Lorenzo Fernández Bueno

Las caras de Bélmez ya tienen museo: dinero de la UE para fomentar la incultura y la superstición

El alcalde socialista de Bélmez de la Moraleda, Pedro Justicia, y el presidente de la Diputación de Jaén, el también socialista Francisco Reyes, han inaugurado hoy un centro de interpretación de las caras de Bélmez, el fraude más cutre de la historia de la parapsicología española. “No podemos separar la historia de este municipio de este suceso que ha atraído a esta tierra a una gran cantidad de interesados y curiosos que, además, siguen llegando cuarenta años después”, ha dicho Reyes e informa la institución que preside. Como si el vínculo de la localidad jienense al fraude de las caras de cemento fuera algo de lo que enorgullecerse.

'La Pava'.El enigma de las caras de Bélmez nació cuando una vecina de la localidad, María Gómez Cámara, creyó ver un rostro en una mancha de grasa en el suelo de su cocina el 23 de agosto de 1971. Poco días después, la casa era ya un centro de peregrinación al que la gente iba a ver una cara, conocida como La Pava. Y la familia de Gómez Cámara rentabilizó de inmediato el fenómeno: empezó a cobrar la voluntad por la entrada a la cocina y 10 pesetas por cada foto del enigmático rostro. En enero siguiente, llegó Antonio Casado, del diario Pueblo, y tras él muchos otros periodistas, parapsicólogos y todo tipo de chiflados que convirtieron el pueblo un circo paranormal.

Para febrero de 1972, Juan Pereira, el marido de María Gómez Cámara, y un fotógrafo local ya habían vendido 10.000 imágenes de La Pava, según datos publicados por el diario El Alcázar y recogidos por Manuel Martín Serrano en su libro Sociología del milagro. Las caras de Bélmez (1972). Un mes después, la revista Lecturas cifraba los ingresos de la familia en más de 250.000 pesetas. Súmese a eso el dinero que dejaban los visitantes en los comercios locales y se entenderá por qué este fenómeno fue una bendición para un pueblo de unos 2.200 habitantes.

La mancha de grasa inicial fue una pareidolia: María Gómez Cámara creyó ver en el cemento una cara como podemos verla en una mesa de mármol o en las nubes. Luego, se le sumaron con el tiempo otras manchas retocadas o directamente pintadas para seguir con el negocio. Pura picaresca. Muchos años después de que el fenómeno cayera en el olvido como el fraude que era, Iker Jiménez y Lorenzo Fernández lo resucitaron en septiembre de 1997 en la revista Enigmas (Año III, Nº 6), dirigida por Fernando Jiménez del Oso. “Las caras de Bélmez son auténticas”, sentenciaban.

“Misterio ridículo”

“Este caso lo monta realmente Emilio Romero (director de Pueblo). Sin Emilio Romero, ahora no estaríamos hablando de este asunto”, declaraba hace unos años Ramos Perera, en la época presidente de la Sociedad Española de Parapsicología, a Javier Cavanilles y Franciso Máñez,  autores de Los caras de Bélmez (Ediciones Redactors i Editors). Demuestran en ese libro que, “en el fondo, de lo que estamos hablando en Bélmez es de un intento de aprovechar unas manchas en el suelo para hacer caja”. “Es un misterio ridículo, divertido, curioso, cutre… Es todo muy loco”, me decía Cavanilles en 2007. “Es una típica trola de colegio”, remachaba Máñez.

A ese burdo misterio del Tardofranquismo y la España más analfabeta, la Diputación de Jaén y el Ayuntamiento de Bélmez de la Moraleda le han levantado un museo con más de medio millón de euros de fondos europeos. Una vergüenza. Como decía Juan Antonio Aguilera, bioquímico y compañero del Círculo Escéptico, hace dos años en una carta publicada en el diario Ideal, que las instalaciones ocupen en lugar donde en su día hubo una escuela “tiene enjundia simbólica: se sustituye la honesta promoción del conocimiento por la funesta difusión del embrutecimiento”.

