Tristanbraker, el más ‘freak’ de los cazafantasmas

Tristanbraker.Me comentaba recientemente Ernesto J. Carmena, un escéptico de conocidas tendencias paleontológicas, que había visto a Tristanbraker en el centro de Madrid. El parapsicólogo tenía muy buen aspecto e iba acompañado de una guapa joven. Me sorprendió. La penúltima vez que tuve noticias del más exótico de los cazafantasmas –Bill Murray y compañía son a su lado unos aprendices- fue hace un par de años y, entonces, Pedro Luis Gómez Barrondo, director ejecutivo de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, me dijo que se lo había encontrado en fiestas de Bilbao y que parecía un sin techo.Tristanbraker alcanzó cierta popularidad después de que un grupo de parapsicólogos anunció el 29 de mayo de 1990 que había grabado lamentos fantasmales en el madrileño palacio de Linares, sede hoy de la Casa de América. Días más tarde, la Policía detuvo a la directora del equipo, la psiquiatra Carmen Sánchez Castro, por haber librado un cheque sin fondos ocho años antes. Poco a poco, todos y cada de los expertos en lo paranormal que habían avalado el trabajo de la cazafantasmas se fueron bajando del carro. Al final, Sánchez de Castro se quedó sola en su defensa del misterio. Pero antes peregrinaron al palacio de Linares todo tipo de misteriólogos, Tristanbraker y su hijo de 19 años incluidos, e hicieron las delicias de los periodistas con sus disparatadas declaraciones.

De aspecto quijotesco, el parapsicólogo madrileño saltó pronto de las romerías nocturnas a la caza de almas en pena al programa Al ataque, que Alfonso Arús dirigía en Antena 3 Televisión. El periodista catalán llenó el espacio de freaks, con el curandero y contactado Carlos Jesús a la cabeza. Fueron buenos tiempos para Tristanbraker. No parecía importarle que media España se riera de él y sus compañeros de andanzas. Había creado la Asociación Esotérico Cultural Española y esperaba que la fama televisiva le reportara el dinero necesario para sacar adelante sus proyectos.

“Estamos haciendo este aparato, que hemos bautizado como Bobby’s y que en Al ataque me han dicho que me van a financiar, así como un coche para menearnos. Del Boby’s sale un chorro pulverizado de una especie de líquido que evita que los átomos de los fantasmas se puedan juntar. Además, lleva una luz muy fuerte roja que hace que se vea la silueta del espíritu”, explicaba en marzo de 1993 en la revista Teleindiscreta. El Boby’s era una versión casera de las coloristas armas de plástico infantiles, con una voluminosa lintera apoyada sobre el cañón y, cuando el parapsicólogo lo dejaba en casa, sabía que estaba a buen recaudo. Varios muñecos de gnomos eran su “particular sistema de seguridad” desde que habían ahuyentado, según Tristanbraker, a unos ladrones. “A éste -decía mientras enseñaba al periodista una réplica del personaje protagonista de la serie de animación David el gnomo-, que tiene los ojos azules, se le cambian a verde cuando alguien no le cae bien”.

Tristanbraker tenía 46 años cuando Alfonso Arús le descubrió. Había sido carpintero y electricista. Después, muchos le han visto en El Retiro, con su tenderete de vidente puesto junto a los de otros augures del parque madrileño. Volvió así al lugar del que había salido, ese submundo ubicado entre la credulidad y la pequeña picaresca en el que malviven personajes como él mientras otros, que no creen en nada de lo que predican y que se presentan ante la opinión pública como serios investigadores, se hacen de oro.

La sabiduría de los brujos

Gabriel Naranjo difícilmente olvidará el milagro que Mark Plummer, un gigantón australiano, hizo ante sus ojos en mayo de 1987. A los postres de una cena en una cafetería de San Sebastián, Plummer pidió a uno de los comensales que sujetara una cuchara por los extremos con las manos mientras él frotaba con dos dedos el cuello del cubierto e intentaba reblandecerlo mentalmente. Segundos después, la cuchara se doblaba como si fuera de mantequilla. Naranjo, un vecino de Berriz preocupado por el avance de la charlatanería, aprendió aquella noche el truco que practica en cualquier cita gastronómica a la menor oportunidad, para terror de los camareros.

