Cuando Rajoy y Zapatero son lo mismo

Algunos destacados políticos españoles son supersticiosos y ciertos periodistas, en vez de censurar esa actitud, la apoyan. Sucedió en 1997 cuando El País publicó un perfil de Joaquín Almunia, entonces secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), y ocurrió el sábado cuando Telecinco emitió en paralelo dos entrevistas de Olga Viza a Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero, los candidatos del Partido Popular (PP) y del PSOE, respectivamente, a la Presidencia del Gobierno en las elecciones de dentro de dos semanas. Hace siete años, en las páginas del diario del Grupo PRISA se daba la misma importancia a que Almunia fuera géminis que a su lugar de nacimiento y edad; el sábado, lo primero que preguntó la entrevistadora a los dos políticos enzarzados en la lucha por La Moncloa fue su signo del Zodíaco.

En 1997, Álex Grijelmo, responsable de la sección de El País en la que aparecía la historia, se justificaba diciendo que ése “es un dato cierto al que unos dan importancia y otros no”, y añadía que el texto era “un perfil biográfico, donde se anotan datos tan irrelevantes desde el punto de vista científico como la edad o el lugar del nacimiento”. Hablar de “irrelevantes desde el punto de vista científico” era una manera de escurrir el bulto. El lugar de nacimiento es tan importante que marca la vida de una persona y la edad revela la veteranía o la bisoñez y puede servir para explicar ciertas actitudes. El signo del Zodíaco, por el contrario, no condiciona nada. Ni para bien ni para mal. Almunia es -como Josu Jon Imaz, actual presidente del PNV- un crédulo de tomo y lomo. “Soy géminis y creo en el horóscopo”, decía en La Vanguardia en 1999. Al penúltimo secretario general del PSOE, le sirvió de poco su fe en las estrellas. No fue capaz de prever el batacazo que se iba a dar en las urnas en las elecciones generales de 2000.

Anteayer, Rajoy y Rodríguez Zapatero, en vez de responder a Olga Viza que la pregunta astrológica era una estupidez, dijeron su signo del Zodíaco. Como si tuviera importancia que el primero sea Aries y el segundo, Leo. Para mí, no; para Ernesto Ekaizer, adjunto a la dirección de El País, parece que sí. “La distancia percibida en ese enfrentamiento virtual entre ambos candidatos a La Moncloa es la que, mira por dónde, va desde Aries, signo del Zodíaco al que pertenece Mariano Rajoy, a Leo, al que pertenece José Luis Rodríguez Zapatero. Y esa distancia, si se evoca aquel decisivo debate entre Bush padre y Michael Dukakis, estuvo en una pregunta tan inofensiva como endiablada. “¿Qué haría usted si se encontrara en la calle con Mikel Antxa, el jefe de ETA?”, inquirió la periodista. Rodríguez Zapatero:”No le miraría la cara”. Rajoy: “Llamaría a la Policía para que le detengan”. La blanda respuesta, tan honesta como intelectual, de Rodríguez Zapatero, quedó en evidencia ante la decisión de Rajoy, muy de Aries y también muy propia del Partido Popular”, sentenciaba Ekaizer ayer en el diario madrileño. ¿Cuál es la distancia que va desde Aries a Leo?, ¿por qué la respuesta del candidato del PP es “muy de Aries”?, ¿tienen los aries inclinación a votar al PP?, ¿piensa en serio el comentarista político que existe diferencia entre un signo del Zodíaco y otro?

Si uno de los dos candidatos hubiera dejado claro que no cree en tonterías como el influjo de los astros, habría ganado puntos para llevarse mi voto. No es así. Y no me hablen del tercero en discordia, Gaspar Llamazares, el líder de Izquierda Unida (IU). Esta formación ha firmado un acuerdo con los socialistas por el que se comprometen, si llegan al poder, a cerrar todas las centrales nucleares en veinte años. La medida es popular y populista. Ya me dirán no sólo con qué piensan sustituir los progres la energía de origen nuclear, sino también a qué coste. ¿Qué van a proponer los líderes de la izquierda española a los países subdesarrollados para que alcancen nuestro nivel de bienestar, que quemen combustibles fósiles en vez de recurrir a la energía nuclear? ¿España va a emitir más gases de efecto invernadero a la atmósfera para tener contentos a los ecologistas de pacotilla? ¿Vamos a seguir comprando energía eléctrica de origen nuclear a Francia, en un alarde de cinismo político?