Según la Diputación jienense, en el centro se “guía al visitante mediante diferentes soportes audiovisuales y gráficos a través de los acontecimientos históricos que han ido rodeando este fenómeno paranormal desde su aparición en los años 70 hasta la actualidad, mostrando documentación sobre su repercusión mediática a lo largo de los años, las publicaciones dedicadas a este hecho, así como una referencia a las diferentes teorías e hipótesis elaboradas sobre esta cuestión”. No encuentro palabras para describir lo que siento al ver el orgullo, patente en la foto, con el que los políticos citados y otras autoridades han inaugurado hoy el museo dedicado a glorificar el fraude de las caras de Bélmez. ¿Estamos en 1971 o en 2013?

Francisco Reyes, Pedro Justicia y otras autoridades, durante la inauguración del centro de interpretación de las caras de Bélmez. Foto: Diputación de Jaén

Telemadrid estrenará en septiembre un programa pseudocientífico de un discípulo de Jiménez del Oso

Lorenzo Fernández Bueno, hace unos años.Telemadrid apostará este otoño por la pseudociencia y la superstición. La cadena pública madrileña estrenará el 12 de septiembre, a las 22 horas, Rastreadores de Misterios, un espacio dirigido por Jesús Sánchez Romeva y presentado por Lorenzo Fernández Bueno, discípulo del fallecido Fernando Jiménez del Oso y director de la revista Enigmas. Según explican en el último número de esa publicación, el espacio, una coproducción entre la cadena y New Atlantis, rescata “de su injusto olvido aquellos sucesos que en su momento conmocionaron a la opinión pública, que supusieron un auténtico reto para científicos y Cuerpos de Seguridad del Estado; que resultaron tan molestos para determinadas instituciones que finalmente se tomó la determinación de darles carpetazo”.

Fernández Bueno dio sus primeros pasos en el misteriodismo junto a Iker Jiménez, con quien firmó numerosos reportajes en Enigmas cuando dirigía la publicación Jiménez del Oso. “La caras de Bélmez son auténticas”, sentenciaba en 1997 el dúo, que en 1996 identificó a un joven desconocido fallecido en trágicas circunstancias, que bautizaron como El Caminante de Boisaca, como un viajero temporal y en 1998 atribuyó al chupacabras la muerte de decenas de ovejas en Valle de Tabladillo, Segovia. Lo cierto es que las caras de Bélmez son un fraude, El Caminante de Boisaca fue identificado en 2008 como un joven de 22 años desaparecido en la primavera de 1988 -de viajero del tiempo, nada- y los pastores segovianos achacaron desde el principio las muertes de ganado al lobo. Tal es el rigor del hombre detrás de Rastreadores de Misterios.

Cada capítulo consistirá en “tres reportajes que repasan los campos más diversos de la casuística misteriosa”, de la mano de Fernández Bueno y su equipo, del que forma parte el también misteriodista Francisco Contreras Gil, exredactor de Cuarto Milenio. Adelantan que hablarán de platillos volantes, “la historia más heterodoxa” -es decir, de pseudohistoria-, la Atlántida andaluza, milagros, desapariciones y demás prodigios, y que recuperarán de su retiro playero a Juan José Benítez para tratar el asunto de la desclasificación ovni en España. Y dicen que mostrarán “las diferentes explicaciones a los sucesos investigados con el firme objetivo de que el telespectador elija la explicación que considere oportuna”. Vista la trayectoria del conductor del espacio, es tan increíble que hagan eso como que a un hombre le salga un tercer testículo tras tener un encuentro con extraterrestres, algo que Fernández Bueno, Jiménez y Benítez aseguran que le ocurrió a un campesino andaluz en  1996. Televisión de servicio público, pero del del fondo a la derecha.

Leyendas y mentiras sobre el naufragio del ‘Titanic’

Cien años después, el hundimiento del Titanic en el Atlántico Norte está rodeado de leyendas, mentiras y confusiones interesadas, como sucede con otros muchos hechos históricos: desde maldiciones egipcias hasta conspiraciones, pasando por sueños premonitorios y novelas que, años antes, anticiparon con gran detalle el naufragio. ¿Qué hay de cierto en todas esas sorprendentes historias? Veámoslo.

