Extraterrestres cautivadores

'Captured by aliens', de Joel Achenbach.Hay libros que a uno le gustaría haber escrito. Captured by aliens (1999), de Joel Achenbach, es uno de ellos. Una joya en la que las elogiosas citas de la contraportada responden al contenido, que le engancha a uno desde la primera línea. El autor, redactor de The Washington Post, hace una descripción inteligente, bien documentada y magníficamente escrita de lo que une a astrobiólogos, buscadores de señales de radio de civilizaciones alienígenas y ufólogos: la pasión por los extraterrestres. Periodismo en estado puro, divulgación de la mejor, es lo que encontrará quien se acerque a una obra en la que no falta el humor y predomina la lucidez, con reflexiones que le hacen a uno en más de una ocasión cerrar el libro, echar la cabeza para atrás y pensar: “¡Qué bueno es este tío!”. Achenbach demuestra la distancia cósmica que separa al buen contador de historias tanto del copipasteador de la era de Internet como del adicto a los adjetivos grandilocuentes, los juegos de palabras previsibles y las construcciones sintácticas tan impactantes como erróneas.

Captured by aliens es una obra escrita desde la racionalidad, en la que el autor no se deja llevar ni siquiera por las ideas seductoras sobre los extraterrestres de científicos de prestigio. Carl Sagan resulta omnipresente -a veces uno puede oír al creador de Cosmos-, pero no por eso Achenbach cae seducido por el optimismo del fallecido astrofísico. Al contrario, este viaje personal por el planeta extraterrestre supondrá un mazazo para aquéllos que no se hayan parado a reflexionar sobre los inconvenientes a los que se enfrenta “la búsqueda de la vida y la verdad en un Universo muy grande”, como se subtitula el libro. Estructurado en tres secciones que acaban fusionándose, la obra tiene como cimientos reportajes publicados en The Washington Post para los cuales el periodista entrevistó a Daniel Goldin, el director de la NASA de la era Clinton; a Carl Sagan; a Gillian Anderson, la protagonista de Expediente X; a Frank Drake, Jill Tarter y Seth Shostak, científicos involucrados en la detección de emisiones de radio extraterrestres; y a individuos que se consideran seres de otros mundos encarnados o que creen estar en contacto con alienígenas, entre otros.

Achenbach toca todos los palos de la moderna obsesión extraterrestre, desde la locura de contactados como los suicidas de la Puerta del Cielo hasta el trabajo de los investigadores de la NASA que creyeron haber encontrado rastros de vida en el meteorito marciano ALH84001, pasando por los delirios de Richard Hoagland acerca de la artificialidad de la cara de Cydonia, en Marte, y el sueño de Robert Zubrin de que sería posible emprender ahora mismo la colonización del planeta rojo. El autor no es un recién llegado a la caza real o ficticia del alienígena. Lleva años intentando comprender a quienes se sienten atraídos por otros de los que no sabemos ni si existen, tratando de separar el grano de la paja, la auténtica o posible ciencia de lo que no son sino tonterías y disparates. El resultado es un libro indispensable para todo aquél que quiera aproximarse de forma rigurosa y divertida al fenómeno de la pasión por los extraterrestres. Sin duda, la mejor opción que hay en la actualidad en las librerías.

Achenbach, Joel [1999]: Captured by aliens. The search for life and truth in a very large universe. Citadel Press. Nueva York 2003. 415 páginas.

Congreso escéptico mundial en Italia

Quinto Congreso Escéptico Mundial.

Abano Terme, en la provincia italiana de Padua, será del 8 al 10 de octubre la capital escéptica mundial. Decenas de estudiosos del misterio de Europa, América y Asia se reunirán en el palacio de congresos Pietro d’Abano para hablar de parapsicología, medicina alternativa, fraudes y mitos, la psicología de la magia, educación y escepticismo, la Atlántida, leyendas urbanas y otros temas, en un acto organizado por el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) y el Comité Italiano para la Investigación de las Afirmaciones de lo Paranormal (CICAP).

