Juan José Benítez, en busca del Arca perdida

El Arca de la Alianza -en la que Yahvé ordenó a Moisés que guardara las Tablas de la Ley- trae de cabeza a los aficionados a lo paranormal desde hace cuarenta años. Fue Robert Charroux quien, en el libro Cien mil años de historia desconocida (1963), habló de ella por primera vez como de “un condensador eléctrico”, citando una obra de 1948 en la que Maurice Denis-Papin decía que se trataba de “una especie de cofre eléctrico capaz de producir poderosas descargas, del orden de los 500 a 700 voltios”. Sin embargo, suele atribuirse el descubrimiento del misterio de este objeto sagrado a Erich von Däniken, el hostelero suizo metido a perseguidor de extraterrestres en el pasado. “Estaba cargada eléctricamente. Hoy, al reconstruir y aplicar las instrucciones transmitidas a Moisés, resulta una tensión eléctrica con varios centenares de voltios”, escribió en Recuerdos del futuro (1968), sin citar ni a Charroux ni a Denis-Papin. En esa línea, Juan José Benítez se apropia del presunto enigma del Arca de la Alianza en el séptimo episodio de Planeta encantado, titulado Una caja de madera y oro.

“Hace 3.200 años aproximadamente, este gesto habría sido fatal. Al tocar el Arca de la Alianza, habría caído fulminado”, dice el novelista al inicio del documental mientras toca una reconstrucción digital del contenedor de la Tablas de la Ley. El autor de Caballo de Troya se refiere al episodio bíblico en el que un hombre muere al tocar el cofre para evitar que caiga al suelo cuando es transportado en un carro. “Al llegar a la era de Nacón, tendió Oza la mano hacia el Arca de Dios y la agarró, porque los bueyes recalcitraban. Encendiose de pronto contra Oza la cólera de Yahvé, y cayó allí muerto, junto al Arca de Dios” (Samuel II 6, 6-7). Esta historia ha sido utilizada durante décadas como prueba de que la caja era el condensador eléctrico defendido por Charroux y Von Däniken, quienes añadían de su cosecha en sus libros que Oza cayó “fulminado” y que el Arca estaba “envuelta a menudo en chisporroteos”, cosas que no se dicen en el Éxodo.

¿Cómo llegaron estos autores a la conclusión de que el Arca de la Alianza es un artilugio eléctrico? No lo sabemos, pero es imposible, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Yahvé (Éxodo, 10-23), construir algo parecido a un condensador. El cofre bíblico es una caja de madera recubierta de oro “por dentro y por fuera”, con cuatro anillos de oro en los que encajan dos barras de madera, también cubiertas de oro, y coronada por dos querubines, igualmente dorados. Von Däniken no sabe de lo que habla. Lo demostró hace más de treinta años Clifford Wilson en Crash go the chariots (1972), ensayo en el que un técnico en electrónica explica que, para que haya un condensador, tiene que haber un polo positivo y otro negativo separados por un aislante, algo que en el Arca de la Alianza no existe. Además, un cajón electrificado, si estaba todo recubierto de oro, tenía que haber dejado fritos a todos los que lo tocaran -sin excepción-, pero en la Biblia tampoco se dice que los portadores del Arca deban llevar vestimentas especiales, y eso que Yahvé es muy meticuloso en sus instrucciones. Igual de ridícula es la afirmación de Von Däniken de que el objeto es una especie de transmisor de radio entre Yahvé y Moisés. ¿Para qué lo necesitaban si habían hablado varias veces antes de que existiera el Arca? La ilógica lógica del autor de Recuerdos del futuro no conoce límites.

Benítez coge los fragmentos de la Biblia en los que se cita el Arca de la Alianza y también los reinterpreta a su gusto. Así, convierte el cofre en un arma “mortífera” al servicio del pueblo elegido y cifra las víctimas de las acciones del “objeto santo” en más de un millón de muertos. Da por hecho, por ejemplo, que el ejército de Josué conquistó Jericó después de que sus murallas se derrumbaran por arte de magia gracias al cajón de madera y oro. La opinión de los historiadores es otra. “La famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico”, indican, en La Biblia desenterrada (2001), los arqueólogos Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman tras explicar que el Jericó de entonces “era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado”.

El periodista navarro nos narra también cómo, en tiempos de Salomón, se construyó en Jerusalén un templo para el Arca y, después, ésta desapareció misteriosamente. Antes, visitó Jerusalén la reina de Saba, que volvió a su tierra -para el novelista, la actual Etiopía- embarazada de Salomón. El hijo de ambos, Menelik, fue enviado a Jerusalén años después para conocer a su padre y ser educado, y, cuando regresó a Etiopía, se llevó consigo el Arca de la Alianza. La robó. Esta historia da pie a Benítez para jugar a Indiana Jones, en busca del Arca perdida por Etiopía y decirnos al final que no hay ninguna pista fiable de que el cofre esté en el país, ya que toda la historia del hijo de la reina de Saba y el rey Salomón es un mito creado por los cristianos etíopes, hacia el siglo XII, para dar un origen sagrado a la dinastía real. “La presencia del Arca en Etiopía no resiste el menor análisis histórico”, concluye con buen tino Benítez, quien podía haber recordado a sus espectadores que la Constitución vigente en el país africano hasta 1974 establecía que el emperador descendia de Menelik I y que, en Etiopía, hay tantas reproducciones del Arca de la Alianza como iglesias.

El novelista, sin embargo, no se ha parado a pensar en que los libros de la Biblia que mencionan el Arca de la Alianza persiguen exactamente lo mismo que la leyenda etíope de Menelik: otorgar al pueblo protagonista el rango de elegido de Dios. Si algo saben los historiadores, es que no hay pruebas de que el pueblo de Israel fuera esclavizado en Egipto, de la existencia de Moisés, de los cuarenta años de exilio en el desierto, de la conquista de Canaán ni de nada parecido. Son hechos tan históricos como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Por eso, carece de sentido perder un minuto en intentar averiguar qué era el Arca de la Alianza: no se trata nada más que de un objeto mítico dentro de una historia mítica, el sagrario ideal en el que guardar las leyes dadas por la divinidad a sus elegidos. De ahí que Benítez yerre cuando, tras reconocer que su búsqueda ha sido infructuosa, apunta que el Arca de la Alianza se encuentra en “las grutas o laberintos que hay bajo la roca que hoy protege la cúpula de la mezquita de Omar” y que ésa es “la razón más importante y secreta por la que Jerusalén jamás será devuelta a los palestinos”. Eso es, simplemente, una tontería.