El número del casco del 'Titanic', reflejado en un espejo, se transformaba en la expresión "No Pope" (no al Papa).1. El número del casco, reflejado en un espejo, se transformaba en la expresión “No Pope” (no al Papa). La leyenda dice que, cuando se dieron cuenta del mensaje oculto, los trabajadores de los astilleros Harland & Wolff, de Belfast, católicos irlandeses, lo consideraron un mal presagio que se confirmó pronto con la muerte de dos de ellos. La realidad, sin embargo, es que ni el número de casco del Titanic era el 3909 04 -“No Pope”, visto especularmente- ni los operarios de los astilleros eran en su mayoría católicos, sino protestantes. Así que, aunque el número del casco hubiera sido ése, tampoco les hubiera importado. Por cierto, el número del dique de los astilleros de Belfast en el que se construyó el crucero era el 401.

Conectada con esta leyenda, está la historia de que un trabajador quedó atrapado dentro del casco y nadie se dio cuenta dada la febril actividad. Así que, antes de su botadura, el Titanic ya sería una tumba. Ominoso, pero nada más que uno de tantos rumores sin fundamento que surgieron tras la tragedia. No sólo no pasó eso, sino que únicamente murieron nueve obreros en accidentes durante la construcción del gigantesco barco, muy por debajo de la siniestralidad que cabría esperar.

2. Sueños premonitorios. Como en todas las catástrofes, no faltan en la del Titanic los sueños premonitorios a posteriori. Así, por ejemplo, se dice que el periodista y espiritista William Stead soñó en 1892 “con el hundimiento de un enorme barco; tanto como para situarlo de protagonista de una de sus deficientes novelas. Fue en el año 1892, exactamente veinte años antes del suceso, cuando describió la colisión de un gran buque con un témpano de hielo”, escribe Lorenzo Fernández Bueno en su reportaje “La maldición del ‘Titanic'”, publicado en el último número de Enigmas, revista de la que es director. Y añade: “En la desesperación del hundimiento, los tripulantes del mismo fueron socorridos por el Majestic, un barco que realmente existía por aquellos días, y que surcaba los mares capitaneado, casualidad, por Edward Smith, a la sazón primer y último capitán del Titanic“.

El periodista y espiritista William Stead. Foto: 'Wikipedia'.Vayamos por partes. Lo primero y más importante: Stead murió en el naufragio del Titanic, así que era un vidente en la misma medida que un adivino cualquiera de los que se publicitan como tales hoy en día en prensa, radio y televisión. Resulta arriesgado, siquiera, conceder a Stead el crédito de que soñara lo que decía haber soñado y que no se tratara sólo de una maniobra de mercadotecnia. De todos modos, en la época, eran bastante comunes los choques con icebergs en el Atlántico Norte, por lo que ese escenario para un sueño de alguien que viajaba no resulta ajeno.

“Los de Stead son relatos moralizantes con los que critica la legislación de su época. Como ejemplo bestia, llegó a comprar una niña para denunciar la vista gorda que hacían las autoridades con la trata de niñas para la prostitución”, me ha explicado Luis Miguel Ortega, del Círculo Escéptico y un apasionado de la historia del Titanic. Ya en 1886, Stead había escrito un relato en la revista Pall Mall en el que un vapor de pasajeros choca con otro barco y hay gran cantidad de muertos debido a la escasez de botes salvavidas, algo permitido por las autoridades. Que pusiera al Majestic de coprotagonista de su novela de 1892, titulada From the Old World to the New (Del Viejo Mundo al Nuevo), no es tampoco tan extraño. “El Majestic estaba en servicio desde 1889 y era el buque más famoso de la White Star Line, el más reciente y lujoso. Y, en contra de lo que apunta Fernández Bueno, en 1892 su capitán no era Smith”, apunta Ortega. Smith fue capitán del Majestic entre 1895 y 1904, cuando, dada su fiabilidad, la White Star Line le encomendó los viajes inaugurales de sus nuevos barcos. Por eso, estaba el 12 de abril de 1912 en el puente de mando del Titanic, como lo había estado antes en el del Olympic.

Hay otros ejemplos de sueños premonitorios que, supuestamente, llevaron a quienes los vivieron a negarse a hacer el viaje o, por incrédulos, al fondo del mar. El problema, como siempre pasa en estos casos, es que nadie dejó escrito antes que hubiera soñado lo que ocurrió en la noche del 12 al 13 de abril de 1912. ¿Que hubo gente que soñó con el hundimiento de un gran buque de pasajeros tras chocar con un iceberg? Seguro. Era un escenario familiar en aquellos tiempos, como hoy lo es un accidente de avión o de automóvil. Pero eso no implica que se tratara de premoniciones. Cualquier noche de finales del siglo XIX y principios del XX, cientos de millones de personas soñaban en Europa y Norteamérica. Con cualquier cosa. “Dicho de otro modo, entre tantos jugadores, alguno tiene que ganar, pero se trata de una ley estadística, no paranormal”, como indica Massimo Polidoro en su libro Los grandes misterios de la Historia.

