‘Más Allá’, la telebasura, la presunta inteligencia humana y las civilizaciones extraterrestres

Portada del número de enero de 2004 de 'Más Allá', revista española dirigida por el ufólogo Javier Sierra.Decía el escritor Arthur C. Clarke hace cuatro años, en Space.com, que hay una prueba incontestable de la inexistencia de civilizaciones extraterrestres avanzadas cerca de la Tierra: no ha venido una brigada alienígena para exterminarnos por llenar el espacio interestelar de porquería. Se refería el autor de 2001, una odisea del espacio a las señales de televisión, que viajan a la velocidad de la luz, llenan ya una esfera -con centro en la Tierra- de más de 100 años luz de diámetro y han llevado la telebasura hasta las estrellas. Puede que, a fin de cuentas, que estemos solos en el cosmos no sea tan triste: ¿se imaginan que nos borren del mapa por insultos a la inteligencia como Gran hermano, Operacion Triunfo, Teletienda, Supervivientes, Sabor a ti, Hotel Glam, Tómbola, Corazón de…, Lo que faltaba, Crónicas marcianas…?

Más Allá se pregunta, en la portada del número de enero de 2004, “si existen seres inteligentes en el Universo, ¿por qué no establecen contacto?”. Yo ya no entiendo nada. Si Javier Sierra, director de la revista, lleva años vendiéndonos marcianos en libros, programas de televisión y de radio. Si Más Allá contó durante una época entre sus colaboradores con un supuesto alienígena que atendía un consultorio. Si Sierra mantiene que el transistor es un invento humano desarrollado a partir de tecnología de un platillo volante estrellado en Roswell. ¿A qué viene ahora cuestionar la existencia de inteligencias extraterrestres? Parece un simple gancho para atraer a lectores curiosos y, con la excusa de hablar de la búsqueda científica de alienígenas, divulgar las teorías de Carlos Ortiz de la Huerta, un oscuro ufólogo mexicano a quien Pablo Villarrubia presenta como “uno de los más grandes teóricos y estudiosos del fenómeno ovni y de los umbrales del conocimiento”. Ortiz de la Huerta mantiene que los platillos volantes y el resto de la fenomenología paranormal pertenecen “a un mismo conjunto”. “Tienen por objeto -dice este discípulo de Jacques Vallée– provocar la ruptura de la visión cotidiana de la vida. Nos entrenan para que veamos otras realidades, para que busquemos algo más profundo y trascendente”. Para Ortiz de la Huerta, a quien Más Allá dedica casi tanto espacio -mas texto, desde luego- que a intentar responder la pregunta de la portada, el plan que se oculta tras el fenómeno ovni consiste en “despertar la consciencia de otros niveles superiores de existencia provocando sentimientos de tipo cósmico, espiritual, de universalismo”. Sobran comentarios.

El texto de Villarrubia y los otros que incluye en enero la revista de Sierra revelarían a un extraterrestre que no hay inteligencia con la que contactar en la Tierra. Permítanme que exponga las pruebas. Los reportajes de portada que acompañan al dedicado a la ausencia de contacto con alienígenas son: “Laberintos, ¿puertas a otros mundos?”, “¿Ha nacido ya el futuro mesías del Islam”, “El secreto masónico de Leonardo” -Josep Guijarro relaciona al genio del Renacimiento con el misterio de Rennes-le-Château-, “La vidente argentina que predijo el 11-S” -y no se lo contó a nadie, claro- y “La anorexia mística, a examen”. Dentro, además, nos hablan de las matemáticas védicas; de que “el universo parece responder a un preciso diseño, ¿tal vez al de la mente cósmica?; y la escritora Isabel Pisano, viuda del músico argentino Waldo de los Ríos, nos cuenta que la ouija le anunció la muerte de su marido. Imaginen a un ser de otro mundo ante tal cúmulo de memeces, seguro que no tendría ninguna dura sobre la no-inteligencia de sus destinatarios. Por fortuna, parece que éstos cada vez son menos: de los 93.000 ejemplares mensuales que llegó a vender Más Allá en 1994, ha pasado a menos de 34.000 en el primer semestre de este año, según la Oficina de Justificación de la Difusión (OJD). Y las cosas tampoco parece que vayan bien para Año Cero, la revista de Enrique de Vicente, que ha caído desde 106.000 ejemplares mensuales de hace nueve años a menos de 59.000 en la actualidad. Enigmas, el mensual de Fernando Jiménez del Oso, ni siquiera se somete a control, y la histórica Karma.7 pasó a la historia hace unos años. Así que igual hay luz al final del túnel. Ahora sólo falta que la OJD se decida de una vez a separar el grano de la paja: que haya una categoría de publicaciones periódicas de “divulgación científica y pseudocientífica” -en la que están tanto Investigación y Ciencia como Más Allá y Año Cero– es un insulto para las primeras y dignifica injustamente a las segundas, que no son sino una versión impresa de la telebasura.

