Varios

‘Magonia’, quince meses después

Magonia contiene, quince meses después de su nacimiento, casi 250 páginas de texto sobre misterios y fabricantes de paradojas. Esta web nació el 20 de junio de 2003 con una explicación del por qué del nombre. A aquel artículo, han seguido ya 124 en los que hemos hablado de las conspiraciones y el 11-S, el fraude de los alunizajes, Lobsang Rampa, el triángulo de las Bermudas, los fantasmas, el mapa Vinland, los misterios de Marte, la Atlántida, las líneas de Nazca, los círculos de las cosechas, la sábana santa, el ayate de la Virgen de Guadalupe, la estrella de Belén y las piedras de Ica, entre otros enigmas. No nos hemos callado cuando los nacionalistas han manipulado la Historia a su antojo, los populares han ido de brujas y, como sus inmediatos antecesores en el poder, los socialistas han convertido la televisión pública en un aspersor de incultura. Hemos presentado libros recomendables como Conviértase en brujo, conviértase en sabio, de Georges Charpak y Henri Broch, y Captured by aliens, de Joel Achenbach; desmenuzado textos disparatados como El código secreto, de Bruno Cardeñosa, y La hermandad de la sábana santa, de Julia Navarro; diseccionado todos los capítulos de la serie de televisión Planeta encantado, de Juan José Benítez; sacado a relucir la conspiración de silencio de los charlatanes; revelado las engañosas tácticas de los promotores de una Alerta ovni; criticado la pasividad del escepticismo organizado español; denunciado la telebasura paranormal; y facilitado una bibliografía escéptica y una lista de revistas interesantes.

Cuando nació Magonia, no había ninguna otra página en español que, dedicada exclusivamente a la exploración escéptica de lo paranormal, se actualizase con una periodicidad aceptable y estuviese al quite de lo que sucede en el mundo del misterio. Había sitios de escépticos -como el de Javier Armentia, director del Planetario de Pamplona, y el de Ernesto Carmena– que ocasionalmente hablaban de pseudociencia, pero no existía un lugar dedicado preferentemente a ello. Por fortuna, eso ha cambiado en el último año. Ahí están rincones como El Triunfo de Clío, donde el exhaustivo José Luis Calvo desmenuza tonterías no sólo históricas; Mihterioh de la Siensia, donde Ricardo Campo, de la Fundación Anomalía, no deja embaucador con cabeza; y El Retorno de los Charlatanes, donde el periodista mexicano Mauricio-José Schwarz tampoco perdona una a los engañabobos. A estas webs, hay que sumar la imprescindible Dios!, dirigida por Alejandro C. Agostinelli, y el sitio de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, ambas con gran cantidad de material. Además, 2004 ha visto el nacimiento de la revista Pensar, editada por el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) con periodicidad trimestral, y cómo ARP ha publicado un disco compacto con los primeros dieciséis números de El Escéptico, publicación que ahora llega a los buzones de sus suscriptores cada cuatro meses.

Las cosas podían estar peor; pero también mejor. Basta echar una ojeada a países como Alemania e Italia para comprobar lo mucho que queda por hacer al movimiento escéptico español, inexistente en la práctica tanto en los medios de comunicación como en la calle. La clave estriba en ser activos, apoyar a los colectivos que ya existen o trabajar independientemente, y tener claro que, si el escepticismo organizado está en España en mantillas, habrá que hacer algo. Para empezar, quizás haya que buscar respuesta a algunas preguntas: ¿cuántas personas hay en España a las que preocupa el auge de la superstición?, ¿por qué no se ha llegado a la mayoría en casi veinte años de escepticismo organizado?, ¿a qué se achaca la nula presencia del movimiento escéptico en la Universidad?, ¿por qué en nuestro país no se ha celebrado un congreso desde hace siete años?, ¿cómo se explica la escasa participación de los escépticos en los medios de comunicación?, ¿y la casi nula implicación práctica de las personalidades de la cultura que forman parte del movimiento escéptico?, ¿por qué no se reacciona inmediatamente cuando los medios de comunicación se ponen al servicio de los charlatanes?, ¿es que a nadie preocupa que ningún español haya participado en un foro escéptico internacional desde 1998?, ¿cómo casa que cada vez haya más centros de divulgación de la ciencia y eso no haya redundado en una mayor fuerza del movimiento escéptico español?, ¿tienen los escépticos que hacer de la divulgación científica su prioridad o lo principal es analizar presuntos misterios?… En Magonia, vamos a seguir haciendo lo que hemos hecho en estos primeros quince meses; pero éste es un proyecto personal y, como mucho, puede poner un granito de arena al intento de sacar al escepticismo español de la apatía en la que está sumido. Claro que siempre es posible que vivamos en el mejor de los mundos posibles y lo apuntado aquí no tenga nada que ver con la realidad.