3. Futility: la novela que predijo el hundimiento del Titanic. Si hay una predicción de la que se hacen eco todos los amantes del misterio es la de Morgan Robertson quien, a juicio de Carmen Porter, protagonizó “una casualidad imposible” al describir en su novela Futility, or the wreck of the Titan (Futilidad, o el naufragio del Titan), publicada en 1898, una catástrofe similar a la del famoso trasatlántico por un barco de ficción que parece un gemelo del Titanic. El Titan de Robertson no sólo tiene un nombre que evoca el del crucero hundido hace cien años, sino que además  sus características técnicas son casi las mismas: tiene 240 metros (frente a 268 del Titanic), 40.000 caballos de vapor (46.000), capacidad para 3.000 pasajeros (3.000), tres hélices (tres), choca contra un iceberg en el Atlántico Norte en una medianoche de abril a una velocidad de 25 nudos (22,5) y únicamente sobreviven 13 personas (705) porque llevaba menos botes salvavidas de los necesarios. ¿Simple coincidencia o fenómeno paranormal?

Recorte de 'The New York Times', de septiembre de 1892, con las características técnicas del 'Gigantic'.“Decir que lo narrado por Robertson es increíble se queda corto. Rompe de un plumazo todas las barreras de la probabilidad”, sentencia Fernández Bueno, quien recuerda en su reportaje que el novelista era espiritista y “tenía la peculiaridad de escribir a veces en estado de trance”. Algo así sólo es apto para las tragaderas de un lector de Enigmas o un espectador de Cuarto Milenio. El fallecido Martin Gardner dio con una explicación mucho más creíble:  el 17 de septiembre de 1892, The New York Times publicó una breve nota en la que anunciaba que la White Star Line había encargado la construcción de un gran trasatlántico, el Gigantic, de 213 metros, 4.500 caballos de potencia (Gardner y otros ponen 45.000, pero la noticia original dice 4.500; quizá hubo una suma de errores: un cero de menos en su día en el periódico y otro posterior de Gardner con un cero de más sobre el recorte), tres hélices, una velocidad máxima de 27 nudos…

Nombres como Titan y Titania no eran algo extraño en los barcos de la época, ni tampoco el peligro de los icebergs. Así, el 4 de noviembre de 1880, The New York Times informaba de que un vapor de nombre Titan había llegado a Halifax tras encontrarse con “un terrible huracán”, y una búsqueda en el archivo del diario neoyorquino demuestra que las alertas por icebergs en el Atlántico Norte eran normales en primavera. Un sello de la White Star Line era que los nombres de sus buques acababan en ic. Cuando Robertson escribió su novela, tenía un Oceanic, un Britannic, un Teutonic y un Majestic, y sobre el papel un Gigantic para un gran trasatlántico de lujo. Como dice Gardner, otro nombre lógico para un buque así sería Titanic, al que el novelista quitaría la ic para no referirse directamente a un barco de la White Star Line. Por cierto, en otra novela de 1902, titulada A twentieth-century cinderella or $20,000 reward (Una cenicienta del siglo XX o la recompensa de 20.000 dólares), el escritor William Winthrop cita ¡un Titanic de la White Star Line!, aunque no lo hace naufragar. ¿Casualidad imposible?, como dice Porter. ¿Increíble?, como sostiene Fernández Bueno. ¿O simple consecuencia de la documentación del novelista?

Los restos del 'Titanic', en el fondo del océano. Foto: National Geographic Channel.