¿Predijo hace un año Octavio Aceves la boda de Felipe de Borbón y Leticia Ortiz?

Cuando todavía no era posible saber el sexo de un bebé antes del nacimiento, había un médico que siempre acertaba el de los futuros hijos de sus pacientes. En ocasiones, una pareja le visitaba tras el alumbramiento increpándole por haber asegurado que iban a tener un niño cuando en realidad se trataba de una niña, y viceversa. Entonces, el doctor sacaba sus notas y demostraba a sus clientes que la memoria les engañaba, que, donde ellos habían entendido niño, él había dicho niña, o al contrario. Siempre tenía razón. No podía ser de otro modo. Y es que, cuando una de sus pacientes le preguntaba sobre el sexo del hijo que crecía en su seno, el médico decía ‘niño’ y apuntaba en el historial ‘niña’, o al revés. Si el veredicto oral era acertado, los padres nunca verían el historial; si no, él lo esgrimiría como prueba de que los errados eran ellos.

No sé dónde ni cuándo leí esta anécdota -¿puede ser en algún libro escéptico sobre lo paranormal?-, pero la recordé el domingo al ver que el brujo argentino Octavio Aceves (Rosario, 1947) afirmaba, en el diario El Correo, que había vaticinado hace doce meses que este año se anunciaría el compromiso matrimonial de Felipe de Borbón, heredero de la Corona española. “Yo dije, y está publicado, que hacia finales de año la Casa Real haría el comunicado del compromiso oficial del Príncipe con una joven de aspecto centroeuropeo, estatura alta, extremadamente delgada y muy guapa; que sería un casamiento por amor, a celebrarse en los primeros meses de 2004. Así que acerté de pleno”, sentencia el adivino. Cuando la periodista Arantza Furundarena le apunta que la novia no es centroeuropea, él responde: “Yo dije que tendría aspecto centroeuropeo, no que lo fuera. Y está claro que Letizia, por su físico, podría ser suiza”. Aceves añade que hizo la predicción “en noviembre o diciembre del año pasado. Me la jugué totalmente, pero es que lo vi muy claro en el tarot”. Yo también lo vi claro -y no soy vidente- cuando leí las declaraciones del augur sobre la boda principesca: bastaría con consultar la hemeroteca para volver a confirmar que el adivino da en la diana a veces, como todo el mundo, y que lo único sorprendente del real vaticinio es que alguien se lo crea.