¡Cuidado con las estupideces que dice, que se le modifica el ADN y tenemos un disgusto!

“Las palabras pueden modificar el ADN”. Este titular de Enigmas Express (Nº 52), el suplemento de la revista Enigmas, me ha hecho retroceder en el tiempo hasta 1992, cuando Joaquín Grau defendía en Más Allá (Nº 41) que los coches tienen alma. El artículo sobre la molécula de la herencia, obra de Luisa Alba, merece un destacado rincón en el panteón de lo oculto junto al automovilístico del pseudoterapeuta hipnotizador. En 1997 y 1998, Alba dio un gran empujón a la carrera del cirujano psíquico Andrés Ballesteros. Creía que operaba sin anestesia y sin dejar cicatriz, y escribió panegíricos del personaje en Enigmas, Interviu y Karma.7. Tres años después, la misma periodista desenmascaraba al curandero ante las cámaras de televisión y se ganaba el aplauso del mundo del misterio. Ahora, lo que nos cuenta es que “el ADN humano funciona como una especie de Internet biológica“, que “se ha demostrado experimentalmente que ciertos genes pueden ser influenciados y reprogramados mediante palabras”, que “los cromosomas vivos funcionan como computadoras solitónicas-holográficas”, que “el ADN puede causar patrones de perturbación en el vacío, produciendo así agujeros de gusano magnetizados”…

Hacía tiempo que no leía tantas afirmaciones extraordinarias juntas. Hay que agradecer al rigor de Fernando Jiménez del Oso, director de la revista, no habernos privado de un texto que, seguramente, habrían rechazado en otras publicaciones con responsables de mente menos abierta. Me atrevo a afirmar, a pesar de mis escasos conocimientos de genética, que Alba hace gala de unos conocimientos equiparables a los que tiene de latín Manuel Carballal, un ex seminarista que, en su libro La ciencia frente al misterio (1995), sostiene que la palabra lobo proviene “del latín lobis“, poniendo así en evidencia a todos los expertos en esa lengua muerta empeñados en que proviene de lupus. Los biólogos y médicos son ahora quienes tendrán que convencernos de que no somos víctimas de una conspiración en la que los representantes de la ciencia oficial están ocultando, una vez más, hallazgos que podrían acabar con el sufrimiento de muchos seres humanos. Imagínense lo que sería curar el cáncer, el mal de Parkinson y la diabetes simplemente diciendo al ADN del enfermo: “¡Cambia aquí y allá!”. Imagínense lo que supondría erradicar anomalías como el síndrome de Down y la espina bífida pidiendo al ADN del embrión: “¡Corrígete, que te has liado!”. Los colegas de Jiménez el Oso estarían abocados a apuntarse masivamente al paro y dejar su sitio a “maestros espirituales y esotéricos” debido a la “ingeniería genética por ondas, un método que evita los efectos colaterales derivados” de las técnicas actuales, según Alba.

La genética no es lo mío. Por eso, pedí ayuda a la bióloga Adela Torres para que me guiara por los tecnicismos que salpican el artículo. Y ella me aclaró, entre otras cosas, que cuando la autora habla de “computadoras solitónicas-holográficas” no se refiere a unos ordenadores supercalifragilisticoespialidosos -como yo creía-, sino posiblemente a un tipo de computadoras que usan solitones y en las que se está trabajando. La periodista dice que un equipo de científicos rusos dirigido por un tal Pjotr Garjajevá ha sido capaz de modificar el ADN “mediante la palabra”, ha realizado “con éxito la transformación de embriones de rana en embriones de salamandra” con luz láser corriente y moliente, y ha creado agujeros de gusano “equivalentes microscópicos de los llamados puentes Einstein-Rosen, que son algo parecido a conexiones de túnel entre área completamente diferentes del Universo, a través de los cuales se puede transmitir la información fuera del espacio y del tiempo”. ¿Y dónde se ha dado a conocer tan impresionante cúmulo de hallazgos? ¿En Nature?, ¿en Science?… No, en Enigmas Express y en el mismo número que dedica la contraportada a una señal de la Segunda Venida de Jesús, fiel escudero del infiltrado desconocido y autor del libro 11-M. Claves de una conspiración, en el que “ensaya una tenebrosa conspiración que, por supuesto, no existe, ni se demuestra que exista”, en palabras del analista político Fernando Jáuregui.