“Si aprende a engañar a los demás, estará mejor preparado para descubrir la palabrería de los vendedores de ilusiones que intentan persuadirle de sus conocimientos fuera de lo común, tanto en el ámbito de la salud como en el de la vida sentimental o la política”, dicen Georges Charpak y Henri Broch en Conviértase en brujo, conviértase en sabio (Ediciones B), obra que llegó en febrero a las librerías españolas. Naranjo está convencido de que quien sabe torcer cucharas y llaves con ‘el poder de la mente’ no sólo deja de tragarse los cuentos de Uri Geller y compañía, sino que además, siempre que presencia un milagro, se pregunta irremediablemente dónde está el truco.

Explotar la ignorancia

Charpak, premio Nobel de Física de 1992, y Broch, profesor de esa disciplina en la Universidad de Niza-Sophia Antipolis, han escrito un divertido y profundo alegato contra la superchería, del que en Francia se han vendido más de 300.000 ejemplares. “Sólo deseamos comentar algunas experiencias de brujería banal practicadas alegremente en familia y mostrar de este modo cómo engañan algunos brujos modernos al pobre mundo”, argumentan. Persiguen en realidad un fin más elevado, ya que creen que lo que está en riesgo es la esencia de la democracia, como advirtió Carl Sagan en El mundo y sus demonios.

Los autores de Conviértase en brujo, conviértase en sabio sienten el mismo “gran respeto” por la salud del planeta que por los auténticos prestidigitadores, los que no venden su destreza como un misterioso poder, sino como una habilidad. Y el mismo desprecio por los embaucadores del misterio que por quienes desde grupos de presión sacrifican la verdad en el altar del alarmismo. Parten de que “una sociedad verdaderamente democrática presupone necesariamente ciudadanos plenamente aptos para la reflexión” y que, por ello, resulta grave que el espíritu crítico se encuentre “ahogado por la credulidad”. No les inquieta que la gente se preocupe por la nocividad de fuentes de energía o de ciertos inventos -“nos parece lógico, y en el fondo tranquilizador”-, sino “ver cómo dirigentes más o menos bienintencionados explotan su ignorancia y sus miedos para conducirlos a tomar decisiones quizá catastróficas para el planeta”.

Un ejemplo de esa explotación de la ignorancia “como un potente incentivo político” ha sido, para los físicos franceses, el caso del uranio empobrecido usado en bombas en la guerra del Golfo y en Kosovo. Se han gastado millones de euros en analizar los efectos nocivos de un material cuya radiactividad es “inferior a la que se respira a cuatro patas sobre la hierba con la nariz pegada a las flores del campo, a causa de un gas radiactivo natural, el radón, que acompaña la desintegración natural del uranio presente en toda la corteza terrestre y en muchas casas”. No citan episodios similares que vienen automáticamente a la mente del lector, como la satanización de los microondas, los móviles y las antenas de telefonía.

Asombrar a los amigos

Georges Charpak y Henri Broch explican varias de las artimañanas de los doblacucharas, telépatas, profetas, videntes y astrólogos que han invadido el universo audiovisual, en algunos casos en incumplimiento de la directiva europea de televisión sin fronteras (Directiva 89/552/CEE). La norma considera “ilícitas la publicidad y la televenta que inciten a la violencia o a comportamientos antisociales, que apelen al miedo o a la superstición”.

Transmitir información telepáticamente, atravesarse la lengua con una aguja y que ni le duela ni quede marca, caminar descalzo sobre brasas y elaborar horóscopos son algunos de los trucos que aprenden cada año los 350 estudiantes de ciencias que se apuntan a los cursos de pensamiento crítico que imparte Broch en el Henri Broch. Los físicos se los enseñan al lector para asombrar a sus amistades, y algo más. “Es necesario haber participado uno mismo en ciertas escenificaciones para ver hasta dónde puede llegar la credulidad humana”.

El éxito de los brujos se cimenta en hacernos ver lo que quieren que veamos. Gabriel Naranjo, cofundador de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, convence a sus compañeros de mesa de que la cuchara que va a torcer está intacta, como cuando salió de fábrica. Sólo lo parece. Mientras su interlocutor sujeta la pieza por los extremos, él la agarra por el cuello con el índice y el pulgar. Tira hacia arriba y hacia abajo con fuerza -no la suficiente para romperla-, y la cuchara se dobla y acaba por partirse. ¿Milagro? No, en realidad estaba casi rota desde el principio.


“Hay muchos magos que se pasan a El Lado Oscuro”

Son dos caras de la misma moneda. “Hay muchos magos que se pasan a El Lado Oscuro y usan los secretos del ilusionismo para engañar y no para crear ilusión”, dice Jorge Blass. Capaz de hacer aparecer de la nada una bola de bolos, el joven ilusionista madrileño reconoce que no han faltado quienes le han preguntado en alguna ocasión si tiene poderes sobrenaturales. No sólo carece de ellos, sino que además es escéptico respecto a su existencia. “No creo en lo paranormal”.

