Agricultura natural

“No hay ninguna prueba de que comer ecológico sea mejor para la salud”, dice José Miguel Mulet

José Miguel Mulet es profesor de la Universidad Politécnica de Valencia e investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas, y también la bestia negra de la denominada agricultura ecológica. Con su primer libro, Los productos naturales ¡vaya timo! (Laetoli, 2011), saltó con fuerza a la arena de la divulgación para defender las bondades de la biotecnología aplicada a nuestra dieta. Ahora, en Comer sin miedo (Destino), desmonta las mentiras y mitos del mundo de la alimentación y avisa, entre otras cosas, de que hay más tecnología en un tomate de la tienda de la esquina que en un iPhone.

-¿Come mucha gente con miedo en España?

-En España y en todo el mundo. Sólo tienes que abrir el correo electrónico y verás que continuamente te llegan mensajes diciendo que tal alimento es cancerígeno, que los conservantes nos están envenenando… Circula mucha información sobre supuestos peligros de determinados alimentos.

-¿Cuál es la última locura que le ha llegado?

-Como están de moda dietas que sostienen que la leche es lo peor de lo peor, no hay día que no se diga una cosa mala de ella. Como locura peligrosa, que el cáncer puede curarse con una dieta.

-¿La leche es tan mala como dicen quienes recalcan que somos el único mamífero que la toma de adulto?

-También somos el único mamífero que hace bacalao al pil pil, y nadie se plantea que sea malo. Obviamente, la gente con intolerancia a la lactosa o álergica leche no debe tomarla. Pero, al margen de esas excepciones, es un alimento tan válido como cualquier otro. Los mamíferos adultos no beben leche en la naturaleza porque no pueden disponer de ella, pero ponle un plato de leche a un gato y ya verás. También los animales comen carne cruda y nosotros, asada.

-Por esas mismas, también podrían argumentar que no estamos hechos para comer carne asada, ¿no?

-Claro. Sin embargo, según algunos antropólogos, comer carne asada es lo que nos ha hecho inteligentes, porque facilita la digestión, se asimilan mejor algunos nutrientes… Es una teoría del antropólogo Richard Wrangham, con quien no todo el mundo está de acuerdo.

-¿Qué tiene que ver la carne cocinada con la inteligencia?

-Nuestro cerebro consume muchísima energía; es un órgano muy caro de mantener. Es como un aparato eléctrico que consuma el 25% de toda la energía de casa. Las digestiones más rápidas y fáciles pudieron permitir aumentar la cantidad de energía que obteníamos del alimento y, a la vez, acortar los intestinos, y el excedente energético pudo ir a parar al cerebro que, entonces, pudo mantener nuevas funciones.

-¿Hemos comido alguna vez más seguro que ahora?

­-Con los datos en la mano, no. Sólo hay que ver que hace 40 años en España había gente que se moría de cólera. Hoy, gracias a la seguridad alimentaria, que incluye el agua, el cólera no existe.

El bioquímico José Miguel Mulet, entre tomateras en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas de Valencia. Foto: Irene Marsilla.

Conservantes y colorantes

-Entonces, ¿por qué tenemos esa sensación de inseguridad?

-Porque hay etiquetas que nos informan. Cuando comes cosas sin etiqueta, parece que no tengan nada; pero los conservantes se han utilizado toda la vida. Y menos mal, porque, si no, mucha más gente hubiera muerto. Ahora están regulados, se han prohibido los que pueden dar algún problema y sabemos exactamente qué cantidades podemos utilizar de cada uno.

Sin embargo, mucha gente considera que la leyenda “sin conservantes ni colorantes” es un plus de calidad.

-Sí. Sin embargo, a mí me asusta. La gente piensa que “sin conservantes ni colorantes” es sinónimo de calidad, pero no lo es. Además, muchas veces tampoco es del todo cierto que no los lleven. Por ejemplo, en la etiqueta de un pan de molde que se vende como 100% natural, no sale ningún número E. Eso podía llevarte a pensar que no lleva ni conservantes ni colorantes. Un conservante es el ácido acético. Si lo usas, tienes que poner ácido acético-E260. En ese pan de molde ponen vinagre, uno de cuyos componentes es el ácido acético. Al final, llegas al mismo sitio, aunque hagas trampas.

