Iker Jiménez, un frustrado escéptico de cine

¿Se imaginan a Iker Jiménez expulsado, por incrédulo, a golpes de una reunión de ufólogos? ¿A qué resulta difícil? Pues el director de cine Óscar Aibar (Barcelona, 1967) había incluido a este conocido fabricante de misterios, discípulo orgulloso de Fernando Jiménez del Oso, haciendo ese papel en una escena de su recomendable Platillos volantes, que se estrena mañana. La película cuenta la historia de los llamados suicidas de Terrassa, dos obreros textiles que escribieron una de las páginas más negras de la ufología española. Los cuerpos de José Félix Rodríguez Montero y Juan Turu Vallés, de 47 y 21 años, aparecieron decapitados por el tren en las proximidades del apeadero de Torrebonica, en Barcelona, el 20 de junio de 1972. Se habían suicidado para ir al encuentro de los alienígenas, dejaron escrito en una nota y varias cartas.

Tres décadas después, Aibar ha hecho un filme triste, amargo, en el que retrata acertadamente el ambiente en el que se movía entonces el sector más desquiciado de la ufología española, cuyo líder indiscutible era Fernando Sesma. La película, que contextualizaremos aquí mañana, está repleta de guiños a los seguidores de los extraterrestres, pero el director ha eliminado del montaje final la escena en la que Jiménez iba de escéptico, porque ha molestado a los miembros del Centro de Estudios Interplanetarios (CEI), una organización ufológica que ha evolucionado hacia el escepticismo y que en la actualidad preside el documentalista Martí Fló. No era para menos, ya que quienes en la pantalla sacudían a Iker Jiménez, vendedor de misterios con micrófono en la Cadena SER, eran miembros del CEI. Y eso no, sí que no.

El CEI era en aquella época, aun en su credulidad, una organización seria que nada tenía que ver con individuos como Rodríguez Montero y Turu. Así, sus integrantes fueron los primeros en plantar cara años después a Juan José Benítez, de quien Iker Jiménez se considera heredero intelectual y que les convirtió desde entonces en blanco de sus rastreros ataques. La aparición de Iker Jiménez como escéptico y de los integrantes del CEI como fanáticos disgustó tanto a Fló que escribió una carta de queja al director de Platillos volantes y luego contó la historia en Papers d’Ovnis. Aibar, con buen tino, ha guardado en un cajón la incursión cinematográfica del misteriólogo camuflado y, supongo, encantado con el lavado de imagen que podía proporcionarle la pantalla grande.

Mutismo escéptico: el que calla otorga

Ha pasado un mes desde el estreno, en Televisión Española (TVE), de la serie documental Planeta encantado. Hemos visto cómo hubo hombres que convivieron con los dinosaurios, la magia hizo volar los moais de Pascua desde la cantera en la que fueron tallados hasta sus altares, la tribu dogon fue visitada por extraterrestres procedentes de Sirio y Jesús asistió a espectáculos en el Coliseo romano cuando este edificio aún no se había construido. Todo ello de la mano de un Juan José Benítez aventurero, vestido de Panama Jack y Coronel Tapiocca. El escepticismo organizado se movilizó en septiembre contra un disparatado artículo publicado en Investigación y Ciencia, la versión española de Scientific American, que defendía la posibilidad de magnetizar el agua, una mentira con la que algunos estafadores han hecho mucho dinero en el universo de las teletiendas. Poco después, la peculiar visión de la Historia del autor de Caballo de Troya se empezaba a propagar desde una cadena de titularidad pública sin que nadie haya dicho, hasta el momento, esta boca es mía en los medios de comunicación de masas.

Nadie ha protestado en un país en el que hay unas cuantas universidades y museos, así como una organización que “impulsa el desarrollo de la ciencia, el pensamiento crítico, la educación científica y el uso de la razón; promueve la investigación crítica de las afirmaciones paranormales y pseudocientíficas desde un punto de vista científico y racional, y divulga la información sobre los resultados de estas investigaciones entre la comunidad científica y el público en general”. Académicos, historiadores, directores de museos y escépticos de a pie parecen haber renunciado a plantar cara al discurso pseudohistórico de Benítez. O eso o Planeta encantado es un producto veraz y los indocumentados son historiadores como José Luis Calvo y Julio Arrieta, críticos como Pedro Jorge Romero y el equipo de Microsiervos, y el autor de estas líneas, entre otros.

