Religión

Las grandes religiones y los extraterrestres

“Mientras algunos de nosotros aseguran estar preparados [para el hallazgo de vida en otros mundos], muchos probablemente no lo están… Muy pocos entre nosotros han pasado tiempo pensando en serio acerca de lo que el descubrimiento de vida extraterrestre -sean virus, criaturas unicelulares o seres bípedos pilotando su naves intergalácticas- podría suponer para nuestras creencias personales y nuestras relaciones con lo divino”, asegura David Weintraub, astrónomo de la Universidad de Vanderbilt que acaba de publicar un libro en el que examina lo que las grandes religiones han dicho sobre la existencia de alienígenas.

'Religions and extraterrestrial life', del astrónomo David Wintraub.El científico toma como punto de partida para su reflexión unas declaraciones de Albert Einstein. Cuando al más célebre de los físicos le preguntaron si creía que podía haber vida en otros mundos, respondió que “quizás, pero no hombres”. Y, cuando seguidamente le interrogaron sobre si el descubrimiento de alienígenas podía provocar un choque entre ciencia y religión, dijo que “no, necesariamente, aunque dependería, por supuesto, del punto de vista religioso”. El autor de Religions and extraterrestrial life analiza la postura sobre este asunto de dos docenas de credos, desde el judaísmo, el cristianismo y el islam hasta el budismo y el hinduísmo, pasando por los cuáqueros, los mormones, los adventistas y otras sectas protestantes. Weintraub destaca que uno de cada cinco estadounidenses cree en extraterrestres, aunque las diferencias son considerables según la filiación religiosa. Así, esa creencia se reduce a un 29% de los baptistas y un 32% de los cristianos, pero la comparte un 44% de los musulmanes. El colectivo más alienófilo es el de los ateos, con un 55% de creyentes en seres de otros mundos.

El astrónomo, que ha consultado obras de teólogos y líderes religiosos, asegura que los credos que asumirían más fácilmente el hallazgo de vida fuera de la Tierra serían el hinduísmo -algunos de sus pensadores han contemplado la reencarnación en extraterrestres- y el budismo, que habla de miles de mundos habitados. Según él, hay fragmentos del Corán que parecen apoyar la idea de “seres espirituales” en otros planetas, si bien “el islam es un conjunto de prácticas diseñadas sólo para los humanos sobre la Tierra”. Los judíos, que en el Talmud y en textos cabalísticos hablan de infinidad de mundos y no rechazan la existencia de otras civilizaciones, no consideran ninguna amenaza para su fe que no estemos solos.

“Desde la perspectiva de un católico romano, si existen extraterrestres sintientes, algunas, quizá no todas las especies, podrían sufrir el pecado original y requerir la redención”, dice el astrónomo. ¿Tendrá que ser Jesús crucificado en millones y millones de mundos? Entre los protestantes, asegura Wintraub, los hay para quienes los alienígenas no supondrían ningún problema y otros, los fundamentalistas, que en su mayoría rechazan su posible existencia. Los mormones y adventistas creen, por su parte, que hay otros mundos habitados. Hace seis años, el director del Observatorio Astronómico del Vaticano, el jesuita argentino José Gabriel Funes, dijo que Jesús murió en la cruz en el Gólgota para redimirnos no sólo a nosotros, sino también a los “hermanos extraterrestres”.

Unas bacterias en Marte no van a poner a hacer caer del altar a ningún dios. Sin embargo, sin haber leído el libro de Weintraub, me parece francamente difícil congeniar cualquier credo humano con el caso más extremo, e improbable, de contacto con alienígenas: el de una civilización inteligente más avanzada que la nuestra con la que nos entendamos. Esos universos de ciencia ficción donde quién más, quién menos, adora a un ser superior, las divinidades se parecen bastante y algunas hasta son clónicas, merecen tanto crédito como el hecho de que todos los extraterrestres sean humanoides. Me parece infinitamente más probable un escenario en el que todas las religiones terrestres difuminen sus diferencias para hacer frente común contra el enemigo alienígena. Como hacen con los ateos.