Chapapote del ‘Prestige’ contra la costa de la razón

El crudo del Prestige ha hecho una buena faena a la primera crítica vertida en un medio de comunicación de masas a ese alarde de eurocentrismo y analfabetismo histórico que es Planeta encantado, la serie de Juan José Benítez que emite Televisión Española (TVE) y que ha costado más de 8 millones de euros. Javier Armentia, director del Planetario de Pamplona y miembro de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, publicó el 12 de noviembre, en el suplemento Territorios del diario bilbaíno El Correo, un artículo titulado El negocio de la pseudohistoria. Leída en el periódico seguramente por miles de personas, esa reflexión vio limitado su impacto en Internet por el primer aniversario de la catastrofe ecológica, que llevó a numerosos usuarios de Blogalia -pasó lo mismo en otros sitios, pero es en este servicio creado por Víctor R. Ruiz donde Armentia aloja Por la boca muere el pez– a inundar sus blogs de gritos de “Nunca Máis” y de lamentos por lo que ocurrió en las costas gallegas en noviembre de 2002.

Por desgracia, el artículo del astrofísico, que tiene los ingredientes para dar pie a un interesante debate, pasó casi desapercibido en medio de la marea negra. Recuerda Armentia, entre otras cosas, que el desinterés de los historiadores por desmanes como los del autor de Caballo de Troya no es algo nuevo. Y cita, como ejemplo, el acceso a la dirección de la antes respetable Revista de Arqueología del pseudohistoriador Nacho Ares. “Desde entonces -escribe-, entre los artículos divulgativos han comenzado a aparecer textos sorprendentes en una revista en cuyo consejo editorial permanecían importantes investigadores académicos. Sin que ninguno de ellos hiciera nada… ¿Inercia o simplemente desconocimiento?”. En el caso de Revista de Arqueología, pudo haber de lo segundo en un principio; pero resulta difícil de creer que quienes otras veces han puesto el grito en el cielo, justificadamente, por la manipulación que los políticos hacen de la Historia ignoren ahora la existencia de una serie llena de falsedades que ve más de un millón de españoles. ¿Dónde están los historiadores cuando la sociedad necesita su guía?

La sábana santa: cuando tres laboratorios científicos desmontan el invento de los vendedores de misterios

Desacreditar a toda costa los resultados de la prueba del carbono 14 que estableció que el sudario de Turín data del siglo XIV, y, por consiguiente, no pudo envolver a Jesús sin viaje temporal de por medio, ha sido el objetivo de los sindonólogos desde que en 1988 se sometió a ese análisis un trozo de la presunta reliquia. La más burda de las jugadas corrió a cargo, en nuestro país, del Centro Español de Sindonología (CES): su presidente, Celestino Cano, dijo en 1989 que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”. Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que hicieron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada.

Recientemente, la periodista madrileña Carmen Porter ha recordado, en su libro La sábana santa. ¿Fotografía de Jesucristo? (Edaf, 2003), que “algunos medios de comunicación” aseguraron que Libby había hecho esas declaraciones antes de morir en 1980 y las ha presentado como prueba de que el del radiocarbono no fue el examen definitivo. La estrategia de Cano, de resucitar a un muerto -el laureado científico falleció en 1980-, puede resultar hasta divertida; la de Porter, de dar por buenas las afirmaciones del Nobel, pero por si acaso atribuirlas a la prensa, es una muestra, en el mejor de los casos, de ignorancia. Porque la autora reproduce las presuntas declaraciones de Libby, tan imposibles -¿cómo podía pronunciarse de algo que iba a ocurrir mucho después de su muerte?- como un lamento de Albert Einstein por el accidente del transbordador Columbia, sin advertir al lector de que todo es mentira, de que Libby nunca dijo eso y que se lo inventaron los mismos sindonólogos a los que ella recurre para respaldar la autenticidad de la sábana santa. El libro de Porter es, al margen de esta anécdota, una obra alejada del mínimo escepticismo recomendable en todo periodista y cargada de esas ansias de los misteriólogos más jóvenes por convertir un viaje en avión de línea o un rutinario trayecto en tren en una aventura que para sí quisiera Indiana Jones, aunque no haya pasado nada. (Si desean ahondar en lo que piensa esta autora de la sábana santa, lean “Una fotografía desenfocada (I)”, “Una fotografía desenfocada (II)” y “Una fotografía desenfocada (III)” y “Una fotografía desenfocada (IV)”, artículos publicados por José Luis Calvo.)

No esperaba sorpresas del episodio de Planeta encantado dedicado al sudario de Turín, y no las ha habido. Un as en la manga de Dios, la sexta entrega de la serie dirigida por Juan José Benítez que emite Televisión Española (TVE), vuelve a recordarnos que el análisis del radiocarbono es la china en el zapato de los fabricantes de enigmas cuando de la sábana santa se trata. Al igual que Celestino Cano y Carmen Porter, el autor de Caballo de Troya hace trampas a la hora de contar la historia, no ya porque se invente un pasado premedieval de la pieza -cosa que han hecho otros-, sino porque tergiversa los hechos claves más recientes. Así, presenta el test del radiocarbono no como la prueba que al final -después de los análisis de la imagen por ordenador, de los granos de polen, de las manchas de sangre…- reveló que la reliquia no es tal, sino como un análisis más al que han seguido en el tiempo otros que han superado sus resultados.

¿Cuáles son esos otros estudios que, según Benítez, contradicen lo publicado en su día en la revista Nature? Los hechos en los años 70 del siglo pasado por el Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), los mismos sobre cuya fiabilidad existen dudas desde siempre, que se hicieron al margen de toda la metodología científica, que la prueba del radiocarbono deslegitimó, que se realizaron antes que ésta -y no después, como quiere dar a entender el ufólogo- y que hemos comentado aquí somera y extensamente. Ayer, podía leerse en las páginas de Televisión del diario El País que el documental de Benítez “sostiene que los últimos experimentos sobre la autenticidad de la sábana santa cuestionan la validez de las pruebas de datación que afirman que su origen es medieval. Si el lienzo es auténtico, se abrirían posibilidades inquietantes, puesto que, en un futuro no muy lejano, la ciencia podría extraer el ADN de los restos de sangre que están depositados en él”. No merece la pena detenerse a contar cuántos disparates hay en esas dos frases. Resulta triste, no obstante, comprobar cómo, a pesar de que generaciones de niños españoles aprendieron con Barrio Sésamo que lo que ocurrió en 1978 pasó antes que lo que sucedió en 1988, algún redactor del diario madrileño no entendió esa lección y sigue la senda marcada por el novelista, quien mantiene, por ejemplo, que el trabajo de John Jackson y Eric Jumper, dos destacados miembros del STURP, fue un “nuevo mazazo al carbono 14”, aunque lo hicieron más de diez años antes de la prueba del radiocarbono.

