La ‘egorrevista’ de Juan Antonio Cebrián

Juan Antonio Cebrián, entre los hermanos Von Richthofen en la portada del primer número de 'LRV'.Hace un par de semanas que la conseguí y todavía me cuesta dar crédito a lo que veo en su portada. Me refiero a LRV, una nueva revista subtitulada Los 32 rumbos de la rosa de los vientos. La publicación ha nacido a mayor gloria de Juan Antonio Cebrián (Albacete, 1965), un periodista radiofónico que convirtió las noches de Onda Cero en una antología del disparate paranormal con su programa La rosa de los vientos. El ahora director de revista se presenta en su web como escritor. Cualquiera que haya leído alguno de sus Pasajes de la historia sabe, sin embargo, que la diferencia entre las palabras que junta Cebrián y la literatura es equiparable a la existente entre una película de Pajares y Esteso y el cine. Basta un ejemplo.

En la primera frase del artículo de portada de la nueva revista, el locutor dice: “Desde tiempos pretéritos el hombre soñó con volar en el intento de contemplar desde los cielos toda la creación terrena, es como si tuviera la máxima necesidad de elevarse huyendo de los anclajes que le sujetan a tierra firme”. El texto está dedicado a Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, y, aunque pésimamente redactado, no es lo más aberrante de una selección de originales en los que las comas tienen una sorprendente propensión a separar sujetos de verbos, a caer de cualquier manera entre las palabras. Pero eso no es nuevo en el periodismo paranormal español, como no lo es que el director de una revista ponga la cara en la portada. Fernando Jiménez del Oso lo ha hecho en Más Allá, Espacio y Tiempo, y Enigmas, además de en varias colecciones de libros.

Lo impactante de LRV es que su director protagoniza la portada del primer número disfrazado de soldado alemán, con sonrisa bobalicona y sentado entre Manfred von Richthofen y su hermano Lothar. El salto cualitativo hacia la egorrevista culmina en la sección editorial, donde no aparece otra foto del periodista, sino una de un bebé, su primogénito, junto al siguiente texto: “Aprovechamos la ocasión de nuestro nacimiento, para dar la bienvenida a otro recién llegado a quien deseamos ventura y felicidad en su vida: Alejandro Cebrián Casasola, el último guerrillero de La rosa de los vientos. Que la Fuerza y los Hados le acompañen”. Por si eso fuera poco, LRV es, sin duda, la más floja de la revistas esotéricas que pueden encontrarse en los quioscos.

Silencio encantado

Quienes tanto hablan de conspiraciones, de políticas de encubrimiento, de que los gobiernos ocultan información -cierto, pero no de la naturaleza que ellos afirman-, han vivido un complicado comienzo de año. Los profesionales de lo paranormal se han enfrentado en España a una de las más graves crisis de credibilidad que ha zarandeado al gremio en décadas. La ha provocado Juan José Benítez, a quien muchos de los más jóvenes veneran como el maestro, al presentar un montaje de estudio de animación como una filmación rodada en la Luna en 1969. Sucedió en el penúltimo episodio de Planeta encantado, titulado Mirlo rojo y dedicado, según Televisión Española (TVE), “a una historia no oficial, la que jamás fue contada”, de los viajes al satélite terrestre. El escándalo ha sido de los gordos; los silencios, reveladores.

El mutismo más comprensible ha sido el del autor de Caballo de Troya. Más de un mes después de la emisión de las falsas imágenes lunares, sigue sin decir ni pío. Ha hecho tímidas manifestaciones a través de intermediarios, como su hijo Iván Benítez, fotógrafo y miembro del equipo de Planeta encantado. El joven dirigió una carta al Diario de Noticias en la que esgrimía el éxito de audiencia del programa contra las críticas -“miles de millones de moscas no pueden estar equivocadas; coma mierda”, dice el saber popular- y acusaba a quienes hemos sacado a la luz los disparates propalados por su progenitor de no haber visto el programa y escribir de oídas. “Lo peor de todo es que juzgan Planeta encantado sin sentarse a verlo. Qué casualidad que todos estos individuos intentan intoxicar en forma de arrebato infantil lo que la audiencia ya ha premiado cada domingo. Desde aquí les invito a que se sienten algún domingo y reflexionen. De esta manera, Javier Armentia, Gómez y Toharia, entre otros, podrían sacar sus propias conclusiones, sin decir siempre lo mismo y encima de forma equivocada”. Iván Benítez no ha debido de leer ninguno de los textos publicados en Magonia horas después del estreno de cada capítulo de la serie.

