La revista ‘Pensar’ ya es una realidad

Portada del número 1 de la revista ‘Pensar’.No podía empezar mejor 2004: la revista Pensar ya es una realidad. El primer número de la publicación en español del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) ha salido de la imprenta y está en camino de las casas de sus suscriptores. El rostro pintado en el llamado sudario de Turín protagoniza una portada con aires de The Skeptical Inquirer, en la que destacan, entre otros, un ensayo sobre el mito del uso del 10% del cerebro, obra de Benjamin Radford, y otro acerca del conflicto entre creacionismo y evolucionismo en Argentina, de Juan de Gennaro. “Cuando pasan los años y un mensaje no se comprende, un concepto no se capta y una manera de pensar no llega a transmitirse… ¿de quién es la responsabilidad? ¿De quien no lo recibe o de quien lo emite?”, se pregunta el periodista argentino Alejandro Borgo en el editorial. El director de Pensarpone sobre la mesa el más grave problema que tiene ante sí el escepticismo organizado: llegar al público.

No basta con investigar, con estudiar los hechos enigmáticos y darles una explicación, con descubrir dónde mienten los fabricantes de misterios. Ésa es sólo la primera parte de una tarea que, como indica Borgo, es doble: hay que comunicar lo investigado, estudiado y descubierto. Ojalá las palabras del escritor argentino alienten un debate en el seno del movimiento escéptico español, sumido desde hace tiempo en un inexplicable letargo y que nunca ha conseguido acercarse al gran público. Dice el director de Pensar, en una entrevista publicada hace casi dos meses en Dios!, que le gustaría que la revista llegara “a la comunidad científica, a los docentes y a los periodistas”. “Hay que comenzar allí donde se gesta la educación”, explicaba a su colega Alejandro Agostinelli. Coincido en esa prioridad -la apunté en “Científicos, educadores y periodistas ante la tentación demoniaca”– y lamento que la realidad demuestre que ninguno de esos tres colectivos ve en España como un peligro el auge del pensamiento mágico.Esa apatía -ese encierro en la torre de marfil de investigadores, profesores y comunicadores- es en gran parte culpa nuestra, de los escépticos, quienes no hemos sabido ni convencer a los periodistas científicos de la importancia de mantener una actitud beligerante hacia la pseudociencia. Me alegra que Borgo sea periodista -también lo es Kendrick Frazier, director de The Skeptical Inquirer– porque lo que necesita el movimiento escéptico hispano es gente que sepa comunicar, y un profesional con ideas claras al frente de una revista garantiza que los textos sean interesantes y claros, que no maten de aburrimiento al lector.

Suscribirse a Pensar cuesta sólo 12 dólares por un año y 20 por dos a través de Internet o del correo convencional, usando en el primero de los casos la tarjeta de crédito y en el segundo pudiendo, además, recurrir al giro postal.

¿Cuántos ovnis verá Bruno Cardeñosa en el meteoro del 4 de enero de 2004?

“El 2 de febrero pasó algo en nuestros cielos. Algo que nada tiene que ver con chatarra espacial, con un fraude o con un meteorito; algo cuya naturaleza desconocemos, pero que intuimos. Algo, en definitiva, que supuso el comienzo de una nueva era ufológica en nuestro país y cuya trascendencia, si la tiene, sólo el tiempo nos la revelará”. Así cerraba el ufólogo Bruno Cardeñosa, en la revista Más Allá en septiembre de 1991, un reportaje de diez páginas dedicado a las visiones de una bola de fuego que cruzó España el 2 de febrero de 1988. Otro bólido atravesó el país el 4 de enero y por eso he recordado el jugo que le sacó este comerciante del misterio al fenómeno de hace dieciséis años, mucho menos espectacular que el del domingo. Decía entonces este reportero de lo paranormal que estábamos, además de ante un suceso ovni, ante una muestra de “actitudes de silencio por parte de las autoridades militares”, las cuales habían recuperado restos de varias naves extraterrestres. “La investigación completa del caso duró casi un año y, tras recoger más de trescientos testimonios y decenas de informaciones, he llegado a la conclusión de que lo observado aquella tarde no fue un ovni, sino varios, que habrían sido avistados a diferentes horas y en diferentes lugares”, explicaba el periodista.

