Colonias secretas en un Marte de película

Si la invasión alienígena de Orson Welles demostró en 1938 que la creencia en visitantes extraterrestres estaba latente en la sociedad estadounidense mucho antes del avistamiento ovni de Kenneth Arnold, Anglia TV se adelantó en casi dos décadas a la paranoia conspiracionista que con tanto éxito explota Expediente X. Al igual que de las sesiones de radioteatro del autor de Ciudadano Kane sólo se recuerda La guerra de los mundos, de la serie Informe Científico de la ITV británica sólo ha sobrevivido Alternativa 3. No es para menos.

El documental de 1977 revela cómo el ser humano tiene los días contados sobre la Tierra a causa del deterioro medioambiental; las grandes potencias lo saben y trabajan desde hace décadas en colaboración para habilitar una colonia humana en Marte que acogerá a lo mejor de lo mejor; y las personas que desaparecen a diario en cualquier lugar del planeta son utilizadas como esclavas en una base en la cara oculta de la Luna. Todo ello, aderezado con entrevistas a científicos, astronautas y expertos en política internacional, así como con un vídeo del primer amartizaje ruso-americano, fechado en 1962 y en el que se ve un Marte de cielo azul bajo cuya arena se mueve algo vivo.

La fiebre de Alternativa 3 llegó a España en 1983 de la mano de Fernando Jiménez del Oso, quien incluyó el documental en su programa La Puerta del Misterio. Ésa fue la última emisión de la temporada, lo que rodeó al documental de una mayor aura enigmática a pesar de las numerosas evidencias en contra de su autenticidad, desde el color del cielo marciano hasta las apariciones de astronautas y científicos inexistentes.

La puntilla definitiva al fenómeno de Alternativa 3 la dio Nick Austin, el responsable de Sphere Books que contrató la edición posterior del libro del mismo nombre, en el número de abril de 1999 de la revista Fortean Times. “Por supuesto, Alternativa 3 -el documental de televisión y el libro- fue una broma, una farsa”, sentencia Austin, quien, en un extenso reportaje, desvela la historia real -el espacio iba a emitirse en el 1 de abril, Día de los Inocentes en el mundo anglosajón, pero tuvo que posponerse al 20 de junio-, identifica a los actores y no deja de mostrar su sorpresa por la pervivencia del mito. Inexplicable si tenemos en cuenta que los autores de la trama y la productora han repetido hasta la saciedad desde 1977 que Alternativa 3 se concibió como inocentada.

Publicado originalmente en Muy Especial.

La doblez del doblador de cucharas

“Recuerdo que hizo algún tipo de maniobra mental que dio como resultado una cuchara doblada. Sin embargo, que me leyera la mente y otras cosas que él dice que tuvieron lugar, simplemente, no es verdad”. Quien habla es Henry Kissinger; de quien habla es de Uri Geller. A mediados de los 80, el supuesto psíquico afirmaba haber puesto sus poderes al servicio de la CIA y haber hallado, contratado por multinacionales, importantes reservas minerales. Al igual que el ex secretario de Estado norteamericano, la CIA y directivos de Pemex y de la sudafricana Anglovaal Corporation negaron cualquier relación con el dotado. Su carrera como asesor psíquico era tan ficticia como sus poderes.

Geller tuvo en su desembarco en España en 1975 mejor suerte que en Estados Unidos y eso le ha rodeado en nuestro país de un halo de misterio. Mientras que ante José María Íñigo hizo alarde de todas sus habilidades -desde doblar cucharas hasta poner en marcha relojes-, cuando su anfitrión televisivo fue Johnny Carson no dio una. “Fallé delante de 40 millones de personas”, admite. Se estrelló con todo el equipo en el Tonight Show de la NBC por la sencilla razón de que Carson, ilusionista aficionado, le sometió a un estricto control para evitar cualquier truco. Porque eso es lo que hace Geller: usa cucharas preparadas; lee el movimiento del extremo superior del lápiz con el que dibuja otra persona lo que va él a adivinar telepáticamente; mueve una brújula con un imán escondido; distrae a su interlocutor y dobla una llave contra la pata de una silla… Y la gente pica. No en vano, como indica el escéptico Martin Gardner, “Geller tiene una abrumadora ventaja sobre cualquier mago: actúa como psíquico”.