-Algunos dicen que nunca hemos comido tan artificial y que hay que volver a la alimentación natural.

-En alimentación, lo natural no existe. Toda la vida hemos comido artificial. Si el hombre dejara de existir de repente, las especies vegetales y animales domesticadas desaparecerían con él.

-Entonces, ¿la agricultura y la ganadería ecológicas…?

-La agricultura y la ganadería ecológicas son buenas intenciones pésimamente desarrolladas. Hacer una agricultura y una ganadería más respetuosas con el medio ambiente es una iniciativa muy buena. Pero siempre han importado más el rollito espiritual y la ideología que la evidencia científica. Ahora, el problema es que producción ecológica es la que se adapta al reglamento europeo de producción ecológica, que muchas veces no tiene en cuenta la evidencia científica. Al final, en ese reglamento lo preponderante es que todo lo que metas sea natural.

-Dice en Comer sin miedo que un producto no se considera ecológico porque su cultivo sea más respetuoso con el medio ambiente o emita menos CO2, sino sólo por encajar en ese reglamento.

-Es que es así. Cuando consume ecológico, la gente muchas veces no sabe realmente lo que está comprando. Según las encuestas de consumo, más de un 70% de la gente que empieza a comprar productos ecológicos lo hace porque piensa que van a ser mejores para su salud.

-¿Y no lo son?

-No, no hay ninguna evidencia científica de que un producto ecológico sea mejor para la salud que uno convencional.

-Pero son bastante más caros.

-Lo ecológico es muy caro porque los métodos de producción que permite el reglamento europeo están obsoletos y son muy poco eficientes. Si la producción de cualquier cosa es muy poco eficiente, el precio sube. No permite, por ejemplo, ciertos fitosanitarios. Un error típico es creer que un producto ecológico no ha sido tratado con pesticidas, cuando, sin embargo, lleva los que autoriza el reglamento. El problema es que los autorizados son los llamados naturales y no siempre son los mejores. Hay pesticidas sintéticos que funcionan mejor y van mejor a las plantas, pero, como no te dejan utilizarlos, tienes que usar los peores. Eso sí, naturales.

Alertas alimentarias

-Usted afirma que la mayoría de las intoxicaciones alimentarias que hemos sufrido en Europa en los últimos años han tenido su origen en productos ecológicos.

-La intoxicación más grave fue la mal llamada crisis del pepino, que tuvo su origen en brotes de fenogreco ecológico. Murieron unas 40 personas y hubo 4.000 hospitalizaciones por un producto ecológico. Luego, hemos tenido más alarmas que no han llegado a los medios, pero han provocado hospitalizaciones. Por ejemplo, una retirada de huevos ecológicos en Alemania porque iban cargados de dioxinas. También tuvimos una contaminación de trigo sarraceno ecológico en Francia con siete hospitalizados, y no fue la primera vez. El consumo de productos ecológicos es minoritario porque son muy caros y, sin embargo, es más fácil que haya alertas por productos ecológicos contaminados que por convencionales.

-¿Por qué? ¿Están menos controlados?

-Porque es más difícil controlarlos, ya que son producciones pequeñas que, muchas veces, también se distribuyen a pequeña escala. Además, el reglamento europeo, al que sólo preocupa si algo es natural o artificial, permite prácticas con riesgo sanitario, como el abono con estiércol.

-¿Es más seguro no comer productos ecológicos?

-No quiero asustar a la gente. Para asustar a la gente, ya están los grupos ecologistas. La comida en Europa es segura. Pero sí es verdad que, con las estadísticas en la mano, es un poco más segura la convencional que la ecológica.

-Con esas mismas estadísticas, usted sostiene que en diecisiete años de transgénicos no ha habido ningún problema en Europa.

-Ni en todo el mundo.

-¿Cómo se explica, entonces, la oposición a los transgénicos?