Era cuestión de tiempo que Octavio Aceves acertara con el anuncio del compromiso real. Lo lleva prediciendo anualmente desde que lo hizo en las páginas de Supertele para 1997: “Se anunciará de forma oficial el compromiso del príncipe Felipe”, dijo hace siete años. Ahora, el vidente se cuelga medallas; pero pasa por alto un montón de vaticinios fallidos. El 2 de enero de 2000, anunció: “Este año el Príncipe conoce por fin a su novia, a la mujer de su vida. No sé si habrá boda antes de 2001, pero la cosa va en serio”. También adelantó que, de española, nada. “Creo que no. La veo más bien extranjera. La visualizo castaña, tirando a rubia”. El heredero de la Corona conoció a Letizia Ortiz ¡a finales de 2003!, y ella es asturiana y castaña. No tiene de rubia ni un pelo. A comienzos de 2001, el brujo dijo que la novia del Príncipe iba a ser “una mujer europea, pero no española”, y vaticinó el anuncio oficial del compromiso para finales de aquel año. Volvió a meter la pata. En enero de 2002, se la jugó otra vez: “Entre Felipe y Eva (Sannum) no veo ninguna ruptura, bien porque todavía siguen enamorados y pensando el uno en el otro, bien porque continúan en contacto”. Y puntualizó que la futura Reina de España iba a ser “más bien extranjera, probablemente centroeuropea, grandota y de cabello castaño, tirando a rubio”. Fíjense que afirmó que la prometida de Felipe de Borbón sería “centroeuropea” -no “de aspecto centroeuropeo”, como ahora dice- y que la describió físicamente como “grandota”, no como alta -que tampoco lo es Letizia Ortiz- y delgada. ¿Cuál fue la predicción del adivino para 2003? Dado que no indica dónde anunció la real boda hace doce meses, asumo que pudo ser también en El Correo, donde el 29 de diciembre de 2002 se publicó un reportaje titulado “Futuro imperfecto” en el cual Aceves, Paco Porras y Aramís Fuster emitían sus augurios para el año que ahora termina. La autora del texto, Isabel Urrutia, recoge que el vidente de Rosario pronosticaba la boda real para 2004, pero con una joven centroeuropea, de ojos claros y rubia, descripción en la que coincidía con Porras y en la que no casa la novia.

Octavio Aceves asegura ser doctor en Psicología, Parapsicología, Ciencias Humanísticas, Literatura Religiosa y Filosofía Orientalista. Llegó a España en la primera mitad de los años 80 y los más viperinos cronistas de sociedad le consideran “un saludable oasis en el mundo del esoterismo y la videncia”. Aunque mantiene que ve “más allá que el común de los mortales”, a la hora de la verdad, su agudeza visual deja mucho que desear. Como sus colegas, acierta en lo obvio, pero yerra en el resto. Si por este remilgado oráculo fuera, la primera guerra contra Irak hubiera durado “aproximadamente un año”, Miguel Boyer hubiera vuelto a la política e Isabel Pantoja hubiera pasado por el altar en 1993 ó 1994. Nada de esto ha ocurrido. Sin embargo, Aceves goza de buena prensa y se gana la vida con el cuento de la adivinación: cobra 100 euros por visita en persona y tiene el típico consultorio telefónico. Claro que, si hay engañabobos, es porque hay bobos, como suele recordar el divulgador científico Manuel Toharia.

Muere a los 90 años Charles Berlitz, autor de ‘El triángulo de las Bermudas’

Charles Berlitz (Nueva York, 1913) murió el 18 de diciembre en Tamarac (Florida, EE UU) a los 90 años. Lingüista -era nieto del fundador de las academias de idiomas Berlitz-, entró en el mundo del misterio a finales de los años 60 del siglo pasado y alcanzó renombre mundial en 1974 con la publicación de El triángulo de las Bermudas. Escribió libros sobre el arca de Noé y la Atlántida, y firmó con William Moore dos obras: El experimento Filadelfia (1979) y El incidente (1980), que resucitó el misterio de Roswell y marcó el inicio de la fiebre de los platillos volantes estrellados, fenómeno en el que hasta entonces nadie había creído ni siquiera dentro del mundo ufológico. Hábil relaciones públicas, sus trabajos están repletos de afirmaciones asombrosas sin la menor base, como demuestra su obra más popular.

