El CSICOP lanza ‘Pensar’, una revista escéptica en español

Mancheta de la revista 'Pensar'.

Pensar es el nombre de una nueva revista llamada a convertirse en uno de los puntos de referencia del escepticismo hispanoamericano. Editada por el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), está dirigida por el periodista y escritor argentino Alejandro Borgo y en su comité editorial hay representantes de Brasil, Chile, Costa Rica, Ecuador, México, Perú y Venezuela. “Los llamados fenómenos paranormales y las creencias mágicas merecen la atención de investigadores científicos, periodistas, comunicadores sociales, docentes y todas aquellas personas que se desenvuelven en la política, la economía, la salud y la educación. Pensar se propone informar, investigar y fomentar el juicio crítico en todas aquellas áreas que resultan misteriosas y atractivas, con el objeto de conocer cuánto hay de verdad y cuánto de fantasía”, dice en la web de esta publicación trimestral. El primer número de la “revista latinoamericana para la ciencia y la razón” saldrá en enero y la oferta de lanzamiento es de 12 dólares por un año y 20 por dos. Sólo cabe añadir una cosa: ¡Buena suerte!

Carta colectiva a ‘Scientific American’

Más de setenta científicos, divulgadores y aficionados a la ciencia han dirigido una carta a los editores de Scientific American para quejarse por la publicación, en la versión española de la revista, del artículo de Elvira Martínez, María Victoria Carbonell y Mercedes Flórez titulado “Estimulación de la germinación y el crecimiento por la exposición a campos magnéticos”, incluido en el número de septiembre y comentado aquí hace unos días. Consideran que ese texto del número 324 de Investigación y Ciencia es “la más flagrante muestra de pseudociencia” que han visto “en mucho tiempo” y añaden lo triste que ha sido para ellos encontrárselo en “una revista, por lo demás, excelente”.

“El artículo -explican- afirma que las propiedades físicas y químicas del agua cambian significativamente con su exposición a un campo magnético”, presupuesto que se basa en argumentos científicos “poco sólidos” y que las autoras, profesoras de la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Madrid, dan por bueno para sus experimentos, expuestos en un trabajo que contiene otros fallos metodológicos graves. Los firmantes de esta carta, una iniciativa de la bióloga Adela Torres, están “desolados” por que el nivel de calidad a la hora de aceptar artículos haya caído en la revista por debajo del mínimo requerido para ofrecer una visión real de “la investigación en España y en el mundo”. Y piden a los responsables de Scientific American que velen para que no se repita algo así en el futuro y tanto la revista americana como su edición española sigan siendo “unas herramientas magníficas para acercar la ciencia al público no especializado”.

¿Se movilizará también la comunidad escéptica contra la emisión por Televisión Española (TVE), desde el domingo, de Planeta encantado, una delirante serie documental en la que Juan José Benítez llena nuestro pasado de extraterrestres y misterios inventados?

El pueblo vasco, al gusto de Ibarretxe

“El pueblo vasco existe como pueblo, con una identidad propia, desde los albores de la Historia”, ha dicho Juan José Ibarretxe en el Parlamento vasco como justificación de su plan soberanista. Reinventar el pasado a medida y recurrir a la fantasía histórica para justificar sus actuaciones es algo que suelen hacer algunos políticos. Los historiadores de cámara del presidente del Gobierno vasco tendrían que informarle, no obstante, de que los “albores de la Historia” se sitúan en Mesopotamia hace más de 5.000 años -lo que hoy es Euskadi estaba entonces en la Edad de Piedra- y que, cuando los romanos llegaron a la región hace unos 2.200 años, ésta vivía aún sumida en una Prehistoria tribal. El pueblo vasco, al gusto de Ibarretxe, es un invento muy posterior, del siglo XIX, y obra de Sabino Arana, el fundador del PNV.

La manipulación de la Historia por parte del nacionalismo gobernante en Euskadi, de la que la afirmación del lehendakari es el último capítulo, se ha plasmado en la venta de la Guerra Civil como un conflicto entre Euskadi y España, y en que haya quien crea que una vez hubo algo parecido a un Estado vasco, idea que se fomenta desde las propias instituciones, como demuestra el caso de Sancho III El Mayor (992?-1035). Un milenio después de su muerte, le quieren coronar -a él, que fue rey de Navarra y conde Castilla- como “rey del Estado vasco, reino de Navarra”. Es un proyecto del Ayuntamiento de Hondarribia, gobernado por el PNV, que quiere levantar en honor del monarca un monumento por ser el primer soberano de todos los euskaldunes. Ahí queda eso. Pasaría así a sentarse junto a Santiago Matamoros y el Cid Campeador en ese panteón mitológico que tanto se ha cultivado en la península con fines políticos. Lo del Ayuntamiento de Hondarribia sólo puede calificarse de charlotada: “Actuación pública, colectiva, grotesca o ridícula”, según el diccionario de la Real Academia Española. Eso sí, en esta iniciativa, hay una cosa que me molesta y otra que debería inquietar a las regiones limítrofes con Euskadi. Me molesta, como republicano, que la derecha vasca ande a la caza de un rey para Euskal Herria -denominación que siempre ha sido de una comunidad cultural y no de una unidad política, como quieren ahora hacernos tragar- a cualquier precio y que tenga, además, la osadía de elegir para el puesto una figura tan españolaza, con perdón. Porque el tal Sancho III fue un sujeto de cuidado, un reconquistador cuyos dominios llegaron a abarcar prácticamente todo el territorio cristiano peninsular: el reino de Navarra, Castilla, Aragón y Sobrarbe-Ribagorza. ¿Dónde está ahí el Estado vasco? ¿Es todo ese territorio? Si no lo es, ¿por qué? Si lo es, ¿comenzará desde Hondarribia una nueva reconquista?

