Analfabetismo científico

La ignorancia científica de los españoles y cómo pararse a pensar favorece la incredulidad, en Punto Radio Bizkaia

Patxi Herranz y yo hablamos el martes pasado en Bizkaia y Punto, en Punto Radio Bizkaia, de la incultura científica de los españoles y de cómo pararse a pensar favorece la incredulidad, en la trigésima quinta entrega del curso 2011-2012 de Magonia, mi espacio semanal dedicado al pensamiento crítico en la emisora de Vocento.

El 65% de los españoles cree que los tomates que come no tienen genes

La realidad es mucho más descorazonadora que la peor ficción. Y no me refiero a la crisis económica. Un estudio de la Fundación BBVA hecho en once países -diez europeos y Estados Unidos- revela que los españoles somos unos ignorantes de tomo y lomo en lo que a ciencia se refiere. Vulgarmente dicho, unos burros. ¿Cómo calificaría usted, si no, a quien cree que el efecto invernadero está causado por la energía nuclear (65,6% de los españoles encuestados) o que los tomates que comemos, a diferencia de los producidos por ingeniería genética, no tienen genes (64,6%)? No me lo invento, tengo los datos delante y dan ganas de echarse a llorar. Olvidémonos de términos e ideas complejas, lo que falta en este país es cultura básica, elemental, escolar. Y, gracias a los recortes presupuestarios en educación, es muy probable que el futuro sea todavía peor, que hoy seamos burros, pero menos que mañana, aunque sigamos acumulando trofeos deportivos que nos llenen de tribal orgullo.

En un sencillo test de veinte sentencias sobre las que había que decidir si eran verdaderas o falsas -y que debería superar con matrícula cualquier bachiller-, de los once países consultados, España es el que obtiene la nota más baja -cuyos ciudadanos aciertan menos- en nada menos que catorce; en otras dos es el segundo país más ignorante; en otras dos, el tercero; y, en una, el cuarto. Sorprendentemente, en la pregunta que queda somos los segundos más listos, sólo superados por los estadounidenses, aunque creo que la razón no es que sepamos la respuesta. Me explico. La afirmación dice: “La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma de una forma a otra”. El 73,6% de nuestros paisanos la considera, con razón, verdadera; pero me da -llámenme malpensado si quieren- que es sólo por la popularidad del dicho. Nada más. Y sospecho que, si la sentencia hubiera sido la falsa de “la excepción confirma la regla”, su popularidad habría hecho que la mayoría de los encuestados la diera por buena. Pero, dejémonos de elucubraciones y vayamos a lo que creen saber nuestros conciudadanos.

Los más analfabetos

El 82,6% de los españoles encuestados cree que “la extracción de células madre de embriones humanos se hace sin destruir los embriones”; el 75,7%, que “los antibióticos destruyen los virus”; el 72,4%, que, “hoy por hoy, no es posible transferir genes de seres humanos a animales”; el 69,6%, que “los átomos son más pequeños que los electrones”; el 67,1% que “los láseres funcionan mediante ondas sonoras”; el 58,7%, que “toda la radiactividad es producida por la actividad de los seres humanos”; el 56,8%, que “las células de los seres humanos, por lo general, no se dividen”; el 55,1%, que “casi todos los microorganismos son perjudiciales para los seres humanos”; el 54,9%, que “las plantas no tienen ADN”;  el 48,4%, que “los primeros seres humanos vivieron al mismo tiempo que los dinosaurios” -italianos y estadounidenses creen todavía más en la realidad de Los Picapiedra-… Sospecho que las falsas ideas sobre genética y radiactividad -incluido la conexión entre la energía nuclear y el calentamiento global- pueden estar en el origen de mucha de la oposición popular a los transgénicos y las centrales nucleares, y creo que sería interesante indagar en ese sentido en futuros trabajos.