4. El Titanic iba a gran velocidad, a pesar del riesgo de icebergs, porque la naviera quería que batiera el record en cruzar el Atlántico. “Las órdenes comunicadas al capitán Smith por la dirección de la compañía fueron claras antes de zarpar: que el Titanic pulverizara el record de travesía del Atlántico en su viaje inaugural”, dice Fernández Bueno, quien añade que el capitán “se dejó cegar por la posibilidad de alcanzar su destino antes de lo previsto y restó importancia a la zona de témpanos de hielo que atravesaban y cuyo anuncio llegó a través del telégrafo”. Según él, el naufragio supuso “la bancarrota” para la White Star Line, propietaria del Titanic. Otra vez, la desmedida ambición humana; otra vez, el castigo divino; otra vez, la fantasía se impone a la realidad.

A principios del siglo XX, la Cunard tenía la flota de trasatlánticos más rápidos. Frente a eso, la White Star Line centró su estrategia en construir los más grandes y lujosos. Con sus 24 nudos de velocidad máxima, el Titanic estaba por debajo de los 26 que alcanzaban los barcos de la Cunard, así que difícilmente podía batir record de velocidad alguno, aunque imaginarse a Bruce Ismay, presidente de la naviera, ordenándoselo al capitán en el puente quede muy cinematográfico y sirva, de paso, para culpar del desastre a un acaudalado empresario. Como indican Paul Louden-Brown, Edward Kamuda y Karen Kamuda en la web de la Sociedad Histórica del Titanic, éste y otros rumores fueron en realidad una invención de la prensa estadounidense y, en particular, de los diarios propiedad del magnate William Randolph Hearst.

“Otro mito es que, tras el desastre, la compañía entró en declive terminal, lo que no es cierto. En 1913, la White Star Line registró su record de ganancias. Un enorme número de inmigrantes cruzaba al Atlántico, lo que aseguraba el futuro de la naviera”, escriben Louden-Brown y los Kamuda.

La Momia de la Mala Suerte. Foto: Museo Británico.5. El Titanic se hundió como consecuencia de la maldición de una momia egipcia que transportaba. En las bodegas del trasatlántico, viajaba la momia de la princesa egipcia de Amon-Ra, que vivió 1.500 años antes de Cristo (aC). Su sarcófago fue descubierto en Luxor en la década de 1890 y, desde entonces, todos los que entraron en contacto con él acabaron mal: uno se adentró caminando en el desierto y desapareció; otro sufrió un disparo accidental de un sirviente; tres miembros de la familia inglesa que la compró fueron víctimas de un accidente de tráfico y su casa ardió; se expuso en el Museo Británico, donde siguió sembrando el pánico y el mal entre trabajadores y visitantes… Ningún museo quería la momia maldita. Se puso a la venta, la compró un particular y consultó con la ocultista Helena Blavatsky, quien le animó a deshacerse de ella porque contenía la esencia del mal. Al final, la adquirió un arqueólogo estadounidense y embarcó con ella en el Titanic: momia y propietario acabaron el 12 de abril de 1912 en el fondo del Atlántico Norte con otras 1.516 personas.

Es una historia digna de una película de terror, pero nada más. Para empezar, Blavatsky murió en 1891, así que no pudo examinar la momia cuando dice la leyenda, después de años pasando de mano en mano. Por supuesto, no hay ninguna momia en el manifiesto de carga del Titanic, como tampoco hay referencia alguna a un tesoro que, según algunos conspiranoicos, viajaba a bordo y llevó a los malvados de turno a hundir el trasatlántico para hacerse con él. La leyenda de la maldición egipcia fue una creación de William Stead, periodista y espiritista, y Douglas Murray en dos fases: la primera fue la invención de la historia de una momia alrededor de la cual se destruía todo; la segunda, cuando durante una visita al Museo Británico vieron un sarcófago y lo convirtieron en el ataúd de un alma atormentada. Conectaron los dos hechos, contaron la historia a unos periodistas y éstos -cual misteriólogos actuales- difundieron acríticamente los sensacionales hechos. La historia de la momia maldita conectó con el Titanic porque uno de los supervivientes de la tragedia contó en Nueva York a la prensa que el antes citado William Stead, que viajaba en el barco, la había relatado durante la cena del 12 de abril.

La Momia de la Mala Suerte existe, aunque no es una momia ni corresponde a una denominada princesa de Amon-Ra. Se trata de un sarcófago policromado, de madera y yeso, de la XXI Dinastía, hacia 950 aC, adquirido para el Museo Británico en 1889. Se cree que tuvo en su interior la momia de una mujer, por la figura pintada en su frente, y que sería de la clase dirigente egipcia, pero nada más. Hasta 1997, nunca había salido del museo londinense y, desde 2003, el sarcófago se ha expuesto en varios museos asiáticos sin que pueda achacársele ninguna desgracia.

