber o inspirarme en ellos, de la misma forma que podría hacerlo (y otros muchos lo han hecho) con cualquier libro sagrado o de inspiración divina. Legal y moralmente, el asunto del copyright es, cuando menos, discutible”.

'El secreto de Urantia. (Ni caballos ni troyanos)', de Antonio Ribera y Jesús Beorlegui.Bonitas justificaciones, pero El Libro de Urantia lleva en sus primeras páginas un copyright como la copa de un pino que Benítez ignoró, aunque Planeta parece tomarse un poco más en serio, dijera lo que dijera en su día Fernando Lara, hijo. ¿Cómo se explica, si no, que no haya intentado poner Caballo de Troya en el mercado estadounidense? ¿No será por miedo a que la Fundación Urantia muerda en el cuello al equino de Benítez y le quite a la editorial española una sustanciosa tajada? “En España, un escritor llamado J.J. Benítez ha estado plagiando durante años El Libro de Urantia al incorporar extensos fragmentos del libro en sus cuatro novelas fantásticas, con otra en camino. La Fundación se muestra impotente para luchar contra esto”, escribió Martin Gardner en su obra Urantia. ¿Revelación divina o negocio editorial?, publicada en Estados Unidos en 1992 y en España en 1995. Visto lo visto con el plagio de Troya, lo del montaje lunar del novelista es una cosa menor que, con el tiempo, sus partidarios achacarán a maniobras de los malvados escépticos. Es la lógica paranormal, si a algún experto le pillan en haciendo trampas, la culpa la tiene quien le pilla.

Los marcianos de Antonio Ribera

“Me gustaría hacer notar que las recientes misiones Mariner y Viking han demostrado más allá de toda duda razonable la existencia de una civilización marciana con un muy alto nivel tecnológico. Camuflar completamente, en un periodo de muy pocos años, el sistema planetario de canales es en sí mismo un extraordinario logro de ingeniería. Pero lo superan hazañas científicas como a) predecir los lugares de aterrizaje de las Viking y b) descontaminar las zonas implicadas con tal minuciosidad que haya sido eliminado todo rastro de materia orgánica. Comprendo que los célebres expertos Erich von Däniken y Charles Berlitzestén ahora compitiendo por presentar estas sensacionales conclusiones al mundo”. Cuando hace veinte años leí estas líneas de un afamado divulgador científico y autor de ciencia ficción, me sorprendieron; aunque no tanto como lo último que cayó en mis manos de Antonio Ribera (Barcelona, 1920-2001).

Entronizado al Olimpo de la ufología hispana desde que publicó El gran enigma de los platillos volantes en 1966, los numerosos dislates de Ribera fueron sistemáticamente ignorados por quienes se consideraban sus discípulos. El maestro tenía bula para afirmar que Ezequiel vio una nave extraterrestre, que alienígenas del planeta Ummo llevan varias décadas entre nosotros, que en la Prehistoria se disparaban balas, que hay doce regiones misteriosas como el triángulo de las Bermudas, que somos el producto de un experimento genético alienígena y que fue abducido por extraterrestres en su más tierna infancia. Si cualquiera de esas cosas la sostiene, por ejemplo, Juan José Benítez, la ufología seria no duda en calificarle de sensacionalista. Pero, a Ribera, no. Nada de eso se le echaba en cara. Así, uno de los patronos de la Fundación Anomalía, que aglutina a los representantes de la ufología crítica española, considera que Abducción (1998), el enésimo libro en el que volvía a contar las mismas historias -plagadas de medias verdades- de siempre sobre humanos secuestrados por extraterrestres, es un “interesante estudio, muy recomendable para iniciarse en la comprensión de este controvertido asunto”. Esa misma manga ancha hará que un muro de silencio se levante ante las últimas, por ahora, palabras del pionero de los ovnis en España centradas en una obsesión marciana que le viene de antiguo.

Antonio Ribera defendió durante décadas la idea de que los ovnis proceden de Marte y de que las épocas de mayor número de observaciones -de oleadas, en jerga platillista- se corresponden con las de mayor proximidad entre el planeta rojo y la Tierra. La teoría la formuló por primera vez el ufólogo gallego Óscar Rey Brea en 1954, pero el autor catalán la asumió como propia y acabó conviertiéndose en su principal abanderado. El tiempo ha demostrado que las oleadas de ovnis no tienen nada que ver con la distancia que separa a Marte de nuestro planeta, y que tampoco hay ni ha habido una civilización marciana como la que defendían hace medio siglo Ribera y otros ufólogos de su generación. Claro que eso no ha servido para que el maestro despierte de la ensoñación en la que se sumió a mediados de la pasada centuria. Es más, tras la lectura de un libro de Graham Hancock, el Von Däniken de los años 90, Ribera ahondó en su particular sueño de la razón.