Benítez no descubre nada nuevo en Un as en la manga de Dios. Se limita a repetir lo que ha dicho desde hace un cuarto de siglo, a hacer una morbosa descripción de las lesiones que presenta el hombre de la sában, a vincular engañosamente a la NASA con el STURP, a dar crédito a afirmaciones como las de Francis Filas -que ve monedas romanas donde nadie las encuentra- y Max Frei -que, tras autentificar los falsos diarios de Hitler, encontró polen de plantas de Oriente Próximo en el sudario-, y a prometernos, al final, la resurrección. El momento cumbre de la producción se da al inicio, cuando el novelista fecha al minuto la hora de la Resurrección -ocurrió a las 3.10 horas del 9 de abril del año 30- y asistimos a la recreación de lo que, en opinión del quinto evangelista, ocurrió en el sepulcro de Jerusalén donde se depositó el cadáver del rey de los judíos.

La cruzada de la sábana santa

“Científicos y técnicos de la NASA -después de tres años de estudio- han aportado datos suficientes como para deducir que Cristo resucitó” [Benítez, 1978]. Veintidós palabras y dos mentiras bastaron a finales de los años 70 para convencer a los españoles de que la llamada sábana santa era en sí una prueba científica de uno de los principales dogmas de fe cristianos, la resurrección de Jesús de Nazaret. El mensajero de la buena nueva fue uno de los más renombrados fabricantes de misterios y el medio elegido, una revista sensacionalista dedicada a lo paranormal. Pero nada de eso importaba porque era la tecnología de la era espacial la que había confirmado la autenticidad del sudario de Turín. Al menos, eso es lo que los embaucadores de turno hicieron creer a mucha gente de buena fe hasta que la prueba del carbono 14 puso las cosas en su sitio en 1988.

La historia de la sábana santa es una historia de escándalo, que se remonta al siglo XIV. En aquella época, la prosperidad de monasterios y regiones enteras de Europa giraba entorno a las reliquias. Los restos sagrados atraían a multitudes de fieles hasta los mercados locales, convertían aldeas en florecientes ciudades y enriquecían a órdenes religiosas y señores feudales. “Huesos sagrados y cosas similares fueron venerados en todas las ciudades y pueblos y, de modo que no debe sorprender, surgió y prosperó un negocio de venta al por mayor de objetos falsificados para atender esta explosión de demanda” [Sproule, 1979]. Las masas acudían a templos en los que se guardaban, entre otras llamativas reliquias, leche de la Virgen, pelos de la barba de Noé, plumas de las alas del arcángel Gabriel, varios santos prepucios, tres ejemplares de la lanza que atravesó el costado de Jesús en la cruz, suficientes restos del lignum crucis como para construir un barco y medio centenar de santos sudarios. La Iglesia había propiciado durante siglos la falsificación de reliquias.

En el año 787, un concilio general decretó: “Si a partir de hoy se encuentra a un obispo consagrando un templo sin reliquias sagradas, será depuesto como transgresor de las tradiciones eclesiásticas”. Sobra decir que ningún obispo desobedeció el mandato y que, “al ir extendiéndose la red de iglesias parroquiales desde cada sede episcopal, se veían con frecuencia magníficas procesiones serpenteando a través de la campiña que llevaban restos santos a las nuevas casas de culto. Pero en la baja Edad Media, la autenticidad de una reliquia no tenía nada que ver con el propósito que servía: la religiosidad, por ingenua que fuese, era su propia recompensa en una época en que tantas condiciones escapaban al control del hombre. Las gentes que tenían causas desesperadas hacían arduas peregrinaciones, algunas de cientos de kilómetros, a los santuarios de los grandes santos. Al término de cada jornada esperanzadora, se encontraba un resplandeciente relicario que contenía algún fragmento humano venerado”. [Simmons, 1968].

El artista confiesa el engaño

La sábana santa apareció en la localidad francesa de Lirey en 1350. Su propietario, el caballero Geoffroy de Charny, nunca aclaró cómo había llegado la pieza de lino a su poder; pero financió la edificación de una iglesia para acoger la reliquia. Una vez levantada Nuestra Señora de Lirey en 1357, los monjes encargados de la custodia de la sábana observaron que ésta atraía gran cantidad de peregrinos y, mediante la venta de todo tipo de recuerdos, convirtieron el supuesto sudario de Cristo en un gran negocio. La actividad de los frailes suscitó las sospechas de Henri de Poitiers, obispo de Troyes, que abrió una investigación y logró averiguar que todo era un montaje. Su sucesor en el cargo, Pierre d’Arcis, escribió en 1389 un largo informe, en el que advertía al papa de Avignon Clemente VII que Henri de Poitiers “descubrió el fraude y cómo dicho lienzo había sido astutamente pintado, ya que de esa verdad testimonió el artista que lo había pintado, o sea que era una obra debida al talento de un hombre y en absoluto milagrosamente forjada u otorgada por gracia divina” [Broch, 1985].

El memorando que d’Arcis escribió al pontífice de Avignon no deja lugar a dudas. “Desde hace algún tiempo -dice el obispo- en esta diócesis de Troyes, el deán de cierta iglesia colegiata, a saber la de Lirey, falsa y mentirosamente, consumido por la pasión de la avaricia, animado no por algún motivo de devoción sino únicamente de beneficio, se procuró para su iglesia cierto lienzo hábilmente pintado, en el cual, por una hábil prestidigitación, estaba representada la doble imagen de un hombre, es decir, de frente y de espaldas, y el deán declara y pretende mentirosamente que es el verdadero sudario en el que nuestro Salvador Jesucristo fue envuelto en su tumba, y en el cual quedó impreso el retrato del Salvador con las llagas que tenía”. Cuando 34 años antes Poitiers había hecho públicos sus recelos, los monjes de Lirey habían escondido la reliquia. Cuando las aguas volvieron a su cauce, Geoffroy de Charny II consiguió que el papa de Avignon, primo de su padrastro, autorizara la exhibición de la reliquia. La documentada misiva de Pierre d’Arcis poco pudo contra tan estrechos lazos familiares.

El rey Carlos VI retiró la guardia militar de honor que había ordenado poner al lienzo; pero Clemente VII exigió silencio al obispo. El engaño, sin embargo, era tan descarado que, al final, el papa de Avignon acabó por reconocer en 1390 que, en el caso de la reliquia expuesta en Lirey, “no se trata de la Verdadera Sábana de Nuestro Señor, sino de un cuadro o pintura hecha a semblanza o representación de la sábana”. A mediados del siglo XV, Margaret de Charny, nieta del ‘descubridor’ de la reliquia, volvió a difundir el rumor de que el lienzo era la tela que había envuelto el cuerpo de Jesucristo, poco importaba que lo hubieran negado un papa y dos obispos. Un año después de volver a poner la sábana en circulación, la avispada mujer, que estaba casada con un arruinado Humbert de Villerexel, vendió la sábana al duque Luis I de Saboya a cambio de un castillo y un palacio.