“Si son tan escrupulosos con la verdad, ¿por qué intoxican diciendo que Planeta encantado ha sido financiado con el dinero público de Televisión Española? Hablan de que la serie ha costado 8 millones de euros y de que si Jesucristo consiguió sentarse en el Coliseo romano… Como decía antes, arrebatos infantiles que no se ajustan a la verdad. Les recomiendo que se vean el capítulo donde aseveran tales tonterías, quizá se den cuenta de que no hay que concentrarse mucho para entender el castellano. En primer lugar, el costo de Planeta encantado fue financiado por la editorial Planeta y no se superó los 500 millones de las antiguas pesetas”, escribe el joven en Diario de Noticias. Da la impresión de que quien no ha visto la serie ni lee la web de su padre es él. “Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio”, sentencia el director de la serie en el episodio titulado El mensaje enterrado. Quien quiera comprobar que la transcripción es literal, puede escuchar las palabras en boca del novelista:

Respecto al coste de Planeta encantado, Juan José Benítez deja claro en su web que ha contado “con un presupuesto superior a los ocho millones de dólares” y aquí siempre hemos dicho que es una serie producida por DeAPlaneta, compañía que vendió a TVE los derechos de la primera emisión por una cantidad que el ente público no ha querido desvelar.

Prietas las filas

Dar la callada por respuesta ha sido la opción de la mayoría de los colegas de Benítez cuando se les ha preguntado por el montaje lunar. Algunos han admitido estar consternados, pero han eludido la crítica de fondo a el maestro. Otros han reconocido que Benítez cometió un error, pero, en vez de pedir explicaciones a su colega, han preferido desviar la atención y atacar a los críticos. Sólo unos pocos -pueden contarse con los dedos de una mano y sobran- han tenido el coraje de agarrar el toro por los cuernos. Entre estos últimos, destacan Marisol Roldán y José Antonio Roldán, dos jóvenes reporteros del misterio a quienes no ha intimidado la larga sombra del ufólogo navarro. “Aún recuerdo, cuando no hace mucho Juan José Benítez decía que los peores y más peligrosos desinformadores estaban dentro de los propios investigadores, unos conscientes por conseguir fama y dinero, otros estúpidos sin saberlo, ingenuos y siendo utilizados… Me pregunto, después de ver este documento lunar, ¿en qué apartado se podría catalogar él mismo?”, decía uno de los hermanos Roldán en un artículo publicado pocos días después del escándalo. Compartí con ellos y con Sebastià D’Arbó una tertulia el 19 de enero en Radio Desvern, invitado por Ramón Álvarez. A pesar de nuestras profundas discrepancias a la hora de aproximarnos a lo paranormal, coincidíamos en líneas generales en que Benítez en que había puesto en solfa la credibilidad de todos los interesados en lo paranormal, incluidos los que actúan de buena fe y no persiguen ni fama ni dinero.

La valentía de los hermanos Roldán tuvo su contrapartida en la actitud de las tres principales revistas esotéricas, que en sus números de febrero echaron tierra sobre la historia de Mirlo rojo. Únicamente en Enigmas, la publicación dirigida por Fernando Jiménez del Oso, se hablaba de la emisión por parte de TVE de “un sorprendente vídeo que mostraba a los astronautas del Apollo 11 caminando junto a ruinas artificiales que habrían encontrado en su viaje a la Luna”. Se decía que las imágenes habían “desatado una ilimitada polémica”, pero nada más. Se ocultaba a los lectores que la polémica se centraba en la actitud de Benítez, no en la autenticidad de la cinta, descartada desde el primer momento. Los asiduos de Más Allá y Año Cero -revistas dirigidas por Javier Sierra y Enrique de Vicente, respectivamente- ni siquiera se enteraron de la existencia de la película de marras.

El escándalo de Mirlo rojo ha demostrado que los más interesados en ocultar la verdad son los responsables de las publicaciones esotéricas. La razón es evidente. Si uno de los maestros no duda en presentar como un documento auténtico una recreación informática, ¿qué no serán capaces de hacer sus colegas y discípulos? Ésa es la reflexión que, con su silencio, los profesionales del misterio han querido abortar entre los aficionados. Por eso, han cerrado filas en torno a Benítez.

