A vueltas con el mapa de Vinlandia

Los científicos que lo han examinado en los últimos años no han dado un veredicto definitivo sobre el mapa de Vinlandia: para algunos, se trata de la única cartografía anterior a Cristóbal Colón en la que aparece América; para la mayoría, de una falsificación del siglo XX. Jacqueline S. Olin, de la Institución Smithsoniana, ha publicado un artículo en Analytical Chemistry, revista de la Sociedad Americana de Química, en el que defiende que la tinta del manuscrito es medieval, en oposición al trabajo de dos químicos de la Universidad de Londres que llegaron hace poco más de un año a la conclusión de que es posterior a 1923.

La polémica sobre la autenticidad del mapa de Vinlandia se remonta a mediados de la década de 1950, cuando apareció en Europa de la noche a la mañana -nada se sabe de su historia anterior- y fue adquirido por un millón de dólares por el magnate estadounidense Paul A. Mellon, quien lo donó a la Universidad de Yale, su actual propietaria. El manuscrito está valorado, si no es una falsificación, en más de 20 millones de euros. En el mapa, están representadas Europa, África, Asia y lo que parece la península del Labrador o la isla de Baffin o Terranova. El manuscrito incluye una leyenda en la que se dice que, hacia el año 1000, Leif Eriksson, hijo de Eric el Rojo, descubrió “una nueva tierra” a la que llamó Vinlandia en honor a su fertilidad y a sus vinos. De ser auténtico -algo que mantiene una minoría de expertos, supondría que los navegantes escandinavos cartografiaron América siglos antes de Colón, quien supuestamente habría conocido el manuscrito y se habría guiado por él en su búsqueda de las Indias Occidentales.

¿ANTERIOR A COLÓN? El mapa de Vinlandia, con parte de la costa atlántica norteamericana en su extremo izquierdo. Foto: Universidad de Yale.

Investigadores de la Universidad de Arizona, el Laboratorio Nacional Brookhaven y la Institución Smithsoniana cortaron, en febrero de 1995, un pequeño trozo de un margen del pergamino para someterlo a la prueba del carbono 14. Este método de datación, inventado por Willard F. Libby (1908-1980), sirve para establecer la antigüedad de objetos arqueológicos de materia orgánica. Dado que el mapa de Vinlandia -de 27,8 por 41 centímetros- tiene un valor de unos 20 millones de euros, el fragmento empleado en el estudio -una tira de 7,5 centímetros de longitud y 28,8 miligramos de peso- podría costar unos 40.000 euros.

De su análisis, los científicos concluyeron, en el artículo que publicó en agosto de 2002 la revista Radiocarbon, que el pergamino data de 1434 ±11 años, antes de la llegada de Colón a América. “A pesar de que estos resultados por sí mismos no demuestran que el mapa sea auténtico, sí son una importante nueva prueba que han de tener en cuenta aquéllos que mantienen que es un fraude y carece de valor cartográfico”, indicaba entonces uno de los autores, el químico Garman Harbottle, para quien, si se trata de un engaño, quien lo perpetró fue sumamente hábil. “Muchos estudiosos están de acuerdo en que el mapa de Vinlandia es auténtico, en que es la primera representación cartográfica de Norteamérica y su antigüedad, clave para determinar el conocimiento que tenían los europeos de la épocas de las tierras que bañaban el Atlántico occidental”, añadía Olin, una de las coautoras del trabajo.

Si bien el pergamino puede datar de la primera mitad del siglo XV, los autores de otro estudio que vio la luz también en agosto de 2002, en Analytical Chemistry, sentenciaban que el mapa en sí no tiene ni siquiera un siglo. Las conclusiones de los químicos Robin Clark y Katherine Brown, de la Universidad de Londres, son las mismas a las que llegó en 1987 el prestigioso microanalista forense Walter McCrone, fallecido el 10 de julio de 2002: la tinta contiene anatasa, una forma de dióxido de titanio que no se sintetizó hasta 1917, que no se da en tintas anteriores a 1923 y que es muy rara en la naturaleza. “Es la prueba definitiva de que el mapa se dibujó después de 1923”, dijo Clark. Olin afirma ahora, en Analytical Chemistry, que no, que la anatasa del mapa de Vinlandia tiene un origen medieval, algo que sólo ella mantiene.