El enigma de Clavius

Así, en el artículo que firmó en el número de marzo de 2001 de la revista Karma.7, recordaba un episodio que uno creía perdido en el baúl de los recuerdos y que contó por primera vez en El gran enigma de los platillos volantes. En 1965, Ribera se sorprendió ante una imagen del planeta rojo tomada por la Mariner 4. La foto correspondía al cráter Mariner, de 151 kilómetros de diámetro y situado en las inmediaciones de la fosa Sirenum, en el hemisferio sur marciano. “Yo había visto con anterioridad aquella imagen. Luego recordé cuándo y dónde: en un atlas de Astronomía, y representaba el gran circo Clavius, de la Luna”, rememora. El ufólogo pidió entonces a Josep M. Oliver, presidente hoy en día de la Agrupación Astronómica de Sabadell, que le ayudará a realizar un estudio comparativo de ambos paisajes. Fruto de esa colaboración fue un texto en el que destacaban la extraordinaria similitud entre el cráter lunar y el marciano. La comunicación que Ribera y Oliver presentaron en la Segunda Semana Astronáutica Nacional, celebrada en Barcelona en 1966, concluye desechando que estemos ante una simple coincidencia: “Abrigamos la viva sospecha de que no es éste el caso, y de que la explicación es muy otra, incluso descartando la hipótesis -inadmisible- de fraude. Quizás únicamente el envío de astronaves tripuladas a Marte consiga resolver el misterio. Pues misterio hay”. ¿Lo hay

Ribera sostuvo hasta el final que sí. “Hallamos -escribía más de tres décadas después en Karma.7 respecto a las similitudes entre ambos paisajes- nada menos que 32 concordancias, lo cual quería decir que sólo había una posibilidad de concordancia entre 2.128 (seguida de 56 ceros) agrupamientos posibles de dichas características topográficas”. Quizá tenga en mente la tercera de las posibles explicaciones que le dio en una carta Aimé Michel, el patriarca de la ufología francesa: que alguien “se divirtió reproduciendo sobre un astro el paisaje de otro astro”. Y no hace falta que precisemos quién es ese alguien: píntenlo de verde, pónganle antenas y móntenlo en un utilitario volante con forma de platillo. Pero ¿qué piensa, y pensaba en la época, Josep M. Oliver, a quien el ufólogo ibérico pone poco menos que como avalista de la autenticidad del misterio? “Mi opinión sobre la similitud entre las dos fotografías es ahora la misma que entonces: una curiosa casualidad, y nada más”, me indicó el presidente de la Agrupación Astronómica de Sabadell el 8 de marzo de 2001. Oliver añadió que su participación en el estudio “consistió en realizar los dibujos, ya que profesionalmente soy diseñador gráfico e ilustrador”, que considera el parecido entre ambos paisajes algo “curioso” y que, además de no compartir la tesis de su amigo Ribera, el cálculo de probabilidades -que corrió a cargo de una tercera persona- “es erróneo, ya que está mal planteado”. Así pues, de misterio nada.

Como no tiene nada de enigmático el hecho de que muchas expediciones a Marte se hayan saldado en sonados fracasos. De las treinta misiones enviadas al planeta rojo desde 1960, menos de un tercio puede considerarse un éxito, recordaba hace tres años Ed Weiler, administrador adjunto para Ciencias del Espacio de la NASA. Sinceramente, si hay algo que a muchos nos sorprende es la capacidad del ser humano para enviar un ingenio producto de su tecnología hasta un mundo que se encuentra, en el mejor de los casos, a más de 55 millones de kilómetros de la Tierra. A Ribera, sin embargo, le sorprende lo contrario. “Marte es el planeta que ha suprimido más sondas rusas o americanas enviadas a su superficie o sus satélites”, dice.

