Andrew Wakefield

El gran negocio de las vacunas

Enfermos en pulmones de acero en la sala de la polio del Centro Nacional de Rahabilitación Rancho Los Amigos (California), en 1953.“El negocio de las vacunas pronto será la primera fuente de ingresos de las principales compañías farmacéuticas”, sentenciaba en enero de 2016 el autor de una información publicada en Global Research, una web conspiranoica y antiglobalización. La inmunización generalizada, suelen decir los antivacunas, responde a la voracidad de la industria farmacéutica y la complicidad de los gestores públicos más que a necesidades de salud pública. En las vacunas hay un gran negocio; es verdad. Las farmacéuticas quieren ganar dinero con sus inversiones y trabajo, lo mismo que el panadero, el quiosquero, el camarero, el fabricante de su móvil, usted y yo. ¿Pero ganan tanto con este tipo de medicamentos?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que el negocio de las vacunas ascendía en 2010 a unos 25.000 millones de dólares frente a los 5.000 de diez años antes. Gracias al crecimiento de los mercados chino, alemán, indio y japonés, así como a las campañas de donación, ese subsector moverá unos 35.000 millones de dólares en 2020. Es mucho dinero, aunque en 2010 las ventas de vacunas sólo suponían entre el 2% y el 3% del mercado farmacéutico global y están muy lejos de ser “la primera fuente de ingresos de las más grandes compañías farmacéuticas”. En 2016 GSK -la compañía líder en vacunas con cerca del 23% del mercado- debió a ellas el 16% de sus beneficios, muy por detrás del resto de los medicamentos (58%) y los productos de salud bucodental, nutrición y otros  (26%).

Las farmacéuticas ganan dinero con las vacunas, pero estos fármacos, que han evitado y evitan millones de muertes, también han resultado por eso perjudiciales para muchos. La OMS calcula que “la inmunización previene cada año entre 2 y 3 millones de defunciones por difteria, tétanos, tos ferina y sarampión”, y que, “si se mejorara la cobertura vacunal mundial, se podrían evitar otros 1,5 millones” de muertes. Las vacunas han acabado con la viruela, que sólo en el siglo XX mató a más de 300 millones de personas. Han puesto contra las cuerdas a la poliomielitis, que llenaba hace 60 años en Estados Unidos hangares de pulmones de acero para tratar a los enfermos con parálisis de los músculos que ayudan a la respiración y en 1988 dejaba paralíticos a casi mil niños al día en todo el mundo. Y han salvado 20,3 millones de personas de morir por sarampión entre 2000 y 2015. Así que los fabricantes de ataúdes -que diría el televisivo doctor House- y de pulmones de acero han visto perjudicados sus negocios por ellas. Triste, ¿verdad?

Un dólar en vacunas ahorra hasta 44

Adamu Yusif, un niño nigeriano de 15 años víctima de la polio, con sus compañeros de clase. Foto: Fundación Bill y Melinda Gates.Según un estudio publicado en la revista Health Affairs por investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins Bloomberg, cada dólar invertido en vacunas supone un ahorro de hasta 44. Sachiko Ozawa y sus colaboradores examinaron el impacto económico previsto de un programa de vacunación contra diez enfermedades en 94 países de bajos y medianos ingresos entre 2011 y 2020. Concluyeron que los 34.000 millones de dólares necesarios para llevar a cabo la iniciativa supondrán a la larga un ahorro de 586.000 millones en gastos por enfermedad y hasta 1,53 billones en general. Otro trabajo sobre el impacto de la vacunación en EE UU, publicado en Pediatrics, ha determinado que la inmunización de los nacidos en 2009 contra 13 enfermedades supone para EE UU evitar 20 millones de casos de males prevenibles y 42.000 muertes prematuras, con unos beneficios netos para el país de 69.000 millones de dólares.

Cuando era niño, un compañero de clase llevaba hierros en las piernas a causa de la polio, había mucha gente con la cara picada por la viruela y pasar el sarampión, la varicela y la tos ferina era algo común. Gracias a las vacunas, hoy no ocurre eso. En el País Vasco, la última víctima de la polio fue una niña gitana  que sufría parálisis de la pierna y el brazo derechos, Fue en 1985. “Pocas medidas de salud pública pueden compararse con el impacto de las vacunas. La vacunación ha reducido la enfermedad, la discapacidad y la muerte a causa de una serie de enfermedades infecciosas”, escribían hace unas semanas Walter A. Orenstein y Rafi Ahmed en un editorial de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences en el que destacaban que estos fármacos son una de las herramientas para la prevención de la enfermedad “con mejor relación coste-efectividad”

Que gracias a las vacunas no se den en las sociedades desarrolladas casos de sarampión, paperas, rubéola, polio y otras enfermedades, lleva a algunos a pensar que esas patologías ya no existen. No es así, como demuestra el último brote de sarampión en Europa a consecuencia del avance del movimiento antivacunas. En países como Rumanía, Italia, Francia y otros, la cobertura vacunal ha bajado del 95%, y el sarampión -“una de las principales causas de muerte entre los niños pequeños”, según la OMS- tiene el campo más libre que nunca cuando se creía que estaba en vías de erradicación. El éxito de las vacunas lleva a gente con poca memoria a pensar que ciertas enfermedades han desaparecido cuando no es verdad. Están agazapadas a la espera de que bajemos las defensas.