Resolviendo misterios es el lema del Quinto Congreso Escéptico Mundial, en el que participarán el ilusionista James Randi; el experto en lo paranormal Joe Nickell; el antropólogo Kenneth Feder; los psicólogos James Alcock, Barry Beyerstein, Ray Hyman y Richard Wiseman; el folclorista Jan Harold Brunvand, y el filósofo Paul Kurtz, entre otros. Además de conferencias y mesas redondas, habrá una feria escéptica, una velada dedicada a la figura de Galileo Galilei, un espectáculo de ilusionismo a cargo de El Asombroso Randi y un almuerzo amenizado por cantantes de ópera que interpretarán arias escépticas de obras famosas. La comunidad hispana estará representada únicamente por el periodista argentino Alejandro J. Borgo, director de la revista Pensar, que intervendrá como ponente en un coloquio sobre “qué deberíamos hacer con el escepticismo”. Si se animan, nos vemos ese fin de semana en el Veneto. Yo intentaré ir para encontrarme con viejos amigos a los cuales no veo desde el segundo congreso mundial, celebrado en Heidelberg (Alemania) en 1998, y con algunos colegas que tengo ganas de conocer en persona.

Los restos hallados en Tunguska pueden ser de una nave espacial

Una gigantesca explosión arrasó el 30 de junio de 1908 unos 2.200 kilómetros cuadrados de la taiga siberiana, el equivalente aproximado a la provincia española de Guipúzcoa. Sucedió cerca del río Podkamennaya Tunguska, en Siberia, y no hubo muertos. En 1927, el geólogo ruso Leonid A. Kulik localizó el epicentro del evento de Tunguska gracias a que millones de árboles habían quedado tendidos de forma radial. En el punto del presunto impacto no había ningún cráter y los troncos permanecían en pie, por lo que se supone que lo que fuera explotó en el aire. Desde hace décadas, los científicos se dividen entre quienes creen que se trató de un meteorito y quienes achacan la devastación a un fragmento de un cometa, en concreto del Encke. Los amantes de los falsos misterios suelen preferir, sin embargo, otra explicación: la de que una nave extraterrestre se estampó en la taiga hace casi un siglo. Ahora, unos científicos rusos dicen haber encontrado restos de ese ingenio alienígena. Según el diario Pravda, miembros de la Fundación Fenómeno Espacial de Tunguska, dirigida por Yuri Lavbin, han hallado en la región una muestra de tecnología extraterrestre que ha sido trasladada a la ciudad de Krasnoyarsk para su estudio. Esperen sentados, porque sospecho que con esta prueba pasará lo mismo que con el examen de ADN de los pelos del yeti, las fotografías aéreas de la Atlántida y las demostraciones científicas de los poderes de Uri Geller: se la llevará el viento.

La historia de la nave espacial accidentada en Siberia es más antigua que la de Roswell; más antigua que el mito de los platillos volantes. El primero que habla de ella es Alexandr Kazantsev en 1946. Así lo reconoce la mayoría de los autores que después han abrazado la idea del ovni estrellado. “La hipótesis de Kazantsev me parece la más probable de todas las que se han emitido, comprendiendo la mía”, dice en Los extraterrestres en la Historia (1970) Jacques Bergier, quien también propone que pudo tratarse de una explosión nuclear debida a experimentos hechos por “los desterrados políticos en Siberia”. “Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica”, afirma Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). “Una de las hipótesis más convincentes -dadas las especiales circunstancias del suceso-, compartida por un gran número de investigadores y lanzada en 1949 por Alexandr Kazantsev, es que la explosión de 1909 fue efecto de la explosión de una astronave extraterrestre”, concluye Andres Faber-Kaiser en ¿Sacerdotes o cosmonautas? (1974). “Las grandes preguntas siguen sin respuesta: ¿se trataba de una nave tripulada? ¿Fue un accidente o un experimento? ¿Y por qué en esa región del planeta?”, se pregunta Juan José Benítez en Mis enigmas favoritos (1993). Todos se olvidan de un detalle: Kazantsev era escritor de ciencia ficción y no presentó la teoría en ninguna revista científica, sino que la ideó para dos cuentos.