Tampoco José Luis Ballesteros cree en la telepatía, la adivinación, la telequinesis, ni cosas parecidas. “Ni como ilusionista ni como persona”. Retirado de la magia desde 1988, se dedicó durante un tiempo a la caza de magos disfrazados de psíquicos, como asesor de la Sociedad Española de Parapsicología, cuyo presidente, Ramos Perera, desenmascaró a Uri Geller en 1975 en un libro hoy imposible de encontrar. “Geller no tiene poderes; es un ilusionista -afirma Ballesteros-. Cada uno tiene derecho a montarse la vida como quiera siempre que no perjudique a terceros, como hacen los curanderos”.

“Puedo repetir todos los efectos de Uri Geller”, afirma Blass, antes de recordar que quien lo hizo hace casi treinta años fue su colega. Ballesteros viajó por toda España con Perera, haciendo demostraciones de sus poderes. Incluso apareció dos veces en Más Allá, el programa de televisión de Fernando Jiménez del Oso, donde dejó claro que un ilusionista puede pasar por un dotado en cuanto quiere y no hay un colega cerca. “A un ilusionista es muy difícil que se la den”, apunta Blass. La historia de lo paranormal está llena de dotados cuyos poderes se esfuman en cuanto entra en la sala un mago.

Adivinar el ‘gordo’

Ballesteros es, como Anthony Blake, mentalista. Practica la rama del ilusionismo que consiste en simular poderes paranormales. Es capaz de adivinar el nombre de alguien del público, el titular de mañana del periódico, el número agraciado con el gordo… En 1982, hizo lo mismo que Blake hace dos meses, pero con el resultado del mundial de fútbol de España. Con notario, sobre sellado -“yo estaba a distancia cuando se abrió”- y caja fuerte de por medio, su ‘vaticinio’ se cumplió. “Se puede hacer de muchas maneras”, confiesa. “Es un juego de ilusionismo clásico”, dice Blass.

El joven no duda de que todo lo que hacen los torcedores de cubiertos y demás brujos “son juegos de magia, aunque algunos los presenten como hazañas mentales”. “Un ilusionista es una persona que realiza efectos aparentemente sobrenaturales a través de medios naturales que no son del conocimiento del común de los mortales”, explica Ballesteros.


Embaucadores domésticos

Era un desconocido en España hasta que en 1975 dobló cucharas y arregló relojes en Televisión Española junto a José María Íñigo. Nada parecido a lo que ocurrió en Estados Unidos, donde los poderes paranormales de Uri Geller se desvanecieron en The Tonight show de Johnny Carson. El presentador, ilusionista aficionado, controló tan estrechamente al dotado que éste no pudo hacer ningún truco.

Porque Geller tiene sus bestias negras: los magos. Son capaces de duplicar todos y cada uno de sus poderes. Lo demostró el ilusionista y cazador de charlatanes James Randi en 1973 en la sede de la revista Time, cuyo redactor científico, Leon Jaroff, escribió después que estaba claro que, para hacer los prodigios de Geller, “sólo eran necesarias unas manos rápidas y psicología”. Dotes que antes habían llevado al psíquico a actuar como mago en Israel.

Hay varios métodos para doblar cucharas milagrosamente. Algunos magos las preparan antes de salir a escena. Cabe pensar que es lo que hace Uri Geller, quien se negó a torcerlas ante las cámaras de la televisión vasca el 12 de noviembre de 1987 -también esta vez invitado por Íñigo- porque se había dejado su juego de cubiertos en el hotel. Un buen ilusionista habría improvisado con una cuchara cualquiera, aunque, si hubiera contado con una cuchara hecha de un metal con memoria, no habría tenido que correr ningún riesgo.

Félix Ares, presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico y director del museo de la ciencia de San Sebastián, lleva desde hace años una cucharilla en un bolsillo. Cuando pide un café y la mete para revolver el azúcar, el cubierto languidece hasta formar una U. Es de nitinol, una aleación de níquel y titanio, con memoria. Su forma original es la doblada y, cuando la temperatura asciende hasta un punto crítico, la cucharilla la recupera. Por eso se tuerce sola con el calor del café.