Jesús de Nazaret estuvo sentado en la grada del Coliseo romano antes de que se construyera

“Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio”, sentencia Juan José Benítez mientras pasea por el anfiteatro Flavio. En la cuarta entrega de Planeta encantado, el periodista navarro interpreta el papel de quinto evangelista en el que tan a gusto se siente desde que publicó el primer volumen de Caballo de Troya, novela más que inspirada en el Libro de Urantia y en documentos atribuidos a los falsos extraterrestres del planeta Ummo. Mensaje enterrado -el episodio dedicado a la vida de Jesús de Nazaret- se presenta como “un puñado de pequeñas grandes historias” con las que el escritor pretende demostrar la “vergonzosa e interminable sucesión de errores y manipulaciones” de que han sido objeto la vida y el mensaje de Jesús. Estaría bien que Benítez se mirara al espejo, porque sus revelaciones oscilan entre lo conocido por cualquiera desde hace décadas y la versión delirante de la historia, con el imprescindible aliño marciano.

Los dos primeros errores que descubre, por mucho que se empeñe el novelista, son de sobra conocidos. Que, si en realidad existió, el Jesús bíblico no nació en el año 0, sino hasta siete años antes, y que no vino al mundo un 25 de diciembre, día de una festividad pagana de la que se apropió posteriormente el Cristianismo, eran secretos a voces cuando Benítez todavía estudiaba Periodismo en la Universidad de Navarra. Por eso, que diga que, “hoy, muy pocos saben” que la Iglesia asumió un festejo pagano para conmemorar el nacimiento de su Mesías, da risa. Tras ese tramposo preámbulo, aparece la estrella de Belén, para cuya explicación el director de Planeta encantado rechaza cualquier fenómeno astronómico, así como las interpretaciones teológicas que consideran todo el episodio de los Reyes Magos, éstos incluidos, un mito introducido por el evangelista Mateo para divinizar al protagonista. Para el ufólogo, “sólo pudo tratarse de un objeto brillante capaz de guiar a una caravana a lo largo de 1.300 kilómetros y, en consecuencia, tripulado inteligentemente”. A partir de aquí, el despiporre, siempre según fuentes anónimas a las que Benítez alude como “mis noticias” y “mis informaciones”, como podremos comprobar, bastante mal informadas.

El periodista se saca de la manga un Jesús de ficción que se salvó por los pelos de “la sangrienta represión de Herodes”, quien, según él, habría matado a “dieciséis niños de Belén” a la caza del futuro rey de los judíos. Un Mesías que jamás se perdió en el templo, sino que pasó esos tres días “en casa de su amigo Lázaro, en Betania”, y que, a los 27 años, recorrió de incógnito “el Mediterráneo y parte de Oriente”, en un envidiable viaje de estudios con escalas en Alejandría, Creta, Cartago, Roma, Atenas, Damasco, Babilonia… Y aquí es donde sale Benítez en el Coliseo romano, pletórico, diciéndonos que en las gradas de ese anfiteatro se sentó Jesús a ver los juegos a principios de la tercera década del siglo I. Cuando le comenté la anécdota al periodista y arqueólogo Julio Arrieta, me tomó por loco: “¿Qué dices? ¿En serio? ¡No puede ser!”. Mi memoria es bastante mala mientras que la de Arrieta funciona con precisión suiza, así que inocentemente le pregunté por qué, tras lo cual me caí del caballo, como Pablo camino de Damasco, pero de risa. “Difícilmente pudo estar Jesús -ni él ni nadie- en el Coliseo entonces porque todavía no existía el edificio. En los tiempos en que Jesús debía andar currando con su viejo en la carpintería, el lugar donde se iba a construir el anfiteatro era una laguna”, me explicó Arrieta, quien añadió que el edificio se empezó a levantar en 72 y se inauguró en 80. Estamos, una vez más, ante un jugoso fruto del periodismo de investigación que practica Benítez, a quien 8 millones de euros no dan para mirar en una enciclopedia o preguntar a un historiador.

