Antenas de telefonía

Quimiofobia y antenofobia, en el telemaratón solidario de TVE sobre las enfermedades raras

El telemaratón solidario Todos somos raros, todos somos únicos, que emitió La Primera el 2 de marzo, recaudó casi 1,2 millones de euros para la investigación de enfermedades que afectan a muy pocas personas, patologías que, por eso, se califican de raras. Es algo encomiable que una televisión pública haga visibles a los invisibles. Sin embargo, el programa presentado por Isabel Gemio echó un borrón al incluir entre esas enfermedades dos que no existen: la hipersensibilidad electromagnética, o alergia a las ondas de radiofrecuencia, y la sensibilidad química múltiple (SQM), o alergia a los productos químicos de síntesis. Me alertó de ello un amigo escéptico, indignado al ver equiparadas esas muestras de tecnofobia con patologías reales, como la que él sufre.

Hay enfermedades raras en cuyo tratamiento el coste “se dispara y prácticamente todo lo que tiene una familia se destina a intentar arreglar esa situación. Hablamos de la sensibilidad electromagnética o química múltiple”, comenzó diciendo Alfredo Menéndez, conductor de Las Mañanas de RNE, identificando como una lo que son, en principio, dos dolencias. Y, antes de seguir, planteó a la audiencia tres inquietantes preguntas: “¿Se imaginan vivir sin hablar por teléfono móvil? ¿Se imaginan tener que vivir sin ver la televisión? ¿Se imaginan no poder abrazar a un familiar porque ha usado un jabón o un detergente en su ropa?”.

Tras esa introducción, el periodista entrevistó por teléfono a dos afectadas por ambas patologías, Marisa Sánchez y Angélica Gato. Contaron el calvario que viven, que les ha separado de sus seres queridos. La primera explicó que ver a su hijo, que trabaja en una peluquería, es “muy difícil” porque, para que “se limpie totalmente de químicos”, tiene que lavarse durante una semana entera con bicarbonato. “El mundo no está preparado para estas enfermedades”, lamentó la segunda. Y el presentador añadió que, por si eso fuera poco, los médicos consideran a estos enfermos locos, les acusan “de estar fingiendo unos síntomas que a ellos les abrasan en el día a día”.

“Vamos a estar todos afectados”

La cumbre de los 8 minutos de disparate tecnófobo la coronó Ángel Martín, hijo de Ángela Jaén, que se suicidó en su casa de Pinto (Madrid) el 28 de noviembre de 2012, a los 65 años, porque no podía aguantar más el sufrimiento que, según ella, le causaban las ondas de radiofrecuencia. Presentó a su madre como la mujer “más feliz del mundo” hasta que, “debido a una antena de telefonía móvil, cogió el síndrome de hipersensiblidad y se desbarató su vida”. Dijo que, huyendo de las ondas, sus padres se mudaron de casa nueve veces en año y medio, y que los médicos se reían de la mujer. “Nadie sabe lo que significa huir del aire. Pero no son gente especial. En este tema, estamos todos incluidos… Vamos a estar todos afectados”.

La Wi-Fi, los teléfonos móviles y “los químicos” están “desestabilizando el sistema nervioso inmunitario (sic) de la gente. A esta gente le llaman los canarios de la mina. Están avisando de lo que ya nos viene a todos”, según Martín. Parecía un mensajero del Apocalipsis de película de serie B. “Esta gente se está cociendo en sus casas por la Wi-FI del vecino, por una antena, por el [teléfono] inalámbrico. Una vez que se ha desarrollado esta patología, no pueden vivir y tienen que huir”. Antes, el hombre había recurrido falazmente al principio de precaución, que viene a decir que, si no estás seguro de la inocuidad algo, lo mejor es ser prudente. Parece lógico.