La Policía registra un ‘pub’ inglés a la caza del Santo Grial y encuentra una ensaladera

Doce agentes de policía y un perro irrumpieron hace un par de días en un pub de Lea (Herefordshire, Reino Unido) a la busca del Santo Grial. Habían recibido el chivatazo de que allí estaba la llamada copa de Nanteos, desaparecida desde hace un mes y que, según sus propietarios, utilizó Jesús en la Última Cena. Sin embargo, después de una hora de registro, lo más parecido que la Policía de West Mercia encontró en el local fue una ensaladera de madera. “Si alguien hubiera robado algo tan valisoso como el Santo Grial, no creo que lo enseñara en mi pub“, ha dicho a los medios Di Franklyn, dueña del Crown Inn.

La copa de Nanteos que algunos consideran el Santo Grial. Foto: Mansión Nanteos.Fue José de Arimatea, según la leyenda, quien trasladó la copa hasta las Islas Británicas. Después, se hicieron cargo de ella los monjes de la abadía de Strata Florida, en Gales. Y, después de que Enrique VIII disolvió la abadía en 1540, llegó a manos de la familia Powell, dueña de la cercana mansión Nanteos de la que recibe el nombre. La pieza, muy deteriorada, mide ahora 10 por 8,5 centímetros, “se mantiene unida gracias a grapas y cabe cómodamente en la palma de la mano”. Me han enseñado una foto de la copa desaparecida. Si hubiera estado aquí, la habríamos tirado al fuego porque no está entera”, ha advertido la dueña del pub.

La copa de Nanteos se exhibió por primera vez en 1876 en un encuentro de la Sociedad Arqueológica Cambriana en Lampeter (Gales). En 2004, el comisionado para los monumentos de Gales la examinó, para el documental The search for the Holy Grail: the true story, y concluyó que es de madera de olmo -y no de olivo, como se creía- y tiene sólo 500 años de antigüedad. Aún así, todavía había gente que cree que, al igual que pasa en Indiana Jones y la última cruzada, quien bebe agua de ella sana de la enfermedad. De hecho, hay registros que apuntan a que, durante décadas, sus dueños la prestaron a enfermos para que recuperaran la salud.

La mansión Nanteos es hoy un hotel de lujo vinculado a la pieza únicamente por la historia. De hecho, cuando desapareció, la copa estaba en la casa de Fiona Mirylees, en West Under Penyard. De 69 años, la mujer la había recibido como herencia paterna. Delicada de salud, ingresó en un hospital el 7 de julio y el 14 de julio denunció la desaparición de la reliquia. “No quiero decir que estamos buscando el santo Grial, pero la Policía está investigando el robo. El objeto robado es conocido como la copa de Nanteos. Si buscan en Google, verán que hay gente que cree que es el Santo Grial”, explicaba aquel día un portavoz de la Policía de West Mercia.

Quien primero habló del Grial como tal fue Chretién de Troyes en el poema de Perceval, del siglo XII, donde no queda claro qué tipo de recipiente es. Posiblemente poco después, el cuerno de la abundancia se transmutó en el cáliz de la Última Cena y el recipiente en el que José de Arimatea habría recogido la sangre de Jesús de la herida abierta por el lanzazo del soldado romano. Así habría empezado la leyenda, cuyo penúltimo episodio escribieron hace unos meses dos historiadores españoles. Margarita Torres y José Miguel Ortega del Río defienden, en su libro Los reyes del Grial, que el cáliz de doña Urraca, que está en la basílica de San Isidoro de León, incluye la copa de la que los primeros cristianos creían que bebió Jesús de Nazaret en la Última Cena. Hay pasajes de la obra en los cuales los autores usan un lenguaje tan ambiguo que parece que mantienen que en León está el bíblico Santo Grial.