Los Saboya rodearon entonces la tela de un halo milagroso. Propalaron el rumor de que el lienzo era mágico y lo llevaban en los viajes a modo de talismán, pues creían que protegía contra los ataques de los bandidos. Tras medio siglo de exposiciones itinerantes, Sixto IV les autorizó a levantar en Chambéry la Santa Capilla de la Sábana Sagrada. Miles de peregrinos y de valiosos regalos llegaron hasta la nueva iglesia hasta que en 1532 se desató un incendio, que daño parcialmente el sudario. Como la figura contenida en el paño se salvó de la quema, no faltó quien habló de un milagro. Una vez que las monjas remendaron toscamente la sábana, ésta fue depositada en un relicario de hierro. A partir de entonces, se expuso en raras ocasiones. En octubre de 1578, el duque Emmanuel Filiberto de Saboya, que se había propuesto trasladar la sábana a Turín, llevó el lienzo hasta la capital del Piamonte para que fuese venerado por Carlos Borromeo, arzobispo de Milán. El sudario no volvió a Chambéry y se instaló definitivamente en la catedral de San Juan Bautista de Turín en 1694.

¿Un negativo fotográfico?

Nadie había sabido de la sábana santa, la reliquia más importante de la cristiandad, durante 1.400 años y poco se supo de ella entre los siglos XVII y XX. Fue a finales del siglo XIX cuando los sindonólogos establecieron cuál era la diferencia entre el lienzo de Turín y los más de cuarenta sudarios de Cristo que se habían diseminado por Europa durante la baja Edad Media [1]. “Las copias -dice Maria Grazia Siliato- son, las más de las veces, una confusa amalgama de negativo (lo que se ve en la sábana) y de positivo (lo que el pintor se imaginaba). Y esto explica por qué las copias, las otras sábanas, son todas tan pobres, burdas e infantiles” [Siliato, 1985]. Fue el abogado italiano Secondo Pia el que descubrió en 1898 que el sudario de Turín era un negativo tras tomar varias placas fotográficas de la reliquia.

Pia retrató las manchas que aparecían en la tela y, “en lugar de encontrar el negativo que se esperaba y suponía que debía salir, se llevó la sorpresa de encontrarse con un positivo de la cara de un hombre con bigote y barba, melena larga y ojos cerrados: era la cara de Jesucristo” [Reverté Coma, 1987]. El abogado llegó a la sorprendente conclusión de que la síndone contenía el negativo fotográfico de un cadáver que había sido envuelto en la pieza de lino de 4,32 metros de longitud y 1,10 metros de anchura. Pia se dejó llevar por las apariencias y no fue capaz de darse cuenta, por ejemplo, de que las manchas de sangre de la sábana son rojas -algo imposible en un negativo- y la barba del cadáver es negra, lo que quiere decir que el individuo supuestamente envuelto en el lienzo era un anciano de barba blanca.

La confusión se ha perpetuado entre los sindonólogos hasta la fecha y llevó en su día al propio abogado a buscar una explicación sobre la formación de la imagen. Pia propugnó la llamada hipótesis del contacto, según la cual la figura se plasmó en la tela debido al roce. Esta teoría fue pronto desechada, ya que si la imagen se hubiera generado por contacto, habría dado lugar a una figura panorámica. Cualquiera puede comprobarlo. Basta con ponerse un simple pañuelo pegado a la cara y marcar los puntos correspondientes a la nariz y las orejas. Al seguir el contorno del rostro, la distancia será mucho mayor que la que se recoge en una fotografía y la figura aparecerá enormemente deformada.

Una vez rechazada la hipótesis del contacto, Paul Vignon planteó la llamada vaporografía, según la cual los vapores emanados por el cuerpo envuelto en el sudario habrían impresionado la tela. La teoría, atractiva, tiene un fallo, exige que los vapores se proyecten sólo en vertical, ya que en el lienzo existen la vista frontal y dorsal, pero no laterales. El error es similar al de la tesis manejada en los últimos años por los sindonólogos, que afirman que la imagen se formó en el momento de la resurrección, cuando el cuerpo de Jesús emitió una misteriosa energía que también mostró preferencia por las vistas frontal y dorsal. Esa energía de tipo desconocido es, en opinión de los expertos, la causa de la errónea datación del carbono 14.

El cuerpo de un torturado

Los partidarios de la autenticidad de la reliquia repiten hasta la saciedad que en la tela está plasmada la imagen de un hombre perfecto -como no podía ser de otra manera en el caso del hijo de Dios- sometido a una cruel tortura. Cuando los estudiosos dejan a un lado las heridas propias del suplicio dicen ver “un rostro de una majestad, de una grandiosidad, de una nobleza, de una unción, de una serenidad, de una amabilidad, de una bondad, de una dulzura, de una paz, y al mismo tiempo de una enorme virilidad” [Loring, 1979]. La realidad, sin embargo, no tiene nada que ver con la ficción devota. El hombre del sudario de Turín es un ser deforme, como se deduce del hecho de que la figura presenta una serie de detalles que violan las leyes anatómicas.

El hombre de la sábana santa, que supera los 1,80 metros de altura y los 80 kilos de peso, está en una postura imposible. Mientras que en la imagen frontal aparece relajado, con ambas piernas totalmente estiradas, en la vista dorsal está impresa la planta del pie derecho, lo que exigiría que hubiera doblado una rodilla. En el rostro no hay ninguna simetría y la larga melena no cae hacia la nuca, sino que se mantiene suspendida como por arte de magia. La barba es en la imagen de color oscuro, lo que quiere decir que si se trata de un negativo fotográfico, el cadáver debía tenerla blanca. Pero aún hay más. Cuando alguien se tumba de espaldas, las nalgas quedan aplastadas contra la superficie en la que el cuerpo reposa y eso no ocurre con la figura de la sábana, que, en el colmo del puritanismo, oculta los genitales tras las manos. Además, en la zona de la tela donde debe ría estar impresa la parte superior del cráneo, no hay nada. Por si eso fuera poco, la distancia que separa la frente de la parte posterior de la cabeza ronda los 12 centímetros; es la propia de un ser microcéfalo. Algunos defensores del sudario han indicado, por esto, que Jesús padecía una enfermedad hereditaria llamada síndrome de Marfan. ¿En qué quedamos, la figura de la síndone es la de un hombre perfecto o la de un enfermo?

El lienzo de Turín contiene, además, llamativos rastros de sangre. Y aquí es donde la irracionalidad vuelve a chocar con la lógica y con la propia tradición cristiana. Como todo el mundo sabe, al envejecer, la sangre se torna primero parda y luego negra. Sin embargo, en la sábana santa, la sangre, que según los sindonólogos tiene dos milenios de antigüedad, es sorprendentemente rojiza. La propia existencia de sangre en la tela demostraría, por otra parte, que el sudario de Turín nunca envolvió el cuerpo de Jesucristo. A la hora de narrar el enterramiento de Jesús, san Juan escribe: “Vino también Nicodemo, el que antes había ido a encontrarlo de noche; éste trajo una mixtura de mirra y áloe, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en fajas con las especies aromáticas, según la manera de sepultar de los judíos” (Juan 19: 39-40). Es decir, que el cuerpo de Jesucristo fue lavado y perfumado antes de envolverlo en fajas. Si se limpió el cadáver, no tenía que haber rastros de sangre en la mortaja, que, por otra parte, nunca fue una sábana. Además, los discípulos debían haber afeitado el pelo y la barba de su maestro, tal como marcaba la tradición hebrea.