Una hipótesis que se baraja desde hace un par de años es que el autor de la cartografía fuera el jesuita alemán Josef Fischer. Promueve esta idea la historiadora noruega Kirtsen A. Seaver. “Parece muy plausible. Pudo ser arrogancia intelectual o simplemente un juego, pero él estaba en el lugar idóneo, en él momento idóneo y disponía de la información necesaria. Todo cuadra”, decía Robert W. Karrow, conservador de colecciones especiales y mapas de la Biblioteca Newberry, de Chicago, en The New York Times el 14 septiembre de 2002. Fischer era un estudioso convencido de que los vikingos habían llegado a América antes que Colón -publicó un libro sobre el tema en 1902- y que llegó a escribir un artículo sobre mapas falsos del Renacimiento.

La apasionante historia del jesuita incluye a los nazis -Seaver mantiene que Fischer no pudo aguantar el uso propagandístico que hacían de la historia vikinga-, una subasta de principios de la década de 1930 en la que salieron a la venta dos libros del siglo XV -comprados por Mellon junto al mapa en 1957, uno de ellos ha llegado incompleto hasta nosotros y sería el origen del pergamino- y el texto de la esquina izquierda superior del manuscrito, en el que queda claro que el descubrimiento del Nuevo Mundo es cristiano: “Eric, legado del Observador Apostólico y obispo de Groenlandia y las regiones vecinas, llegó a esta verdaderamente inmensa y muy fértil tierra, en el nombre Dios Omnipotente…”. Seaver sostiene que el jesuita consiguió los dos libros del siglo XV hace setenta años y desmontó parte de uno para conseguir la materia prima. “Si está en lo correcto, está cerca de la pistola humeante”, ha sentenciado Peter Barber, responsable de la colección de mapas de la Biblioteca Británica.

Un químico astrólogo, nuevo presidente del PNV

“Entre bromas y veras, el nuevo presidente del PNV ha sido el hacedor de los horóscopos del Gobierno vasco durante los últimos cinco años. «Es un científico nato que cree en la astrología», explica Luis Alberto Aranberri, Amatiño, ex director de EITB y responsable del Gabinete del consejero”, escribe hoy Juanjo Corcuera en El Correo. Cuando me lo contaba por teléfono el planetólogo Agustín Sánchez Lavega, no daba crédito. Pero es verdad. Josu Jon Imaz, sucesor de Xabier Arzalluz al frente del PNV, es un científico astrólogo -un oximoron hecho carne- y tiene, según su asesor en el Departamento de Industria, Comercio y Turismo, razones para ello: “Suele decir que si los astros mueven las mareas, pueden tener también su grado de incidencia en otras cuestiones más livianas de la vida. Por eso, el horóscopo y el Zodiaco no son algo que entre en su campo de incredulidad”. ¿Cómo se puede ser doctor en Ciencias Químicas y creer en la astrología? Quizá por eso se dedique a la política. Con Imaz, los brujos han sustituido al clero en la dirección del PNV.