Víctimas colaterales

James M. McPherson, profesor de la Universidad de Princeton y presidente de la Asociación Histórica Americana (AHA) durante 2003, ha dedicado su última columna en Perspectives, la revista de la AHA, a denunciar las tergiversaciones de la Historia. Centrado en el caso de Abraham Lincoln, de quien afirma que es el personaje al que se han atribuido más citas falsas, expone las mentiras que se han hecho pasar por verdades en varios libros -entre los que presta especial atención a Dark union: the secret web of profiteers, politicians, and booth conspirators that led to Lincoln’s death (2003)- y concluye: “¿Por qué los historiadores deben preocuparse por que este tipo de ficción pase por historia? Precisamente porque los autores y sus editores insisten repetidamente en que ésa es la verdadera historia del asesinato [de Lincoln] y miles de lectores seguirán creyéndolo si los historiadores ignoramos o despachamos con cuatro palabras un libro sin entrar en serio en sus afirmaciones extraordinarias. Tenemos una responsabilidad con los lectores de Historia más allá de nuestro gremio”.

Cuando leí “Fact or fiction?” -así se titula el artículo de McPherson-, lamenté que España siga siendo diferente. Lo hemos comprobado en los últimos meses con Planeta encantado. Nuestros expertos no se han molestado en salir de sus despachos, se han quedado en su torres de marfil, calentitos, mientras fuera Benítez atribuía a seres de Orión la edificación de las pirámides de Egipto, aseguraba que hay pruebas de la convivencia de seres humanos y dinosaurios, decía que un poder mágico facilitó el transporte de los moais de la isla de Pascua y presentaba el Arca de la Alianza como un arma de destrucción masiva. A esos disparates y otros han sido expuestos más de un millón de espectadores españoles, por término medio. No he leído, sin embargo, ningún artículo de opinión ni carta al director en la prensa de historiador alguno denunciando el engaño y que TVE se haya prestado a hacer de altavoz de los falsificadores del pasado.

Los historiadores no han sido los únicos cuya credibilidad ha quedado colateralmente tocada por las andanzas del ufólogo en la televisión pública. Planeta encantado ha confirmado la modorra en la que está sumido el movimiento escéptico español, que no ha aprovechado la mejor ocasión que va a tener en muchos años de hacerse notar. Oportunidades como ésta, en las que un traficante del misterios incurre en un error tras otro ante cientos de miles de personas, no se dan habitualmente y son la perfecta excusa para sembrar la duda necesaria en el público. A comienzos de diciembre, el abogado tinerfeño Luis Javier Capote Pérez, profesor de la Universidad de La Laguna, lanzó un manifiesto contra la emisión de la serie, que han firmado más de quinientas personas. Quienes pensábamos entonces que la reacción de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico -donde hay gente muy capacitada- no se haría esperar, nos equivocamos. Inexplicablemente, la organización escéptica tardó en pronunciarse sobre Planeta encantado más de tres meses. Lo hizo el 15 de enero, después de la emisión de Mirlo rojo, cuando faltaban sólo cuatro días para el final de la serie, cuando ya no servía para nada. ¿Por qué calló ARP durante tanto tiempo cuando las cosas estaban tan claras desde el principio?

Clones y fotocopias

Vivimos rodeados de clones. Yo tengo a dos entre mis amigos: se llaman Carlos y Pablo. Son gemelos genéticamente idénticos; es decir, clones naturales. En algún momento antes del decimoquinto día posterior a su concepción, el embrión que portaba en el útero su madre se dividió en dos grupos de células que, con el tiempo, derivaron en Carlos y Pablo. Como ellos, hay muchos caminando por las calles de todas las ciudades del mundo y no sé de nadie que cuestione que cada uno es una persona diferente. Sin embargo, desde que en 1996 nació la famosa oveja Dolly, la posibilidad de recurrir a la clonación humana es percibida por muchos como una monstruosidad. Y es que las imágenes de multitudes de hitleres brazo en alto, de bebés nacidos para serles extraídos los órganos con el objeto de trasplantarlos a los originales, de la clonación como una especie de resurrección sólo al alcance de los más ricos… resultan ciertamente inquietantes. Tanto como falsas.

Al igual que Carlos y Pablo, los clones artificiales, de existir, se parecerían entre sí físicamente; pero serían individuos diferentes. Ya fueran uno o cien. Pensar que un clon humano no es más que una especie de fotocopia del original es reducir la personalidad a los genes. Es afirmar que todo está escrito en ellos, que el ambiente no tiene nada que ver en nuestro desarrollo personal y que los hermanos gemelos son un único individuo. La genética condiciona en gran medida nuestro futuro biológico; pero no lo es todo. Craig Venter, director de Celera Genomics, reconoció, en la presentación pública del borrador de nuestro genoma el 12 de febrero de 2001, que “el entorno es tan importante como nuestro código genético” en la aparición de las enfermedades. Si hablamos de la personalidad, el tan se queda corto.