El principio de precaución puede invocarse “cuando la información científica es insuficiente, poco concluyente o incierta, y cuando hay indicios de que los posibles efectos sobre el medioambiente y la salud humana, animal o vegetal pueden ser potencialmente peligrosos e incompatibles con el nivel de protección elegido”, según una comunicación de la Comisión Europea de febrero de 2000. Después de décadas de investigación, sin embargo, no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia ni de que las sustancias químicas de síntesis -así, todas- provoquen un síndrome como la denominada SQM. Así que no ha lugar a reclamar el principio de precaución.

Martín también recordó que la resolución 1815 del Consejo de Europa, de 27 de mayo de 2011, admite que hay electrosensibles. Ese acuerdo establece que, “si bien los campos eléctricos y electromagnéticos de determinadas bandas de frecuencias tienen efectos plenamente beneficiosos que se utilizan en medicina, otras frecuencias no ionizantes, ya sea de frecuencia extremadamente baja, líneas eléctricas o de ciertas ondas de alta frecuencia utilizadas en los ámbitos del radar, las telecomunicaciones y la telefonía móvil, parecen tener efectos biológicos no térmicos potencialmente más o menos nocivos para las plantas, los insectos y los animales, así como para el cuerpo humano incluso cuando la exposición es a niveles que están por debajo de los valores de los umbrales oficiales”. Nadie le rebatió diciendo que esa resolución es una decisión política que parte de un supuesto falso, porque no hay ninguna prueba de efectos nocivos de las ondas de radiofrecuencia ni de que existan personas con una sensibilidad especial, y, por consiguiente, ese texto del Consejo de Europa tiene la misma validez que si los miembros de esa organización internacional hubieran acordado que la Tierra es plana.

Personas que sufren

Reportaje sobre afectadas de 'hipersensibilidad electromagnética' publicado por 'El Mundo'.Pero, entonces, ¿qué les pasa a quienes padecen esos males inexistentes? ¿Están locos? ¿Fingen? No, están enfermos, sufren mucho y son víctimas de desaprensivos. Que esas enfermedades no existan como tales, que no haya una causa orgánica, no implica que quienes creen padecerlas estén engañando a nadie. La hipersensibilidad electromagnética y la SQM existen, pero únicamente en la medida en que hay personas que creen sufrirlas y se aprovechan de ellas pseudocientíficos y vendedores de artilugios y terapias inútiles que hacen su agosto gracias al periodismo irresponsable y alarmista que, ante una afirmación extraordinaria, nunca consulta con científicos de verdad porque la historia se puede ir abajo. Permítanme que repita lo que ya he escrito otras veces respecto a este asunto.

Un metaanálisis titulado “Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies” (Hipersensibilidad electromagnética: una revisión sistemática de los estudios de provocación), realizado por James Rubin, Jayati Das-Munshi y Simon Wessely, investigadores del Instituto de Psiquiatría de la Universidad del Rey, de Londres, y publicado en 2005 en Psychosomatic Medicine, examinó 31 estudios hechos a 725 afectados de hipersensibilidad electromagnética y descubrió que 24 de los estudios no dieron con ninguna prueba de la existencia de la patología y que, de los 7 aparentemente favorables a su existencia, los resultados de 3 se debían a errores estadísticos, los de otros 2 eran mutuamente incompatibles y los de 2 no habían podido ser replicados por sus autores, algo básico en ciencia. Así que los autores concluyeron que esa presunta enfermedad “no está relacionada con la presencia de campos electromagnéticos”, aunque quienes dicen padecerla sufran efectos muy reales cuyas causas tendrían un origen psicosomático. Desde entonces, nada ha cambiado. Hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS) mantiene, en un documento de junio de 2011, que la hipersensibilidad electromagnética no se debe a las ondas de radiocomunicación