Doblar una llave es algo que puede hacerse contra algo, aunque también con una sola mano. Pruebe a hacer lo último antes de seguir leyendo. A primera vista, parece complicado y hasta imposible: la llave es muy dura. ¿Demasiado? No. Basta con tener en la mano otra llave con un agujero generoso para ponerla en el llavero. Se mete por él la parte inferior de la llave a torcer, se hace palanca y ya está.


Pare su corazón a voluntad

Atravesarse la lengua con una aguja es cosa de niños, siempre que la aguja tenga, como los cuchillos que se clavan en la cabeza los payasos, una parte con forma de U en la que meter la lengua para que parezca ensartada. Cuénteselo a sus amigos, al tiempo que les advierte de que puede controlar su corazón hasta pararlo. No le creerán. Dígales entonces que elijan a uno de ellos para comprobarlo.

Pida silencio -recuérdeles que en la demostración corre peligro su vida- y extienda el brazo izquierdo para que el elegido le controle el pulso. Tras unos segundos, su pulso desaparecerá. Un minuto después, volverá, momento en el que usted se desplomará teatralmente agotado en el sofá más próximo. ¿Increíble? No.

El prodigio únicamente exige una pelota de goma colocada en la axila y apretarla con la fuerza suficiente para que presione la arteria hasta que se interrumpan las pulsaciones. El resto del efecto es producto de la falsa identificación popular entre el pulso tomado en la muñeca y el latido cardiaco.


El libro

Conviértase en brujo, conviértase en sabio es una obra de Georges Charpak, premio Nobel de Física, y Henri Broch, de la Universidad de Niza-Sophia Antipolis. En Francia se han vendido más de 300.000 ejemplares del libro, el tercero de Broch publicado en España, después de La misteriosa pirámide de Falicón (1976) y Los fenómenos paranormales (1985).

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Del Paraíso a la Prehistoria

Adán y Eva no fueron expulsados del Paraíso por un ángel espada de fuego en ristre, sino por los científicos. Sucedió en 1847, cuando el francés Jacques Boucher de Perthes (1788-1868), considerado el padre de la Prehistoria, publicó Antigüedades célticas y antediluvianas, un libro en el que demostraba la coexistencia del hombre primitivo con animales extinguidos. “Hasta entonces, nadie se planteaba que hubiera un pasado más allá de la Biblia. Quien dijera algo de eso era un osado”, explica Carmen de las Heras, comisaria de la exposición Venus y Caín, nacimiento y tribulaciones de la Prehistoria en el siglo XIX, que se inaugura hoy en Santillana del Mar.

Imperaba en la cultura decimonónica la visión del arzobispo anglicano James Ussher, quien en el siglo XVII había calculado a partir del Génesis que Dios creó el Universo a las nueve de la mañana del 23 de octubre de 4004 antes de nuestra era. “Éramos descendientes de Adán y Eva. Nadie lo discutía, nadie lo ponía en duda, porque la propia ciencia parecía dar la razón a la Biblia”, indica De las Heras. En 1859, Charles Darwin publicó El origen de las especies y, a la historia prediluviana de Boucher de Perthes -con el tiempo, el Diluvio universal pasó de hecho a mito-, se sumó la evolución: Dios no había modelado al hombre tal cual, sino que éste era fruto de la evolución.

El descubrimiento de que “nuestro origen está en el reino animal y no en el Paraíso” provocó una gran convulsión social, y el hombre prehistórico fascinó a la gente de la época, incluidos pintores y escultores para los cuales “constituyó una inapreciable fuente de inspiración”. Ante la escasez de datos científicos, los artistas del siglo XIX “desarrollan una iconografía tomada del neoclásico, con un héroe musculoso al que visten con pieles y colocan en la Prehistoria”.

Superhombres

Nuestros antepasados del Paleolítico Superior -entre hace 40.000 y 13.000 años- aparecen como “hombres físicamente perfectos, con extraordinarias musculaturas y expresiones de fiereza”, en permanente lucha por la supervivencia. Las mujeres tienen, a su vez, el aspecto de Venus griegas. “Se reproduce el modelo social de la familia nuclear, con el hombre como cabeza de familia y protagonista, y la mujer representando el papel de ama de casa que le recibe complaciente cuando llega agotado de la caza. Los roles sociales se transmiten del siglo XIX a la Prehistoria”, dice la investigadora del Museo de Altamira.

Paul Jamin, Léon Maxime Faivre, Louis Mascré y otros retratan escenas de asesinatos, de caza, de lucha, de amor…, en las que la falta de datos se suple con imaginación. “La escasez de restos, el estudio de pueblos primitivos contemporáneos, la creatividad artística y las condiciones sociales, culturales y religiosas de la época -explica De las Heras- hacen que las imágenes transmitan una excesiva bestialidad y, al mismo tiempo, una notable idealización romántica”.