Hitler surgió donde surgió y en una época determinada. Como Einstein, al que también se suele citar como ejemplo de sujeto susceptible de clonación, aunque en sentido positivo. Para que de una célula clonada procedente de Einstein naciera otro Einstein, éste habría de tener idéntico desarrollo embrionario que el original -los gemelos poseen diferentes cableados neuronales, lo que ya es una dificultad insalvable- y vivir, después, todas y cada una de las experiencias del genio de Ulm, algo imposible simplemente porque estamos en el siglo XXI y el padre de la teoría de la relatividad nació en el XIX. Así pues, ahuyentemos de nuestras cabezas algunos fantasmas, y también ilusas esperanzas de vida eterna.

La clonación humana, temida por muchos, ha suscitado en algunos la pretensión de revivir a sus muertos. Así, un matrimonio estadounidense estaba hace un par de años dispuesto a pagar 200.000 dólares a una empresa radicada en Bahamas para que resucitase a su hijo, un bebé de diez meses fallecido durante una operación en principio sin importancia. Los desesperados padres, una pareja todavía en edad fértil, iban a gastarse en ese sueño imposible la indemnización que les otorgó la Justicia como víctimas de una negligencia médica. El dinero iba a acabar en las arcas de Clonaid, una compañía filial de la secta de los raëlianos, organización cuyo fundador dice estar en contacto con los extraterrestres.

Los raëlianos, que hace unos años intentaron sin éxito abrir una embajada alienígena en Israel -no les ayudó precisamente que su símbolo fuera entonces (a raíz de ese fracaso lo sometieron a un rediseño) muy parecido a la cruz gamada-, se embarcaron en febrero de 1997 en un proyecto de clonación humana cuyo momento cumbre se vivió el 26 de diciembre de 2002, cuando anunciaron el nacimiento de Eva en lo que el tiempo ha demostrado que no fue sino una operación publicitaria. La secta dispone del equipamiento adecuado, de científicos capacitados, de donantes de óvulos y de madres de alquiler dispuestas a llevar en su interior embriones ajenos. Con tal rampa de lanzamiento -los expertos no dudan de su capacidad para intentar clonar humanos-, han centrado su negocio en personas que han perdido a seres queridos, un auténtico filón en el que se aprovechan de esa idea tan popular como errónea de que la clonación reproductiva sería un medio para duplicar personas, cuando lo que se duplican en realidad son células a partir de las cuales se pueden desarrollar luego individuos.

“¿Quién, hoy en día, se escandalizaría por devolver a la vida a un bebé de diez meses que murió accidentalmente? La tecnología lo hace posible, los padres lo desean y no veo en ello ningún problema ético”, afirma Brigitte Boisselier, directora científica de Clonaid en la web de la compañía. A pocos escandalizaría devolver a la vida a personas, si se pudiera. Sin embargo, la publicidad de los raëlianos es falsa. La tecnología no puede resucitar a nadie. Ni por los 200.000 dólares que cobran los raëlianos por sus servicios, ni multiplicando esa cantidad hasta el infinito. No hay resurrección posible. La mente, la personalidad, reside en el cerebro y, cuando éste muere, aquélla deja de existir. Quienes, por ignorancia, paguen a estos sectarios por revivir a un familiar serán estafados económica y emocionalmente, y posiblemente causen indirectamente un gran daño al nuevo ser. Si nace sin ninguna de las malformaciones detectadas hasta ahora en los clones de animales de granja y domésticos, el daño que sufra no tendrá su origen en que sea o no clonado, sino en las expectativas puestas erróneamente en él por sus progenitores.

Por lo que se refiere al bebé antes citado, sería difícil que el nuevo niño defraudara las falsas expectativas de los padres: su corta edad al morir jugaría a favor de la creencia de que el clon es el original redivivo. Sin embargo, si el clon fuera de un adulto -hay varios clientes de los raëlianos en esa situación-, sufriría en sus carnes el ser considerado su hermano gemelo resucitado. Por desgracia, únicamente los hechos y el tiempo convencerían traumáticamente a esos clientes de Clonaid de su inmenso error. Sólo años después del nacimiento del nuevo ser comprenderían que también en la clonación las apariencias engañan, que el gran parecido físico entre el original y la presunta fotocopia no implica que sean la misma persona. Serían, simple y llanamente, gemelos; aunque hubieran nacido con años de diferencia.