Portada de la edición española de los dos cuentos de Alexander Kazantsev.Los relatos -“Un visitante del espacio” y “El marciano”- se publicaron en español en Argentina en 1978, reunidos en un libro titulado Alguien vino del futuro, prologado por Antonio Las Heras. La nave de la ficción está tripulada por marcianos que, ante la escasez de agua en el planeta rojo, intentan conseguirla en otros mundos. “Al principio, en el momento más apropiado, volaron a Venus, y luego, el 20 de mayo de 1908, vinieron de Venus a la Tierra. Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteoro o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir la velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado, según lo demuestran los precisos cálculos actuales”, dice uno de los protagonistas del primero de los relatos. En el segundo, un marciano ha sobrevivido, parece un humano más -“Los seres de la Tierra eran como él, se asemejaban a ese habitante del lejano Marte, lo cual indicaba que la suprema racionalidad de la evolución es estrecha y selecciona para los seres inteligentes una misma forma en todos los lugares del Universo”- y el diario de su estancia en la Tierra ha llegado a uno de los personajes. No encontrarán estos detalles en las obras de los Bergier y compañía, que se olvidan -si es que alguno ha leído los cuentos originales- del origen real de los visitantes de Kazantsev.

Tampoco busquen a ningún científico ruso de prestigio llamado Yuri Lavbin. Este individuo, que ha visitado varias veces el epicentro del fenómeno de Tunguska y está obsesionado con los ovnis, tiene en Krasnoyarsk un pequeño museo donde expone piezas que supuestamente avalan su teoría -que en Siberia se estrelló una nave de otro mundo- y afirma que Chris Carter se basó en sus ideas para los episodios de Expediente X relacionados con la explosión de 1908. “Vamos a intentar encontrar pruebas de que lo que chocó con la Tierra no fue un meteorito, sino una nave espacial extraterrestre”, declaró Lavbin a la prensa el 23 de julio, antes de emprender su última expedición. Ahora dice que los alienígenas nos salvaron haciendo explotar “un meteorito enorme que se dirigía hacia nosotros a gran velocidad”. ¿Y las pruebas?

Geert Sassen, un historiador holandés especialista en la exploración espacial, indicaba ayer por correo electrónico a un grupo de colegas que los expedicionarios “pueden haber encontrado piezas del quinto vuelo de prueba del Vostok“, que despegó del cosmódromo de Baikonur el 22 de diciembre de 1960 y se estrelló poco después por un fallo en la tercera fase. Y citaba al especialista en historia de la astronáutica Asif Siddiqi, quien -en el libro Challenge to Apollo: the Soviet Union and the space race, 1945-1974– explica que “la carga aterrizó a unos 3.500 kilómetros del lugar del lanzamiento en una de las regiones más remotas e inaccesibles de Siberia, en la región del río Podkamennaya Tunguska, cerca del punto de impacto del famoso meteorito de Tunguska”. Sassen recordaba, además, que la región se encuentra en la trayectoria de la mayoría de las naves que despegan de Baikonur, por lo que se puede esperar “que esté plagada de fragmentos de cohetes”. Así que es posible que, si se trata de algún tipo de artefacto, lo que Lavbin haya recuperado sea parte de una nave espacial, pero humana.

Creyentes en todo; escépticos de nada

Dice Fernando Savater, en un artículo sobre el encuentro de religiones del Fórum de las Culturas publicado ayer en El Correo, que, “aunque sean humanamente respetuosos, los creyentes de una fe ven a los que creen en otras como los ateos vemos a todos ellos: como gente equivocada. Y el error ajeno, por muy tolerante que sea uno, despierta a la larga más impaciencia y conmiseración que auténtica simpatía”. El filósofo se sorprende, por eso, del “buen rollito reinante entre los cientos de representantes de creencias manifiestamente dispares” que se han citado en la capital catalana y sospecha que “entre los asistentes a esa ensalada de creencias y sortilegios ha predominado fundamentalmente el buenismo, o sea, el afán postmoderno de sentirse bueno por razones más estéticas que morales”. Ciertamente, resulta muy difícil de tragar tanta fraternidad entre quienes han intentado e intentan a toda costa que sus dioses predominen sobre los de los demás -incluso que se impongan a los que vivimos sin dios tan ricamente-, y han predicado y practicado durante siglos la santa intolerancia hacia todo el que se aparta de sus dogmas.