Casos anuales de enfermedades en EE UU antes y después de la era vacunal. Gráfico: Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.Los antivacunas se benefician de que todos los demás estamos vacunados y los virus no pueden propagarse libremente. Por eso son raros, afortunadamente, en países como España los casos de niños que enferman y mueren por sarampión, difteria y otros males. Pero, si la cobertura vacunal baja, los antivacunas no sólo pondrán en peligro a sus hijos, sino también a aquéllos que, por razones médicas, no puedan vacunarse, hayan perdido la inmunidad o tengan las defensas bajas. Esa inmunidad de rebaño, basada en la solidaridad colectiva, puede perderse por la actitud egoísta e insolidaria de unos pocos. Es lo que sucedió en diciembre de 2014 en Disneylandia, donde los bajos índices de vacunación dispararon un brote de sarampión que se saldó con más de cien casos. Y en Japón a finales de los años 70, cuando se desplomó la tasa de vacunación contra la tos ferina y en 1979 la contrajeron más de 13.000 personas y 41 murieron, cuando seis años antes no se había registrado ningún fallecimiento y sólo 393 casos de la enfermedad.

El fraude antivacunas

El médico británico Andrew Wakefield falseó en 1998 los resultados de un estudio clínico y aseguró en la revista The Lancet  que la vacuna triple vírica -contra el sarampión, la rubéola y las paperas- causaba autismo. Resultó ser un fraude perpetrado para ganar millones fomentando el miedo a las vacunas. Él, que acabó siendo inhabilitado, y sus socios calculaban que iban a embolsarse hasta 33 millones de euros anuales en EE UU y Reino Unido sólo con la comercialización de pruebas para la detección de la enterocolitis autística, enfermedad cuya existencia no ha sido probada y que fue descrita por él y sus colaboradores en el mismo artículo de The Lancet en el que conectaban la  vacuna triple vírica con el autismo. El efecto de la repercusión mediática de su trabajo, considerado uno de los grandes fraudes científicos de la Historia, fue el desplome de las tasas de vacunación en Reino Unido, EE UU y otros países.

¿Qué se puede hacer ante esto además de campañas de concienciación? En Australia, quienes no inmunizan a sus hijos no tienen derecho a beneficios fiscales que se aplican hasta que los menores cumplen cinco años y California aprobó en 2015 una ley que prohíbe la escolarización de los niños que no estén vacunados. En España, podrían aplicarse esas dos medidas. Además, los colegios de médicos deberían sancionar a los profesionales que fomenten la antivacunación; la Justicia tendría que considerar la no vacunación infantil como una forma de maltrato; y los medios públicos dejar de dar cancha a los antivacunas y que no se repita lo que hacía hace poco TVE y en 2012 ETB. Por último, dado que la biología permite en la actualidad identificar al individuo origen de un brote, infeccioso también podría legislarse para que, si se trata de un niño que no ha sido vacunado por voluntad de sus padres, éstos hagan frente a todos los gastos ocasionados por su decisión y no se detraiga ese dinero del de todos.

¿Van a hacer nuestros políticos algo en la línea de lo antedicho o esperarán a que enfermen y mueran más niños por infecciones evitables? ¿Van a ser contundentes las sociedades científicas españolas y, como ha hecho la Asociación Médica Estadounidense, abogar por la vacunación obligatoria? Porque las vacunas son un gran negocio para todos y no deberíamos renunciar a él.

Robert De Niro veta al gurú de los antivacunas

Robert De Niro. Foto: David Shankbone.Robert De Niro decidió el sábado, después de días de polémica en los medios estadounidenses, impedir el estreno en el Festival de Tribeca del documental Vaxxed: from cover-up to catastrophe (Vacunados: del encubrimiento a la catástrofe), escrito y dirigido por el exmédico británico Andrew Wakefield, líder mundial del movimiento antivacunas. “Mi intención con la proyección de esta película era propiciar una oportunidad para la conversación en torno a un tema que es muy personal para mí y para mi familia. Pero después de verlo en los últimos días con el equipo del Festival de Cine de Tribeca y miembros de la comunidad científica, no creemos que contribuya o promueva la discusión que esperaba”, anunció el actor, que tiene un hijo autista, en un comunicado en la página de Facebook del certamen neoyorquino, creado por él en 2002. Se retractaba así de lo dicho 24 horas antes.