“Los enigmas no deben ser desvelados”, concluye Benítez en ‘Planeta encantado’

“Después de treinta años de investigación, he aprendido que los enigmas no deben ser desvelados. Sólo así podemos seguir soñando”, dice Juan José Benítez al final del último episodio de Planeta encantado. Después de trece documentales en los cuales ha dado sobradas muestras de sus conocimientos históricos y de su altura ética, el autor de Caballo de Troya cierra su aventura en Televisión Española (TVE) con una frase que resume a la perfección la filosofía que le mueve. Porque, si algo no puede hacer Benítez, es resolver enigmas. Y no por incapacidad, sino porque sería como matar la gallina de los huevos de oro: cuando uno come del misterio, investigar de verdad -no ponerse un chaleco de aventurero y posar para la foto en el sitio de rigor- es tirar piedras sobre el propio tejado. De ahí que las revistas esotéricas no se caractericen precisamente por responder preguntas, sino más bien por inventarse interrogantes sin sentido. Eso ha hecho Benítez en Las esferas de los dioses, la entrega que cierra por el momento su aventura en la TVE del PP, y eso hizo en los anteriores episodios de la serie producida por DeAPlaneta.

Planeta encantado se estrenó con un viejo misterio inexistente, el de las piedras de Ica, y se ha despedido con otro presunto puzle arqueológico que no es tal, el de las esferas de piedra de México y Costa Rica. Supe de este enigma por primera vez cuando protagonizó la portada del número 26 (agosto de 1978) de Mundo Desconocido, la primera revista esotérica que compré y que todavía conservo. Hace veintiséis años, la historia de las bolas de piedra la explotaba Erich von Däniken, quien mezclaba en el reportaje unas de origen natural con otras que parecían de manufactura humana. Lo mismo hace Benítez en Las esferas de los dioses, donde une, en el altar del misterio, las bolas de piedra mexicanas y las costarricenses.

El ufólogo aboga por la artificialidad de las esferas norteamericanas -“obras gigantescas más propias de dioses que de titanes”-, que se encuentran en la sierra de Ameca, en el Estado de Jalisco, y a las cuales los geólogos atribuyen un origen volcánico. Pero, como es habitual, él sabe más que los científicos: “Las explicaciones de geólogos y vulcanólogos no son consistentes”, dice tras medir con un metro vulgar y corriente algunas de las bolas. Todo el documental -incluida la segunda parte, dedicada a las esferas de Costa Rica– raya en lo ridículo cuando muestra al novelador haciendo chapuceras mediciones y hablando de “milimétrica perfección”, diciendo que se trata piedras de “perfecta esfericidad” y de “un pulido exquisito, casi imposible”, muchas veces junto a ejemplos de todo lo contrario. “Los científicos, una vez más, han intentado descafeinar la realidad”, sentencia respecto al origen natural de las esferas mexicanas. Él no lo hará jamás: él ha hecho pasar un montaje de estudio de animación por una película grabada por los astronautas en la Luna. Sin embargo, para su desgracia, las esferas de Jalisco son naturales, al igual que otras de menor tamaño que hay en Nuevo México, Estados Unidos. No ocurre lo mismo con las costarricenses; ahí, el problema es otro.

He dicho antes que el puzle arqueológico que presenta Benítez “no es tal” porque une las bolas naturales de México con las de Costa Rica, reconocidas como obra de los indígenas por los arqueólogos. John W. Hoopes, antropólogo de la Universidad de Kansas, mantiene un interesante sitio en el que desmonta el misterio que inventó en su día Von Däniken y que ahora Benítez ha revendido a TVE. Dice el científico que las bolas de Costa Rica están en peligro, que muchas han sido movidas de su emplazamiento original -lo que dificulta cualquier estudio arqueológico-, que sólo un puñado están en el sitio en el que las colocaron sus creadores y que algunas han sido voladas por los lugareños en la creencia de que escondían tesoros en su interior.