Ese mismo hecho impide que la tercera de las pesadillas apuntadas al principio cobre visos de verosimilitud. Imaginar fábricas de clones humanos para proporcionar órganos de repuesto a los originales, que así evitarían cualquier tipo de rechazo, es algo a lo que indirectamente apuntan en cuanto tienen oportunidad los más fervientes opositores a la clonación. Una idea disparatada porque los clones no son fotocopias sin más contenido que el original, sino que, como hemos visto, son individuos diferentes con su propio contenido, con su propia personalidad. Es decir, sujetos que ostentan los mismos derechos fundamentales que el resto de los humanos. Pero es que, además, aunque alguien sin escrúpulos decidiera crear clones humanos para extraerles uno o varios órganos en beneficio de los originales, el coste de la empresa -tendría que crearlos y mantenerlos vivos hasta décadas antes de utilizar sus órganos, si es que es preciso- sería enorme.

Frente a ello, frente a lo que, dejando a un lado implicaciones éticas, sería el equivalente a producir coches para extraerles piezas -partiendo de la base de que las de un coche clónico sólo serían aptas para un único coche original-, los científicos ven cada vez más factible cultivar órganos individualmente a partir de las conocidas como células madre. Estas células, presentes en los primeros estadios del desarrollo embrionario, son pluripotenciales, tienen capacidad para convertirse en cualquiera de las especializadas de nuestro organismo, y se ha probado ya en mamíferos que pueden generarse a partir de otras especializadas. ¿Qué quiere decir esto? Que puede que en un futuro no muy lejano, si necesitamos un trasplante de riñón, baste con tomar una célula de nuestra piel, revertirla mediante la llamada clonación terapéutica hasta que produzca células madre y, después, darle las instrucciones oportunas para que se multiplique hasta dar lugar a un riñón. Ésa es la línea en la que trabajan varios grupos científicos punteros, entre ellos, los de los padres de Dolly y los científicos surcoreanos que esta semana han anunciado en Science que han conseguido clonar una célula adulta de una mujer en un óvulo y obtener de ese embrión células madre. Un paso histórico para la medicina reparadora al que sólo se ponen reparos éticos desde visiones religiosas fundamentalistas.

La clonación humana está ahí. La caja de Pandora se abrió con el nacimiento de la primera oveja clónica y de ella saldrán en el futuro clones humanos. No hordas de hitleres ni lázaros resurrectos, sino nuevos individuos únicos e irrepetibles. Y, posiblemente, estarán aquí antes de lo que esperamos. Quizá no pase mucho tiempo antes de que la clonación sea una técnica reproductiva más para ciertos casos de esterilidad, lo que, como augura Lee M. Silver, de la Universidad de Princeton, en su libro Vuelta al Edén, supondrá un auténtico revolcón para nuestro concepto tradicional de familia. Imaginemos que mi mujer y yo decidimos tener un hijo a partir de la clonación de una de mis células. El pequeño será socialmente nuestro hijo; pero biológicamente será mi gemelo, el cuñado de mi esposa, un hijo de mis padres y un hermano más de mis hermanos. Un cambio de mentalidad que no tendrán dificultades en asumir aquéllos que recurran a esta técnica como última posibilidad para reproducirse, para tener hijos. Como no las tienen, por fortuna, miles de parejas a la hora de considerar hijos, hermanos o nietos a niños adoptados, aunque el color de su piel sea diferente y no porten sus genes. Siempre que la técnica garantice que el ser humano producto de la clonación va a desarrollarse como cualquier otro de nosotros -sin deficiencias derivadas del proceso-, el debate social sobre esta técnica ha de tener como eje el derecho a reproducirse de aquéllos que sólo puedan hacerlo por clonación y, establecido que el nacido por este método es una persona con todos los derechos, afrontarse únicamente desde una perspectiva humanista.

Los marcianos de Antonio Ribera

“Me gustaría hacer notar que las recientes misiones Mariner y Viking han demostrado más allá de toda duda razonable la existencia de una civilización marciana con un muy alto nivel tecnológico. Camuflar completamente, en un periodo de muy pocos años, el sistema planetario de canales es en sí mismo un extraordinario logro de ingeniería. Pero lo superan hazañas científicas como a) predecir los lugares de aterrizaje de las Viking y b) descontaminar las zonas implicadas con tal minuciosidad que haya sido eliminado todo rastro de materia orgánica. Comprendo que los célebres expertos Erich von Däniken y Charles Berlitzestén ahora compitiendo por presentar estas sensacionales conclusiones al mundo”. Cuando hace veinte años leí estas líneas de un afamado divulgador científico y autor de ciencia ficción, me sorprendieron; aunque no tanto como lo último que cayó en mis manos de Antonio Ribera (Barcelona, 1920-2001).