La parte positiva, aunque sigamos estando muy mal situados en el ranking de países, el que el 82% de nuestros paisanos sabe que “el aire caliente asciende”; el 77,3%, que los continentes se desplazan; el 76,8% que “el oxígeno que respiramos proviene de las plantas” -esta afirmación es incompleta y se olvida de la importantísima aportación del mar-; el 74,4%, sabe que lo que nos tiene pegados al suelo es la gravedad; y el 71,4% que el gen es la unidad básica de la herencia biológica. Además, como en el resto de los países, la inmensa mayoría de los encuestados en todos los países sabe que la Tierra gira alrededor del Sol (82,8% de los españoles) y que la luz viaja más rápido que el sonido (73,2% de nuestros paisanos).

El informe concluye que los españoles somos los más analfabetos científicamente hablando, mientras que los daneses son los que más saben. En general, “los hombres, los adultos jóvenes y, más marcadamente, la población con mayor nivel de estudios, son quienes mayor vínculo tienen con la ciencia”, indican los autores. Y añaden: “La distancia entre el nivel de conocimiento científico de los españoles y la media europea es mucho más importante entre los adultos mayores que entre los jóvenes: el segmento con nivel bajo de conocimiento entre los jóvenes españoles es de un 13% frente al 10% de los jóvenes de la media europea, mientras que este segmento alcanza al 57% de la población de adultos mayores españoles frente al 22% de los adultos mayores en la media europea”. Además, “el 56% de quienes (en España) tienen un mayor vínculo con la ciencia presentan un nivel alto de conocimiento científico, frente al 8% de quienes no tienen ningún vínculo con la ciencia”.

En la encuesta del Estudio internacional de cultura científica de la Fundación BBVA de la que están tomados estos datos, participaron 1.500 mayores de 18 años de cada uno de los once países -Alemania, Austria, España, Francia, Italia, Dinamarca, Estados Unidos, Holanda, Polonia, Reino Unido y República Checa- entre octubre y noviembre de 2011.

La cátedra de divulgación científica de la Universidad del País Vasco luchará contra la irracionalidad

Juan Ignacio Pérez, titular de la nueva Cátedra de Cultura Científica de la UPV. Foto: Mitxel Atrio.“A quienes creen que vale lo mismo el pensamiento científico que la magia, les invitaría a que se tiraran de un décimo piso y, mediante un sortilegio, echaran a volar y vieran cuál es el resultado. La ciencia predice lo que va a ocurrir con una altísima probabilidad. Desde luego, el que es incapaz de predecir lo que va a pasar es el partidario de la magia”, ha dicho Juan Ignacio Pérez durante la presentación de la nueva Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco.

Financiada por la Diputación de Vizcaya con 125.000 euros durante los próximos dos años, la cátedra divulgará los avances científicos y tecnológicos y, sobre todo, tratará de transmitir el valor de la ciencia y la tecnología como expresiones culturales de nuestro tiempo y fuentes de bienestar. “Vamos a intentar que en la sociedad vasca haya, por una parte, un aumento de la cultura científica, de saber por qué la ciencia tiene una superioridad intelectual y práctica frente a otras formas de conocimiento a la hora de entender el mundo y de resolver problemas, y, por otra, se extiendan los valores de la ciencia”, me ha explicado Pérez al término de la rueda de prensa.

Peligro para la sociedad democrática

Fisiólogo y ex rector de la UPV, cree que una iniciativa así era necesaria porque, “teniendo en cuenta lo importante que es la ciencia en nuestras vidas, hay un conocimiento de ella muy limitado y, además, hay actitudes de rechazo de lo científico muy peligrosas porque pueden ser el caldo de cultivo de movimientos que pongan en riesgo la sociedad democrática”. Pérez me ha adelantado que la nueva cátedra va a combatir la irracionalidad que se expresa a través del pensamiento mágico y de todo tipo de supercherías, de movimientos filosóficos como el posmodernismo, “que pone en cuestión la objetividad de la ciencia y de sus resultados”, y del “recelo sistemático ante determinados avances científicos y tecnológicos que son verdaderos hallazgos para la Humanidad y, sin embargo, se cuestionan”, dice en alusión a los transgénicos, la telefonía móvil y la vacunación, por ejemplo.

“Esto no quiere decir que no pueda haber ciertos peligros en la aplicación de algunas tecnologías o que no haya contraindicaciones a ciertas cosas. Por supuesto que las hay. Lo que pasa es que tenemos que evaluarlo todo correctamente y actuar en consecuencia, siendo conscientes de que hay cosas que tienen peligros, pero esos riesgos en algunos casos merece la pena correrlos y en otros son ínfimos frente a las ventajas”, advierte.