6. Fue la primera vez que se uso la señal telegráfica de SOS. “El segundo telegrafista, Harold Bride, decidió poner en marcha la nueva señal SOS -‘save our souls’, salvad nuestras almas- con el objetivo de que alguien respondiera a su dramática petición de ayuda. Fue la primera vez que se empleó el SOS”, escribe Fernández Bueno en Enigmas.

El uso del SOS como llamada de socorro en código Morse se acordó en noviembre de 1906 durante la segunda Convención Radiotelegráfica Internacional, celebrada en Berlín, y la señal empezó a utilizarse el 1 de julio de 1908. Según recoge el portal Snopes.com, antes del hundimiento del Titanic, había sido empleada, por ejemplo, por el vapor Arapahoe el 11 de agosto de 1909, por el Kentucky el 4 de febrero de 1910 y por el Merida el 13 de mayo de 1911. El SOS se adoptó internacionalmente por su facilidad de reconocimiento en Morse, ya que consiste en tres puntos (S), tres rayas (O) y tres puntos (S), y no quiere decir nada, ni “salvad nuestras almas” ni “salvad nuestro barco” (safe our ship, en inglés), expresiones que posiblemente tuvieran al principio utilidad mnemotécnica.


Nota

Agradezco a Luis Miguel Ortega la lectura de la primera versión de esta anotación y los comentarios que hizo, que me han servido para mejorarla.

Manchas de grasa y humedad, y caras pintadas: Bélmez, el engaño continúa 40 años después

Un parapsicólogo busca caras entre las manchas de humedad de la pared de la casa de las nuevas caras, en Bélmez. Foto: Efe.

Hace hoy exactamente 40 años que María Gómez Cámara creyó ver una cara en una mancha de grasa en el suelo de la cocina de su casa, en Bélmez de la Moraleda. La vivienda se llenó en los días siguientes de gente, y uno de los hijos de la mujer, harto, destruyó la imagen con una piqueta. Pero el 9 de septiembre apareció otro rostro en el piso de cemento. Bautizado como La Pava, todavía se conserva en la casa de las caras empotrado en una pared y protegido por un cristal. Siete días más tarde, el diario granadino Ideal anunciaba en su portada que Bélmez se había convertido en un centro de “peregrinación” por el misterioso fenómeno. La familia ya cobraba la voluntad por la entrada a la cocina y vendía fotos de La Pava a 10 pesetas la unidad (el periódico costaba la mitad).

Así dio el diario 'Ideal' la noticia el 16 de septiembre de 1971.La historia no estalló, sin embargo, hasta finales de enero, después de que llegó a la localidad el periodista Antonio casado como enviado del diario Pueblo de Emilio Romero. “Yo no me inventé nada, pero sí puede decirse que todo el revuelo que acabó montándose fue por mis reportajes”, me comentaba hace cuatro años el ahora comentarista político. Su director, Romero, vio en las caras de Bélmez un filón -la tirada de Pueblo creció en 50.000 ejemplares gracias al presunto misterio- y lo explotó a conciencia. Le ayudaron, indirectamente, los parapsicólogos que desembarcaron en Bélmez, como Germán de Argumosa y Joaquín Grau, y empezaron a grabar voces del Más Allá y a decir que todo aquello tenía un origen paranormal. “Cualquier afirmación, por estrafalaria que pareciera, merecía ser publicada”, indican Javier Cavanilles y Francisco Máñez en su libro Los caras de Bélmez. Al final, el fenómeno se desinfló cuando Romero quiso, y las caras de Bélmez cayeron en el olvido.