Los regueros de sangre de la sábana santa: cómo hacer que un estudio científico diga lo que no dice

“Científicos dicen que el sudario de Turín demuestra que Jesús fue crucificado en una posición «muy dolorosa», con los brazos por encima de la cabeza”, anunciaba el jueves The Christian Post. No hay Semana Santa en la que algunos medios no enloquezcan interesadamente envueltos en la sábana santa, y éste caso es un buen ejemplo de ello, como lo fue hace tres años la resurrección de Willard Libby con unas declaraciones que nunca hizo contra la datación del carbono 14.

El forense italiano Matteo Borrini, de la Universidad John Moores de Liverpool (LJMU), presentó en febrero los resultados de un estudio sobre las implicaciones de los supuestos regueros de sangre de las manos del hombre de la sábana santa. Había concluido que encajaban sólo con una crucifixión en forma de Y, con los brazos sobre la cabeza, y no con la tradicional en forma de T, y así lo anunció en el 65º encuentro anual de la Academia Estadounidense de Ciencias Forenses (AAFS), celebrado en Seattle. “Habría sido una posición muy dolorosa que habría provocado dificultades para respirar”, reconocía la semana pasada en la revista New Scientist.

Ésa es la base de la información de The Christian Post, cuya autora comenta casi al final del texto que “la autenticidad del sudario de Turín ha estado en disputa desde hace mucho tiempo”; puntualiza que, aunque Borrini cree que la pieza es un fraude, también apunta que la hizo un experto porque los regueros de sangre se corresponden con los de una crucifixión real;  y recuerda que científicos italianos propusieron recientemente que la imagen fue creada por emisiones de neutrones consecuencia de un terremoto registrado en el año 33, fenómeno al que también achacaban el rejuvenecimiento de la tela al datarla mediante el radiocarbono. Y así un estudio escéptico se convierte, previo paso por el tamiz del fundamentalismo -el medio es altavoz de las confesiones cristianas estadounidenses más retrógradas-, en algo que respalda la idea de que “Jesús fue crucificado en una posición «muy dolorosa», con los brazos por encima de la cabeza”. Atentos a la jugada porque es probable que alguno de los medios ultracatólicos españoles la repita en los próximos días. ¿Pero qué es lo que hizo Borrini y con qué objetivo?

Un experimento escéptico

Para empezar, el forense es colaborador del Comité Italiano para el Control de las Afirmaciones de lo Paranormal (CICAP) y no cree que el llamado sudario de Turín envolviera el cuerpo de Jesús ni se imprimiera de forma milagrosa. “Es un fraude, pero una muy interesante obra de arte y del ingenio humano”, dice en New Scientist. Como curiosidad, se propuso averiguar si los pretendidos regueros de sangre de las muñecas encajaban con los de un crucificado. En sus experimentos, contó con la colaboración del químico italiano Luigi Garlaschelli, quien publicó en 1991 en Nature una posible receta de la famosa sangre de san Genaro y hace cuatro años replicó la sábana santa. Garlaschelli hizo las veces de crucificado, adoptando diferentes posturas con una cánula de la que manaba sangre colocada en el dorso de sus manos. La única posición en la cual el reguero coincidía con lo plasmado en la sábana santa era la de Y, muy parecida también a la que adoptaban las víctimas de torturas medievales, según recuerda Borrini.

La datación por radiocarbono de la sábana santa, hecha en 1988 por tres laboratorios de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza, fechó “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”, lo que implica que no pudo envolver ningún cuerpo en el siglo I. El resultado del análisis se publicó en la revista Nature y cuadra con el estilo pictórico de la figura y la historia de la presunta reliquia. No hay ninguna polémica científica sobre el origen medieval de la tela; sólo gritos desde las filas más crédulas de la fe. ¿Cómo hay que interpretar entonces los resultados del estudio de Borrimi? Puede tratarse de una coincidencia, como admite el científico, o de que autor del lienzo optara por una postura diferente a la clásica de la crucifixión, como han hecho otros artistas a lo largo de la Historia.