El autor de Caballo de Troya nos cuenta después que Jesús no se retiró cuarenta días y cuarenta noches al desierto, sino que pasó ese tiempo “con sencillos beduinos”. Además, si no hizo nada por evitar la ejecución de Juan Bautista, fue porque éste le hacía sombra y le venía bien quitárselo de en medio. Todo ello según los mismos misteriosos informantes que sientan a Jesús en un Coliseo inexistente y que permiten a Benítez datar hechos bíblicos con una fiabilidad digna del arzobispo anglicano James Ussher, quien en el siglo XVII llegó a la conclusión de que Dios creó el Universo a las nueve de la mañana del 23 de octubre de 4004 antes de nuestra era. Así, el ufólogo asegura que la escena bíblica en la cual Jesús expulsa a los mercaderes del templo -otra falsificación de los hechos, dice, ya que no hubo latigazos ni nada parecido- ocurrió el 30 de abril del año 30 y data al minuto dos de “las apariciones del resucitado” que la Iglesia “ha silenciado”. Los dos episodios post mortem son, junto a la escena del Coliseo, lo mejor del episodio, ya que el creador de misterios pone en boca de Jesús palabras en las que aboga por la igualdad de mujeres y hombres entre sus mensajeros y afirma que su doctrina no es propiedad de un pueblo determinado, sino de todos los seres humanos. Benítez no sólo oculta a los espectadores quiénes son sus informantes, sino que además también les escatima el hecho de que las bonitas y políticamente correctas frases que pronuncia su Mesías televisivo, así como las fechas que él da, provienen de la saga Caballo de Troya. Vamos, que estamos ante una novela, simple y llanamente ficción.

El lienzo de la discordia

Cerca de dos millones y medio de personas visitaron Turín en 1998 para contemplar la sábana santa, una pieza de lino que, según el cardenal Giovanni Saldarini, entonces custodio de la tela, “no debe considerarse una reliquia, sino otra cosa”. La historia se repitió entre el 12 de agosto y el 22 de octubre de 2000, cuando la exposición pública del lienzo atrajo a decenas de miles de turistas hasta la capital del Piamonte, que recogió en el siglo XX el testigo de Lirey, la localidad francesa en la que apareció el sudario a mediados del siglo XIV.Desde que en 1988 los resultados de la datación por carbono 14 proporcionaron, en palabras de los científicos que realizaron la prueba, “evidencia concluyente sobre el origen medieval del lino del sudario de Turín”, la Iglesia considera que la presunta reliquia no es sino un icono, digno de veneración, eso sí, en tanto que -según indicó el cardenal Anastasio Ballestrero en octubre de 1988- “la potencia evocadora de la pasión de Cristo” de la imagen “es preeminente respecto al eventual valor de muestra histórica”. El Vaticano admite, por tanto, que la sábana no envolvió el cuerpo de Jesucristo, pero la considera una obra que refleja el sufrimiento de la Pasión de forma coherente con la tradición cristiana.

Una predicción acertada

La datación de la pieza, cuyos resultados se publicaron en la revista Nature, corrió a cargo de laboratorios de Arizona, Zurich y Oxford. Tras emplear diversos métodos de lavado de muestras de los fragmentos y realizar 48 mediciones, los expertos fecharon “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”. Se confirmaba así lo que Walter McCrone, uno de los microanalistas forenses más reputados del mundo, había augurado en 1980: que, de realizarse, la prueba del radiocarbono iba a datar la tela “el 14 de agosto de 1356, diez años más o menos”.

Los resultados del carbono 14 han sido, no obstante, puestos en cuestión por algunos partidarios de la autenticidad de la pieza. Así, Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología, ha apuntado que los fragmentos analizados presentaban altos índices de contaminación que habrían tergiversado las fechas y que la prueba no se hizo bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”, Willard Libby. Sin embargo, un error de datación de tal magnitud -trece siglos- exigiría que la basura incrustada en la tela equivaliera al doble del peso de la misma y Libby nunca pudo pronunciarse respecto a la metodología de la prueba, ya que falleció en 1980, ocho años antes de que el método de datación por el que recibió el Nobel se aplicara a la presunta reliquia.

