Huérfanos de H.L. Mencken

“Hasta donde me alcanza el entendimiento, y llevo años estudiando este hecho con profundidad y empleando a gente para que me ayude en la investigación, jamás nadie en este mundo ha perdido dinero al subestimar la inteligencia de las grandes masas. Tampoco nadie ha perdido por eso su cargo público”, escribió Henry Louis Mencken (1880-1956) en 1926. Mencken fue un periodista estadounidense agudo y crítico como pocos, cuya lectura hoy en día resulta reconfortante. Acaba de llegar a las librerías En defensa de las mujeres (La Fábrica Editorial, 2003), prologado por Gore Vidal, y Alcor publicó en 1992 el imprescindible Prontuario de la estupidez humana, una selección de sus mejores textos presentada por el filósofo Fernando Savater.

Dice Savater en el prólogo del Prontuario que, a pesar de los defectos propios de “su condición autodidacta”, Mencken destaca por “su enorme coraje intelectual y su contundencia expresiva”. Vivió en una época que consideramos más pacata que la nuestra, aunque tal juicio resulte cuestionable en los tiempos de lo políticamente correcto, cuando casi nadie se atreve a llamar a las cosas por su nombre con la claridad con que lo hizo el periodista de Baltimore. Mencken era un escritor inteligente para lectores inteligentes; ahora, lo que impera en las listas de más vendidos es todo lo contrario, tanto a un lado como a otro del libro. Lo que triunfa es el equivalente impreso a Hotel Glam, Operación Triunfo y Gran Hermano, y a ese carro intenta subirse Bruño Cardeñosa (Orense, 1972), un periodista que ha hecho carrera publicitando todo tipo de patrañas en las revistas esotéricas, con 100 enigmas del mundo(Corona Borealis, 2003).

Especializado en lo paranormal, Cardeñosa publicó en 2001 El código secreto, obra en la que presenta una larga lista de hechos fraudulentos, reinventados o tergiversados para apoyar su tesis de que “los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución” y “aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens“. Para él, ya había seres humanos en la época de los dinosaurios, y el Yeti y otros monstruos antropomorfos no son un cuento chino, sino algunos homínidos de los que se creen extintos: “Los eslabones de la cadena humana permanecen aún vivos sobre la faz de la Tierra, esperando el momento en que la ciencia se ocupe de ellos”.

En 100 enigmas del mundo, Cardeñosa -para quien no hubo un avión que se estrellara contra el Pentágono el 11-S– recicla los clásicos falsos enigmas que hicieron rico a Erich von Däniken. A la espera de la lectura sosegada que todo original merece, puede adelantarse que el libro no defraudará a quienes quieran divertirse cazando los múltiples errores que a buen seguro trufan sus páginas. Si, en El código secreto, el autor descubrió que cada cromosoma humano tiene 30.000 genes, para pasmo de los biólogos moleculares, una rápida hojeada a 100 enigmas del mundo -en la que participamos el historiador y periodista Julio Arrieta y el autor- revela que la nueva obra puede ser un filón. Porque sólo un ignorante de tomo y lomo puede calificar de descubrimiento la penúltima estupidez por la fantarqueóloga matriarcalista Francisca Martín-Cano Abreu, quien afirma que la disposición de los bisontes de Altamira refleja “cómo era el cielo un 14 de febrero de hace 13.000 años”, o es incapaz de dar con la causa de los círculos de las cosechas y mantiene que “seguimos sin saber quién o qué las genera, y si detrás de las formaciones hay una inteligencia diferente a la nuestra, si se trata de otras formas de vida o si es un mensaje de la Tierra encarnada en Gaia”.

Círculos de misterio

2001 fue el año del contacto. El primer mensaje alienígena se hizo cereal el 21 de agosto. Ocurrió en el Reino Unido, cerca de la estación meteorológica de Chibolton. En un sembrado colindante con el observatorio, aparecieron un rostro y una especie de réplica de la señal que en 1974 se emitió desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) hacia M13, un cúmulo de estrellas situado a 25.000 años luz. “Creo que es una respuesta al mensaje de Arecibo”, dijo Palden Jenkins, un estudioso de los círculos. Era el broche de oro de una temporada que había empezado con bastante retraso sobre el calendario habitual.