Pintores y escultores asumen, en las obras que pueden verse en el palacio de Caja Cantabria en Santillana del Mar, los avances en el conocimiento de nuestro pasado; pero no plasman en sus obras el choque entre ciencia y religión. Al contrario. “Suprimen los elementos de conflicto e incluso dotan a veces a sus personajes de actitudes religiosas, de un sentimiento de piedad”, afirma la prehistoriadora. Siglo y medio después de la desaparición de Adán y Eva de nuestro árbol genealógico, ciertas sectas protestantes luchan en Estados Unidos por imponer una visión de los orígenes basada en la literalidad de la Biblia, en la idea de que Dios creó el mundo en seis días y, el séptimo, descansó.

Ciencia recién nacida

Las 170 piezas que se exponen desde hoy en Santillana del Mar son objetos arqueológicos, pinturas, esculturas y documentos que proceden de museos y colecciones privadas de Europa y Estados Unidos. “Resumen la evolución humana tal como se veía en el siglo XIX”. La Prehistoria era entonces una ciencia recién nacida, “básicamente francesa” y cultivada por aficionados, que poco tenía que ver con una disciplina que en la actualidad emplea las técnicas más avanzadas: los métodos de datación basados en la desintegración de isótopos radiactivos, la genética, el estudio de los pólenes, los análisis geológicos…

>Aunque antediluvianos, nuestros orígenes no se suponían en el siglo XIX tan remotos como ahora se sabe: los homínidos aparecieron en África hace más de 6 millones de años y los primeros representantes de nuestra especie caminaban por lo que hoy es Etiopía hace más de 160.000 años. La Prehistoria -la época sin escritura- ha sido el periodo más largo de la historia humana. Se prolongó desde la aparición de los homínidos hasta hace menos de 5.000 años, pero sólo se estudia desde hace unos 150, desde que el hombre abandonó definitivamente el Paraíso.


El arte más antiguo del mundo

La más valiosa de las piezas de la muestra -“la joya”, en palabras de Carmen de las Heras- es la Venus de Laussel, un bajorrelieve descubierto en 1911 en un abrigo al aire libre de la Dordoña francesa. Con la fisionomía típica de las esculturas femeninas paleolíticas -formas abultadas que se han relacionado tradicionalmente con la fecundidad-, la figura mide 46 centímetros, fue tallada en un bloque de piedra caliza hace unos 20.000 años y porta en la mano derecha un cuerno de bisonte. Es una obra de arte de un periodo sin arte hasta que Marcelino Sanz de Sautuola descubrió Altamira en 1879.

El hallazgo de las pinturas de Santillana del Mar marca mucho más que el inicio de la ciencia prehistórica en España. “Altamira fue la primera cueva con arte rupestre descubierta en el mundo”, recuerda la comisaria de la exposición ‘Venus y Caín, nacimiento y tribulaciones de la Prehistoria en el siglo XIX’, la cual dedica una atención especial a la gruta cántabra y sus pinturas de hace 14.000 años. El descubrimiento de Sanz de Sautuola fue recibido con incredulidad por una comunidad científica dominada por los franceses, quienes no dieron hasta 1902 el visto bueno a unos dibujos de bisontes, ciervos y caballos de espectacular belleza.

Cerrada la cueva a las visitas masivas desde 1977 y completamente desde septiembre de 2002 para frenar su deterioro, quienes quieran hacerse una idea de la magnificencia de los frescos pueden hacerlo en la llamada neocueva. La reproducción de la gruta y de sus frescos resulta de una fidelidad impactante y es la estrella de un Museo de Altamira que tiene una atractiva y didáctica exposición permanente sobre la vida de los artistas de hace 140 siglos.


De Adán y Eva a Venus y Caín

Destronados Adán y Eva, los responsables de la muestra del Museo de Altamira apuestan por una nueva pareja, Venus y Caín, que “encarna principios antagónicos y complementarios” de cuyo equilibrio o desequilibrio “dependerá la civilización y la barbarie”.

Venus -diosa romana del amor- es el nombre que reciben las figuras femeninas paleolíticas, representaciones de la fertilidad. Caín, el primogénito de Adán y Eva, es el primer humano, “el primer ser nacido de una mujer y un hombre, pero también el primer criminal, el primer cultivador, el primer errante y el primer constructor de ciudades. Encarna la responsabilidad humana”.