En cuanto la semana pasada saltó la noticia de que Tribeca iba a acoger el 24 de abril el estreno de Vaxxed, la comunidad científica estadounidense se puso en alerta ante el posible espaldarazo que podía suponer para el movimiento antivacunas. En 1998, Andrew Wakefield y sus colaboradores publicaron en la revista médica The Lancet un artículo en el que, tras estudiar doce casos infantiles de autismo, aseguraban que existía una conexión entre la administración de la triple vírica y ese desorden. El trabajo tuvo un gran impacto en Reino Unido y en otros países donde por su causa ha habido un decenso de los índices de vacunación. Sin embargo, ningún otro grupo científico logro replicar esa investigación, y el tiempo puso las cosas en su sitio.

“Deshonesto e irresponsable”

En febrero de 2010, The Lancet retiró el artículo de sus archivos por fraudulento y, en mayo de ese mismo año, el Consejo General Médico de Reino Unido prohibió a Wakefield ejercer en el país por su actitud “deshonesta e irresponsable” en ese estudio. Además, una investigación del periodista Brian Deer para British Medical Journal concluyó en 2011 que la conexión entre la triple vírica y el autismo había sido fruto de un “sofisticado fraude” perpetrado por el ya exmédico con el objeto de ganar millones sembrando el miedo a las vacunas y vendiendo sus propias soluciones. Por su trabajo sobre las vacunas y el autismo, a Wakefield se le considera hoy en día como el promotor de uno de los más grandes fraudes científicos de la Historia.

“¡Es espantoso!”, dijo Michael Specter, periodista de The New Yorker y experto en el movimiento antivacunas cuando le preguntaron qué pensaba de la proyección de Vaxxed en Tribeca. “Es un criminal (por Wakefield) responsable de que muera gente. No es alguien que tenga un punto de vista. Es comparable a Leni Reifenstahl haciendo una película sobre el Tercer Reich o a Mike Tyson con una sobre la violencia contra las mujeres”, declaró a Los Angeles Times el 22 de marzo. Tres días después, De Niro emitía su primer comunicado. “En los quince años desde que nació el Festival de Cine de Tribeca nunca he pedido que se proyecte una película ni me he involucrado en la programación”, decía. Añadía que en este caso era algo “muy personal” y que él ni apoyaba el filme ni es antivacunas, pero quería fomentar el debate.

“A menos que el Festival de Cine de Tribeca planee desenmascarar definitivamente a Andrew Wakefield, será un capítulo desalentador más en el que sigue prestándose atención a un fraude científico y se pasa por alto el daño que ha hecho al minar la (percepción pública sobre la) seguridad y el éxito de las vacunas”, apuntaba Mary Anne Jackson, profesora de Pediatría de la Universidad de Missouri, en The New York Times el sábado. El movimiento antivacunas está detrás del aumento en Occidente de casos de enfermedades evitables, a veces con trágicos desenlaces. Así, en junio del año pasado un niño de 6 años murió por difteria en España, donde no se había registrado ningún caso de esa enfermedad desde 1987, porque sus padres no habían querido vacunarle. Según la Organización Mundial de la Salud, las vacunas evitan cada año en el mundo “entre 2 y 3 millones de defunciones por difteria, tétanos, tos ferina y sarampión”.

Wakefield, que ha pronosticado que por culpa de las vacunas en quince años “el 80% de los niños estadounidenses serán autistas”, achaca el veto de Robert De Niro a su película al poder de las farmacéuticas. Intenta vender la idea de que todos conspiran contra él cuando lo que realmente está demostrado es que él conspiró para extender el miedo a las vacunas y ganar millones gracias a la histeria.

Qué podemos hacer para frenar a los antivacunas

Los riesgos de la antivacunación están ahí: un niño de 6 años murió el sábado por difteria en España, donde no se había registrado ningún caso de la enfermedad desde 1987, simplemente porque sus padres no habían querido vacunarle. El pequeño falleció después de pasar veinticinco días en la UCI del hospital Vall d’Hebron; ocho personas -siete de ellos menores- resultaron contagiados, aunque ninguno desarrolló la enfermedad porque estaban vacunados; y hay que suponer que el cerco alrededor del patógeno supuso un importante desembolso para las arcas públicas.

