Un feriante en la corte de Lucy

“Quisiera señalar que ninguno de los involucrados en las investigaciones sobre el Sasquatch ha creído nunca que ese muñeco fuera un Bigfoot”, escribió Jon Beckjord en The Skeptical Inquirer en 1982. Cazador de monstruos, Beckjord no sólo cree que el Sasquatch -una de las denominaciones del Bigfoot o Pies Grandes- habita los bosques norteamericanos, sino que también está convencido de que esa supuesta criatura tiene poderes paranormales. Sin embargo, hasta para él es demasiado tragarse el cuento del Hombre de Hielo de Minnesota, una atracción que recorrió Estados Unidos de feria en feria en los años 60 del siglo pasado y que consistía en un bloque de hielo en cuyo interior había un presunto hombre-mono. La criatura llamó inmediatamente la atención de los criptozoólogos -buscadores de monstruos- Bernard Heuvelmans e Ivan T. Sanderson, quienes tras verla concluyeron que se trataba de un homínido desconocido. La historia empezó a derrumbarse cuando la Institución Smithsoniana manifestó su interés en examinar el cuerpo de lo que Heuvelmans y Sanderson identificaban como un neandertal que había sobrevivido hasta el siglo XX. Entonces, Frank Hansen, el feriante, dijo que había devuelto la pieza a su propietario, un millonario, y que lo que exponía en esos momentos era una réplica. Nunca más se supo del monstruo original y, al final, los criptozoólogos tuvieron que dar marcha atrás en sus afirmaciones cuando salió a la luz que el feriante había encargado la fabricación de un figura de látex a una compañía de efectos especiales de Hollywood. Más claro, agua. Ahora, el engaño de Hansen ha resucitado de la mano de Bruno Cardeñosa en un libro, El código secreto (Grijalbo, 2001), en el que el Hombre de Hielo de Minesota es sólo una de las muchas atracciones fraudulentas, reinventadas o tergiversadas que presenta el autor.

El código secreto es una antología del disparate cuya llegada a las librerías españolas demuestra que ha fallado el mínimo control de calidad al que habría de someterse todo original en una editorial seria. Los despropósitos y falsedades se suceden línea a línea, desde la primera hasta la última página. La mentira aflora ya en la solapa: “Bruno Cardeñosa colabora en diversas revistas de divulgación científica”, dice. Lo cierto es que la carrera periodística del autor -conocido, ante todo, por su actividad como ufólogo- se ha desarrollado exclusivamente en publicaciones, como Más Allá de la Ciencia y la desaparecida Karma.7, que mantienen que es posible adivinar el futuro, comunicarse con los muertos y entrar en contacto con extraterrestres. En esa misma línea, El código secreto -subtitulado Los misterios de la evolución humana– es un libro contra la ciencia y los científicos, escrito, además, desde presupuestos antievolucionistas. Porque resulta evidente que, a la hora de redactarlo, Cardeñosa ha bebido hasta saciarse de uno de los principales adalides del creacionismo hinduista, Michael A. Cremo, coautor, junto a Richard L. Thompson, de Forbidden archeology: the hidden history of human race, publicado en 1993 por la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna.

Las similitudes entre ambas obras son tan descaradas que cabe considerar a El código secreto un remake de Forbidden archeology, una versión española en la que el autor ha incluido, como mucho, un puñado de ideas propias. Cremo y Thompson defienden en su libro que los humanos anatómicamente modernos han existido desde hace cientos de millones de años, que los arqueólogos y paleoantropólogos ocultan e ignoran las pruebas que apuntan en esa dirección, y que el Yeti, el Bigfoot y otros monstruos similares son homínidos de otras especies que han sobrevivido hasta la actualidad en zonas aisladas del planeta. En apoyo de sus dos primeras afirmaciones, recurren a supuestas evidencias fósiles y tecnológicas; para respaldar la tercera, a los testimonios y las pretendidas pruebas recopiladas por los cazadores de seres de leyenda. El libro de Cardeñosa, una peligrosa mezcla de pseudociencia y ciencia mal digerida, sigue el mismo esquema y llega a idénticas conclusiones que el de Cremo y Thompson. Lo único a favor del autor español es que no ha tenido la osadía de enviar un ejemplar a Richard Leakey, como hicieron sus colegas estadounidenses. Así que no tendrá que enfrentarse a críticas como la de Leakey, a quien bastó echar un vistazo al libro para concluir que Forbidden archeology es “una completa tontería y no merece ser tomado en serio por nadie si no es un tonto. Tristemente, hay algunos [tontos], pero eso es parte de la selección [natural] y no hay nada que se pueda hacer al respecto”.