Pintura en vez de sangre

El del radiocarbono fue concluyente, pero no el primer estudio en sacar a la luz la falsedad de la supuesta reliquia. En 1977, Walter McCrone fue invitado a participar en un estudio del lienzo auspiciado por el Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), una organización vinculada a la Hermandad del Santo Sudario. El microanalista fue el encargado de examinar las manchas de sangre y su conclusión, tajante: “Tengo buenas y malas noticias -dijo en el congreso en el que presentó su trabajo-. Las malas son que el sudario es una pintura. Las buenas, que nadie me cree”.

Y es que, donde el STURP veía sangre, él encontró bermellón y rojo de rubia, entre otros pigmentos utilizados en la Edad Media. Ante tales conclusiones, el STURP expulsó a McCrone de su equipo. Sin embargo, otros expertos tampoco encontraron rastros de ninguna sustancia relacionada con la sangre humana, y el STURP acabó reconociendo que McCrone está en lo cierto, aunque últimamente ha vuelto a apostar por la sangre.

Como anécdota curiosa ha quedado el estudio de Max Frei. Dijo haber encontrado en la pieza gran cantidad de polen a partir del cual podía trazarse el recorrido histórico del lienzo desde la Palestina de Jesucristo hasta Turín. Sin embargo, en la actualidad pocos dan crédito a ese trabajo, ya que nadie controló la recogida de muestras ni ha conseguido posteriormente los mismos resultados. Hasta el STURP considera que la muestra de Frei -que, como perito calígrafo, avaló en su día la autenticidad de los falsos diarios de Hitler- “no es estadísticamente significativa”.

La narración bíblica

Pero la polémica continúa y continuará entre la ciencia y quienes quieren ver en el sudario una prueba de la resurrección, aunque su mera existencia contradiga el relato bíblico, ya que san Juan escribió que, tras ser lavado y perfumado, el cuerpo de Jesús fue envuelto “en fajas”. Es decir, que, de haber una auténtica reliquia, sería una especie de vendaje y nunca podría presentar rastros de sangre, porque el cadáver se habría lavado como mandaban las normas de enterramiento judías.

“Ya te aproximes desde la Biblia, la historiografía o la química, la sábana de Turín es un fraude”, indica Joe Nickell. El investigador estadounidense reprodujo hace años un rostro similar al del lienzo usando un bajorrelieve y la técnica del frotis. Ya conocida y usada por los artistas en el siglo XIV, es algo parecido a “poner una moneda sobre un papel y frotar con un lápiz”.


El obispo de Troyes destapó el fraude hace 600 años

“El deán de cierta iglesia colegiata, a saber la de Lirey, falsa y mentirosamente, consumido por la pasión de la avaricia, animado no por algún motivo de devoción sino únicamente de beneficio, se procuró para su iglesia cierto lienzo hábilmente pintado, en el cual, por una hábil prestidigitación, estaba representada la doble imagen de un hombre, es decir, de frente y de espaldas, y el deán declara y pretende mentirosamente que es el verdadero sudario en el que nuestro Salvador Jesucristo fue envuelto en su tumba, y en el cual quedó impreso el retrato del Salvador con las llagas que tenía”. En estos términos se dirigía en 1389 Pierre d’Arcis, obispo de Troyes, a Clemente VII, papa de Avignon.

D’Arcis añadía en su misiva que su antecesor en el cargo, Henri de Poitiers, había descubierto “el fraude y cómo dicho lienzo había sido astutamente pintado, ya de esa verdad testimonió el artista que lo había pintado, o sea que era una obra debida al talento de un hombre y en absoluto milagrosamente lograda u otorgada por gracia divina”. El demoledor informe sucumbió, sin embargo, al parentesco que unía al antipapa con el hijo del propietario original de la sábana, de cuyo padrastro era primo el pontífice. Clemente VII exigió entonces silencio a su obispo. Pero el engaño era tan descarado que en 1390 tuvo que reconocer que, en el caso del sudario de Lirey, “no se trata de la verdadera sábana de Nuestro Señor, sino de un cuadro o pintura hecha a semblanza o representación de la sábana”.