El candidato del PP promete, por su parte, que acabará con la telebasura -como si Operación Triunfo y Planeta encantado fueran herencia socialista- y, al mismo tiempo, Televisión Española (TVE) ficha al periodista Iker Jiménez para la venta de superstición y misterios prefabricados en las mañanas de viernes de La Primera. Coherencia, ante todo. Ahí está la de Juan Menor, director de TVE, que al comunicado sobre Planeta encantado de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico ha respondido con una carta en la que justifica lo injustificable. Dice, entre otras cosas, que en la televisión pública han reflexionado “sobre las características y contenidos” de la serie de Juan José Benítez y que, fruto de ello, ha sido “un cambio de orientación en nuestra programación, como habrán podido comprobar con la incorporación de la revista científica Atlantia, que dirige y conduce Manuel Toharia”. ¿También han sido fruto de ello la emisión de un programa especial desde Bélmez de la Moraleda, para mayor gloria de la charlatanería patria, y la inclusión de Jiménez entre los reporteros de TVE? ¿Dónde está el “cambio de orientación”?

La agencia Efe confunde astrología y astronomía

400 diarios y 100 revistas de España y América, todas las grandes cadenas de radio del mundo hispano, 86 canales de televisión americanos y todos los españoles, y más de 1.200 sitios de Internet se expusieron ayer involuntariamente al contagioso analfabetismo de la principal agencia de noticias en castellano. Si usted lee hoy en su periódico que unos astrólogos húngaros han descubierto un nuevo planeta más allá de donde nadie ha llegado jamás, agradézcaselo a Efe. “Informamos a los que informan”, dicen. Más bien, desinforman a los que informan. Sobre todo cuando hablan de ciencia.

El teletipo que llegó ayer a las redacciones de toda España y América estaba datado en Budapest, se titulaba “Astrólogos descubren un planeta a 650 años luz del Sistema Solar” y decía: “Un equipo de astrólogos húngaros ha descubierto un nuevo planeta a 650 años luz del sistema solar, en la constelación de Géminis, informó hoy el director del Instituto de Investigación de Astrología de la Academia Húngara de Ciencias, Lajos Balázs. El planeta descubierto gira alrededor de una estrella semejante al sol, realiza su recorrido en 1,56 días, y tiene una masa ocho veces más grande que la de Júpiter, según los primeros cálculos. Johanna Jurcsik, astróloga que encabezó al grupo de investigación, explicó que descubrieron el planeta por casualidad el pasado día 20. Balázs consideró que este hallazgo representa un “jalón importante en la investigación espacial”.

'Más Allá' informa del hallazgo del celacanto.Efe parece dispuesta a superarse. Hace dos años presentaba a bombo y platillo al celacanto como un animal que acababa de ser redescubierto, cuando en realidad lo fue en 1938. Ahora que Antena 3 va a encerrar a un grupo de freaks paranormales en un castillo para el típico programa al estilo de Gran hermano, la agencia de noticias española saca a los astrólogos del inframundo y les atribuye un hallazgo científico. Si no fueron capaces de ‘ver’ la influencia de Plutón en la personalidad de sus clientes antes de 1930 -año en el que Clyde Tombaugh descubrió el planeta-, ¿cómo van a haber detectado un mundo situado a 650 años luz? No lo han hecho, evidentemente. Los astrólogos del texto son en realidad astrónomos, disciplina a la que se dedica el organismo de la Academia Húngara de Ciencias al que pertenecen, y no a la astrología. ¡Hay que ser un analfabeto de tomo y lomo para confundir astronomía con astrología a estas alturas! ¿Quién dio el visto bueno a la emisión de ese despacho? ¿Es que nadie en la “primera agencia de noticias en español” revisa los originales antes de enviarlos a medio mundo?