“Los extraterrestres parecen estar al tanto de las leyes británicas, porque ningún ovni ni ningún orbitrón de plasma se ha dejado caer por la campiña inglesa durante el brote de fiebre aftosa”, ironizaba Michael Wright el 17 de junio de 2001, en The Sunday Times. Una vez levantada la prohibición de acceso a carreteras y caminos rurales impuesta para evitar la difusión del mal, los pictogramas florecieron. A mediados de agosto, Tim Carson, un granjero de Wiltshire, descubrió una figura en su propiedad y tuvo claro, desde el primer momento, que no era cosa de marcianos. “Recibí una llamada en la que me preguntaron si los caminos estaban ya abiertos al público. Dije que sí y aquella noche apareció un círculo de los sembrados”, declaró a la BBC.

Los artistas del cereal

El condado de Wiltshire -en el que se levantan los monumentos megalíticos de Stonehenge y Avebury- es la Disneylandia de la cerealogía, que debe su nombre a Ceres, la diosa romana de la agricultura. Allí comenzó todo a mediados de la década de 1970 y allí se encontró la otra formación que, junto a las de Chibolton, causó sensación el año pasado: una espiral de seis brazos, compuesta por 409 círculos y que ocupaba 45.000 metros cuadrados de un trigal de Milk Hill. John Lundberg, un diseñador gráfico londinense de 33 años, calcula que el complejo pictograma pudo exigir de sus creadores unas tres horas de intenso trabajo nocturno. Lo dice con conocimiento de causa: forma parte de uno de los grupos que, desde hace años, reivindican la paternidad de los círculos.

Frente a los ufólogos que atribuyen los dibujos a platillos volantes, los meteorólogos excéntricos que hablan de nuevos fenómenos atmosféricos y los místicos de la Nueva Era que argumentan que es la propia Tierra la que quiere así llamar la atención sobre la degradación medioambiental, Lundberg y sus colegas dicen que se trata de obras de arte. Efímero, porque la siega destruye los pictogramas; pero arte, al fin y al cabo. Su equipo responde al nombre de Circlemakers (fabricantes de círculos). Son tres, empezaron a actuar en Wiltshire hace más de diez años y, desde 1995, disponen de una web en la que informan de sus proyectos y mantienen al día un censo de este tipo de creaciones.

“Cuando, en 1991, Doug Bower y Dave Chorley confesaron que habían estado haciendo círculos durante quince años, el interés popular cayó en picado. Entonces -recuerda Lundberg-, nos propusimos elevarlo otra vez haciendo formaciones tan grandes y complejas que la gente volviera a preguntarse: ‘¿Es posible que estas cosas sean obra humana?'”. El trío hace entre veinticinco y treinta dibujos cada temporada, entre abril y septiembre. No son los únicos. Hay, en el Reino Unido, otros tres o cuatro grupos igual de activos, además de muchos que realizan una o dos obras al año.

Desde que el diario The Wiltshire Times se hizo eco del primer pictograma hace veintidós años, la complejidad de las formaciones ha ido en aumento. Las primeras llevaban a Bower y Chorley pocos minutos. Eran fáciles de hacer: uno de ellos se plantaba sobre el terreno, a modo de poste, con una cuerda o cinta de agrimensor a cuyo otro extremo estaba su cómplice. Este último caminaba entonces alrededor de su compañero, cual brazo móvil de un compás humano, dibujando un círculo de plantas tumbadas. Aplastaba el cereal con los pies, apoyándolos en un tablón que sujetaba con las manos, gracias a sendas cuerdas. Los dibujos de ahora son bastante más complicados, pero la técnica es la misma.