Inaugurada en 1357, la iglesia de Nuestra Señora de Lirey había sido financiada por Geoffroy de Charny para exponer una pieza de lino que nunca aclaró cómo había llegado a sus manos. Henri de Poitiers había decidido investigar el asunto tras ver cómo los monjes convertían la afluencia de peregrinos que querían venerar el lienzo en un gran negocio, mediante la venta de todo tipo de recuerdos de la presunta reliquia.

Un trueque rentable

Tras amainar las aguas del escándalo denunciado por D’Arcis y después de guardar la tela a buen recaudo durante décadas, los Charny acabaron rentabilizando el tirón popular del lienzo. A mediados del siglo XV, Margaret, nieta del descubridor del sudario, volvió a hacer correr el rumor de que éste había envuelto el cuerpo de Jesucristo y consiguió venderlo a Luis I de Saboya a cambio de un castillo y un palacio.

Los Saboya rodearon la tela de un halo milagroso, la usaron en los viajes como talismán frente a los ataques de bandidos y, al final, levantaron en Chambéry una capilla en su honor. El templo se inundó de peregrinos y regalos hasta que en 1532 sufrió un incendio, reflejado en el lienzo en forma de remiendos triangulares. La tela llegó a Turín en 1578 de la mano de Emmanuel Filiberto de Saboya y, un siglo más tarde, se instaló definitivamente en la catedral de San Juan Bautista, que fue pasto en 1997 de un pavoroso incendio al que la sábana sobrevivió gracias al valor de un bombero.

Los documentos históricos y la datación por medio del radiocarbono coinciden en situar la creación de la pieza justo cuando apareció en Lirey. No hay ninguna prueba que avale su existencia antes de una época en la que se multiplicaron las presuntas reliquias en Europa, y la prosperidad de monasterios y regiones enteras dependía de este tipo de objetos de culto. Porque los creyentes acudían en masa a los templos donde se guardaban tesoros como leche de la Virgen, pelos de la barba de Noé, alas del arcángel San Gabriel y suficientes fragmentos del lignum crucis como para construir un barco. Sábanas santas las había a decenas: sólo en España, casi una treintena.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

La Luna no entiende de lunáticos ni paridas

Al hombre-lobo le saca de sus cabales y al toro de la canción lo enamora, pero ni lleva a las embarazadas al paritorio ni hace que unas noches sean más peligrosas que otras. El influjo de la Luna ha protagonizado recientemente en España dos estudios científicos a los que no se ha dado excesivo eco, si exceptuamos un magnífico artículo del periodista Fermín Apezteguia en las páginas del diario El Correo. Uno, del hospital universitario de La Candelaria, en Tenerife, confirma que la fase en la que esté el satélite terrestre da lo mismo a la hora de que haya más o menos actos violentos; otro, del hospital vizcaíno de Cruces, en Barakaldo, demuestra que el mayor o menor brillo lunar tampoco provoca fluctuaciones en el número de nacimientos.

El estudio sobre la violencia se basó en el análisis de 1.100 casos de víctimas de agresiones atendidas durante un año en el servicio de Urgencias del centro sanitario canario, los resultados han sido publicados en el European Journal of Emergency Medicine y ratifican el carácter mítico de la idea que augura noches de guardia de duro trabajo en los hospitales cuando la luna llena cuelga del cielo. El trabajo sobre los nacimientos ha requerido del análisis de los alumbramientos -unos 79.830- registrados en el hospital vizcaíno en los últimos quince años y concluye que éstos se reparten por igual entre las diferentes fases lunares. Ambas creencias tienen un arraigo popular tal que hasta profesionales de los sectores directamente implicados -el de la seguridad y el de la salud- suelen profesarlas. Y tienen tanto fundamento como la de que sólo usamos el 10% del cerebro que predican los cienciólogos, a quienes no me atrevo a negar que en su caso pueda suceder. Desde hace décadas, se sabe que la luna llena ni trae más niños al mundo ni hace que se derrame más sangre. Para muestra, unos cuantos botones.