Otro teletipo de Efe de los que confunden astrología con astronomía puso en su sitio hace dos años a los vendedores de misterios y en solfa el rigor de la agencia. Fechado el 19 de abril de 2002, decía, que “el coelacanth, un predador marino que se pensaba había desaparecido hace 70 millones de años, ha emergido “vivo y coleando” de aguas de la costa este de Sudáfrica, cuyo Gobierno ha lanzado una campaña para su conservación”, y añadía que “una colonia de la especie fue localizada a cien metros de profundidad en Sodwana Bay, al norte de Zululandia (una región de Sudáfrica)”. Esto último era la noticia. Cuando el despacho llegó a mis manos, no fui capaz de sospechar que pudiera llevar a confusión a nadie medianamente informado, y menos a quienes se pasan la vida hablando de la búsqueda de seres exóticos como el yeti y el bigfoot. Me confundí.

'Enigmas' informa del hallazgo del celacanto.Más Allá y Enigmas, las revistas dirigidas por Javier Sierra y Fernando Jiménez del Oso, presentaron en junio de 2002 una nueva especie marina que se creía extinguida desde hace decenas de millones de años. El bicho, explicaban, se llamaba coelacante (Más Allá, Nº 160) o coelacanth (Enigmas, Nº 79). Con tanto investigador de campo correteando por la península a la búsqueda de misterios sin resolver, nadie en las dos redacciones fue capaz de darse cuenta de que coelacanth -como decía el teletipo- es como se denomina en inglés al celacanto, el fósil viviente descubierto en las costas sudafricanas en 1938. Una muestra más del nivel del periodismo de investigación de que hacen gala los expertos en lo paranormal. La revista de Sierra iba más allá en la incompetencia que su rival. Separadas por noventa páginas, publicaba la noticia con foto de los coelacantes de Zululandia y un reportaje en el que los autores de un libro sobre criptozoología -la pseudociencia dedicada a la caza de monstruos- posaban ante un celacanto en el Museo de Ciencias Naturales de Tenerife. El animalito era idéntico al del notición. Es cuestión de tiempo que Jiménez del Oso, Sierra y sus muchachos hallen al cat, al dog, al horse, al mouse… Ahí fuera tienen un universo entero que redescubrir a sus lectores. Y, además, siempre les quedará Efe.

La ‘egorrevista’ de Juan Antonio Cebrián

Juan Antonio Cebrián, entre los hermanos Von Richthofen en la portada del primer número de 'LRV'.Hace un par de semanas que la conseguí y todavía me cuesta dar crédito a lo que veo en su portada. Me refiero a LRV, una nueva revista subtitulada Los 32 rumbos de la rosa de los vientos. La publicación ha nacido a mayor gloria de Juan Antonio Cebrián (Albacete, 1965), un periodista radiofónico que convirtió las noches de Onda Cero en una antología del disparate paranormal con su programa La rosa de los vientos. El ahora director de revista se presenta en su web como escritor. Cualquiera que haya leído alguno de sus Pasajes de la historia sabe, sin embargo, que la diferencia entre las palabras que junta Cebrián y la literatura es equiparable a la existente entre una película de Pajares y Esteso y el cine. Basta un ejemplo.

En la primera frase del artículo de portada de la nueva revista, el locutor dice: “Desde tiempos pretéritos el hombre soñó con volar en el intento de contemplar desde los cielos toda la creación terrena, es como si tuviera la máxima necesidad de elevarse huyendo de los anclajes que le sujetan a tierra firme”. El texto está dedicado a Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, y, aunque pésimamente redactado, no es lo más aberrante de una selección de originales en los que las comas tienen una sorprendente propensión a separar sujetos de verbos, a caer de cualquier manera entre las palabras. Pero eso no es nuevo en el periodismo paranormal español, como no lo es que el director de una revista ponga la cara en la portada. Fernando Jiménez del Oso lo ha hecho en Más Allá, Espacio y Tiempo, y Enigmas, además de en varias colecciones de libros.