Cuando la realidad resulta incómoda

El juicio del célebre miembro de la saga de los Leakey va como anillo al dedo a El código secreto, una obra alumbrada desde la más profunda ignorancia y con la única intención de sacar tajada, a cualquier precio, de la curiosidad del público por nuestros orígenes. Todo vale para Bruno Cardeñosa a la hora de traficar con misterios inventados y abrirse un hueco en el mercado editorial. Así, en el caso del Hombre de Hielo de Minnesota, oculta a los lectores que en su tiempo se desenmascaró el fraude y habla del hombre-mono congelado como de una prueba de que la “ciencia ortodoxa, que impone su verdad desde los púlpitos, ha ocultado, y sigue haciéndolo, sospechas, hallazgos y pruebas suficientes como para volver a escribir algunos de los episodios más trascendentes de nuestra historia como seres vivos” (p. 13). En aras de la transparencia que predica, Cardeñosa -quien se define como alguien que lleva “más de una década” enfrentándose “a realidades que los científicos prefieren soslayar” (p.16)- cuenta la primera parte de la historia de Hansen y su criatura, pero se olvida del desenlace. “No es cuestión de que la realidad estropee un buen titular”, dice la máxima del periodismo sensacionalista. Esta sentencia se hace libro en El código secreto. Porque el del Hombre de Hielo de Minnesota no es un caso aislado de falsificación de los hechos por parte del autor, sino la punta del iceberg, la primera de una larga lista de verdades a medias con las que intenta llevar a su huerto al lector, engañándole.

No es el objetivo de estas líneas -requeriría de mucho más espacio y tiempo- analizar una a una las presuntas pruebas presentadas por Cardeñosa para apoyar sus disparatadas tesis. Pero sí me voy a detener en dos ejemplos reveladores: las huellas del lecho del río Paluxy y las piedras de Ica. Para el autor, se trata de evidencias que demuestran que el hombre convivió con los dinosaurios. Nada más y nada menos.

El lecho del río Paluxy, en Glen Rose (Texas, EE UU), es punto de referencia obligado cuando se habla de una Humanidad como la plasmada en Los Picapiedra. Allí, indica Cardeñosa, hay huellas de dinosaurios junto a otras de seres humanas que habrían vivido en la época de los largartos terribles. Sin embargo, no es eso lo que sostiene Glen Kuban, un paleontólogo aficionado que demostró en 1989 que algunos de los pies del río Paluxy son en realidad parte de las huellas plantares de dinosaurios. “Algunas pretendidas huellas humanas de Glen Rose -explicaba en la obra colectiva Dinosaur tracks and traces– no se distinguen de huellas metatarsales de dinosaurios, cuyas impresiones digitales han desaparecido rellenadas por el barro, a causa de la erosión o debido a otros factores. Otras depresiones alargadas de Glen Rose incluyen figuras producto de la erosión y posibles marcas de colas, algunas de las cuales también han sido confundidas con huellas humanas”. Los trabajos de Kuban, mediante el análisis cromático y de texturas de las improntas, han demostrado sobre el terreno que las huellas pretendidamente humanas pertenecen en realidad a dinosaurios. Sin embargo, en El código secreto, se desestima esta explicación con el peregrino argumento de que no se ha “encontrado jamás una huella no humana similar” (p. 103) -¿acaso no pueden ser las primeras?- y recurriendo a otros expertos -entre ellos, el “antropólogo Carl Baugh” (p.103)- para quienes los rastros son humanos y datan de hace 140 millones de años. Baugh ni es antropólogo ni tiene ningún título superior, por mucho que Cardeñosa le atribuya falsas credenciales; es reverendo y, como su admirado Michael A. Cremo, un furibundo creacionista cuyas afirmaciones ponen en duda sus propios correligionarios. Una vez más, el fabricante de misterios español opta por la explicación extraordinaria frente a la demostrada por la ciencia, oculta información clave al público y toma partido descaradamente por los antievolucionistas.

Algo parecido ocurre con las piedras de Ica (Perú), grabadas con escenas de caza de dinosaurios, complejas operaciones quirúrgicas y viajes aéreos a bordo de aves antediluvianas. El grupo de defensores de estas piezas, cuyo propietario es el médico limeño Javier Cabrera, se reduce a un puñado de fabricantes de paradojas -como acertadamente los denominaba el fallecido Carl Sagan– liderado por Juan José Benítez, quien exprimió este filón lítico en su libro Existió otra humanidad (1975). A pesar de las confesiones de los campesinos, que han reconocido que realizan los grabados para vender las piedras al crédulo de Cabrera, y de que numerosos análisis han demostrado que las incisiones son recientes y se han utilizado lijas, sierras y ácidos, Cardeñosa rebusca entre los estudios para encontrar un par -uno ambiguo y otro escasamente fiable- de los que colgar su tesis: “Que los grabados se efectuaron en la misma era geológica en la que se formaron las piedras. Es decir, en la era de los dinosaurios” (p. 98). La navaja de Occam vuelve a funcionar al revés; curiosa forma de proceder en un autocalificado divulgador científico.

