El exorcista de Milwaukee se sentó sobre el pecho del niño autista

La autopsia de Terrance Cottrel, el niño autista que murió durante un exorcismo en Milwaukee el 22 de agosto, indica que “sufrió una asfixia mecánica por compresión externa del pecho”. Tumbado en el suelo, fue inmovilizado por varias mujeres que le agarraron de pies y manos mientras Ray Hemphill, el pastor, intentaba sacar los demonios de su interior. El predicador, de 71 kilos y hermano del fundador del credo, la Iglesia de la Fe Apostólica, llegó a sentarse sobre el pecho del niño durante el ritual. El pequeño, según los testigos, luchó en todo momento por liberarse. Al final, murió asfixiado. El fanático clérigo está en la cárcel y puede llegar a ser condenado a un máximo de diez años de prisión y una multa de 25.000 dólares, aunque leyes de Wisconsin sobre daños causados durante tratamientos a través de la oración podrían jugar a su favor.

El exorcismo de Terrance Cottrell, cuando la superstición mata

David Hemphill, ministro y fundador de la Iglesia de la Fe Apostólica.

Terrance Cottrell, un niño autista de 8 años, murió el 22 de agosto en Milwaukee (EE UU) durante una sesión de exorcismoen la que feligreses de Iglesia de la Fe Apostólica intentaban liberarle de los espíritus a los cuales achacaban la enfermedad del pequeño. Envuelto en sábanas e inmovilizados sus pies y manos por su madre y otros miembros de la secta, el niño se asfixió. “Lo ataron, lo sujetaron… hasta que murió”, ha declarado Mary Luckett, abuela de Terrance, a una cadena de televisión. David Hemphill, ministro y fundador de la secta en 1997, dijo que la muerte del niño había sido voluntad de Dios. Por de pronto, su hermano, Ray Hemphill, también predicador del credo, ha sido arrestado y, a la espera de los resultados de la autopsia, Linda Haynes, capitana de la Policía de Milwaukee, ya ha dejado claro que el niño “no murió por causas naturales”.

Dos hechos me vinieron a la memoria al enterarme de la noticia. El primero fue el exorcismo de Almansa (Albacete, España), en el que una niña de 11 años, Rosa, fue asesinada en septiembre de 1990 por su madre y otras dos mujeres que, convencidas de que la pequeña estaba “embarazada del Diablo”, le metieron las manos por la vagina y le arrancaron las entrañas. Literalmente. El segundo fue el caso de Candace Newmaker, de 10 años y natural de Carolina del Norte (EE UU), que el 18 de abril de 2000 murió asfixiada en Colorado durante una sesión de terapia de renacimiento, ritual de la Nueva Era que consiste en envolver al sujeto en mantas o sábanas y luego empujar para que vuelva a nacer. El desgraciado final de Terrance Cottrell parece una mezcla de estos dos comportamientos supersticiosos. El primero -la creencia en la posesión demoniaca- cuenta en España con defensores dentro la Iglesia católica, como el sacerdote José Antonio Fortea, un cura de 35 años que viste siempre de sotana, cree que el demonio anda suelto por el mundo y está convencido de que ha luchado contra él en varias ocasiones. La segunda práctica, la terapia del renacimiento, nos es ajena; de momento.

La muerte de Terrance Cottrell parece un macabro remake de la de Candace Newmaker, con el añadido del diablo. El asesinato de la niña de Carolina del Norte inspiró uno de los casos del vigesimoquinto episodio de la segunda temporada de CSI, titulado “Overload”. En este episodio, emitido en España por AXN, un adolescente con problemas afectivos muere asfixiado en una manta mientras le someten a terapia de renacimiento para que vuelva al mundo como un hijo amante de su madre. En la televisión y en la vida real, la superstición mata.

Muere a los 87 años el crítico de la ufología Ernest H. Taves

'The ufo enigma', de Donald H. Menzel y Ernest H. Taves.Ernest H. Taves, psiquiatra y psicoanalista, murió el 16 de agosto tras sufrir un ataque al corazón. Tenía 87 años y, aunque empezó a escribir de muy joven, no vendió su primer trabajo hasta 1969, cuando la revista Playboy publicó su cuento Los bomberos. A partir de ese momento, empezó a apartarse de la práctica médica para dedicarse a la literatura. Taves escribió, con el astrofísico Donald H. Menzel, una obra que no debería faltar en la biblioteca de todo interesado por el fenómeno de los platillos volantes. The ufo enigma (1977)- no confundir con el libro del mismo título del muy crédulo Peter A. Sturrock- fue el tercer y último trabajo ufológico de Menzel (1901-1976), el primer crítico serio del fenómeno ovni. Prologado por Fred L. Whipple, astrónomo pionero en el estudio de los cometas, el libro lleva un subtítulo que no engaña: “La explicación definitiva al fenómeno ovni”. Lo es.