La reflexión de Savater me ha recordado como, hace no tantos años, los apóstoles de la ufología renegaban de la parapsicología, los de la parapsicología no creían en la astrología, los practicantes de la astrología no se tragaban lo de las visitas de marcianos en la Antigüedad y los partidarios de éstas no profesaban la fe en los ovnis. Ésa era la tónica general entre los expertos de lo oculto: mi creencia es la buena; las otras no. El rechazo de las supersticiones ajenas era una forma de dar solidez a la propia, de dejar claro que uno no era un crédulo de tomo y lomo y que, si pensaba lo que pensaba, era porque lo había meditado y existían pruebas que cimentaban sus conclusiones. Ahora, al igual que católicos, budistas, islámicos y demás hermanados en Barcelona -¿hubo representantes de la fe jedi?-, los engañabobos de lo paranormal no hacen distingos: apoyan con el mismo entusiasmo y fervor la existencia de la piramidología, los platillos volantes, las conspiraciones, el vudú, la desapariciones misteriosas, las casas encantadas, los continentes perdidos, los monstruos, los extraterrestres en las pinturas prehistóricas, los dotados de poderes psíquicos… Como los clérigos de todos los colores, ninguno denuncia la falsedad de lo que dice el otro, no vaya a ser que el otro le saque a su vez los colores. Y, frente a ellos, sólo estamos los escépticos; como únicamente estamos los ateos frente a las religiones.

El escritor Juan Manuel de Prada dedicaba ayer su página de El Semanal a un ejemplo del maridaje entre las supersticiones paranormales y religiosas, personificada en la visión que tuvo en la televisión de “un programa que abordaba la figura de Jesucristo desde una perspectiva esotérica. El presentador, con aspecto de hombre Camel (así llama mi esposa a los tíos machotes, curtidos por el sol de la aventura, que visten como si la vida fuera un perpetuo safari), comenzaba exponiendo su interés en despojar a Jesucristo de toda esa hojarasca de tergiversaciones y manipulaciones que han emborronado su figura. Enseguida supe que me hallaba ante una pieza antológica de ese esoterismo pachanguero que tanto me estimula: el tono campanudo del presentador, la aportación de datos presuntamente históricos servían como coartada para el posterior desparrame”. El artículo, titulado “21 de agosto, Navidad”, disecciona el episodio de la serie Planeta encantado en el que Juan José Benítez sienta a Jesús en el Coliseo romano antes de que el edificio existiera.

La Televisión Española (TVE) del PP estrenó los documentales de Benítez en octubre de 2003 y la del PSOE los ha repuesto este verano. Estamos ante una muestra más del hermanamiento de la izquierda y la derecha en la superstición y la estupidez. Y no olvidemos, como indica Prada, que Planeta encantado ha sido emitido por una televisión que pagamos todos los españoles. Tenemos sobrados motivos para avergonzarnos.

¡Cuidado con las estupideces que dice, que se le modifica el ADN y tenemos un disgusto!

“Las palabras pueden modificar el ADN”. Este titular de Enigmas Express (Nº 52), el suplemento de la revista Enigmas, me ha hecho retroceder en el tiempo hasta 1992, cuando Joaquín Grau defendía en Más Allá (Nº 41) que los coches tienen alma. El artículo sobre la molécula de la herencia, obra de Luisa Alba, merece un destacado rincón en el panteón de lo oculto junto al automovilístico del pseudoterapeuta hipnotizador. En 1997 y 1998, Alba dio un gran empujón a la carrera del cirujano psíquico Andrés Ballesteros. Creía que operaba sin anestesia y sin dejar cicatriz, y escribió panegíricos del personaje en Enigmas, Interviu y Karma.7. Tres años después, la misma periodista desenmascaraba al curandero ante las cámaras de televisión y se ganaba el aplauso del mundo del misterio. Ahora, lo que nos cuenta es que “el ADN humano funciona como una especie de Internet biológica“, que “se ha demostrado experimentalmente que ciertos genes pueden ser influenciados y reprogramados mediante palabras”, que “los cromosomas vivos funcionan como computadoras solitónicas-holográficas”, que “el ADN puede causar patrones de perturbación en el vacío, produciendo así agujeros de gusano magnetizados”…