De hecho, Geller huye de los ilusionistas desde que en 1973 hizo una demostración de sus dotes en la redacción de Time sin saber que actuaba ante James Randi. El mago duplicó sus poderes, “demostrando -según Leon Jaroff, redactor de la revista- que sólo eran necesarias unas manos rápidas y psicología”. Pero ni eso, ni que empezara su carrera como ilusionista en salas de fiestas israelíes, ni que en 1974 confesara que recurría a la magia a veces “con objeto de aumentar la fama y el dinero”, o que su agente Yasha Katz reconociera en 1978 que empleaba trucos y cómplices para sacar adelante sus actuaciones, mina la fe de quienes, como en 1976 Arthur Koestler, mantienen que “Uri presenta desde luego un 25% de fraude y otro 25% de showman, pero el 50% restante es auténtico”.

Publicado originalmente en Muy Especial.

Dos libros muy recomendables

Entre tanta memez como se publica –Iker Jiménez ha sacado su propia colección de libros y Fernando Jiménez del Oso dirige otra también lamentable-, hay dos novedades editoriales que recomendar desde el punto de vista escéptico. La primera de ellas –Conviértase en brujo, conviértase en sabio– supone el regreso después de tres lustros del físico Henri Broch a las librerías españolas, esta vez acompañado de un premio Nobel, Georges Charpak. La obra tiene dos niveles de lectura: el superficial, que es el que sin duda atrae a mucha gente, está protagonizado por los brujos y algunos de sus trucos; el profundo incita a la reflexión sobre el futuro inmediato del ser humano, la democracia, el bienestar y los alarmismos que tanto explota esa multinacional del ecologismo que responde al nombre de Greenpeace.

¿Saben cuánta gente ha sufrido en su salud los efectos de la energía nuclear? Bueno, fuentes antinucleares hablan de 38 millones de muertos y afectados en diverso grado desde mediados del siglo pasado. ¿Saben cuánta gente ha sufrido en su salud los efectos del automóvil? Pues, en el mismo tiempo, el coche se ha llevado por delante a 35 millones de personas y ha causado lesiones -desde rasguños hasta parálisis- a otros 1.500 millones. Se calcula que el bendito automóvil, en el que algunos viajan hasta las centrales nucleares para protestar por lo peligrosas que son, mata cada año a 700.000 personas en el mundo, además de expulsar por su tubo de escape millones de toneladas de veneno. Estos datos no los dan Broch y Charpac, pero algunas interesantes reflexiones suyas me animaron a buscarlos.

La otra obra, el debut editorial en nuestro país del italiano Massimo Polidoro, no la he leído todavía. Aún así, me atrevo a recomendársela por dos razones: el autor es uno de los baluartes de la racionalidad en Italia, donde el escepticismo científico enraizó después pero con mucha más fuerza que en España, y Pedro Luis Gómez Barrondo, director de El Escéptico Digital, me ha dicho que es una joyita. El libro de Polidoro se titula Los grandes misterios de la historia y está publicado por Robinbook, editorial que apadrina casi siempre -¡bendita excepción ésta!- títulos desquiciantes y desquiciados.

Publicado originalmente en El Escéptico Digital.

El laberinto de Magonia

El campesinado francés del siglo IX achacaba a unos hechiceros, los tempestarios, la capacidad de arruinar las cosechas. Estaba convencido de que esos brujos enviaban las tormentas contra los campos, para luego recoger los frutos dañados y transportarlos en barcos que navegaban por el cielo hasta una ciudad situada entre las nubes. A ese mágico enclave se refirió Agobardo de Lyon (779-840) como Magonia en su libro Contra insulsam vulgi opinionem de grandine et tonitruis (Contra las necias opiniones del vulgo sobre el granizo y el trueno). San Agobardo -su festividad se celebra el 6 de junio- ni creía en los tempestarios ni en la existencia de Magonia. El clérigo consideraba tales creencias propias de hombres sumidos en una “gran estupidez”, en una “profunda locura”, y se enfrentó a ellas abiertamente hasta el extremo de salvar la vida de cuatro supuestos tempestarios. Lo cuenta, con más detalle que el propio interesado, el abate Nicolás de Montfaucon de Villars (1635-1673) en sus Coloquios sobre las ciencias ocultas.