Lo impactante de LRV es que su director protagoniza la portada del primer número disfrazado de soldado alemán, con sonrisa bobalicona y sentado entre Manfred von Richthofen y su hermano Lothar. El salto cualitativo hacia la egorrevista culmina en la sección editorial, donde no aparece otra foto del periodista, sino una de un bebé, su primogénito, junto al siguiente texto: “Aprovechamos la ocasión de nuestro nacimiento, para dar la bienvenida a otro recién llegado a quien deseamos ventura y felicidad en su vida: Alejandro Cebrián Casasola, el último guerrillero de La rosa de los vientos. Que la Fuerza y los Hados le acompañen”. Por si eso fuera poco, LRV es, sin duda, la más floja de la revistas esotéricas que pueden encontrarse en los quioscos.

Silencio encantado

Quienes tanto hablan de conspiraciones, de políticas de encubrimiento, de que los gobiernos ocultan información -cierto, pero no de la naturaleza que ellos afirman-, han vivido un complicado comienzo de año. Los profesionales de lo paranormal se han enfrentado en España a una de las más graves crisis de credibilidad que ha zarandeado al gremio en décadas. La ha provocado Juan José Benítez, a quien muchos de los más jóvenes veneran como el maestro, al presentar un montaje de estudio de animación como una filmación rodada en la Luna en 1969. Sucedió en el penúltimo episodio de Planeta encantado, titulado Mirlo rojo y dedicado, según Televisión Española (TVE), “a una historia no oficial, la que jamás fue contada”, de los viajes al satélite terrestre. El escándalo ha sido de los gordos; los silencios, reveladores.

El mutismo más comprensible ha sido el del autor de Caballo de Troya. Más de un mes después de la emisión de las falsas imágenes lunares, sigue sin decir ni pío. Ha hecho tímidas manifestaciones a través de intermediarios, como su hijo Iván Benítez, fotógrafo y miembro del equipo de Planeta encantado. El joven dirigió una carta al Diario de Noticias en la que esgrimía el éxito de audiencia del programa contra las críticas -“miles de millones de moscas no pueden estar equivocadas; coma mierda”, dice el saber popular- y acusaba a quienes hemos sacado a la luz los disparates propalados por su progenitor de no haber visto el programa y escribir de oídas. “Lo peor de todo es que juzgan Planeta encantado sin sentarse a verlo. Qué casualidad que todos estos individuos intentan intoxicar en forma de arrebato infantil lo que la audiencia ya ha premiado cada domingo. Desde aquí les invito a que se sienten algún domingo y reflexionen. De esta manera, Javier Armentia, Gómez y Toharia, entre otros, podrían sacar sus propias conclusiones, sin decir siempre lo mismo y encima de forma equivocada”. Iván Benítez no ha debido de leer ninguno de los textos publicados en Magonia horas después del estreno de cada capítulo de la serie.

“Si son tan escrupulosos con la verdad, ¿por qué intoxican diciendo que Planeta encantado ha sido financiado con el dinero público de Televisión Española? Hablan de que la serie ha costado 8 millones de euros y de que si Jesucristo consiguió sentarse en el Coliseo romano… Como decía antes, arrebatos infantiles que no se ajustan a la verdad. Les recomiendo que se vean el capítulo donde aseveran tales tonterías, quizá se den cuenta de que no hay que concentrarse mucho para entender el castellano. En primer lugar, el costo de Planeta encantado fue financiado por la editorial Planeta y no se superó los 500 millones de las antiguas pesetas”, escribe el joven en Diario de Noticias. Da la impresión de que quien no ha visto la serie ni lee la web de su padre es él. “Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio”, sentencia el director de la serie en el episodio titulado El mensaje enterrado. Quien quiera comprobar que la transcripción es literal, puede escuchar las palabras en boca del novelista:

Respecto al coste de Planeta encantado, Juan José Benítez deja claro en su web que ha contado “con un presupuesto superior a los ocho millones de dólares” y aquí siempre hemos dicho que es una serie producida por DeAPlaneta, compañía que vendió a TVE los derechos de la primera emisión por una cantidad que el ente público no ha querido desvelar.