Charles Berlitz.El triángulo de las Bermudas debe su nombre a Vincent Gaddis, un divulgador de lo paranormal que bautizó así a la región del Atlántico delimitada por Florida, Puerto Rico y Bermudas en la revista Argosy en 1964. Pero si hay un autor al que la opinión pública vincula con esa zona, ése es Charles Berlitz, cuyas obras El triángulo de las Bermudas y Sin rastro han vendido decenas de millones de ejemplares en todo el mundo desde 1974. Berlitz sostenía que las desapariciones en la región se deben bien a que los extraterrestres han estado “secuestrando aviones y barcos durante varias generaciones”, bien a una “antigua, e incluso actual, actividad atlante en la zona”. Otros autores hablan de civilizaciones intraterrestres, vórtices magnéticos o agujeros espaciotemporales. Pero lo importante es que todos parten de una misma base: la facilidad con que se esfuman barcos y aviones en esa parte del Atlántico.

La realidad es mucho más misteriosa que todo eso, como descubrió Lawrence Kusche hace más de veinte años. Bibliotecario de la Universidad de Arizona y piloto de aviación, Kusche se propuso averiguar qué había de cierto en los llamativos titulares de las revistas esotéricas y en los éxitos de ventas de Berlitz y compañía. Su conclusión fue sorprendente: “No existe ninguna teoría que resuelva el misterio”. Cuando examinó el caso del Freya, un carguero cuya desaparición en 1902 Berlitz situaba en el triángulo de Bermudas, descubrió que el barco había naufragado en el Pacífico y durante un maremoto. Averiguó también que ningún Globemaster estadounidense se accidentó en la región en 1950, como afirmaba el autor de El triángulo de las Bermudas, aunque un aparato de ese tipo sí explotó en vuelo, pero en 1951 y a 900 kilómetros al sudeste de Irlanda, muy lejos del limbo de lo perdido. Y así un caso tras otro.

“Podemos afirmar categóricamente que las desapariciones se deben normalmente a condiciones meteorológicas severas”, ha mantenido siempre la Lloyd’s. Del medio centenar largo de casos enigmáticos que Kusche desmontaba en 1975 en su libro El misterio de triángulo de las Bermudas solucionado, se deduce que no hay ninguna explicación para todos los sucesos y sí una para cada uno, y que Berlitz no merece ningún crédito. “Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían caí una certeza”, ironiza Kusche, quien comprobó en su día que, por ejemplo, el Stavenger, un barco con 43 tripulantes que habría desaparecido en 1931 en Bahamas, nunca existió. Así es muy fácil que se esfumara.

En su libro Flim-flam! Psychic, ESP, unicorns and other delusions (1982), el ilusionista James Randi acusa a Berlitz de falsear datos conscientemente. “Tengo entendido que Berlitz habla unos treinta idiomas, once de ellos con fluidez. Quizá sea capaz de afirmar sus falsedades en los treinta idiomas”, dice el prestigioso escéptico. Por escrito, las mentiras del autor estadounidense se han divulgado en muchos más idiomas y siempre con el marchamo de no ficción.

Obsesión marciana

Millones de españoles vieron, el 13 de febrero de 1983, cómo algo se movía bajo las arenas de Marte junto a una nave espacial humana que había aterrizado en el planeta rojo en 1962. Eran los tiempos de la televisión única y, en el segundo canal de Televisión Española (TVE), Fernando Jiménez del Oso emitía aquel domingo un extraño documental dentro de La Puerta del Misterio. Se titulaba Alternativa 3. Con formato de reportaje de investigación, contaba una historia inquietante, salpimentada con declaraciones de científicos y astronautas. Ante una inminente catástrofe medioambiental, Estados Unidos y la Unión Soviética planeaban evacuar a un grupo de elegidos a Marte, mundo que el hombre había pisado en 1962 y en el cual se había encontrado vida. Los miles de personas que desaparecían cada año en la Tierra eran secuestradas para trabajar como esclavas en la cara oculta de la Luna.

