Ana Mato

La ministra Ana Mato y la medicina natural, y el chupacabras, en Punto Radio Bizkaia

Patxi Herranz y yo hablamos el martes pasado en Bizkaia y Punto, en Punto Radio Bizkaia, de la ministra Mato y la medicina natural y del chupacabras, en la trigésima novena entrega del curso 2011-2012 de Magonia, mi espacio semanal dedicado al pensamiento crítico en la emisora de Vocento.

La muerte es lo más natural de lo natural, ministra Mato

No hay nada más natural que la muerte. Todos los seres vivos estamos condenados a ella desde que nacemos y, a pesar de ser tan natural, los conscientes no tenemos ninguna prisa porque llegue. Al contrario. Sin embargo, algunos de nuestros congéneres han sacralizado lo natural frente al mundo artificial en el que vivimos. Parece que creen que, en un feliz pasado, el ser humano vivió en sintonía con la naturaleza como en una vieja película de Disney. No; nunca ha sido así.

Las diez primeras causas de muerte por cada 100.000 personas en Estados Unidos, en 1900 y 2010. Fuente: 'The New England Journal of Medicine'¿Saben lo que nos mataba hace un siglo en el mundo desarrollado? Según recordaba hace unos días The New England Journal of Medicine, en Estados Unidos en 1900, la neumonía, la gripe y las infecciones gastrointestinales estaban detrás de cerca de la mitad de los fallecimientos debidos a las diez principales causas de muerte. La otra mitad correspondía a patologías cardiacas, cerebrovasculares, nefropatías, cáncer… Fallecían anualmente por esas diez causas unas 1.100 personas por cada 100.000. Hoy en día -son datos de 2010-, mueren al año en EE UU unas 600 personas de cada 100.000, y las principales causas son las enfermedades cardiacas (193) y el cáncer (187). La neumonía y la gripe siguen entre los males mortales, pero han descendido del primer al noveno lugar, de matar a 202 personas de cada 100.000 al año a cobrarse la vida de 16; y han desaparecido del top ten la tuberculosis, las infecciones gastrointestinales y la difteria. Ah, la esperanza de vida media en España en 1900 era de 34,7 años, menos que la mitad que en la actualidad.

¿A qué viene todo esto? A que, evidentemente, la mejora en la calidad de vida en Occidente, y la consiguiente mayor esperanza de vida, no ha sido fruto de la casualidad ni de la bondad de la naturaleza, sino de los avances en la medicina y la higiene. Nada -y subrayen este nada cuantas veces quieran- de esa mejora se la debemos a una vuelta a lo natural ni, por supuesto, a alguna de las mal llamadas medicinas alternativas (en China, paraíso de todo tipo de curanderismos, la esperanza de vida casi se ha duplicado desde la llegada de la medicina occidental). Ha sido la medicina de verdad -las alternativas a la medicina no son medicinas- la que ha plantado batalla a enfermedades que han sido erradicadas, como la viruela, la que ha convertido en crónicas otras mortales, como el sida, y la que cura cada vez más cánceres, por poner el ejemplo de un tipo de patología cuya sola mención aterra a mucha gente. No hay ni una sola enfermedad a la que venzan homeópatas, acupuntores y otros curanderos.

No me cansaré de repetirlo: la medicina científica no lo cura todo, pero la alternativa no cura nada. Así, los dos grandes centros de investigación sobre la mal llamada medicina alternativa de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de EE UU no han desarrollado ninguna terapia efectiva contra ninguna enfermedad en sus casi 20 años de funcionamiento a pesar de haber gastado miles de millones de dólares. El Centro Nacional para la Medicina Complementaria y Alternativa (NCCAM) y la Oficina de Medicina Complementaria y Alternativa para el Cáncer (OCCAM) cuestan anualmente 240 millones de dólares que van a la basura.

“Alguna cosa natural”

“Sacaremos del vademécum medicamentos de escaso valor terapéutico que se pueden sustituir con alguna cosa natural”, anunciaba la ministra Ana Mato la semana pasada. ¿Qué narices quiere decir con “alguna cosa natural”? “Alguien debería escribir una tesis sobre cómo cada presidente español hace bueno al anterior”, recordaba hace unos días Jose A. Pérez en Twitter cuando Mariano Rajoy intentó convencernos de que, al aceptar 100.000 millones de euros para rescatar nuestro sistema bancario, estábamos haciéndole un favor a Europa. De esos jefes vienen estos subalternos. Después de Leire Pajín, la ministra Power Balance, llega Ana Mato, la ministra de lo natural, ignorante de que aquellos remedios naturales que funcionan acaban convirtiéndose en medicinas y el resto son, en el mejor de los casos, placebos.

El dúo Pajín-Mato personifica el matrimonio entre la política de carrera y el principio de Peter. Es terrible. No sé lo que hemos hecho los españoles. ¿De verdad nos merecemos tanta ineptitud al frente de un departamento tan importante como el de sanidad? No digo que no pueda y deba ahorrarse, sino que es un auténtico despropósito dejar de subvencionar 425 medicamentos que funcionan -si no funcionan, ¿por qué autorizaron en su día su subvención?- en favor de “alguna cosa natural” para ahorrar 458 millones de euros anuales. Como ha escrito Carlos Fonseca, “la decisión es económica y no terapéutica; no pretende mejorar nuestra salud, sino gastar menos”.

En coincidencia con las declaraciones de la ministra, he tenido que recurrir a antibióticos, antitusivos y analgésicos para hacer frente a una infección de las vías respiratorias, y me he curado en un tiempo razonable. No quiero ni pensar lo que habría sufrido de apostar por los remedios naturales de Mato, o por la homeopatía tan querida por la Universidad de Zaragoza y la Universidad Pública de Navarra. Recuerden de qué moría mucha gente hace sólo un siglo, cuando vivíamos en mayor sintonía con la naturaleza que hoy. Recuerden que las mal llamadas medicinas alternativas no curan nada. Y recuerden que no hay nada más natural que la muerte. Claro que igual, en el fondo, de lo que se trata es de acelerar el proceso natural para ahorrar dinero público y que sólo puedan retrasar lo inevitable quienes puedan pagarlo.