Como prueba de esa malévola intencionalidad del vecino planeta, de esa perseverancia marciana por frustrar los intentos de exploración humana, cita el caso de la Fobos 2, “destruida mientras procesaba imágenes de Fobos. La última imagen que envió a la base fue la de una enorme y desconcertante sombra elíptica, de varios kilómetros de longitud, sobre la superficie marciana”. Ceba así el falso misterio de que la sonda fue derribada por una nave extraterrestre a la que correspondería la sombra, que en realidad es una deformada del satélite Fobos, como explicó en su momento Alexandr Selivanov, uno de los científicos del proyecto. Pero, claro, la verdad no es algo que vaya a estropear un buen misterio al padre de la ufología española, que, para su penúltimo golpe de efecto, recurre a El misterio de Marte (1998), libro de Graham Hancock, a quien presenta como un “gran divulgador científico americano”. Se trata, obviamente, de un curioso americano, ya que Hancock nació en Edimburgo (Escocia), pasó parte de su infancia en India y luego regresó al Reino Unido, donde vive en la actualidad. Respecto a su categoría como divulgador científico, también hay quien piensa que Campo de batalla: la Tierra -el engendro de John Travolta a mayor gloria del sectario L. Ronald Hubbard– es una gran película.

¿Somos marcianos?

Ribera asumía, siguiendo la estela de autor americano, que “hace unos 10.000 años parece ser que tres gigantescos asteroides colisionaron con una cara de Marte, lo cual provocó una verdadera catástrofe cósmica”. A partir de ahí, monta una película increíble con el fin de que encajen en un mismo puzle todas las piezas imaginadas por los autores pseudocientíficos sobre el planeta rojo. Nos dice que, hasta ese momento, Marte había sido un mundo con “una abundante vida entre la que se contaba una vida humana” que construyó, entre otras cosas, la esfinge y las pirámides de Cydonia, monumentos que desaparecieron misteriosamente cuando la Mars Global Surveyor cartografió la región. Me queda la duda de si también esa civilización fue la autora de la figura de la rana Gustavo de la región de Alba Patera. Una imagen sobrecogedora en tanto que daría la razón a quienes defienden desde hace décadas la existencia de pequeños marcianos verdes. El ufólogo catalán cree que sus imaginados vecinos del planeta rojo vieron venir la cósmica pedrada y se prepararon para poner pies en polvorosa. Dice que “crearon grandes refugios subterráneos, que permitieron a una minoría sobrevivir… y trasladarse más tarde al planeta azul”. A juicio de Ribera, “esto podría explicar” los orígenes de la civilización egipcia, que “parece importada, según me comentó un día Thor Heyerdahl“, el mismo aventurero nórdico que promocionó un fraudulento parque arqueológico en Tenerife -el de las pirámides de Güímar– argumentando que los monumentos piramidales de ambos lados del Atlántico datan de la misma época. Es una pena que los neandertales desaparecieran antes de la pretendida llegada de los marcianos, porque, si no, Ribera podía haber culpado a los emigrantes alienígenas de su extinción.

Asteroides, extraterrestres, catástrofes cósmicas, desapariciones misteriosas de sondas-robot, migraciones interplanetarias… Que lo que dijera respondiera o no a la realidad fue, durante décadas, lo de menos para el considerado padre de la ufología española. (Así se explica por qué le ha salido la hija cómo le ha salido.) Sin embargo, por si no era bastante con las fantasías marcianas, Ribera añadió al final de su columna de hace tres años: “¿Sabe el lector que en estos mismos momentos un asteroide, llamado Eros, del tamaño de la isla de Menorca, se dirige en rumbo de colisión hacia la Tierra?”. Sobrecogedor, ¿verdad? ¿Lo sabía usted? Yo no. Pero tampoco me preocupa. Se trata sólo de una falsedad más en una página repleta de ellas. Por ahora, no seguiremos los pasos de los dinosaurios. Eros, en el que el 12 de febrero de 2001 se posó la sonda Near-Shoemaker -si decimos aterrizó, alunizó y amartizó, ¿no habría que decir en este caso erotizó?-, no va a chocar contra nuestro planeta. Quizás a Ribera se lo hayan contado los marcianos o quizá con esta página de Karma.7 haya querido tomar el pelo a sus lectores. Como Arthur C. Clarke cuando en 1978 publicó, como carta al director en The Skeptical Inquirer, la chanza sobre Marte y las sondas robot Mariner y Viking reproducida al principio de estas líneas. Años después de la broma del autor de 2001, una odisea del espacio, Enrique de Vicente esgrimió ante mí la misiva de Clarke como prueba de que el padre de HAL 9000 creía en una cuasi todopoderosa civilización marciana. Cuando le saqué de su error, el rostro del actual director de Año Cero demudó. Me gustaría que Ribera hubiera hecho lo mismo que Clarke con su artículo titulado “El misterio de Marte”; pero no fue así.

Publicado originalmente en El Escéptico.