Bromistas impenitentes

Los dos vecinos de Southampton se lo pasaron en grande durante tres lustros. Diseñaban figuras cada vez más llamativas no sólo para superarse en su arte, sino también para entusiasmar o crear dolores de cabeza a los cereálogos, una peculiar tribu que recorría la campiña a la caza de dibujos. Bower llegó a acompañar a los expertos en sus visitas a los pictogramas y tomar nota de sus teorías para hacerlas realidad o ponerlas en entredicho. Así, cuando un cereálogo achacaba que las plantas aparecieran tumbadas siempre en un mismo sentido a la acción de tornados o vórtices de plasma, la pareja creaba una figura con el cereal aplastado en sentido contrario o con círculos satélites.

Dentro de la comunidad cerealógica destacaron pronto tres personajes por su capacidad de rentabilizar el fenómeno: los ingenieros Colin Andrews y Pat Delgado, y el meteorólogo Terence Meaden. Las continuas bromas de Bower y Chorley les volvieron locos. Al final, en septiembre de 1991, todo se fue abajo. Unos periodistas del diario Today enseñaron a Delgado una figura y éste se deshizo en elogios. “¡Es fantástico!”, dijo, antes de añadir que no podía ser obra humana. Cuando los reporteros le presentaron a los dos artistas, dos sesentones, la tierra se abrió bajo los pies del cereálogo. “La gran broma ha terminado. Dos espabilados nos han engañado”, concluyó. Pero la broma no había hecho nada más que comenzar.

Bower y Chorley se habían dado cuenta años antes de que había otros artistas del cereal. We are not alone (No estamos solos), escribieron en letras de doce metros en un sembrado en 1986, en reconocimiento a sus colegas. A partir de ese momento, firmaron sus trabajos con dos des mayúsculas. “Incluso eso se atribuyó a un misterioso propósito extraterrestre”, recuerda el fallecido astrofísico Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios (1996). Fueron los herederos intelectuales de los artistas de Southampton los que revitalizaron el fenómeno con increíbles dibujos, como el de un gris -un alienígena típico de Expediente X– con un disco que apareció el pasado 15 de agosto en Hampshire. Para los cereálogos, el disco contiene un mensaje de otro mundo.

“Lo que me fascina son los mitos y el folclore que han surgido alrededor de los círculos”, afirma John Lundberg, quien no se considera un bromista, sino un artista. Los sucesores de Bower y Chorley utilizan ordenadores para sus diseños, pero los trasladan al campo con los mismos útiles que sus maestros: cinta de agrimensor, tablones, cuerdas, brújulas, linternas… En el verano de 2002, siguiendo la estela de Señales, la última película de M. Night Shyamalan, miles de turistas invadieron los campos de Wiltshire y Hampshire para admirar sus obras de arte. El taquillazo de Hollywood llenó los bolsillos de los agricultores -cobran por entrar a sus propiedades-, las agencias de viajes y los cereálogos que tan mal lo pasaron hace diez años. El negocio de los círculos volvió a ser redondo.


Un arte y un negocio típicamente británicos

Son tan ingleses como los estrafalarios sombreros de Isabel II y el té de las cinco. De hecho, nacieron en una noche de verano de 1975 ó 1976 después de que cayeran varias pintas en un pub, el Percy Hobbs de Winchester. Doug Bower y Dave Chorley paseaban por un camino hablando de ovnis cuando el primero, que había vivido en Australia, recordó que en 1966 se había atribuido un círculo de hierba aplastada descubierto cerca de Queensland al aterrizaje de un platillo volante. “¿Qué crees que ocurriría si hiciéramos un círculo por aquí?”, preguntó a su compañero señalando un trigal. Así comenzó todo.

Al principio, la pareja empleó para aplastar el cereal la barra metálica con la que Bower atrancaba la puerta trasera de su tienda de marcos. Con el tiempo, se fabricaron las herramientas que aún siguen utilizando los hacedores de círculos del siglo XXI. Y tuvieron que dar explicaciones a Ilene, la esposa de Bower. En 1984, la mujer se encaró a su marido. Creía que tenía una aventura. Sólo así podían explicarse sus repetidas salidas nocturnas. El hombre le dijo a qué dedicaba las escapadas, pero ella no le creyó hasta que acompañó a él y a su cómplice en una de sus expediciones.