Prietas las filas

Dar la callada por respuesta ha sido la opción de la mayoría de los colegas de Benítez cuando se les ha preguntado por el montaje lunar. Algunos han admitido estar consternados, pero han eludido la crítica de fondo a el maestro. Otros han reconocido que Benítez cometió un error, pero, en vez de pedir explicaciones a su colega, han preferido desviar la atención y atacar a los críticos. Sólo unos pocos -pueden contarse con los dedos de una mano y sobran- han tenido el coraje de agarrar el toro por los cuernos. Entre estos últimos, destacan Marisol Roldán y José Antonio Roldán, dos jóvenes reporteros del misterio a quienes no ha intimidado la larga sombra del ufólogo navarro. “Aún recuerdo, cuando no hace mucho Juan José Benítez decía que los peores y más peligrosos desinformadores estaban dentro de los propios investigadores, unos conscientes por conseguir fama y dinero, otros estúpidos sin saberlo, ingenuos y siendo utilizados… Me pregunto, después de ver este documento lunar, ¿en qué apartado se podría catalogar él mismo?”, decía uno de los hermanos Roldán en un artículo publicado pocos días después del escándalo. Compartí con ellos y con Sebastià D’Arbó una tertulia el 19 de enero en Radio Desvern, invitado por Ramón Álvarez. A pesar de nuestras profundas discrepancias a la hora de aproximarnos a lo paranormal, coincidíamos en líneas generales en que Benítez en que había puesto en solfa la credibilidad de todos los interesados en lo paranormal, incluidos los que actúan de buena fe y no persiguen ni fama ni dinero.

La valentía de los hermanos Roldán tuvo su contrapartida en la actitud de las tres principales revistas esotéricas, que en sus números de febrero echaron tierra sobre la historia de Mirlo rojo. Únicamente en Enigmas, la publicación dirigida por Fernando Jiménez del Oso, se hablaba de la emisión por parte de TVE de “un sorprendente vídeo que mostraba a los astronautas del Apollo 11 caminando junto a ruinas artificiales que habrían encontrado en su viaje a la Luna”. Se decía que las imágenes habían “desatado una ilimitada polémica”, pero nada más. Se ocultaba a los lectores que la polémica se centraba en la actitud de Benítez, no en la autenticidad de la cinta, descartada desde el primer momento. Los asiduos de Más Allá y Año Cero -revistas dirigidas por Javier Sierra y Enrique de Vicente, respectivamente- ni siquiera se enteraron de la existencia de la película de marras.

El escándalo de Mirlo rojo ha demostrado que los más interesados en ocultar la verdad son los responsables de las publicaciones esotéricas. La razón es evidente. Si uno de los maestros no duda en presentar como un documento auténtico una recreación informática, ¿qué no serán capaces de hacer sus colegas y discípulos? Ésa es la reflexión que, con su silencio, los profesionales del misterio han querido abortar entre los aficionados. Por eso, han cerrado filas en torno a Benítez.

Víctimas colaterales

James M. McPherson, profesor de la Universidad de Princeton y presidente de la Asociación Histórica Americana (AHA) durante 2003, ha dedicado su última columna en Perspectives, la revista de la AHA, a denunciar las tergiversaciones de la Historia. Centrado en el caso de Abraham Lincoln, de quien afirma que es el personaje al que se han atribuido más citas falsas, expone las mentiras que se han hecho pasar por verdades en varios libros -entre los que presta especial atención a Dark union: the secret web of profiteers, politicians, and booth conspirators that led to Lincoln’s death (2003)- y concluye: “¿Por qué los historiadores deben preocuparse por que este tipo de ficción pase por historia? Precisamente porque los autores y sus editores insisten repetidamente en que ésa es la verdadera historia del asesinato [de Lincoln] y miles de lectores seguirán creyéndolo si los historiadores ignoramos o despachamos con cuatro palabras un libro sin entrar en serio en sus afirmaciones extraordinarias. Tenemos una responsabilidad con los lectores de Historia más allá de nuestro gremio”.