Nada ha sucedido en los últimos treinta años que invalide el dictamen de los autores, para quienes los ovnis no son naves de otros mundos, sino una mezcla de fraudes y confusiones con fenómenos naturales. Menzel y Taves se enfrentaron en su época a una mitología extraterrestre menos delirante que la actual. Entonces, las abducciones eran cosa de locos y nadie se tomaba en serio las historias de platillos volantes accidentados. Y entendieron que el misterio no está ahí fuera, sino en el ser humano. Ernest H. Taves fue uno de los fundadores del subcomité ovni del Comite para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), impulsado por Philip J. Klass y, como dice Robert Sheaffer en Veredicto Ovni (1981), el primer grupo ufológico formado por individuos “no inclinados a creer en la verdad literal de las afirmaciones sobre ovnis”. Este colectivo escéptico sigue en activo.

Rumores de guerra

EL 'DIABLO'. El rostro en el humo de la Torre Norte tiene su origen en que nuestro cerebro intenta reconocer formas en el caos. Foto: AP.

“Dos hermanos serán separados violentamente por el caos… La tercera gran guerra comenzará cuando la ciudad esté en llamas” (Nostradamus, 1654). Dos días después del ataque terrorista contra el World Trade Center, esta cita, en la cabecera de un diario madrileño, daba visos de autenticidad a una apocalíptica profecía. Los hermanos eran las Torres Gemelas; la ciudad, Nueva York, y el desastre había sido predicho por Michel de Notredame a mediados del siglo XVII. El presagio era, sin embargo, tan falso como una moneda de tres euros. Para empezar, porque Nostradamus murió en 1566, así que no pudo escribir esas palabras un siglo más tarde; para acabar, porque no existe ninguna cuarteta del astrólogo francés que diga algo parecido.

La primera parte del verso fue creada en 1997 por Neil Marshall, un estudiante de la Universidad de Brock, en Canadá, para un ensayo -titulado Un análisis crítico de Nostradamus– en el que pretendía demostrar que un texto del pasado puede venderse como predicción de un suceso siempre que su redacción sea abstrusa. “Si haces las suficientes profecías y eres lo suficientemente inteligente para escribir de una manera abstracta, serás considerado en el futuro un vidente”, argumentaba Marshall hace seis años. La clave para él era dejar reposar lo escrito hasta que una de las profecías encajase con la realidad. Cuando, el 11 de septiembre, alguien añadió a su cuarteta original lo de “la tercera gran guerra comenzará cuando la ciudad esté en llamas” y envió el texto masivamente por correo electrónico, Marshall vio su hipótesis demostrada y a sí mismo transmutado en adivino. El tiempo le había dado la razón.

‘Pelotazo’ editorial

La falsa profecía de Nostradamus fue la primera de las mentiras relacionadas con la tragedia de septiembre en difundirse a los cuatro vientos. La última se plasmó en un libro que se puso a la venta en Francia en marzo de 2002 y se convirtió en todo un éxito de ventas. 11 septembre: l’effroyable imposture (11 de septiembre. La gran impostura) propugna que no hubo ningún avión que se estrellara contra el Pentágono. Su autor, Thierry Meyssan, es periodista y preside la Red Voltaire, una organización de izquierdas que combatió en su día al Frente Nacional y que ha visto fulminada su credibilidad de la noche a la mañana por el pelotazo editorial de su presidente.

'La gran impostura', de  Thierry Meyssan.Los primeros 20.000 ejemplares de 11 septembre : l’effroyable imposture desaparecieron de las librerías en sólo dos horas. “Hemos vendido 2.500 ejemplares en diez días cuando una novela superventas puede llegar a 1.500 al mes”, señalaba el 1 de abril un portavoz del local parisino de la cadena Fnac en Les Halles a The Guardian. La operación de mercadotecnia empezó el 10 de febrero, cuando Raphaël Meyssan colgó -en francés, inglés, español e italiano- una sinopsis de la teoría de su padre en la web de L’Asile Utopique. Dos semanas después, la página registraba 15.000 visitas diarias. La respuesta no se hizo esperar. A principios de marzo, en el sitio Páginas de Referencia sobre Leyendas Urbanas, se desmontaba punto por punto la tesis de Meyssan en un trabajo que ha sido actualizado tras la publicación del libro.