Los burdos ejemplos de Paluxy e Ica están acompañados de otros muchos, pobremente descritos, de descubrimientos paleontológicos y tecnológicos que desafiarían, según el autor, nuestra concepción actual de la evolución humana: huesos de Homo sapiens en estratos de hace 280 millones de años -el hombre habría surgido en el camino evolutivo antes que los mamíferos, pero eso no parece turbar al autor-, huellas de zapatos de hace 500 millones de años, clavos de hace 360 millones de años, herramientas de piedra de hace 5 millones de años en Portugal… Muchos son hallazgos del siglo XIX o principios el XX que, como las malas películas, no han superado el paso del tiempo. Cardeñosa, obviamente, sólo cuenta en estos casos una parte de la historia o, cuando presenta las dos, tergiversa la explicación convencional para engordar el misterio. En general, hace lo mismo que sus maestros Cremo y Thompson, quienes ignoran que tan importante o más que una pieza concreta es localizarla debidamente en su contexto y que el valor histórico de los materiales recuperados en una excavación reside en que se extraigan de forma sistemática, en que luego se pueda reconstruir el yacimiento en el laboratorio.

Por si eso fuera poco, vuelve a ocultar al lector en numerosas ocasiones que se ha demostrado hace tiempo que esos hallazgos que, en su opinión, no encajan en el escenario abocetado por los especialistas o bien no se encontraron donde se dijo en un principio o bien no corresponden a lo que se pretende. Es decir, Cardeñosa lleva a la práctica lo mismo que achaca a los científicos cuando afirma que “la historia de la evolución humana se ha borrado de acuerdo con el guión preestablecido. Si algo no encaja, se menosprecia. O se encaja a la fuerza, a riesgo de faltar a la verdad y a la razón empírica” (p. 162). Como sentencia el dicho castellano, “cree el ladrón que todos son de su condición”. Pero todo vale a la hora de trasladar la propia falta de rigor a otros, incluido culpar de la situación a esas imaginarias conspiraciones tan del gusto de los charlatanes pseudocientíficos: “Las pruebas de tan arriesgadas afirmaciones [se refiere a la existencia de Homo sapiens hace decenas de millones de años] están en esos archivos secretos que la ciencia y los científicos parecen empeñados en mantener lejos del alcance del gran público, por la sencilla razón de que no se ajustan a los patrones establecidos” (p. 147).

Todo el genoma en un cromosoma

El código secreto es un libro que ataca a la ciencia, pero que, al mismo tiempo, se sirve de ella para intentar disfrazar su mensaje hostil de inocente y bienintencionada heterodoxia. Cardeñosa mezcla indiscriminadamente información científica -muchas veces, erróneamente interpretada- con otra procedente de fuentes pseudocientíficas. A ojos del lector, coloca a la misma altura la posibilidad de que el hombre conviviera con los dinosaurios que los hallazgos de Olduvai, a Lucy que al Yeti. Otorga, a charlatanes como Erich von Däniken, Peter Kolosimo, Jacques Bergier y Zecharia Sitchin, la misma o más credibilidad que a científicos como Glen Kuban, Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell. Todos ellos, sin distinción, son investigadores. Así, abundan ejemplos de travestismo intelectual como el del ufólogo frances Aimé Michel, reconvertido en el mucho más digno de crédito “antropólogo galo Aimé Michel”, y hasta el más delirante charlatán ibérico se transmuta en investigador. A la hora de elaborar el libro, Cardeñosa ha seguido esa misma línea y se ha nutrido, a partes iguales, de literatura pseudocientífica y de auténtica divulgación. De los 67 libros que cita y recomienda en la bibliografía, más de una treintena corresponde a ufólogos y a quienes propugnan que la Tierra fue visitada en el pasado por extraterrestres que enseñaron a nuestros torpes ancestros a hacer maravillas: títulos como Astronaves en la Prehistoria, de Kolosimo, y Los extraterrestres en la historia, de Bergier, se recomiendan junto a El origen de las especies, de Charles Darwin, y La especie elegida, de Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez. Y, en lo que se refiere a las revistas, equipara, por ejemplo, las demenciales Año Cero y Enigmas con Nature, Science e Investigación y Ciencia. Es una manera como otra cualquiera de sembrar la confusión, de minar la capacidad crítica del lector poco informado, que, desorientado, concederá el mismo crédito a todas las fuentes y autores citados. Un juego sucio que no sólo practica, sino del que también se beneficia personalmente el propio Cardeñosa.

El autor se presenta reiteradamente como divulgador o periodista científico porque es indudable que, de un tiempo a esta parte, esa denominación da una especie de pátina de credibilidad. Es posible que engañe a los más incautos; pero a nadie medianamente informado, porque, sin entrar en profundidades, su ignorancia es manifiesta respecto a la evolución, a la paleoantropología, a la arqueología, y a la ciencia y a la cultura en general. Concede la misma relevancia a pruebas consistentes que a otras que no lo son, prefiere siempre las explicaciones extraordinarias a las ordinarias, pero pone la guinda a su incompetencia cuando incurre en muestras evidentes de analfabetismo científico. Algunas tan brutales que cualquiera que siga la actualidad a la través de la Prensa es capaz de detectarlas. También sin ánimo de ser exhaustivos, veamos un par de ejemplos.