Cuando leí “Fact or fiction?” -así se titula el artículo de McPherson-, lamenté que España siga siendo diferente. Lo hemos comprobado en los últimos meses con Planeta encantado. Nuestros expertos no se han molestado en salir de sus despachos, se han quedado en su torres de marfil, calentitos, mientras fuera Benítez atribuía a seres de Orión la edificación de las pirámides de Egipto, aseguraba que hay pruebas de la convivencia de seres humanos y dinosaurios, decía que un poder mágico facilitó el transporte de los moais de la isla de Pascua y presentaba el Arca de la Alianza como un arma de destrucción masiva. A esos disparates y otros han sido expuestos más de un millón de espectadores españoles, por término medio. No he leído, sin embargo, ningún artículo de opinión ni carta al director en la prensa de historiador alguno denunciando el engaño y que TVE se haya prestado a hacer de altavoz de los falsificadores del pasado.

Los historiadores no han sido los únicos cuya credibilidad ha quedado colateralmente tocada por las andanzas del ufólogo en la televisión pública. Planeta encantado ha confirmado la modorra en la que está sumido el movimiento escéptico español, que no ha aprovechado la mejor ocasión que va a tener en muchos años de hacerse notar. Oportunidades como ésta, en las que un traficante del misterios incurre en un error tras otro ante cientos de miles de personas, no se dan habitualmente y son la perfecta excusa para sembrar la duda necesaria en el público. A comienzos de diciembre, el abogado tinerfeño Luis Javier Capote Pérez, profesor de la Universidad de La Laguna, lanzó un manifiesto contra la emisión de la serie, que han firmado más de quinientas personas. Quienes pensábamos entonces que la reacción de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico -donde hay gente muy capacitada- no se haría esperar, nos equivocamos. Inexplicablemente, la organización escéptica tardó en pronunciarse sobre Planeta encantado más de tres meses. Lo hizo el 15 de enero, después de la emisión de Mirlo rojo, cuando faltaban sólo cuatro días para el final de la serie, cuando ya no servía para nada. ¿Por qué calló ARP durante tanto tiempo cuando las cosas estaban tan claras desde el principio?

Clones y fotocopias

Vivimos rodeados de clones. Yo tengo a dos entre mis amigos: se llaman Carlos y Pablo. Son gemelos genéticamente idénticos; es decir, clones naturales. En algún momento antes del decimoquinto día posterior a su concepción, el embrión que portaba en el útero su madre se dividió en dos grupos de células que, con el tiempo, derivaron en Carlos y Pablo. Como ellos, hay muchos caminando por las calles de todas las ciudades del mundo y no sé de nadie que cuestione que cada uno es una persona diferente. Sin embargo, desde que en 1996 nació la famosa oveja Dolly, la posibilidad de recurrir a la clonación humana es percibida por muchos como una monstruosidad. Y es que las imágenes de multitudes de hitleres brazo en alto, de bebés nacidos para serles extraídos los órganos con el objeto de trasplantarlos a los originales, de la clonación como una especie de resurrección sólo al alcance de los más ricos… resultan ciertamente inquietantes. Tanto como falsas.

Al igual que Carlos y Pablo, los clones artificiales, de existir, se parecerían entre sí físicamente; pero serían individuos diferentes. Ya fueran uno o cien. Pensar que un clon humano no es más que una especie de fotocopia del original es reducir la personalidad a los genes. Es afirmar que todo está escrito en ellos, que el ambiente no tiene nada que ver en nuestro desarrollo personal y que los hermanos gemelos son un único individuo. La genética condiciona en gran medida nuestro futuro biológico; pero no lo es todo. Craig Venter, director de Celera Genomics, reconoció, en la presentación pública del borrador de nuestro genoma el 12 de febrero de 2001, que “el entorno es tan importante como nuestro código genético” en la aparición de las enfermedades. Si hablamos de la personalidad, el tan se queda corto.