Luisa Alba no informa en ningún momento de dónde hace sus experimentos Pjotr Garjajevá y en Internet las referencias a este sabio son poco más de cien, una centésima parte de las que existen de Chiquito de la Calzada, cuya oratoria seguro que hace estragos en el ADN del ruso. De Garjajevá sólo sé que es presentado en algunos sitios como miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York. Ya saben, ese club al que puede pertenecer cualquiera con tal de pagar la cuota y con el que algunos inflan su currículo. Lo que sí nos aclara la autora es que los expertos actúan “sobre las frecuencias vibratorias del ADN” -no me pregunten qué es eso, pero ¿a que queda aparente?-, que “la sustancia del ADN viviente reacciona siempre a las radiaciones provocadas por el lenguaje articulado -la voz- del mismo modo que reacciona con ondas de radio y láser si se emplean en las frecuencias adecuadas” -no me pregunten en qué se diferencia el ADN viviente del ADN sin más ni cuáles son las frecuencias- y que hay “cromosomas vivos” -tampoco me pregunten qué carajo son y en qué se diferencian de los cromosomas a secas-. La conclusión de tanto hallazgo no es, para la autora, la que he apuntado -la posibilidad de curar enfermedades por la voz-, sino que la reprogramación del ADN por la voz, los agujeros de gusano microscópicos y el “hecho demostrado por los científicos de que el ADN puede funcionar como Internet” -¿dónde?, ¿por quién, ¿cuándo?, ¿cómo?- fundamentan “muchos de los fenómenos hasta hoy catalogados como paranormales, tales como la telepatía, la sanación a distancia o la clarividencia, entre otros”. Ahí queda eso.

No lea ni todo ni parte del artículo de Luisa Alba en voz alta. La concentración de tonterías no dañará su ADN, pero puede afectar a su integridad mental. No lo deje al alcance de los niños. Consulte con su psiquiatra antes de exponerse a este material.

Una real bobada

Felipe de Borbón está conectado por línea materna con el pintor Diego Velázquez, según Fernando Gracia, autor del libro El Príncipe enamorado y experto en la monarquía. En opinión de este escritor, el árbol genealógico de Letizia Ortiz, con quien hoy se casa el heredero de la Corona española, es, sin embargo, vulgar: “Yo lo estudié muy a fondo y no he encontrado ningún enlace con la nobleza”. ¿Seguro? Permítanme que lo dude. Velázquez vivió entre 1599 y 1660, hace casi cuatro siglos. Él y el Príncipe están separados por unas trece generaciones, si presuponemos una media de veinticinco años por generación.

Viajemos hacia atrás en el tiempo: la primera generación de antepasados de Felipe de Borbón está compuesta por dos personas, sus padres; la segunda, por cuatro, sus abuelos; la tercera, por ocho, sus bisabuelos; la cuarta, por dieciséis, sus tatarabuelos… y la decimotercera, ¡por 8.192 personas! Lo mismo vale para la novia, para usted y para mí. Multipliquen los 40 millones de españoles que somos por 8.192 ancestros por cabeza hacia 1660 y les dará una cantidad astronómica: 327.680 millones de personas, tres veces el número de estrellas de la Vía Láctea. Pero ¿hubo alguna vez tanta gente en España? No, claro. Y, entonces, ¿cómo es posible que tengamos tantos antepasados por cabeza? La razón es muy simple, los árboles genealógicos no son exclusivos de cada uno, se van fusionando según viajamos hacia atrás en el tiempo: los de mis hermanos y el mío se juntan en mis padres; con mis primos me junto en parte en mis abuelos; y así poco a poco hasta los primeros ejemplares de nuestra especie.

“Encontrar un antepasado noble es motivo de sorpresa y deleite, pero cuando nos remontamos lo suficiente es casi inevitable”, dice el biólogo Steve Jones en En la sangre. Dios, los genes y el destino (Alianza Editorial). Profesor de Genética de la Universidad de Londres, dedica parte su obra a esa obsesión por colgarse un antepasado noble o famoso, algo cuya trascendencia desmonta con una claridad y contundencia envidiables. “Incluso una excursión corta aguas arriba constituye casi la garantía de sacar a la luz un antepasado magnífico. Más o menos todos los del mundo occidental son descencientes del emperador Nerón, bastantes menos de Guillermo el Conquistador, y sólo unos pocos cientos de miles de George Washington”.

Fernando Gracia ha podido encontrar vínculos de Felipe de Borbón con Velázquez porque los monarcas y los nobles guardan escrupulosamente sus árboles genealógicos, ya que la base de sus privilegios es su entronque con el que en algún momento del pasado fue el más bruto de la tribu. ¿Se creen ustedes que el autor de El Príncipe enamorado ha identificado a todos los ancestros de Letizia Ortiz hasta 1600? Yo no. Decir que la novia de Felipe de Borbón no tiene ningún antepasado noble es una real bobada. Todos los tenemos, como todos tenemos antepasados despreciables. Un montón de españoles podría presumir de estar conectado con Velázquez y algunos más con Alfonso X, pero sólo lo hacen quienes dan la suficiente importancia a sus ancestros como para guardar registros de ellos. El resto tenemos claro que todos los seres humanos somos iguales y que la sangre es roja.