El periodista sostiene que los destrozos del Pentágono no fueron causados por un avión de pasajeros secuestrado, sino por el propio Gobierno estadounidense. Meyssan llega a tal conclusión al no explicarse cómo puede una aeronave de 100 toneladas que volaba a un mínimo de 400 kilómetros por hora dañar únicamente el anillo exterior del inmueble; cómo pudo chocar justo contra la planta baja; dónde están los restos del Boeing 757; por qué se echó arena sobre el césped próximo al edificio, aunque no había sufrido daños aparentes; qué ocurrió con las alas del aparato y por qué, a su juicio, no provocaron destrozos; por qué el jefe de bomberos no pudo decir a los periodistas dónde estaba el avión, y cuál fue el punto de impacto.

Retórica revisionista

Barbara y David P. Mikkelson, expertos en desenmascarar fraudes, dedican un extenso artículo en las Páginas de Referencia sobre Leyendas Urbanas a poner en su sitio cada una de las alegaciones del conspiranoico, apoyándose en imágenes que, por sí solas, sacan a flote la falsedad de los argumentos de Meyssan. Así, comienzan por señalar que los efectos del choque no se limitaron al anillo exterior del Pentágono, sino que se extendieron a los cinco anillos del ala que sufrió el impacto, tras perforar el avión un muro reforzado de 60 centímetros de espesor. La aeronave, añaden, no se estrelló contra la planta baja del edificio, sino entre la primera y segunda, y tras golpear el suelo.

A pesar de que explotó en una gigantesca bola de fuego, pequeñas piezas del aparato quedaron diseminadas alrededor del edificio, y fueron fotografiadas y filmadas por los periodistas. El vertido de arena y piedras sobre el intacto césped que tanto intriga a Meyssan era para preparar el terreno para el paso de la maquinaria pesada usada en las labores de desescombro y reconstrucción. ¿Pero qué pasó con las alas? “Vi cómo el morro del avión se rompía, vi las alas avanzar hacia adelante”, declaró a The Miami Herald un vecino que presenció el choque. Las alas son una de las partes más frágiles de un avión y su huella en el cuartel general militar estadounidense fueron dos zonas ennegrecidas en la fachada a ambos lados del punto de impacto.

Meyssan no ofrece una versión alternativa al desastre del Pentágono ni explica cómo, si el avión no se estrelló contra el Pentágono, murieron los 68 ocupantes del Vuelo 77 de American Airlines. Se limita a decir que “el Gobierno americano miente”. Para él, todo el desastre fue el fruto de una conspiración urdida en las más altas instancias del Ejecutivo de Bush. “Esta teoría agrada a todo el mundo: no hay extremistas islámicos y todo el mundo es feliz”, sentenciaba Le Nouvel Observateur. Para Libération, se trata de un conjunto de “afirmaciones disparatadas e irresponsables, sin ningún fundamento”, extremo en el que coincide el sociólogo Pierre Lagrange, para quien Meyssan recurre a “la misma retórica” que aquéllos que niegan la existencia de los campos de exterminio nazis. El Pentágono calificó el contenido del libro de “bofetada” a la memoria de las víctimas de los ataques del 11 de septiembre.

El club de la conspiración

El periodista francés entró por la puerta grande en el club de la conspiración, del que forman parte desde negadores de la existencia del virus del sida hasta seguidores de los platillos volantes. Estos últimos se dieron prisa, tras los ataques contra Estados Unidos, en revisar montañas de material gráfico a la búsqueda de pequeñas manchas en el cielo. Las encontraron y llegaron las naves extraterrestres. Numerosos astrólogos dijeron, por su parte, que habían anunciado la catástrofe, aunque ninguno presentó más prueba que una vaga frase que puede significar cualquier cosa.

No faltaron tampoco quienes vieron en la humareda y la polvareda de Manhattan los rostros del Diablo y de Dios, éste último en una fotografía de la caída de la Torre Sur. Estas imágenes no son trucajes, como la del supuesto turista en uno de los rascacielos momentos antes del choque del primer avión. Las caras son creaciones de nuestro cerebro, que busca constantemente formaciones familiares en el caos y es capaz de ver un rostro hasta en un valle marciano. Lo inquietante es que hay muchas personas que caen en las garras de conspiranoicos como Meyssan, que no dudan en banalizar una tragedia y tergiversarla con tal de hacer negocio. Ésa es la última razón de la conspiración.


La realidad inventada

La cuarteta de Nostradamus: “En la ciudad de Dios habrá un gran trueno, dos hermanos serán separados violentamente por el caos, mientras la fortaleza aguante el gran líder sucumbirá, la tercera gran guerra comenzará cuando la ciudad esté en llamas”. Las tres primeras frases las escribió Neil Marshall en 1997; la última, un autor desconocido después del ataque contra Nueva York.