Los autores, perplejos

Bower y Chorley nunca pudieron imaginar que los cereálogos iban a detectar en sus obras y en las de otros colegas rastros de radiactividad o alteraciones en la composición química de las plantas. Jim Schnabel, ex artista del cereal y periodista, recuerda en su libro Round in circles (1993) cómo los expertos convertían “mágicamente” sus errores en “logros que ningún ser humano podía duplicar”. Por obra y gracia del misteriólogo de turno, un pictograma hecho con unas pintas de más acababa siendo radiactivo, rememora Schnabel. Mike J., otro ex fabricante de figuras, descubrió en 1991 que una formación que había creado un año antes “había sido fotografiada, investigada, sondeada por zahoríes, analizada y reproducida en libros y camisetas”. Era auténtica y fue “imposible” para él convencer a los cereálogos de lo contrario.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Colonias secretas en un Marte de película

Si la invasión alienígena de Orson Welles demostró en 1938 que la creencia en visitantes extraterrestres estaba latente en la sociedad estadounidense mucho antes del avistamiento ovni de Kenneth Arnold, Anglia TV se adelantó en casi dos décadas a la paranoia conspiracionista que con tanto éxito explota Expediente X. Al igual que de las sesiones de radioteatro del autor de Ciudadano Kane sólo se recuerda La guerra de los mundos, de la serie Informe Científico de la ITV británica sólo ha sobrevivido Alternativa 3. No es para menos.

El documental de 1977 revela cómo el ser humano tiene los días contados sobre la Tierra a causa del deterioro medioambiental; las grandes potencias lo saben y trabajan desde hace décadas en colaboración para habilitar una colonia humana en Marte que acogerá a lo mejor de lo mejor; y las personas que desaparecen a diario en cualquier lugar del planeta son utilizadas como esclavas en una base en la cara oculta de la Luna. Todo ello, aderezado con entrevistas a científicos, astronautas y expertos en política internacional, así como con un vídeo del primer amartizaje ruso-americano, fechado en 1962 y en el que se ve un Marte de cielo azul bajo cuya arena se mueve algo vivo.

La fiebre de Alternativa 3 llegó a España en 1983 de la mano de Fernando Jiménez del Oso, quien incluyó el documental en su programa La Puerta del Misterio. Ésa fue la última emisión de la temporada, lo que rodeó al documental de una mayor aura enigmática a pesar de las numerosas evidencias en contra de su autenticidad, desde el color del cielo marciano hasta las apariciones de astronautas y científicos inexistentes.

La puntilla definitiva al fenómeno de Alternativa 3 la dio Nick Austin, el responsable de Sphere Books que contrató la edición posterior del libro del mismo nombre, en el número de abril de 1999 de la revista Fortean Times. “Por supuesto, Alternativa 3 -el documental de televisión y el libro- fue una broma, una farsa”, sentencia Austin, quien, en un extenso reportaje, desvela la historia real -el espacio iba a emitirse en el 1 de abril, Día de los Inocentes en el mundo anglosajón, pero tuvo que posponerse al 20 de junio-, identifica a los actores y no deja de mostrar su sorpresa por la pervivencia del mito. Inexplicable si tenemos en cuenta que los autores de la trama y la productora han repetido hasta la saciedad desde 1977 que Alternativa 3 se concibió como inocentada.

Publicado originalmente en Muy Especial.

La doblez del doblador de cucharas

“Recuerdo que hizo algún tipo de maniobra mental que dio como resultado una cuchara doblada. Sin embargo, que me leyera la mente y otras cosas que él dice que tuvieron lugar, simplemente, no es verdad”. Quien habla es Henry Kissinger; de quien habla es de Uri Geller. A mediados de los 80, el supuesto psíquico afirmaba haber puesto sus poderes al servicio de la CIA y haber hallado, contratado por multinacionales, importantes reservas minerales. Al igual que el ex secretario de Estado norteamericano, la CIA y directivos de Pemex y de la sudafricana Anglovaal Corporation negaron cualquier relación con el dotado. Su carrera como asesor psíquico era tan ficticia como sus poderes.