Entronizado al Olimpo de la ufología hispana desde que publicó El gran enigma de los platillos volantes en 1966, los numerosos dislates de Ribera fueron sistemáticamente ignorados por quienes se consideraban sus discípulos. El maestro tenía bula para afirmar que Ezequiel vio una nave extraterrestre, que alienígenas del planeta Ummo llevan varias décadas entre nosotros, que en la Prehistoria se disparaban balas, que hay doce regiones misteriosas como el triángulo de las Bermudas, que somos el producto de un experimento genético alienígena y que fue abducido por extraterrestres en su más tierna infancia. Si cualquiera de esas cosas la sostiene, por ejemplo, Juan José Benítez, la ufología seria no duda en calificarle de sensacionalista. Pero, a Ribera, no. Nada de eso se le echaba en cara. Así, uno de los patronos de la Fundación Anomalía, que aglutina a los representantes de la ufología crítica española, considera que Abducción (1998), el enésimo libro en el que volvía a contar las mismas historias -plagadas de medias verdades- de siempre sobre humanos secuestrados por extraterrestres, es un “interesante estudio, muy recomendable para iniciarse en la comprensión de este controvertido asunto”. Esa misma manga ancha hará que un muro de silencio se levante ante las últimas, por ahora, palabras del pionero de los ovnis en España centradas en una obsesión marciana que le viene de antiguo.

Antonio Ribera defendió durante décadas la idea de que los ovnis proceden de Marte y de que las épocas de mayor número de observaciones -de oleadas, en jerga platillista- se corresponden con las de mayor proximidad entre el planeta rojo y la Tierra. La teoría la formuló por primera vez el ufólogo gallego Óscar Rey Brea en 1954, pero el autor catalán la asumió como propia y acabó conviertiéndose en su principal abanderado. El tiempo ha demostrado que las oleadas de ovnis no tienen nada que ver con la distancia que separa a Marte de nuestro planeta, y que tampoco hay ni ha habido una civilización marciana como la que defendían hace medio siglo Ribera y otros ufólogos de su generación. Claro que eso no ha servido para que el maestro despierte de la ensoñación en la que se sumió a mediados de la pasada centuria. Es más, tras la lectura de un libro de Graham Hancock, el Von Däniken de los años 90, Ribera ahondó en su particular sueño de la razón.

El enigma de Clavius

Así, en el artículo que firmó en el número de marzo de 2001 de la revista Karma.7, recordaba un episodio que uno creía perdido en el baúl de los recuerdos y que contó por primera vez en El gran enigma de los platillos volantes. En 1965, Ribera se sorprendió ante una imagen del planeta rojo tomada por la Mariner 4. La foto correspondía al cráter Mariner, de 151 kilómetros de diámetro y situado en las inmediaciones de la fosa Sirenum, en el hemisferio sur marciano. “Yo había visto con anterioridad aquella imagen. Luego recordé cuándo y dónde: en un atlas de Astronomía, y representaba el gran circo Clavius, de la Luna”, rememora. El ufólogo pidió entonces a Josep M. Oliver, presidente hoy en día de la Agrupación Astronómica de Sabadell, que le ayudará a realizar un estudio comparativo de ambos paisajes. Fruto de esa colaboración fue un texto en el que destacaban la extraordinaria similitud entre el cráter lunar y el marciano. La comunicación que Ribera y Oliver presentaron en la Segunda Semana Astronáutica Nacional, celebrada en Barcelona en 1966, concluye desechando que estemos ante una simple coincidencia: “Abrigamos la viva sospecha de que no es éste el caso, y de que la explicación es muy otra, incluso descartando la hipótesis -inadmisible- de fraude. Quizás únicamente el envío de astronaves tripuladas a Marte consiga resolver el misterio. Pues misterio hay”. ¿Lo hay