Benítez no cuenta, sobre las bolas de piedra de Costa Rica, nada que se ignore, como no lo ha hecho en ningún documental de la serie e intenta meter lo increíble de por medio, como siempre. “¿Se trata de mapas celestes? ¿Indican la posición de las estrellas? Hasta hoy, que yo sepa, nadie ha profundizado en esta sugerente posibilidad. Algunos nativos a quienes consulté me hablaron de algo mucho más fantástico. Según la tradición heredada de sus ancestros, estas esferas son poderosos centros de energía, una especie de focos que irradian fuerza y bienestar, y que afectan a la vitalidad y salud de personas, animales y plantas”, indica el periodista. También apunta la verosimilitud de las ideas del atlantófilo Ivvar Zapp, quien mantiene que estamos ante una especie de mapas para navegantes, algo a lo que los historiadores conceden tanto crédito como a la presencia de Jesús en el Coliseo romano; aunque Benítez tiene una explicación mejor. Tras señalar que las esferas tuvieron que ser hechas por “una cultura con un alto grado de evolución mental y material, un pueblo con una especial sensibilidad y un notable sentido de la abstracción”. Y se pregunta: “¿De dónde llegó esa sabiduría? ¿Por qué los nativos repiten una y otra vez que son creación de los dioses que bajaron del cielo?”.

El director de Planeta encantado vuelve a preferir a los extraterrestres que a unos antepasados nuestros como autores de algo que le maravilla. La arqueología no sabe para qué se hicieron las bolas de piedra de Costa Rica, que datan de antes del Descubrimiento y de las que se han hallado muestras asociadas a restos materiales de las culturas locales. (Lean a Hoopes, que explica muy bien el estado de la cuestión y desmonta las tesis esotéricas, incluida la de la gran perfección que Benítez repite hasta la saciedad.) Pero que no se sepa algo no da carta blanca para decir sandeces, que es lo que hace el reportero de lo paranormal al hablar de los extraterrestres como origen del conocimiento para hacer estas piedras. El autor navarro vuelve a incurrir en ese pecado al que tan proclives son los amantes de la arqueología fantástica: otorgar la autoría de las grandes obras no europeas a seres de otros mundos o a inexistentes civilizaciones desaparecidas. Es una lástima que TVE haya seguido el juego a este inventor de misterios y haya sido, indirectamente, tan poco respetuosa hacia unos humanos que hoy son antiguos, pero nunca fueron tontos. La Historia demuestra, entre otras cosas, que el ingenio humano no es patrimonio del hombre actual.

Un estudio de animación vasco creó la base lunar de ‘Planeta encantado’ por encargo de Benítez

Ni se grabó en el Mar de la Tranquilidad en julio de 1969, ni está protagonizada por Neil Armstrong y Buzz Aldrin, ni ha salido de ningún archivo secreto de la NASA. La película presentada en Televisión Española (TVE) por Juan José Benítez, como prueba de que los astronautas estadounidenses descubrieron una base extraterrestre en ruinas en la Luna, es obra de un estudio de animación vasco. Se rodó en Irún (Guipúzcoa) en 2001 en las instalaciones de Dibulitoon Studio SL, donde también se crearon los moais volantes y la nave y los extraterrestres de Los Villares (Jaén). Las imágenes de la falsa edificación lunar, al igual que las de las estatuas voladoras pascuenses y la de la aparición alienígena andaluza, fueron encargadas a Dibulitoon Studio SL por Benítez, según ha podido saber Magonia. La diferencia estriba en que, en el episodio titulado Mirlo rojo, el director de Planeta encantado encajó la animación lunar como si de un documento real se tratara, incluida la más que engañosa sobreimpresión de la leyenda “Imágenes inéditas”. Dibulitoon Studio es la productora de El ladrón de sueños, nominada en 2001 al Goya a la Mejor Película de Animación.

Un inexistente espía de la CIA reveló a Benítez el hallazgo de una base extraterrestre en la Luna

Neil Armstrong y Buzz Aldrin se encontraron en 1969 en la Luna con una base alienígena de miles de años de antigüedad, dice Juan José Benítez en Mirlo rojo. La prueba es una filmación de catorce minutos, de la que el ufólogo ha presentado en Televisión Española (TVE) varios segundos en primicia mundial. Sinceramente, he visto desde hace años juegos de ordenador con texturas más creíbles que las de la presunta Luna y las supuestas ruinas de Benítez, y ¿qué me dicen de los movimientos en baja gravedad del pretendido astronauta? Lo de Planeta encantado sería para tomárselo a broma si no fuera porque la serie la programa una televisión pública -es decir, hemos pagado los derechos de emisión entre todos los españoles- y se presenta como documental, no como ficción. Ha habido momentos ridículos -como cuando los moais volaban en la isla de Pascua desde la cantera en la que fueron tallados hasta sus altares-, pero tratar de vender una tosca recreación informática por una escena real a un público acostumbrado a los prodigios de Industrial Light & Magic y Weta Digital supera todos los listones.