Si la sábana de Turín no envolvió el cuerpo de Jesús hace dos milenios, ¿dónde, cuándo y cómo se plasmó en el lienzo la figura del hombre torturado? El lienzo apareció en el siglo XIV en Francia y no hay ninguna referencia anterior, a pesar de que, de ser auténtico, sería la reliquia más valiosa de la cristiandad. Cabe pensar, por lo tanto, que la sábana fue confeccionada en las proximidades de Troyes por alguien próximo a Geoffroy de Charny con la única intención de atraer a los crédulos y hacer negocio, tal como denunció el obispo Pierre d’Arcis en la misiva que envió al papa Clemente VII en 1389.

Fabricar una sábana santa está al alcance de cualquiera. Basta con poner un pedazo de papel sobre una moneda y frotar con la punta de un lapicero. Es algo que han hecho casi todos los niños y que, sin embargo, son incapaces de entender los defensores de la autenticidad histórica de la llamada síndone de Turín. El escéptico Joe Nickell, autor de Inquest on the shroud of Turin (1983), ha demostrado que, para obtener resultados similares a los de la sábana santa, basta con hacer lo mismo que cualquier escolar, pero tomando una tela y un bajorrelieve [2]. La técnica medieval del frotado produce imágenes con apariencia de negativos, en las que los altibajos del relieve se corresponden con altibajos en el tono de la imagen. La figura así obtenida tiene, como la del sudario, algunos espacios en blanco rodeando las formas prominentes. Con un pigmento semiseco o en forma de polvo, se consigue también que la pintura no penetre más allá de las primeras fibras, además de no dejar marcas de brocha ni direcciones de hechura, como es el caso del sudario.

La NASA y el santo sudario

La sábana santa fue un asunto exclusivamente religioso hasta que, a finales de los años 70, se comenzó a hablar de que la NASA investigaba la reliquia. La información llegó a España a través de las revistas esotéricas Karma.7 y Mundo Desconocido, en las que Juan José Benítez, un periodista que había saltado a la fama persiguiendo platillos volantes por Latinoamérica, afirmaba que la agencia espacial norteamericana había demostrado científicamente la resurrección de Jesucristo. La noticia, como casi todas las que se publican en ese tipo de revistas, era falsa, porque, para empezar, la NASA no ha examinado nunca el lienzo de Turín. La investigación corrió en realidad a cargo del Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), de la que formaban parte, a título particular, algunas personas vinculadas a la NASA. Sin embargo, Benítez y compañía han hablado hasta el hartazgo del estudio de la NASA para otorgar credibilidad al trabajo del STURP, un grupo de creyentes relacionado con la religiosa Hermandad del Santo Sudario.

En 1988, el periodista navarro todavía hablaba de lo descubierto en el sudario “por diferentes expertos al servicio de la NASA” [Benítez, 1988]. Un año después, tuvo que reconocer públicamente que la agencia aeroespacial nunca había examinado el lienzo y lo hizo en respuesta a un reportaje aparecido en Interviú, en el que se decía que el público había sido engañado durante más de un decenio y que era “totalmente falso que la NASA haya participado en el estudio del sudario de Turín y, por consiguiente, que se haya pronunciado respecto a la resurrección de Jesucristo” [Gámez y otros, 1988]. En su réplica, Benítez admitió que la NASA nunca había investigado la reliquia; pero calificó el asunto de “cuestión, puramente semántica, [que] carece de trascendencia” [Benítez, 1989].

Lo mismo me dijo en abril de 1992 el sacerdote jesuita Jorge Loring, un apasionado sindonólogo que ha dado conferencias por toda España y viaja en un coche cargado de ejemplares de su libro sobre el sudario, que vende y firma al término de las charlas. Loring me aseguró que estaba convencido de la autenticidad de la reliquia y, a lo largo de la conversación que mantuvimos, recurrió en varias ocasiones a “la radiación detectada por la NASA” y expresiones por el estilo. Cuando le apunté que la Administración Nacional para la Aeronáutica y el Espacio nunca había examinado el lienzo, me respondió que estaba de acuerdo conmigo y que en su libro dejaba bien claro que se trataba de personas relacionadas con la agencia espacial que investigaban la reliquia a título particular. En cuanto tuve oportunidad, comprobé que el sacerdote sindonólogo no me había dicho la verdad. En su libro La sábana santa. Invalidez de la prueba del carbono 14 (1990), Loring menciona a la NASA en relación con la sábana santa en 31 ocasiones y en todas da la impresión de que la institución ha investigado la reliquia. Si la vinculación de la NASA con la sábana santa no es cierta, como reconoce Loring, y es algo intrascendente, como dice Benítez, ¿por qué hacen uso de ella continuamente? La respuesta es muy sencilla: es la única manera de que alguien conceda un mínimo crédito al chapucero estudio realizado por el STURP en los años 70.

Una comunidad de creyentes con computadora

John Jackson, un fervoroso creyente en la autenticidad de la reliquia que trabajaba en los laboratorios de la Fuerza Aérea estadounidense, decidió en 1974 estudiar la posible aplicación de las técnicas de mejora digital de imágenes a la sábana santa. Durante varios años, trabajó en colaboración con Eric Jumper, miembro del consejo ejecutivo de la Hermandad del Santo Sudario, hasta que en 1977 consiguieron someter una fotografía de la reliquia a un analizador de imágenes VP-8, “un computador capaz de convertir densidades de gris en curvas de nivel y deducir de ellas una figura tridimensional” [Ares, 1995]. A juicio de los fabricantes de misterios, el resultado fue sorprendente: la imagen de la sábana santa era tridimensional. Pero las maravillas no acabaron ahí. “Los técnicos de la NASA -como guiados por la Providencia- han encontrado, además, que el cuerpo de Cristo se encontraba ingrávido y radiante en el momento de la resurrección”, advertía Benítez antes de añadir que “los hombres de la NASA -a través de su VP-8- han constatado, absoluta y definitivamente que las imágenes de la sábana santa no se formaron por contacto” [Benítez, 1978].

Jackson y Jumper participaron en 1977, un año antes de hacer públicas sus extraordinarias revelaciones, en la fundación del STURP [3], que en octubre de 1978 envió un equipo de técnicos a Turín para participar en el segundo Congreso Internacional de Sindonología y estudiar la reliquia. El ambiente de las jornadas fue tan devoto que hasta mereció las críticas de Andreas Faber-Kaiser, entonces director de Mundo Desconocido. “Poco laico y mucho religioso -escribió el periodista- para un congreso científico neutral, en el que se dieron enfáticos arrebatos de afirmación de la fe religiosa a ultranza, protagonizados sobre todo por Sebastiano Rodante y Raimondo Sorgia, quien llegó a afirmar textualmente que “el examen por medio del carbono 14 es útil, sí, pero no permitamos que la ciencia experimental destruya un dogma universal”” [Faber-Kaiser, 1978].