Alternativa 3 ha sido uno de los últimos síntomas de una pasión marciana que se desató cuando Percival Lowell creyó ver en el mundo vecino una red de canales. De una acomodada familia de Nueva Inglaterra (EE UU), el astrónomo aficionado levantó en 1894 un observatorio en Flagstaff (Arizona) y dedicó quince años a cartografiar el planeta. Creía que sus habitantes luchaban por la supervivencia en un Marte que agonizaba -como la Tierra de Alternativa 3– y habían construido las acequias para transportar el agua de los polos al resto de su mundo. Lowell popularizó la idea de la moribunda civilización alienígena en tres libros: Mars (1895), Mars and its canals (1906) y Mars as the abode of life (1908).

La civilización

Percival Lowell, en 1900, mirando por su telescopio de 24 pulgadas.“La obsesión por Marte nace con las primeras observaciones telescópicas del siglo XIX, cuando se ven nubes amarillas, casquetes polares y manchas que sufren cambios estacionales”, explica Agustín Sánchez Lavega, planetólogo de la Universidad del País Vasco. Las manchas cambiantes se interpretaron como vegetación -“en realidad, se trataba de movimientos de arena”- y el planeta rojo fue tomando la apariencia de un hermano pequeño de la Tierra, con un periodo rotacional similar -el día tiene 37 minutos más que el terrestre- y una inclinación del eje muy parecida. “Ahí se empezó a cimentar la mitología marciana”, indica el astrofísico vasco.

El público de finales del siglo XIX sabía de las maravillas de la ingeniería. El canal de Suez se había inaugurado en 1869, el de Corinto en 1893 y las obras del de Panamá habían empezado en 1880, y le resultaba verosímil que una cultura más avanzada acometiera un proyecto de dimensiones planetarias. Sin embargo, la mayoría de los astrónomos rechazaba la existencia de los canales marcianos. No los veía. Ahora, sabemos que nacieron de la búsqueda, por parte del cerebro humano, de patrones donde no los hay. En este caso, en las manchas estacionales de Marte.

Lowell estaba convencido de que había gigantescas conducciones de agua a cielo abierto y, por eso, las veía. Como apunta Carl Sagan en Cosmos (1980), las acequias marcianas fueron obra de una inteligencia, pero estaba a este lado del telescopio de 24 pulgadas. “De la historia de los canales -imposibles de fotografiar con el instrumental de entonces-, lo que parece que se llegó a ver es Valles Marineris, una fractura geológica de 4.000 kilómetros de longitud y hasta 7 de profundidad”, puntualiza Sánchez Lavega. Valles Marineris es un accidente geográfico del tamaño de Estados Unidos.

La invasión

Los marcianos llegaron a la Tierra en La guerra de los mundos (1897), de Herbert G. Wells. Los trípodes alienígenas del novelista inglés no tenían nada que ver con los pacíficos ingenieros de Percival Lowell: protagonizaron la primera invasión extraterrestre de la Historia, que Hollywood recientemente ha recreado en Independence day (1996) y Señales (2002). “Wells estaba al día de las noticias sobre Marte y los canales”, señala el crítico y escritor de ciencia ficción Miquel Barceló. Cuarenta años más tarde, millones de norteamericanos sobrevivieron a la invasión cuando Orson Welles y el Mercury Theatre radiaron, el 30 de octubre de 1938, una dramatización de La guerra de los mundos.

Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Marte era, a principios del siglo pasado, el hogar de una civilización con la que se intentaba establecer contacto. El físico serbio Nikola Tesla anunció en 1901 que su detector de Colorado Springs había captado señales de radio cuyo origen podía estar en Venus o Marte y, en los años 20, el italiano Guglielmo Marconi, inventor de la radio, dijo haber recibido emisiones del planeta rojo. El convencimiento era tal que el Ejército de EE UU montó una operación de escucha durante el verano de 1924 en coincidencia con el momento de mayor proximidad de Marte desde 1804. No se pretendía mandar un mensaje -los emisores de la época no eran lo suficientemente potentes-, sino captarlo. No hubo éxito.