No presentaba ninguna prueba que avalara sus extraordinarias afirmaciones, basadas en presunciones, cuando no en testimonios de personajes como Licerio Moreno, tras cuya pista le había puesto nada más y nada menos que el autor de Diario de un skin (2002). “Corría el frío mes de febrero de 1988 cuando, entregado en cuerpo y alma a la investigación del caso del día 2, recibí una noche en mi domicilio la llamada de Manuel Carballal. Durante la conversación, que siempre permanecerá archivada en mi cerebro, mi paisano me hizo ver una curiosa coincidencia respecto al caso del día 2. Más o menos, me explicó que el suceso ocurrió cuando llevábamos 33 días del año, y que éste, por ser bisiesto, concluiría al cabo de 333 días. Pero había más: si efectuamos la suma numerológica de la fecha, nos encontraríamos que el día del avistamiento múltiple sumaba 3. Manuel me comentó que esto corroboraba ciertos mensajes que algunos contactados venían recibiendo, haciendo referencia a una extraña Clave 33. Aquello me dejó prendado, y aceleré la búsqueda de información al respecto”, recordaba el ufólogo. Tanta ciencia apabulla: numerología y contactados, individuos que dicen mantener comunicación con seres de otros mundos que nos visitan en platillos volantes. Como Carballal se dé cuenta de que el domingo, horas antes del espectáculo celeste, se posó en Marte el todoterreno Spirit de la NASA, nos monta una contrainvasión marciana en un pispás.

Cardeñosa, quien mantiene que contra el Pentágono no se estrelló ningún avión de pasajeros el 11-S –la conspiración es un buen negocio, como bien sabe su colega Thierry Meyssan-, ya apuntaba maneras hace más de tres lustros. Basándose en lo que le contó Licerio Moreno, astrólogo y líder de la Asociación Adonai para la Fraternidad Cósmica, apuntaba la posibilidad de que los ovnis del 2 de febrero de 1988 -en realidad, el bólido que cruzó la península- fueran una señal de la Segunda Venida de Jesús enmarcada dentro de la denominada Clave 33. “Para mí, existe una serie de hechos comprobables, unos acontecimientos y unas coincidencias que se escapan a nuestro corto entender, al menos en mi caso, sucesos que nada tienen que ver con vulgares fraudes. Pero, cuidado, de lo dicho a que todo este cúmulo de pruebas signifique que la Segunda Venida de Jesús se va a producir dista un abismo y se convierte en cuestión de fe, pero… ¿es descabellado pensar en ello? Ni mucho menos. Incluso aquéllos que se jactan de buenos cristianos deberían esperar su prometido regreso. Un retorno que está anunciado en profecías, vivencias, textos sagrados, apariciones de la Virgen, etcétera. Este verdadero ensayo sobre la causalidad que es la Clave 33, cuanto menos, no hace otra cosa que plantearnos la cuestión”, decía.

Si fue capaz de encontrar -aunque no presentó ni un minúsculo pedazo de metal- hasta siete lugares donde se cayeron pedazos de ovnis y pistas sobre la Segunda Venida de Jesús en 1988, ¿con qué nos sorprenderá Cardeñosa si investiga el bólido del pasado domingo? Sólo pensarlo, da miedo. En 1988, de sendas cartas en las que un alcalde y la Guardia Civil negaban la existencia de rastreos a la búsqueda de restos de platillos volantes, el ufólogo dedujo: “Sin lugar a dudas, alguien, y desde una alta esfera, prohibió informar a ningún cuerpo oficial de cualquier tipo de investigación realizada”.