El titular de The Christian Post -“Científicos dicen que el sudario de Turín demuestra que Jesús fue crucificado en una posición «muy dolorosa», con los brazos por encima de la cabeza”- es falso, engañoso, una tergiversación. La única conclusión lógica sería la de New Scientist: “El sudario de Turín representa una crucifixión en forma de Y”.

Noé y el Diluvio

Russell Crowe interpreta a Noé en la película de Darren Aronofsky.

Vuelve el cine bíblico. Noé y su Diluvio han llegado ya a las salas; Moisés y su Éxodo lo harán en diciembre. Me apetece ver Noe y Exodus: dioses y reyes, de Darren Aronofsky y Ridley Scott, respectivamente. Las ficciones en las que se basan son parte de mi legado cultural, como la Ilíada y El Quijote. Por eso, creo que hay que conocerlas y que son susceptibles de todo tipo de versiones y visiones. “El Diluvio Universal formaba parte del acervo humano desde mucho antes de su incorporación a la tradiciones judía, cristiana e islámica. Nació en una Mesopotamia donde las inundaciones eran frecuentes y retrata a divinidades despiadadas que, como los hombres se portan mal, deciden acabar ¡con toda la vida de la Tierra!”, recuerdo en mi columna de la web del Comité para la Investigación Escéptica (CSI).

Sabemos que el relato bíblico de la gran inundación es una copia de otros anteriores babilónicos desde que, en 1872, el asiriólogo George Smith encontró en el Museo Británico la llamada Tablilla del Diluvio, del siglo VII antes de Cristo (aC). En ese trozo de barro, se narra cómo Utnapishtim de Shuruppak construye un arca y sobrevive a la catástrofe junto a su familia y animales de todas las especies. Con el paso del tiempo, los arqueólogos encontraron pruebas de que esa historia estaba, a su vez, basada en otra anterior en la que el héroe se llamaba Atrahasis de Shuruppak. El último hallazgo sobre los orígenes del relato bíblico lo ha hecho hace poco el asiriólogo Irving Finkel, conservador de los textos de la antigua Mesopotamia en el Museo Británico. Ha encontrado otra tablilla, del tamaño de un teléfono móvil y datada entre 1900 y 1700 aC, con las instrucciones para la construcción del arca ¡y ésta es circular!, como las embarcaciones usadas en la época en el Tigris y el Eúfrates. Lo cuenta en su libro The Ark before Noah.

Hablo de todo esto, y de algunas otras cosas más, en “Noé”, la undécima entrega de ¡Paparruchas!.

El Santo Grial leonés: cuando la fe acapara titulares, la Historia salta por la ventana

Dos historiadores firman un libro en el que sostienen que el durante siglos venerado como cáliz de la Última Cena está en la basílica de San Isidoro de León. Casualidades de la vida, la investigación la han pagado la Junta de Castilla y León y la Fundación MonteLeón, así que todo queda en casa. Y los medios locales y confesionales están embriagados. A la habitual ausencia de espíritu crítico ante afirmaciones extraordinarias, se suma en este caso el plus de fervor que acompaña a casi toda noticia religiosa. Y así hemos leído en los últimos días titulares memorables como “El Grial mete a León en la leyenda”, “La reina doña Urraca de Zamora donó el Santo Grial a una iglesia de León”, “Historiadores aseguran haber encontrado el Santo Grial, la copa utilizada por Jesús en la Santa Cena”, “León escondía desde hace casi mil años el primer cáliz que se creyó que era de Cristo”  -un texto alejado del sensacionalismo beato, aún dando por bueno el estudio; la clave es el uso del verbo creer– y hasta “Franco bebió del Santo Grial en León”. Y Indiana Jones jugándose el tipo entre nazis… Pero vayamos con los hechos.