-Es algo propiamente europeo. Si vas a Estados Unidos, allí ni siquiera Greenpeace hace campaña contra los transgénicos. Cualquier lector puede visitar la página web de Greenpeace Internacional y comprobar que en la portada no sale nada contra los transgénicos, como sí sale en la de Greenpeace España.

-¿Está diciendo que Greenpeace mantiene un discurso diferente según el país?

-Sí. En Europa son mucho más radicales. En EE UU son más tibios y ni siquiera llevan el tema a la portada de su web. ¿A qué se debe la oposición europea a los transgénicos? Hay motivos históricos. La de los transgénicos es una tecnología estadounidense y, en un principio, las grandes empresas europeas quisieron bloquear las fronteras a esos productos para protegerse frente a sus competidores y vieron con buenos ojos las campañas ecologistas. Eso pasó en 1995. Ahora, esas mismas compañías se han dado cuenta de que no pueden recuperar el terreno perdido porque las leyes europeas no les dejan hacer nada.

-¿En serio?

-Sí. Están atadas de pies y manos porque el proceso para conseguir autorización para un producto transgénico es carísimo y, además, no garantiza que, después de invertir cientos de millones de euros en su desarrollo, te lo vayan a aprobar. BASF estuvo doce años trabajando con una patata transgénica, la Amflora, que produce un almidón ideal para algunas aplicaciones industriales. Al final, consiguió la aprobación y, de repente, Alemania se sacó de la manga nuevas leyes y controles. ¿Qué hizo BASF? Cerró toda la división de investigación en plantas y se la llevó a EE UU.

-¿Eso no pone el futuro agrícola europeo en manos de EE UU?

-Exacto. Porque, además, los transgénicos ya están en Europa. Los importamos. El algodón de los billetes de euro es transgénico. A nuestros agricultores no les dejamos utilizarlo, pero importamos el producto elaborado. Estamos ahogando al campo. No le estamos dejando competir en igualdad de condiciones.

-La oposición se centra en los transgénicos creados en laboratorio, pero, en realidad, llevamos comiendo organismos genéticamente modificados por nosotros miles de años, ¿no?

-Sí. El trigo, por ejemplo, es un híbrido de tres especies; son tres genomas de tres organismos diferentes fusionados. Es lo que se llama un paleotransgénico. Hemos modificado el genoma de todo lo que comemos. La diferencia es que, en el caso de los transgénicos, sabemos exactamente lo que hacemos.

¿Productos autóctonos?

'Comer sin miedo', de José Miguel Mulet.-Explíquese.

-En un transgénico, cogemos un trozo de ADN de un organismo –que le proporciona resistencia a un insecto o tolerancia a un herbicida– y se lo ponemos a otro. Sabemos, en todo momento, lo que cambiamos. Antiguamente, las especies también se mejoraban. El maíz que cultivamos no se parece en nada al teosinte, su antepasado silvestre. ¿Cómo se hacía? Cuando alguien se encontraba con una mutación espontánea que hacía al espiga más grande o de un color más bonito, la seleccionaba y la utilizaba para semilla. Luego, en los años 50, aceleramos ese proceso natural usando radiactividad para provocar mutaciones y seleccionar las plantas más interesantes entre ellas. Ahí no sabes lo que ha pasado.

-Sólo ves el producto final, y la planta puede haber sufrido otras mutaciones no deseadas, ¿no?

-Eso es. Y podía suceder que consiguieras una planta preciosa y sólo después te dieras cuenta de que acumulaba un tóxico, como ocurrió con una variedad de puerros que tuvo que retirarse. Mediante este procedimiento, que parece tan marciano, es como se han conseguido todas las legumbres, frutas y verduras que hay en los supermercados.

-Lo que compramos y creemos que es de toda la vida.

-Eso se ha hecho bombardeando el genoma a lo bestia, llevándote luego las semillas al campo y viendo la planta que salía y decidiendo, por ejemplo, cultivar un nuevo pimiento amarillo, en vez de rojo o verde.

-Hablando de pimientos, es muy divertido ver que casi todo el mundo considera los de su región como autóctonos.