Andrew Wakefield, con su esposa Carmel, llegando a la sede del Consejo general Médico, en Londres en enero de 2010. Foto: AFP.Lo peor es, sin duda, la muerte del pequeño. Fue consecuencia directa de la estupidez de quienes tenían que haberle protegido. Nunca habría ocurrido si sus padres hubieran actuado sensatamente. No lo hicieron. Les engañaron los antivacunas, alguno de los cuales ahora culpa a la sanidad catalana de imprudencia. “Siempre serán posibles brotes de difteria, aunque la vacunación sea masiva como ocurrió en Rusia la década de los 90. Por eso la imprudencia del Ministerio de Sanidad y de la Conselleria de Salut de la Generalitat de Catalunya de no tener en stock ni una sola dosis de antitoxina de la difteria probablemente haya provocado la muerte del niño de Olot”, escribía el lunes el ecoterrorista, vendedor de productos milagro contra el cáncer y el sida, y antivacunas Josep Pàmies. Miente. El brote de difteria registrado en los años 90 en varios países de la antigua órbita soviética se debió a que la inestabilidad política había hecho que se dejara de vacunar a la población contra la enfermedad. Fue la caída en los índices de vacunación por lo que hubo cientos de muertos entonces. Y las autoridades sanitarias españolas no han cometido ninguna imprudencia en el caso del niño de Olot, que nunca se hubiera contagiado de haber estado vacunado.

“Lamentable muerte del niño de Olot con difteria. Algo horrible que supongo que no esperábamos”, escribió en su página de Facebook el sábado el también antivacunas Miguel Jara, de cuyo libro Vacunas, las justas siguen haciendo publicidad algunas televisiones. ¿Cómo que no lo esperábamos? ¿En qué mundo vive Jara? “Alrededor de una de cada diez personas que contraen difteria morirá como consecuencia de la enfermedad. En los niños menores de 5 años, hasta uno de cada cinco que contraen difteria morirá a causa de la enfermedad”, explican en su web los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos. Pàmies, por su parte, aconseja a “todas las personas que se consideren en riesgo de contagio (que) tomen cloruro de magnesio y evidentemente en esta enfermedad valorar los pros y los contras de revacunarse y hacerlo en consciencia, sabiendo a lo que nos arriesgamos en caso de vacunarse”. ¿A qué nos arriesgamos?

Los efectos secundarios graves de la vacuna contra la difteria, el tétanos y la tos ferina pueden ser “convulsión, espasmos o crisis de ausencia (alrededor de uno de cada 14.000 niños); llanto continuo durante tres horas o más (hasta alrededor de uno de cada 1.000 niños); y fiebre alta, 40º C o más (alrededor de uno de cada 16,000 niños)”, informa el Departamento de Salud de EE UU. La reacción alérgica grave se da en menos de un caso por cada millón de inmunizados. Es decir, en cualquier circunstancia, las complicaciones graves por vacunación son mucho menos frecuentes que los fallecimientos por difteria, que pueden llegar a un niño de cada cinco infectados. Todavía estamos esperando, por cierto, alguna reacción a la muerte del pequeño de Olot por parte de la llamada Liga para la Libertad de Vacunación, un grupo antivacunas que, cuando se conoció el caso, tuvo la desfachatez de decir que “la difteria no es una enfermedad infecciosa inicialmente severa” y animar a las familias a no vacunar a sus hijos.

¿Qué cabe hacer ante este panorama?

Educación y medidas coercitivas

El impacto de las vacunas en la salud de Estados Unidos. Gráfico: 'Journal of the American Medical Association'.No les voy a ocultar lo que ya saben: soy partidario de la obligatoriedad de todas aquellas vacunas incuidas en el calendario de inmunizaciones. La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que las vacunas evitan cada año en el mundo “entre 2 y 3 millones de defunciones por difteria, tétanos, tos ferina y sarampión”. Allí donde se han introducido masivamente la inmunización contra la difteria, el sarampión, la tos ferina, la rubeola, y otras enfermedades, las muertes por esas dolencias han desaparecido. Si en las sociedades avanzadas no hay casos de esos males, no es porque los patógenos hayan decidido retirarse, sino porque, al estar la mayoría de la población vacunada, se produce lo que se conoce como inmunidad de rebaño: el virus o bacteria no puede expandirse y contagiar a aquéllos que, por razones médicas, no puedan vacunarse o tengan sus defensas bajas. Esa inmunidad de rebaño, basada en la solidaridad colectiva, puede perderse por la actitud egoísta e insolidaria de los antivacunas, que hacen crecer el porcentaje de personas no protegidas y minarían la inmunidad de grupo. Es lo que sucedió en diciembre en Disneylandia, donde los bajos índices de vacunación dispararon un brote de sarampión en el que se registraron más de cien casos.