La exposición

Título: Venus y Caín, nacimiento y tribulaciones de la Prehistoria en el siglo XIX.

Lugar: Palacio de Caja Cantabria, Santillana del Mar (Cantabria).

Horario: De 10.30 a 14 horas y de 16 a 20 horas. Cerrado los lunes.

Precio: 2,5 euros (1,5 euros para los clientes de Caja Cantabria).

Calendario: Del 10 de julio al 7 de septiembre.

Organizadores: Museo de Altamira, Museo de Aquitania y Museo de Quebec.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Huérfanos de H.L. Mencken

“Hasta donde me alcanza el entendimiento, y llevo años estudiando este hecho con profundidad y empleando a gente para que me ayude en la investigación, jamás nadie en este mundo ha perdido dinero al subestimar la inteligencia de las grandes masas. Tampoco nadie ha perdido por eso su cargo público”, escribió Henry Louis Mencken (1880-1956) en 1926. Mencken fue un periodista estadounidense agudo y crítico como pocos, cuya lectura hoy en día resulta reconfortante. Acaba de llegar a las librerías En defensa de las mujeres (La Fábrica Editorial, 2003), prologado por Gore Vidal, y Alcor publicó en 1992 el imprescindible Prontuario de la estupidez humana, una selección de sus mejores textos presentada por el filósofo Fernando Savater.

Dice Savater en el prólogo del Prontuario que, a pesar de los defectos propios de “su condición autodidacta”, Mencken destaca por “su enorme coraje intelectual y su contundencia expresiva”. Vivió en una época que consideramos más pacata que la nuestra, aunque tal juicio resulte cuestionable en los tiempos de lo políticamente correcto, cuando casi nadie se atreve a llamar a las cosas por su nombre con la claridad con que lo hizo el periodista de Baltimore. Mencken era un escritor inteligente para lectores inteligentes; ahora, lo que impera en las listas de más vendidos es todo lo contrario, tanto a un lado como a otro del libro. Lo que triunfa es el equivalente impreso a Hotel Glam, Operación Triunfo y Gran Hermano, y a ese carro intenta subirse Bruño Cardeñosa (Orense, 1972), un periodista que ha hecho carrera publicitando todo tipo de patrañas en las revistas esotéricas, con 100 enigmas del mundo(Corona Borealis, 2003).

Especializado en lo paranormal, Cardeñosa publicó en 2001 El código secreto, obra en la que presenta una larga lista de hechos fraudulentos, reinventados o tergiversados para apoyar su tesis de que “los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución” y “aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens“. Para él, ya había seres humanos en la época de los dinosaurios, y el Yeti y otros monstruos antropomorfos no son un cuento chino, sino algunos homínidos de los que se creen extintos: “Los eslabones de la cadena humana permanecen aún vivos sobre la faz de la Tierra, esperando el momento en que la ciencia se ocupe de ellos”.

En 100 enigmas del mundo, Cardeñosa -para quien no hubo un avión que se estrellara contra el Pentágono el 11-S– recicla los clásicos falsos enigmas que hicieron rico a Erich von Däniken. A la espera de la lectura sosegada que todo original merece, puede adelantarse que el libro no defraudará a quienes quieran divertirse cazando los múltiples errores que a buen seguro trufan sus páginas. Si, en El código secreto, el autor descubrió que cada cromosoma humano tiene 30.000 genes, para pasmo de los biólogos moleculares, una rápida hojeada a 100 enigmas del mundo -en la que participamos el historiador y periodista Julio Arrieta y el autor- revela que la nueva obra puede ser un filón. Porque sólo un ignorante de tomo y lomo puede calificar de descubrimiento la penúltima estupidez por la fantarqueóloga matriarcalista Francisca Martín-Cano Abreu, quien afirma que la disposición de los bisontes de Altamira refleja “cómo era el cielo un 14 de febrero de hace 13.000 años”, o es incapaz de dar con la causa de los círculos de las cosechas y mantiene que “seguimos sin saber quién o qué las genera, y si detrás de las formaciones hay una inteligencia diferente a la nuestra, si se trata de otras formas de vida o si es un mensaje de la Tierra encarnada en Gaia”.

Círculos de misterio

2001 fue el año del contacto. El primer mensaje alienígena se hizo cereal el 21 de agosto. Ocurrió en el Reino Unido, cerca de la estación meteorológica de Chibolton. En un sembrado colindante con el observatorio, aparecieron un rostro y una especie de réplica de la señal que en 1974 se emitió desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) hacia M13, un cúmulo de estrellas situado a 25.000 años luz. “Creo que es una respuesta al mensaje de Arecibo”, dijo Palden Jenkins, un estudioso de los círculos. Era el broche de oro de una temporada que había empezado con bastante retraso sobre el calendario habitual.