Las palabras de Sorgia reflejan perfectamente lo que Jackson y Jumper habían hecho con el VP-8: adaptar los datos a la teoría. Los expertos del STURP construyeron un bajorrelieve a tamaño real del hombre de la sábana tras averiguar las posibles correlaciones entre densidades de gris y distancias entre la tela y el cuerpo. Recurrieron “a un voluntario escogido por su parecido con la imagen del sudario. La persona fue envuelta en una sábana y, mediante procedimientos ópticos delicados, midieron las distancias entre el cuerpo y la tela. Se incorporaron estas medidas a la memoria del analizador encargado de traducir las variaciones de densidad coloreada de la imagen del sudario. El primer resultado obtenido fue el de una imagen humana en tres dimensiones distorsionada en varios lugares. Las instrucciones dadas al ordenador fueron modificadas por tanteo hasta que se obtuvo una imagen exenta de distorsiones inadmisibles” [Rouzé, 1983]. Es decir, Jackson y Jumper modificaron los datos para evitar que el resultado fuera una imagen grotesca y obtener la representación tridimensional ideal que tenían en mente desde el principio.

La sangre, las monedas y los diarios de Hitler

No adaptar los datos experimentales a lo que esperaban los miembros del STURP costó a Walter McCrone, probablemente el microanalista forense más competente del mundo, su expulsión del grupo. Y es que, cuando analizaba rastros de supuesta sangre, McCrone detectó muestras de bermellón y rojo de rubia, pinturas utilizadas en la Edad Media. “Además del óxido de hierro -advierte Henri Broch-, el análisis ha puesto en evidencia… ¡bermellón y huellas de amarillo de arsénico, azul de ultramar, azurita, carbón de leña y rojo de rubia!” [Broch, 1985]. A esto hay que añadir que McCrone observó que las partículas de pigmento se hallaban pegadas entre sí gracias a un fijador orgánico, que identificó como témpera al colágeno.

Los resultados del trabajo de McCrone no fueron, obviamente, del agrado del STURP, ya que confirmaban la hipótesis artística apuntada por Henri de Poitiers, Pierre d’Arcis y otros. Así que el microanalista forense fue víctima de una auténtica campaña de desprestigio por parte de sus antiguos compañeros de investigación. “Tengo buenas y malas noticias -dijo irónicamente McCrone en el congreso en el que anunció sus conclusiones-. Las malas son que el sudario es una pintura. Las buenas son que nadie me cree” [Nickell, 1983]. Otros especialistas que examinaron después la reliquia llegaron a la misma conclusión: no ningún hay rastro de sangre. El serólogo forense Giorgio Frache, Alberto Brandone, de la Universidad de Pavia, y los analistas Guido Filogamo y Alberto Fina no han encontrado en la tela ninguna sustancia relacionada con la sangre humana, sino restos de óxido de hierro. Al final, el propio STURP admitió que las manchas de sangre de la sábana están formadas en realidad por óxido de hierro, un componente de pigmentos artísticos, aunque últimamente ha vuelto a apostar por la sangre.

Todas las pruebas en pro de la autenticidad no tienen, sin embargo, el mismo grado de aceptación entre los propios creyentes. Una de las evidencias más débiles, aunque haya quien recurra a ella frecuentemente, es la presentada por el sacerdote norteamericano Francis Filas, que ve en uno de los ojos del hombre de la sábana una moneda acuñada bajo el mandato de Poncio Pilatos. Para Juan José Benítez, la moneda hallada por el padre Filas es todo un certificado de autenticidad de la reliquia. El periodista y ufólogo pasa por alto que David Sox, ex secretario de la Sociedad Británica del Sudario de Turín, ha advertido que, “desafortunadamente, la mayoría de los expertos dice que la colocación de monedas sobre los ojos de los cadáveres es una práctica pagana y no se corresponde con la forma de enterramiento judío. Cuando se presentó [Filas] con las fotografías en las que se basaba para realizar estas afirmaciones, un científico, cuyo nombre no se citó, dijo: “Sí, y si miras desde un poco más cerca, en la esquina superior derecha, puedes ver al Pato Donald… y ahí, a la izquierda, a Mickey Mouse”” [Nickell, 1983] [4].

Al igual que Filas, sólo una persona ha sido capaz de encontrar en la tela “gran cantidad de polen, con lo que puede demostrar y saber la trayectoria que siguió la sábana santa desde Palestina hasta Turín”. El palinólogo suizo Max Frei tomó en 1973 muestras de polvo depositado en doce puntos del lienzo y detectó la presencia de polen de una treintena de especies propias de Oriente Próximo que no existen en Europa. El estudio de Frei sólo tiene un problema: hay que fiarse de la palabra del experto, ya que nadie controló en su día la recogida de muestras ni ha logrado después los mismos resultados. El establecimiento de mecanismos de control y la repetibilidad del experimento son algo fundamental en ciencia. Hasta el propio STURP considera que la muestra de Frei “no es estadísticamente significativa. Los pólenes podrían haber sido llevados por el viento o depositados por los visitantes de la sábana; su presencia no prueba que la sábana estuviera nunca en Tierra Santa” [Nickell, 1983]. Por si fuera poco, Frei no es digno de crédito. En calidad de perito calígrafo, certificó en su día la autenticidad de los falsos diarios de Adolf Hitler.

La prueba del carbono 14

Después de más de seis siglos de controversia, el Vaticano aceptó en 1988 que se sometiera la sábana santa a la datación mediante radiocarbono. Ya en 1978, H.E. Gove, especialista en el análisis del carbono 14, aseguró durante el congreso creyente sobre La síndone y la ciencia, celebrado en Turín, que los resultados de este examen serían “serios” y que, “si revelara que el lienzo data, por ejemplo, del siglo XI, quedaría definitivamente demostrado que no fue el que estuvo en contacto con Jesús” [Faber-Kaiser, 1978]. El cardenal Anastasio Ballestrero confirmó el 13 de octubre de 1988 las sospechas de los escépticos. Los análisis científicos llevados a cabo por tres laboratorios de Estados Unidos, el Reino Unido y Suiza demostraban que el tejido del sudario de Turín había sido confeccionado entre los años 1260 y 1390. La Iglesia aceptó el veredicto de la ciencia; pero confirmó “su respeto y su veneración a esta imagen de Cristo, que sigue siendo objeto del culto de los fieles. El valor de la imagen -puntualizó Ballestrero- es preeminente respecto al eventual valor de muestra histórica” [Massagué, 1988].