Los estudios científicamente controlados han revelado, por otra parte, que quienes creen padecer SQM presentan los mismos síntomas ante sustancias químicas sintetizadas en el laboratorio que ante placebos. Así, tras revisar 37 estudios, los mismos Das-Munshi, Rubin y Wessely concluyeron en 2006 que los pacientes reaccionan ante las sustancias químicas “cuando pueden discernir las diferencias entre las sustancias activas y simuladas, lo que sugiere que el mecanismo de acción no es específico de la propia química y podría estar relacionado con las expectativas y creencias previas”. El origen de la enfermedad también estaría en la mente. “El fenómeno de la sensibilidad química múltiple es una manifestación peculiar de nuestra tecnofóbica y quimiofóbica sociedad. La han rechazado como enfermedad orgánica la Academia Estadounidense de Alergia e Inmunología, la Asociación Médica Estadounidense, la Asociación Médica de California, el Colegio Estadounidense de Médicos y la Sociedad Internacional de Toxicología y Farmacología”, escribió el químico, toxicólogo y farmacólogo Ronald E. Gots en la revista Clinical Toxicology en 1995. Tampoco la OMS la reconoce como una enfermedad. Para Gots, quien ha examinado las historias clínicas de decenas de afectados, la SQM es “una etiqueta para las personas que no se sienten bien por una variedad de razones y que comparten la creencia de que la culpable de su mal es la sensibilidad química”. Y añade: “Existe [la enfermedad] porque el paciente lo cree y un médico valida esa creencia”.

No crea y no enfermará

Si usted no cree en la hipersensilidad electromagnética y en la SQM -una especie de alergias mentales al mundo artificial que nos permite vivir más y mejor que nuestros antepasados-, no las sufrirá. Y, si conoce a alguien convencido de padecer alguna de ellas, antes de que caiga en manos de charlatanes que refuercen su infundada creencia para sacarle el dinero, anímele a que consulte a expertos en salud mental. No pasa nada malo por acudir a psiquiatras o psicólogos y, por el contrario, las consecuencias de confiar en supuestos especialistas en electrosensibilidad y SQM pueden resultar devastadoras para el enfermo y su entorno.

“Me disgustó ver equiparada la sensibilidad electromagnética y la SQM a otros trastornos reales y graves, completamente demostrables, que también fueron mostrados en el programa. Dedicaron un tiempo y un espacio que podía haber ocupado cualquier otra de las 7.000 enfermedades minoritarias registradas”, me comentaba el amigo escéptico que me alertó de la inclusión de estas falsas patologías en Todos somos raros, todos somos únicos. Tiene toda la razón del mundo. El fragmento en cuestión es una apología de la quimiofobia y la antenofobia. Es inexplicable que un medio de comunicación público dé pábulo a la superstición y a la tecnobofia, y apueste por el alarmismo sensacionalista, como ocurrió en ese segmento del telemaratón solidario de TVE.

Móviles y cáncer: un estudio de 11 años descarta cualquier conexión y casi nadie habla de ello

Muchos medios informan, un día tras otro, de la actividad de colectivos que piden la retirada de antenas de telefonía porque las ondas que emiten son, según ellos, peligrosas para la salud. Los mismos medios suelen dar la espalda a los trabajos científicos que demuestran, sistemáticamente, lo contrario. Un ejemplo reciente es la publicación en Reino Unido de los resultados del programa de Investigación sobre Telecomunicaciones Móviles y Salud (MTHR), un estudio de once años, puesto en marcha por el Departamento de Salud británico, que no ha encontrado ninguna conexión entre teléfonos móviles, antenas y cáncer, y del que es muy posible que usted no haya oído hablar porque los medios españoles parecen haberlo ignorado.

“Cuando el programa MTHR se puso en marcha, había muchas incertidumbres científicas sobre los posibles riesgos para la salud de los teléfonos móviles y la tecnología relacionada. Este programa independiente se ha completado y, a pesar de una exhaustiva investigación, no hemos encontrado evidencias de riesgos para la salud de las ondas de radio producidas por los móviles y sus estaciones base”, declaró la semana pasada a la Prensa británica David Coggon, de la Universidad de Southampton y presidente del comité de expertos. El programa ha exigido una inversión de 13,6 millones de libras (15,5 millones de euros), aportadas por el Gobierno británico y la industria. “Para garantizar que ninguno de los organismos financiadores pudiera influir el resultado de la investigación, los proyectos fueron seleccionados y supervisados por un Comité de Gestión independiente”, formado por académicos expertos en la materia. Eso sí, con la prudencia característica de todo científico, Coggon añadió que se van a hacer estudios a largo plazo y que ya se han reservado fondos para ello.