Benítez confunde Prehistoria con Historia y niega la escritura al Egipto de los faraones

Vista de la Gran Pirámide. Foto: Alex lbh.“Nadie en su sano juicio, y con un mínimo de información, puede aceptar que esta maravilla arquitectónica fuera obra de unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura”, dice Juan José Benítez, delante de la pirámide de Keops, en la undécima entrega de Planeta encantado. El ufólogo afirma, en Escribamos de nuevo la Historia, que los egipcios no pudieron levantar la única maravilla de la Antigüedad que ha llegado hasta nuestros días porque, “hace 4.600 años, el valle del Nilo despertaba al periodo Neolítico”. Los habitantes de la región, explica, “se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica”. Analfabetos y primitivos. Así eran los egipcios de mediados del tercer milenio antes de Cristo (aC), según Benítez.

Se vuelve a confundir el autor de Caballo de Troya, como cuando sentó a Jesús en el Coliseo romano. En el episodio titulado Mensaje enterrado, Benítez dio un traspié de 50 años; ahora, la metedura de pata es de 3.000 años. El Egipto que describe no se corresponde con el del reinado de Keops (2551-2528 aC), sino con el de mediados del sexto milenio aC, cuando se fecha el comienzo del Neolítico en la región. Hace 4.600 años, Egipto era ya un Estado, unificado bajo un rey-dios -el faraón-, con una compleja organización política y social, y que utilizaba la escritura desde 500 años antes, como poco. Más le hubiera valido al imaginativo autor destinar una mínima parte de los 8 millones de euros que ha costado Planeta encantado a consultar enciclopedias o libros de texto. Así, habría aprendido que los más antiguos ejemplos de escritura jeroglífica que conocemos se remontan a 3100 aC y, por tanto, es falso que los contructores de la Gran Pirámide fueran “unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura”. Así, habría aprendido que, para entonces, ya se habían hecho en Egipto grandes obras de canalización y riego, y se había redactado el primer tratado de cirugía, entre otras cosas.

Benítez no cuenta en esta entrega de la serie nada que sitúe la Gran Pirámide -“una construcción incomprensible, un desafío a la razón, una obra que provoca vértigo”- en su contexto histórico y social. Se desprende de su relato que apareció en la meseta de Gizeh de buenas a primeras, sin precedentes, como algo aislado. La tumba de Keops es la pirámide más monumental, pero hay muchas antes. Se trata de la obra funeraria cumbre de un proceso que empieza con el enterramiento bajo un montón de tierra, arena o piedras; prosigue con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; asciende hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra de la Pirámide Escalonada de Saqqarah; se empieza a convertir en auténtica pirámide en la inclinada de Esnefru, cuyo ángulo se corrigió sobre la marcha para evitar el derrumbe; y culmina con la de Keops, la más grande jamás construida. El ufólogo no explica nada de esto, de tal manera que da la impresión de que, de repente, un loco se propuso levantar un edificio de dimensiones colosales en Egipto ¡en plena Edad de Piedra!, no olvidemos el detalle. Pasa por alto la existencia la Pirámide Escalonada de Djoser (2630-2611 aC), un edificio impresionante construido cien años antes que la tumba de Keops, y de otras posteriores porque implican una evolución de métodos y estilos constructivos incómoda para su tesis.

El periodista nos da los números de la Gran Pirámide -siempre apabullantes- y concluye que no pudo construirse durante el reinado de Keops, porque ello habría requerido colocar en su sitio 357 bloques de piedra cada doce horas, uno “cada dos minutos”. “La célebre teoría de las rampas no termina de convencer a quienes hemos tenido el privilegio de pisar la meseta de Gizeh”, dice Benítez, quien no da nombres de esos supuestos expertos que comulgan con sus ideas. Egiptólogos como Mark Lehner, que ha pisado Gizeh muchas veces desde que en 1972 llegó al país de los faraones contagiado por las ideas del vidente Edgar Cayce, discrepan del ufólogo. En su recomendable libro Todo sobre las pirámides (1997), Lehner calcula que los trabajadores -no, esclavos- tuvieron que poner en la Gran PIrámide “la pasmosa cantidad de 230 metros cúbicos de piedra al día, un ritmo de un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas”. Recuerda que Herodoto escribió que el edificio se hizo en 20 años con la participación de 100.000 hombres, pero indica que “es posible -y más creíble- que se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando turnos de tres meses, más que al número total en Gizeh en un momento dado”. El historiador, uno de los más grandes expertos en el Egipto antiguo, cree que el personal permanente podía rondar los 25.000 individuos. “Aunque esto signifique un gran asentamiento, también refuerza la idea de que las pirámides son monumentos humanos, totalmente posibles para los egipcios de la IV Dinastia”, asegura. Todo lo contrario de lo que Benítez mantiene.