“Los extraterrestres parecen estar al tanto de las leyes británicas, porque ningún ovni ni ningún orbitrón de plasma se ha dejado caer por la campiña inglesa durante el brote de fiebre aftosa”, ironizaba Michael Wright el 17 de junio de 2001, en The Sunday Times. Una vez levantada la prohibición de acceso a carreteras y caminos rurales impuesta para evitar la difusión del mal, los pictogramas florecieron. A mediados de agosto, Tim Carson, un granjero de Wiltshire, descubrió una figura en su propiedad y tuvo claro, desde el primer momento, que no era cosa de marcianos. “Recibí una llamada en la que me preguntaron si los caminos estaban ya abiertos al público. Dije que sí y aquella noche apareció un círculo de los sembrados”, declaró a la BBC.

Los artistas del cereal

El condado de Wiltshire -en el que se levantan los monumentos megalíticos de Stonehenge y Avebury- es la Disneylandia de la cerealogía, que debe su nombre a Ceres, la diosa romana de la agricultura. Allí comenzó todo a mediados de la década de 1970 y allí se encontró la otra formación que, junto a las de Chibolton, causó sensación el año pasado: una espiral de seis brazos, compuesta por 409 círculos y que ocupaba 45.000 metros cuadrados de un trigal de Milk Hill. John Lundberg, un diseñador gráfico londinense de 33 años, calcula que el complejo pictograma pudo exigir de sus creadores unas tres horas de intenso trabajo nocturno. Lo dice con conocimiento de causa: forma parte de uno de los grupos que, desde hace años, reivindican la paternidad de los círculos.

Frente a los ufólogos que atribuyen los dibujos a platillos volantes, los meteorólogos excéntricos que hablan de nuevos fenómenos atmosféricos y los místicos de la Nueva Era que argumentan que es la propia Tierra la que quiere así llamar la atención sobre la degradación medioambiental, Lundberg y sus colegas dicen que se trata de obras de arte. Efímero, porque la siega destruye los pictogramas; pero arte, al fin y al cabo. Su equipo responde al nombre de Circlemakers (fabricantes de círculos). Son tres, empezaron a actuar en Wiltshire hace más de diez años y, desde 1995, disponen de una web en la que informan de sus proyectos y mantienen al día un censo de este tipo de creaciones.

“Cuando, en 1991, Doug Bower y Dave Chorley confesaron que habían estado haciendo círculos durante quince años, el interés popular cayó en picado. Entonces -recuerda Lundberg-, nos propusimos elevarlo otra vez haciendo formaciones tan grandes y complejas que la gente volviera a preguntarse: ‘¿Es posible que estas cosas sean obra humana?'”. El trío hace entre veinticinco y treinta dibujos cada temporada, entre abril y septiembre. No son los únicos. Hay, en el Reino Unido, otros tres o cuatro grupos igual de activos, además de muchos que realizan una o dos obras al año.

Desde que el diario The Wiltshire Times se hizo eco del primer pictograma hace veintidós años, la complejidad de las formaciones ha ido en aumento. Las primeras llevaban a Bower y Chorley pocos minutos. Eran fáciles de hacer: uno de ellos se plantaba sobre el terreno, a modo de poste, con una cuerda o cinta de agrimensor a cuyo otro extremo estaba su cómplice. Este último caminaba entonces alrededor de su compañero, cual brazo móvil de un compás humano, dibujando un círculo de plantas tumbadas. Aplastaba el cereal con los pies, apoyándolos en un tablón que sujetaba con las manos, gracias a sendas cuerdas. Los dibujos de ahora son bastante más complicados, pero la técnica es la misma.

Bromistas impenitentes

Los dos vecinos de Southampton se lo pasaron en grande durante tres lustros. Diseñaban figuras cada vez más llamativas no sólo para superarse en su arte, sino también para entusiasmar o crear dolores de cabeza a los cereálogos, una peculiar tribu que recorría la campiña a la caza de dibujos. Bower llegó a acompañar a los expertos en sus visitas a los pictogramas y tomar nota de sus teorías para hacerlas realidad o ponerlas en entredicho. Así, cuando un cereálogo achacaba que las plantas aparecieran tumbadas siempre en un mismo sentido a la acción de tornados o vórtices de plasma, la pareja creaba una figura con el cereal aplastado en sentido contrario o con círculos satélites.