Durante once años, dentro del programa MTHR, se han hecho 31 estudios que han dado como fruto unos 60 artículos en revistas científicas y en ninguno se ha detectado conexión alguna entre móviles y cáncer, algo que encaja con el conocimiento y la evidencia científica acumulados desde antes incluso de que estalló esta histeria. Así, John D. Boice y Robert E. Tarone, del Instituto Internacional de Epidemiología de Estados Unidos, recordaban, en el Journal of the National Cancer Institute en noviembre de 2011,  que “el efecto fotoeléctrico no es una cuestión de opinión, la absorción de energía de radiofrecuencia no puede romper las moléculas de ADN, y los estudios de carcinogenicidad en animales son bastante consistentes en mostrar que no hay aumentos de cáncer como consecuencia de la absorción de energía de radiofrecuencia”. O, lo que es lo mismo, que las ondas de radiofrecuencia no pueden provocar mutaciones genéticas que deriven en un cáncer. Y, para los temerosos por los efectos en los niños, decían: “De acuerdo con prácticamente todos los estudios realizados en adultos expuestos a las ondas de radiofrecuencia, no existen pruebas convincentes de que los niños que usan teléfonos celulares tengan un mayor riesgo de desarrollar un tumor cerebral que los niños que no los utilizan”.

El Parlamento vasco alimenta la histeria antiantenas

Aunque, como éste y otros muchos estudios confirman, no hay ninguna prueba de que el uso del móvil o de la Wi-Fi cause cáncer, en España, todos los partidos del Parlamento vasco suscribieron a principios de mes una iniciativa socialista para reclamar al Gobierno vasco que proteja “al máximo la salud de la ciudadanía, especialmente en lo referido a los colectivos sociales más sensibles y vulnerables” a las ondas de telefonía, e hiciera “un seguimiento de la evidencia epidemiológica acerca del impacto que esas instalaciones tienen en la salud de la ciudadanía. Por supuesto, no hay tampoco ninguna prueba científica de que existan colectivos “más sensibles y vulnerables” a las ondas de radiofrecuencia, digan lo que digan los políticos vascos, y la evidencia epidemiológica es inexistente en un mundo en el que en 1995 había 91 millones y ahora más de 6.500 millones. Con su irresponsable caza del voto, los parlamentarios Vitoria, alimentan la histeria electromagnética, se ponen del lado de la tecnofobia y dan la espalda a la ciencia.

Los colectivos antiantenas suelen reclamar pruebas de que los teléfonos móviles no causan cáncer, pero eso es imposible. Científicamente hablando, no puede demostrarse una negación. Ninguna. ¿Nadie es capaz de probar que los yogures, por ejemplo, no causan cáncer o que los Reyes Magos no existen? Lo que la ciencia puede decir es que no hay pruebas de que los yogures causen cáncer o de que existan los Reyes Magos. Y lo mismo pasa con los móviles, la Wi-Fi y las amenazadoras anternas de telefonía. Da igual lo que digan los políticos y opinemos los ciudadanos de a pie; en ciencia, sólo importan las pruebas.