El escenario pintado por el novelista incluye, además de un ambiente prehistórico de cosecha propia, a los dioses y semidioses de la lista de soberanos egipcios del Papiro de Turín -por cuya realidad histórica aboga-; la fechación de la Esfinge por el geólogo Robert Schoch hace 10.500 años basándose en que la erosión de la roca sólo la ha podido producir agua de lluvia; la interpretación de un grabado en un huevo de avestruz de hace 7.000 años como una representación de las pirámides de Gizeh y el Nilo; y la idea del ingeniero Robert Bauval de que las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos son un reflejo terrestre de las estrellas del cinturón de Orión tal como estaban hace 12.500 años y, por tanto, datan de entonces. La hipótesis de Schoch ha sido refutada por prácticamente todos los expertos que han examinado sus datos; el intérprete del grabado en el huevo de avestruz es Manuel José Delgado, una aficionado a la egiptología cuyo “mayor interés reside en demostrar que los antiguos egipcios no pudieron construir algunos monumentos de su país por la tecnología aplicada, por los conocimientos anacrónicos que encierran y por el significado de un saber capaz de manejar energías, de tan sutil naturaleza, que sólo los que son capaces de traspasar sus limitaciones pueden descubrir esos centros de poder reservados a los grandes iniciados”; y Bauval es un autor desacreditado, una especie de Erich von Däniken de la egiptología que pone y quita monumentos en el mapa a la caza de constelaciones.

Juan José Benítez yerra en la situación histórica -hablar de Neolítico en la época de Keops es como datar la conquista de la Luna en tiempos de Julio César-, ignora el desarrollo cultural, político y social que llevó desde los túmulos hasta la Gran Pirámide y echa mano sólo de expertos a su medida porque lo que persigue es lo de siempre: vendernos a extraterrestres como autores de lo que es una obra humana. “Ha llegado el momento de ser valiente -dice al final de Escribamos de nuevo la Historia-. Para mí, hace 9.000 ó 10.000 años, quizá más, alguien no humano descendió en el gran jardín, en el Sahara azul, y puso en marcha una gran cultura, una civilización intuida en una lengua, una religión y unas costumbres comunes. Esos seres, esos dioses de cabeza redonda pintados en Tassili, podían proceder de Orión. Y ellos, o sus descendientes, levantaron estas magníficas e imposibles construcciones”, sentencia Benítez. Con el altavoz de Televisión Española (TVE), atribuye una vez más a seres de otros mundos los logros de una civilización no europea. En 2002, la BBC produjo Así se hizo la Gran Pirámide, un magnífico documental que en España emitió Canal Plus en el que se explica cómo los antiguos egipcios construyeron el edificio. Por desgracia, TVE no es la BBC y, al emitir Planeta encantado, respalda la Historia inventada de Benítez, que no desafía a la “arqueología ortodoxa” -como sostiene el ufólogo-, sino a la verdad, el sentido común y las pruebas acumuladas durante siglos, además de insultar a nuestros antepasados.

¿Qué fue la estrella de Belén?

Una estrella guió a los Reyes Magos hasta Belén, según el evangelio de Mateo. Dos milenios después de la redacción del único texto bíblico que habla de la visita a Jesús de “unos magos de Oriente”, sigue abierto el debate sobre la naturaleza de aquella señal celeste. ¿Qué fue la estrella de Belén? Hay tres posibles explicaciones: un fenómeno astronómico, un recurso del autor para engrandecer la figura del recién nacido y un milagro.