Nuestros políticos son partidarios de invocar principios como la solidaridad para hacer que los antivacunas entren en razón. Lamentablemente, mientras haya grupos que fomenten la antivacunación -en algunos casos, por intereses económicos; para vender sus productos milagro-, habrá padres engañados que pongan en peligro a sus hijos. De rebote, como digo en mi libro El peligro de creer, esos padres irresponsables, además de con la de sus hijos, juegan a la ruleta rusa con la salud de “los lactantes, de aquellos pequeños que no pueden ser inmunizados por circunstancias particulares, de quienes nacieron antes de las campañas de vacunación masivas y no pasaron la enfermedad, y de quienes han perdido o tienen debilitadas las defensas ante los agentes infecciosos, como los receptores de trasplantes de médula ósea, los diabéticos y los infectados por el VIH”. Si me obligan a ponerme el cinturón de seguridad en el coche -y ahí sólo pongo en peligro mi vida-, ¿por qué me permiten no vacunarme por capricho?

California acaba de aprobar una ley que prohíbe la escolarización de los niños que no estén vacunados. No podrán acceder a la enseñanza pública ni privada, a no ser que medien razones médicas para su no inmunización. Se acaba así con la exención de no vacunar por creencias religiosas o personales. Es una medida legítima para luchar contra un peligroso hábito que, si se extiende, puede se un peligro para todos. Jim Carrey, un actor tan histriónico como irracional, es culpable en parte del éxito del movimiento antivacunas en EE UU. En los programas de televisión de Oprah Winfrey, la Mariló Montero yanqui, difundió durante años junto con Jenny McCarthy, conejita Playboy y entonces su novia, la idea de que las vacunas provocan autismo.

Tuit del antivacunas Jim Carrey contra la decisión de los legisladores de California.En Australia, el Gobierno ha decidido que quienes no inmunicen a sus hijos no tendrán derecho a beneficios fiscales que se aplican hasta que los menores cumplen cinco años. En España, podrían aplicarse tranquilamente esas dos medidas. Además, los colegios de médicos deberían sancionar a los profesionales que fomenten la antivacunación. Y, por último, dado que la biología permite en la actualidad identificar al individuo origen de un brote, también podría legislarse para que, si se trata de un niño que no ha sido vacunado por voluntad de sus padres, éstos hagan frente a todos los gastos ocasionados por su decisión y no se detraiga ese dinero del de todos. ¿Van a hacer nuestros políticos algo en la línea de California y Australia o esperarán a que mueran más niños por enfermedades evitables? ¿Van a ser contundentes las sociedades científicas españolas y, como ha hecho la Asociación Médica Estadounidense, abogar por la vacunación obligatoria? La pelota está en los tejados de nuestros dirigentes y de la profesión médica.

Por su parte, los medios deberían dejar de promocionar a colectivos antivacunas como la Liga para la Libertad de Vacunación e individuos como Miguel Jara y Josep Pàmies. No hay dos bandos en el debate sobre la efectividad de las vacunas porque ese debate no existe en la comunidad científica. Esta el bando de la ciencia y el de los que maltratan a niños no vacunándoles al exponerles a graves enfermedades prevenibles. Hace falta más y, sobre todo, mejor información médica y científica para que la gente de la calle adquiera anticuerpos contra los charlatanes de la antivacunación. Las vacunas han erradicado enfermedades mortales como la viruela y están a punto de acabar con otras como la poliomielitis. Sus beneficios se cuentan por millones de vidas salvadas cada año y muchas más personas que no quedarán mutiladas o, por ejemplo, atadas a pulmones de acero de por vida. Sus riesgos son mínimos. Sn embargo, si no te vacunan tus padres, puedes acabar como el pequeño de Olot. En un ataúd.

El movimiento antivacunación contemporáneo tiene su origen en una investigación fraudulenta el médico británico Andrew Wakefield publicada en 1998 en la revista The Lancet. Tras examinar a doce niños autistas, él y sus colaboradores aseguraron que había una conexión entre la administración de la triple vírica –que protege contra el sarampión, la rubeola y la parotiditis (paperas)– y ese trastorno. Aunque la comunidad científica recibió el hallazgo con escepticismo por lo pequeño de la muestra, el estudio tuvo un gran impacto mediático en el Reino Unido. Muchos padres empezaron a tener miedo de que la triple vírica convirtiera a sus hijos en autistas y, en los diez años siguientes, el índice de vacunación país cayó del 92% al 85%, y los casos de sarampión se dispararon. En febrero de 2010 The Lancet retiró el artículo de sus archivos. Oficialmente, es como si nunca hubiera existido. En mayo de ese mismo año, el Consejo General Médico del Reino Unido prohibió a Wakefield ejercer en el país por su actitud deshonesta e irresponsable en ese estudio. Y, en enero de 2011, después de siete años de investigación, el periodista Brian Deer desveló en The British Medical Journal que Wakefield había planeado una serie de negocios para obtener millones de dólares aprovechándose del miedo hacia las vacunas que su fraudulenta investigación iba a infundir al público. Nada de esto importa a Carrey, abanderado de la causa de Wakefield en EE UU. El muy ignorante ha tuiteado hace unas horas: “El gobernador de California dice a envenenar más a los niños con mercurio y aluminio en las vacunas obligatorias. Este fascismo corporativo tiene que parar“.