Cardeñosa dedica parte de su obra a describir los conocimientos actuales sobre la evolución humana -lo que sabe la que él denomina ciencia oficial– y, evidentemente, incluye información sobre los descubrimientos realizados en los últimos años en los yacimientos de Atapuerca. Lo primero que demuestra es una clara hostilidad hacia el trabajo de Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell, los codirectores de las excavaciones burgalesas, de quienes dice que “su ansia de inmortalidad científica les ha llevado a vender más titulares que verdades” (p. 280). “Atapuerca es, sobre todo, espectáculo”, mantiene, y añade que “los habitantes del pasado de Atapuerca son un monumento nacional intocable, pero repleto de claroscuros. Tiene sus luces, y muchas. Pero Atapuerca es, a mi entender, sinónimo de misterio y también de polémica. Atapuerca está oscurecida por largas sombras y pronunciadas sospechas. Hoy por hoy, el hombre de Atapuerca, llamado científicamente Homo antecessor, no es el primer europeo. Tampoco el primer español. Y, ni mucho menos, el eslabón perdido” (p. 163).

Eludamos la referencia al eslabón perdido que el autor se saca de la manga y concedamos que los vestigios de homínidos de hace 1,8 millones de años hallados en Dmanisi (Georgia) se encuentran geográficamente en Europa, ¿cuál es el primer homínido conocido que habitó la Península? Cardeñosa afirma que el denominado hombre de Orce. Y, para respaldar su aseveración, no duda en volver a falsear la realidad. “Hay algo que, según todos lo investigadores, no admite discusión: el hombre de Orce fue Homo” (p. 63), dice en apoyo a un fósil que, sin embargo, rechaza la mayoría de los especialistas. Porque el autor de El código secreto vuelve aquí a mentir: Josep Gibert se ha quedado prácticamente solo en la defensa de la humanidad de los restos de Orce, lo que no significa que los yacimientos de la vega granadina no vayan a deparar en los próximos años sorpresas deseadas por todos los paleoantropólogos españoles. Si Cardeñosa hubiera hablado alguna vez con Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell -cosa que no ha hecho-, les habría oído decir repetidamente que la carrera por el más antiguo de es estúpida y anticientífica, que esa imagen que él presenta de la investigación paleoantropológica como una competición en la que los protagonistas poco menos que se apuñalan por defender sus fósiles y someten la evidencia al orgullo no tiene nada que ver con la realidad. Reducir Atapuerca al primer europeo es un despropósito: estamos hablando de unos yacimientos que resumen el último millón de años de historia humana en Europa, en los que se ha encontrado una nueva especie, con una riqueza de fósiles humanos inigualable, con abundancia de restos de cultura material, etcétera. Pero, aún siendo una muestra de frivolidad supina, no es esto lo más grave. Se puede entender que, en su ánimo de reescribir la historia a su gusto, Cardeñosa tergiverse una vez más la realidad. Lo difícilmente comprensible es que alguien que firma una obra sobre la evolución humana se haga un lío de proporciones mayúsculas con lo hallado en Atapuerca, un lío que, en esta ocasión, no creo malintencionado, sino simplemente consecuencia de la ignorancia.

Como casi todo el mundo sabe, hay dos zonas particularmente famosas en las excavaciones de Atapuerca: la Sima de los Huesos y la Gran Dolina. La primera es una cavidad situada al fondo de una caída vertical de trece metros en las profundidades de Cueva Mayor. La segunda es una cueva que se excava al aire libre porque salió a la luz cuando se abrió la Trinchera del Ferrocarril a finales del siglo XIX. En la Sima de los Huesos, se han encontrado restos de una treintena de Homo heidelbergensis, que datan de hace 300.000 años y cuya disposición lleva a sospechar a Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell que nos encontramos ante el primer enterramiento conocido. En aquella época, la sima estaba conectada con el exterior por una boca después cegada, y los investigadores creen que por allí tiraban los Homo heidelbergensis a los cadáveres para que quedaran depositados al fondo de la cavidad. Los restos de la Gran Dolina son muy diferentes y mucho más antiguos. Datan de hace unos 800.000 años y corresponden a individuos de Homo antecessor que, a partir de las huellas de descarnación que presentan los huesos, fueron víctimas de un banquete caníbal. De un fenómeno cultural que, en opinión de Arsuaga, no era habitual. Pues bien, este simple puzzle es de imposible comprensión para Cardeñosa, que, gracias a la publicación de su libro, transmitirá su ignorancia a los lectores que se acerquen por primera vez a los hallazgos de Atapuerca.