Hacía tiempo que no leía tantas afirmaciones extraordinarias juntas. Hay que agradecer al rigor de Fernando Jiménez del Oso, director de la revista, no habernos privado de un texto que, seguramente, habrían rechazado en otras publicaciones con responsables de mente menos abierta. Me atrevo a afirmar, a pesar de mis escasos conocimientos de genética, que Alba hace gala de unos conocimientos equiparables a los que tiene de latín Manuel Carballal, un ex seminarista que, en su libro La ciencia frente al misterio (1995), sostiene que la palabra lobo proviene “del latín lobis“, poniendo así en evidencia a todos los expertos en esa lengua muerta empeñados en que proviene de lupus. Los biólogos y médicos son ahora quienes tendrán que convencernos de que no somos víctimas de una conspiración en la que los representantes de la ciencia oficial están ocultando, una vez más, hallazgos que podrían acabar con el sufrimiento de muchos seres humanos. Imagínense lo que sería curar el cáncer, el mal de Parkinson y la diabetes simplemente diciendo al ADN del enfermo: “¡Cambia aquí y allá!”. Imagínense lo que supondría erradicar anomalías como el síndrome de Down y la espina bífida pidiendo al ADN del embrión: “¡Corrígete, que te has liado!”. Los colegas de Jiménez el Oso estarían abocados a apuntarse masivamente al paro y dejar su sitio a “maestros espirituales y esotéricos” debido a la “ingeniería genética por ondas, un método que evita los efectos colaterales derivados” de las técnicas actuales, según Alba.

La genética no es lo mío. Por eso, pedí ayuda a la bióloga Adela Torres para que me guiara por los tecnicismos que salpican el artículo. Y ella me aclaró, entre otras cosas, que cuando la autora habla de “computadoras solitónicas-holográficas” no se refiere a unos ordenadores supercalifragilisticoespialidosos -como yo creía-, sino posiblemente a un tipo de computadoras que usan solitones y en las que se está trabajando. La periodista dice que un equipo de científicos rusos dirigido por un tal Pjotr Garjajevá ha sido capaz de modificar el ADN “mediante la palabra”, ha realizado “con éxito la transformación de embriones de rana en embriones de salamandra” con luz láser corriente y moliente, y ha creado agujeros de gusano “equivalentes microscópicos de los llamados puentes Einstein-Rosen, que son algo parecido a conexiones de túnel entre área completamente diferentes del Universo, a través de los cuales se puede transmitir la información fuera del espacio y del tiempo”. ¿Y dónde se ha dado a conocer tan impresionante cúmulo de hallazgos? ¿En Nature?, ¿en Science?… No, en Enigmas Express y en el mismo número que dedica la contraportada a una señal de la Segunda Venida de Jesús, fiel escudero del infiltrado desconocido y autor del libro 11-M. Claves de una conspiración, en el que “ensaya una tenebrosa conspiración que, por supuesto, no existe, ni se demuestra que exista”, en palabras del analista político Fernando Jáuregui.

Luisa Alba no informa en ningún momento de dónde hace sus experimentos Pjotr Garjajevá y en Internet las referencias a este sabio son poco más de cien, una centésima parte de las que existen de Chiquito de la Calzada, cuya oratoria seguro que hace estragos en el ADN del ruso. De Garjajevá sólo sé que es presentado en algunos sitios como miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York. Ya saben, ese club al que puede pertenecer cualquiera con tal de pagar la cuota y con el que algunos inflan su currículo. Lo que sí nos aclara la autora es que los expertos actúan “sobre las frecuencias vibratorias del ADN” -no me pregunten qué es eso, pero ¿a que queda aparente?-, que “la sustancia del ADN viviente reacciona siempre a las radiaciones provocadas por el lenguaje articulado -la voz- del mismo modo que reacciona con ondas de radio y láser si se emplean en las frecuencias adecuadas” -no me pregunten en qué se diferencia el ADN viviente del ADN sin más ni cuáles son las frecuencias- y que hay “cromosomas vivos” -tampoco me pregunten qué carajo son y en qué se diferencian de los cromosomas a secas-. La conclusión de tanto hallazgo no es, para la autora, la que he apuntado -la posibilidad de curar enfermedades por la voz-, sino que la reprogramación del ADN por la voz, los agujeros de gusano microscópicos y el “hecho demostrado por los científicos de que el ADN puede funcionar como Internet” -¿dónde?, ¿por quién, ¿cuándo?, ¿cómo?- fundamentan “muchos de los fenómenos hasta hoy catalogados como paranormales, tales como la telepatía, la sanación a distancia o la clarividencia, entre otros”. Ahí queda eso.

No lea ni todo ni parte del artículo de Luisa Alba en voz alta. La concentración de tonterías no dañará su ADN, pero puede afectar a su integridad mental. No lo deje al alcance de los niños. Consulte con su psiquiatra antes de exponerse a este material.