Los socialistas consiguen que todos los partidos del Parlamento vasco se sumen a la histeria antiantenas

El Parlamento vasco se ha puesto, por fin, unánimemente de acuerdo en algo. Por desgracia, es en alimentar la histeria antiantenas. El PSE ha conseguido hoy en la Cámara de Vitoria “el respaldo unánime a su propuesta para legislar sobre las ondas electromagnéticas e implicar a diferentes departamentos del Gobierno para que los ciudadanos estén informados sobre la incidencia de estas radiaciones”. Dicen los socialistas, en una nota de prensa, que su portavoz de Medio Ambiente, Natalia Rojo, ha llevado la iniciativa a la Cámara recogiendo la petición de los padres de los alumnos de la ikastola Ibaiondo de Vitoria y de los vecinos del barrio bilbaíno de Solokoetxe, preocupados por la posible incidencia en la salud de las antenas de telefonía, de la que -reconoce el PSE- “no hay evidencias científicas, pero sobre la que la política puede actuar”. Paradojas de la caza del voto a toda costa.

Han firmado la enmienda transaccional a la proposición no de ley relativa a la contaminación electromagnética el PSE, el PNV, el PP y EH Bildu, y la ha apoyado UPyD. Reclaman al Gobierno vasco que exija al central que regule la instalación de antenas de telefonía, en coordinación con las comunidades autónomas, teniendo en cuenta “las recomendaciones recogidas por la resolución 1815 del Consejo de Europa” y, si no, que elabore un proyecto de ley propio.

La resolución 1815 del Consejo de Europa, de 27 de mayo de 2011, advierte de que, “si bien los campos eléctricos y electromagnéticos de determinadas bandas de frecuencias tienen efectos plenamente beneficiosos que se utilizan en medicina, otras frecuencias no ionizantes, ya sea de frecuencia extremadamente baja, líneas eléctricas o de ciertas ondas de alta frecuencia utilizadas en los ámbitos del radar, las telecomunicaciones y la telefonía móvil, parecen tener efectos biológicos no térmicos potencialmente más o menos nocivos para las plantas, los insectos y los animales, así como para el cuerpo humano incluso cuando la exposición es a niveles que están por debajo de los valores de los umbrales oficiales”. Aunque no hay ninguna prueba de que las emisiones de radiofrecuencia causen mal alguno -a no ser que nos refiramos a los mensajes que transmiten ciertas cadenas de radio y televisión-, los miembros del Consejo de Europa partían hace tres años de ese falso supuesto para reclamar medidas de protección de la población basándose en el principio de precaución.

Es lo mismo que hacen ahora los partidos vascos bajo la guía del PSE: aunque “no hay evidencias científicas” -hasta ellos lo admiten- de que las antenas de telefonía ni la Wi-Fi supongan peligro alguno, piden que se tomen medidas para proteger “al máximo la salud de la ciudadanía, especialmente en lo referido a los colectivos sociales más sensibles y vulnerables”. No importa que tampoco haya ninguna prueba científica de que existan colectivos “más sensibles y vulnerables” a las ondas de radiofrecuencia o, por decirlo de otro modo, que haya pruebas de que los hay en la misma medida que hay colectivos “más sensibles y vulnerables” a las posesiones demoniacas o los secuestros por extraterrestres.

Todo por los votos y contra la razón

Lo que importan, señores, son los votos, como deja claro el PSE en su nota cuando dice que “Rojo ha finalizado su intervención haciendo una apelación expresa al PNV, que a pesar de su voto ha expresado numerosas críticas al acuerdo, para que cumpla en lo que le afecta «y no se limite a eludir hoy la presión social»”. Presión social, ésa es la clave. Si mañana sale mucha gente a la calle pidiendo la derogación de la ley de la gravedad, ¿qué harán los socialistas, animar al resto de los partidos a legislar contra ella? Si mañana un grupo de padres teme que seres del inframundo rapten a sus hijos en la escuela, ¿pedirá el PSE que se instalen escudos especiales en los cimientos de los centros escolares?

Recordemos: después de décadas y centenares de estudios, no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer, y los epidemiólogos tampoco han detectado un aumento de los tumores cerebrales a pesar de que el año pasado había en Estados Unidos más de 350 millones de líneas de móvil -frente a los 10 millones de 1993- y en el mundo, más de 6.500 millones, cuando en 1995 había 91 millones. ¿Qué se creen los grupos del Parlamento vasco que va descubrir el Gobierno de Vitoria si hace “un seguimiento de la evidencia epidemiológica acerca del impacto que esas instalaciones tienen en la salud de la ciudadanía, con especial atención en las poblaciones de mayor sensibilidad”? Se lo adelanto: nada. No tiren más dinero nuestro a la basura.