La nueva cátedra desarrollará investigaciones sobre las implicaciones sociales del desarrollo científico y tecnológico, organizará ciclos de conferencias y prestará especial atención a la difusión de los valores de la ciencia entre los más jóvenes. Durante el mandato de Juan Ignacio Pérez al frente de la UPV, se pusieron en marcha iniciativas como las jornadas Misterios, a la luz de la ciencia, el Día de Darwin y diversos ciclos de conferencias, además de publicarse el libro Misterios a la luz de la ciencia (2008), en el que él y otros científicos y pensadores hablan de la creencia en extraterrestres, en monstruos, en los sistemas populares de predicción del tiempo y del riesgo que supone el auge del pensamiento mágico para las sociedades democráticas.

Evo Morales y los ecologistas basan su oposición a los transgénicos en lo mismo

Evo Morales, durante una rueda de prensa ayer en Cochabamba. Foto:Reuters.Fíjense si los transgénicos son malos que causan homosexualidad y calvicie. No lo digo yo. Lo ha dicho Evo Morales en la I Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y la Madre Tierra, que se celebra en Cochabamba. “El pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres”, ha sentenciado. Y ha añadido: “La calvicie que parece normal es una enfermedad en Europa. Casi todos son calvos y esto es por las cosas que comen, mientras que en los pueblos indígenas no hay calvos, porque no comemos otras cosas”. El presidente boliviano achaca a los pollos y al ganado vacuno criado con hormonas que las niñas desarrollen el pecho prematuramente y asegura que, desde que sabe eso, sólo come animales criollos, libres de los transgénicos.

Al pronunciarse sobre los transgénicos, Morales o no sabe de lo que habla o miente descaradamente. Porque los organismos genéticamente modificados (OGM) están con nosotros desde hace milenios, desde que el hombre inventó la agricultura. Morales o ignora eso o lo oculta a sus conciudadanos, como hacen sistemáticamente las organizaciones ecologistas y agrarias occidentales, que han marcado inmediatamente ciertas distancia con el discurso del líder sudamericano.

“Esperamos que esto no oscurezca ni la lucha contra los transgénicos, fundamentada en motivos científicos, ni la denuncia de Morales del modelo de agricultura industrial”, ha declarado David Sánchez, de Amigos de la Tierra. Andoni García, de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), ha dicho que el presidente boliviano representa la lucha contra los transgénicos “más allá de errores que se puedan cometer a lo largo de un discurso”. Y Juan Felipe Carrasco, de Greenpeace, ha admitido que las afirmaciones de Morales sobre los transgénicos, la homosexualidad y la calvicie son “científicamente incorrectas”; es decir, falsas.

Explotando el miedo y la ignorancia

Es astuto por parte de los ecologistas y agricultores antitransgénicos desmarcarse del discurso homófobo de Morales; pero en el fondo ellos hacen lo mismo: presentan los OGM de laboratorio como un riesgo para la salud sin ofrecer ninguna prueba; se aprovechan de algo tan humano como el miedo a lo nuevo para ganarse el apoyo de una opinión pública con más prejuicios que conocimientos. Los ecologistas europeos amenazan a sus conciudadanos con terribles enfermedades si consumen unos productos que salen al mercado sólo después de rigurosos controles y el presidente boliviano a sus paisanos con que se van a volver homosexuales. Es lo mismo: uno y otros explotan el miedo y los prejuicios de la gente en busca de un apoyo sentimental a una causa, la antitransgénica, que carece de fundamento científico.

Como explicaba hace unos días el biólogo Juan Ignacio Pérez en un artículo titulado ‘El avance de la sinrazón’, el freno a los OGM en el Viejo Continente “es la lamentable consecuencia de la debilidad de los gobiernos europeos ante el movimiento ecologista y de los temores de una opinión pública no suficientemente bien informada o, lo que es peor, excesivamente frívola”. Y, como acaba de recordar el biólogo Pere Puigdoménech, ya había calvos y homosexuales antes de los transgénicos.