11-M: todos los terroristas son iguales

Lazo negro.Da igual que sean terroristas islámicos o nacionalistas. Da igual que los alimente el integrismo religioso o el político. Da igual que sean de Al Qaeda o de ETA. Da igual. Son los mismos asesinos con diferente disfraz, pero con idéntica munición: la irracionalidad del iluminado, la sinrazón del elegido. Ayer ocurrió en Madrid; hace dos años y medio, en Nueva York y Washington; hace diecisiete, en un hipermercado de Barcelona. Están entre nosotros y parecen seres humanos normales; pero no lo son. Son la escoria entre la escoria. Fanáticos religiosos y políticos cuya existencia siembra de dolor y muerte el mundo entero. Monstruos producto de ideologías perversas, de sistemas educativos, de familias y de sociedades enfermas. Alimañas con las cuales no puede haber ningún diálogo y a las que sólo cabe perseguir para encerrarlas en jaulas. Asesinos que cuentan en algunos casos con simpatizantes entre nosotros, con cómplices de voz y voto tan culpables de sus crímenes como ellos.

Tras el enésimo ataque fascista contra un demócrata en el País Vasco, escribí lo siguiente como parte del editorial de la revista El Escéptico (Número 9, Verano de 2000): “Quienes asesinan, quienes les respaldan con sus votos y quienes atacan a bienes y personas por disentir son la plasmación humana del fracaso del sistema educativo a la hora de formar ciudadanos capaces de pensar crítica y racionalmente. Podrá decirse que los que llevan a la práctica esas perversas acciones son cuatro, pero los votantes de la formación política que considera “héroes”, “compañeros” y “patriotas” a los criminales son un sector significativo de la sociedad vasca. Y, entre ellos, hay numerosos jóvenes que han pasado recientemente por la escuela, el instituto y hasta la universidad, y han caído, sin embargo, en las garras del fanatismo. ¿Qué ética se está inculcando a las nuevas generaciones para que haya tantos jóvenes que consideren normal responder a los argumentos del otro con el tiro en la nuca, el coche bomba o el vandalismo?”. La clave del principio del fin de los terroristas está en la escuela, en la educación en el pensamiento crítico, en el escepticismo ante los mitos. “La gente libre no necesita mitos”, le contaba el historiador Fernando García de Cortázar al periodista Iñaki Esteban en las páginas de El Correo hace tres meses.

Los terroristas no quieren que seamos libres, nos quieren hacer esclavos de sus mitos, algunos de los cuales son alimentados por políticos sin escrúpulos que no se manchan las manos de sangre, pero disparan las palabras. Dentro de dos días, tenemos los españoles la oportunidad de demostrar a los asesinos de los trenes de Madrid -sean quienes sean- que no vamos a olvidar a las víctimas del 11-M, como no hemos olvidado a las del 11-S ni a las de Hipercor ni al más humilde guardia civil ejecutado por la sinrazón. Que ni un voto vaya a parar a quienes tienen alguna tolerancia con el terrorismo, sea cual sea su origen. Se lo debemos a los cerca de 200 muertos de Madrid, a los más de 2.700 de las Torres Gemelas y a los más de 800 de ETA.

Una de las mejores fotos jamás tomadas de un meteoro corresponde a la estela de un avión

Meteorito supuestamente fotografiado en el sur de Gales por Jonathan Burnett. Foto: Jonathan Burnett.

Los expertos de la NASA dictaminaron que se trataba de una de las mejores fotos jamás tomadas de un meteorito y mereció la distinción de Fotografía Astronómica del Día, el 1 de octubre. Ahora resulta que no es así, que la imagen captada en el sur de Gales por Jonathan Burnett, de 15 años, con su cámara digital no corresponde a un pedrusco interplanetario “del tamaño de un sofá” en el momento de explotar en la atmósfera, sino a los gases de los motores de un avión que pasaba sobre su casa, según me ha informado el escéptico James E. Oberg. El diario sensacionalista británico The Sun indicaba ayer que Robin Scagell, de la Sociedad Británica para la Astronomía Popular, lo había sospechado desde el principio. ICWales, por su parte, recogía la opinión de Mike Stradling, un aficionado a la aeronáutica que mantiene que la aeronave que está en el origen de todo es el Concorde -“No tengo ninguna duda”-, que sobrevuela el sur de Gales en sus viajes trasatlánticos. La NASA, por de pronto, se ha vuelto atrás y presenta ya la fotografía, cuyo autor no ha tenido nada que ver con la confusión, como una rara imagen de la estela de un avión que refleja la luz del Sol poniente.