Pero, en el mundo del misterio, la basura se recicla y revende sin fin para satisfacer la sed de maravilla de las nuevas generaciones. Por eso, en 1997, un joven llamado Iker Jiménez resucitó el caso de las caras de Bélmez en la revista Enigmas, dirigida por Fernando Jiménez del Oso. “Transcurrido un cuarto de siglo, demostramos con documentos oficiales y en rigurosa exclusiva la autenticidad de esas caras sobrenaturales, un misterio que aún espera una explicación en el rincón más apartado de Andalucía”, escribía con su colega Lorenzo Fernández. “La caras de Bélmez son auténticas”, sentenciaban en un reportaje que vendían como ¡Exclusiva Mundial!. No demostraban nada, claro, pero relanzaron el asunto, se volvieron a escribir libros y artículos -a cada cual más disparatado- y muchos medios de comunicación fueron altavoz de las bobadas y los fraudulentos estudios de los vendedores de misterios, quienes llegaron identificar en los rostros de Bélmez las caras de algunas víctimas de la Guerra Civil familiares de María Gómez Cámara. ¿Cómo lo hicieron? Modificando fotos hasta que las imágenes se parecían vagamente a las de los muertos: se quita una mueca de aquí, se cambia un bigote allá…

Un misterio cutre

El reportaje de ‘Ideal’ con el que empezó todo.Cuando la mujer murió en 2004, el Consistorio, interesado en comprar la casa para explotar turísticamente el fraude, se encontró con que los herederos pedían por el inmueble nada menos que 600.000 euros. Muy oportunamente, unos parapsicólogos anunciaron entonces el hallazgo de nuevas caras en otro inmueble en el que María Gómez Cámara había pasado la infancia y que era mucho más barata. Es la casa en la que el jueves, a cinco días del aniversario del hallazgo de la primera cara de Bélmez, un grupo de parapsicólogos anunció que habían aparecido “pequeñas teleplastias sorprendentes”. Teleplastia es como se llama en el argot pseudocientífico a esas imágenes de supuesto origen paranormal. En lenguaje de la calle son algo mucho más simple: manchas de grasa y humedad, y pinturas. Porque las caras de Bélmez entran en esas tres categorías.

El teletipo de Efe del jueves está muy bien titulado: “Aparecen nuevas manchas en una casa de Bélmez tras seis meses precintada”, dice. La aparición de manchas de humedad en una casa, por muy precintada por notario que esté, no es algo extraño. Lo sorprendente es que luego vaya un parapsicólogo, diga que en una de ellas ve una cara y los medios traguemos. ¿También daríamos crédito a un niño que dijera que ha visto a Picachu en las nubes? Y lo indignante es que el Ayuntamiento de la localidad y la Diputación de Jaén vayan a perpetuar el engaño  dilapidando más de medio millón de euros de fondos europeos en la construcción de un centro de interpretación de uno de los fenómenos más cutres de la parapsicología mundial.

Al principio, fue una pareidolia: una mujer supersticiosa creyó ver un rostro en una mancha de grasa al pie de su cocina, como otros ven  a  la Virgen en un emparedado o en la herrumbre de una fuente, descubren caras en Marte o escuchan un mensaje satánico en un éxito del rock. Después, alguien de su entorno se dedicó a pintar toscos rostros en el cemento -incluido, el de Franco- para sacar los cuartos a los crédulos. Luego, llegaron los periodistas y los expertos en lo paranormal, que encontraron misterios donde nunca los había habido. Y, al final, cualquier mancha de humedad engorda el falso enigma y sirve de pretexto a unos políticos irresponsables para seguir ahondando en la incultura popular. Los engañabobos, felices, claro; y en Bruselas nadie parece enterarse: ¡Señores eurodiputados, España va a dedicar 587.000 euros de fondos comunitarios en fomentar la incultura y la superstición!

La revista ‘Enigmas’ vende la falsa prueba telepática del ‘Nautilus’ como un experimento real

El 'Nautilus', durante sus primeras pruebas en mar abierto en enero de 1955.

En febrero de 1960, el periodista francés Gérald Messadié publicó en la revista Science et Vie un reportaje titulado “Étrange expérience a bord du Nautilus” (Extraña experiencia a bordo del Nautilus). Revelaba en él que Estados Unidos había realizado meses antes una prueba de comunicación mental entre el primer submarino nuclear, sumergido bajo los hielos polares, y un laboratorio de Maryland. “¿Es la telepatía una nueva arma secreta? ¿Será la percepción extrasensorial un factor decisivo en la guerra futura? ¿Han aprendido los militares americanos los secretos del poder mental?”, se preguntaba Messadié después de contar a sus lectores que la comunicación mental entre el submarino y tierra había sido un éxito en el 70% de los intentos.