TVE promociona a los antivacunas en los informativos

TVE sacrificó el jueves la verdad sobre el peligro que supone la antivacunación en el altar del equilibrio periodístico, en el seguimiento del caso del niño de Olot de 6 años que todavía se debate entre la vida y la muerte porque sus padres no quisieron vacunarle contra la difteria, una enfermedad que mata a dos de cada diez infectados. En sus informativos de la mañana y la noche, La 1 dio hace cinco días voz a destacados representantes del movimiento antivacunas como Miguel Jara, una médico ambiental -especialidad que no esta reconocida- y la Liga para la Libertad de Vacunación, una organización pseudocientífica contraria a las inmunizaciones. “Su caso ha abierto el debate sobre la necesidad o no de las vacunas”, decía la conductora del Telediario matutino, en referencia al niño de Olot. Y lo mismo repetía la voz en off en el informativo de la noche. (Pueden ver los vídeos al final de estas líneas.)

Andrew Wakefield, con su esposa Carmel, llegando a la sede del Consejo general Médico, en Londres en enero de 2010. Foto: AFP.¿El debate entre quiénes? Desde luego, no entre los científicos porque la comunidad científica respalda unánimemente la administración de vacunas, ya que ha permitido erradicar enfermedades como la viruela y que prácticamente desaparecieran de las sociedades desarrolladas el sarampión, la difteria, la rubeola y otros males. Hasta que el movimiento antivacunas cobró auge gracias a un fraudulento estudio del médico británico Andrew Wakefield publicado en 1998 por la revista The Lancet. Tras examinar a doce niños autistas, él y sus colaboradores aseguraban que existía una conexión entre la administración de la vacuna triple vírica y ese trastorno. La comunidad científica recibió los resultados con escepticismo, pero el estudio tuvo un gran impacto en Reino Unido. En los diez años siguientes, el índice de vacunación bajó del 92% al 85%, y los casos de sarampión se dispararon. Wakefield se convirtió en el líder del movimiento antivacunas mundial, impulsado en Estados Unidos por Jenny McCarthy, conejita Playboy, y su entonces novio, el actor Jim Carrey, a quienes apoyó en televisión la periodista Oprah Winfrey. Desde entonces, se ha registrado un progresivo incremento en los casos de rubeola, sarampión y paperas en Estados Unidos. Sin embargo, en 2004, diez de los coautores de la investigación original retiraron su firma del artículo que conectaba la triple vírica con el autismo, y The Lancet publicó una rectificación poniendo en duda las conclusiones del trabajo, que acabó retirando de sus archivos en febrero de 2010. Oficialmente, es como si nunca hubiera existido. Es decir: no hay ninguna prueba de que las vacunas provoquen autismo; fue todo un fraude.

Casi inexistente en Europa Occidental desde hace décadas, no se había registrado ningún caso en España desde 1987. La difteria reaparece ahora -al igual que el sarampión y otros males que las campañas de inmunización masiva habían acorralado- de la mano de los antivacunas, padres que se niegan a proteger a sus hijos frente a graves enfermedades porque, según ellos, las vacunas no son ni efectivas ni seguras. Suelen decir que no creen en las vacunas, como si la efectividad de éstas dependiera, como la del agua bendita, de la creencia. No, la efectividad de las vacunas está fuera de toda duda. La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que las vacunas evitan cada año en el mundo “entre 2 y 3 millones de defunciones por difteria, tétanos, tos ferina y sarampión”. Allí donde se han introducido masivamente las vacunas contra la difteria, el sarampión, la tos ferina y otras enfermedades, las muertes por esas dolencias han desaparecido. Tampoco pasean por nuestras calles menores de 30 años con la cara marcada por la viruela ni jóvenes menores de 20 años cojos a consecuencia de la polio. El problema es que, si las inmunizaciones caen, cualquier enfermedad en retroceso puede resurgir y convertirse en una amenaza para la población desprotegida. Javier Arístegui, pediatra, infectólogo del hospital de Basurto y profesor de la Universidad del País Vasco (UPV), recuerda que en los años 90 se registró un grave brote de difteria en varios países de la antigua órbita soviética en los que la inestabilidad política había hecho que se dejara de vacunar a la población contra la enfermedad: hubo cientos de muertos.