El Diablo y Dios, a escena: Las fotos en las que se ven rostros en el humo de las Torres Gemelas no han sido manipuladas; pero eso no quiere decir que estemos ante los rostros del Diablo y de Dios -o de un teletubbie, que también parece haber un personaje de ésos entre el humo- como han propugnado los amantes de lo sobrenatural. El cerebro humano intenta reconocer formas familiares en el caos, tenga éste forma de humo, de nubes, de nudo de árbol o de mancha en la pared.

LA FOTO DEL TURISTA. Montaje fotográfico en el que se ha colocado un avión como si fuera a chocar contra el World Trade Center.

La fotografía del turista: Se presenta como procedente de una cámara recuperada entre las ruinas del World Trade Center. Es un burdo montaje: el turista viste ropa de invierno, cuando el 11 de septiembre fue un día caluroso; el avión se aproxima por el Norte, luego tiene que tratarse de la Torre Norte, pero ésta no tenía terraza de observación (la de la otra Torre se abría a las 9.30 horas, cuando el primer choque se registró a las 8.49 horas); la aeronave es un Boeing 757 de American Airlines, cuando el primer avión implicado fue un Boeing 767.

La maldición del 11: La catástrofe ocurrió el 11 de septiembre, el 11 del 9 (1 + 1 + 9 = 11). Uno de los vuelos estrellados contra las Torres Gemelas era el 11. New York City, Afghanistan y The Pentagon tienen, cada una, 11 letras. Éstos y otros ejemplos de pseudociencia numerológica llevaron a los amantes de lo paranormal a hablar de la maldición del número 11. Tanta cháchara demuestra sólo que quienes la difunden han sabido elegir qué sumar (¿por qué no se incluyen, por ejemplo, el 2 y el 1 de 2001 en la suma de la fecha?). Cualquiera podría hablar de la maldición del número que quisiera, siempre que eligiera bien los sumandos.

Ningún israelí murió en el World Trade Center: Los 4.000 ciudadanos israelíes que trabajaban en las Torres Gemelas no acudieron a sus oficinas el 11 de septiembre porque se pusieron todos enfermos. Esta mentira, que apareció en Internet el 18 de septiembre, es una de las urdidas para poner a Israel en el origen de los ataques terroristas. Hubo israelíes y judíos entre las víctimas de las Torres Gemelas.

Los ovnis estuvieron allí: Algunos ufólogos han visto, en las numerosas imágenes tomadas aquel día, platillos volantes alrededor de las Torres Gemelas y del Pentágono. Como la mayoría de la evidencia a favor de las visitas extraterrestres, ésta es también insostenible. Se trata de puntos claros u oscuros en el cielo que pueden deberse a defectos del negativo o a aeronaves -aviones o helicópteros- lejanos.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

El fundador de la homeopatía se queda sin asteroide

Astrónomos europeos y americanos mantuvieron un duro enfrentamiento en la última asamblea general de la Unión Astronómica Internacional (IAU), celebrada en Sydney a finales de julio. ¿La razón? La homeopatía, esa pseudomedicina cuyos productos no están obligados en España a demostrar que curan -como el resto de los fármacos-, sino que basta con que resulten inocuos -como una piruleta- para que se vendan en farmacias como remedio milagroso a todo tipo de males. Lo ha desvelado David Morrison, del Centro de Investigación Ames de la NASA y miembro del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), en la lista de correo de la organización escéptica.

El conflicto estalló cuando el Comité de Nomenclatura de Cuerpos Pequeños (CSBN), que decide los nombres de los nuevos asteroides y cometas, rechazó el de Samuel Hahnemann, el fundador de la homeopatía, para una de esos pedruscos, “tras una larga discusión”. Entonces, quien lo había propuesto exigió que la decisión fuera refrendada por la División III de la IAU, centrada en el Sistema Solar y de la que el CSBN es uno de los grupos de trabajo. Por un lado, estaba en juego el derecho del descubridor de un cuerpo astronómico a poner al objeto el nombre que quiera, como establecen las directrices de la IAU; por otro, el de los científicos que temían que bautizar Hahneman a un planetoide fuera utilizada por los homeópatas como un aval. Al final, el grupo de opositores encabezado por Morrison y Alan Harris, del Instituto de Ciencias Espaciales de Boulder (Colorado, EE UU), consiguió que la División III apoyara con veinticinco votos contra quince la decisión del CSBN.

“Lo más interesante para mí -dice Morrison en la lista de correo del CSICOP- es que los astrónomos europeos presentes no rechazaban el nombre y, aparentemente, tampoco a la homeopatía, mientras que la práctica totalidad de los americanos identificaban homeopatía con pseudociencia”. El investigador de la NASA nos ha indicado, posteriormente, que no existe ningún registro de quiénes votaron a favor y en contra de su propuesta de respaldar la decisión del CSBN.