El análisis de radiocarbono era una vieja reivindicación de la comunidad científica mundial, la puntilla a años de investigaciones. Los resultados no sorprendieron más que a los inventores de misterios, ya que los investigadores rigurosos que habían examinado el sudario estaban convencidos de su origen medieval. En septiembre de 1980, Walter McCrone había advertido que el carbono 14 iba a datar la pretendida reliquia “el 14 de agosto de 1356, diez años más o menos” [Nickell, 1983]. Vittorio Pesce, antropólogo de la Universidad de Bari, mantenía meses antes de la datación por radiocarbono que la sábana había sido confeccionada entre 1250 y 1350. Y es que los documentos históricos, la iconografía, los materiales y las técnicas empleadas bastaban y sobraban para situar la aparición de la sábana en Francia a mediados del siglo XIV. ¿Pero en qué consiste la prueba del carbono 14 y cómo se hizo en el caso de la síndone?

La datación mediante el radiocarbono fue ideada en los años 50 por Willard F. Libby, que recibió en 1960 el premio Nobel de Química. El carbono 14 se encuentra en todo ser vivo, y Libby descubrió que, a partir del momento de la muerte, la cantidad de dicho isótopo se reduce a la mitad cada 5.568 años. Si se conoce la porción de radiocarbono que hoy contiene el cuerpo de un hombre, por ejemplo, y se analiza el cadáver de un ser humano que vivió en el pasado, podrá determinarse cuándo vivió nuestro ancestro. Eso fue lo que se hizo con el lino del sudario de Turín; pero, para garantizar la validez de los resultados, se hizo por triplicado y sin que los investigadores encargados del trabajo supieran exactamente si estaban datando restos procedentes del sudario, de una tumba nubia, de una momia o de una capa medieval.

El cardenal Ballestrero encargó la prueba, que iba a estar supervisada por el Museo Británico, a un laboratorio de Oxford, otro de Arizona y un tercero de Zurich. Las muestras de la sábana se tomaron en la sacristía de la catedral de Turín el 21 de abril de 1988, en presencia de representantes de todas las partes. Después, el arzobispo de Turín y el entonces jefe del laboratorio de investigación del Museo Británico, Michael Tite, prepararon y codificaron las muestras que se iban a entregar a cada laboratorio: una del sudario; otra de una tumba nubia datada entre los siglos XI y XII; una tercera procedente de una momia egipcia de hace veinte siglos, y la última perteneciente a una capa fechada entre 1290 y 1310. Los representantes de los tres laboratorios ignoraban cuál era el origen de cada una de las muestras que les habían entregado; sólo sabían que una de ellas era de la sábana santa. Antes de analizar las piezas de lino, cada uno de los laboratorios empleo diversas técnicas de limpieza para eliminar material extraño a las telas. Después, dividieron cada muestra en submuestras y las sometieron a la prueba del carbono 14.

El laboratorio de Arizona realizó diecinueve mediciones; el de Oxford, doce, y el de Zurich, dieciocho. A pesar de emplear distintos métodos de lavado, las tres instituciones obtuvieron resultados similares. Según comprobó Michael Tite, las fechas otorgadas a las muestras de control se correspondían con las esperadas y tampoco había diferencias llamativas en la datación de las piezas procedentes de la sábana santa. “Los resultados de las pruebas de radiocarbono de Arizona, Oxford y Zurich datan el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años) con una fiabilidad del 95%. Estos resultados proporcionan evidencia concluyente sobre el origen medieval del lino del sudario de Turín”, establece el informe publicado por una veintena de científicos en la revista Nature [Damon y otros, 1989]. Fue la gota que colmó el vaso de la indignación entre sindonólogos y divulgadores de lo paranormal, que vieron como la ‘ciencia oficial’ echaba por tierra uno de los montajes más rentables de los años 70 y 80, que todavía algunos siguen explotando.

Libby vuelve de la tumba

El Vaticano aceptó los resultados del estudio; pero los empecinados sindonólogos emprendieron una cruzada de descrédito contra la prueba del radiocarbono. Y lo hicieron con la torpeza que les caracteriza. Apenas habían pasado unos meses desde la rueda de prensa del cardenal Ballestrero, cuando salieron a la luz críticas del propio Willard F. Libby. “Tengo curiosidad -decían que había dicho el experto- por leer la relación científica para examinar la metodología usada por los tres laboratorios. Pero, mientras llega, puedo ya indicar algunos fallos garrafales. Primero, que la muestra del lienzo ha sido cortada en un solo lugar, y que no se ha hecho un muestreo estadístico de toda la superficie del lienzo como exige el método o, al menos, de sus diferentes partes esenciales. Además, el lugar escogido para los cortes de las muestras resulta ser el que los encargados de mostrar el lienzo durante horas y días a lo largo de los tiempos agarraban con las manos para mantener en alto y extendido el lienzo durante las exposiciones. Por lo tanto, un lugar contaminado por el sudor y grasa orgánica, vehículo especial del carbono 14” [Fernández Ardanaz, 1989]. Por eso, el presidente del Centro Español de Sindonología (CES), Celestino Cano, no dudaba en afirmar que la prueba del radiocarbono no se hizo bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”.

¡La sábana santa había obrado, por fin, un milagro! Libby volvía de la tumba para pronunciarse sobre la validez de la prueba del carbono 14. ¿De dónde sacaron en 1989 periodistas y sindonólogos las declaraciones del premio Nobel muerto en 1980? ¿Organizaron una sesión de espiritismo o, simplemente, se inventaron la opinión del químico? ¿A nadie se le ocurrió comprobar que el científico había fallecido años antes o es que no interesaba hacerlo? Sólo hay una cosa clara, en el caso del sudario de Turín, pensar mal es garantía de acierto.

El padre Jorge Loring es, sin embargo, de los que piensan mal y no aciertan. Anastasio Ballestrero le dio el disgusto de su vida. Y él está convencido de que “hay una conspiración”, en la que están involucrados los laboratorios que realizaron el examen, el Vaticano y las propias publicaciones científicas. “Están todos en la misma línea, como pasa en la tele. ¿Qué se dice en la tele? Lo que quieren los de arriba. Si tú dices una cosa que no les interesa, no sales en la tele. Pues eso pasa en todas partes”, sentencia el jesuita [Gámez, 1992]. Loring, uno de los que mantienen que “incluso Libby considera que este método no se puede aplicar a la sábana santa”, advierte en sus conferencias que Michael Tite, el coordinador de las pruebas del carbono 14, “reconoce un posible aumento de este elemento radiactivo si el lino recibió un bombardeo de neutrones. Poco después, escribió una carta al profesor Gonella, asesor científico del arzobispo de Turín, en la que afirma que él no considera un fraude la sábana santa” [Alés, 1990]. Como siempre, el sacerdote dice parte de la verdad, pero no toda.