Hitler surgió donde surgió y en una época determinada. Como Einstein, al que también se suele citar como ejemplo de sujeto susceptible de clonación, aunque en sentido positivo. Para que de una célula clonada procedente de Einstein naciera otro Einstein, éste habría de tener idéntico desarrollo embrionario que el original -los gemelos poseen diferentes cableados neuronales, lo que ya es una dificultad insalvable- y vivir, después, todas y cada una de las experiencias del genio de Ulm, algo imposible simplemente porque estamos en el siglo XXI y el padre de la teoría de la relatividad nació en el XIX. Así pues, ahuyentemos de nuestras cabezas algunos fantasmas, y también ilusas esperanzas de vida eterna.

La clonación humana, temida por muchos, ha suscitado en algunos la pretensión de revivir a sus muertos. Así, un matrimonio estadounidense estaba hace un par de años dispuesto a pagar 200.000 dólares a una empresa radicada en Bahamas para que resucitase a su hijo, un bebé de diez meses fallecido durante una operación en principio sin importancia. Los desesperados padres, una pareja todavía en edad fértil, iban a gastarse en ese sueño imposible la indemnización que les otorgó la Justicia como víctimas de una negligencia médica. El dinero iba a acabar en las arcas de Clonaid, una compañía filial de la secta de los raëlianos, organización cuyo fundador dice estar en contacto con los extraterrestres.

Los raëlianos, que hace unos años intentaron sin éxito abrir una embajada alienígena en Israel -no les ayudó precisamente que su símbolo fuera entonces (a raíz de ese fracaso lo sometieron a un rediseño) muy parecido a la cruz gamada-, se embarcaron en febrero de 1997 en un proyecto de clonación humana cuyo momento cumbre se vivió el 26 de diciembre de 2002, cuando anunciaron el nacimiento de Eva en lo que el tiempo ha demostrado que no fue sino una operación publicitaria. La secta dispone del equipamiento adecuado, de científicos capacitados, de donantes de óvulos y de madres de alquiler dispuestas a llevar en su interior embriones ajenos. Con tal rampa de lanzamiento -los expertos no dudan de su capacidad para intentar clonar humanos-, han centrado su negocio en personas que han perdido a seres queridos, un auténtico filón en el que se aprovechan de esa idea tan popular como errónea de que la clonación reproductiva sería un medio para duplicar personas, cuando lo que se duplican en realidad son células a partir de las cuales se pueden desarrollar luego individuos.

“¿Quién, hoy en día, se escandalizaría por devolver a la vida a un bebé de diez meses que murió accidentalmente? La tecnología lo hace posible, los padres lo desean y no veo en ello ningún problema ético”, afirma Brigitte Boisselier, directora científica de Clonaid en la web de la compañía. A pocos escandalizaría devolver a la vida a personas, si se pudiera. Sin embargo, la publicidad de los raëlianos es falsa. La tecnología no puede resucitar a nadie. Ni por los 200.000 dólares que cobran los raëlianos por sus servicios, ni multiplicando esa cantidad hasta el infinito. No hay resurrección posible. La mente, la personalidad, reside en el cerebro y, cuando éste muere, aquélla deja de existir. Quienes, por ignorancia, paguen a estos sectarios por revivir a un familiar serán estafados económica y emocionalmente, y posiblemente causen indirectamente un gran daño al nuevo ser. Si nace sin ninguna de las malformaciones detectadas hasta ahora en los clones de animales de granja y domésticos, el daño que sufra no tendrá su origen en que sea o no clonado, sino en las expectativas puestas erróneamente en él por sus progenitores.

Por lo que se refiere al bebé antes citado, sería difícil que el nuevo niño defraudara las falsas expectativas de los padres: su corta edad al morir jugaría a favor de la creencia de que el clon es el original redivivo. Sin embargo, si el clon fuera de un adulto -hay varios clientes de los raëlianos en esa situación-, sufriría en sus carnes el ser considerado su hermano gemelo resucitado. Por desgracia, únicamente los hechos y el tiempo convencerían traumáticamente a esos clientes de Clonaid de su inmenso error. Sólo años después del nacimiento del nuevo ser comprenderían que también en la clonación las apariencias engañan, que el gran parecido físico entre el original y la presunta fotocopia no implica que sean la misma persona. Serían, simple y llanamente, gemelos; aunque hubieran nacido con años de diferencia.