Estoy de acuerdo, eso sí, en que hay que hacer todo lo posible “para que la información que llega a la ciudadanía sobre las radiaciones electromagnéticas sea siempre rigurosa y equilibrada”; pero no se confundan. La información rigurosa la proporcionan los científicos -los tenemos muy buenos n la Universidad del País Vasco hartos de repetir que las ondas de telefonía no causan ningún mal- y que una información sea equilibrada no implica que deba darse el mismo crédito al chiflado que al investigador de prestigio, al zahorí antiantenas que al biofísico. ¿O es que el Parlamento vasco pediría al Departamento de Sanidad que diera el mismo crédito sobre el sida a científicos de reconocido prestigio que a quienes dicen que el VIH no causa la enfermedad?

Por cierto, señores parlamentarios vascos, si quieren echarle un ojo al episodio de Escépticos dedicado a las malvadas ondas electromagnéticas para hablar en el futuro con un mínimo conocimiento de causa, aquí lo tienen. Por si andan cortos de tiempo, les dejo un decálogo de lo que todo político debería tener claro a la hora de halar de ondas de telefonía, Wi-Fi y salud.

Antenas, móviles y cáncer, en Hala Bedi Irratia

Koldo Alzola y yo hablamos el jueves en Suelta la Olla, en Hala Bedi Irratia, de antenas, móviles y cáncer, en la séptima entrega del curso 2013-2014 de Gámez Over, intervenciones que también emiten Eguzki-Pamplona, Uhinak (Ayala), Txapa (Bergara), Eztanda (Sakana), Arraio (Zarautz), Zintzilik (Orereta), Itxungi (Arrasate), Kkinzona (Urretxu-Zumarraga) y Txindurri Irratia (Lautada).

El origen del miedo a que el teléfono móvil cause cáncer

Larry King, en septiembre de 2010.Todo empezó en un plató de televisión. El 21 de enero de 1993, Larry King invitó a su programa de la CNN a David Reynard, un viudo de St. Petersburg, Florida. El hombre había puesto una demanda contra el fabricante NEC y la telefónica GTE Mobilnet -ahora integrada en Verizon- porque estaba covencido de que la radiación de un móvil había sido la causante del tumor cerebral que había matado a su esposa Susan, a los 33 años. Explicó que el tumor se encontraba en el lado izquierdo de la cabeza, por el que ella solía usar el teléfono, y “tenía exactamente la forma de la antena”.

El móvil había sido un regalo de Reynard a su esposa por su cumpleaños, en agosto 1988. En mayo de 1990, tras el nacimiento de su único hijo, le diagnosticaron a la mujer un tumor cerebral maligno. En la demanda presentada contra NEC y GTE Mobilnet el 8 de abril de 1992 en Florida, argumentaban que “el tumor fue el resultado de la radiación emitida por el teléfono celular (o) el desarrollo del tumor fue acelerado y agravado por las emisiones del teléfono”. Susan Ellen Reynard murió en el verano de 1992 y, a partir de ese momento, su viudo se entregó a la lucha contra la telefonía móvil.

Al día siguiente de su aparición en Larry King Live, las acciones de las grandes compañías del sector cayeron, y muchos clientes cancelaron sus contratos. Los portavoces de la industria intentaron frenar el pánico, diciendo cosas como que vivimos rodeados de radiación electromagnética natural y artificial, y que la de los móviles no es nociva. Thomas Wheeler, presidente de la Asociación de Telefonía Celular y Servicios de Internet, aseguró el 28 de enero, en una rueda de prensa, que miles de estudios no habían encontrado prueba alguna de que los móviles fueran un riesgo para la salud y prometió financiar más investigaciones. Pero el mal ya estaba hecho.