-Sí, cuando los pimientos vienen de América. Para más inri, dicen: “Es que yo quiero consumir variedades locales”. Perdona, tu variedad local, en algún momento, fue foránea.

-Si quisiéramos comer productos naturales y autóctonos, tendríamos que renunciar al tomate, el pimiento, la patata…

-Si vas más atrás en el tiempo, de la mayoría de los cultivos. Las cinco zonas de donde vienen las especies de las que nos alimentamos son el Creciente Fértil (Oriente Próximo), África ecuatorial, Mesoamérica, los Andes y la región australasiática. En Europa, surgen las manzanas, algunas variedades de frutas del bosque y poco más. Lo tendríamos muy complicado para una alimentación equilibrada.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

“Mitos, falacias y mentiras sobre la alimentación”, el lunes en Bilbao con José Miguel Mulet

Sección de frutería de un supermercado. Foto: Linsensuppe.¿Es la comida actual peor que la de tiempos de nuestros abuelos? ¿Los alimentos del supermercado son más malos que buenos? ¿La llamada producción ecológica es mejor para nuestra salud y, por eso, es más cara? ¿Deberíamos consumir, ante todo, productos autóctonos?  ¿Y qué me dice de los riesgos de los transgénicos? A todas estas preguntas, y muchas más, responderá el lunes el bioquímico José Miguel Mulet, autor del libro Comer sin miedo (Destino), a partir de las 19.30 horas en la Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao.

Autor del también recomendable Los productos naturales ¡vaya timo! (Laetoli, 2011), Mulet es profesor de la Universidad Politécnica de Valencia e investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas. En los últimos años, se ha convertido, además, en uno de los divulgadores científicos de referencia en España por su capacidad para transmitir al público conocimientos de una manera clara y provocadora. “Por mucho que te lo digan, la comida natural es un mito. Toda la comida es fruto de la selección artificial, de la mejora genética y por tanto de la tecnología. Por eso, en un tomate tienes más tecnología que en un iPhone 5, y además es más barata, con lo que todos podemos disfrutar de ella. No somos lo que comemos, comemos lo que somos”, advierte.

Mulet hablará en Bilbao de Mitos, falacias y mentiras sobre la alimentación, en un acto organizado por Destino, la Biblioteca de Bidebarrieta, el Círculo Escéptico y El Correo. La entrada será gratuita hasta completar el aforo. Yo tendré el placer de presentar al conferenciante y conducir el posterior debate.

«No hay productos agrícolas naturales», dice la bioquímica Mertxe de Renobales

Mertxe de Renobales, con una mazorca de maíz transgénico. Foto: Blanca Castillo.

La bioquímica vasca Mertxe de Renobales ganó en 2009 el premio Junta General del Principado de Asturias – Sociedad Internacional de Bioética por un trabajo en el que defiende el uso de transgénicos en la denominada agricultura ecológica. En esta entrevista, la profesora de la Facultad de Farmacia de la Universidad del País Vasco habla de los organismos genéticamente modificados, sus beneficios y riesgos.

-Usted sostiene que los transgénicos no son incompatibles con la llamada agricultura ecológica.

-La agricultura ecológica trata de usar prácticas de cultivo menos agresivas con el medio ambiente que las convencionales. La certificación ecológica prohíbe el uso de herbicidas, plaguicidas y fertilizantes de síntesis. Y hay transgénicos que no requieren de insecticidas porque ya están protegidos contra ese tipo de ataque, con lo que no hace falta usar insecticidas.

-Y hay menos daños al medio ambiente.

-Sí. Durante los últimos 15 años, en Estados Unidos y China se ha visto que el cultivo comercial de transgénicos modificados contra insectos logra reducir las plagas no sólo en esos campos, sino también en los adyacentes de cultivos convencionales. Los campos de transgénicos se convierten en sumideros para las plagas. La agricultura ecológica debería usar transgénicos porque su cultivo es menos agresivo para el medio ambiente, pero los prohíbe tajantemente.

-¿Por qué?

-Habría que preguntárselo a ellos. Un transgénico es un organismo al que en el laboratorio hemos insertado un gen de otro organismo o hemos modificado alguno de los suyos mediante ingeniería genética. Pues, bien, lo que la agricultura ecológica prohíbe son esas técnicas.