Informe de julio de 1972 de la Agencia de Inteligencia de la Defensa de EE UU sobre el experimento del 'Nautilus'.La historia del experimento del Nautilus fue en realidad un invento del escritor Jacques Bergier, uno de los autores de El retorno de los brujos (1960), y Messadié, entonces un reportero novato, mordió el anzuelo. Nada más leer el reportaje, tema de portada del número 509 (febrero de 1960) de Science et Vie, los soviéticos pusieron en marcha un programa de investigación parapsicológica y, cuando después los estadounidenses se enteraron, hicieron lo propio a pesar de que sabían que lo de la prueba del Nautilus era un cuento chino. Años más tarde, en 1983, el periodista Martin Ebon contaba esta disparatada historia en su libro Psychic warfare: threat or illusion (La guerra psíquica: amenaza o ilusión) y, más recientemente, han podido ustedes conocerla gracias a la versión cinematográfica de Los hombres que miraban fijamente a las cabras, el libro de Jon Ronson que saca a luz la paranoia paranormal que llegó a invadir al Ejército estadounidense. En un momento de la cinta protagonizada por George Clooney, dos militares mantienen la siguiente conversación:

General Brown: Pero ¿cuándo empezaron los soviéticos a hacer este tipo de investigación?

General de Brigada Dean Hopgood: Bueno, señor, parece que se enteraron de nuestro intento de comunicarnos telepáticamente con uno de nuestros submarinos nucleares, el Nautilus, cuando estaba bajo el casquete polar.

General Brown: ¿Qué intento?

General de Brigada Dean Hopgood: No hubo tal intento. Toda la historia fue un fraude francés, pero los rusos creyeron que la historia sobre la historia del fraude francés era sólo una historia, señor.

General Brown: ¿Así que ellos empezaron con la investigación psi porque creían que nosotros estábamos haciendo investigación psi cuando en realidad no estábamos haciendo investigación psi?

General de Brigada Dean Hopgood: Sí, señor. Pero, ahora que están haciendo investigación psi, vamos a tener que hacer investigación psi, señor. No podemos permitirnos el lujo de que los rusos lideren el campo de la investigación paranormal.

Ya ven: en el origen de la llamada guerra psíquica, en la que EE UU y la Unión Soviética tiraron millones de dólares y rublos, no hay más que una trola, denunciada en documentos como el informe de julio de 1972 de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA) de EE UU que reproduzo junto a estas líneas. Pues bien, si usted compra este mes la revista española Enigmas, dirigida por Lorenzo Fernández Bueno, le volverán a vender como auténtica la falsa historia de la telepatía y el primer submarino nuclear. Lo hace el ufólogo Bruno Cardeñosa, quien incluye la inexistente prueba en una selección de “los casos a los que la ciencia no ha dado una respuesta satisfactoria y que desafían, por su falta de lógica, a los investigadores”. “Los aciertos [de la prueba telepática del Nautilus] -para sorpresa de todos- alcanzaron el 70%. No había vuelta de hoja: entre los dos experimentadores que se encontraban a una distancia entre sí de 2.000 kilómetros hubo algún tipo de comunicación que no fue ni verbal ni instrumental… ¿Acaso mental?”, se pregunta Cardeñosa en Enigmas.

No, la respuesta es mucho más simple: es todo mentira de principio a fin, como demuestran los documentos militares y la conversación que, a principios de los años 80, mantuvo Ebon con Messadié, en la cual el periodista francés admitió haber sido engañado por Bergier. Han pasado décadas y se han publicado numerosos libros y artículos desenmascarando el fraude del autor de El retorno de los brujos; pero, al parecer, la noticia no ha llegado todavía a ese universo repleto de alienígenas y magia en el que viven Cardeñosa y los responsables de Enigmas. En 2010, Cardeñosa considera la prueba del Nautilus uno de los más impactantes experimentos parapsicológicos sin resolver y lo incluye como tal en su nuevo libro Enigmas del mundo (2010), y los responsables de la revista presentan el fraudulento episodio como uno de los “experimentos psíquicos que pudieron cambiar la historia”. ¡Así de bien informados suelen estar los periodistas del misterio! ¡Y así de bien informados suelen estar quienes confían en ellos!

Doble página del último número de 'Enigmas' en la que Bruno Cardeñosa se traga, cincuenta años después, la trola de Jacques Bergier.