Evitar las trampas tendidas en el pasado por los políticos y sus historiadores a sueldo no es fácil. Por eso, además de leer todo lo que pillen a mano, les recomiendo que incluyan entre sus fuentes sobre Historia dos sitios que a buen seguro les servirán de guía: El triunfo de Clío, la web del historiador palentino José Luis Calvo Buey, y Oblivion, la página del periodista y arqueólogo Julio Arrieta.

¿Va a entrar ‘Investigación y Ciencia’ en el mercado de los artilugios para imantar agua?

Investigación y Ciencia está considerada una publicación rigurosa, nada dada al sensacionalismo ni al tonteo con la charlatanería al que tan propensas son otras revistas de divulgación de menor nivel que denuncian memeces o las promueven según la dirección del viento. Por eso, lo ocurrido en el número 324 (septiembre de 2003) de la edición española de Scientific American resulta, como poco, sorprendente. A los responsables de la revista les han colado una investigación digna de Más Allá y Año Cero, publicaciones que, a buen seguro, se harán pronto eco del artículo titulado “Estimulación de la germinación y el crecimiento por la exposición a campos magnéticos”.

Elvira Martínez, María Victoria Carbonell y Mercedes Flórez, profesoras de la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Madrid y autoras del texto, se han ganado a pulso un hueco de honor en las teletiendas como avalistas de la magnetización del agua, algo imposible desde el punto de vista físico que ellas dicen haber logrado y que ha dado lugar desde hace años a una próspera industria de engañabobos. El artículo lleva un descriptivo subtítulo -“El tratamiento magnético de semillas y el riego con agua tratada magnéticamente permite aumentar el porcentaje y velocidad de germinación, así como la longitud y el peso de las plantas”- que debería de haber hecho saltar todas las alarmas entre los responsables de Investigación y Ciencia. No fue así y quienes han cazado al monstruo cuando ya se había escapado de la jaula han sido los miembros de la lista de correo Escépticos, que han dirigido a la dirección de la revista cartas en las que denuncian el cariz anticientífico del trabajo, cuya candidatura a los premios Ig Nobel tendría que estar ya en marcha.

Habrá que ver el número de Investigación y Ciencia de octubre: igual anuncia artilugios para imantar el agua del grifo y se explica así la manga ancha de la dirección. Mientras tanto, nada mejor que suscribirse a la lista de correo Escépticos y aprender un poco de la mano del puñado de divulgadores y científicos que frecuentan ese foro.

Benítez, el 11-S y los pseudoescépticos argentinos

Ahora que va a regresar a Televisión Española con su serie Planeta encantado -cuya producción ha costado 8 millones de euros y que contiene algunas de las escenas más ridículas que hemos visto en espacios de este tipo-, alguien debería recordar a nuestros políticos y a la sociedad en general quién es Juan José Benítez, autor cuyo currículo de disparates e insensateces es tan amplio como miles los kilómetros dice haber recorrido tras el misterio. ¿La penúltima? Que el ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono fue organizado por altas instancias del Gobierno de Estados Unidos. Lo dijo en septiembre de 2002, durante la presentación de su libro Mi Dios favorito, que por prudencia sólo me he atrevido a hojear. “Todo estuvo diseñado por los propios norteamericanos”, afirma el novelista navarro sobre los atentados terroristas.

Otros dos hispanos, Christian Sanz y Norberto Maraschi, tampoco creen que un avión se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001. Lo sorprendente es que hasta hace poco ocupaban la presidencia y vicepresidencia, respectivamente, de la Asociación Argentina de Lucha contra las Pseudociencias (ASALUP), que por cierto carece de personalidad legal. Sanz dimitió después de descubrirse que plagió un artículo y que un fax que presentó como prueba en un debate televisivo era una burda falsificación. El descubrimiento del fraude del fax corrió a cargo de auténticos escépticos a quienes los responsables de ASALUP y Héctor Walter Navarro, un pseudoescéptico encarnación de la telebasura en Argentina, intentaron desacreditar. Sanz, Maraschi y Navarro respondieron con insultos a los críticos hasta que tuvieron que callar aplastados por las pruebas del plagio y de la falsificación.

La historia es apasionante e inquietante: los auténticos escépticos argentinos -Alejandro Agostinelli, Alejandro Borgo y Max Seifert, entre otros- han defendido a capa y espada la racionalidad frente a aquéllos que únicamente buscan el beneficio personal y que, si no están en las filas de Benítez y compañía, es porque hay demasiada competencia. Lean “¿Está el escepticismo organizado argentino en manos de conspiracionistas?” -les aseguro que se preguntarán el porqué de los signos de interrogación- y el artículo que publicó sobre el asunto Alejandro Borgo en Skeptical Briefs, el boletín del Comité para Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), cuya versión española ha aparecido en El Escéptico Digital.