La primera sonda que sobrevoló el planeta, la Mariner 4 de la NASA, descubrió en 1965 un mundo muerto. Las veintiún fotografías que transmitió a la Tierra retrataban un Marte desértico, repleto de cráteres y de lo que parecían cauces secos. No fluía el agua, ni parecía que hubiera canales ni vida inteligente, y los seguidores de los platillos volantes -que habían irrumpido en escena en 1947 y a los que algunos atribuían origen marciano- tuvieron que llevar la base de los visitantes más lejos. “Es la Mariner 9, en 1971, la que manda por fin imágenes que borran los canales de Lowell”, recuerda Sánchez Lavega. La información enviada por las naves robot acaba con unos mitos, pero surgen otros.

Las ruinas

La cara de Marte fotografiada por la 'Viking 1' en 1976 y por la 'Mars Global Surveyor' en 2001. Fotos: NASA.Una fotografía hecha por el orbitador de la Viking 1 ha sido, durante más de un cuarto de siglo, esgrimida como la mejor prueba de la existencia de una antigua civilización marciana. Tomada desde 1.873 kilómetros de altura el 25 de julio de 1976, en la imagen se ve lo que parece un rostro humano en Cydonia. Está en una región en la que parece que también hay pirámides y otras ruinas. La esfinge fue fotografiada el 8 de abril de 2001 por la Mars Global Surveyor’, cuya cámara es más potente que la del Viking 1, y el misterio se esfumó: allí no hay más que una meseta. “Lo de la cara y las pirámides es lo mismo que lo de los canales”, concluye Sánchez Lavega.

Hay quienes hoy en día identifican, en las imágenes tomadas en 1997 por la Mars Pathfinder en Ares Vallis, animales, columnas, grabados, máscaras… La NASA estaría ocultando información. El principal promotor de esta idea es el escritor Richard Hoagland, quien considera la cara de Cydonia parte de un gran complejo arquitectónico. Curiosamente, la agencia espacial estadounidense ha puesto todas esas fotos en Internet -nunca las ha escondido- y únicamente Hoagland y sus seguidores ven en ellas cosas raras.

“Por supuesto, Alternativa 3 -el documental de televisión y el libro- fue una broma, una farsa”, admitió Nick Austin, responsable de Sphere Books que contrató en 1977 la edición del libro, en la revista Fortean Times hace cuatro años. En un extenso reportaje, desvelaba cómo el espacio iba a emitirse el 1 de abril de 1977 -Día de los Inocentes en el mundo anglosajón-, pero tuvo que posponerse, identificaba a los actores y se sorprendía de que haya quien crea que en la historia hay algo cierto, como mantienen algunos ufólogos. “La idea de una conspiración podía haberme atraído a los 15 años, pero no ahora. ¿Cómo se consigue que tanta gente guarde silencio? Las conspiraciones de ese tipo se deben a las visiones de cuatro iluminados y de cuatro aprovechados”, sentencia Barceló.


Ufólogos en el planeta rojo

Kenneth Arnold, un hombre de negocios estadounidense, vio en junio de 1947 nueve objetos que no supo identificar cuando volaba en su avioneta en el estado de Washington. Habían aparecido los platillos volantes y Marte fue pronto señalado como su origen. El primer humano que aseguró haber hablado con un tripulante de esas naves fue George Adamski, un cocinero de un puesto de hamburguesas de monte Palomar. Ocurrió en 1952 y su interlocutor se llamaba Orthon. Las fotos de tapas de aspiradora hechas por Adamski todavía se incluyen en los libros sobre ovnis como correspondientes a naves alienígenas.

El ufólogo gallego Óscar Rey Brea dijo en 1954 que había descubierto una correlación entre las apariciones de platillos volantes y las épocas de mayor proximidad de Marte y la Tierra. Esta teoría fue asumida por el catalán Antonio Ribera y otros aficionados a los ovnis para los cuales los marcianos viajaban a nuestro planeta cuando ambos mundos se encontraban cercanos, una vez cada veintiséis meses. Tras la llegada a Marte de las primeras sondas, los extraterrestres se trasladaron hasta donde nadie ha llegado jamás.