Plantas irradiadas

-Todo lo que cultivamos ha sido modificado genéticamente, es transgénico stricto sensu, ¿no?

-Sí; pero no se le llama transgénico.

-Hoy he comido pasta. ¿He comido transgénicos?

-Depende de que la definición sea legal o científica.

-Científica.

-Científicamente hablando, sí. El trigo duro, la variedad que se utiliza para la pasta, tiene cuatro genomas diferentes. Nosotros tenemos dos, el del padre y el de la madre. El trigo duro tiene cuatro genomas que le han llegado de cruces espontáneos de dos variedades diferentes, cada una con sus dos genomas. Para crear una de las variedades de trigo duro muy popular, los parentales se han irradiado con neutrones. El trigo con el que se hace el pan de todos los días tiene seis genomas de tres especies diferentes. Esto sería equivalente a cruzar un ser humano, un gorila y un chimpancé, cada uno con dos genomas.

-Estamos hablando de un producto anterior a la manipulación genética.

-Bueno, esto también es manipulación genética, aunque no estrictamente ingeniería genética. Sí, el trigo duro es bastante reciente y, sí, está hecho por hibridación e irradiación.

-¿Una planta creada en el laboratorio por hibridación sería admitida por la agricultura ecológica?

-Claro. Las utilizan.

-¿Y por qué no los transgénicos?

-Para mí, es una contradicción. Desde los años 50 del siglo pasado, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la agricultura (FAO) tiene un programa, en colaboración con la Agencia Internacional de Energía Atómica, para el desarrollo y mejora de cultivos por irradiación. Coges semillas, las sometes a radiaciones ionizantes que provocan un montón de mutaciones, las siembras y te quedas con aquella con las características que estás buscando. A partir de ahí, desarrollas la planta y pasa a ser parte de las variedades cultivables. La agricultura ecológica usa ese tipo de plantas.

-¿Plantas a las que se han provocado mutaciones por irradiación?

-Sí, por radiaciones ionizantes artificiales.

-¿Cómo se explica entonces su oposición a los transgénicos?

-No lo sé. Leyendo la directiva europea de agricultura ecológica, da la impresión de que se basa en la idea que no son naturales.

La mística de lo natural

Mertxe de Renobales, en su laboratorio de la Facultad de Farmacia de la Universidad del País Vasco, en Vitoria. Blanca Castillo.-Vamos, que parte del supuesto de que lo natural es bueno y lo artificial, malo.

-Es lo que mucha gente cree. Para mí, el rechazo frontal a los transgénicos por los partidarios de la agricultura ecológica se debe, en parte, a esa razón. En la directiva, se habla de lo que determinados consumidores quieren.

-¿Qué consumidores?

-No lo precisa; lo deja en el aire. No sabemos de cuántos consumidores está hablando. Según la directiva, parece que, además del consumidor medio, hay otro que está mejor considerado o que se considera más puro, que es el que rechaza los transgénicos.

-Eso casa con la idea de que quien consume productos llamados naturales es mejor persona que quien no lo hace.

-También tienen esa mística. Desde luego, la agricultura ecológica está en general apoyada por los partidos de izquierdas, las asociaciones ambientalistas, las ONG de derechos humanos… A mí también me preocupa el medio ambiente y ahora resulta que me encuentro con un tipo de cultivo que utiliza menos insecticidas y menos herbicidas, y aumenta la productividad sin dedicar más terreno, pero que los grupos ecologistas no lo consideran adecuado .

-¿Pasarnos en bloque a la agricultura ecológica supondría aumentar considerablemente la superficie cultivable?

-A corto plazo, salen rendimientos muy parecidos entre agricultura ecológica y convencional. Pero, cuando coges un ciclo de diez años, los rendimientos son entre un 10% y un 30% menores en la ecológica. Eso significa que vas a necesitar entre un 10% y un 30% más de tierra para mantener la producción.

-¿Sería viable alimentar a la Humanidad con agricultura ecológica?

-Todos los estudios indican que no, debido a la reducción de productividad.