Geller tuvo en su desembarco en España en 1975 mejor suerte que en Estados Unidos y eso le ha rodeado en nuestro país de un halo de misterio. Mientras que ante José María Íñigo hizo alarde de todas sus habilidades -desde doblar cucharas hasta poner en marcha relojes-, cuando su anfitrión televisivo fue Johnny Carson no dio una. “Fallé delante de 40 millones de personas”, admite. Se estrelló con todo el equipo en el Tonight Show de la NBC por la sencilla razón de que Carson, ilusionista aficionado, le sometió a un estricto control para evitar cualquier truco. Porque eso es lo que hace Geller: usa cucharas preparadas; lee el movimiento del extremo superior del lápiz con el que dibuja otra persona lo que va él a adivinar telepáticamente; mueve una brújula con un imán escondido; distrae a su interlocutor y dobla una llave contra la pata de una silla… Y la gente pica. No en vano, como indica el escéptico Martin Gardner, “Geller tiene una abrumadora ventaja sobre cualquier mago: actúa como psíquico”.

De hecho, Geller huye de los ilusionistas desde que en 1973 hizo una demostración de sus dotes en la redacción de Time sin saber que actuaba ante James Randi. El mago duplicó sus poderes, “demostrando -según Leon Jaroff, redactor de la revista- que sólo eran necesarias unas manos rápidas y psicología”. Pero ni eso, ni que empezara su carrera como ilusionista en salas de fiestas israelíes, ni que en 1974 confesara que recurría a la magia a veces “con objeto de aumentar la fama y el dinero”, o que su agente Yasha Katz reconociera en 1978 que empleaba trucos y cómplices para sacar adelante sus actuaciones, mina la fe de quienes, como en 1976 Arthur Koestler, mantienen que “Uri presenta desde luego un 25% de fraude y otro 25% de showman, pero el 50% restante es auténtico”.

Publicado originalmente en Muy Especial.

Dos libros muy recomendables

Entre tanta memez como se publica –Iker Jiménez ha sacado su propia colección de libros y Fernando Jiménez del Oso dirige otra también lamentable-, hay dos novedades editoriales que recomendar desde el punto de vista escéptico. La primera de ellas –Conviértase en brujo, conviértase en sabio– supone el regreso después de tres lustros del físico Henri Broch a las librerías españolas, esta vez acompañado de un premio Nobel, Georges Charpak. La obra tiene dos niveles de lectura: el superficial, que es el que sin duda atrae a mucha gente, está protagonizado por los brujos y algunos de sus trucos; el profundo incita a la reflexión sobre el futuro inmediato del ser humano, la democracia, el bienestar y los alarmismos que tanto explota esa multinacional del ecologismo que responde al nombre de Greenpeace.

¿Saben cuánta gente ha sufrido en su salud los efectos de la energía nuclear? Bueno, fuentes antinucleares hablan de 38 millones de muertos y afectados en diverso grado desde mediados del siglo pasado. ¿Saben cuánta gente ha sufrido en su salud los efectos del automóvil? Pues, en el mismo tiempo, el coche se ha llevado por delante a 35 millones de personas y ha causado lesiones -desde rasguños hasta parálisis- a otros 1.500 millones. Se calcula que el bendito automóvil, en el que algunos viajan hasta las centrales nucleares para protestar por lo peligrosas que son, mata cada año a 700.000 personas en el mundo, además de expulsar por su tubo de escape millones de toneladas de veneno. Estos datos no los dan Broch y Charpac, pero algunas interesantes reflexiones suyas me animaron a buscarlos.

La otra obra, el debut editorial en nuestro país del italiano Massimo Polidoro, no la he leído todavía. Aún así, me atrevo a recomendársela por dos razones: el autor es uno de los baluartes de la racionalidad en Italia, donde el escepticismo científico enraizó después pero con mucha más fuerza que en España, y Pedro Luis Gómez Barrondo, director de El Escéptico Digital, me ha dicho que es una joyita. El libro de Polidoro se titula Los grandes misterios de la historia y está publicado por Robinbook, editorial que apadrina casi siempre -¡bendita excepción ésta!- títulos desquiciantes y desquiciados.

Publicado originalmente en El Escéptico Digital.