Una frase aparece varias veces sobreimpresionada en Mirlo rojo. Dice: “Por razones de seguridad, algunos nombres y datos han sido cambiados”. Queda bien, da un aire de intriga al documental, pero ¿a la seguridad de quién se refiere? No creo que sea a la de quien Benítez dice que le contó la historia de las ruinas lunares -“un alto militar norteamericano”- porque está ya enterrado en el cementerio de Arlington, en Washington. Y lo curioso es que no hay nadie más involucrado en la trama, además del periodista navarro. Creo que Benítez guarda en secreto sus fuentes sobre el gran secreto del proyecto Apollo por lo cómico del caso. Quien le contó por primera vez que en la Luna se descubrieron ruinas extraterrestres y se destruyeron con bombas atómicas fue el peruano Carlos Paz Wells, que a mediados de los años 70 aseguraba tener encuentros con seres de otros mundos.

“Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación. Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano”, afirma el contactado en Ovnis: SOS a la Humanidad, la obra que Benítez dedicó en 1975 a las andanzas de los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI). En ese libro, puede leerse una ficticia versión de un diálogo entre los astronautas del Apollo 11 y Houston muy parecida a la que el ufólogo sitúa en el Mar de la Tranquilidad, donde los expedicionarios humanos habrían visto platillos volantes. Pero el chivatazo del bombardeo de los edificios alienígenas lunares no se lo dieron a Benítez únicamente los extraterrestres, vía Paz Wells.

“Durante años he combatido a quienes decían haber visto o tener contacto con naves de otros mundos. Sometido a la disciplina que se exige a cualquier agente secreto y a mis propias convicciones trataba de destruir lo que consideraba patrañas, embustes y acciones de gente sin escrúpulos o de comportamiento demencial. La experiencia me ha demostrado que el equivocado era yo y cuantos tratan de desprestigiar algo natural y positivo. No estamos solos en el cosmos, el planeta Tierra está siendo visitado por extraterrestres que, además, descansan y se estacionan en bases ignoradas en su mayoría”. Con esta confesión en su presentación, llegaba en 1979 a las librerías españolas Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O’Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, en aquel entonces un joven de veintiún años, para un premio literario. En la historia, mezclaba hechos reales con tramas conspiranoicas al estilo de Expediente X.

“Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas… De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera. A la vista de la información recopilada, inventaba la historia con argumentos cómo: “La noticia que se dio al público por la prensa fue… cuando lo que realmente ocurrió fue…”. Siguiendo esta línea, no reparé en gastos: relaté historias inverosímiles, como la de colocar un ovni en medio de una explosión nuclear en Siberia o hacer que el protagonista asesinara a varios ufólogos por acercarse demasiado a la verdad, y cualquier otro tipo de hazañas que los ufólogos suspiran vivir. Toda la trama, una vez argumentada, cumplió con los objetivos propios de una novela. Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates. Ya se sabe que la fe mueve montañas…”, recordaba Esteban en 1996 en La Alternativa Racional, revista de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

Con Bases de ovnis en la Tierra sucedió lo mismo que con La delegación (1973), de Rainer Erler, y Alternativa 3, de Leslie Watkins, David Ambrose y Christopher Miles: algunos ufólogos tomaron la ficción por realidad. Benítez, Bruno Cardeñosa y Francisco Padrón fueron tres de los que demostraron su perspicacia y rigor. Los dos primeros mantuvieron reuniones en persona con Esteban creyendo que hablaban con un agente de la CIA, y el joven decidió seguirles el juego para ver en qué acababa todo. Terminó con algunas de sus inventadas historias publicadas por los expertos en periódicos, revistas esotéricas y libros sobre platillos volantes.