Periodismo paranoide

“Los periodistas corrieron tras la historia, el programa 20/20 de la ABC emitió su propio informe aterrador, las acciones de los fabricantes de teléfonos celulares se desplomaron y, en toda América, los móviles se apagaron”, escribió el 16 de febrero en el Investor’s Business Daily el abogado y periodista Michael Fumento, quien hizo gala desde el principio de la histeria de un admirable espíritu crítico. Para muestra, aquí tienen una parte de su artículo, titulado “¿Matan realmente los teléfonos móviles?”:

“Algunos lo han llamado una respuesta razonada. Pero otros dicen que se nota que hay un serio problema con el cerebro en este país, y que no tiene nada que ver con el uso del teléfono celular. «Es espantoso», ha dicho Alexander Langmuir, exjefe de epidemiología de los Centros para la Prevención y el Control de las Enfermedades sobre la controversia del móvil. «Es totalmente irracional». De hecho, la acciones han recuperado la mayor parte de sus pérdidas, y los vertederos de la nación aún no se han llenado con teléfonos celulares desechados.

Pero es una apuesta segura afirmar que el esfuerzo de la industria por ampliar su base de clientes se verá afectado por este susto.

Y, sin duda, muchos de los que siguen usando los teléfonos sufrirán la ansiedad de pensar que podrían estar «marcados por la muerte», como se dijo en la promoción de un programa de entrevistas.

En lo que algunos han descrito como el ambiente circense y tecnofóbico que ha rodeado la polémica sobre los teléfonos celulares, los hechos científicos se han oscurecido, incluidos algunos importantes que rápidamente podrían haber calmado la histeria.”

Fumento recordaba que los tumores cerebrales no son algo raro; que “la Sociedad Estadounidense contra el Cáncer preveía que aquel año se diagnosticarían en el país 17.500  y que dos tercios serían mortales”; que, como 10 millones de estadounidenses usaban entonces el móvil, sólo por azar habría en ese grupo alrededor de 180 casos y 120 muertes; y que, en vez de hablar de eso, los medios habían presentado “como un asunto de terrible importancia que, además de la esposa de Reynard, un par de presidentes de empresas que utilizan el móvil también habían muerto recientemente de cáncer cerebral”. Seguidamente, el periodista hablaba de las desconocidas causas de esos tumores y de cómo no había ninguna conexión entre el uso del móvil y el cáncer.

Quiosco de reparación de móviles en Bombay. Foto: Victor Grigas.Un sondeo de opinión hecho tras la aparición de David Reynard en el programa de Larry King reveló que prácticamente la mitad de los estadounidenses había oído hablar del caso de su esposa. La demanda de Reynard fue desestimada en 1995 por falta de pruebas, y lo mismo ha pasado con todas las que se han presentado después, incluida la del neurólogo Chris Newman de 800 millones de dólares contra Motorola y Verizon, compañías a las que culpaba del tumor cerebral que padecía, y que le mató. También Newman recibió su dosis de atención televisiva por King, que le llevó a su programa el 9 de agosto de 2000, en una emisión titulada: “¿Causan cáncer los teléfonos móviles?”. Motorola y Verizon excusaron su asistencia, indicando que no había pruebas científicas de ninguna conexión entre la telefonía móvil y cáncer. El epidemiólogo Sam Milham sostenía lo contrario y dijo que había estudios que la demostraban, y Reynard volvió a Larry King Live siete años después.