El autor de El código secreto dice que “aquellos supuestos antecesores no vivían en el interior de la Gran Dolina, sino que fueron arrojados, es de suponer que ya sin vida, por otros homínidos de la época. En realidad, la cueva vendría a ser el primer cementerio del que tendríamos constancia” (p. 175). Los adjetivos sobran ante esta muestra de ignorancia. Cardeñosa confunde la Sima de los Huesos con la Gran Dolina, y Homo antecessor con Homo heidelbergensis, juntando de un plumazo medio millón de años de historia y mezclando episodios que no tienen que ver entre sí. Por ello, provoca la risa que alguien capaz de plasmar con tanta desvergüenza su ignorancia para que quede memoria histórica de ella en forma de libro -la existente en forma de artículos y programas de radio es apabullante- afirme que “todos podemos” elaborar nuestros propios árboles genealógicos sobre el origen del hombre, “no olvidemos la figura del más conocido experto del mundo, Richard Leakey, que decididó abandonar la universidad para investigar” (p. 44). Una desfachatez que se entiende mejor cuando Cardeñosa tampoco duda en adentrarse como elefante en cacharrería en el campo de la genética y nos descubre que “cada cromosoma [humano] puede tener más de 30.000 genes” (p. 202). ¡Impresionante! El número de nuestros genes oscila entre 30.000 y 40.000, según las estimaciones de los especialistas, frente a los alrededor de 100.000 que se creía hace unos años. Sin embargo, Cardeñosa habla de “más de 30.000 genes” en ¡cada cromosoma!, lo que -multiplicado por los veintitrés cromosomas- supondría que el genoma humano tendría unos 700.000 genes. Este error demuestra su categoría profesional y pone en su justo término la credibilidad que merece.

Una evolución teledirigida

Podría extenderme mucho más en esta crítica, pero voy, en este último tramo, a presentar en pocas pinceladas las disparatadas conclusiones del autor, deteniéndome, eso sí, en la idea que da origen al título. Cardeñosa se carga lo que sabemos de la evolución humana, basándose en pruebas que ningún científico considera como tales y apoyándose en material recopilado por antievolucionistas confesos como Michael A. Cremo y Richard L. Thompson. Así, concluye que ya había seres humanos en la época de los dinosaurios y que existieron Homo sapiens en Europa, África y América hace decenas de millones de años. Todas esas Humanidades, sin embargo, se extinguieron y nosotros somos los descendientes de otra que surgió hace unos 150.000, lo que dice la ciencia oficial. Mantiene Cardeñosa también que tenemos algo de neandertales, por mucho que hasta el momento lo que se ha demostrado es que no es así, y que de hecho homínidos que se creen extintos siguen habitando entre nosotros: neandertales serían los abominables hombres de Rusia y Asia Central, pero también algunas poblaciones de Marruecos; Homo erectus serían “los hombres salvajes de algunas islas asiáticas”; Australopithecus, los monstruos humanoides africanos; y Gigantopithecus, el Yeti y otros. “En definitiva, los eslabones de la cadena humana permanecen aún vivos sobre la faz de la Tierra, esperando el momento en que la ciencia se ocupe de ellos” (p. 378), sentencia el autor.

Bruno Cardeñosa titula su libro El código secreto por la sencilla razón de que cree en una evolución teledirigida o, lo que es lo mismo, en una evolución que no es otra cosa que un creacionismo disfrazado. Para él, la vida no sólo llegó del espacio -abraza la tesis de la panespermia-, sino que además “los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución” y “aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens” (p. 397). Ésta es la conclusión de una obra que pretende ser “un libro de denuncia que quiere poner sobre la mesa cientos de pequeñas pruebas e indicios que deberían obligar a los científicos a reescribir la historia”, y que se desinfla como un globo en cuanto se leen las primeras líneas.

Bruno Cardeñosa [2001]: El código secreto. Los misterios de la evolución humana. Editorial Grijalbo (Col. “Huellas Perdidas”). Barcelona. 418 páginas.


Agradecimientos

A José María Bello por haberme guiado en algunos tramos oscuros, haber colaborado desinteresadamente en la búsqueda de información y haber aportado mejoras sustanciales al original. A Julio Arrieta, Pedro Luis Gómez Barrondo, Borja Marcos y Víctor R. Ruiz por haber leído el original con minuciosidad y haber detectado errores que, gracias a ellos, han sido subsanados. Cualquier error en este texto es responsabilidad exclusiva del autor.

Publicado originalmente en El Escéptico Digital.

Sci-Fi Channel y los platillos volantes, la conspiración como gancho publicitario

Sci-Fi Channel, el canal estadounidense de televisión de pago dedicado a la ciencia ficción, ha anunciado que demandará a la NASA, el Departamento de Defensa, la Armada y la Fuerza Aérea de Estados Unidos para que desclasifiquen información sobre observaciones de ovnis. Inmediatamente, agencias de noticias como Reuters y Efe han entrado al trapo y han dado una envidiable y gratuita cobertura publicitaria a la historia. Hay que alabar la astucia de los directores del canal, gracias a la cual nos hemos enterado hasta en España -donde no se ve- de que mañana se estrena en EE UU un documental sobre un misterioso incidente ufológico que -¡oh, casualidad!- está en el origen de la futura actuación ante los tribunales.