Ese mismo hecho impide que la tercera de las pesadillas apuntadas al principio cobre visos de verosimilitud. Imaginar fábricas de clones humanos para proporcionar órganos de repuesto a los originales, que así evitarían cualquier tipo de rechazo, es algo a lo que indirectamente apuntan en cuanto tienen oportunidad los más fervientes opositores a la clonación. Una idea disparatada porque los clones no son fotocopias sin más contenido que el original, sino que, como hemos visto, son individuos diferentes con su propio contenido, con su propia personalidad. Es decir, sujetos que ostentan los mismos derechos fundamentales que el resto de los humanos. Pero es que, además, aunque alguien sin escrúpulos decidiera crear clones humanos para extraerles uno o varios órganos en beneficio de los originales, el coste de la empresa -tendría que crearlos y mantenerlos vivos hasta décadas antes de utilizar sus órganos, si es que es preciso- sería enorme.

Frente a ello, frente a lo que, dejando a un lado implicaciones éticas, sería el equivalente a producir coches para extraerles piezas -partiendo de la base de que las de un coche clónico sólo serían aptas para un único coche original-, los científicos ven cada vez más factible cultivar órganos individualmente a partir de las conocidas como células madre. Estas células, presentes en los primeros estadios del desarrollo embrionario, son pluripotenciales, tienen capacidad para convertirse en cualquiera de las especializadas de nuestro organismo, y se ha probado ya en mamíferos que pueden generarse a partir de otras especializadas. ¿Qué quiere decir esto? Que puede que en un futuro no muy lejano, si necesitamos un trasplante de riñón, baste con tomar una célula de nuestra piel, revertirla mediante la llamada clonación terapéutica hasta que produzca células madre y, después, darle las instrucciones oportunas para que se multiplique hasta dar lugar a un riñón. Ésa es la línea en la que trabajan varios grupos científicos punteros, entre ellos, los de los padres de Dolly y los científicos surcoreanos que esta semana han anunciado en Science que han conseguido clonar una célula adulta de una mujer en un óvulo y obtener de ese embrión células madre. Un paso histórico para la medicina reparadora al que sólo se ponen reparos éticos desde visiones religiosas fundamentalistas.

La clonación humana está ahí. La caja de Pandora se abrió con el nacimiento de la primera oveja clónica y de ella saldrán en el futuro clones humanos. No hordas de hitleres ni lázaros resurrectos, sino nuevos individuos únicos e irrepetibles. Y, posiblemente, estarán aquí antes de lo que esperamos. Quizá no pase mucho tiempo antes de que la clonación sea una técnica reproductiva más para ciertos casos de esterilidad, lo que, como augura Lee M. Silver, de la Universidad de Princeton, en su libro Vuelta al Edén, supondrá un auténtico revolcón para nuestro concepto tradicional de familia. Imaginemos que mi mujer y yo decidimos tener un hijo a partir de la clonación de una de mis células. El pequeño será socialmente nuestro hijo; pero biológicamente será mi gemelo, el cuñado de mi esposa, un hijo de mis padres y un hermano más de mis hermanos. Un cambio de mentalidad que no tendrán dificultades en asumir aquéllos que recurran a esta técnica como última posibilidad para reproducirse, para tener hijos. Como no las tienen, por fortuna, miles de parejas a la hora de considerar hijos, hermanos o nietos a niños adoptados, aunque el color de su piel sea diferente y no porten sus genes. Siempre que la técnica garantice que el ser humano producto de la clonación va a desarrollarse como cualquier otro de nosotros -sin deficiencias derivadas del proceso-, el debate social sobre esta técnica ha de tener como eje el derecho a reproducirse de aquéllos que sólo puedan hacerlo por clonación y, establecido que el nacido por este método es una persona con todos los derechos, afrontarse únicamente desde una perspectiva humanista.