Tite escribió en septiembre de 1989 una carta a Luigi Gonella, científico del Politécnico de Turín y colaborador del Vaticano, para dejar bien claro que la datación mediante radiocarbono no supone una prueba de que la sábana se confeccionara con la intención de engañar. Aunque de las palabras de Loring parece deducirse que Tite considera que la sábana santa es auténtica, la realidad es que el representante del Museo Británico no ha puesto en ningún momento en duda el resultado del test del radiocarbono. Lo único que dice en la misiva, que se hizo pública sin su consentimiento, es que la prueba del carbono 14 no sirve para determinar con qué motivo se fabricó el sudario de Turín. Según los sindonólogos, tampoco sirve para determinar la antigüedad de la sábana santa, ya que la energía desprendida por el cuerpo de Jesucristo en el momento de la resurrección habría alterado la proporción de carbono 14.Aquí, la ciencia topa con la fe, porque los sindonólogos hablan de la energía de la resurrección, pero no son capaces de decir qué tipo de energía es. En el fondo, al venirse abajo el castillo de naipes levantado durante siglos, recurren al más viejo de los trucos religiosos, el milagro.

La explicación más pueril a la datación del carbono 14 proviene, sin embargo, de Rusia. En la carrera hacia el absurdo, la bióloga Tamila Reshétnikova ha establecido una marca difícil de batir. Afirma que “la edad del sudario es variable y depende de la creencia de la gente, puesto que el campo energético de la religión cristiana alimenta el tejido, manteniendo su integridad”. Asume la hipótesis de Olga Asauliak, que “propone a los científicos medir la edad del sudario antes de la Cuaresma, en vísperas y después de la Pascua, con el fin de convencerse de su rejuvenecimiento a medida que aumenta la creencia de las personas, que alcanza su apogeo y la cantidad de gente en el Domingo Santo” [Reshétnikova, 1993]. ¿Alguien da más?


Notas

[1] Los especialistas en el estudio del sudario de Turín se llaman a sí mismos sindonólogos. La palabra proviene de síndone, un término italiano de origen griego (sindon), que significa ropaje.

[2] Una imagen generada por contacto sobre un busto da lugar a un rostro panorámico, deformado. Sin embargo, si se utiliza la técnica del frotado sobre un bajorrelieve, las menores distancias en profundidad hacen que la figura resultante sea similar a la de la sábana santa.

[3] El STURP es una organización con fuerte carga religiosa, como lo demuestra el hecho de que, de sus 40 miembros fundadores, 39 eran creyentes convencidos de que la tela de Turín era el auténtico sudario de Jesucristo.

[4] El médico forense Pier Luigi Baima Bollone, fervoroso sindonólogo, anunció en 1996 que había encontrado en el otro ojo del hombre de la sábana un leptón de la época del emperador Tiberio, acuñado el año 29 de nuestra era. El hallazgo no se publicó en ninguna revista científica, sino en las esotéricas.


Referencias

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Broch, Henri [1985]: Los fenómenos paranormales. Una reflexión crítica [Le paranormal]. Trad. de Juana Bignozzi. Editorial Crítica (Serie “General” (Col. “Estudios y Ensayos”), Nº 107). Barcelona 1987. 206 páginas.

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Reverté Coma, José Manuel [1987]: “Consideraciones médicas sobre la sábana santa”. El Médico (Madrid), Nº 217 (30 de enero-5 de Febrero), 34-51.

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Publicado originalmente en El Escéptico.

Los gigantes de Pascua se deshacen

Los moais se deshacen. Las famosas estatuas de la isla de Pascua están sufriendo los efectos del viento, la lluvia, los turistas y las malas restauraciones. Se enfrentan a un futuro más que incierto. Grandes grietas se abren con rapidez en las cabezas de piedra, que podrían desaparecer en pocos años. Por eso, la Unesco ha concedido a una firma alemana, Denkmalpflege Maar, un contrato de 11 millones de euros para que recubra los moais con productos químicos que frenen su deterioro.

Dos turistas pasan por delante de un 'ahu' en la isla de Pascua. Foto: Reuters.Las estatuas de Pascua -isla chilena situada en mitad del Pacífico Sur- se esculpieron entre hace 400 y 1.000 años, y fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1995. Talladas en piedra volcánica en una cantera del Rano Raraku -uno de los volcanes de la isla-, son una demostración palpable del ingenio de los antiguos habitantes de un lugar del cual el explorador noruego Thor Heyerdahl escribió, en su libro Aku-Aku: el secreto de la isla de Pascua (1957), que es “el sitio habitado más solitario del mundo. La tierra firme más próxima que pueden ver sus habitantes está en el firmamento y consiste en la Luna y los planetas”.

Desde que Heyerdahl estuvo en Pascua, han visitado la isla miles de turistas, muchos atraídos por las mistificaciones de autores para quienes los antiguos pascuenses no disponían de la tecnología necesaria para tallar, transportar y levantar unas figuras que pueden pesar hasta 82 toneladas. Son los mismos que afirman que prácticamente cualquier monumento levantado en la antigüedad fuera de Europa fue erigido con ayuda alienígena. Así, el famoso Erich von Däniken mantiene que los moais se esculpieron con avanzada maquinaria extraterrestre.

Una “gran tarea”

La toba volcánica no es, sin embargo, tan dura como la pintan. Los pascuenses la trabajaron con picos de piedra, encontrados a miles en la cantera del Rano Raraku. Heyerdahl, quien vio a lugareños tallar así parte de una estatua, calculó que una docena de trabajadores podía completar una figura en un año. La fragilidad de los moais es tal que hoy muchos están agrietados, expuestos. La empresa fundada por el alemán Stefan Maar va a desarrollar un barniz que impida que la humedad penetre en sus entrañas y los parta. “Algo hay que hacer”, ha declarado Maar, quien se enfrenta a una “gran tarea” que pondrá en práctica en 2005.

De los 887 moais que han sobrevivido hasta nuestros días, menos de un tercio se encuentra en su emplazamiento definitivo: sobre un altar, ahu, o clavado en tierra. El tamaño medio de las estatuas -que comprenden tronco y cabeza- es de 4 metros y el peso, de 13 toneladas. El método de transporte y erección se conoce desde hace siglos y se ha probado sobre el terreno varias veces. Los pascuenses trasladaron las estatuas en trineos de madera, de los que tiraban con cuerdas, y las levantaron mediante un sistema de palancas, piedras y sogas.

Durante la estancia de Heyerdahl en la isla en los años 50, doce hombres izaron con esos útiles un moai de 30 toneladas en dieciocho días. Hoy, no hay árboles en Pascua. Pero existían cuando fue descubierta por el holandés Jacob Roggeveen en 1722 y los científicos saben, gracias a análisis de polen, que hubo grandes bosques en épocas anteriores. Los moais, como las pirámides de Egipto y las pistas de Nazca, son una muestra del ingenio humano.

Publicado originalmente en el diario El Correo.