El suceso ocurrió el 9 de diciembre de 1965 cuando pasó sobre Kecksburg, Pensilvania, una bola de fuego que se estrelló en un bosque. Al estilo de Expediente X, helicópteros y vehículos terrestres militares tomaron la zona y se llegó a imponer en Kecksburg la ley marcial. Desde entonces, muchos han atribuido el incidente a la caída del Cosmos 96, una sonda soviética con Venus como destino, y la posterior recuperación de sus restos por parte de EE UU. Cuarenta años después, sin embargo, Sci-Fi Channel -que lo mismo emite una serie como Babylon 5 que documentales sobre misterios sin resolver– se ha aliado con la Coalición para la Libertad de la Información, una organización de ufólogos obsesionados con el secreto ovni, para denunciar a diversos organismos gubernamentales estadounidenses. El paso lo han dado tras haber ignorado la NASA un ultimátum que le mandaron por carta en el que piden que abra sus archivos, porque no se creen la versión oficial de los hechos. Según ésta, la bola de fuego habría sido el Cosmos 96, algo que para algunos ufólogos no cuadra porque los restos de la nave no pudieron acabar en Pensilvania a la hora en que se vio el ovni, ya que fuentes oficiales han asegurado que la sonda se estrelló en Canadá trece horas antes de la visión de Kecksburg. Entonces, ¿en qué consistió este otro Roswell?

James E. Oberg ha indicado, en el blog de Alan Boyle, periodista de la MSNBC, que, a pesar del desfase geográfico y temporal, pudo tratarse del Cosmos 96. En plena guerra fría, la operación montada por EE UU para hacerse con los restos de la nave enemiga habría incluido la falsificación del horario y la trayectoria de la reentrada para que no se relacionase el depliegue militar con el ingenio soviético y evitar así un incidente diplomático, según Oberg. También pudo tratarse de un meteorito a cuya búsqueda salieron los soldados al tomarlo el Pentágono por la Cosmos 96. Lo cierto es que no hay prueba alguna de que se tratara de algo de otro mundo y, sí en cambio, sospechas fundadas de que fue un ingenio humano o un fenómeno natural. Por de pronto, Sci-Fi Channel estrenará mañana el documental The new Roswell: Kecksburg exposed y lo lógico es pensar que estamos ante una maniobra publicitaria como la de hace un año.

El canal de pago estrenó el 22 de noviembre de 2002 un documental sobre una excavación arqueológica en el sitio en el que presuntamente se habría estrellado el famoso ovni de Roswell en el verano de 1947. El director de las excavaciones, Bill Doleman, de la Universidad de Nuevo México, había anunciado antes el hallazgo de “algo” que le había “sorprendido”. La emisión The Roswell crash: startling new evidence pasó, al final, sin pena ni gloria, pero es que tampoco Sci-Fi Channel perseguía otra cosa que no fuera publicidad gratuita. El documental era el cebo para atraer telespectadores hacia Taken, el serial sobre varias generaciones de secuestrados por extraterrestres producido por Steven Spielberg cuyos derechos para España ha adquirido Tele 5. Una órbita solar después, todo parece indicar que estamos ante una repetición de la jugada y que, gracias a la ingenuidad de muchos, Sci-Fi Channel se ha ahorrado un dinero a la hora de promocionar su último producto, el documental sobre el caso de Kecksburg.

Los hombres-peces de Sirio viajan en carros de supermercado interestelares

Hombres-peces del sistema estelar de Sirio llegaron a la Tierra hace unos mil años, entraron en contacto con el pueblo dogon en lo que hoy es Mali y prometieron regresar. Es el último descubrimiento de Juan José Benítez, quien recrea el desembarco alienígena en una escena de Planeta encantado, la serie que emite Televisión Española (TVE). El tercer episodio de esta superproducción, Los señores del agua, está dedicado al misterio de Sirio y llega a ser tedioso cuando, durante minutos y minutos, el periodista juega al documental etnográfico para que la historia de los dogones y la estrella Sirio B, invisible al ojo desnudo, no se agote en diez minutos.

La historia de Sirio, la estrella más brillante del cielo, sus dos invisibles compañeras y los dogon tiene más de medio siglo. Los primeros que la contaron fueron los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen. En 1950, publicaron en el Journal de la Société des Africanistes un artículo, titulado “Un sistema sudanés de Sirio”, en el que afirmaban que la cosmogonía de la tribu africana giraba en gran parte alrededor de Sirio –sigu tolo en la lengua dogon- y dos estrellas compañeras, según habían narrado varios ancianos a Griaule. Sirio B no pudo ser fotografiada hasta 1970 y Sirio C fue descubierta en 1995. Entonces, ¿cómo sabían los primitivos dogon de su existencia? Griaule y Dieterlen no hicieron en el artículo original mención alguna a lo extraordinario del conocimiento de los dogon, destaca el arqueólogo belga Filip Coppens en el artículo sobre el enigma de The encyclopedia of extraterresstrial encounters, una indispensable obra colectiva dirigida por Ronald D. Story. Fue Robert K.G. Temple, autor de El misterio de Sirio (1977), el primero que llamó la atención sobre el fantástico conocimiento de ese pueblo africano y lo atribuyó a visitantes extraterrestres, aunque ahora Benítez diga que él ya se dio cuenta de la trascendencia del trabajo de Griaule y Dieterlen en 1972, y quedó “desconcertado y fascinado”.