Dentro de la comunidad cerealógica destacaron pronto tres personajes por su capacidad de rentabilizar el fenómeno: los ingenieros Colin Andrews y Pat Delgado, y el meteorólogo Terence Meaden. Las continuas bromas de Bower y Chorley les volvieron locos. Al final, en septiembre de 1991, todo se fue abajo. Unos periodistas del diario Today enseñaron a Delgado una figura y éste se deshizo en elogios. “¡Es fantástico!”, dijo, antes de añadir que no podía ser obra humana. Cuando los reporteros le presentaron a los dos artistas, dos sesentones, la tierra se abrió bajo los pies del cereálogo. “La gran broma ha terminado. Dos espabilados nos han engañado”, concluyó. Pero la broma no había hecho nada más que comenzar.

Bower y Chorley se habían dado cuenta años antes de que había otros artistas del cereal. We are not alone (No estamos solos), escribieron en letras de doce metros en un sembrado en 1986, en reconocimiento a sus colegas. A partir de ese momento, firmaron sus trabajos con dos des mayúsculas. “Incluso eso se atribuyó a un misterioso propósito extraterrestre”, recuerda el fallecido astrofísico Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios (1996). Fueron los herederos intelectuales de los artistas de Southampton los que revitalizaron el fenómeno con increíbles dibujos, como el de un gris -un alienígena típico de Expediente X– con un disco que apareció el pasado 15 de agosto en Hampshire. Para los cereálogos, el disco contiene un mensaje de otro mundo.

“Lo que me fascina son los mitos y el folclore que han surgido alrededor de los círculos”, afirma John Lundberg, quien no se considera un bromista, sino un artista. Los sucesores de Bower y Chorley utilizan ordenadores para sus diseños, pero los trasladan al campo con los mismos útiles que sus maestros: cinta de agrimensor, tablones, cuerdas, brújulas, linternas… En el verano de 2002, siguiendo la estela de Señales, la última película de M. Night Shyamalan, miles de turistas invadieron los campos de Wiltshire y Hampshire para admirar sus obras de arte. El taquillazo de Hollywood llenó los bolsillos de los agricultores -cobran por entrar a sus propiedades-, las agencias de viajes y los cereálogos que tan mal lo pasaron hace diez años. El negocio de los círculos volvió a ser redondo.


Un arte y un negocio típicamente británicos

Son tan ingleses como los estrafalarios sombreros de Isabel II y el té de las cinco. De hecho, nacieron en una noche de verano de 1975 ó 1976 después de que cayeran varias pintas en un pub, el Percy Hobbs de Winchester. Doug Bower y Dave Chorley paseaban por un camino hablando de ovnis cuando el primero, que había vivido en Australia, recordó que en 1966 se había atribuido un círculo de hierba aplastada descubierto cerca de Queensland al aterrizaje de un platillo volante. “¿Qué crees que ocurriría si hiciéramos un círculo por aquí?”, preguntó a su compañero señalando un trigal. Así comenzó todo.

Al principio, la pareja empleó para aplastar el cereal la barra metálica con la que Bower atrancaba la puerta trasera de su tienda de marcos. Con el tiempo, se fabricaron las herramientas que aún siguen utilizando los hacedores de círculos del siglo XXI. Y tuvieron que dar explicaciones a Ilene, la esposa de Bower. En 1984, la mujer se encaró a su marido. Creía que tenía una aventura. Sólo así podían explicarse sus repetidas salidas nocturnas. El hombre le dijo a qué dedicaba las escapadas, pero ella no le creyó hasta que acompañó a él y a su cómplice en una de sus expediciones.

Los autores, perplejos

Bower y Chorley nunca pudieron imaginar que los cereálogos iban a detectar en sus obras y en las de otros colegas rastros de radiactividad o alteraciones en la composición química de las plantas. Jim Schnabel, ex artista del cereal y periodista, recuerda en su libro Round in circles (1993) cómo los expertos convertían “mágicamente” sus errores en “logros que ningún ser humano podía duplicar”. Por obra y gracia del misteriólogo de turno, un pictograma hecho con unas pintas de más acababa siendo radiactivo, rememora Schnabel. Mike J., otro ex fabricante de figuras, descubrió en 1991 que una formación que había creado un año antes “había sido fotografiada, investigada, sondeada por zahoríes, analizada y reproducida en libros y camisetas”. Era auténtica y fue “imposible” para él convencer a los cereálogos de lo contrario.

Publicado originalmente en el diario El Correo.