El texto de Mateo fue escrito entre los años 70 y 80. No precisa cuántos fueron los magos ni da sus nombres. Que eran tres, reyes, y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar -monarcas de los persas, los indios y los árabes, respectivamente- se dice, por primera vez, en el Evangelio armenio de la Infancia, un apócrifo tardío datado no después del siglo V.

Mateo cuenta que la estrella sirvió de guía a los magos durante su viaje y que se detuvo “encima de donde estaba el niño”. Quienes buscan una base científica al pasaje bíblico parten de que el autor pudo embellecer un fenómeno astronómico. Johannes Kepler fue el primero en asumir ese supuesto. Hace cuatro siglos, relacionó la estrella de Belén con una triple conjunción -acercamiento aparente en el cielo- de Júpiter y Saturno. Para ello, el sabio alemán hubo de recalcular la fecha del nacimiento de Jesús.

Un problema de fechas

¿Cuándo nació Jesús? Es la primera incógnita a la que se enfrentan los científicos atraídos por el enigma de la estrella. En el siglo VI, Dionisio el Exiguo fechó la natividad en el año 753 desde la fundación de Roma; pero el monje astrónomo olvidó el año cero y los cuatro que César Augusto gobernó bajo el nombre de Octavio. Esos errores implican que Jesús nació, como mínimo, cinco años antes del primero de la llamada era cristiana. Además, el día en el que se celebra su natalicio, el 25 de diciembre, tiene su razón de ser en el apropiamiento por parte de los cristianos de una festividad pagana, la del solsticio de invierno, a mediados del siglo IV.

Lucas -el otro evangelista que habla de la natividad- dice que, “por entonces, salió un decreto del emperador Augusto, mandando hacer un censo del mundo entero” (Lucas 2, 1-2). Ese decreto fue el que, según la Biblia, obligó a María y José a viajar a Belén y data de 8 antes de Cristo (aC). Por Mateo, sabemos que gobernaba Herodes I el Grande cuando Jesús nació y, gracias al historiador romano Flavio Josefo, que este rey murió poco después de un eclipse lunar visible en Jericó en la noche del 12 al 13 de marzo de 4 aC. Así pues, hay que situar la natividad entre 8 y 4 aC, y buscar la estrella de los magos en el cielo de esos años.

Kepler constató la repentina aparición de una estrella entre Júpiter y Saturno durante una de las tres conjunciones de esos dos planetas que se registraron en 1604. Calculó que hubo otro triple acercamiento de los dos planetas en Piscis durante 7-6 aC y dedujo que la consecuencia lógica era que se hubiera dado la subsiguiente nova: la estrella de Belén. La nova de Kepler nunca pasó, sin embargo, de ser una presunción, a diferencia de las conjunciones planetarias.

El cielo de Belén

El triple encuentro celeste de Júpiter y Saturno en 7 aC -en mayo, septiembre y diciembre- es la explicación astronómica que parece “más coherente” a Javier Armentia. Eso sí, siempre que se quiera buscar en el cielo un reflejo de la narración evangélica, algo que el director del Planetario de Pamplona no considera imprescindible. “Hay que tener en cuenta que estamos ante un texto mítico, no histórico. En aquella época, el nacimiento y la muerte de un personaje solían vincularse a fenómenos astronómicos”, argumenta. Julio César es un buen ejemplo: según las leyendas romanas, una estrella apareció cuando nació y, a su muerte, se vio un cometa.

El quinquenio en el que se enmarca el nacimiento de Jesús ofrece varios candidatos a guía de los magos. “Se puede encontrar un fenómeno celeste llamativo para cualquier año de la historia de la Humanidad que queramos”, apunta Armentia. A la conjunción de Júpiter y Saturno de 7aC, se sumó Marte un año después, y astrónomos chinos constataron en 5 aC el paso de dos cometas y la explosión de una supernova, que se traduce en una fuente temporal de luz extremadamente brillante. “Si hubo algo real tras la estrella de Belén, pudo ser cualquiera de esos fenómenos”, dice el astrofísico.