-Volviendo a los transgénicos, una de las críticas que se les hacen es que ponen a los agricultores en manos de las multinacionales.

-Sospecho que el rechazo fundamental va por ahí. A eso hay que sumar el intento de convencernos de que hay productos agrícolas naturales. No los hay. Es verdad que hay transgénicos, como el maíz Bt, protegido contra el taladro, cuya semilla es de un 20% a un 30% más cara que la del convencional, pero al agricultor le compensa ante el riesgo de que haya una plaga de taladro porque garantiza la producción.

-La agricultura convencional también está en manos de las multinaciones, así que no es algo nuevo.

-Así es. Los agricultores industriales compran las semillas a multinacionales. Otra cosa es los que tienen una pequeña huerta, que pueden desarrollar sus semillas en ocasiones. En general, éstas son mucho menos productivas que las de los industriales, que están mejoradas sistemáticamente, aplicando los conocimientos de la agricultura científica.

-No hay nada natural en la agricultura, ¿verdad?

-No. La agricultura no tiene nada de natural. De hecho, no comemos casi nada natural, en el sentido de que el ser humano no lo haya modificado. ¿Qué comemos natural? La caza, la pesca extractiva y algunos productos silvestres. Hay algunas setas que las comes una vez en la vida porque son tan naturales que tienen todos los productos tóxicos a tope. Gracias a la agricultura, le hemos quitado todo lo tóxico a la patata, el tomate…

Los riesgos

-¿Así que, si puedo comerlos, es gracias a miles de años de manipulación genética?

-Sí. Nuestros antepasados eliminaron esas toxinas sin saber exactamente lo que estaban haciendo. Se daban cuenta de que las personas que comían algunas plantas morían y las que comían otras no…

-¡Vaya precio!

-Tuvo que ser así. Las plantas no pueden salir corriendo cuando les ataca un herbívoro para comérselas. Por eso, sintetizan sustancias tóxicas contra los que las atacan. Me imagino que nuestros antepasados murieron a montones cuando iban probando patatas, tomates, pimientos… El genoma de las plantas y animales domesticados ha sido alterado por el ser humano durante milenios, pero nos parecen lo más natural. ¿Quieres un ejemplo?

-Sí.

-Nosotros comemos la semilla del maíz, que no la fabrica para que la comamos, sino para reproducirse. Si dejamos al maíz que se reproduzca en el campo él solo, la mazorca caerá al suelo, se pudrirá y, con mucha suerte, germinarán uno o dos granos. ¿Por qué? Porque los granos están perfectamente protegidos por las hojas. En la naturaleza, el antepasado del maíz tenía una espiga pequeñita y flexible de modo que, cuando las semillas estaban maduras, salían disparadas por el aire. El maíz ya no puede reproducirse en la naturaleza por sí solo.

-Y, si es transgénico, ¿no se extenderá como una plaga?

-Se han hecho muchos estudios al respecto. Hace años, se plantaron en hábitats naturales, en Inglaterra, cultivos convencionales y transgénicos, unos junto a otros. Querían ver cómo evolucionaban durante diez años. Al cabo de cuatro, habían desaparecido prácticamente todos. Las plantas cultivadas no pueden vivir solas en la naturaleza porque, en el proceso de domesticación, hemos alterado su ciclo reproductor. Y las transgénicas son exactamente iguales que las otras y viven exactamente igual de mal que las otras si las dejas solas.

-Vale, pero ¿son seguros los transgénicos?

-Sí. Puedes comerlos tranquilo. No te pasará nada. Para llegar al mercado, han tenido que pasar un montón de pruebas. Una vez comercializado, un transgénico es tan seguro o más que un cultivo convencional o ecológico. Los transgénicos están más controlados que los productos agrícolas que compramos normalmente en el supermercado -procedentes de explotaciones convencionales o ecológicas- porque, en estos casos, la legislación es muy poco exigente, muy light. Ahora bien, en España no se cultiva ningún transgénico para consumo humano, debido a la mala prensa que tienen.

Publicado originalmente en el suplemento Ciencia del diario El Correo.