La vuelta del sarampión

El impacto de las vacunas en la salud de Estados Unidos. Gráfico: 'Journal of the American Medical Association'.En diciembre pasado, los bajos índices de vacunación provocaron en Disneylandia (California) un brote de sarampión que superó los cien casos en 14 estados. Según un estudio publicado en la revista Jama Pediatrics, “las tasas de vacunación de la triple vírica entre la población expuesta en la que se produjeron los casos secundarios podrían ser tan bajas como del 50% y probablemente no superaran el 86%. Dada la naturaleza altamente contagiosa de sarampión, son necesarias tasas de vacunación del 96% al 99% para garantizar la inmunidad de grupo y prevenir futuros brotes”. El sarampión es una enfermedad para no tomársela a risa. “Puede ser grave en niños pequeños y causar neumonía, encefalitis (inflamación del cerebro) y la muerte”, explican en su web los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, que añaden que “es tan contagioso que, si alguien tiene la enfermedad, el 90% de las personas a su alrededor también se infectarán si no cuentan con protección”.

¿Y qué hace ante esto TVE en sus informativos? Sirve de altavoz de los antivacunas, de un Miguel jara que vende su negacionismo como una defensa de la libertad de elección paterna a la hora de inmunizar a los niños, de una María José LLadó, médica ambiental, que dice que las vacunas han provocado casos de autismo, y de una Liga para la Libertad de Vacunación que, después del caso de Olot, recomienda a sus fieles que no inmunicen a sus hijos. Como escribí hace cuatro años en la web del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), “no ha lugar a la equidistancia cuando hablamos de ciencia y pseudociencia. Los periodistas no podemos no mojarnos cuando alguien dice que puede levitar o que el VIH no es el causante del sida. Al primero, hay que animarle a asomarse a la ventana y lanzarse al vacío; al segundo, a inyectarse una solución con VIH, renunciar a cualquier medicación y hablamos en unos años. Si no, que se callen”. No puede ponerse en un platillo de la balanza la ciencia y en el otro la anticiencia; quien hace eso es cómplice de la segunda. La próxima vez que una mujer sea asesinada por su pareja, ¿entrevistarán en el Telediario a un sujeto que justifique el crimen y a una hipotética Liga para la Libertad en el Trato Familiar que considere que golpear a una mujer entra dentro de lo normal? La próxima vez que detengan a un criminal que haya abusado sexualmente de menores, ¿sacarán en el Telediario a un sujeto que justifique esa bararidad y a una hipotética Liga para la Libertad Sexual que recomiende a los pederastas persistir en un actitud? Espero que no.

Seguramente, algunos de ustedes creerán que exagero y tienen razón. De momento, vacunar a un hijo no es obligatorio. Usted puede no vacunar a su retoño si no quiere, pero tiene que vacunar a su perro obligatoriamente. Es lo que pasa en España. Si no protege a su hijo contra el sarampión o la polio, nadie puede hacer nada. Se considera que está en su derecho, aunque el niño pueda llegar a pagarlo muy caro. “El calendario vacunal es una recomendación”, apunta Javier Arístegui. “No tiene sentido saltarse la recomendación sanitaria y no cumplir los calendarios de vacunación”, decía el otro día Rafael Cantón, jefe de microbiología del hospital Ramón y Cajal de Madrid. Entonces, ¿por qué las vacunas de ese calendario no son obligatorias? “Nunca han sido obligatorias en España, salvo en circunstancias especiales”, me recordaba Arístegui. “Las vacunas no son obligatorias porque no hay ninguna norma que así lo indique. Nosotros creemos que tienen que ser obligatorias”, me ha dicho Fernando García-Sala, de la SEPEAP. Si el calendario vacunal establece aquellas inmunizaciones que los expertos consideran indispensables, ¿por qué no es obligatorio?

A consecuencia del brote de sarampión de Disneylandia, el Senado de California aprobó el 14 de mayo una ley que obliga a vacunar a los niños antes de ingresar en el jardín de infancia e impide cualquier exención por motivos religiosos, algo bastante común en Estados Unidos. Sólo las causas médicas se consideran válidas a la hora de no inmunizar a un niño. La normativa necesita ahora la aprobación de la Asamblea Estatal de California, tras lo cual la última palabra la tendrá el gobernador del estado, el demócrata Jerry Brown, cuyo portavoz declaró en febrero a Los Angeles Times que “cree que las vacunas son muy importantes y un gran beneficio para la salud pública, y cualquier ley que llegue a su mesa será debidamente considerada”. En Australia, donde el 11% de los niños de 5 años no está vacunado por voluntad paterna, el Gobierno ha decidido que quienes no inmunicen a sus hijos perderán el derecho a los beneficios fiscales que se aplican hasta que los menores cumplen los 5 años.