Ribera sostuvo hasta el final que sí. “Hallamos -escribía más de tres décadas después en Karma.7 respecto a las similitudes entre ambos paisajes- nada menos que 32 concordancias, lo cual quería decir que sólo había una posibilidad de concordancia entre 2.128 (seguida de 56 ceros) agrupamientos posibles de dichas características topográficas”. Quizá tenga en mente la tercera de las posibles explicaciones que le dio en una carta Aimé Michel, el patriarca de la ufología francesa: que alguien “se divirtió reproduciendo sobre un astro el paisaje de otro astro”. Y no hace falta que precisemos quién es ese alguien: píntenlo de verde, pónganle antenas y móntenlo en un utilitario volante con forma de platillo. Pero ¿qué piensa, y pensaba en la época, Josep M. Oliver, a quien el ufólogo ibérico pone poco menos que como avalista de la autenticidad del misterio? “Mi opinión sobre la similitud entre las dos fotografías es ahora la misma que entonces: una curiosa casualidad, y nada más”, me indicó el presidente de la Agrupación Astronómica de Sabadell el 8 de marzo de 2001. Oliver añadió que su participación en el estudio “consistió en realizar los dibujos, ya que profesionalmente soy diseñador gráfico e ilustrador”, que considera el parecido entre ambos paisajes algo “curioso” y que, además de no compartir la tesis de su amigo Ribera, el cálculo de probabilidades -que corrió a cargo de una tercera persona- “es erróneo, ya que está mal planteado”. Así pues, de misterio nada.

Como no tiene nada de enigmático el hecho de que muchas expediciones a Marte se hayan saldado en sonados fracasos. De las treinta misiones enviadas al planeta rojo desde 1960, menos de un tercio puede considerarse un éxito, recordaba hace tres años Ed Weiler, administrador adjunto para Ciencias del Espacio de la NASA. Sinceramente, si hay algo que a muchos nos sorprende es la capacidad del ser humano para enviar un ingenio producto de su tecnología hasta un mundo que se encuentra, en el mejor de los casos, a más de 55 millones de kilómetros de la Tierra. A Ribera, sin embargo, le sorprende lo contrario. “Marte es el planeta que ha suprimido más sondas rusas o americanas enviadas a su superficie o sus satélites”, dice.

Como prueba de esa malévola intencionalidad del vecino planeta, de esa perseverancia marciana por frustrar los intentos de exploración humana, cita el caso de la Fobos 2, “destruida mientras procesaba imágenes de Fobos. La última imagen que envió a la base fue la de una enorme y desconcertante sombra elíptica, de varios kilómetros de longitud, sobre la superficie marciana”. Ceba así el falso misterio de que la sonda fue derribada por una nave extraterrestre a la que correspondería la sombra, que en realidad es una deformada del satélite Fobos, como explicó en su momento Alexandr Selivanov, uno de los científicos del proyecto. Pero, claro, la verdad no es algo que vaya a estropear un buen misterio al padre de la ufología española, que, para su penúltimo golpe de efecto, recurre a El misterio de Marte (1998), libro de Graham Hancock, a quien presenta como un “gran divulgador científico americano”. Se trata, obviamente, de un curioso americano, ya que Hancock nació en Edimburgo (Escocia), pasó parte de su infancia en India y luego regresó al Reino Unido, donde vive en la actualidad. Respecto a su categoría como divulgador científico, también hay quien piensa que Campo de batalla: la Tierra -el engendro de John Travolta a mayor gloria del sectario L. Ronald Hubbard– es una gran película.

¿Somos marcianos?

Ribera asumía, siguiendo la estela de autor americano, que “hace unos 10.000 años parece ser que tres gigantescos asteroides colisionaron con una cara de Marte, lo cual provocó una verdadera catástrofe cósmica”. A partir de ahí, monta una película increíble con el fin de que encajen en un mismo puzle todas las piezas imaginadas por los autores pseudocientíficos sobre el planeta rojo. Nos dice que, hasta ese momento, Marte había sido un mundo con “una abundante vida entre la que se contaba una vida humana” que construyó, entre otras cosas, la esfinge y las pirámides de Cydonia, monumentos que desaparecieron misteriosamente cuando la Mars Global Surveyor cartografió la región. Me queda la duda de si también esa civilización fue la autora de la figura de la rana Gustavo de la región de Alba Patera. Una imagen sobrecogedora en tanto que daría la razón a quienes defienden desde hace décadas la existencia de pequeños marcianos verdes. El ufólogo catalán cree que sus imaginados vecinos del planeta rojo vieron venir la cósmica pedrada y se prepararon para poner pies en polvorosa. Dice que “crearon grandes refugios subterráneos, que permitieron a una minoría sobrevivir… y trasladarse más tarde al planeta azul”. A juicio de Ribera, “esto podría explicar” los orígenes de la civilización egipcia, que “parece importada, según me comentó un día Thor Heyerdahl“, el mismo aventurero nórdico que promocionó un fraudulento parque arqueológico en Tenerife -el de las pirámides de Güímar– argumentando que los monumentos piramidales de ambos lados del Atlántico datan de la misma época. Es una pena que los neandertales desaparecieran antes de la pretendida llegada de los marcianos, porque, si no, Ribera podía haber culpado a los emigrantes alienígenas de su extinción.