El cáliz de doña Urraca o Santo Grial de León. Foto: AFP.Margarita Torres, profesora de historia medieval de la Universidad de León, y el historiador del arte José Miguel Ortega del Río defienden, en su libro Los reyes del Grial, que el llamado cáliz de doña Urraca incluye la copa de la que los primeros cristianos creían que bebió Jesús de Nazaret en la última cena con sus apóstoles antes de ser apresado y crucificado. Dicen que la reliquia es el cuenco superior de ágata de la copa. Según dos pergaminos consultados por los autores en la biblioteca cairota de la Universidad de Al-Azhar, la pieza estaba formada en un principio por un cuenco de ágata de época grecorromana y permaneció durante siglos en la iglesia del Santo Sepulcro. Tras el saqueo de ésta, acabó en manos del califa de Egipto, que se la regaló en el siglo XI al emir de la taifa de Denia como agradecimiento por haberle auxiliado con víveres durante una hambruna. Poco más tarde, el emir se la envió como muestra de buena voluntad a Fernando I de León (1016-1065), y con el paso del tiempo la pieza llegó a su hija Urraca (1033-1101). Ésta recubrió el cuenco con oro y piedras preciosas, dando lugar a un cáliz que está en la basílica de San Isidoro de León desde hace casi mil años.

Los autores de Los reyes del Grial, que saldrá a la venta el lunes, aseguran que pueden demostrar “científicamente” que “la copa que la comunidad cristiana de Jerusalén en el siglo XI consideraba que era el cáliz de Cristo se encuentra ubicada en la basílica de San Isidoro de León”. Habrá que leer el libro para ver si lo hacen, pero que esa pieza fuera la que los cristianos de Jerusalén o los autores de los pergaminos consultados consideraban el cáliz de Cristo no implica que lo fuera realmente. También hoy podemos afirmar que la sábana santa de Turín es la tela que se exponía en Lirey (Francia) en el siglo XIV, aunque sabemos que no pudo cubrir el cuerpo de Jesús de Nazaret, tal como demostró el análisis del radiocarbono en 1989. Si los autores de Los reyes del Grial van más allá y sostienen que estamos ante la copa usada por Jesús en la Última Cena, como ha recogido la Prensa en algunos titulares, estaríamos ante un ejemplo de  pseudohistoria.

Estos días se ha recordado que fue el arqueólogo Antonio Beltrán el primero que encontró “sorprendentes analogías arqueológicas” entre el Santo Grial y el cáliz de doña Urraca, y también “el primero que las utilizó en favor de la autenticidad del Cáliz de la Cena”. Pero es que Beltrán también dictaminó en su día que la pieza superior del Santo Cáliz de Valencia -otro candidato a Grial- databa del cambio de era y “bien pudo estar en la mesa de la Santa Cena y ser la que Jesucristo utilizó”. En julio de 2006, Benedicto XVI veneró la copa de Valencia y la utilizó para oficiar misa. Torres y Ortega del Río reconocen que sólo en Europa hay unos 200 griales. El de León es uno más.

La mayoría de los historiadores considera el Santo Grial una leyenda de origen celta, vinculada a los míticos recipientes que proporcionaban alimentos en abundancia y asimilada por el cristianismo en la Edad Media. Quien primero habló del Grial como tal fue Chretién de Troyes en el poema de Perceval, del siglo XII, donde no queda claro qué tipo de recipiente es. Posiblemente poco después, el cuerno de la abundancia se transmutó en el cáliz de la Última Cena y el recipiente en el que José de Arimatea habría recogido la sangre de Jesús de la herida abierta por el lanzazo del soldado romano. Así habría empezado la leyenda que vincula la copa a Jesús de Nazaret y dio lugar a la multiplicación de griales en una Edad Media en la que la fabricación de reliquias fue una muy rentable industria y llegó a haber decenas de, por ejemplo, santos prepucios. El Santo Grial de León es tan auténtico como la pluma de arcángel -no está claro si de san Miguel o san Gabriel- guardada en el monasterio valenciano de Liria.