Ninguno de los posibles candidatos es el cometa Halley. Su aparición más próxima al nacimiento de Jesús ocurrió en 12-11 aC. Visible en 1301 -pasa cerca de la Tierra cada 77 años-, Giotto se inspiró en él para dar forma a la estrella de Belén de su Adoración de los magos, pintada tres años después. La identificación pictórica del famoso cometa como guía de los magos ha perdurado popularmente hasta nuestros días: la estrella que corona belenes y árboles de Navidad suele presentar la cola propia de un cometa.

La tradición judía

“La estrella es un símbolo del Mesías”, afirma Rafael Aguirre, catedrático de Nuevo Testamento de la Universidad de Deusto. Para este teólogo, no hace falta recurrir a explicaciones astronómicas para un texto “muy bello”, pero “lleno de inverosimilitudes históricas: habla de una estrella que se para encima de la casa y Herodes es tan bobo que no se le ocurre mandar a nadie que siga a los magos”. La estrella de Belén es, para él, una invención piadosa del evangelista.

Aguirre ve todo el episodio de la adoración de los magos como “una actualización de interpretaciones mesiánicas del Antiguo Testamento” y, en concreto, de la intriga de Balak narrada en el libro de los Números. Después de que Moisés libera a los israelitas de los egipcios, Balak, rey de Moab, pide al vidente Balaám que maldiga a los judíos, pueblo al que teme. Balaám pronostica, sin embargo, el futuro esplendor de Israel de la mano de un caudillo y habla de una estrella como símbolo de ese líder.

“Mateo hace una composición a partir de esa tradición judía”, señala Aguirre, quien destaca que, al igual que Balak ordena a Balaán que maldiga al pueblo de Israel, Herodes pide a los magos que le digan dónde está Jesús. “El Mesías ha nacido, ha aparecido una estrella y han interpretado los signos los paganos, no los judíos, que tienen la Biblia, pero no los ven”. Herodes, como Balak, quiere destruir Israel y los magos, como Balaám, son paganos que interpretan correctamente los designios divinos. “Estamos ante un texto judío, teológico y hecho por creyentes en el que se intenta justificar el universalismo, la apertura de las comunidades cristianas primitivas a los paganos”.


La visita de los Magos

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. En esto, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

-¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó, y con él Jerusalén entera; convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:

-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel. (Miqueas 5,1-3)

Entonces, Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran cuándo había aparecido la estreIla; luego los mandó a Belén encargándoles:

-Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a rendirle homenaje.

Con este encargo del rey, se pusieron en camino; de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta pararse encima de donde estaba el niño. Ver la estrella les dio muchísima alegría.

Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, incienso y mirra.

Avisados en sueños de que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Mateo 2, 1-12.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

‘Más Allá’, la telebasura, la presunta inteligencia humana y las civilizaciones extraterrestres

Portada del número de enero de 2004 de 'Más Allá', revista española dirigida por el ufólogo Javier Sierra.Decía el escritor Arthur C. Clarke hace cuatro años, en Space.com, que hay una prueba incontestable de la inexistencia de civilizaciones extraterrestres avanzadas cerca de la Tierra: no ha venido una brigada alienígena para exterminarnos por llenar el espacio interestelar de porquería. Se refería el autor de 2001, una odisea del espacio a las señales de televisión, que viajan a la velocidad de la luz, llenan ya una esfera -con centro en la Tierra- de más de 100 años luz de diámetro y han llevado la telebasura hasta las estrellas. Puede que, a fin de cuentas, que estemos solos en el cosmos no sea tan triste: ¿se imaginan que nos borren del mapa por insultos a la inteligencia como Gran hermano, Operacion Triunfo, Teletienda, Supervivientes, Sabor a ti, Hotel Glam, Tómbola, Corazón de…, Lo que faltaba, Crónicas marcianas…?