LOS MÁS GAMBERROS. Los marcianos de Tim Burton no dejaron títere con cabeza.


Pequeños hombres verdes

Los violentos invasores de Herbert. G. Wells se transmutaron a mediados del siglo XX en las víctimas de las Crónicas marcianas (1950), de Ray Bradbury, en las cuales los habitantes del planeta rojo sucumben ante la llegada del hombre. “La de Bradbury es una obra poética sobre el trato con el diferente”, indica Miquel Barceló, experto en ciencia ficción y catedrático de Informática de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC).

Edgar Rice Burroughs, el padre de Tarzán, escribió varias novelas ambientadas en el planeta rojo. En Una princesa de Marte (1911), habla de “los hombres verdes de Marte”. Se asume habitualmente que ése es el origen de los pequeños hombres verdes que, en la cultura popular, se identifican con los extraterrestres por excelencia y, en la ciencia ficción, con los más molestos alienígenas.

En Marciano, vete a casa (1955), una novela de Fredric Brown, mil millones de chismosos y gamberros visitantes aparecen de repente en nuestro planeta para hacer judiadas a todo aquél que se cruza en su camino. Son pequeños hombres verdes, como los protagonistas de Mars attacks (1996), película que sirve a Tim Burton para hacer una despiadada crítica de la sociedad estadounidense, ridiculizando como pocas veces a los inquilinos de la Casa Blanca.


Marte humano

El hombre se ha adaptado a Marte con diferentes estrategias: en Homo plus (1977), de Frederik Pohl, transforma su cuerpo para sobrevivir; en la trilogía Marte rojo (1993), Marte verde (1994) y Marte azul (1996), Kim Stanley Robinson cambia el planeta; y, en Marte se mueve (1993), máquinas moleculares ayudan al ser humano a sobrevivir en un entorno hostil. “Mucha gente ha puesto historias en Marte en estos últimos años”, dice Barceló, para quien Misión a Marte (2000), de Brian de Palma, es una película “muy digna”.

El planetólogo Agustín Sánchez Lavega cree que la exploración intensiva de Marte llevará décadas. Sin embargo, algunos de los enigmas científicos puede que empiecen a resolverse pronto gracias a misiones como la europea Mars Express, que llega al mundo vecino mañana. “La ciencia ficción tendrá que llevarse la frontera a otra parte”, advierte Barceló. Habrá otros planetas, pero no serán Marte.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

A ‘Planeta encantado’ se le funden los plomos

La travesía del desierto de Juan José Benítez acaba como empezó: con una burda trampa. Si en El anillo de plata el ufólogo se inventa una historia según la cual, el 16 de julio de 1996, encontró una joya en el fondo del mar Rojo grabada con los mismos signos –IOI o “palo-cero-palo”, en palabras de Benítez- que aparecían en un ovni que aterrizó aquel día en Los Villares (Jaén), el ciclo se cierra en Sahara rojo con una imagen de esos signos en un monumento funerario etrusco. Bueno, eso es lo que quiere hacer creer el director de Planeta encantado al espectador, porque en realidad se ve lo que parece un cero y poco más, ya que, de repente, la piedra bien iluminada deja de estarlo. ¿La razón?

Evidente, que no hay “palo-cero-palo” en la tumba etrusca y sólo oscureciendo la escena se puede engañar al público. Si han grabado el documental en vídeo, podrán comprobar que la inscripción de la pieza del museo italiano no es lo que el autor de Caballo de Troya vende. Ésa es la clave de que, en una serie cuya producción ha costado 8 millones de euros, se fundan los plomos en el momento cumbre. El final de Sahara rojo, la tercera de las entregas dedicadas al inventado misterio de IOI, está precedido, además, por otro de esos momentos ridículos a los que nos ha acostumbrado la serie que emite Televisión Española (TVE). Me refiero a cuando Benítez, quien debería recibir clases de actuación, pone cara de ido para simular una irresistible atracción por la obra en la que luego encontrará el grabado. “Al penetrar en el museo etrusco de la ciudad de Tarquinia, algo extraño y superior a mí me empujó con fuerza hacia uno de los sepulcros”. Sinceramente, da risa.