Afirma Benítez en Mirlo rojo que “Estados Unidos usó armas tácticas y nucleares” para destruir unas ruinas extraterrestres en la Luna. Esteban revelaba, como Douglas O’Brien, en 1979: “Según los servicios secretos se descubrieron cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna. En el año 1975 se procedió a realizar un bombardeo táctico”. En su novela, también hablaba los llamados Fenómenos Lunares Transitorios (LTP), vinculándolos a la actividad alienígena; de cómo los rusos habían detectado, con sus primeras sondas, la existencia de estructuras artificiales en el satélite; y de cómo se destruyeron tras los alunizajes. La realidad es mucho más sorprendente que la ficción hecha película lunar por Benítez: “Escribí el libro con unos diecinueve años, por lo que, de ser una novela autobiográfica… ¡entré en los servicios secretos estadounidenses con ocho años!”, suele ironizar Esteban. Ni el autor de Caballo de Troya ni Cardeñosa ni Padrón pusieron reparos a creer que la CIA cuenta con espías infantiles. Cosas de los ufológos profesionales.

El resto de los ingredientes de este guiso conspiranoico -que ignoró hasta John F. Kennedy, según Benítez- no superaría una mínima inspección por parte de las autoridades sanitarias. El elemento principal son los platillos volantes, de cuyo origen extraterrestre habrían estado al tanto EE UU y la Unión Soviética desde el primer momento. Los ovnis dan cuerpo a un plato cuya base son los LTP, los extraños fenómenos de corta duración -bolas y llamaradas de luz, cambios de color y brillo de la superficie…- vistos en la Luna durante los últimos siglos, achacables muchos de ellos -como los que atañen al cráter Linné– a observaciones hechas al límite de la resolución de los telescopios y del ojo. La NASA hizo en 1968 un catálogo de LTP y la ciencia, de momento, carece de explicación para algunas de las cosas observadas. Benítez toma la parte por el todo y, como siempre, se agarra a que algo carezca de explicación para meter por medio a los extraterrestres, cuando lo cierto es que los marcianos no solucionan nada.

Los LTP y los platillos volantes son los pilares de un decorado que es como un castillo de naipes y al que, para dar consistencia, el ufólogo suma el informe Brookings. Presenta como algo excepcional que unos expertos alertaran, a principios de los años 60, del impacto que podría tener para nuestra civilización el hallazgo de “artefactos alienígenas abandonados en la Luna y otros mundos”. En ese documento, sostiene el director de Planeta encantado, “se anima a la NASA a ocultar información y eso fue lo que hicieron”. La ingenuidad de muchos científicos y no científicos respecto al contacto con extraterrestres era enorme hace cuarenta años: Stanley Kubrick intentó, sin éxito, suscribir una póliza de seguros con Lloyd’s para el caso de que el encuentro tuviera lugar antes del estreno de su película 2001, una odisea del espacio. Ese ambiente venía bien a la NASA para conseguir fondos para la exploración espacial. Lo que Benítez oculta es que el contenido del informe Brookings fue y es público. Seguramente, estamos ante uno de esos datos cambiados en el documental “por razones de seguridad”, las mismas por las cuales no se dice que las fuentes de información del novelista -¿cómo puede creerse alguien que un militar estadounidense de alto rango recurra a un reportero español sin ninguna credibilidad, teniendo a su alcance a quienes destaparon el escándalo Watergate?- son un contactado y un inexistente espía de la CIA. Como ha apuntado más de un escéptico, a veces da pena que TVE no haya emitido Planeta encantado en horario de máxima audiencia: Benítez se basta y se sobra para desenmascararse a sí mismo.