Ian Smith, columnista médico de la revista Time, dijo varias veces a King que la evidencia acumulada no apuntaba a ninguna relación entre móviles y cáncer, y llamó la atención sobre el hecho de que hay estudios y estudios: “La palabra clave aquí es prueba, y es que hay estudios acerca de todo y cualquiera puede hacer uno. Pero uno de los problemas que veo, sobre todo en lo que se refiere al periodismo, es que este estudio muestra esto y este estudio muestra esto otro, pero ¿cuál es la esencia de los estudios? Sin entrar en los detalles esotéricos de esos estudios, el problema es que cualquiera puede hacer un estudio, pero eso no lo convierte en un buen estudio. Y muchos de esos estudios son estudios con animales, y hay una gran diferencia entre un estudio animal y uno humano. Y decir que alguien detectó en un laboratorio alguna actividad biológica en una célula no significa que esa conclusión pueda trasladarse al ser humano”.

John Moulder, de la Escuela de Medicina de Wisconsin, coincidía con el columnista de Time en cuanto a la inocuidad de los móviles y añadía que, “probablemente, si no causan cáncer, nunca seremos capaces de probarlo, porque no hay forma de demostrar que algo no causa cáncer”. Ante esa sentencia, King intervino certeramente:

King: “No se puede probar una negación”.

Moulder: “Así es”.

King: “Yo podría decir que la laca causa cáncer, y usted no podría probar que no”.

Moulder: “Bueno, de hecho, lo he visto en Internet”.

King: “¿En serio? Bueno”.

Moulder: “Bueno, en Internet he visto que todo cura o causa el cáncer, o ambas cosas”.

La falacia del principio de precaución

Especialista en la investigación de las bases biológicas del cáncer, cuando King le recordó que el Gobierno británico había recomendado que los niños no usaran el móvil y un experto había dicho que eran una población de “especial riesgo”, Moulder fue tajante: “Desde un punto de vista de salud biológica, no hay ninguna razón por la cual los niños se enfrenten a un peligro mayor que los adultos. No creo que los niños necesiten usar teléfonos celulares, pero el Gobierno británico recomendó que los menores de 16 años no los usen, excepto en casos de emergencia, no afirmó que hubiera alguna evidencia de peligro. Votaron lo que en la Unión Europea  llaman el principio de precaución, que dice que, si usted no está absolutamente seguro de algo, debe tomar precauciones”.

Veintiún años después del primer brote de lo que hoy es el movimiento antiantenas, seguimos igual: no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer, y los epidemiólogos tampoco han detectado un aumento de los tumores cerebrales a pesar de que el año pasado había en Estados Unidos más de 350 millones de líneas de móvil -frente a los 10 millones de 1993- y en el mundo, más de 6.500 millones, cuando en 1995 había 91 millones. Los enemigos de las ondas siguen, sin embargo, en sus trece, espoleados en España por un entramado de entidades que hace negocio con la extensión del pánico electromagnético y que sabe que no hay nada que preocupe más a unos padres que la salud de sus hijos. La comunidad antiantenas toma decisiones políticas motivadas por intereses electoralistas por pruebas a favor de sus tesis, es impermeable al pensamiento crítico e incapaz de entender que resulta imposible probar una negativa, pero que, al mismo tiempo, podemos estar tranquilos porque, tras incontables estudios, no hay ningún vínculo demostrado entre ondas de telefonía y cáncer. Y lo mismo pasa en los casos de la televisión y de la radio comercial, así que, para ser coherentes, deberían renunciar a ellas.

Como último recurso, esos grupos se agarran al comodín del principio de precaución, que puede invocarse “cuando la información científica es insuficiente, poco concluyente o incierta, y cuando hay indicios de que los posibles efectos sobre el medioambiente y la salud humana, animal o vegetal pueden ser potencialmente peligrosos e incompatibles con el nivel de protección elegido”, según una comunicación de la Comisión Europea de febrero de 2000. Pues bien, como hemos visto, nada de eso se da en el caso que nos ocupa. Dado que, según el mismo documento comunitario, “el recurso al principio de precaución presupone que se han identificado los efectos potencialmente peligrosos derivados de un fenómeno, un producto o un proceso, y que la evaluación científica no permite determinar el riesgo con la certeza suficiente”, invocarlo en el caso de los móviles y la WiFi es una falacia, y hay que denunciarla como tal.