Más Allá se pregunta, en la portada del número de enero de 2004, “si existen seres inteligentes en el Universo, ¿por qué no establecen contacto?”. Yo ya no entiendo nada. Si Javier Sierra, director de la revista, lleva años vendiéndonos marcianos en libros, programas de televisión y de radio. Si Más Allá contó durante una época entre sus colaboradores con un supuesto alienígena que atendía un consultorio. Si Sierra mantiene que el transistor es un invento humano desarrollado a partir de tecnología de un platillo volante estrellado en Roswell. ¿A qué viene ahora cuestionar la existencia de inteligencias extraterrestres? Parece un simple gancho para atraer a lectores curiosos y, con la excusa de hablar de la búsqueda científica de alienígenas, divulgar las teorías de Carlos Ortiz de la Huerta, un oscuro ufólogo mexicano a quien Pablo Villarrubia presenta como “uno de los más grandes teóricos y estudiosos del fenómeno ovni y de los umbrales del conocimiento”. Ortiz de la Huerta mantiene que los platillos volantes y el resto de la fenomenología paranormal pertenecen “a un mismo conjunto”. “Tienen por objeto -dice este discípulo de Jacques Vallée– provocar la ruptura de la visión cotidiana de la vida. Nos entrenan para que veamos otras realidades, para que busquemos algo más profundo y trascendente”. Para Ortiz de la Huerta, a quien Más Allá dedica casi tanto espacio -mas texto, desde luego- que a intentar responder la pregunta de la portada, el plan que se oculta tras el fenómeno ovni consiste en “despertar la consciencia de otros niveles superiores de existencia provocando sentimientos de tipo cósmico, espiritual, de universalismo”. Sobran comentarios.

El texto de Villarrubia y los otros que incluye en enero la revista de Sierra revelarían a un extraterrestre que no hay inteligencia con la que contactar en la Tierra. Permítanme que exponga las pruebas. Los reportajes de portada que acompañan al dedicado a la ausencia de contacto con alienígenas son: “Laberintos, ¿puertas a otros mundos?”, “¿Ha nacido ya el futuro mesías del Islam”, “El secreto masónico de Leonardo” -Josep Guijarro relaciona al genio del Renacimiento con el misterio de Rennes-le-Château-, “La vidente argentina que predijo el 11-S” -y no se lo contó a nadie, claro- y “La anorexia mística, a examen”. Dentro, además, nos hablan de las matemáticas védicas; de que “el universo parece responder a un preciso diseño, ¿tal vez al de la mente cósmica?; y la escritora Isabel Pisano, viuda del músico argentino Waldo de los Ríos, nos cuenta que la ouija le anunció la muerte de su marido. Imaginen a un ser de otro mundo ante tal cúmulo de memeces, seguro que no tendría ninguna dura sobre la no-inteligencia de sus destinatarios. Por fortuna, parece que éstos cada vez son menos: de los 93.000 ejemplares mensuales que llegó a vender Más Allá en 1994, ha pasado a menos de 34.000 en el primer semestre de este año, según la Oficina de Justificación de la Difusión (OJD). Y las cosas tampoco parece que vayan bien para Año Cero, la revista de Enrique de Vicente, que ha caído desde 106.000 ejemplares mensuales de hace nueve años a menos de 59.000 en la actualidad. Enigmas, el mensual de Fernando Jiménez del Oso, ni siquiera se somete a control, y la histórica Karma.7 pasó a la historia hace unos años. Así que igual hay luz al final del túnel. Ahora sólo falta que la OJD se decida de una vez a separar el grano de la paja: que haya una categoría de publicaciones periódicas de “divulgación científica y pseudocientífica” -en la que están tanto Investigación y Ciencia como Más Allá y Año Cero– es un insulto para las primeras y dignifica injustamente a las segundas, que no son sino una versión impresa de la telebasura.