La conclusión que saca el escritor navarro de su aventura africana es tan espectacular como falsa. Pasan cerca de veinte minutos del último tedioso documental de la trilogía sahariana antes de que el novelador se meta en faena. Tras contarnos que a los bereberes los sacaron del salvajismo seres extraterrestres, ahora pretende convencernos de que el éxodo de ese pueblo, cuando el Sahara se desertizó, está en el origen de los guanches, los vascos, los iberos y los etruscos. Para ello juega con las fechas y los datos a su antojo, ningunea la opinión de los historiadores -¿se han fijado en que la única voz en toda la serie es la del fabricante de misterios?- y da a meras coincidencias valor probatorio. Así, fecha el éxodo de los “desahuciados” del Sahara hace unos 4.000 años y nos muestra en un mapa cuáles fueron los caminos que, según él, siguieron. ¿Qué ocurrió en los más de 1.000 años que pasan desde que salen de África hasta que aparecen los etruscos? ¿Dónde estuvieron los iberos durante 1.500 años? ¿Y los guanches durante casi 2.000? Poco le importa a Benítez que los primeros vestigios de esas culturas daten del siglo IX, V y I antes de nuestra era, respectivamente.

La visión que tiene el ufólogo de la cultura guanche es de una ingenuidad de parvulario. Los indígenas canarios -protagonistas de la mayor parte de este episodio- son los perfectos buenos salvajes. Parecen salidos de un cuento infantil: se trata de “gentes alegres y festivas, amantes de toda suerte de deportes y desafíos”; con una capacidad craneal media de 1.557 centímetros cúbicos, lo que “presupone un importante desarrollo mental”; “una magnífica cultura”; “una raza espléndida y singular diezmada por los españoles” que traslada a las islas “los secretos y costumbres heredados de aquellos encuentros con los cabezas redondas -se refiere a los extraterrestres- en el corazón del paraíso sahariano”… Una admiración que el novelista extiende a los iberos, quienes se asentaron en territorios “ocupados por primitivos y toscos cazadores”, a los etruscos y a los vascos. El objetivo último es presentar a estos pueblos -de origen desconocido, en alguno de los casos- como herederos de alienígenas y portadores de una cultura superior.

Admite Benítez que los historiadores no comparten sus ideas. Si bien nadie niega un origen sahariano a los guanches, la imagen idílica que da de ellos el ufólogo es tan falsa como la historia del hallazgo del anillo y como casi todo lo sorprendente de Planeta encantado. Que dos pueblos distantes tengan entre sus tradiciones la adivinación del futuro, no puede extrañar a nadie, como que entierren a sus muertos acompañados de ajuar o símbolos tan comunes como el palo y el cero se den en tipos de escritura distantes geográficamente. El periodista no es capaz de citar a un historiador de prestigio que apoye sus dislates: lo que dice es producto de su investigación, la misma que le lleva a asegurar que Jesús estuvo en el Coliseo romano en una época en la que, en realidad, el edificio no existía. Para el fabricante de misterios, el mensaje del anillo, la piedra de Los Villares y la inscripción etrusca es el siguiente: “Escribamos de nuevo la Historia”. Para mí, es otro distinto: programas como éste demuestran lo fácil que es engañar a la población, y la necesidad de una comunidad científica comprometida, que no se recluya en su torre de marfil. Doctores tiene la Historia y que casi todos permanezcan en silencio ante tanto disparate sufragado con dinero público dice bien poco a su favor. Se quejan cuando los políticos tergiversan el pasado por votos, pero callan cuando centenares de miles de personas se ven expuestos semanalmente al cáncer de la pseudociencia en TVE.