Las graves consecuencias que puede tener no estar vacunado y el coste que puede suponer para las arcas públicas llevan a algunos especialistas a plantearse por qué debería pagar la sociedad, por ejemplo, la contención de un brote provocado por un pequeño no inmunizado. Dado que la ciencia permite en la actualidad determinar el individuo origen de un brote, si se trata de un niño que no ha sido vacunado por voluntad de sus padres, ¿no sería lógico que lo pagaran éstos? Personalmente, si, por la causa que fuera, un niño no vacunado por deseo paterno me contagiara a mí o a alguien de mi familia de una enfermedad evitable a través de la inmunización, emprendería acciones legales contra sus padres.

Magnificar los efectos secundarios

Otra cosa que han hecho algunos medios estos días es sacar a sus portadas a padres que se convirtieron a la antivacunación porque, según ellos, la inmunización provocó efectos terrible en alguno de sus hijos. Digo según ellos porque en los casos que he visto las terribles consecuencias simplemente coincidieron temporalmente con la administración de alguna vacuna. Basta la coincidencia temporal para que esos padres hablen de causalidad, pero un medio que lleva a portada un caso así -sin la mínima comprobación- está dando a entender que las vacunas son peligrosas, por mucho que luego sostenga en un editorial sque no vacunar es una barbaridad. Un texto de las páginas de Opinión siempre tendrá las de perder frente a un titular alarmista a un cuerpo enorme en la portada.

“El riesgo de complicaciones de las vacunas es mínimo y, desde luego, mucho menor que el de renunciar a ellas”, me recordaba hace unos días Guillermo Quindós, catedrático de microbiología de la UPV. “Gracias a las vacunas, hemos erradicado la viruela, estamos en vías de erradicar la poliomielitis y hemos eliminado de la circulación la rubeola y el sarampión”, añadía Arístegui para quien el caso del pequeño de Olot demuestra que “no se puede bajar la guardia” en la lucha contra males como la difteria. Hoy hemos sabido que 8 de los 57 compañeros de colegio del niño infectado de Olot son portadores de la bacteria y no han desarrollado la enfermedad porque están vacunados. Si no, si sus padres hubieranseguido las directrices de la Liga para la Libertad de Vacunación, estarían gravemente enfermos.

Hace tres días, el secretario de Salud Pública de la Generalitat, Antoni Mateu, abogó por “perseguir de forma punible” a los grupos antivacunas porque con sus mentiras contribuyen a que haya padres que incumplan el calendario de vacunación de sus hijos. Estoy de acuerdo con él. Para mí, son unos criminales que fomentan el maltrato infantil. Porque no proteger a un niño de un enfermedad evitable es maltratarlo.

Los bajos índices de vacunación dispararon el brote de sarampión de Disneylandia

Los bajos índices de vacunación dispararon el brote de sarampión de Disneylandia (California) de diciembre, según un estudio que publica la revista Jama Pediatrics. Maimuma Majunder, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y sus colaboradores han calculado que “las tasas de vacunación de la triple vírica (SPR) entre la población expuesta en la que se produjeron los casos secundarios podrían ser tan bajas como del 50% y probablemente no superaran el 86%. Dada la naturaleza altamente contagiosa de sarampión, son necesarias tasas de vacunación del 96% al 99% para garantizar la inmunidad de grupo y prevenir futuros brotes”.

Niña con Sarampión. Foto: CDC / Barbara Rice.El sarampión es una enfermedad muy contagiosa y peligrosa. “Puede ser grave en niños pequeños y causar neumonía, encefalitis (inflamación del cerebro) y la muerte”, explican en su web los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, que añaden que “es tan contagioso que, si alguien tiene la enfermedad, el 90% de las personas a su alrededor también se infectarán si no cuentan con protección”. En 1998, el médico británico Andrew Wakefield publicó en The Lancet los resultados de un estudio según el cual la administración de la triple vírica -la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubeola- provocaba el autismo. Considerado uno de los grandes fraudes de la historia de la ciencia -el objetivo último de Wakefield era desacreditar la SPR para hacerse millonario con vacunas alternativas-, el trabajo impulsó la antivacunación, primero, en Reino Unido y Estados Unidos y, después, en el resto de Occidente, España incluida.

Majunder y su equipo recuerdan en Jama Pediatrics que, sin vacunación, cada enfermo de sarampión puede infectar a entre 11 y 18 personas y que, aunque todavía no se conoce el índice de contagio del estallido ocurrido en Disneylandia entre el 17 y el 20 de diciembre, que superó los cien casos en 14 estados, el rapido crecimiento del número de enfermos apunta a que la mayoría no estaba inmunizada. “Claramente, las tasas de vacunación de la triple vírica en muchas de las comunidades afectadas por este brote caen por debajo del umbral necesario para mantener la inmunidad de grupo, poniendo así también en riesgo a más población”, concluyen los autores, recordando que los antivacunas no juegan sólo con las vidas de sus hijos, sino con las de todos.