El intento de apropiación del descubrimiento del enigma es sólo el primero de los desmanes cometidos por el periodista en Los señores del agua. Benítez no cita en el documental a Temple en ningún momento y presenta una versión de los trabajos de Griaule y Dieterlen que poco tiene que ver con la realidad. Así, afirma que el primero “supo de la increíble cosmogonía dogon” en 1931 y destaca que, por aquel entonces, Sirio B no había sido fotografiado y era, por tanto, “imposible que la tribu estuviera al corriente del hallazgo”. La verdad es que Griaule recibió la primera noticia de las creencias siriacas de Ogotemmel, un viejo dogon ciego, en 1946 y, por otro lado, la existencia de Sirio B era conocida por la ciencia desde 1862 y varios observadores creyeron ver Sirio C entre 1920 y 1930.

Para quienes lo han estudiado con seriedad, la clave del misterio estriba en que no hay nada en la cosmogonía atribuida a los dogon que no supiera la ciencia en 1931, cuando Griaule empezó su investigación en Mali. Como indica Carl Sagan en El cerebro de Broca (1974), los conocimientos astronómicos de ese pueblo africano incluían, además, la existencia de los cuatro satélites interiores de Júpiter y de los anillos de Saturno, así como que la órbita de los planetas es elíptica. Todo ello se sabía ya en 1930. Sin embargo, los dogon no conocían los anillos de Urano, descubiertos en 1977, lo que, apunta Sagan, “propicia la tesis de que sus informadores no fueron extraterrestres, sino europeos”. Seguramente, se trató de un fenómeno de asimilación cultural, de transmisión de información por parte de un misionero o un explorador antes de la llegada de Griaule. “El pueblo dogon obsequió al visitante con su mitología sobre la estrella. Luego, con una sonrisa, llenos de expectación, tal vez preguntasen al visitante por su mito sobre Sirio, interesándose por la leyenda de un pueblo extranjero sobre tan importante estrella”, lucubraba el astrofísico a principios de los años 70, al tiempo que recordaba que “por entonces la oscura compañera de Sirio era una sensación astronómica de moda”.

Pudo ocurrir eso o que, como apunta Coppens, Marcel Griaule, quien era aficionado a la astronomía, fuera el origen de todo. Posteriormente, ningún otro antropólogo ha encontrado pruebas de ese conocimiento astronómico procedente de visitantes de Sirio. Walter van Beek, un antropólogo belga que pasó once años con los dogon, no halló rastro alguno de ese saber secreto que Griaule atribuía a un 15% de los indígenas. Además, hablando con los informadores originales del investigador francés, descubrió que discrepaban entre ellos sobre qué estrella era sigu tolo, la que Griaule había tomado por Sirio B. Para unos, se trataba de una estrella invisible; para otros, de Venus. “Todos coincidían, no obstante, en que lo que habían aprendido de la estrella se lo había enseñado Griaule”, afirma Van Beek. ¿Y qué dice Benítez?

El periodista navarro no cuenta nada de esto en el episodio de Planeta encantado dedicado al misterio de Sirio, del que pasa media hora de aburrida etnografía de enciclopedia antes de ver al primer anciano dogon sentado junto al escritor. Los viejos de la tribu le cuentan entonces a las primeras de cambio -¡a ver si aprenden los antropólogos!- la historia de los hombres-peces que llegaron a la Tierra en una nave espacial con forma de carro de supermercado interestelar, pero sin ruedas. Y el escritor concluye que el encuentro entre los dioses y los dogon tuvo lugar hace unos mil años y está en el origen de la cosmogonía siriaca de Griaule. Hay tres momentos en los que el ridículo llena la pantalla: cuando se recrea la llegada de los habitantes de Sirio a Mali; cuando Benítez saca de la cartera fotos de ovnis, se las enseña a los ancianos, y éstos le dicen que son como la nave de los dioses y que, si él tiene las imágenes, es porque es un hombre sabio; y cuando el periodista relaciona el símbolo que corona las máscaras rituales dogon con el de los ummitas, los extraterrestres inventados por José Luis Jordán Peña que algunos ufólogos creen que viven entre nosotros desde hace décadas. Por lo demás, para vender sus extraterrestres, Benítez oculta a los espectadores todas las investigaciones serias que se han hecho tras la de Griaule. A fin de cuentas, ése es el negocio en el que lleva metido más de tres décadas y por el que parece apostar una televisión pública a la que, como al autor navarro, da la impresión de que la verdad importa un bledo.