Alex Pokorny y Joseph Jachimczyk, de la Escuela de Medicina Baylor de Houston, hicieron a principios de los años 70 del siglo pasado un análisis de 2.494 homicidios ocurridos en el condado de Harris, en Texas, durante catorce años. Su conclusión fue que la distribución de asesinatos no era “estadísticamente diferente en cuanto al periodo lunar de lo esperado por azar”, indican Roger Culver y Philip Ianna en su libro El secreto de las estrellas. Astrología: ¿mito o realidad? (1979). Un lunático es un individuo que padece locura a intervalos que algunos aseguran que coinciden con las fases lunares. Sin embargo, una investigación realizada durante dos años por Stephen Bauer y Edward Hornick en el Centro Hospitalario Municipal del Bronx reveló que no había relación alguna entre el número de pacientes que acudía a las Urgencias de Psiquiatría y el ciclo lunar. Los enfermos recurrían al servicio de emergencias en cantidades parecidas todos los días, independientemente de que coincidieran con luna llena, menguante, nueva o creciente. Exactamente lo mismo que se ha visto en Tenerife.

D.I. Templer, D.M. Veleber y R.K. Brooner aseguraron en 1982 haber detectado un incremento desproporcionado de accidentes de tráfico en Estados Unidos en las noches de luna llena o nueva. Tras publicarse el trabajo, James Rotton, de la Universidad Internacional de Florida, e Ivan Kelly, de la Universidad de Saskatchewan, llamaron la atención sobre el hecho de que la mayoría de las trágicas noches incluidas caía en fin de semana, cuando siempre ocurren más siniestros que en días laborables por razones que nada tienen que ver con el satélite terrestre. D.I. Templer, M. Corgiat y R.K. Brooner reanalizaron los datos y aplicaron índices correctores para fines de semana y periodos vacacionales: el misterioso influjo de la Luna se desvaneció. John Smyrk y Roslyn Fekitoa pusieron a finales de los años 80 a prueba la afirmación según la cual, “durante la luna llena, los accidentes tienden a ocurrir con mayor frecuencia o los pacientes sometidos a intervenciones quirúrgicas tienden a sangrar”. Escogieron el hospital Hornsby Kuring-gai, uno de los mayores de la región metropolitana de Sydney, y controlaron durante un año los niveles de consumo de sangre. No encontraron pruebas que respaldasen la idea de que, durante el plenilunio, los accidentes de tráfico sean más frecuentes y quienes se someten a operaciones sangren más.

Una creencia muy extendida entre las gentes del campo es que, dependiendo de la fase lunar en que se siembre, se recogerá una cosecha más o menos abundante. Un grupo escéptico de Canberra, Australia, se interesó por el asunto cuando un periódico local informó en su sección de jardinería sobre las mejores épocas para plantar verduras de acuerdo con el ciclo lunar. A partir de la información proporcionada por la Sociedad de Cultivadores Orgánicos de Canberra, que facilitó las semillas, se hicieron veintidós plantaciones en días buenos y malos. Un mes después, se recogió la cosecha y se pesaron las plantas. No se detectó “una diferencia significativa en el peso de los productos, aunque las semillas fueron plantadas en buenos y malos momentos, de acuerdo con la supuesta influencia astrológica”.

Eduardo Giménez, miembro de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, comprobó en 1993 si los fetos tienen especial debilidad por abandonar el seno materno en días de luna llena. Tras analizar los nacimientos registrados en Zaragoza en 1990, llegó a la conclusión de que el número de alumbramientos “no depende para nada de la fase lunar. Así, durante la fase de luna llena, únicamente se produjeron máximos en tres ciclos lunares de los doce anuales. Por contra, hubo cuatro mínimos; es decir, se dieron más nacimientos en creciente, menguante y nueva que durante luna llena”. El estudioso encontró, eso sí, un ciclo semanal, ya que los médicos tienden a controlar las fechas de partos para que éstos ocurran en días laborables y no en festivos.

La creencia popular, según la cual la Luna influye en la conducta humana, carece de fundamento. Sólo hay un grupo de seres racionales sobre el que tiene una clara y demostrada influencia -las parejas de enamorados- y no puede descartarse que ocurra porque estos individuos sufran algún trastorno temporal de la personalidad que nada tiene que ver con el satélite.