Asteroides, extraterrestres, catástrofes cósmicas, desapariciones misteriosas de sondas-robot, migraciones interplanetarias… Que lo que dijera respondiera o no a la realidad fue, durante décadas, lo de menos para el considerado padre de la ufología española. (Así se explica por qué le ha salido la hija cómo le ha salido.) Sin embargo, por si no era bastante con las fantasías marcianas, Ribera añadió al final de su columna de hace tres años: “¿Sabe el lector que en estos mismos momentos un asteroide, llamado Eros, del tamaño de la isla de Menorca, se dirige en rumbo de colisión hacia la Tierra?”. Sobrecogedor, ¿verdad? ¿Lo sabía usted? Yo no. Pero tampoco me preocupa. Se trata sólo de una falsedad más en una página repleta de ellas. Por ahora, no seguiremos los pasos de los dinosaurios. Eros, en el que el 12 de febrero de 2001 se posó la sonda Near-Shoemaker -si decimos aterrizó, alunizó y amartizó, ¿no habría que decir en este caso erotizó?-, no va a chocar contra nuestro planeta. Quizás a Ribera se lo hayan contado los marcianos o quizá con esta página de Karma.7 haya querido tomar el pelo a sus lectores. Como Arthur C. Clarke cuando en 1978 publicó, como carta al director en The Skeptical Inquirer, la chanza sobre Marte y las sondas robot Mariner y Viking reproducida al principio de estas líneas. Años después de la broma del autor de 2001, una odisea del espacio, Enrique de Vicente esgrimió ante mí la misiva de Clarke como prueba de que el padre de HAL 9000 creía en una cuasi todopoderosa civilización marciana. Cuando le saqué de su error, el rostro del actual director de Año Cero demudó. Me gustaría que Ribera hubiera hecho lo mismo que Clarke con su artículo titulado “El misterio de Marte”; pero no fue así.

Publicado originalmente en El Escéptico.

Revistas para un escéptico

Fui ufólogo antes que escéptico. Ocurrió hace ya bastantes años y nunca lo he ocultado. Conservo las cartas, revistas y libros de aquella época, que más de una vez he consultado a la hora de escribir en Magonia, y la colección no deja de crecer, alcanzando en la actualidad dimensiones casi monstruosas. Es un vicio; pero sólo en parte. Como escéptico en activo, creo que mi obligación es estar informado acerca de aquello de lo que voy a opinar. Por eso, entre otras cosas, aguanté todos los episodios de Planeta encantado, una serie que me ha parecido terriblemente aburrida, además de disparatada. Por eso, nunca falto a mi cita mensual con las revistas esotéricas. Por eso, amplío mi colección de libros sobre lo paranormal en cuanto tengo oportunidad. Para la mayoría, no es necesario llegar a esos límites.

Por fortuna, hay publicaciones periódicas con las que uno puede ahorrarse la compra de mucha literatura pseudocientífica y, a la vez, acceder a información escéptica de calidad. Son revistas que desmenuzan con seriedad aparentes misterios y de las cuales la decana es The Skeptical Inquirer, publicada con periodicidad bimestral por el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) y dirigida por Kendrick Frazier. El mercado en español está liderado por El Escéptico, revista trimestral de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico dirigida por Félix Ares, y acaba de nacer Pensar, un proyecto del CSICOP dirigido por el periodista argentino Alejandro Borgo, que ofrece parte de sus contenidos gratis en Internet. Son tres cabeceras –The Skeptical Inquirer, El Escéptico y Pensar– que no deberían faltar en la biblioteca de ningún escéptico: en sus páginas hay reflexiones inteligentes, trabajos concienzudos y agudas críticas.

Mantengo desde hace muchos años otras dos suscripciones más que no pienso suspender: una es la de Cuadernos de Ufología, publicación anual de la Fundación Anomalía centrada en el mito de los platillos volantes, y la otra es la de Fortean Times, una fantástica revista mensual británica dedicada a los fenómenos paranormales en la que he leído reportajes de un rigor envidiable. Hay otras fuentes de información sobre lo paranormal que merecen la pena, pero las citadas son para mí imprescindibles, con el añadido del demasiadas veces olvidado Skeptical Briefs, un newsletter que el CSICOP edita desde hace catorce años.