Las estatuas de la isla de Pascua se trasladaron hasta sus altares volando

El segundo episodio de Planeta encantado, la serie de Juan José Benítez que emite Televisión Española (TVE), incluye una de las escenas más ridículas vistas en un documental: los moais -así se llaman las estatuas de la isla de Pascua– levantan vuelo cual supermanes sin capa para colocarse en sus ahus, como se denominan los altares sobre los que reposan. Quien quiera disfrutar del momento tendrá que esperar hasta el final de La isla del fin del mundo, documental en el que nada tiene que ver el aburrido y mentiroso discurso de Benítez con lo que contó Thor Heyerdahl en Aku-Aku (1957), libro cuya excelente traducción fue obra del ufólogo Antonio Ribera y que tiene una preciosa descripción del lugar en su primera página: “La isla de Pascua es el sitio habitado más solitario del mundo. La tierra firme más próxima que pueden ver sus habitantes está en el firmamento y consiste en la Luna y los planetas”.

Benítez no va a la remota isla del Pacífico a la caza de vestigios de extraterrestres en la Antigüedad. “Los moais encierran aún algunos misterios, pero en mi opinión nada tienen que ver con seres extraterrestres”, sentencia en un arrebato de sensatez. Que nadie se asuste; es sólo un espejismo. El novelista es uno de esos expertos que rechazan un disparate para decir inmediatamente después otro más gordo, como el ufólogo sevillano Ignacio Darnaude Rojas-Marcos, quien no habla de los ovnis como simples naves extraterrestres, sino que mantiene que la mayoría surge “en nuestro provinciano entorno espacio-temporal desde intangibles niveles de vibración alternativos”. Vamos, que los marcianos verdes son nuestros vecinos de universos paralelos.

El gran problema -“el verdadero e irritable enigma” de Pascua, en opinión de Benítez- es cómo se transportaron los moais desde la cantera del volcán Rano Raraku hasta sus emplazamientos definitivos. Las “peregrinas soluciones” de Heyerdahl y otros no convencen al periodista, para quien la teoría del arrastre sobre troncos choca con dos grandes inconvenientes: la necesidad de “cientos o miles de hombres” y la inexistencia en la isla de madera idónea para llevar a cabo la tarea. Sin embargo, como recuerda el arqueólogo Kenneth L. Feder en su libro Fraudes, mitos y misterios (1990), cuando Heyerdahl se puso manos a la obra, “seis hombres sacaron de una cantera una estatua de cinco metros de largo en sólo cinco días. Un grupo conformado por varios isleños erigió un antiguo moai en un periodo muy corto, utilizando cuerdas y palancas. Las estatuas fueron movidas a lo largo de los viejos caminos utilizando trineos de madera y sogas”. Respecto al origen de la madera, se sabe que el toromiro era muy abundante en la isla en la época en la que se levantaron las estatuas, cuando en Pascua crecían también otras especies vegetales ahora inexistentes.

El novelista recurre a mentiras para vender su ficción: que los moais flotaron desde la cantera hasta los ahus gracias al maná, el poder sobrenatural del rey y los sacerdotes. Benítez afirma que ésa es la explicación que le han dado los ancianos pascuenses y se lamenta de que no cuente para los científicos. Lógico, no cuenta porque la ciencia tiene desde hace décadas una explicación que no precisa ni de poderes misteriosos ni de extraterrestres, ni de nada por el estilo. Es lo mismo que sucede cuando alguien sostiene que Dios creó el mundo en siete días, que modeló al hombre en barro y a la mujer a partir de una costilla de aquél, que hubo un Paraíso terrenal, que todos los seres vivos se salvaron de un Diluvio universal a bordo de un arca y otras historias que sólo se diferencian de la del maná de los reyes y sacerdotes pascuenses en que son nuestros mitos. Poner a los moais a volar sobre Pascua es tan ridículo como explicar el origen del hombre recurriendo a un anciano de barba blanca que trabaja la arcilla.

Una de las mejores fotos jamás tomadas de un meteoro corresponde a la estela de un avión

Meteorito supuestamente fotografiado en el sur de Gales por Jonathan Burnett. Foto: Jonathan Burnett.

Los expertos de la NASA dictaminaron que se trataba de una de las mejores fotos jamás tomadas de un meteorito y mereció la distinción de Fotografía Astronómica del Día, el 1 de octubre. Ahora resulta que no es así, que la imagen captada en el sur de Gales por Jonathan Burnett, de 15 años, con su cámara digital no corresponde a un pedrusco interplanetario “del tamaño de un sofá” en el momento de explotar en la atmósfera, sino a los gases de los motores de un avión que pasaba sobre su casa, según me ha informado el escéptico James E. Oberg. El diario sensacionalista británico The Sun indicaba ayer que Robin Scagell, de la Sociedad Británica para la Astronomía Popular, lo había sospechado desde el principio. ICWales, por su parte, recogía la opinión de Mike Stradling, un aficionado a la aeronáutica que mantiene que la aeronave que está en el origen de todo es el Concorde -“No tengo ninguna duda”-, que sobrevuela el sur de Gales en sus viajes trasatlánticos. La NASA, por de pronto, se ha vuelto atrás y presenta ya la fotografía, cuyo autor no ha tenido nada que ver con la confusión, como una rara imagen de la estela de un avión que refleja la luz del Sol poniente.