Sucedió un buen día, hace 1.200 años, que los habitantes de Lyon capturaron a tres hombres y una mujer que, según el populacho, habían bajado de un barco volador. Los lugareños estaban convencidos de que se trataba “de magos enviados por Grimoaldo, duque de Benevent, enemigo de Carlomagno, para perder las cosechas de Francia”. Los acusados adujeron en su defensa que eran originarios de la región, pero que habían sido “raptados poco tiempo atrás por hombres milagrosos que les mostraron inauditas maravillas para que volvieran a contarlas”. Sus captores estaban dispuestos a lapidarlos hasta que los presentaron ante Agobardo, y éste medió en la disputa. Tras escuchar a ambas partes, el obispo de Lyon no dio crédito a ninguna. Dictaminó que “no era cierto que esos hombres hubieran bajado de los aires”, como matenían los lugareños, ni lo que los presuntos hechiceros decían haber visto. “El pueblo -concluye Montfaucon de Villars- creyó más a su buen padre Agobardo que a sus propios ojos, se apaciguó, liberó a los cuatro embajadores de los silfos y se acogió con admiración al libro que Agobardo escribió para confirmar la sentencia pronunciada”.

Tres siglos después de la publicación de los Coloquios, un ufólogo francés, Jacques Vallée, rescató la ciudad de las nubes del olvido en su obra Pasaporte a Magonia (1969). Según el hombre en quien se inspiró Steven Spielberg para el personaje interpretado por François Truffaut en Encuentros en la tercera fase (1977), “los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos”. Ángeles, demonios, hadas, elfos y extraterrestres serían, en su opinión, diferentes denominaciones de unos mismos entes de otra dimensión que han influido en la historia humana desde hace milenios. “Magonia -sostiene el ufólogo en Dimensions (1988)- constituye una suerte de universo paralelo que coexiste con el nuestro. Se hace visible y tangible sólo a gente elegida, y las puertas que a él conducen son puntos tangenciales conocidos únicamente por los elfos y unos pocos de sus iniciados”.

Al igual que otros fracasaron antes en su empeño de demostrar que el Olimpo, el Cielo, el Infierno o el País de las Hadas tenían una base real, Vallée no ha logrado probar la realidad física de Magonia. De lo que no hay duda, sin embargo, es de que existe, aunque no tal como presume el ufólogo francés. Magonia está a nuestro alrededor. En todas partes y en ninguna. Y los tempestarios y las hadas, seres en los que ya casi nadie cree, han sido sustituidos en el imaginario popular por las personas dotadas de poderes extraordinarios y las entidades de otros mundos, sean extraterrestres o espíritus.

Ahí fuera -donde, según Expediente X, está la verdad-, hay individuos que, entre otras muchas habilidades sorprendentes, dicen ver el futuro; sanar graves enfermedades y lesiones mediante la imposición de las manos; estar en contacto con alienígenas; comunicarse con los muertos; doblar metales con el poder de la mente; leer el pensamiento de los demás; diseccionar la personalidad a partir de los rasgos de la escritura, y viajar en espíritu, escapándose del cuerpo. A pesar de que la vida diaria de la mayoría discurre al margen de lo sobrenatural, lo paranormal nos tiene cercados: enigmáticos humanoides habitan las más altas cumbres y la espesura de los bosques; monstruos antediluvianos viven en las aguas de algunos lagos; extraños dibujos aparecen de la noche a la mañana en los sembrados; barcos y aviones se esfuman sin más en ciertas regiones del planeta; estatuas de la divinidad lloran lágrimas de sangre; hay rastros de continentes sumergidos donde, en un pasado remoto, se desarrollaron civilizaciones más avanzadas que la actual; millones de seres humanos han sido secuestrados por los alienígenas que nos visitan a bordo de platillos volantes; la tecnología empleada para erigir las pirámides y otros grandes monumentos del pasado revela que sus constructores o bien tenían conocimientos extraordinarios o bien eran extraterrestres…

El misterio nos rodea, y son muchos los ciudadanos de los países desarrollados que se sienten perdidos en ese laberinto de espejos que es Magonia, sin saber qué paredes son reales y cuáles, mera ilusión. Sin estar seguros de si algo es cierto o ha sido deformado, consciente o inconscientemente, por quienes dicen haber visto o vivido maravillas. La culpa de esa desorientación no es únicamente de quienes la sufren, que podrían paliarla si pusieran interés, sino también de quienes deberían guiarles por ese laberinto de supersticiones. Como lamenta Robert L. Park, director de la oficina en Washington de la Sociedad Americana de Física, en su obra Ciencia o vudú (2000), “no es sorprendente que el público tenga problemas a la hora de distinguir entre charlatanes y expertos: no hay nadie que le diga quién es quién”. Porque la mayoría de los científicos prefiere mirar para otro lado.

Publicado originalmente en El Escéptico Digital.